domingo, 13 de septiembre de 2026

Ver y amar a Dios en la otra vida es el Paraíso de los elegidos - San Alfonso María de Ligorio

 


¿Qué es lo que constituye la bienaventuranza de los elegidos en el cielo? El alma viendo a Dios cara a cara, contemplando su belleza infinita, percibiendo todas sus perfecciones dignas de un inmenso amor, no puede dejar de amarle. Ama a Dios más que a sí misma, se olvida de sí propia para no desear más que la felicidad de su muy amado, de su Dios y viendo que Dios, único objeto de su ternura, goza de una felicidad infinita, esta felicidad es su paraíso. Si ella fuese capaz de lo infinito, viendo a su muy amado gozar de una dicha infinita, su dicha propia vendría a ser también infinita; pero como la criatura no es capaz de infinita felicidad, queda de tal modo saciada de gozo, que nada más desea. Es la beatitud que ambicionaba David cuando exclamaba: Seré saciado cuando apareciere tu gloria .

Así se verifica lo que Dios dice al alma, cuando la admite en el paraíso: Entra en el gozo de tu Señor. No manda a la alegría que entre dentro del alma, porque siendo esta alegría infinita, el alma no podría contenerla; lo que ordena, es que el alma entre en la alegría, eterna, para tomar parte en ella, para alimentarse de ella hasta la saciedad.

Yo, pues, soy de parecer que no hay acto de amor más perfecto en la oración, que gozarse en la alegría infinita del Señor. Esta es la continua preocupación de los bienaventurados en el cielo, de modo que el que a menudo se goza en la alegría del Señor, empieza ya desde ahora, a experimentar parte de las delicias de que se verá colmado en el paraíso.

Este contento que es el que constituye el paraíso, será aumentado por el esplendor de aquella ciudad de Dios, por la hermosura de sus habitantes y sobre todo por la presencia de la Reina de los Cielos, más bella que el paraíso entero, y por la de Jesucristo, cuya belleza sobrepujará infinitamente la belleza de María.

El júbilo de los elegidos aumentará aún con el recuerdo de los peligros que cada uno habrá corrido de perder tan inmensa bienaventuranza. Cuáles serán las gracias que dirigirán al Señor aquéllos que habiendo merecido el infierno por sus pecados, se encontrarán en aquel lugar de delicias, desde donde contemplarán a sus plantas tantos otros que por pecados menores que los suyos, arderán en el fuego del infierno. Se encontrarán salvos, seguros de que jamás perderán a Dios, llamados a gozar eternamente de aquellas supremas delicias, de aquellos placeres que no cansarán, jamás. Por vehementes y grandes que sean los placeres de la tierra acaban por cansarnos; pero los gozos del paraíso, cuanto más se gustarán, más serán apetecidos, de modo que los elegidos se verán saciados con tantos placeres, sin dejar de desearlos siempre; y cuantos más recibirán, más les quedarán por recibir, deseando siempre y quedando siempre satisfechos.

Los cánticos melodiosos que entonan los santos en el cielo para dar gracias a Dios por su felicidad se llaman cánticos nuevos, porque las delicias del cielo parecerán siempre tan nuevas, como la primera vez. Se gozarán siempre, se pedirán sin cesar y se obtendrán sin interrupción.

Con razón decía San Agustín que para conseguir tan eterna beatitud, sería necesario que trabajásemos eternamente. ¿Qué son, pues las penitencias y las oraciones de los anacoretas? ¿Qué han hecho los Santos con abandonar las riquezas, las posesiones y hasta las coronas y los cetros: y los mártires en arrostrar los potros, los hierros ardientes y la muerte cruel para obtener el paraíso? Poco, o casi nada. Pero este poco ha bastado.

Procuremos llevar sin queja la cruz que nos envía el Señor porque todos nuestros padecimientos se trocarán un día en eternos gozos. Cuando las enfermedades, las penas, los reveses nos agobien, levantemos los ojos al cielo y digamos: Todas estas penas acabarán algún día y después de este día, gozaré para siempre de la presencia de Dios. No desfallezcamos; suframos con paciencia; despreciemos el mundo y cuanto él puede darnos. Dichoso el que en la hora de la muerte podrá decir con Santa Águeda: Recibid, Señor, mi alma a la que habéis apartado del amor a lo terreno otorgándole en cambio el vuestro. Sufrámoslo todo, despreciemos las criaturas; Jesús nos aguarda con la corona en las manos para consagrarnos reyes del cielo si le somos fieles.

Pero ¿cómo podré yo, Jesús mío, aspirar a tan grande felicidad, yo que por las cosas terrenas he renunciado tantas veces al paraíso y con soberbia planta he ultrajado vuestra santa gracia? Pero vuestra preciosa sangre me infunde valor para esperar el paraíso después de haber merecido tantas veces el infierno, porque quisisteis morir en una cruz para dar el paraíso a los que sin esto jamás hubieran sido dignos de él. Redentor mío, Dios mío, no quiero volver a perderos. Dadme fuerza para seros fiel: Venga a nos él tu reino. Por los méritos de vuestra sangre, permitid que algún día pueda yo también introducirme en vuestro reino: mientras llega la hora de mi muerte, haced que cumpla en todo vuestra santa voluntad. Hágase tu voluntad. Este es el mayor bien, el verdadero paraíso de los que os aman en este mundo. ¡Almas afortunadas que sabéis amar a Dios, mientras vivamos en este valle de lágrimas, suspiremos siempre por el paraíso!

Consideraciones Piadosas
San Alfonso Mª de Ligorio

sábado, 12 de septiembre de 2026

El Dulce Nombre de María - 12 de Septiembre





El Señor ha hecho vuestro nombre 
tan glorioso, que no se caerá 
de la boca de los hombres. 
(Jdt. 13, 25).

Los elogios más sublimes corresponden a María, a la cual todas las generaciones llaman bienaventurada, y Aquel que "hizo en Ella cosas grandes y cuyo nombre es santo" quiso darle íntima participación de esa misma santidad para consuelo y gozo de quienes invocaren su dulce nombre. Nombre que ha de ser loado, en todo el mundo, porque infunde valor y fortaleza. Bien lo aprendieron los indios mejicanos de boca de los pobres soldados españoles cautivos, que subían al pavoroso teocalli invocando: "'Ay, Santa María!" y con este nombre en los labios expiraban.

España fue la primera en solicitar y obtener de la Santa Sede autorización para celebrar la fiesta del Dulce Nombre. Y esto acaeció en el año 1513. Pero fue el Papa Inocencio XI quien decretó, el 25 de noviembre de 1683, que toda la Iglesia celebrara solemnemente la fiesta de este nombre excelso, para perpetuar la victoria que los austriacos y polacos, mandados por Juan Sobieski, consiguieron de los turcos ese año en Viena. 

El dulce nombre de María, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquel que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro incluso para los homicidas voluntarios: el nombre de María. Torre fortísima es el nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es nombre dulce, nombre que conforta, nombre de consoladora esperanza, nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos" 

Que el sabroso nombre de nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra de par en par las puertas de la gloria.

Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. (1642-1718) 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Milagros del Escapulario 27: Dos Milagros del Santo Escapulario...

 



Dos Milagros del Santo Escapulario con los hijos de
los Marqueses del Castillo, en Córdoba.


Me lo refería así la Excma. Sra. Marquesa: "Teniendo mi hijo Dieguito cinco años, nos invitaron unos buenos amigos a almorzar y pasar un día de campo en su finca. El niño hacía tres días que no llevaba el Escapulario, por tenerlo roto, pero, sin embargo, antes de subir al auto, no quise que fuese sin él y le eché un nudo al cordón y se lo puse (pues tenemos la santa costumbre de que a todos nuestros hijos, al bautizarles, se les imponga el Santo Escapulario del Carmen y se les inscriba como cofrades). Al llegar al caserío quiso el niño dar un paseo a caballo, y por tratarse de que era una jaca muy mansita y ya vieja, consentimos en que lo hiciera, no sin mandar con él a un criado de toda confianza y ya viejo en la casa, a fin de que lo vigilase; pero éste se distrajo liando un cigarrillo, y le soltó las bridas, confiando en lo manso y viejo que era el animal, el cual, tan pronto como se vio suelto, salió galopando por medio del olivar, con el niño montado a pelo sobre él y sin tener de dónde asirse, pues no llevaba montura ni albarda. Le perdió el criado de vista, y, según nos refirió después, creía se había matado el niño, porque sin aparejo el animal y no teniendo el angelito dónde cogerse, o le hubiese tirado aparatosamente o le hubiera dejado colgado, cual otro Absalón, de las ramas de los olivos, bastante bajas por cierto; pero hizo la Santísima Virgen que un molinero, que desde lejos le viera, se pusiese delante y parase en su loca carrera al animal y bajara al pequeño, hasta que llegó el criado, pálido y demudado y jadeante, y tomándolo en brazos nos lo devolvió sano y salvo. Puede imaginarse nuestro asombro al oírle contar lo sucedido, no cesando de dar gracias a la Virgen por tan patente milagro. 

"El segundo me lo hizo la Santísima Virgen del Carmen en Córdoba, el día 12 de abril de 1926: Al salir de casa de mamá en coche de caballos, con mis sobrinas, la niñera y el segundo de mis hijos, Paquito, que tendría a la sazón unos ocho meses, me dice una antigua criada de mi madre: "Señora, y a este niño tan lindo, ¿no le cuelga usted nada?" Se refería ella a esos amuletos o cosuchas que la gente del pueblo bajo les suelen poner a sus niños, porque así dicen que no les hacen mal de ojos. Y le contesté: "Yo no les pongo a mis hijitos más que el Escapulario bendito de la Virgen del Carmen, que los libra de todo lo malo"; pero no había pasado una hora, cuando al volver a subir yo al coche, pues salía de la tienda, vi lo tenían al niño de pie, y unas por otras, y yo creyéndome que tenían al niño cogido, cuando al arrancar el coche veo con espanto que el niñito se cae al suelo desde lo alto del coche, pues el coche no tenía portezuelas. 

"Al grito tan horrible que yo di, un buen hombre que estaba parado junto al coche lo cogió del suelo o en el aire, diciéndome: "No se apure, señora, que al niño no le ha pasado nada." Y, efectivamente, ni un rasguño siquiera, y fue cuestión de un segundo el que no le pasara la rueda del coche por medio del cuerpecito o tal vez por la cabecita; así que la caída había sido mortal por necesidad. 

"Y ya podrá comprender si tengo motivos más que sobrados para amar a la Virgen Santísima del Carmen y para alabarla con todo mi corazón todo el resto de mi vida, haciendo que todos la amen y la alaben sin cesar." 

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.
Editado en 1956

lunes, 7 de septiembre de 2026

Santa Regina - 7 de Septiembre

 


¿Si Dios está por nosotros, quién contra nosotros? 
(Romanos, 8, 31) 

Esta joven virgen, leyendo la vida de los mártires, concibió el ardiente deseo de dar, como ellos, su vida por Jesucristo. El prefecto Olibrio, a quien fue entregada como cristiana, trató de ganarla mediante promesas; pero no pudiendo lograrlo de esta manera, recurrió a los más crueles tormentos. Regina, consolada con la vista de una cruz luminosa que subía de la tierra al cielo, soportó valientemente el martirio en Alisia, de Borgoña, en el siglo III. 

MEDITACIÓN SOBRE LA CONFIANZA EN DIOS

I. Existen personas que siempre viven temiendo males futuros. Es una ilusión del demonio; rechaza esos vanos temores. ¿Por qué buscar en lo por venir motivos de temor y de tristeza? Ya el tiempo presente nos proporciona bastantes. Ten confianza en Dios: nos ha ayudado en lo pasado, también lo hará en lo futuro. Apóyate en Dios, no se retirará para que caigas; arrójate en sus brazos con entera confianza, te recibirá y te sanará, (San Agustín). 

II. Si los males que temes cayeren sobre ti; si la pobreza, la calumnia, la deshonra, la enfermedad te alcanzan, no por ello desesperes. Cuando tus sufrimientos parezcan sin remedio, entonces es cuando debes redoblar tu confianza en Dios; cuando el mundo nos abandona es cuando se complace en acudir a socorrernos. Pon toda tu esperanza en Él, su mano no es menos poderosa ni su corazón menos tierno que antes. ¡Qué de prodigios no ha obrado en favor de sus servidores! ¿Acaso no te ha dado a ti mismo infinitamente más de lo que le podías pedir, puesto que, para ti, ha creado este mundo y ha sacrificado a su Hijo unigénito? 

III. Recurre a Dios en toda circunstancia, y Sobre todo en las aflicciones. Invócalo y ten confianza en Él, como si nada esperases de ti mismo. Con todo, trabaja por tu parte; emplea, para alcanzar tus objetivos, todos los medios honestos y lícitos, como si nada esperases de Dios. No te abandones, y Él no te abandonará, sobre todo si, a la confianza, sabes unir la humildad. 

La confianza en Dios 
Orad por los que os gobiernan 

ORACIÓN 
Que la bienaventurada Regina, virgen y mártir, implore por nosotros vuestra misericordia, Señor, ella que siempre os fue agradable por el mérito de su castidad y por su valor en confesar vuestro santo Nombre. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. (1642-1718)