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viernes, 8 de marzo de 2024

Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...



Palabras del Señor a la esposa sobre la adhesión a la Nueva Ley; sobre cómo esa misma Ley es ahora rechazada y desestimada por el mundo; sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios, y acerca de su maldición y condena. 


Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley, que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley. Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas. 

De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo. 

Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero, ahora Mi ley esta rechazada y despreciada. 

La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva para ellos. 

¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente, han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino “planeó”, como si fuera algo ya pasado. 

Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres? ¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes, cómo pueden traicionarte?’ 

En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí, respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor, porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra. 

Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas. Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar, nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así también sucede cuando se dicen estas palabras: 

‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello, aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo pueda hacer mi porvenir contigo!’ 

Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado no sea descubierto. 

Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen. Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad, aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me traicionan. 

Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino, que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las cuchillas. 

Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más puede ser calentado o renacer a mi amor. 

Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan pecando hasta el final. 

También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son. 

Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana –sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté realmente presente para los perversos igual que para los buenos, debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los perversos no lo reciben con el mismo efecto. 

Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad, mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas. Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora, déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala voluntad sino por la justicia. 

Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos, que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin. Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos, que vieron la luz del Cielo. 

Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto, por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí, que soy el más exquisito de todos. 

Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan sólo al fuego perpetuo. 

Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.


 Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 47

jueves, 30 de noviembre de 2023

El Fariseísmo en la Iglesia - Padre José Domingo María Corbató

 



En Luz Católica hemos dado pruebas abundantísimas y terminantes del respeto que tenemos al Clero en general, y particularmente al español: véanse, entre otros, los números. 2, 3, 10 y 23, págs. 18, 22, 45, 147, 152 y 365. Puestos a dar cuenta de todo lo que los profetas anuncian, tenemos cierta obligación de no omitir lo que se refiere al Clero, sin que esto modifique nuestro parecer en pro ni en contra: somos meros copistas; no hacemos tanto como Santos y Venerables citados (ibid.) en la pág. 365. De intento suprimiremos los comentarios: que hablen los profetas, y téngase en cuenta que se refieren terminantemente al Clero de hoy. Si alguien nos recrimina, al final le respondemos. 

«Entre los, llamados a sostener la Iglesia hay cobardes, indignos, falsos pastores, lobos disfrazados con piel de oveja, los cuales no han entrado en el redil más que para seducir las almas sencillas, degollar el rebaño de Jesucristo, entregar la heredad del Señor a las depredaciones de los saqueadores, y los templos y los altares a la profanación... He aquí las amenazas que por esto hace el Señor, con toda la indignación y la saña de su justicia: «¡Ay de los traidores y de los apóstatas! ¡Ay de los que malrotan los bienes de mi Iglesia y de los que menosprecian la autoridad de ésta! Han incurrido en mi indignación; yo pisaré su soberbia audaz, que desaparecerá de mi presencia como el humo que se evapora por el aire, en castigo de sus crímenes. Yo les pediré cuenta de mi herencia... Yo endureceré su corazón y cegaré su espíritu, y cometerán pecados sobre pecados...» (Sor Natividad).

«Tomando el Soberano juez a su cargo la causa de la justicia, castigará a los prevaricadores, y sobre todo a los malos pastores de su Iglesia, permitiendo que se les despoje de sus bienes temporales antes de reducirlos por medio de las tribulaciones». (Santa Hildegarda).

«Señores y grandes prelados, os ruego que os enmendéis, pues de lo contrario, recibiréis grandes castigos. ¡Oh! volved al buen camino, pues lo que os anuncio no son locuras ni tonterías como pensáis». (Beato Bartolomé Saluzzo).

«Muchos morirán entonces impenitentes, porque habrán permanecido sordos a mis palabras e inspiraciones. ¡Ay de ellos, y particularmente de ciertos prelados que engañan a mis ovejas y pretenden ser renovadores y más doctos que Agustín y Tomás! Engáñanse éstos, porque yo permitiré que les avergüencen pueblos abyectos, pero cristianos verdaderos, a los cuales daré una fe firme y estable...

Te aseguro que antes que sucedan estas cosas (la regeneración por el Gran Papa y el Gran Monarca), verán tus hermanas a muchas ovejas mías de los claustros abandonar su instituto, lo cual permitiré en castigo de ellas, porque serán orgullosas y faltarán a las promesas que me hicieron en su profesión... Sus conventos serán suprimidos». (Jesús a la Venerable Sor Dominga del Paraíso). 

«¡Ay de los religiosos y religiosas que no observen sus reglas! ¡Ay de todos los sacerdotes indignos de todos los seglares que se dan al libertinaje y siguen las falsas máximas de la moderna filosofía, condenada por la Iglesia, como contraria a los preceptos del Evangelio! Esos miserables, por su detestable conducta, negando la fe de Jesucristo, perecerán bajo el peso del brazo exterminador de la justicia de Dios, de la cual nadie escapará». (Venerable Sor Isabel Canori Mora).

«En medio de este horrible desastre, un grito se oye por todas partes: ¡Ay de los sacerdotes infieles, a su vocación! ¡Ay de los falsos servidores de Dios! ¡Ay de los que menosprecian sus obligaciones! ¡Ay de los que ponen obstáculos al bien!».
(Citada en el capítulo anterior)

«Los preceptos divinos y humanos serán despreciados: los sagrados Cánones se tendrán por nada, haciendo el Clero igual caso de la disciplina que el pueblo de la política». (Venerable Bartolome Holzhauser).

«La virtud en aquellos días será vilipendiada por el silencio de varios predicadores; por otros será conculcada y otros renegarán de ella. La santidad será burlada, y por esto Jesucristo les mandará, no un Pastor, sino un exterminador». (San Francisco de Asís).

«Vi la Basílica de San Pedro (figura de la iglesia Universal), entregada a un inmenso gentío de demoledores... Los más hábiles de entre ellos, los que procedían sistemáticamente y conforme a las reglas, llevaban unos mandiles blancos (francmasones). Con gran dolor mío vi entre ellos algunos sacerdotes católicos... Mi guía me advirtió al mismo tiempo, que en tanto yo pueda, pida y encargue a los demás que pidan por los pecadores, y particularmente por los sacerdotes infieles a su vocación... Otros rezaban el Breviario con tibieza y llevaban al propio tiempo una piedra pequeñita bajo su manto, como una cosa rara, o la pasaban a otras manos. Pareciame que no tenían seguridad, ni arraigo, ni método, y que ni siquiera sabían lo que se debía hacer. ¡Me daba lástima!» (Venerable Ana Catalina Emmerich).

«Pareciame ver en medio de aquella baraúnda un gran trono; vi a los bandidos derribar ese trono (en otro capítulo diremos qué trono es). Todo llegó entonces a su colmo; el mundo entero me parecía una ruina y un desorden... Pero lo que más llamaba mi atención eran los sacerdotes. Vi un gran número de ellos que, cuando se vieron cogidos, se ponían de parte de los malos; pero fueron confundidas sus esperanzas y perecieron miserablemente. Me parecía que esta gran crisis no duraba mucho tiempo, y que después de esto se respiraba otra atmósfera; la paz de Dios...» (Profecía del Padre Cartujo, citada en el artículo anterior).

«Esta mañana (11 de Marzo de 1872), he visto en la Santa Comunión a Jesús orando, los ojos hacia el cielo, las manos juntas y fuertemente puestas sobre su pecho adorable. Estaba sumido en tristeza tal, que yo no he podido menos de llorar. Obligada interiormente a pedir por las almas consagradas a Dios, comencé a implorar para ellas la divina misericordia. «Hija mía, me dijo entonces Jesús, por mis sacerdotes es por quienes yo oro y padezco en este día». Hizome comprender al propio tiempo cuánto le afligían, y que si se ven necesitados es por culpa de ellos». (Venerable Sor Imelda).

«Si en todo esto no fuera el Señor ofendido, ninguna pena tendría yo; pero no es así, pues las dudas y las reflexiones de algunos ministros suyos, lejos de reanimar la fe en las almas, no hacen más que apagarla, y esto es una gran desgracia por la que se les harán cargos muy graves». (Magdalena de la Vendée).

«Hija mía, ¡cuántos ministros de mis altares hay que más bien impiden que fomentan la salud de las almas! Con sus festines, sus juegos, sus dilapidaciones, han cometido latrocinios en los bienes de la Iglesia, robando el sustento a los pobres y diciendo con intolerable orgullo: estas rentas son nuestras, sin cargo ni obligación alguna. ¡Qué usurpación! ¡Qué sacrilegio!... ¿Lo creerás, hija mía? Hay en mi Iglesia muchos Judas que me han traicionado y vendido; he sido abandonado y renegado de ellos; se libró Barrabás, pero yo he sido condenado a muerte y cruelmente azotado y coronado de espinas; herido cubierto de oprobio de ignominia y llevado al suplicio para ser otra vez sacrificado... ¿Qué castigo no merecen tantos y tan sangrientos ultrajes?» (El Señor a Sor Natividad)

«Antes que llegue la paz (del Gran Monarca), el afán de riquezas llevará los hombres a negar la fe; y muchos ministros de la Iglesia, llevados de la voluptuosidad carnal y de la belleza y lascivia de las mujeres, abandonarán el celibato y por donde quiera irá el demonio libre entre ellos». (Venerable Bartolomé Holzhauser).

«Agitación, turbulencia, armas, sangre, apostasía: una mitra afea el altar (en Italia), muchos sacerdotes y religiosos le ayudan y forman su corona de ignominia. Otras mitras débiles reciben lecciones de ánimo de aquellos pequeños que eran objeto de abyecciones y violencias». (Anónima, publicada por Da Macello en Il Valicinatore).

«Voltaire es el Dios de Francia. He escrito al señor Thiers: tanto peor para él y para Francia, si no obra como cristiano; yo he cumplido con mi deber. Cuando se trata de la gloria de Dios, no temo la prisión ni la muerte. Lo que en parte ha perdido a Francia (y a España y las demás naciones), es que el Clero ha temido más al hombre que a Dios. ¡Ah, si yo me extendiera sobre este capítulo!... ¡Pobre Clero, pobre Clero!... Pero no, yo me engaño. Según el Clero, yo soy una ilusa. El Clero es bueno, el Clero es desinteresado, el Clero está lleno de celo, lleno de caridad para con los pobres; ¡el rebaño es malo!...» (Sor María de la Cruz, o Melania, la de la Salette).

La admirable estigmatizada y vidente Lucía Lateau padeció también mucho del Clero. No citamos los padecimientos porque el mismo Clero hizo pasar a otros varios santos profetas; la lista sería larga: continuemos el tema general de este artículo. 

«Paréceme que no me alejaré mucho de la verdad si tomo el vous (vos, o vosotros), de que usaba entonces el Beato (Benito José Labre, comunicando sus revelaciones a su confesor), no como personal, sino como calificativo, de suerte, que no quería hablar de mi persona en particular, sino en general de los sacerdotes que veía cubiertos de manchas, para significar lo que sucedería en Francia respecto del orden sacerdotal, ya física, ya moralmente. Demasiado sabemos que algunos sagrados ministros se han desviado del recto sendero, y que muchos otros que son constantes y fieles, son maltratados...» El Abate Marconi confesor del Beato Benito José, citado por Mr. Desnoyers en la vida del Santo).

«La apostasía será efecto del artificio y de los esfuerzos de las personas constituidas en gobierno, sostenidas por sus subalternos, así del orden civil como del Clero». 

«Llegará a creerse que en la Iglesia todo está perdido... ¡La confusión, la confusión, aun entre los Sacerdotes!» (Magdalena Porsat). «Todos se guiarán por los respetos humanos... y padecerán mis escogidos tan extrañas persecuciones, que vivirán dudosos y perplejos, no sabiendo qué doctrina seguir de tantas como habrá... Ruega por mis escogidos, los cuales no sabrán de qué lado deban inclinarse». (El Señor a Sor Dominga del Paraíso). «Entre los perseguidores habrá tal división de pareceres, que esto colmará de gozo a los apóstatas». (Anónima, citada por Da Macello).

Ruega a Santa Hildegarda el Clero de Colonia, a quien ella había visitado, le diese por escrito «las palabras de vida que de viva voz le había dirigido por inspiración de Dios, y que añadiese a ellas lo que con este motivo le hubiera revelado». La respuesta es una larga carta en que con el acento enérgico de los Profetas y mirando a lo futuro, les echa en cara sus vicios y anuncia los castigos. De esta carta copiamos lo principal en el art. II del presente capitulo. Su carta al Clero de Tréveris, semejante a la de Colonia, arguye también de muchos pecados a dicho Clero, y más en particular al presente. Santa Catalina de Sena escribió también mucho sobre esta materia. Citaremos solamente un pasaje de los que se refieren a la época actual: 

«Para hacerme comprender (Jesús), que las circunstancias en, que se muestra la Iglesia son permitidas para que vuelva a su esplendor, me citaba la Verdad Suprema dos textos del Evangelio: Es necesario que vengan escándalos. Y Nuestro Señor añadía: Pero ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Como si dijera: Yo permito estos tiempos de persecución para arrancar las espinas de que se ve rodeada mi Esposa, pero no permito los pensamientos culpables de los hombres. ¿Sabes lo que hago? Lo que hice cuando estaba en el mundo; hice entonces un látigo de cuerdas y eché del Templo a los que compraban y a los que vendían, no queriendo que la morada de mi Padre viniera a ser una cueva de ladrones. Te digo que hago lo mismo ahora: hago un látigo de las criaturas, y con este látigo arrojo a los mercaderes impuros, codiciosos, avaros, e hinchados de orgullo, que venden y compran los dones del Espíritu Santo.—Y en efecto, con este látigo de la persecución de las criaturas, Nuestro Señor los echaba y por la fuerza de la tribulación los arrancaba de su vida vergonzosa y desarreglada» (Santa Catalina de Sena).

«Cuando la sociedad haya sido bien castigada, bien azotada y desolada, entonces vivirán de otro modo el pueblo y el Clero, y subirá al Papado un Pastor (el Angélico), que gobernará con amor y celo. ¡Oh qué feliz estado aquél!» (Beato Bartolome Saluzzo). 

«Ayer todavía pedí a Dios ardientemente que me retirase las visiones (particularmente acerca del Clero), a fin de no tener la obligación de manifestarlas y la responsabilidad que esto lleva consigo; mas lejos de ser escuchada, se me ha dicho, como de costumbre, que debo referir todo lo que esté en condiciones de decirse, y esto aunque se burlen de mí. Yo no puedo comprender para qué servirá esto. Me han dicho que nadie ha visto todo esto de la misma manera que yo, y además que esos no son negocios míos, sino que incumben a la Iglesia. Es una desgracia que se pierdan tantas cosas, y de aquí resulta gran responsabilidad. Bastantes personas, que son causa de que yo no goce de reposo, y el Clero que está necesitado de hombres y de fe para hacer esto, tendrán que dar a Dios terrible cuenta». (Sor Ana Catalina Emmerich).

Este pasaje nos trae a la memoria lo que el abate Trichaud dice en el folleto Pío IX y Enrique V, 10ª, edición de Marsella, tratando de la gran profecía de San Cesáreo.

«Continué, dice, mi trabajo histórico de San Cesáreo. Cuando en 1853 lo entregaba a la imprenta, el imperio salvaba a Francia de una espantosa anarquía y parecía sostener entonces la Religión, no como instrumento político, no por agradar a un partido, sino únicamente por convicción y por amor del bien que inspira y de las verdades que enseña. Yo no tuve el valor de turbar aquellas dulces esperanzas, suscitando en la opinión pública tristes aprensiones». 

Con palabras como las subrayadas y otras, muchas tan falaces y pérfidas como ellas, el más falaz de los soberanos logró adormecer en Francia a los varones más ilustres, incluido el clero. Muy pocos sospecharon como debían de aquel precursor del Anticristo que, si no hizo más daño, fue porque no pudo. Eso, eso mismo sucede hoy; no se sospecha de ciertos gobernantes, el Clero se adormece, los fieles también... y si una Emmerich lo advierte, búrlanse de ella y la persiguen.

¡Cuán terribles serán las consecuencias de nuestra ceguera!

  

Apología del Gran Monarca 1 parte.

páginas de la 249 a la 255

P. José Domingo María Corbató

Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904


sábado, 16 de septiembre de 2023

Expediente Royuela: espejo de la Transición. Por Jesús Aguilar Marina

 


En los asuntos de justicia, que son lo esencial de la convivencia humana, aquí se han dormido todos. Durante la nefasta Transición, contemplando a los gobernantes y dirigentes españoles, enseguida se percibe que, del Rey abajo, existen miles de topos trabajando bajo tierra, sin que nos sea posible en muchos casos seguir sus parciales estragos, aunque sí su gran objetivo: la aniquilación de España y de sus hombres y mujeres más ilustres.

El expediente Royuela, que revela parte de esos estragos, es la cara oculta de esta nación fallida por culpa de una Transición ingrata e infiel a las esencias patrias; de esta España que los demócratas han convertido en un sepulcro maloliente, blanqueado por la propaganda del pesebre informativo. La sucesión de casos acumulados en el expediente Royuela muestra la siniestra realidad de esta democracia criminal que asfixia a la nación española. Su compendio de infamias constituye la más certera parábola de un estercolero abarrotado de excrementos y sangre por el que los españoles se pasean diariamente con indiferencia.

El expediente Royuela nos recuerda que no hay perfume comparable para el olfato de un socialcomunista -y el de sus valedores y financiadores- como el hedor que despiden las heces de sus doctrinas, la podredumbre de sus demoliciones y los cadáveres de sus enemigos. En estos tiempos, los muertos y los aherrojados son los veraces y los sabios, y los laureados y vivos sus jueces y asesinos.

El expediente Royuela es el muestrario del despotismo y oscurantismo más atroces. Donde gobiernan los déspotas siempre hay pocos hombres de virtud. Y ello es así porque los déspotas temen más a los buenos que a los malos, y siempre el valor y la virtud les son espantosos. Por eso se esfuerzan para que sus gobernados sean delincuentes o tarados, o anhelen serlo; y multan, encarcelan o asesinan a todo aquél que albergue o difunda pensamientos veraces y magnánimos.

El gobierno del déspota es la ruina de los hombres, porque por la maldad de aquél se aparta la ciudadanía de todo civismo y virtud. Y así es lógico que la multitud, criada en inepcia y servidumbre, se haga de ánimo inconsciente y servil para cualquier obra grande y noble. El déspota procura ahogar al pueblo en servidumbre, sin importarle su humillación ni sus gemidos, si es que éste los tiene.

El expediente Royuela es un compendio luciferino, demostrativo de los más bajos instintos del ser humano, cuando se iguala a su maestro Luzbel. El soberbio Luzbel nunca se va a arrepentir de sus monstruosidades, y menos aún se postrará ante la humanidad y la verdad de Cristo y de sus símbolos; al contrario, no dejará de promover brutalidades, tinieblas y catástrofes, de la mano de sus nigromantes.

El expediente Royuela es el espejo en que se mira y reconoce nuestra Transición, considerada sarcásticamente como democrática por quienes se han beneficiado de ella. Una Transición plagada de espíritus de malévola condición que, como Caín el fratricida, deberían gritar: «el justo que me encuentre debe matarme». Pero no se han dado este tipo de muertes, al menos hasta ahora, sólo las cometidas por los dementes maléficos, es decir, por los satanistas de la secta.

Las izquierdas resentidas y las derechas babosas, con todas sus excrecencias, son los dos extremos de la misma serpiente. Y como esa serpiente es enemiga de España, los españoles de bien están obligados a destruirla. Y cuando se habla de demoler lo falso y de purificar lo podrido es vano dirigirse al pueblo en general; sólo a esa minoría crítica que palpita en él, esa parte de la ciudadanía advertida que aún conserva el libre espíritu, porque desgraciadamente la sociedad española de hoy, en general, se asemeja a la lechuza: cuanta más luz se la echa, menos ve.

Y debido a esta ceguera de condición, los tormentos infernales que la esperan van a ser insondables, nada de fantasías conspiranoicas o imaginaciones absurdas, como lo quieren hacer ver los del agitprop, sino bien reales y bien pronosticados, tal se desprende de las propias agendas de los carceleros y asesinos; eso sí, en nombre de la felicidad. Una felicidad que, por medio de leyes, ostracismos y pandemias -atención a la nueva ola pandémica- traslada al reino de la muerte las penas y miserias de esta vida.

El expediente Royuela es un catálogo de horrores que testimonia nuestro pasado, presente y futuro contemporáneos, y que ensombrece ilimitadamente esa vida que nos ha proporcionado la cofradía de reelegidos. Lo peligroso está en que el gentío no sabe entender y sentir en qué consisten sus males, ni en los que le deparará el Sistema, y así anda siempre corriendo a la busca de un bien que, alcanzado, le aburre. En verdad trata de huir cada uno de sí mismo y, como no puede, abrazado a sus remordimientos y a su odio, sigue apegándose a su particularidad, en espera de los castigos que lo acechan por sus maldades.

El caso es que, en España, hoy, del Rey abajo, hay muchos millones de traidores que por codicia han decidido vender a su patria; y otros muchos millones que por cobardía están dispuestos a dejarse matar por miedo a defenderse. Hoy, en España, la justicia –además del expediente Royuela lo dicen los acontecimientos cotidianos- no sólo se desentiende de perseguir y castigar al culpable, sino que, llevando su iniquidad al extremo, se dedica a afrentar al inocente.

En nuestra utilitaria y capitalsocialista sociedad, el holgazán, el perseguido, no es el que integra grupos de presión -incluidos los partidocráticos-; ni el que se dedica a vender a buen precio sus servicios de intermediación o de amiguismo; ni los que a la sombra del poder se pasan las horas dando o preparando pelotazos especulativos; ni los inmigrantes invasores financiados por la antiespaña con el dinero del Estado; ni los pervertidos, okupas, maleantes y demás guiñapos de las izquierdas resentidas, con toda su variedad de parásitos; no, hoy se califica de holgazán y delincuente al que paga sus impuestos, se encierra en su casa, y ni se aprovecha ni pide nada de todo lo que se roba en esta feria del abuso en que han convertido a la patria, y cuyos frutos no dejan de repartirse entre los feriantes.

Leyendo los impunes episodios del expediente Royuela se comprueba, una vez más, que el buen sentido ni se compra, ni se toma prestado, ni se vende. Y si se pudiese vender tampoco hallaría muchos compradores. Sin duda, a algunos españoles de hoy les bastaría con mostrarles remedios para que pudiesen solucionar los gravísimos problemas que padece su patria, pero a la inmensa mayoría esos remedios es menester imponérselos por la fuerza. Y es triste que a estas alturas tengamos que regresar al pasado para resolver la catástrofe, utilizando nuevamente el dominio violento.

No sirve de nada quejarse, corriendo de un sitio a otro, si estamos cercados por el enemigo y vemos que nadie puede, quiere, ni sabe hacer nada contra él. Por eso, en esta hora, ya no sirven esos comunicadores y tertulianos de derechas que sólo parecen entretenerse en la contemplación del propio ombligo; ni tienen eficacia sus programas y coloquios cansinos e inoperantes.

Cuando debiéramos tener forjada la confabulación de los prudentes para ver por dónde hincar el diente al Sistema liberticida e iniciar la imperativa regeneración, contemplamos melancólicos cómo entre los politicólogos y demás expertos de la cosa, gran parte del tiempo se pierde en bizantinismos y argucias de palabra, discusiones más o menos estériles o engañosas que ejercitan una pretendida sutilidad.

Inasequibles al desaliento -o aparentándolo-, no dejan de analizar todo tipo de asuntos, en uno o varios sentidos y en los contrarios, ni de hacer y deshacer previsiones y futurismos que al día siguiente se han mostrado inútiles. O, con la candidez del estulto, ante la enésima abominación de los políticos, se preguntan: «¿Nadie va a dar explicaciones?». ¿De quién esperarán explicaciones estos ilusos? ¿De la Monarquía? ¿Del Ejército? ¿De la Justicia? ¿De la intelectualidad áulica y del periodismo estabulado? ¿Del Sistema que acoge y patrocina a todos ellos? ¿Acaso es, no ya inteligente, sino oportuno, pedir explicaciones a quienes metódicamente llevan más de cuarenta años con la piqueta, la gasolina y las cerillas?

¿De tanto tiempo dispone aún España para que sigamos torturándonos y fatigándonos en observar y examinar problemas y actitudes de los insectos capitalsocialistas, y de sus terminales, en los que hay más astucia, maldad y codicia a despreciar que cuestiones a resolver? Busquemos la fórmula para que los sucesos del expediente Royuela no queden impunes, y para ahuyentar, en general, a todos los malhechores de nuestras vidas y de la patria, en vez de golpearnos torpemente una y otra vez la frente contra el muro, y no nos contentemos con satirizarlos, algo que a ellos no les afecta mientras puedan seguir depredando. Porque ya no se trata de satirizar, sino de encarcelar, ya que no de ahorcar.

Hoy, el principal y urgente fin de la minoría crítica consiste en la unión de tanto grupúsculo disperso, y en cómo abrir una brecha en la fortaleza del Sistema. En ello deben centrarse los esfuerzos, repartiendo las cargas en proporción a las fuerzas de cada cual, sin pretender más de lo individualmente soportable, pero sin hacer dejación de lo posible. Delante de todos los españoles están los años nefastos de una Transición que no ha dejado de mentirles. Pero de entre esa totalidad de españoles, no se espera al vulgo, a los instalados ni a los hipócritas. Sólo las almas libres pueden regenerar lo podrido, y tienen la obligación de desenmascarar la tramoya y el oprobio que simboliza; y, diariamente, con toda la fuerza y la sutileza de que sean capaces, han de proponerse reducirla a la verdad.

Es sabido que los primeros que derriban el muro siempre salen sangrando. En esta moribunda y melancólica España, aún no ha habido ni hay nadie que se haya decidido a correr el riesgo. Pero todo llegará. Examinando la situación de los nobles patriotas españoles, se les puede comparar con los sabuesos flacos a los que se refería el escritor irlandés Yeats, que son los mejores cazadores: ¡Oh sabuesos flacos! ¿Cuándo empezaréis a cazar?


Jesús Aguilar Marina


Fuente: ñtvespaña

lunes, 13 de febrero de 2023

La Virgen María describe la excelencia de su Hijo; y como Cristo es ahora crucificado mas duramente por los malos cristianos, que por los judíos - Santa Brígida

 


Palabras de la Madre a la esposa describiendo la excelencia de su Hijo; sobre cómo Cristo es ahora crucificado más duramente por sus enemigos, los malos cristianos, que por los judíos, y sobre cómo, en consecuencia, esas personas recibirán un castigo más duro y amargo. 


La Madre dijo: “Mi Hijo tuvo tres bondades. La primera fue que nadie tuvo jamás un cuerpo tan refinado como Él, al tener Él dos naturalezas perfectas, una divina y otra humana. Él fue tan puro que, igual que no se puede encontrar ni una mota en un ojo cristalino, ni una sola deformidad podía hallarse en su cuerpo. La segunda bondad fue que Él nunca pecó. Otros niños, a veces, cargan con los pecados de sus padres, además de los suyos propios. Este niño, que nunca pecó, cargó con los pecados de todos. La tercera bondad fue que, mientras que algunas personas mueren por Dios y por una mayor recompensa, Él murió tanto por sus enemigos como por mí y sus amigos. 

Cuando sus enemigos lo crucificaron, le hicieron cuatro cosas. En primer lugar, lo coronaron de espinas. En segundo lugar, clavaron sus manos y pies. Tercero, le dieron hiel para beber y, cuarto, traspasaron su costado. Pero mi dolor es que sus enemigos, que ahora están en el mundo, crucifican a mi Hijo más duramente de lo que lo hicieron los judíos. Aunque podrías decir que Él no puede sufrir y morir ahora, aún lo crucifican a través de sus vicios. Un hombre puede lanzar insultos e injurias sobre la imagen de un enemigo suyo y, aunque la imagen no sintiera el daño, el perpetrador sería acusado y sentenciado por su maliciosa intención de injuriar.

Igualmente, los vicios por los que crucifican a mi Hijo, en un sentido espiritual, son más abominables y más serios para Él que los vicios de quienes lo crucificaron en el cuerpo. Pero puedes preguntar ‘¿Cómo lo crucifican?’ Bien, primero lo colocan sobre la cruz que han preparado para Él. Esto es, cuando no tienen en cuenta los preceptos de su Creador y Señor. Después lo deshonran cuando Él les advierte, a través de sus siervos, que han de servirle, y ellos desoyen las advertencias y hacen lo que les apetece. Crucifican su mano derecha confundiendo justicia e injusticia al decir: ‘El pecado no es tan grave ni odioso para Dios como se dice, ni Dios castiga a nadie para siempre sino que sus amenazas son para asustarnos. 

¿Por qué habría de redimirnos si quisiera que muriésemos?’ Ellos no consideran que hasta el más mínimo pecado, en el que una persona se deleite, es suficiente para entregarle a él o a ella al castigo eterno. Puesto que Dios no deja ni que el más mínimo de los pecados quede sin castigo, ni el mínimo bien sin recompensa, ellos serán castigados siempre que mantengan la intención constante de pecar y mi Hijo, que ve sus corazones, cuenta eso como un acto. Pues si mi Hijo se lo permitiera, ellos obrarían según sus intenciones. 

Crucifican su mano izquierda convirtiendo la virtud en vicio. Quieren continuar pecando hasta el fin, diciendo: ‘Si, al final, una vez, decimos “¡Dios, ten misericordia de mí!”, la misericordia de Dios es tan grande que el nos perdonará’. El querer pecar sin enmendarse, querer la recompensa sin luchar por ella, no es virtud, a menos que haya algo de contrición en su corazón o a menos que la persona desee realmente enmendar su camino, siempre que no se lo impida una enfermedad o cualquier otra condición. 

Crucifican sus pies complaciéndose en el pecado, sin pensar ni una sola vez en el amarguísimo castigo de mi Hijo, ni darle las gracias de corazón, diciendo: ‘¡Señor, qué amargamente has sufrido! ¡Alabado seas por tu muerte!’ Tales palabras nunca sale de sus labios. Lo coronan con una corona de irrisión al burlarse de sus siervos y considerar inútil su servicio. Le dan hiel a beber cuando se regodean y complacen en pecar. Nunca sienten en el corazón lo serio y múltiple que es el pecado. Le traspasan el costado cuando tienen la intención de perseverar en el pecado. 

Te digo en verdad, y se lo puedes decir a mis amigos, que para mi Hijo esas personas son más injustas que aquellos que lo sentenciaron, peores enemigos que aquellos que lo crucificaron, más faltos de vergüenza que quienes lo vendieron. A ellos les espera mayor castigo que a los otros. De hecho, Pilatos supo muy bien que mi Hijo no había pecado y que no merecía la muerte. Sin embargo, por temor a perder el poder temporalmente y por la insistencia de los judíos, aún reacio, tuvo que sentenciar a muerte a mi Hijo. ¿Qué temerían estas personas si lo sirvieran? ¿O qué honor o privilegio perderían si lo honrasen? 

Ellos recibirán, pues, una más dura sentencia, por ser peores que Pilatos en la consideración de mi Hijo. Pilatos lo sentenció por temor, sometiéndose a la petición e intenciones de otros. Estas personas lo sentencian por su propio beneficio y sin temor alguno, deshonrándolo por el pecado del que podrían abstenerse, si así lo quisieran. Pero ellos no se abstienen de pecar ni se avergüenzan de haber cometido pecados, pues no toman en consideración que no merecen ni la mínima consideración de aquél a quien ellos no sirven. Son peores que Judas, pues Judas, después de haber traicionado al Señor, reconoció que Jesús era el mismo Dios y que él había pecado gravemente contra Él. 

Se desesperó, sin embargo, y se precipitó hasta el infierno, pensando que ya no merecía vivir. Pero estas personas reconocen su pecado y, aún así, perseveran en él sin arrepentimiento en sus corazones. Más bien, desean arrebatarle a Dios el reino de los cielos por una especie de fuerza y violencia, creyendo que lo pueden conseguir, no por sus hechos sino por una vana esperanza, vana porque no se le dará a nadie más que a los que trabajan y hacen algún sacrificio para el Señor. Son peores que los que lo crucificaron. Cuando vieron las buenas obras de mi Hijo, como la resurrección de la muerte o la curación de leprosos, pensaron en sus adentros: ‘Este obra maravillas inauditas e inusitadas, superando a todos a voluntad con sólo una palabra, conociendo nuestros pensamientos, haciendo todo lo que desea. 

Si continúa así, tendremos que someternos a su poder y hacernos siervos suyos’. Por ello, en lugar de someterse Él, lo crucifican con su envidia. Pero si supieran que Él es el Rey de la Gloria nunca lo habrían crucificado. Por otro lado, estas personas ven cada día sus grandes obras y milagros y se aprovechan de su bondad. Escuchan cómo tienen que servirlo y se acercan a Él, pero en sus adentros piensan: ‘Sería duro e insoportable renunciar a nuestros bienes temporales para hacer su voluntad y no la nuestra’ Por ello, desprecian la voluntad de Él, colocan por encima sus deseos egoístas y crucifican a mi Hijo por su terquedad, acumulando pecado sobre pecado contra su propia conciencia. 

Son peores que sus verdugos, pues los judíos actuaron por envidia y porque no sabían que Él era Dios. Estos, sin embargo, saben que es Dios y, por maldad, por presunción y codicia, lo crucifican en un sentido espiritual más duramente que los que crucificaron físicamente su cuerpo, pues estas personas ya han sido redimidas y aquellos aún no lo eran. ¡Así pues, esposa, obedece y teme a mi Hijo, pues todo lo que tiene de misericordioso lo tiene también de justo!”


Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 37