jueves, 24 de septiembre de 2026

La Virgen María en ejemplos 25: Un joven se salva otro se condena

 




El ejemplo siguiente muestra bien cuánto vale la devoción a la Virgen. En el año 1714 estudiaban en Flandes dos jóvenes entregados a la disolución. Habían gastado un día entero en diversiones y comilonas, y, por remate, fueron a pasar la noche en una casa de perdición. El uno de ellos, a deshora ya, se volvió a descansar a la suya; pero el otro se quedó saciando su apetito y bebiendo hasta las heces el veneno del cáliz de Babilonia. 

Vuelto el primero a su casa, se acordó que no había rezado un Avemaría como tenía por costumbre; quiso hacerlo, y, aunque sintió gran repugnancia, al fin la rezó de muy mala gana y casi dormido. Se acostó y, como estaba tan cansado, se durmió al instante; pero no se había pasado mucho tiempo, cuando oye unos golpes muy fuertes en la puerta de su dormitorio; se despierta, y, sin abrirla, ve delante de sí a su infeliz compañero, horroroso y desfigurado. Lleno de terror y admirado de que hubiese podido entrar estando la puerta cerrada, dio una voz, diciendo: "¿Qué es esto?" Y el desdichado contestó: "Has de saber que, por justo juicio de Dios, debíamos tú y yo caer esta noche en el infierno; pero la Virgen, a quien rezaste el Avemaría, te ha librado a ti de la muerte; yo estoy ya condenado. En tal calle (nombrándola) está mi cuerpo herido por el demonio". Y en prueba de la verdad, le descubrió el seno, que arrojaba llamas y le despedazaban horribles serpientes. Acabó de hablar, y desapareció. 

Se levanta el otro al punto y empieza a llorar amargamente. En esto oye tocar a Maitines en el convento de San Francisco, y no dudando que ésta fuese la voz de Dios, que le llamaba, corre sin tardanza, se echa a los pies de los Padres y les pide el santo hábito con las mayores instancias, contando lo que le había pasado. No le dieron crédito al principio; pero se cercioraron de la verdad, yendo algunos a la calle que les decía, donde encontraron el cadáver del infeliz compañero, enteramente desfigurado. 

Entonces le admitieron y él empezó en la religión una vida penitente y del todo nueva, mostrándose toda su vida muy agradecido a la piadosísima Virgen María, por cuya intercesión había recibido aquel especialísimo beneficio. 

(«Mes de María»)


sábado, 19 de septiembre de 2026

Nuestra Señora de la Salette- 19 de Septiembre

 


"Los sacerdotes, ministros de mi Hijo, por su mala vida, por sus irreverencias y su impiedad al celebrar los santos misterios; por su amor al dinero, a los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza... La Iglesia tendrá una crisis horrorosa. Se abolirán los poderes civiles y eclesiásticos; todo orden y toda justicia serán pisoteados... Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo. ...los hombres se pervertirán más y más. Ha llegado el tiempo; el sol se oscurece; soló la fe sobrevivirá" 

(Ntra. Sra. de la Salette)


domingo, 13 de septiembre de 2026

Ver y amar a Dios en la otra vida es el Paraíso de los elegidos - San Alfonso María de Ligorio

 


¿Qué es lo que constituye la bienaventuranza de los elegidos en el cielo? El alma viendo a Dios cara a cara, contemplando su belleza infinita, percibiendo todas sus perfecciones dignas de un inmenso amor, no puede dejar de amarle. Ama a Dios más que a sí misma, se olvida de sí propia para no desear más que la felicidad de su muy amado, de su Dios y viendo que Dios, único objeto de su ternura, goza de una felicidad infinita, esta felicidad es su paraíso. Si ella fuese capaz de lo infinito, viendo a su muy amado gozar de una dicha infinita, su dicha propia vendría a ser también infinita; pero como la criatura no es capaz de infinita felicidad, queda de tal modo saciada de gozo, que nada más desea. Es la beatitud que ambicionaba David cuando exclamaba: Seré saciado cuando apareciere tu gloria .

Así se verifica lo que Dios dice al alma, cuando la admite en el paraíso: Entra en el gozo de tu Señor. No manda a la alegría que entre dentro del alma, porque siendo esta alegría infinita, el alma no podría contenerla; lo que ordena, es que el alma entre en la alegría, eterna, para tomar parte en ella, para alimentarse de ella hasta la saciedad.

Yo, pues, soy de parecer que no hay acto de amor más perfecto en la oración, que gozarse en la alegría infinita del Señor. Esta es la continua preocupación de los bienaventurados en el cielo, de modo que el que a menudo se goza en la alegría del Señor, empieza ya desde ahora, a experimentar parte de las delicias de que se verá colmado en el paraíso.

Este contento que es el que constituye el paraíso, será aumentado por el esplendor de aquella ciudad de Dios, por la hermosura de sus habitantes y sobre todo por la presencia de la Reina de los Cielos, más bella que el paraíso entero, y por la de Jesucristo, cuya belleza sobrepujará infinitamente la belleza de María.

El júbilo de los elegidos aumentará aún con el recuerdo de los peligros que cada uno habrá corrido de perder tan inmensa bienaventuranza. Cuáles serán las gracias que dirigirán al Señor aquéllos que habiendo merecido el infierno por sus pecados, se encontrarán en aquel lugar de delicias, desde donde contemplarán a sus plantas tantos otros que por pecados menores que los suyos, arderán en el fuego del infierno. Se encontrarán salvos, seguros de que jamás perderán a Dios, llamados a gozar eternamente de aquellas supremas delicias, de aquellos placeres que no cansarán, jamás. Por vehementes y grandes que sean los placeres de la tierra acaban por cansarnos; pero los gozos del paraíso, cuanto más se gustarán, más serán apetecidos, de modo que los elegidos se verán saciados con tantos placeres, sin dejar de desearlos siempre; y cuantos más recibirán, más les quedarán por recibir, deseando siempre y quedando siempre satisfechos.

Los cánticos melodiosos que entonan los santos en el cielo para dar gracias a Dios por su felicidad se llaman cánticos nuevos, porque las delicias del cielo parecerán siempre tan nuevas, como la primera vez. Se gozarán siempre, se pedirán sin cesar y se obtendrán sin interrupción.

Con razón decía San Agustín que para conseguir tan eterna beatitud, sería necesario que trabajásemos eternamente. ¿Qué son, pues las penitencias y las oraciones de los anacoretas? ¿Qué han hecho los Santos con abandonar las riquezas, las posesiones y hasta las coronas y los cetros: y los mártires en arrostrar los potros, los hierros ardientes y la muerte cruel para obtener el paraíso? Poco, o casi nada. Pero este poco ha bastado.

Procuremos llevar sin queja la cruz que nos envía el Señor porque todos nuestros padecimientos se trocarán un día en eternos gozos. Cuando las enfermedades, las penas, los reveses nos agobien, levantemos los ojos al cielo y digamos: Todas estas penas acabarán algún día y después de este día, gozaré para siempre de la presencia de Dios. No desfallezcamos; suframos con paciencia; despreciemos el mundo y cuanto él puede darnos. Dichoso el que en la hora de la muerte podrá decir con Santa Águeda: Recibid, Señor, mi alma a la que habéis apartado del amor a lo terreno otorgándole en cambio el vuestro. Sufrámoslo todo, despreciemos las criaturas; Jesús nos aguarda con la corona en las manos para consagrarnos reyes del cielo si le somos fieles.

Pero ¿cómo podré yo, Jesús mío, aspirar a tan grande felicidad, yo que por las cosas terrenas he renunciado tantas veces al paraíso y con soberbia planta he ultrajado vuestra santa gracia? Pero vuestra preciosa sangre me infunde valor para esperar el paraíso después de haber merecido tantas veces el infierno, porque quisisteis morir en una cruz para dar el paraíso a los que sin esto jamás hubieran sido dignos de él. Redentor mío, Dios mío, no quiero volver a perderos. Dadme fuerza para seros fiel: Venga a nos él tu reino. Por los méritos de vuestra sangre, permitid que algún día pueda yo también introducirme en vuestro reino: mientras llega la hora de mi muerte, haced que cumpla en todo vuestra santa voluntad. Hágase tu voluntad. Este es el mayor bien, el verdadero paraíso de los que os aman en este mundo. ¡Almas afortunadas que sabéis amar a Dios, mientras vivamos en este valle de lágrimas, suspiremos siempre por el paraíso!

Consideraciones Piadosas
San Alfonso Mª de Ligorio

sábado, 12 de septiembre de 2026

El Dulce Nombre de María - 12 de Septiembre





El Señor ha hecho vuestro nombre 
tan glorioso, que no se caerá 
de la boca de los hombres. 
(Jdt. 13, 25).

Los elogios más sublimes corresponden a María, a la cual todas las generaciones llaman bienaventurada, y Aquel que "hizo en Ella cosas grandes y cuyo nombre es santo" quiso darle íntima participación de esa misma santidad para consuelo y gozo de quienes invocaren su dulce nombre. Nombre que ha de ser loado, en todo el mundo, porque infunde valor y fortaleza. Bien lo aprendieron los indios mejicanos de boca de los pobres soldados españoles cautivos, que subían al pavoroso teocalli invocando: "'Ay, Santa María!" y con este nombre en los labios expiraban.

España fue la primera en solicitar y obtener de la Santa Sede autorización para celebrar la fiesta del Dulce Nombre. Y esto acaeció en el año 1513. Pero fue el Papa Inocencio XI quien decretó, el 25 de noviembre de 1683, que toda la Iglesia celebrara solemnemente la fiesta de este nombre excelso, para perpetuar la victoria que los austriacos y polacos, mandados por Juan Sobieski, consiguieron de los turcos ese año en Viena. 

El dulce nombre de María, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquel que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro incluso para los homicidas voluntarios: el nombre de María. Torre fortísima es el nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es nombre dulce, nombre que conforta, nombre de consoladora esperanza, nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos" 

Que el sabroso nombre de nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra de par en par las puertas de la gloria.

Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. (1642-1718)