1.° Sus fundamentos. — Más de una vez habrá brotado de nuestros
labios y de nuestro corazón este título con que es llamada la
Santísima Virgen... ¡La Omnipotencia Suplicante!... y este título debe
servir para consolidar siempre nuestra confianza en la Santísima
Virgen. — Porque aquí aparece la Virgen como Reina
verdaderamente soberana y poderosa, que dispone de todo... y exclusivamente en favor de sus hijos.
María es Omnipotente..., con una omnipotencia no natural, no esencial
en Ella como es la de Dios..., sino comunicada o participada de Él...; no
omnipotente por naturaleza..., sino por gracia... — Y esto, ¿por qué?...
Pues por su dignidad. — María ha sido elevada a la dignidad más alta... y
si el poder ha de estar en relación con la dignidad..., corresponde a María
un altísimo poder...
Por tanto, la razón decisiva de la omnipotencia de María es su dignidad.
Y ¿en qué consiste esta dignidad?... Sencillamente en ser Madre de
Dios... Eternamente la Virgen puede, mirando a Jesús, repetirle las mismas palabras que le dice el Padre Eterno: tú eres mi Hijo... Yo te
engendré»... Y por eso, eternamente María tendrá un derecho y un amor
de Madre para con el mismo Hijo de Dios...; así está, por dos razones,
como sujeto y encadenado el poder de Dios a la voluntad de María... —
¿No lo estuvo por espacio de treinta años en la casa de Nazaret? Y ¿por
qué aquella sumisión total y perfecta de Jesús..., esto es, de Dios a la
Virgen?... Pues porque ésta era Madre de Dios... y sus derechos de
Madre... y su purísimo amor de Madre, le obligaban a obedecerle en
cuanto Ella mandara... y si bien es verdad que en sus actos como
Redentor no dependía ni podía depender de nadie..., pero de hecho El
quiso que hasta en estos actos tomara parte su Madre y en cierto modo a
su voluntad se sometiera como lo hizo en su primer milagro de Caná...
¡Qué dulce pensamiento!... Todo el poder de Dios está en manos de su
Madre..., ¡que también es tuya!...
Pensando en esto los Santos Padres de la Iglesia, han dicho cosas
admirables de la Santísima Virgen y de su omnipotencia...: Medita y
saborea estas expresiones: «¡Oh Virgen!, exclama San Agustín, todo lo
que Dios puede por su voluntad..., lo podéis Vos por vuestra oración»... Y
San Antonino, dice: «La oración de la Madre de Dios, tiene carácter de
mandato...; por lo tanto, no es posible que no sea oída.»
San Pedro Damiano, escribe: «Te aproximas, ¡oh Virgen!, al altar de oro
del perdón no para rogar..., sino para mandar como Reina..., pues en tus
manos están todos los tesoros de la misericordia de Dios»... — San
Buenaventura, no teme afirmar: «Que nadie entra en el Cielo... si no es por medio de María»...
El gran San Bernardo, nos dará este consejo: «Acudid a María..., os lo
digo sin titubear...; Ella será siempre escuchada, por razón de su
dignidad...; el Ángel la dijo que había hallado la gracia y efectivamente
María siempre halla gracia»...
Y, en fin, son conocidas estas expresiones de San Bernardino de Sena:
«Al mandato de María, todo el mundo obedece..., ¡hasta el mismo
Dios!...; basta con que la Virgen quiera y todo se hará»... ¡Sublime
obediencia y sumisión la de Dios a su criatura!... Pero no menos sublime
y admirable la dignidad de ésta al ser colocada en tal altura, que pueda
disponer y ordenar al mismo Dios.
He aquí, pues, la razón inconmovible de esta omnipotencia: el derecho
y el amor de Madre. — Una madre tiene derecho a mandar a su hijo... y
éste, por lo mismo, la obligación de obedecerle en todo. — Una madre
ama entrañablemente a su hijo... y éste, si es buen hijo, no puede menos
de amar, y, por lo tanto, dar gusto siempre y en todo a su madre. —
Aplica esta regla a la Virgen y a su Hijo divino, y comprenderás entonces
algo de la omnipotencia de María...
2.° Su universalidad. — Y esta omnipotencia tiene una universalidad
ilimitada...; no se aplica en una época determinada..., a una clase
escogida de almas..., en un orden concreto de gracias y auxilios, para
cierta clase de peticiones y súplicas. — No, nada de eso..., es infinita
esta universalidad..., no reconoce limitación de ninguna clase...,
todos somos hijos de María..., pues a todos ayudará, porque a todos
amará sin excepción posible..., a todos y en todo, sea espiritual o
temporal...; no habrá necesidad que Ella no socorra y atienda...; sus
manos no se cansan de hacer bien..., sus gracias no pierden con los
siglos su eficacia...
Si a otros hizo santos..., si a muchas almas dio la vida resucitándolas a
la gracia..., si a otros, oyes decir, que en esto o en lo demás allá, le
ayudó la Virgen..., todo eso también puede suceder contigo..., tu alma
también puede alcanzar el perdón..., la gracia..., la vida..., la santidad.
Desde que se cometió el primer pecado, el demonio se apoderó del
mundo... y en él entró a fijar su trono con carácter universalísimo... y
desde entontes se apodera de todas las almas desde que nacen..., a
todas procura tentar..., a todas las excita sus pasiones para
encadenarlas... ¡Qué espantoso es este imperio del demonio!... ¡Qué
universal es!... ¿Quién no lo ha experimentado así?... Sólo la Virgen,
únicamente María en su Concepción purísima e inmaculada, no
esclavizada por el demonio...; es la que le sujeta..., la que le ata... y le
domina y esclaviza... y le sigue por doquier para vencerle siempre y
dominarle siempre... Universal es el dominio del demonio..., por eso
universal será la omnipotencia de María..., para que universal y eterna
sea su victoria.
No triunfa María por Sí tan sólo..., sino por todos y para todos. — Nadie
acude a Ella y confía en Ella, que no triunfe con Ella...; todos los
santos..., todos los que han vencido al demonio..., todos los que han
conservado su inocencia, ha sido por Ella... y sin Ella sus esfuerzos
hubieran sido inútiles.
Así aplican a la Santísima Virgen varios santos Doctores, aquellas
palabras del Salmista: «En vano trabajan los que edifican la casa, si Dios
no la edifica...; en vano vigilan y guardan la ciudad, si el Señor no la
guarda y la defiende»... Y ¿quién es esta guardiana y defensora de la
casa del Señor sino la Virgen?... El Señor guarda la ciudad, pero por
medio de María... y está tranquilo porque bien guardada y defendida
está... ¿A quién temerá el que esté bajo su manto protector?...
Bien lo sabes tú, no puedes por menos de haberlo experimentado...
¿No es también tu alma un testigo de aquellas palabras del «Acordaos»
de que «ni uno solo acudió a Ella que fuera desamparado»?... ¡Qué bien
lo conoce Satanás!... ¡Cuántas veces ha tenido que confesar con rabia
infernal, que no puede hacer nada con los verdaderos devotos de
María!...
Así ha reconocido la universalidad de su omnipotencia, la piedad de
todos los siglos y la llamaron: «la Puerta del Paraíso»..., «la escala del
Cielo»..., «el refugio de los pecadores»..., «el trono del Rey eterno»...,
«el Propiciatorio», donde todos somos oídos y atendidos...
Repite con cariño y detente en cada una de estas expresiones, que de
una o de otra manera confirman esta consoladora universalidad de su
poder: María es la esperanza de los pecadores..., el camino de la vida...,
el puerto de salvación..., la salud del mundo..., la fuente de la gracia..., la
estrella del mar..., la medianera entre Dios y los hombres..., la llave del
Cielo..., la esperanza de los pecadores..., la confianza de los caídos..., la
fuerza de los justos..., la alegría de los ángeles..., la Reina de los
cielos..., etc.
Inventa también tú palabras semejantes... Di a tu corazón que te las
dicte y no temas perder el tiempo diciéndoselas, como una amorosa
letanía, a tu Madre.
3.° Demos gracias a Dios. — Al llegar aquí parece que no se puede
hacer otra cosa sino levantar el corazón a Dios y darle gracias...
Diariamente, en voz alta, el sacerdote, en la Misa, da gracias al
Señor... e invita a todo el pueblo a que así lo haga... por los muchos
e innumerables beneficios que de su mano sin cesar recibimos...
Pues, ¿qué otra cosa podemos hacer ante este beneficio universal...,
ante esta fuente de beneficios infinitos que con su Madre querida nos
ha dado?... Eternamente hemos, sin duda, de estar bendiciendo por
ello al Señor...; pues bendigámosle ya desde ahora...
Y esta acción de gracias, no debe ni puede consistir en meras palabras
de alabanza y agradecimiento... Lo que Dios desea, más que nada, es la correspondencia práctica de todas nuestras obras a sus beneficios...;
ésta es la mejor alabanza... éste el himno más hermoso de la gratitud...
Pues bien, la correspondencia en este caso, debe consistir en el
afianzamiento, como se decía en la meditación precedente, de tu
confianza en la Santísima Virgen, para nunca admitir cansancios...,
desalientos..., cobardes desilusiones en el camino de la vida espiritual...
Insiste mucho en esto, porque el demonio también insiste en esta
tentación... ¡A cuántas almas ha engañado logrando meter en ellas el
desaliento... y a veces hasta la desesperación! — Jamás, jamás esto...
Júralo así a los pies de la Virgen... Dios te la ha dado por Madre para que
como hijo, aunque hayas sido muy ingrato, acudas a Ella... y con derecho
filial le pidas y le exijas un amor de Madre..., una compasión de Madre...
y a la vez una omnipotencia de Reina... Para eso la hizo Reina y Madre a
la vez...
El trono de Dios está rodeado de justicia y de bondad. El de María, sólo
de bondad y misericordia... Si te asusta, y con razón, la justicia de
Dios..:, ¿qué puedes encontrar que te asuste ante el trono de la
Virgen?...
Por otra parte, Ella lo está deseando...; no sólo no le molesta que se
acuda a Ella con confianza..., sino que lo que la ofende, lo mismo que a
Jesús, es la desconfianza... ¿No has oído que en el Cielo hay más fiesta
por un pecador que se arrepienta que por cien justos que perseveren?...
Pues es la Virgen la primera que se alegra y hace gran fiesta, porque
aquel hijo suyo pródigo se había perdido y lo ha encontrado...; estaba
muerto... y ya ha resucitado... — Sea, pues, tu lema y tu divisa: «nunca
desconfiar..., nunca desalentarte... ni desanimarte»..., Aun que creas que
no adelantas nada ni consigues nada..., mucha confianza en la Virgen y...
¡adelante!..., a trabajar cada vez más.
Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)





