miércoles, 2 de septiembre de 2026
lunes, 31 de agosto de 2026
lunes, 3 de agosto de 2026
domingo, 1 de febrero de 2026
domingo, 29 de diciembre de 2024
miércoles, 13 de noviembre de 2024
jueves, 7 de noviembre de 2024
lunes, 4 de noviembre de 2024
viernes, 4 de octubre de 2024
miércoles, 12 de junio de 2024
martes, 11 de junio de 2024
martes, 4 de junio de 2024
viernes, 8 de marzo de 2024
Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...
domingo, 18 de febrero de 2024
sábado, 16 de diciembre de 2023
jueves, 30 de noviembre de 2023
El Fariseísmo en la Iglesia - Padre José Domingo María Corbató
En Luz Católica hemos dado pruebas abundantísimas y terminantes del respeto
que tenemos al Clero en general, y particularmente al español: véanse, entre
otros, los números. 2, 3, 10 y 23, págs. 18, 22, 45, 147, 152 y 365. Puestos a
dar cuenta de todo lo que los profetas anuncian, tenemos cierta obligación de
no omitir lo que se refiere al Clero, sin que esto modifique nuestro parecer en
pro ni en contra: somos meros copistas; no hacemos tanto como Santos y
Venerables citados (ibid.) en la pág. 365. De intento suprimiremos los
comentarios: que hablen los profetas, y téngase en cuenta que se refieren
terminantemente al Clero de hoy. Si alguien nos recrimina, al final le
respondemos.
«Entre los, llamados a sostener la Iglesia hay cobardes, indignos,
falsos pastores, lobos disfrazados con piel de oveja, los cuales no han entrado
en el redil más que para seducir las almas sencillas, degollar el rebaño de
Jesucristo, entregar la heredad del Señor a las depredaciones de los
saqueadores, y los templos y los altares a la profanación... He aquí
las amenazas que por esto hace el Señor, con toda la indignación y la saña de
su justicia: «¡Ay de los traidores y de los apóstatas! ¡Ay de los que
malrotan los bienes de mi Iglesia y de los que menosprecian la autoridad de
ésta! Han incurrido en mi indignación; yo pisaré su soberbia audaz, que desaparecerá
de mi presencia como el humo que se evapora por el aire, en castigo de sus
crímenes. Yo les pediré cuenta de mi herencia... Yo endureceré su corazón y
cegaré su espíritu, y cometerán pecados sobre pecados...» (Sor Natividad).
«Tomando el Soberano juez a su cargo la causa de la justicia, castigará a
los prevaricadores, y sobre todo a los malos pastores de su Iglesia,
permitiendo que se les despoje de sus bienes temporales antes de reducirlos por
medio de las tribulaciones». (Santa Hildegarda).
«Señores y grandes prelados, os ruego que os enmendéis, pues de lo
contrario, recibiréis grandes castigos. ¡Oh! volved al buen camino, pues lo que
os anuncio no son locuras ni tonterías como pensáis». (Beato Bartolomé
Saluzzo).
«Muchos morirán entonces impenitentes, porque habrán permanecido sordos a
mis palabras e inspiraciones. ¡Ay de ellos, y particularmente de ciertos
prelados que engañan a mis ovejas y pretenden ser renovadores y más doctos que
Agustín y Tomás! Engáñanse éstos, porque yo permitiré que les avergüencen
pueblos abyectos, pero cristianos verdaderos, a los cuales daré una fe firme y
estable...
Te aseguro que antes que sucedan estas cosas (la regeneración
por el Gran Papa y el Gran Monarca), verán tus hermanas a muchas ovejas
mías de los claustros abandonar su instituto, lo cual permitiré en castigo de
ellas, porque serán orgullosas y faltarán a las promesas que me hicieron en su
profesión... Sus conventos serán suprimidos». (Jesús a la Venerable Sor Dominga
del Paraíso).
«¡Ay de los religiosos y religiosas que no observen sus reglas! ¡Ay de
todos los sacerdotes indignos de todos los seglares que se dan al libertinaje y
siguen las falsas máximas de la moderna filosofía, condenada por la Iglesia,
como contraria a los preceptos del Evangelio! Esos miserables, por su
detestable conducta, negando la fe de Jesucristo, perecerán bajo el peso del
brazo exterminador de la justicia de Dios, de la cual nadie escapará».
(Venerable Sor Isabel Canori Mora).
«En medio de este horrible desastre, un grito se oye por todas partes: ¡Ay
de los sacerdotes infieles, a su vocación! ¡Ay de los falsos servidores de
Dios! ¡Ay de los que menosprecian sus obligaciones! ¡Ay de los que ponen
obstáculos al bien!».
(Citada en el capítulo anterior)
«Los preceptos divinos y humanos serán despreciados: los sagrados Cánones
se tendrán por nada, haciendo el Clero igual caso de la disciplina que el
pueblo de la política». (Venerable Bartolome Holzhauser).
«La virtud en aquellos días será vilipendiada por el silencio de varios
predicadores; por otros será conculcada y otros renegarán de ella. La santidad
será burlada, y por esto Jesucristo les mandará, no un Pastor, sino un
exterminador». (San Francisco de Asís).
«Vi la Basílica de San Pedro (figura de la iglesia Universal), entregada a
un inmenso gentío de demoledores... Los más hábiles de entre ellos, los que
procedían sistemáticamente y conforme a las reglas, llevaban unos mandiles
blancos (francmasones). Con gran dolor mío vi entre ellos algunos sacerdotes
católicos... Mi guía me advirtió al mismo tiempo, que en tanto yo pueda, pida y
encargue a los demás que pidan por los pecadores, y particularmente por los
sacerdotes infieles a su vocación... Otros rezaban el Breviario con tibieza y
llevaban al propio tiempo una piedra pequeñita bajo su manto, como una cosa
rara, o la pasaban a otras manos. Pareciame que no tenían seguridad, ni
arraigo, ni método, y que ni siquiera sabían lo que se debía hacer. ¡Me daba
lástima!» (Venerable Ana Catalina Emmerich).
«Pareciame ver en medio de aquella baraúnda un gran trono; vi a los
bandidos derribar ese trono (en otro capítulo diremos qué trono es). Todo
llegó entonces a su colmo; el mundo entero me parecía una ruina y un
desorden... Pero lo que más llamaba mi atención eran los sacerdotes. Vi un gran
número de ellos que, cuando se vieron cogidos, se ponían de parte de los malos;
pero fueron confundidas sus esperanzas y perecieron miserablemente. Me parecía
que esta gran crisis no duraba mucho tiempo, y que después de esto se respiraba
otra atmósfera; la paz de Dios...» (Profecía del Padre Cartujo, citada
en el artículo anterior).
«Esta mañana (11 de Marzo de 1872), he visto en la Santa Comunión a Jesús
orando, los ojos hacia el cielo, las manos juntas y fuertemente puestas sobre
su pecho adorable. Estaba sumido en tristeza tal, que yo no he podido menos de
llorar. Obligada interiormente a pedir por las almas consagradas a Dios,
comencé a implorar para ellas la divina misericordia. «Hija mía, me dijo
entonces Jesús, por mis sacerdotes es por quienes yo oro y padezco en este
día». Hizome comprender al propio tiempo cuánto le afligían, y que si se ven
necesitados es por culpa de ellos». (Venerable Sor Imelda).
«Si en todo esto no fuera el Señor ofendido, ninguna pena tendría yo; pero
no es así, pues las dudas y las reflexiones de algunos ministros suyos, lejos
de reanimar la fe en las almas, no hacen más que apagarla, y esto es una gran
desgracia por la que se les harán cargos muy graves». (Magdalena de la Vendée).
«Hija mía, ¡cuántos ministros de mis altares hay que más bien impiden que
fomentan la salud de las almas! Con sus festines, sus juegos, sus
dilapidaciones, han cometido latrocinios en los bienes de la Iglesia, robando
el sustento a los pobres y diciendo con intolerable orgullo: estas rentas son nuestras,
sin cargo ni obligación alguna. ¡Qué usurpación! ¡Qué sacrilegio!... ¿Lo
creerás, hija mía? Hay en mi Iglesia muchos Judas que me han traicionado y
vendido; he sido abandonado y renegado de ellos; se libró Barrabás, pero yo he
sido condenado a muerte y cruelmente azotado y coronado de espinas; herido
cubierto de oprobio de ignominia y llevado al suplicio para ser otra vez
sacrificado... ¿Qué castigo no merecen tantos y tan sangrientos ultrajes?» (El
Señor a Sor Natividad)
«Antes que llegue la paz (del Gran Monarca), el afán de
riquezas llevará los hombres a negar la fe; y muchos ministros de la Iglesia,
llevados de la voluptuosidad carnal y de la belleza y lascivia de las mujeres,
abandonarán el celibato y por donde quiera irá el demonio libre entre ellos».
(Venerable Bartolomé Holzhauser).
«Agitación, turbulencia, armas, sangre, apostasía: una mitra afea el
altar (en Italia), muchos sacerdotes y religiosos le ayudan y forman su corona
de ignominia. Otras mitras débiles reciben lecciones de ánimo de aquellos
pequeños que eran objeto de abyecciones y violencias». (Anónima,
publicada por Da Macello en Il Valicinatore).
«Voltaire es el Dios de Francia. He escrito al señor Thiers: tanto peor
para él y para Francia, si no obra como cristiano; yo he cumplido con mi deber.
Cuando se trata de la gloria de Dios, no temo la prisión ni la muerte. Lo que
en parte ha perdido a Francia (y a España y las demás naciones), es que el
Clero ha temido más al hombre que a Dios. ¡Ah, si yo me extendiera sobre este
capítulo!... ¡Pobre Clero, pobre Clero!... Pero no, yo me engaño. Según el
Clero, yo soy una ilusa. El Clero es bueno, el Clero es desinteresado, el Clero
está lleno de celo, lleno de caridad para con los pobres; ¡el rebaño es
malo!...» (Sor María de la Cruz, o Melania, la de la Salette).
La admirable estigmatizada y vidente Lucía Lateau padeció también mucho del
Clero. No citamos los padecimientos porque el mismo Clero hizo pasar a otros varios
santos profetas; la lista sería larga: continuemos el tema general de este
artículo.
«Paréceme que no me alejaré mucho de la verdad si tomo el vous (vos, o
vosotros), de que usaba entonces el Beato (Benito José Labre, comunicando sus
revelaciones a su confesor), no como personal, sino como calificativo, de
suerte, que no quería hablar de mi persona en particular, sino en general de
los sacerdotes que veía cubiertos de manchas, para significar lo que sucedería
en Francia respecto del orden sacerdotal, ya física, ya moralmente. Demasiado
sabemos que algunos sagrados ministros se han desviado del recto sendero, y que
muchos otros que son constantes y fieles, son maltratados...» El Abate Marconi
confesor del Beato Benito José, citado por Mr. Desnoyers en la vida del Santo).
«La apostasía será efecto del artificio y de los esfuerzos de las personas
constituidas en gobierno, sostenidas por sus subalternos, así del orden civil
como del Clero».
«Llegará a creerse que en la Iglesia todo está perdido... ¡La confusión, la
confusión, aun entre los Sacerdotes!» (Magdalena Porsat). «Todos se guiarán por
los respetos humanos... y padecerán mis escogidos tan extrañas persecuciones,
que vivirán dudosos y perplejos, no sabiendo qué doctrina seguir de tantas como
habrá... Ruega por mis escogidos, los cuales no sabrán de qué lado deban
inclinarse». (El Señor a Sor Dominga del Paraíso). «Entre los perseguidores
habrá tal división de pareceres, que esto colmará de gozo a los apóstatas».
(Anónima, citada por Da Macello).
Ruega a Santa Hildegarda el Clero de Colonia, a quien ella había visitado,
le diese por escrito «las palabras de vida que de viva voz le había dirigido
por inspiración de Dios, y que añadiese a ellas lo que con este motivo le
hubiera revelado». La respuesta es una larga carta en que con el acento
enérgico de los Profetas y mirando a lo futuro, les echa en cara sus vicios y
anuncia los castigos. De esta carta copiamos lo principal en el art. II del
presente capitulo. Su carta al Clero de Tréveris, semejante a la de Colonia,
arguye también de muchos pecados a dicho Clero, y más en particular al
presente. Santa Catalina de Sena escribió también mucho sobre esta materia.
Citaremos solamente un pasaje de los que se refieren a la época actual:
«Para hacerme comprender (Jesús), que las circunstancias en, que se muestra
la Iglesia son permitidas para que vuelva a su esplendor, me citaba la Verdad
Suprema dos textos del Evangelio: Es necesario que vengan escándalos. Y Nuestro
Señor añadía: Pero ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Como si dijera:
Yo permito estos tiempos de persecución para arrancar las espinas de que se ve
rodeada mi Esposa, pero no permito los pensamientos culpables de los hombres.
¿Sabes lo que hago? Lo que hice cuando estaba en el mundo; hice entonces un
látigo de cuerdas y eché del Templo a los que compraban y a los que vendían, no
queriendo que la morada de mi Padre viniera a ser una cueva de ladrones. Te
digo que hago lo mismo ahora: hago un látigo de las criaturas, y con este
látigo arrojo a los mercaderes impuros, codiciosos, avaros, e hinchados de
orgullo, que venden y compran los dones del Espíritu Santo.—Y en efecto, con
este látigo de la persecución de las criaturas, Nuestro Señor los echaba y por
la fuerza de la tribulación los arrancaba de su vida vergonzosa y desarreglada»
(Santa Catalina de Sena).
«Cuando la sociedad haya sido bien castigada, bien azotada y desolada,
entonces vivirán de otro modo el pueblo y el Clero, y subirá al Papado un
Pastor (el Angélico), que gobernará con amor y celo. ¡Oh qué feliz estado
aquél!» (Beato Bartolome Saluzzo).
«Ayer todavía pedí a Dios ardientemente que me retirase las visiones
(particularmente acerca del Clero), a fin de no tener la obligación de
manifestarlas y la responsabilidad que esto lleva consigo; mas lejos de ser
escuchada, se me ha dicho, como de costumbre, que debo referir todo lo que esté
en condiciones de decirse, y esto aunque se burlen de mí. Yo no puedo
comprender para qué servirá esto. Me han dicho que nadie ha visto todo esto de
la misma manera que yo, y además que esos no son negocios míos, sino que
incumben a la Iglesia. Es una desgracia que se pierdan tantas cosas, y de aquí
resulta gran responsabilidad. Bastantes personas, que son causa de que yo no
goce de reposo, y el Clero que está necesitado de hombres y de fe para hacer
esto, tendrán que dar a Dios terrible cuenta». (Sor Ana Catalina Emmerich).
Este pasaje nos trae a la memoria lo que el abate Trichaud dice en el
folleto Pío IX y Enrique V, 10ª, edición de Marsella, tratando de la gran
profecía de San Cesáreo.
«Continué, dice, mi trabajo histórico de San Cesáreo. Cuando en 1853 lo
entregaba a la imprenta, el imperio salvaba a Francia de una espantosa anarquía
y parecía sostener entonces la Religión, no como instrumento político, no por
agradar a un partido, sino únicamente por convicción y por amor del bien que
inspira y de las verdades que enseña. Yo no tuve el valor de turbar aquellas
dulces esperanzas, suscitando en la opinión pública tristes aprensiones».
Con palabras como las subrayadas y otras, muchas tan falaces y pérfidas
como ellas, el más falaz de los soberanos logró adormecer en Francia a los
varones más ilustres, incluido el clero. Muy pocos sospecharon como debían de
aquel precursor del Anticristo que, si no hizo más daño, fue porque no pudo.
Eso, eso mismo sucede hoy; no se sospecha de ciertos gobernantes, el Clero se
adormece, los fieles también... y si una Emmerich lo advierte, búrlanse de ella
y la persiguen.
¡Cuán terribles serán las consecuencias
de nuestra ceguera!
Apología
del Gran Monarca 1 parte.
páginas
de la 249 a la 255
P.
José Domingo María Corbató
Biblioteca
Españolista. Valencia-Año 1904
domingo, 12 de noviembre de 2023
viernes, 3 de noviembre de 2023
sábado, 16 de septiembre de 2023
Expediente Royuela: espejo de la Transición. Por Jesús Aguilar Marina
En los asuntos de justicia, que son lo esencial de la convivencia humana, aquí se han dormido todos. Durante la nefasta Transición, contemplando a los gobernantes y dirigentes españoles, enseguida se percibe que, del Rey abajo, existen miles de topos trabajando bajo tierra, sin que nos sea posible en muchos casos seguir sus parciales estragos, aunque sí su gran objetivo: la aniquilación de España y de sus hombres y mujeres más ilustres.
El expediente Royuela, que revela parte de esos estragos, es la cara oculta de esta nación fallida por culpa de una Transición ingrata e infiel a las esencias patrias; de esta España que los demócratas han convertido en un sepulcro maloliente, blanqueado por la propaganda del pesebre informativo. La sucesión de casos acumulados en el expediente Royuela muestra la siniestra realidad de esta democracia criminal que asfixia a la nación española. Su compendio de infamias constituye la más certera parábola de un estercolero abarrotado de excrementos y sangre por el que los españoles se pasean diariamente con indiferencia.
El expediente Royuela nos recuerda que no hay perfume comparable para el olfato de un socialcomunista -y el de sus valedores y financiadores- como el hedor que despiden las heces de sus doctrinas, la podredumbre de sus demoliciones y los cadáveres de sus enemigos. En estos tiempos, los muertos y los aherrojados son los veraces y los sabios, y los laureados y vivos sus jueces y asesinos.
El expediente Royuela es el muestrario del despotismo y oscurantismo más atroces. Donde gobiernan los déspotas siempre hay pocos hombres de virtud. Y ello es así porque los déspotas temen más a los buenos que a los malos, y siempre el valor y la virtud les son espantosos. Por eso se esfuerzan para que sus gobernados sean delincuentes o tarados, o anhelen serlo; y multan, encarcelan o asesinan a todo aquél que albergue o difunda pensamientos veraces y magnánimos.
El gobierno del déspota es la ruina de los hombres, porque por la maldad de aquél se aparta la ciudadanía de todo civismo y virtud. Y así es lógico que la multitud, criada en inepcia y servidumbre, se haga de ánimo inconsciente y servil para cualquier obra grande y noble. El déspota procura ahogar al pueblo en servidumbre, sin importarle su humillación ni sus gemidos, si es que éste los tiene.
El expediente Royuela es un compendio luciferino, demostrativo de los más bajos instintos del ser humano, cuando se iguala a su maestro Luzbel. El soberbio Luzbel nunca se va a arrepentir de sus monstruosidades, y menos aún se postrará ante la humanidad y la verdad de Cristo y de sus símbolos; al contrario, no dejará de promover brutalidades, tinieblas y catástrofes, de la mano de sus nigromantes.
El expediente Royuela es el espejo en que se mira y reconoce nuestra Transición, considerada sarcásticamente como democrática por quienes se han beneficiado de ella. Una Transición plagada de espíritus de malévola condición que, como Caín el fratricida, deberían gritar: «el justo que me encuentre debe matarme». Pero no se han dado este tipo de muertes, al menos hasta ahora, sólo las cometidas por los dementes maléficos, es decir, por los satanistas de la secta.
Las izquierdas resentidas y las derechas babosas, con todas sus excrecencias, son los dos extremos de la misma serpiente. Y como esa serpiente es enemiga de España, los españoles de bien están obligados a destruirla. Y cuando se habla de demoler lo falso y de purificar lo podrido es vano dirigirse al pueblo en general; sólo a esa minoría crítica que palpita en él, esa parte de la ciudadanía advertida que aún conserva el libre espíritu, porque desgraciadamente la sociedad española de hoy, en general, se asemeja a la lechuza: cuanta más luz se la echa, menos ve.
Y debido a esta ceguera de condición, los tormentos infernales que la esperan van a ser insondables, nada de fantasías conspiranoicas o imaginaciones absurdas, como lo quieren hacer ver los del agitprop, sino bien reales y bien pronosticados, tal se desprende de las propias agendas de los carceleros y asesinos; eso sí, en nombre de la felicidad. Una felicidad que, por medio de leyes, ostracismos y pandemias -atención a la nueva ola pandémica- traslada al reino de la muerte las penas y miserias de esta vida.
El expediente Royuela es un catálogo de horrores que testimonia nuestro pasado, presente y futuro contemporáneos, y que ensombrece ilimitadamente esa vida que nos ha proporcionado la cofradía de reelegidos. Lo peligroso está en que el gentío no sabe entender y sentir en qué consisten sus males, ni en los que le deparará el Sistema, y así anda siempre corriendo a la busca de un bien que, alcanzado, le aburre. En verdad trata de huir cada uno de sí mismo y, como no puede, abrazado a sus remordimientos y a su odio, sigue apegándose a su particularidad, en espera de los castigos que lo acechan por sus maldades.
El caso es que, en España, hoy, del Rey abajo, hay muchos millones de traidores que por codicia han decidido vender a su patria; y otros muchos millones que por cobardía están dispuestos a dejarse matar por miedo a defenderse. Hoy, en España, la justicia –además del expediente Royuela lo dicen los acontecimientos cotidianos- no sólo se desentiende de perseguir y castigar al culpable, sino que, llevando su iniquidad al extremo, se dedica a afrentar al inocente.
En nuestra utilitaria y capitalsocialista sociedad, el holgazán, el perseguido, no es el que integra grupos de presión -incluidos los partidocráticos-; ni el que se dedica a vender a buen precio sus servicios de intermediación o de amiguismo; ni los que a la sombra del poder se pasan las horas dando o preparando pelotazos especulativos; ni los inmigrantes invasores financiados por la antiespaña con el dinero del Estado; ni los pervertidos, okupas, maleantes y demás guiñapos de las izquierdas resentidas, con toda su variedad de parásitos; no, hoy se califica de holgazán y delincuente al que paga sus impuestos, se encierra en su casa, y ni se aprovecha ni pide nada de todo lo que se roba en esta feria del abuso en que han convertido a la patria, y cuyos frutos no dejan de repartirse entre los feriantes.
Leyendo los impunes episodios del expediente Royuela se comprueba, una vez más, que el buen sentido ni se compra, ni se toma prestado, ni se vende. Y si se pudiese vender tampoco hallaría muchos compradores. Sin duda, a algunos españoles de hoy les bastaría con mostrarles remedios para que pudiesen solucionar los gravísimos problemas que padece su patria, pero a la inmensa mayoría esos remedios es menester imponérselos por la fuerza. Y es triste que a estas alturas tengamos que regresar al pasado para resolver la catástrofe, utilizando nuevamente el dominio violento.
No sirve de nada quejarse, corriendo de un sitio a otro, si estamos cercados por el enemigo y vemos que nadie puede, quiere, ni sabe hacer nada contra él. Por eso, en esta hora, ya no sirven esos comunicadores y tertulianos de derechas que sólo parecen entretenerse en la contemplación del propio ombligo; ni tienen eficacia sus programas y coloquios cansinos e inoperantes.
Cuando debiéramos tener forjada la confabulación de los prudentes para ver por dónde hincar el diente al Sistema liberticida e iniciar la imperativa regeneración, contemplamos melancólicos cómo entre los politicólogos y demás expertos de la cosa, gran parte del tiempo se pierde en bizantinismos y argucias de palabra, discusiones más o menos estériles o engañosas que ejercitan una pretendida sutilidad.
Inasequibles al desaliento -o aparentándolo-, no dejan de analizar todo tipo de asuntos, en uno o varios sentidos y en los contrarios, ni de hacer y deshacer previsiones y futurismos que al día siguiente se han mostrado inútiles. O, con la candidez del estulto, ante la enésima abominación de los políticos, se preguntan: «¿Nadie va a dar explicaciones?». ¿De quién esperarán explicaciones estos ilusos? ¿De la Monarquía? ¿Del Ejército? ¿De la Justicia? ¿De la intelectualidad áulica y del periodismo estabulado? ¿Del Sistema que acoge y patrocina a todos ellos? ¿Acaso es, no ya inteligente, sino oportuno, pedir explicaciones a quienes metódicamente llevan más de cuarenta años con la piqueta, la gasolina y las cerillas?
¿De tanto tiempo dispone aún España para que sigamos torturándonos y fatigándonos en observar y examinar problemas y actitudes de los insectos capitalsocialistas, y de sus terminales, en los que hay más astucia, maldad y codicia a despreciar que cuestiones a resolver? Busquemos la fórmula para que los sucesos del expediente Royuela no queden impunes, y para ahuyentar, en general, a todos los malhechores de nuestras vidas y de la patria, en vez de golpearnos torpemente una y otra vez la frente contra el muro, y no nos contentemos con satirizarlos, algo que a ellos no les afecta mientras puedan seguir depredando. Porque ya no se trata de satirizar, sino de encarcelar, ya que no de ahorcar.
Hoy, el principal y urgente fin de la minoría crítica consiste en la unión de tanto grupúsculo disperso, y en cómo abrir una brecha en la fortaleza del Sistema. En ello deben centrarse los esfuerzos, repartiendo las cargas en proporción a las fuerzas de cada cual, sin pretender más de lo individualmente soportable, pero sin hacer dejación de lo posible. Delante de todos los españoles están los años nefastos de una Transición que no ha dejado de mentirles. Pero de entre esa totalidad de españoles, no se espera al vulgo, a los instalados ni a los hipócritas. Sólo las almas libres pueden regenerar lo podrido, y tienen la obligación de desenmascarar la tramoya y el oprobio que simboliza; y, diariamente, con toda la fuerza y la sutileza de que sean capaces, han de proponerse reducirla a la verdad.
Es sabido que los primeros que derriban el muro siempre salen sangrando. En esta moribunda y melancólica España, aún no ha habido ni hay nadie que se haya decidido a correr el riesgo. Pero todo llegará. Examinando la situación de los nobles patriotas españoles, se les puede comparar con los sabuesos flacos a los que se refería el escritor irlandés Yeats, que son los mejores cazadores: ¡Oh sabuesos flacos! ¿Cuándo empezaréis a cazar?
Jesús Aguilar Marina
Fuente: ñtvespaña
lunes, 13 de febrero de 2023
La Virgen María describe la excelencia de su Hijo; y como Cristo es ahora crucificado mas duramente por los malos cristianos, que por los judíos - Santa Brígida
Palabras de la Madre a la esposa describiendo la excelencia de su Hijo; sobre cómo Cristo es ahora crucificado más duramente por sus enemigos, los malos cristianos, que por los judíos, y sobre cómo, en consecuencia, esas personas recibirán un castigo más duro y amargo.
La Madre dijo: “Mi Hijo tuvo tres bondades. La primera fue que nadie tuvo jamás un cuerpo tan refinado como Él, al tener Él dos naturalezas perfectas, una divina y otra humana. Él fue tan puro que, igual que no se puede encontrar ni una mota en un ojo cristalino, ni una sola deformidad podía hallarse en su cuerpo. La segunda bondad fue que Él nunca pecó. Otros niños, a veces, cargan con los pecados de sus padres, además de los suyos propios. Este niño, que nunca pecó, cargó con los pecados de todos. La tercera bondad fue que, mientras que algunas personas mueren por Dios y por una mayor recompensa, Él murió tanto por sus enemigos como por mí y sus amigos.
Cuando sus enemigos lo crucificaron, le hicieron cuatro cosas. En primer lugar, lo coronaron de espinas. En segundo lugar, clavaron sus manos y pies. Tercero, le dieron hiel para beber y, cuarto, traspasaron su costado. Pero mi dolor es que sus enemigos, que ahora están en el mundo, crucifican a mi Hijo más duramente de lo que lo hicieron los judíos. Aunque podrías decir que Él no puede sufrir y morir ahora, aún lo crucifican a través de sus vicios. Un hombre puede lanzar insultos e injurias sobre la imagen de un enemigo suyo y, aunque la imagen no sintiera el daño, el perpetrador sería acusado y sentenciado por su maliciosa intención de injuriar.
Igualmente, los vicios por los que crucifican a mi Hijo, en un sentido espiritual, son más abominables y más serios para Él que los vicios de quienes lo crucificaron en el cuerpo. Pero puedes preguntar ‘¿Cómo lo crucifican?’ Bien, primero lo colocan sobre la cruz que han preparado para Él. Esto es, cuando no tienen en cuenta los preceptos de su Creador y Señor. Después lo deshonran cuando Él les advierte, a través de sus siervos, que han de servirle, y ellos desoyen las advertencias y hacen lo que les apetece. Crucifican su mano derecha confundiendo justicia e injusticia al decir: ‘El pecado no es tan grave ni odioso para Dios como se dice, ni Dios castiga a nadie para siempre sino que sus amenazas son para asustarnos.
¿Por qué habría de redimirnos si quisiera que muriésemos?’ Ellos no consideran que hasta el más mínimo pecado, en el que una persona se deleite, es suficiente para entregarle a él o a ella al castigo eterno. Puesto que Dios no deja ni que el más mínimo de los pecados quede sin castigo, ni el mínimo bien sin recompensa, ellos serán castigados siempre que mantengan la intención constante de pecar y mi Hijo, que ve sus corazones, cuenta eso como un acto. Pues si mi Hijo se lo permitiera, ellos obrarían según sus intenciones.
Crucifican su mano izquierda convirtiendo la virtud en vicio. Quieren continuar pecando hasta el fin, diciendo: ‘Si, al final, una vez, decimos “¡Dios, ten misericordia de mí!”, la misericordia de Dios es tan grande que el nos perdonará’. El querer pecar sin enmendarse, querer la recompensa sin luchar por ella, no es virtud, a menos que haya algo de contrición en su corazón o a menos que la persona desee realmente enmendar su camino, siempre que no se lo impida una enfermedad o cualquier otra condición.
Crucifican sus pies complaciéndose en el pecado, sin pensar ni una sola vez en el amarguísimo castigo de mi Hijo, ni darle las gracias de corazón, diciendo: ‘¡Señor, qué amargamente has sufrido! ¡Alabado seas por tu muerte!’ Tales palabras nunca sale de sus labios. Lo coronan con una corona de irrisión al burlarse de sus siervos y considerar inútil su servicio. Le dan hiel a beber cuando se regodean y complacen en pecar. Nunca sienten en el corazón lo serio y múltiple que es el pecado. Le traspasan el costado cuando tienen la intención de perseverar en el pecado.
Te digo en verdad, y se lo puedes decir a mis amigos, que para mi Hijo esas personas son más injustas que aquellos que lo sentenciaron, peores enemigos que aquellos que lo crucificaron, más faltos de vergüenza que quienes lo vendieron. A ellos les espera mayor castigo que a los otros. De hecho, Pilatos supo muy bien que mi Hijo no había pecado y que no merecía la muerte. Sin embargo, por temor a perder el poder temporalmente y por la insistencia de los judíos, aún reacio, tuvo que sentenciar a muerte a mi Hijo. ¿Qué temerían estas personas si lo sirvieran? ¿O qué honor o privilegio perderían si lo honrasen?
Ellos recibirán, pues, una más dura sentencia, por ser peores que Pilatos en la consideración de mi Hijo. Pilatos lo sentenció por temor, sometiéndose a la petición e intenciones de otros. Estas personas lo sentencian por su propio beneficio y sin temor alguno, deshonrándolo por el pecado del que podrían abstenerse, si así lo quisieran. Pero ellos no se abstienen de pecar ni se avergüenzan de haber cometido pecados, pues no toman en consideración que no merecen ni la mínima consideración de aquél a quien ellos no sirven. Son peores que Judas, pues Judas, después de haber traicionado al Señor, reconoció que Jesús era el mismo Dios y que él había pecado gravemente contra Él.
Se desesperó, sin embargo, y se precipitó hasta el infierno, pensando que ya no merecía vivir. Pero estas personas reconocen su pecado y, aún así, perseveran en él sin arrepentimiento en sus corazones. Más bien, desean arrebatarle a Dios el reino de los cielos por una especie de fuerza y violencia, creyendo que lo pueden conseguir, no por sus hechos sino por una vana esperanza, vana porque no se le dará a nadie más que a los que trabajan y hacen algún sacrificio para el Señor. Son peores que los que lo crucificaron. Cuando vieron las buenas obras de mi Hijo, como la resurrección de la muerte o la curación de leprosos, pensaron en sus adentros: ‘Este obra maravillas inauditas e inusitadas, superando a todos a voluntad con sólo una palabra, conociendo nuestros pensamientos, haciendo todo lo que desea.
Si continúa así, tendremos que someternos a su poder y hacernos siervos suyos’. Por ello, en lugar de someterse Él, lo crucifican con su envidia. Pero si supieran que Él es el Rey de la Gloria nunca lo habrían crucificado. Por otro lado, estas personas ven cada día sus grandes obras y milagros y se aprovechan de su bondad. Escuchan cómo tienen que servirlo y se acercan a Él, pero en sus adentros piensan: ‘Sería duro e insoportable renunciar a nuestros bienes temporales para hacer su voluntad y no la nuestra’ Por ello, desprecian la voluntad de Él, colocan por encima sus deseos egoístas y crucifican a mi Hijo por su terquedad, acumulando pecado sobre pecado contra su propia conciencia.
Son peores que sus verdugos, pues los judíos actuaron por envidia y porque no sabían que Él era Dios. Estos, sin embargo, saben que es Dios y, por maldad, por presunción y codicia, lo crucifican en un sentido espiritual más duramente que los que crucificaron físicamente su cuerpo, pues estas personas ya han sido redimidas y aquellos aún no lo eran. ¡Así pues, esposa, obedece y teme a mi Hijo, pues todo lo que tiene de misericordioso lo tiene también de justo!”
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