martes, 3 de marzo de 2026

La Virgen María en ejemplos 22: La «buena cristiana»

 


En Tánger, en el siglo XV, Fátima, la hija de una familia mora y rica, tenía especial caridad con los cautivos cristianos, y, por sus palabras, le entró ardiente deseo de bautizarse, para lo cual se encomendaba con fervor a la Virgen de Guadalupe. Al poco tiempo, su padre trató de casarla, con lo cual sufrió tal pena Fátima, que quería tirarse desde una torre. Entonces se le apareció la Virgen, en la forma de su imagen de Guadalupe. Alentada por Ella, a medianoche quitó las cadenas a los cautivos para huir con ellos. Al descolgarse por una soga, de un alto muro, cayó; creyeron se habría matado; no obstante, con admiración de todos, no le pasó nada. Se embarcaron alegres, cuando una tremenda tempestad los hizo amanecer de nuevo en el puerto. Imploran con lágrimas a Nuestra Señora, quien se apareció otra vez a Fátima mientras dormía; la despertó, calmó el mar y los encaminó a tierra de cristianos. Nada más llegar, Fátima hizo que la bautizasen. No quiso llamarse María «por no estar bien que la esclava tomase el nombre de la señora» y tomó el de Isabel. Tampoco aceptó las invitaciones para descansar unos días; quería ante todo visitar a la Santísima Virgen de Guadalupe; a la cual con gran fervor se ofreció en servicio perpetuo. Ya no salió de allí, donde casó, y vivió dando tal ejemplo que por ello se la conocía como «la buena cristiana». A su muerte, en 1504, grabaron en su tumba de mármol estos hechos, que recogió también Fray Gabriel de Talavera cuando publicó su Historia de Ntra. Sra. de Guadalupe (Toledo, 1597).

(P. José Luis de Urrutia, S. J. 
«Colección: Apariciones de la Virgen»)

Milagros del Escapulario 25 - Favorece María Santísima a una doncella devota y pudorosa...




Favorece María Santísima a una doncella devota y pudorosa 
a quien un hombre liviano y desalmado arrojó al mar.

(Filocalo Caputo, "Il Monte Carmelo", pág. 25.) 

Don Alfonso de Meneses, Prefecto de las Galeras de Nápoles, tenía a su servicio una tierna doncellita, llamada Lelia, tan hermosa e inteligente como honesta y recatada, la cual era en extremo devotísima de nuestra Santísima Madre del Carmen, vistiendo desde su niñez el Santo Escapulario. Se prendó de ella tan ciega y apasionadamente un infeliz mancebo, que sólo su modestia pudiera refrenar sus atrevidos pensamientos. Aparentó cesar en su loco devaneo, pero fue sólo para mejor lograr lo que urdía o maquinaba su depravada malicia. 

Habiendo salido el Señor de Nápoles con sus galeras, fingió el criado que le había dejado dicho su señor, al hacerse a la mar, que en tal día de la semana próxima fuese Lelia acompañada del criado en una chalupa para llevarle unas mudas de ropa a un puerto cercano. La inocente muchacha, luego que llegó el día señalado, creyendo obedecer el mandato de su amo, tomando la ropa que juzgara necesaria, sin advertir ni reparar el menor peligro, entró sola con el soldado en la chalupa. A los pocos minutos de hacerse a la mar ya conoció la inocente doncellita los depravados designios de aquel avieso y lascivo mancebo. Ya que estuvieron en alta mar, creció de todo punto su tribulación con la furiosa tempestad que el corazón podrido de aquel licencioso lanzaba bramando contra ella. Viendo el desalmado mancebo que se resistía trató de violentarla, mas ella se defendió tan valerosamente que nada pudo conseguir su instinto bestial y depravado. 

Ebrio y ciego de furor el licencioso mancebo, tomándola por la cintura, la arrojó al mar, cosa a la que Lelia no se resistió, por librarse de las miradas lascivas de aquel monstruo del averno, pues confiaba en el poderoso valimiento y en el auxilio presto y eficaz de la Virgen Santísima del Carmen, cuyo Escapulario llevaba al cuello, con fervor, desde muy niña. Y en efecto, no se hizo esperar un solo instante. 

No haría un cuarto de hora que estaba sumergida en las aguas, e invocando sin intermisión a la Santísima Virgen, cuando la Divina Providencia dispuso que pasara muy cerquita de ella una nave, e inspirada por la Reina del Cielo comenzó a dar voces diciendo: ¡Pedro Andrés Cenemón, socorredme! Se percibieron claramente en la nave las tristes y decaídas voces que diera la infeliz, sin que el ruido del oleaje pudiese desvanecer el triste acento de la doncella, y quedando maravillado el patrón de que le llamaran por su propio nombre. 

El primer pensamiento o la primer corazonada de Pedro fue el creer que algún conocido, desde alguna embarcación cercana, le llamaba; mas le desengañó la vista, pues en cuanto alcanzaba el horizonte no pudo descubrir ser alguno. Volvió a repetir otra vez la misma plañidera voz igual exclamación, y al oído certificó la vista, pues vio sobre el agua a una mujer, y arrojándose al punto al mar libró de aquel peligro a la que María Santísima había querido salvar maravillosamente. 

Ya en la nave, y luego que se hubo Lelia recobrado, comenzó a dar gracias a María Santísima entre amorosos suspiros y tiernísimas lágrimas, sin que el patrón de la nave y los demás compañeros saliesen de su estupor, al ver que le había llamado por su propio nombre sin que jamás le hubiera conocido. Interrogada por éste respondió : "Has de saber, Pedro, que luego que caí al mar, me recogió en su manto una hermosísima Señora vestida de hábito del Carmen, la cual, cuando pasabas, me indicó te llamase por tal nombre, pues tú me sacarías del mar." 

No le cabía el gozo en el corazón a Pedro Andrés viéndose favorecido por la Madre de Dios para librar a su devota hija de semejante peligro. Y dejando el rumbo que llevaba encaminó la proa de su embarcación hacia Nápoles, a fin de dejar allí su milagrosa huésped. Llegados al puerto, desembarcó Lelia, la cual, sin detenerse un punto, corrió hasta el convento de los Carmelitas, publicando a voces por las calles la misericordia que María Santísima había obrado con ella. 

Dio a la Virgen Santísima, en su imagen de la Bruna, las más rendidas acciones de gracias, y después de autentificar este prodigio se pintó en un lienzo a la Virgen Santísima sosteniéndola en las aguas y a Pedro depositándola en su nave, para que no faltase en lo futuro quien diese gracias a nuestra Madre amorosísima por semejantes prodigios como reserva y dispensa a sus devotos. Ave María. 

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.
Editado en 1956

jueves, 5 de febrero de 2026

Santa Ágata - 5 de Febrero

 


Nos hace servir de espectáculo al mundo, 
a los ángeles y a los hombres. 
(1 Cor. 4, 9). 

¡Qué hermoso espectáculo para Jesús, ver a Ágata despreciar los halagos y amenazas del pretor, a fin de conservar su castidad y su fe! Se le quema el pecho, pero San Pedro se le aparece en la prisión y la sana. Se la desnuda y se la arrastra sobre trozos de vasijas rotas y brasas encendidas, y he aquí que un temblor derriba varios edificios y aplasta bajo sus escombros a dos miembros de la familia del tirano. Asustado el gobernador de las murmuraciones del pueblo, la hace conducir de nuevo a la prisión, en la cual expira, después de una breve oración, el año 251. 


MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SANTA ÁGATA 

I. Santa Ágata resistió al mundo. Ni todos sus honores pudieron seducirla. Sabía que los bienes de la tierra nada son comparados con los celestiales. ¡Oh mundo, qué mala reputación es la tuya! Los santos te abandonan y te desprecian; hasta tus partidarios se quejan de ti, y dicen que sólo tienes bienes aparentes y males reales en exceso. Tú, que lees o escuchas, estás convencido de esta verdad, y sin embargo amas al mundo. El mundo es malo y lo amas; ¿qué no harías si fuese bueno? (San Agustín). 

II. La santa ha resistido a los hombres. Sus amenazas como sus halagos han fracasado ante su constancia. ¡Cuán difícil es resistir a estos dos enemigos, uno de los cuales ataca desembozadamente, y el otro con astucia, sobre todo teniendo un cuerpo que se rebela contra el alma, y que se inclina siempre para el lado de los placeres! ¿Qué hubieras hecho tú en el lugar de Ágata, tú que ofendes a Dios a menudo antes que privarte de la menor satisfacción? 

III. Ágata, por su pureza, fue émula de los Ángeles; o más bien, con San Ambrosio, digamos que la victoria de las vírgenes es más gloriosa que la de los Ángeles, pues éstos, no teniendo cuerpo, ninguna dificultad tienen en ser castos. Para conservar el tesoro de la pureza, es menester, como los Ángeles, pensar siempre en Dios, obedecer incesantemente sus órdenes, desasirse en cuanto sea posible de los placeres del cuerpo, y tener amor sólo para el cielo y para Dios. El hombre casto y el Ángel difieren no por la virtud, sino por la felicidad. La castidad de éste es más feliz, la de aquél más valiente. (San Ambrosio). 

La Castidad 
Orad por las vírgenes 

ORACIÓN 
Oh Dios, que entre otros milagros de vuestro poder, habéis hecho obtener la victoria del martirio al sexo más débil, haced por vuestra bondad que, celebrando la nueva vida que ha recibido en el cielo la bienaventurada Ágata, vuestra virgen mártir, saquemos provecho de sus ejemplos para marchar por el camino que conduce a Vos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. (1642-1718)