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lunes, 4 de mayo de 2026

Aberraciones postconciliares

 

Juan Pablo II presidiendo la reunión de todas las "religiones" en Asís el año 1986

Juan Pablo II besando el Corán


Comunión y desnudo


En misa por Filipinas


Bendición indígena

jueves, 13 de julio de 2023

Carta de monseñor Viganò: “El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paralela”

 


9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.

Juan Pablo II en el encuentro ecuménico de Asís de 1986.

Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.


Juan Pablo II recibe una bendición ritual de parte un chaman durante una de sus visitas a Estados Unidos.

Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

Juan Pablo II besa el Corán.

El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.


El papa Francisco junto a una machi mapuche durante su visita a Chile en 2018.

No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.

+ Carlo Maria Viganò

(Traducido y publicado por Asociación Litúrgica Magnificat, Una Voce Chile. Reproducido con su permiso)

Fuente: Adelante la Fe

sábado, 4 de febrero de 2023

Cómo y por qué Ratzinger fue un adalid del modernismo. Carta a Aldo María Valli

 


Queridos amigos del blog Duc in altum: soy consciente de que entre los lectores del blog hay muchos que profesan un sincero cariño a Benedicto XVI. Yo también. Por ello, si me he decidido a publicar la siguiente carta no es por falta de respeto, ni mucho menos para aumentar una ya crecida confusión. Simplemente considero que el fallecimiento de Joseph Ratzinger pone punto final a una época, y que ha llegado el momento de hacer análisis desapasionados. Análisis que pueden causarnos desconcierto y hasta dolor, y son sin embargo necesarios para entender cómo hemos llegado a la actual situación. Naturalmente, y como siempre, invito a todos los lectores a presentar sus valoraciones y opiniones escribiéndome a blogducinaltum@gmail.com

Carta de Antonio Polazzo

Estimado Aldo Maria Valli:

Como tantos otros, yo también he meditado en los últimos días sobre la vida que Josef Ratzinger vivió en este mundo, recientemente concluida tras la cual partió inmediatamente (y no como juez) a la eternidad.

A la luz de su vida pública, lo que más me duele es no haber observado el más mínimo gesto en él, ya sea indirecta o condicionalmente, o de lejos, que expresase una retractación pública o arrepentimiento de las acciones públicas que realizó contra la Fe.

Esta circunstancia ya me habría causado todavía más dolor si, como muchos creen (al contrario de lo que yo pienso, lo digo con toda franqueza), junto a tantas acciones contra la Fe católica hubiera realizado tantas otras por el bien de ella (me refiero únicamente a su vida pública, y por tanto a cuanto expresó e hizo públicamente).

Aunque me duele, en el fondo no me sorprende si es cierto eso de que genio y figura hasta la sepultura.

Me he preguntado cuánta luz habría podido aportar a su vida espiritual ese modernismo que, teniendo en cuenta sus acciones públicas, lo habría consumido, y que lo iguala a Bergoglio, Wojtyła y Montini, y  junto  al nivel intelectual, a Küng y a tantos supuestos gigantes de la Revolución como Congar, Rahner, Chenu, Martini, etc.

Pero es evidente que no tengo respuesta, porque ciertamente es difícil, por no decir imposible, saber cómo fue en realidad, ya que nadie puede acceder a los rincones más íntimos del corazón de los demás.

¿Y qué fue lo que hizo Ratzinger contra la Fe? La lista sería larguísima y creo que resultaría casi imposible hacer una enumeración exhaustiva, teniendo en cuenta la importancia y centralidad de los cargos que durante tantos años desempeñó Ratzinger en la religión del Novus Ordo. O sea, en el contexto de la iglesia conciliar, esto es, el Concilio Vaticano II, del que indiscutiblemente fue un gran promotor.

Podría poner algunos ejemplos para que se me entendiera, hablando de un simple fiel a otro. Pero creo que se podrían poner cientos de ejemplos. Iré poniéndolos al azar en orden cronológico.

Desde luego, antes que nada, me refiero a su aprobación incondicional y a la relativa enseñanza como obispo y más tarde como papa de las heterodoxas doctrinas del Concilio (por ejemplo en lo que se refiere a la libertad de culto) y al Novus Ordo Missae, que puede calificarse como Misa del Concilio, como la llamaba monseñor Lefebvre, misa de Lutero. Es un tema clásico del Tradicionalismo y no me parece este el momento para explayarme sobre el asunto. En todo caso, vale la pena recordar algunas cosas: a) que Joseph Ratzinger, como perito de sensibilidad notoriamente progresista del cardenal Frings, fue uno de los protagonistas del Concilio, y se esforzó con mucho empeño por revolucionar la Iglesia; b) que él mismo afirmó que la constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo (Gaudium et spes) «significa (junto con los textos sobre la libertad religiosa [Dignitatis humanae] y sobre las religiones mundiales [Nostra Aetate]) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de Antisyllabus». [1]; c) que el propio Ratzinger reconoció que no había cambiado desde entonces [2].

Estimulado por la entrevista que usted, Valli, le hizo a un viejo colega de Ratzinger, el profesor Hans Küng (aquí), recuerdo cómo colaboró Ratzinger al desmantelamiento del Santo Oficio. Dice Küng:

 «Durante el Concilio los dos estuvimos en primera línea con la mayoría progresista, contra las tendencias conservadoras de la Curia Romana. Fue precisamente Ratzinger quien escribió el discurso en el que el cardenal Frings de Colonia reclamó enérgicamente la reforma del Santo Oficio y fue clamorosamente aplaudido al final». Además, no me da la impresión de que Ratzinger se haya mostrado jamás contrario a dicho desmantelamiento.

Cualquier fiel puede reconocer la incompatibilidad entre la Fe católica y el encuentro interreligioso de Asís de 1986. Veamos algunas cosas que dijo Benedicto XVI durante la conmemoración del vigésimo aniversario de aquel histórico acto:

 «Este año se celebra el vigésimo aniversario del Encuentro interreligioso de oración por la paz, convocado por mi venerado predecesor Juan Pablo II y que tuvo lugar el 27 de octubre de 1986 en esa ciudad de Asís. Como es sabido, no sólo invitó a aquel encuentro a los cristianos de las diversas confesiones, sino también a exponentes de las diferentes religiones. La iniciativa tuvo amplio eco en la opinión pública: fue un mensaje vibrante en favor de la paz y se convirtió en un acontecimiento que dejó huella en la historia de nuestro tiempo. [...] Entre los aspectos más característicos del encuentro de 1986, conviene subrayar que este valor de la oración en la construcción de la paz fue testimoniado por representantes de diferentes tradiciones religiosas, y esto no sucedió a distancia, sino en el marco de un encuentro. De este modo, los orantes de las diferentes religiones pudieron mostrar, con el lenguaje del testimonio, que la oración no divide sino que une, y que constituye un elemento determinante para una eficaz pedagogía de la paz, basada en la amistad, en la acogida recíproca, en el diálogo entre hombres de diferentes culturas y religiones».

En diversas ocasiones, Ratzinger predicó una doctrina errónea sobre la libertad religiosa, irreconciliable con la que enseña la Iglesia. Una de ellas fue en el discurso que pronunció el 28 de noviembre de 2006 en la Nunciatura Apostólica en Ankara con motivo de un encuentro con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la República de Turquía: 

En todo país democrático corresponde a las autoridades civiles garantizar la libertad efectiva de todos los creyentes y permitirles organizar libremente la vida de su propia comunidad religiosa.  Como es obvio, deseo que los creyentes, independientemente de la comunidad religiosa a la que pertenezcan, sigan beneficiándose de esos derechos, con la certeza de que la libertad religiosa es una expresión fundamental de la libertad humana y de que la presencia activa de las religiones en la sociedad es un factor de progreso y de enriquecimiento para todos [...] Seguramente el reconocimiento del papel positivo que desempeñan las religiones dentro del cuerpo social puede y debe impulsar a nuestras sociedades a profundizar cada vez más su conocimiento del hombre y a respetar cada vez mejor su dignidad, poniéndolo en el centro de la acción política, económica, cultural y social. [4]

Es harto sabido, como se puede verificar por las imágenes, telediarios y boletines de las agencias noticiosas de la época [5], que durante su viaje a Turquía de 2006 Benedicto XVI visitó la Mezquita Azul de Estambul, donde, con la mano sobre el libro de oración musulmán que le presentó el imán, rezó descalzo a su lado mirando hacia La Meca.

En 2006, aludiendo a lo que afirmó el emperador bizantino Manuel II Paleólogo («Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba»), declaró:

«Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión». ]6] Y en su discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre del mismo año, afirmó: «La visita a Turquía me brindó la ocasión de manifestar también públicamente mi respeto por la religión islámica, un respeto, por lo demás, que el concilio Vaticano II (cf. Nostra aetate,3) indicó como la actitud que debemos tomar»]7]

El 23 de septiembre de 2011, en el discurso en la sala capitular del antiguo convento de los agustinos de Erfurt, con ocasión del encuentro con representantes del consejo de la iglesia evangélica alemana, elogió a Lutero, y además añadió:

«El pensamiento de Lutero y toda su espiritualidad eran completamente cristocéntricos. Para Lutero, el criterio hermenéutico decisivo en la interpretación de la Sagrada Escritura era: “Lo que conduce a la causa de Cristo”. Sin embargo, esto presupone que Jesucristo sea el centro de nuestra espiritualidad y que el amor a Él, la intimidad con Él, oriente nuestra vida».[8]

Me parece contrario a la Fe católica que en su blasón papal figure la mitra de obispo en lugar de la tiara (que simboliza la potestad pontificia). Cualquiera que esté de acuerdo en que en las cosas de la Fe la forma es sustancia (no sólo cuando la forma es suprimida por Bergoglio, sino también cuando lo hace Ratzinger) reconocerá en ello una señal de la doctrina de la colegialidad propuesta por el Concilio contra las prerrogativas del papa, en continuidad  con el gesto sumamente simbólico de Pablo VI de deponer la tiara (1964), y en todo caso con el de Francisco de poner en el anuario pontificio el título de Vicario de Cristo entre los títulos históricos. 

El 8 de abril de 2005 el cardenal Ratzinger dio públicamente de comulgar a fray Roger Schutz, monje protestante fundador de la comunidad de Taizé. Ello no sólo da una imagen terrible ante los creyentes, sino que supone un acto profundamente revelador de la mentalidad ratzingeriana (es un decir, porque todavía hay muchos que se obstinan en no querer ver quién era Ratzinger).

La comunidad de Taizé, que se encuentra en Francia, está integrada por hermanos procedentes de diversas sectas, y es un ejemplo palmario del falso ecumenismo condenado por la Iglesia. En 1982, Ratzinger escribió sobre Taizé: «Taizé constituye un magnífico ejemplo de inspiración ecuménica […] De parecida manera, debería ejercitarse también una comunidad de fe y de vida»[9]

En 2008 elogió a los EE.UU. como modelo ejemplar de laicidad:

«Lo que me encanta de Estados Unidos es que comenzó con un concepto positivo de laicidad, porque este nuevo pueblo estaba compuesto de comunidades y personas que habían huido de las Iglesias de Estado y querían tener un Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, a todas las formas de ejercicio religioso. Así nació un Estado voluntariamente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado. Pero el Estado debía ser laico precisamente por amor a la religión en su autenticidad, que sólo se puede vivir libremente. Así, encontramos este conjunto de un Estado voluntaria y decididamente laico, pero precisamente por una voluntad religiosa, para dar autenticidad a la religión. Y sabemos que Alexis de Tocqueville, estudiando la situación de Estados Unidos, vio que las instituciones laicas viven con un consenso moral que de hecho existe entre los ciudadanos. Me parece que este es un modelo fundamental y positivo. Por otra parte, hay que tener presente que en Europa, mientras tanto, han pasado doscientos años, más de doscientos años, con muchas vicisitudes. Actualmente, también Estados Unidos sufre el ataque de un nuevo laicismo, totalmente diverso. Así pues, primero los problemas eran la inmigración, pero la situación se ha complicado y diferenciado a lo largo de la historia. Sin embargo, me parece que hoy el fundamento, el modelo fundamental, es digno de ser tenido en cuenta también en Europa».[10]

Como vemos, abundan las imágenes en las que Ratzinger protagoniza encuentros ecuménicos o interreligiosos, y en los que incluso se lo ve rezando junto a miembros de sectas cristianas o de otras religiones. Y algo debería causar estupor a los que incluso desde esta perspectiva ven en Ratzinger una especie de antibergoglio, no faltan afirmaciones en las que manifiesta desprecio o condena a los tradicionalistas que en los años de Montini y de Wojtyła defendían la Misa de San Pío V y se oponían al Concilio. En Teoría de los principios teológicos escribió:

[...] Asistimos hoy al renacimiento de un nuevo integrismo, que sólo en apariencia garantiza lo estrictamente católico mientras que, en realidad, lo corrompe en su misma raíz. Hay una pasión propensa a la calumnia, cuya odiosidad está a mil leguas del espíritu del evangelio. Hay una fijación en la letra que declara inválida la liturgia de la Iglesia y se sitúa así, por su propia decisión, fuera de esta Iglesia [11].  Es preciso precaverse de descalificar tales procesos [de oposición al Concilio]. Es indudable que hay aquí zelotismo sectario, que es el polo opuesto del catolicismo[12].

La Operación Summorum Pontificum, que fue la manera ratzingeriana de mantener dentro del modernismo a los católicos que aman la Misa de San Pío V, hay que entenderla a la luz de este pensamiento. Cuando en una reciente entrevista monseñor Gänswein afirmó que lo que se proponía Benedicto XVI con el motu proprio Summorum Pontificum era «encontrar la paz interior, la paz litúrgica, para los que se sentían en casa en la Misa antigua para alejarlos de Lefebvre» [13], está claro que está diciendo eso mismo. Puede ser que para monseñor Gänswein la religión del Concilio no sea modernista, pero me parece imposible que quien esté convencido de lo que es no se dé cuenta de que la finalidad principal de Summorum era que los fieles estuvieran menos dispuestos a traicionar su fe en las filas del modernismo, o sea la doctrina, la Misa, el código y la mentalidad surgida del Concilio. Huelga decir que en la lógica de Summorum la aceptación del Concilio Vaticano II y la Misa de Montini era el requisito para que se pudiera autorizar la celebración en la forma extraordinaria, y la misma carta que acompañaba el motu proprio (la cual ponía de relieve el carácter vinculante del magisterio conciliar) no se olvidaba de manifestar: «Obviamente para vivir la plena comunión tampoco los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo».[15]

Lo entiende perfectamente quien ha observado que Ratzinger autorizó la Misa Tradicional en latín, pero desde una perspectiva modernista, es decir, no por la Fe católica, sino porque esa Misa corresponde al gusto y sensibilidad de ciertas personas. [16]

Por último, no hay que olvidar que en los largos decenios del postconcilio, en los que la Roma modernista (como lo sigue haciendo) perseguía ardorosamente el objetivo de suprimir la Santa Misa (con cierta persecución y castigo de los sacerdotes que la defendían) quien desempeñó el cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe fue durante mucho tiempo el propio Joseph Ratzinger.

Ignoro si, como usted sugiera (aquí) Joseph Ratzinger fue un hombre de cuyo ambiente curial era posible beneficiarse fácilmente. Realmente es difícil imaginar a quien en un principio había ejercido una función de gran relieve y en ofensiva contra la Tradición como perito en el Concilio, al mismo tiempo que de renombrado teólogo en varias universidades, más tarde arzobispo de Múnich (una de las más grandes diócesis del mundo, en el corazón de Europa) y por último prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, como un mártir indefenso a la merced de unos astutos oportunistas que ocupaban cargos administrativos más o menos altos. [17]

Claro que, en todo caso, esto poco importa. Lo que siempre importa es la Fe. Y él fue un maestro indiscutible de los novadores de la fe.

Concluyo rogándole que no le quepa la menor duda de que, con toda sinceridad, no albergo ni he albergado jamás el menor resentimiento ni rencor hacia Ratzinger. Desde que se hizo saber que le faltaba poco para comparecer ante el Señor, he rezado por su alma, y ruego al Señor que haya podido concederle la gracia de la conversión antes del fin.

Sencillamente, como hablamos de una persona que ha tenido y sigue teniendo mucha influencia en la vida, y por la eternidad, de tantos fieles dados los cargos de los que ha sido materialmente titular y por la manera en que se lo representa mediáticamente, creo que se hace un mejor servicio a la verdad y al bien propio y el del prójimo diciendo las cosas tal como las veo, aun a riesgo de dar a algunos la impresión de que no tengo respeto humano.

P.D.: He procurado incluir la fuente de las citas que me ha parecido oportuno poner, pero por falta de tiempo no me ha sido posible a veces de manera completa indicando el número de página. Por un lado, no tengo motivos para dudar que las citas son correctas. Por otro, salta a la vista que se trata de una carta y no de un trabajo científico. En todo caso, presento mis disculpas al lector por lo que pueda faltar.

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[1] Cfr. J. Ratzinger, Teoría de los principios teológicos (1986)Si se desea emitir un diagnóstico global sobre este texto, podría decirse que [de Gaudium et spes, la constitución pastoral del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo] significa (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones mundiales) una revisión del Syllabus de Pío IX,
una especie de Antisyllabus. […] Contentémonos aquí con la comprobación de que el documento juega el papel de un Antisyllabus y, en consecuencia, expresa el intento de una reconciliación oficial de la Iglesia con la nueva época establecida a partir del año 1789. […] Se fueron corrigiendo así, via facti, sobre todo en el espacio centroeuropeo, las posiciones de la Iglesia frente a la nueva fase de la historia abierta por la revolución francesa, tal como habían sido fijadas por los pontífices Pío IX y Pío X siguiendo criterios unilaterales condicionados por las situaciones concretas. De todas formas, no se llegó a una reorientación básica de las relaciones con el mundo que surgió de los acontecimientos de 1789. De hecho, en los países de fuerte mayoría católica seguía predominando en amplios círculos una óptica prerrevolucionaria. Hoy apenas nadie puede dudar que el concordato español y el italiano pretendían preservar, en demasía, una concepción del mundo que ya no respondía a las circunstancias reales. Y tampoco puede nadie discutir que a este aferrarse a una construcción jurídica de las relaciones entre la Iglesia y el Estado ya obsoleta respondían similares anacronismos en el ámbito de la enseñanza y en las relaciones con el método crítico histórico de la ciencia moderna.

[2] Véase a este respecto  V. Messori – J. Ratzinger, Informe sobre la Fe, pgs.22- 24, BAC Madrid 1985. Dice Messori: «En el Concilio, el joven teólogo Ratzinger participó como experto del episcopado alemán, conquistándose el aprecio y solidaridad de quienes en aquellas históricas sesiones veían un a ocasión preciosa de adecuar a los tiempos la praxis y la pastoral de la Iglesia. […] Confirmando su reputación de estudioso «abierto», en 1964 el profesor Ratzinger aparece entre los fundadores de
aquella revista internacional Concilium, que agrupa a la llamada “ala progresista” de la teología […] Hace veinte años, Joseph Ratzinger estaba allí, entre los fundadores y directivos de una publicación-institución que habría de convertirse en interlocutor crítico de la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Qué supuso tal colaboración para quien iba a ser, con el tiempo, Prefecto del ex Santo Oficio? ¿Una desgracia? ¿Un pecado de juventud? Y entretanto, ¿qué ha ocurrido? ¿Un viraje en su pensamiento? ¿Un «arrepentimiento»? Se lo preguntaré como bromeando, pero su respuesta será rápida y seria: “No soy yo el que ha cambiado, han cambiado ellos». […] Y un poco más adelante afirma: «He tratado siempre de permanecer fiel al Vaticano II, este hoy de la Iglesia, sin nostalgias de un ayer irremediablemente pasado y sin impaciencias
por un mañana que no es nuestro”».

[3] Carta de Benedicto XVI a S. E. monseñor Domenico Sorrentino con ocasión del XX aniversario del encuentro interreligioso de oración por la paz (https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/letters/2006/documents/hf_ben-xvi_let_20060902_xx-incontro-assisi.html). Más adelante en la misma carta se ve que es peor el remedio que la enfermedad: «Para que no haya equívocos con respecto al sentido de lo que Juan Pablo II quiso realizar en 1986, y que se ha calificado con una expresión suya como espíritu de Asís, es importante no olvidar el cuidado que se puso entonces para que el encuentro interreligioso de oración no se prestara a interpretaciones sincretistas, fundadas en una concepción relativista. Precisamente por este motivo, desde el primer momento, Juan Pablo II declaró: «El hecho de que hayamos venido aquí no implica intención alguna de buscar entre nosotros un consenso religioso o de entablar una negociación sobre nuestras convicciones de fe. Tampoco significa que las religiones puedan reconciliarse a nivel de un compromiso unitario en el marco de un proyecto terreno que las superaría a todas. Ni es tampoco una concesión al relativismo de las creencias religiosas» (Op. cit., p.1252). Deseo reafirmar este principio, que constituye el presupuesto del diálogo entre las religiones que recomendó hace cuarenta años el concilio Vaticano II en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (cf. Nostra aetate, 2). Aprovecho de buen grado la ocasión para saludar a los exponentes de las demás religiones que participan en algunas de las conmemoraciones de Asís. Al igual que nosotros, los cristianos, también ellos saben que en la oración se puede hacer una experiencia especial de Dios y encontrar estímulos eficaces para trabajar por la causa de la paz. En este aspecto también es preciso evitar confusiones inoportunas. Por eso, también cuando nos reunimos para orar por la paz es necesario que la oración se desarrolle según los distintos caminos que son propios de las diversas religiones. Esta fue la opción que se hizo en 1986, y sigue siendo válida también hoy. La convergencia de personas diversas no debe dar la impresión de que se cae en el relativismo que niega el sentido mismo de la verdad y la posibilidad de alcanzarla».

[4] Cfr.: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2006/november/documents/hf_ben-xvi_spe_20061128_diplomatic-corps.html y L’Osservatore Romano del 30.11.2006, pág. 7.

[5] Cfr. Por ejemplo (el que tengo más a la mano) este artículo del Pime:https://www.asianews.it/notizie-it/Nella-Moschea-blu-di-Istanbul-il-Papa-prega-per-la-fratellanza-di-tutta-l’umanit%C3%A0-7894.html .

[6] Benedicto XVI, Discurso en el encuentro con representantes del mundo de la cultura, aula magna de la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006, cfr.: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20060912_university-regensburg.html#_ftnref3 ; véase nota 3.

[7] Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2006, cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2006/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20061222_curia-romana.html.

[8] Cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2011/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20110923_evangelical-church-erfurt.html .

[9] J. Razinger, Teoría de los principios teológicos (1986).

[10] Benedetto XVI, 15.04.2008, Intervista ai giornalisti durante il volo diretto negli Stati Uniti d’America, cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/speeches/2008/april/documents/hf_ben-xvi_spe_20080415_intervista-usa.html .

[11] J. Ratzinger, Teoría de los principios teológicos  (1986).

[12] J. Ratzinger, Teoría de los principios teológicos  (1986). Il sapore dei discorsi di Bergoglio sugli “indietristi” non è dunque una assoluta novità fra i novatori.

[13] Cfr: https://www.aldomariavalli.it/2023/01/04/ganswein-la-traditionis-custodes-e-il-cuore-spezzato-di-benedetto-xvi/

[14] Eso espero; puedo también suponerlo.

[15] Benedicto XVI, 7 de julio de 2007, Carta a los obispos que acompaña la carta apostólica motu proprio data Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, cfr: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/letters/2007/documents/hf_ben-xvi_let_20070707_lettera-vescovi.html.

[16] Cfr. monseñor Donald Sanborn (https://inveritateblog.com/2023/01/13/the-death-of-ratzinger/): «Fomentó la Misa Tradicional en latín, pero desde una perspectiva modernista, es decir, porque esa Misa corresponde al gusto y sensibilidad de ciertas personas».

[17] Con todo, que fuera un hombre de pensamiento más que de acción, influye tal vez en el sentido de la impresión que Ud. tenía.​
(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Original)