martes, 9 de julio de 2024
miércoles, 3 de julio de 2024
sábado, 29 de junio de 2024
YO ACUSO de monseñor Carlo Maria Viganò. Errores y herejías de Bergoglio hacen nula su elevación al Trono de Pedro. Por Arzobispo Carlo Maria Viganò.
YO ACUSO
Declaración de S. E. Monseñor Carlo Maria Viganò,
Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico
sobre la acusación de cisma
“Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo
os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado,
¡sea anatema!
Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito:
Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido,
¡sea anatema!
(Gal 1, 8-9)
“Cuando pienso que estamos en el palacio del Santo Oficio, testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la Fe católica, no puedo evitar pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, a quien llamáis ‘el tradicionalista’, quien debe juzgaros”. Así se expresó el arzobispo Marcel Lefebvre en 1979, convocado al ex Santo Oficio, en presencia del prefecto cardenal Šeper y de otros dos prelados.
Tal como declaré en el Comunicado del pasado 20 de junio, no reconozco la autoridad ni del tribunal que pretende juzgarme, ni de su Prefecto, ni de quienes lo nombraron. Esta decisión mía, ciertamente dolorosa, no es fruto de la precipitación ni de un espíritu de rebelión, sino que está dictada por la necesidad moral que, como Obispo y Sucesor de los Apóstoles, me obliga en conciencia a dar testimonio de la Verdad, es decir, de Dios mismo, de Nuestro Señor Jesucristo.
Afronto esta prueba con la determinación que me da el saber que no tengo ningún motivo para considerarme separado de la comunión con la Santa Iglesia y con el Papado, a los que siempre he servido con devoción y fidelidad filiales. No podría concebir un solo momento de mi vida fuera de esta única Arca de salvación, que la Providencia ha constituido como Cuerpo Místico de Cristo, en sumisión a su Cabeza divina y a su Vicario en la tierra.
Los enemigos de la Iglesia católica temen el poder de la Gracia que actúa a través de los Sacramentos y especialmente el poder de la Santa Misa, terrible katèkon que frustra muchos de sus esfuerzos y gana para Dios tantas almas que de otro modo se condenarían. Y es precisamente esta conciencia del poder de la acción sobrenatural del Sacerdocio católico en la sociedad lo que está en el origen de su feroz hostilidad a la Tradición. Satanás y sus secuaces saben muy bien la amenaza que supone la única Iglesia verdadera para su plan anticristiano. Estos subversivos -a quienes los Romanos Pontífices han denunciado valientemente como enemigos de Dios, de la Iglesia y de la humanidad- son identificables en la inimica vis, la Masonería. Ésta se ha infiltrado en la Jerarquía y ha logrado que ésta deponga las armas espirituales de las que disponía, abriendo las puertas de la Ciudadela al enemigo en nombre del diálogo y de la fraternidad universal, conceptos que precisamente son intrínsecamente masónicos. Pero la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su divino Fundador, no dialoga con Satanás: lo combate…
Las causas de la crisis actual
Como ha puesto en evidencia Romano Amerio en su fundamental ensayo Iota unum, esta entrega cobarde y culpable comenzó con la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II y con la acción clandestina y muy organizada de clérigos y laicos vinculados a las sectas masónicas, encaminada a subvertir lenta pero inexorablemente la estructura de gobierno y de magisterio de la Iglesia para demolerla desde dentro. Es inútil buscar otras razones: los documentos de las sectas secretas prueban la existencia de un plan de infiltración concebido en el siglo XIX y llevado a buen término un siglo después, exactamente en los términos en que había sido pensado. Análogos procesos disolventes se habían producido anteriormente en el ámbito civil, y no es casualidad que los Papas supieran ver la labor disgregadora de la Masonería internacional en los levantamientos y en las guerras que ensangrentaron las naciones de Europa.
A partir del Concilio, la Iglesia se ha convertido entonces en portadora de los principios revolucionarios de 1789, como han admitido algunos de los partidarios del Vaticano II y como lo ha confirmado el aprecio, por parte de las logias, de todos los Papas del Concilio y del postconcilio, precisamente por los cambios que los francmasones venían invocando desde hacía tiempo.
El cambio, o mejor dicho, el aggiornamento, ha sido tan central en la narrativa del Concilio como para constituir la marca distintiva del Vaticano II y situar esta asamblea como el terminus post quem que sanciona el fin del ancien régime -el de la “vieja religión”, el de la “Misa vieja”, del “preconcilio”- y el comienzo de la “Iglesia conciliar”, con su “nueva Misa” y la relativización sustancial de todo los Dogmas. Entre los partidarios de esta revolución aparecen los nombres de quienes hasta el pontificado de Juan XXIII habían sido condenados y apartados de la enseñanza por su heterodoxia. La lista es larga e incluye también a ese Ernesto Buonaiuti, excomulgado vitandus, amigo de Roncalli, que murió impenitente en la herejía y a quien hace pocos días el Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Matteo Zuppi, conmemoró con una Misa en la catedral de Bolonia, según informa con énfasis mal disimulado Il Faro di Roma (aquí): “Casi ochenta años después, un cardenal completamente en línea con el Papa se estrena precisamente con un gesto litúrgico que tiene en todos los sentidos el sabor de la rehabilitación. O al menos de un primer paso en esa dirección”.
La Iglesia y la anti iglesia
Estoy, pues, citado ante el tribunal que ha tomado el lugar del Santo Oficio para ser juzgado por cisma, mientras el jefe de los obispos italianos -enumerado entre los candidatos papales y completamente en línea con el Papa– celebra ilícitamente una Misa de sufragio por uno de los peores y más obstinados exponentes del Modernismo, contra el cual la Iglesia -aquella de la que, según ellos, yo sería separado- había pronunciado la más severa sentencia de condena. En 2022, en el diario Avvenire de la CEI, el profesor Luigino Bruni tejía el panegírico del Modernismo en estos términos: […] “un proceso de renovación necesario para la Iglesia católica de su tiempo, todavía impermeable a los estudios críticos sobre la Biblia que desde hacía muchas décadas estaban surgiendo en el mundo protestante. Aceptar los estudios científicos e históricos sobre la Biblia era para Buonaiuti el camino principal para el encuentro de la Iglesia con la modernidad. Un encuentro que, en cambio, no se produjo, porque la Iglesia católica seguía dominada por los teoremas de la teología neoescolástica y bloqueada por el miedo contrarreformista a que los vientos protestantes pudieran invadir finalmente el cuerpo católico”.
Esto sucede cuando se quita lo absoluto a lo Verdadero y se lo relativiza, adaptándolo al espíritu del mundo. ¿Cómo actuarían hoy los Papas de los últimos siglos? ¿Me considerarían culpable de cisma, o más bien condenarían a quien pretende ser su Sucesor? Junto conmigo, el sanedrín modernista juzga y condena a todos los Papas católicos, porque la Fe que ellos defendieron es la mía; y los errores que Bergoglio defiende son los que ellos, sin excepción, condenaron.
Hermenéutica de la ruptura
Me pregunto entonces: ¿qué continuidad puede darse entre dos realidades opuestas y contradictorias entre sí? Entre la Iglesia conciliar y sinodal de Bergoglio y la “bloqueada por el miedo contrarreformista” de la que se distancia ostensiblemente? ¿Y de qué “Iglesia” estaría en estado de cisma, si la que se dice católica se diferencia de la verdadera Iglesia precisamente en su predicación de lo que aquélla condenaba y en su condena de lo que ésta predicaba?
Los seguidores de la “Iglesia conciliar” responderán que ello se debe a la evolución del cuerpo eclesial en una “renovación necesaria”; mientras que el Magisterio católico nos enseña que la Verdad es inmutable y que la doctrina de la evolución de los dogmas es herética. Dos Iglesias, ciertamente: cada una con sus doctrinas, sus liturgias y sus santos; pero para el católico la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica; para Bergoglio, la Iglesia es conciliar, ecuménica, sinodal, inclusiva, inmigracionista, eco-friendly y gay-friendly.
La Autodestitución de la jerarquía conciliar
¿La Iglesia habría entonces comenzado a enseñar el error? ¿Podemos creer que la única Arca de salvación es al mismo tiempo un instrumento de perdición para las almas? ¿Que el Cuerpo Místico se separa de su Cabeza divina, Jesucristo, rompiendo así la promesa del Salvador? Evidentemente, esto no puede ser admisible y quienes lo sostienen caen en la herejía y en el cisma. La Iglesia no puede enseñar el error, ni su Cabeza, el Romano Pontífice, puede ser a la vez hereje y ortodoxo, Pedro y Judas, en comunión con todos sus Predecesores y al mismo tiempo en cisma con ellos. La única respuesta teológicamente posible es que la Jerarquía conciliar, que se proclama católica pero abraza una fe diferente de la enseñada sistemáticamente durante dos mil años por la Iglesia católica, pertenece a otra entidad y, en consecuencia, no representa a la verdadera Iglesia de Cristo.
A quienes me recuerdan que el arzobispo Marcel Lefebvre nunca llegó a cuestionar la legitimidad del Romano Pontífice, aun reconociendo la herejía e incluso la apostasía de los Papas conciliares -como cuando exclamó: “¡Roma ha perdido la Fe! Roma está en apostasía!”- les recuerdo que en los últimos cincuenta años la situación ha empeorado dramáticamente y que muy probablemente este gran Pastor actuaría hoy con igual firmeza, repitiendo públicamente lo que entonces decía sólo a sus clérigos: “En este concilio pastoral, el espíritu del error y de la mentira ha podido obrar a sus anchas, colocando por doquier bombas con retardo que harán estallar las instituciones a su debido tiempo” (Principes et directives, 1977). Y también: “Quien está sentado en el trono de Pedro participa en cultos de falsos dioses. ¿Qué conclusión debemos sacar, quizá dentro de unos meses, frente a estos reiterados actos de comunicación con los falsos cultos? No lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que nos veamos obligados a creer que el Papa no es Papa. Porque a primera vista me parece -todavía no quiero decirlo de manera solemne y pública- que es imposible que sea Papa quien es hereje pública y formalmente” (30 de marzo de 1986).
¿Por qué entendemos que la “Iglesia sinodal” y su líder Bergoglio no profesan la fe católica? Por la adhesión total e incondicional de todos sus miembros a una multiplicidad de errores y herejías ya condenados por el Magisterio infalible de la Iglesia católica y por su ostensible rechazo de toda doctrina, precepto moral, acto de culto y práctica religiosa no sancionada por “su” Concilio. Ninguno de ellos puede en conciencia suscribir la Profesión de Fe Tridentina y el Juramento Antimodernista, porque lo que ambos expresan es exactamente lo contrario de lo que el Vaticano II y el llamado “magisterio conciliar” insinúan y enseñan.
Dado que no es teológicamente sostenible que la Iglesia y el Papado sean instrumentos de perdición y no de salvación, debemos concluir necesariamente que las enseñanzas heterodoxas transmitidas por la llamada “Iglesia conciliar” y los “Papas del Concilio” desde Pablo VI en adelante constituyen una anomalía que pone seriamente en duda la legitimidad de su autoridad magisterial y de gobierno.
El uso subversivo de la Autoridad
Debemos comprender que el uso subversivo de la autoridad en la Iglesia con vistas a su destrucción (o a su transformación en una Iglesia distinta de la querida y fundada por Cristo) constituye en sí mismo un elemento suficiente para dejar sin efecto la autoridad de este nuevo sujeto que se ha superpuesto dolosamente a la Iglesia de Cristo usurpando su poder. Por eso no reconozco la legitimidad del Dicasterio que me juzga.
Las modalidades con las que se llevó a cabo la acción hostil contra la Iglesia Católica confirma que fue planificada y deseada, porque de lo contrario los que la denunciaban habrían sido escuchados y los que cooperaban con ella se habrían detenido inmediatamente. Ciertamente, con los ojos de la época y la formación tradicional de la mayoría de los Cardenales, Obispos y Clérigos, el “escándalo” de una Jerarquía que se contradecía a sí misma aparecía como una enormidad tal que indujo a muchos Prelados y clérigos a no querer que fuera posible que los principios revolucionarios y masónicos pudieran encontrar aceptación y promoción en la Iglesia. Pero éste fue el golpe maestro de Satanás -como lo llamó el arzobispo Lefebvre-, que supo aprovechar el connatural respeto y amor filial de los católicos por la sagrada autoridad de los Pastores para inducirles a anteponer la obediencia a la Verdad, quizá con la esperanza de que un futuro Papa pudiera sanar de algún modo el desastre que se había producido y cuyos resultados perturbadores ya podían preverse. Esto no sucedió, a pesar de que algunos habían dado valientemente la voz de alarma. Y yo mismo me cuento entre los que en aquella fase convulsa no se atrevieron a oponerse a errores y desviaciones que aún no habían mostrado plenamente su valor destructivo. No quiero decir con esto que no viera lo que estaba ocurriendo, sino que no encontré -debido al intenso trabajo y a las tareas absorbentes de carácter burocrático y administrativo al servicio de la Santa Sede- las condiciones para captar la gravedad sin precedentes de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos.
El enfrentamiento
La ocasión que me llevó al enfrentamiento con mis superiores eclesiásticos comenzó cuando era Delegado para las Representaciones Pontificias, luego como Secretario General de la Gobernación y finalmente como Nuncio Apostólico en Estados Unidos. Mi guerra contra la corrupción moral y financiera desató la furia del entonces secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, cuando -de acuerdo con mis responsabilidades como Delegado para las Representaciones Pontificias- denuncié la corrupción del cardenal McCarrick y me opuse a la promoción al Episcopado de candidatos corruptos e indignos presentados por el secretario de Estado, quien me hizo trasladar a la Gobernación, porque “le impedía hacer obispos a quienes él quería”. También fue Bertone, con la complicidad del cardenal Lajolo, quien obstaculizó mi trabajo destinado a contrarrestar la corrupción generalizada en la Gobernación, donde ya había conseguido importantes resultados más allá de todas las expectativas. Fueron de nuevo Bertone y Lajolo quienes convencieron al papa Benedicto XVI de que me echara del Vaticano y me enviara a Estados Unidos. Aquí me encontré con que tenía que lidiar con las vergonzosas actitudes del cardenal McCarrick, incluidas sus peligrosas relaciones con figuras políticas de la Administración Obama-Biden y a nivel internacional, que no dudé en denunciar al secretario de Estado Parolin, quien no las tuvo en cuenta.
Esto me llevó a considerar de otra manera muchos acontecimientos de los que había sido testigo durante mi carrera diplomática y de Pastor, a captar su coherencia con un único proyecto que, por su propia naturaleza, no podía ser ni exclusivamente político ni exclusivamente religioso, ya que incluía un ataque global a la sociedad tradicional basada en la enseñanza doctrinal, moral y litúrgica de la Iglesia.
La corrupción como instrumento de chantaje
Así, de ser un Nuncio Apostólico apreciado -por lo que el propio cardenal Parolin reconoció el otro día mi lealtad, honradez, equidad y eficacia ejemplares- he pasado a ser un Arzobispo incómodo, no sólo por haber exigido justicia en los procesos contra prelados corruptos, sino también y sobre todo por haber dado una clave de lectura que muestra cómo la corrupción en la Jerarquía fue una premisa necesaria para controlarla, manipularla y obligarla mediante el chantaje a actuar contra Dios, contra la Iglesia y contra las almas. Y este modus operandi -que la Masonería había descrito minuciosamente antes de infiltrarse en el cuerpo eclesial- es especular al adoptado en las instituciones civiles, donde los representantes del pueblo, especialmente en los niveles más altos, son chantajeados en gran medida porque son corruptos y están pervertidos. Su obediencia a los delirios de la élite globalista conduce a los pueblos a la ruina, a la destrucción, a la enfermedad, a la muerte -a la muerte no sólo del cuerpo, sino también del alma. Porque el verdadero proyecto del Nuevo Orden Mundial -al que Bergoglio está esclavizado y del que extrae su legitimidad de los poderosos del mundo- es un proyecto esencialmente satánico, en el que la obra de la Creación del Padre, de la Redención del Hijo y de la Santificación del Espíritu Santo es odiada, borrada y falsificada por los simia Dei y sus servidores.
Si ustedes no hablan, gritarán las piedras
Ser testigos de la subversión total del orden divino y de la propagación del caos infernal con la celosa colaboración de la cúpula vaticana y del Episcopado, nos hace entender de cuán terribles son las palabras de la Virgen María en La Salette –Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo– y qué odiosa traición constituye la apostasía de los Pastores, y la aún más inaudita apostasía de quien se sienta en el Trono del Beatísimo Pedro.
Si yo permaneciera en silencio ante esta traición -que se consuma con la temible complicidad de muchos, demasiados Prelados que no quieren reconocer en el Concilio Vaticano II la causa principal de la actual revolución y en la adulteración de la Misa católica el origen de la disolución espiritual y moral de los fieles- faltaría al juramento que hice el día de mi Ordenación y que renové con ocasión de mi Consagración episcopal. Como Sucesor de los Apóstoles no puedo ni quiero aceptar asistir a la demolición sistemática de la Santa Iglesia y a la condenación de tantas almas sin intentar por todos los medios oponerme a todo ello. Tampoco puedo considerar que un silencio cobarde en aras de una vida tranquila sea preferible al testimonio del Evangelio y a la defensa de la Verdad Católica.
Una secta cismática me acusa de cisma: eso debería bastar para demostrar la subversión que se está produciendo. Imagínense qué imparcialidad de juicio ejercerá un juez que depende del que acuso de usurpador. Pero precisamente porque este asunto es emblemático, me gustaría que los fieles -que no tienen por qué conocer el funcionamiento de los tribunales eclesiásticos- comprendieran que el delito de cisma no se consuma cuando existen razones fundadas para considerar dudosa la elección del Papa, a causa del vicio de consenso y por las irregularidades o violaciones de las normas que rigen el Cónclave. (cf. Wernz – Vidal, Ius Canonicum, Roma, Pont. Univ. Greg., 1937, vol. VII, p. 439).
La bula Cum ex apostolatus officio de Pablo IV estableció a perpetuidad la nulidad del nombramiento o elección de cualquier prelado -incluido el Papa- que hubiera caído en la herejía antes de su promoción a cardenal o elevación a Romano Pontífice. Define la promoción o elevación como nulla, irrita et inanis, es decir, nula, inválida y sin valor alguno, “aunque haya tenido lugar con la concordancia y el consentimiento unánime de todos los Cardenales; ni siquiera se podrá decir que haya sido convalidada por la recepción del cargo, de la consagración o de la posesión […], o por la entronización […] del mismo Romano Pontífice o por la obediencia que todos le presten y por el transcurso de cualquier tiempo en el dicho ejercicio de su cargo”. Pablo IV añade que todos los actos realizados por esta persona deben considerarse igualmente nulos y que sus súbditos, tanto clérigos como laicos, quedan libres de obediencia hacia él, sin perjuicio, sin embargo, por parte de estos mismos súbditos, de la obligación de lealtad y obediencia que deben prestar a los futuros Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales y al Romano Pontífice canónicamente sucesores.
Pablo IV concluye: “Y para mayor confusión de los así promovidos y elevados, si pretendieran continuar la administración, sea lícito solicitar el auxilio del brazo secular; ni por esta razón los que rehúyan la fidelidad y obediencia a los que han sido de la manera ya mencionada promovidos y elevados, sean sujetos a ninguna de aquellas censuras y castigos infligidos a los que quieren deshacer el manto del Señor”.
Por esta razón, con serenidad de conciencia, considero que los errores y las herejías a los que Bergoglio adhirió antes, durante y después de su elección y la intención puesta en su supuesta aceptación del Papado hacen nula su elevación al Trono.
Si todos los actos de gobierno y magisterio de Jorge Mario Bergoglio, en su contenido y en su forma, resultan ajenos e incluso en conflicto con lo que constituye la actuación de cualquier Papa; si hasta un simple creyente e incluso un no católico comprenden la anomalía del rol que Bergoglio está desempeñando en el proyecto globalista y anticristiano llevado adelante por el Foro Económico Mundial, las Agencias de la ONU, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, el Banco Mundial y todas las demás ramificaciones tentaculares de la élite globalista, esto no demuestra en absoluto mi voluntad de cisma al poner de relieve y denunciar esta anomalía. Sin embargo, se me ataca y se me persigue porque hay quienes se engañan pensando que condenándome y excomulgándome mi denuncia del golpe de Estado pierde consistencia. Este intento de silenciar a todos no resuelve nada y, de hecho, hace más culpables y cómplices a quienes tratan de ocultar o minimizar la metástasis que está destruyendo el cuerpo eclesial.
La “deminutio” del papado sinodal
A esto se agrega el Documento de Estudio El Obispo de Roma que el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos publicó recientemente (aquí) y la degradación del Papado que se teoriza en él en aplicación de la Encíclica Ut uum sint de Juan Pablo II, que a su vez se refiere a la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II. Parece totalmente legítimo -y correcto, en nombre de la primacía de la Verdad Católica consagrada en los documentos infalibles del Magisterio papal- preguntarse si la elección deliberada de Bergoglio de abolir el título apostólico de Vicario de Cristo y optar por llamarse a sí mismo simpliciter Obispo de Roma no constituye de alguna manera una deminutio del propio Papado, un ataque a la constitución divina de la Iglesia y una traición al Munus petrinum. Y bien mirado, el paso anterior lo dio Benedicto XVI, que inventó -junto con la “hermenéutica” de una imposible “continuidad” entre dos entidades totalmente ajenas- el monstruo de un “Papado colegial” ejercido por el jesuita y por el emérito.
El Documento de Estudio cita no por casualidad una frase de Pablo VI: El Papa […] es sin duda el mayor obstáculo en el camino hacia el ecumenismo (Discurso al Secretario para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 28 de abril de 1967). Montini había comenzado a preparar el terreno cuatro años antes, estableciendo enfáticamente el triregno. Si ésta es la premisa de un texto que debe servir para hacer “compatible” el Papado romano con la negación del Primado de Pedro que rechazan los herejes y los cismáticos; y si el mismo Bergoglio se presenta como primus inter pares en la asamblea de las sectas y denominaciones cristianas no en comunión con la Sede Apostólica, faltando a la proclamación de la doctrina católica sobre el Papado definida solemne e infaliblemente por el Concilio Vaticano I, ¿cómo se puede pensar que el ejercicio del Papado y la misma voluntad de aceptarlo no estén viciados por una vicio de consentimiento, tal que haga nula o al menos altamente dudosa la legitimidad del “papa Francisco”? ¿De qué “Iglesia” podría separarme, a qué “Papa” me negaría a reconocer, si la primera se define como una “Iglesia conciliar y sinodal” en contraposición a la “Iglesia preconciliar” -es decir, la Iglesia de Cristo- y el segundo demuestra que considera el Papado como una prerrogativa personal de la que puede disponer modificándolo y alterándolo a su antojo, y siempre en coherencia con los errores doctrinales implícitos en el Vaticano II y en el “magisterio” postconciliar?
Si el papado romano -el papado, para entendernos, de Pío IX, León XIII, Pío X, Pío XI, Pío XII- es considerado un obstáculo para el diálogo ecuménico y el diálogo ecuménico es perseguido como la prioridad absoluta de la “Iglesia sinodal” representada por Bergoglio, ¿de qué otra manera podría materializarse este diálogo, si no es en la eliminación de aquellos elementos que hacen al papado incompatible con él, y por lo tanto manipulándolo de una manera totalmente ilegítima e inválida?
El conflicto de tantos hermanos y fieles
Estoy convencido de que entre los obispos y sacerdotes hay muchos que han experimentado y experimentan aún hoy el desgarrador conflicto interior de verse divididos entre lo que Cristo Pontífice les pide (y ellos lo saben) y lo que el que se presenta como Obispo de Roma impone por la fuerza, con chantajes y con amenazas.
Hoy es tanto más necesario que los pastores despertemos de nuestro letargo: Hora est jam nos de somno surgere (Rom 13, 11). Nuestra responsabilidad frente a Dios, a la Iglesia y a las almas nos exige denunciar inequívocamente todos los errores y desviaciones que hemos tolerado durante demasiado tiempo, porque no seremos juzgados ni por Bergoglio ni por el mundo, sino por Nuestro Señor Jesucristo. A Él daremos cuenta de cada alma perdida por nuestra negligencia, de cada pecado cometido por ella a causa nuestra, de cada escándalo ante el que hemos callado por falsa prudencia, por quietud, por complicidad.
En el día en que debería comparecer frente al Dicasterio para la Doctrina de la Fe para defenderme, he decidido hacer pública esta declaración mía, a la que añado una denuncia contra mis acusadores, su “Concilio” y su “Papa”. Ruego a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que consagraron la tierra del Alma Urbe con su propia sangre, que intercedan ante el trono de la Majestad divina, para que obtengan que la Santa Iglesia sea finalmente liberada del asedio que la eclipsa y de los usurpadores que la humillan, haciendo de la Domina gentium la sierva del plan anticristiano del Nuevo Orden Mundial.
En defensa de la Iglesia
La mía no es, pues, una defensa personal, sino la de la Santa Iglesia de Cristo, en la que he sido constituido Obispo y Sucesor de los Apóstoles, con el mandato preciso de custodiar el Depósito de la Fe y de predicar la Palabra, insistir oportuna e inoportunamente, reprender, exhortar con toda paciencia y doctrina (2Tim 4, 2).
Rechazo con vehemencia la acusación de haber rasgado el manto inconsútil del Salvador y de haberme sustraído a la suprema autoridad del Vicario de Cristo: para separarme de la comunión eclesial con Jorge Mario Bergoglio, primero tendría que haber estado en comunión con él, lo cual no es posible, desde el momento que el mismo Bergoglio no puede ser considerado miembro de la Iglesia, debido a sus múltiples herejías y a su manifiesto extrañamiento e incompatibilidad con el cargo que inválida e ilícitamente ostenta.
Mis acusaciones contra Jorge Mario Bergoglio
Frente a mis Hermanos en el Episcopado y todo el cuerpo eclesial, acuso a Jorge Mario Bergoglio de herejía y cisma, y como hereje y cismático exijo que sea juzgado y apartado del Trono que indignamente ocupa desde hace más de once años. Esto no contradice en absoluto el adagio Prima Sedes a nemine judicatur, porque es evidente que un hereje, en la medida en que no puede asumir el Papado, no está por encima de los Prelados que lo juzgan.
Acuso igualmente a Jorge Mario Bergoglio por haber provocado -a causa del prestigio y de la autoridad de la Sede Apostólica que usurpa- graves efectos adversos, esterilidad y muerte en los millones de fieles que han seguido su martilleante llamada a someterse a la inoculación de un suero génico experimental producido con fetos abortados, llegando incluso a hacer publicar una Nota indicando su uso como moralmente lícito. Tendrá que responder ante el Tribunal de Dios por este crimen contra la humanidad.
Por último, denuncio el Acuerdo Secreto entre la Santa Sede y la dictadura comunista china, por el que la Iglesia es humillada y obligada a aceptar el nombramiento gubernamental de obispos, el control de las celebraciones y las restricciones a su libertad de predicación, mientras los católicos fieles a la Sede Apostólica son perseguidos impunemente por el gobierno de Pekín ante el silencio cómplice del Sanedrín romano.
El rechazo de los errores del Vaticano II
Constituye para mí un honor que se me “acuse” de rechazar los errores y las desviaciones implicadas en el llamado Concilio Ecuménico Vaticano II, al que considero completamente desprovisto de autoridad Magisterial a causa de su heterogeneidad respecto a todos los verdaderos Concilios de la Iglesia, que reconozco y acepto plenamente, así como a todos los actos magisteriales de los Romanos Pontífices.
Rechazo firmemente las doctrinas heterodoxas contenidas en los documentos del Vaticano II que han sido condenadas por los Papas hasta Pío XII, o que contradicen de alguna manera el Magisterio católico (cf. Apéndice I). Me resulta cuando menos desconcertante que quienes me juzgan por cisma sean los que se apropian de la doctrina heterodoxa, según la cual subsiste un vínculo de unión “con los que, siendo bautizados, lo son con el nombre de cristianos, pero no profesan integralmente la fe o no conservan la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro” (LG n. 15). Me pregunto con qué descaro se puede desafiar a un obispo a romper una comunión que también se afirma que existe con herejes y cismáticos.
De la misma manera, condeno, rechazo y repudio las doctrinas heterodoxas expresadas en el llamado “magisterio postconciliar” originadas por el Vaticano II, así como las recientes herejías relativas a la “iglesia sinodal”, a la reformulación del Papado en clave ecuménica, la admisión de concubinarios a los sacramentos y a la promoción de la sodomía y de la ideología de “género”. Asimismo, condeno la adhesión de Bergoglio al fraude climático, una insana superstición neomalthusiana engendrada por quienes, odiando al Creador, no pueden sino detestar también la Creación, y con ella al hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.
Conclusión
A los fieles católicos, hoy escandalizados y desorientados por los vientos de novedad y de las falsas doctrinas que promueve e impone una Jerarquía rebelde al divino Maestro, les pido que recen y ofrezcan sus sacrificios y ayunos pro libertate et exaltatione Sanctæ Matris Ecclesiæ, para que la Santa Madre Iglesia recupere su libertad y pueda triunfar con Cristo después de este tiempo de pasión. Que los que han tenido la Gracia de ser incorporados a ella en el Bautismo no abandonen a su Madre, hoy sufriente y postrada: tempora bona veniant, pax Christi veniat, regnum Christi veniat.
Dado en Viterbo, 28 de junio del año del Señor 2024, Vigilia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Fuente: Adoración y Liberación
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viernes, 22 de diciembre de 2023
Visiones y Revelaciones de la Beata Isabel Canori Mora
Datos biográficos de la Beata Elisabetta
Después de recibir esmerada educación familiar, se casó con un joven abogado, Cristóforo Mora, hijo de un rico médico de la misma Roma, el 10 de Enero de 1796. Del matrimonio nacieron cuatro hijas, dos de las cuales murieron de corta edad.
Todo auguraba al nuevo matrimonio un brillante futuro, mas la tragedia llegó pronto. El marido se entregó a la delincuencia, arruinó a la familia y abandonó el hogar, seducido por una mujer de mala vida. Fue preso por la policía pontificia, primero en una cárcel, después en un convento. Juró mudar de vida, más después de retornar a su hogar, intentó repetidas veces asesinar a su esposa Elisabetta. Ella fue de una fidelidad heroica, ofreciendo enormes sacrificios por su marido. Y profetizó que él acabaría muriendo sacerdote.
Así fue: tras el fallecimiento de la Beata, el 5 de febrero de 1825, Cristóforo cayó en sí y se hizo religioso, llevando una ejemplar vida de penitencia. Fue ordenado sacerdote y murió rodeado de gran consideración.
Abandonada por el esposo e incomprendida por los familiares, Elisabetta hubiera caído en la miseria, sino la hubiesen auxiliado benefactores compasivos.
Entre ellos se encontraban Prelados romanos, que narraron al Papa Pío VII sus méritos. El Pontífice, beneficiado por las oraciones y sacrificios de ella, concedió privilegios poco comunes a la capilla privada de su humilde casa.
Su causa de beatificación fu introducida en 1874, durante el pontificado del Bienaventurado Pío IX. Pío XI aprobó el decreto de heroicidad de virtudes en 1928. Juan Pablo II beatificó a Elisabetta Canori mora el 24 de abril de 1994.
En Fátima, Nuestra Señora fue preparando de a poco a los tres pastorcitos para que se abrieran a la revelación de la inmensidad el pecado cometido por la humanidad y a la amplitud de la penitencia que venía a pedir.
De modo análogo actuó Dios en relación a la Bienaventurada Elisabetta. En la Navidad de 1813, ella fue arrebatada a un lugar inundado de luz, donde innumerables Santos rodeaban un humilde pesebre. Desde él, el niño Dios la llamaba dulcemente.
La propia Elisabetta describe sin preocupaciones literarias la sorpresa que tuvo:
“De solo pensar, me causa horror (…) vi a mi amado Jesús recién nacido bañado en su propia sangre (…) en ese momento comprendí por vía intelectual cuál era la razón de tanto derramamiento de sangre del Divino Infante apenas nacido (…) La mala conducta de muchos sacerdotes seculares y regulares, de muchas religiosas que no se comportan según su estado, la mala educación que es dada a los hijos por parte de los padres y madres, como también por aquellas a quienes incumbe una obligación similar. Estas son las personas por cuyo buen ejemplo debe aumentar el espíritu del Señor en el corazón de los otros. Mas ellos, por el contrario, apenas nace (el espíritu de nuestro Señor) en el corazón de las criaturas, lo persiguen mortalmente con su mala conducta y malas enseñanzas”.
Conspiración contra la Iglesia, revelada por Dios
A partir de entonces, Dios le fue revelando el lamentable actuar de ciertos sectores eclesiásticos que atraían la cólera divina, siendo cómplices con la Revolución que derrumbaba tronos y seculares costumbres cristianas en el orden temporal. Tales visiones tornan patente, un siglo antes de las revelaciones de Cova de Iría, que el mal ya se había infiltrado en la Iglesia y en la sociedad civil.
Se ve bien que en Fátima Nuestra Señora hizo una advertencia final para ese mal, que progresaba a pesar de todos los avisos en sentido contrario.
Los ángeles condujeron espiritualmente a la Beata Elisabetta a antros secretos donde se tramaba esa conjura. Cada vez, nuevas aberraciones le eran develadas. El 24 de febrero de 1814 le fueron exhibidas escenas que recuerdan la crisis de los días en que vivimos: “Veía –narra ella- muchos ministros del Señor que se despojaban los unos a los otros; rabiosamente se arrancaban los paramentos sagrados; veía como eran derrumbados los altares sagrados por los propios ministros de Dios”.
El 22 de mayo de 1814, mientras rezaba por el Santo Padre, “lo vi viajando rodeado de lobos que hacían complots para traicionarlo”. La visión se repitió los días 2 y 5 de junio. En ésta última, narra la vidente: “Vi el sanedrín de lobos que lo circundaban (al Papa Pío VII, entonces reinante) y dos ángeles que lloraban. Una santa osadía me inspiró a preguntarles la razón de su tristeza y de su llanto. Ellos, contemplando la ciudad de Roma con los ojos llenos de compasión, dijeron lo siguiente: “Ciudad miserable, pueblo ingrato, la Justicia de Dios te castigará”.
“Todo el mundo estaba en caos”
El 16 de Enero de 1815, los ángeles le mostraron a muchos eclesiásticos que “bajo el manto de bien, persiguen a Jesús Crucificado y Su Santo Evangelio”, y que “como lobos rabiosos tramaban derribar de su trono al jefe de la Iglesia”. Entonces ella fue llevada “a ver el cruel estrago que la Justicia de Dios está por hacer entre aquellos miserables: con sumo terror, vi que en torno de mi fulguraban los rayos de la Justicia irritada. Vi edificios cayendo en ruinas. Las ciudades, provincias enteras, todo el mundo estaba en caos. No se oía otra cosa sino débiles voces implorando misericordia. El número de muertos era incalculable”.
Pero lo que más la impresionó fue ver a Dios indignado. En un lugar altísimo y solitario, vio a Dios representado por “un gigante fuerte y furioso hasta el extremo contra aquellos que Lo perseguían. Sus manos omnipotentes estaban llenas de rayos y su rostro estaba repleto de indignación: sólo su mirar bastaba para incendiar el mundo entero. No tenía ni santos ni ángeles que lo circundasen, sino solamente su indignación lo rodeaba por todas partes”.
Entre ambas visiones hay una correlación profunda. En cuanto a la Beata, Dios le manifestó su justa indignación por las ofensas que sufre; en Fátima, Nuestra Señora apuntó el destino de las almas que ofenden a Dios y mueren impenitentes.
La gravedad del pecado de apostasía del mundo
El 13 de junio de 1917, Nuestra Señora en Fátima mostró a los pastorcitos su Inmaculado Corazón rodeado de espinas, en señal de los “ultrajes que recibe por los pecados de los hombres”. En la Navidad de 1816, le fue mostrado también a la Beata Elisabetta cuánto ofenden a la Santísima Virgen esos ultrajes.
Se puede entrever un límite del pecado, que la misericordia de la Reina del Cielo no permitirá que sea sobrepasado.
La Beata Elisabetta vio “triste y dolorosa” a María santísima. Le preguntó entonces la razón de su dolor. “La Madre de Dios se volvió para mí y dijo: contempla, oh hija, contempla la gran impiedad”. Oyendo estas palabras vi apostatas que osadamente intentaban arrancar temerariamente a su Santísimo Hijo de su purísimo seno y de sus santísimos brazos.
“Ante este gran atentado, la Madre de Dios no pedía más misericordia para el mundo, sino justicia al Divino Padre Eterno, el cual, revestido de su inexorable justicia y lleno de indignación, se volvió hacia el mundo.
“En aquel momento toda la naturaleza entró en convulsión, y el mundo perdió su buen orden, y se formó sobre la Tierra la mayor infelicidad que se pueda contar o imaginar. Una cosa tan deplorable y aflictiva que dejará al mundo reducido a la última desolación”.
Anticipación de los castigos vaticinados en Fátima
El velo que envuelve a los castigos anunciados en el año 1917, fue levantado de alguna manera para la Beata Elisabetta. Lo que ella vio nos aprovecha para entender mejor lo que Nuestra Señora anticiparía después, en Cova de iría.
En efecto, el 7 de junio del año 1815, Dios Nuestro Señor le mostró, una vez más, el castigo que atraían sobre la humanidad aquellos “lobos rapaces con piel de oveja, (…) acérrimos perseguidores de Jesús Crucificado y de Su Esposa, la Santa Iglesia”.
“Me parecía –escribió- ver a todo el mundo en convulsión, especialmente la ciudad de Roma (…) ¿Qué decir del Sacro Colegio? Por causa de la variedad de opiniones, unos habían sido dispersados, otros abatidos, otros despiadadamente asesinados. De un modo similar eran tratados el clero secular y la nobleza. El clero regular no estaba sufriendo la dispersión total, mas era diezmado. Innumerables eran los hombres de toda condición que perecían en esa masacre, más no todos se condenaban. Muchos eran hombres de buenas costumbre, y muchos otros de santa vida”.
En la fiesta de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio del año 1820, la Beata contempló proféticamente al Príncipe de los Apóstoles descendiendo de los cielos, revestido con los ornamentos pontificales y rodeado por una legión de ángeles.
Con su báculo, trazó sobre la tierra una vastísima cruz, y a los cuatro lados de ella hizo aparecer cuatro árboles de vivo verdor, también con forma de cruz, envueltos en una luz brillantísima. Debajo de aquellos árboles-cruces quedaban, como “refugiados y libres del tremendo castigo”, todos los buenos “fieles religiosas y religiosos”.
“Mas, ¡ay de aquellos religiosos y religiosas inobservantes, que despreciaron las Santas Reglas!, ¡ay!, ¡ay!, porque todos perecerán bajo el terrible flagelo. Y digo esto de todos (…) aquellos que se entregan al libertinaje y van marchando detrás de las falsas máximas de los reprobables filosofía de hoy”
Tan graves amenazas tal vez pudiesen parecer exageradas en los tiempos de la Beata Elisabetta, en que el lento avance de la Revolución anticristiana encontraba oposición en la iglesia de parte de numerosos Santos y almas de virtud insigne.
Así, tales palabras parecen dictadas más para éste, nuestro triste inicio del siglo XXI. ¿Quién, con todo rigor, sin auxilio de luces proféticas, podría haber imaginado que la crisis en la Iglesia llegaría al punto que alcanzó en nuestros días?
A la vista de esto se comprende que Dios haya querido manifestar su cólera e indignación a la bienaventurada Elisabetta. Mas, infelizmente, todo indica que, como en Fátima, el mensaje divino trasmitido por la Beata no fue tenido en cuenta debidamente.
Venganza divina contra los enemigos de la Iglesia
Prosiguiendo la narración de la visión, ella relata que San Pedro volvió hacia el cielo. Entonces, en la tierra, “el firmamento quedó cubierto de un color azul tenebroso, que sólo de mirarlo causaba terror. Un viento caliginoso hacía sentir su soplido impetuoso por todas partes. Con un vehemente y tétrico silbido aullando en el aire, como feroz león con su asustador rugido, hacía resonar sobre toda la tierra su horripilante eco.
“Dios se reirá de ellos y de su maldad, y con un solo gesto de su mano derecha omnipotente castigará a esos inicuos, permitiendo a las potencias de las tinieblas que salgan del infierno; esas grandes legiones de demonios recorrerán todo el mundo, y por medio de grandes ruinas ejecutarán las órdenes de la Divina Justicia, a la cual estos malignos espíritus están sometidos, de manera que no podrán hacer ni más ni menos daño de lo que Dios permitirá a los hombres, a sus bienes, a sus familias, a sus infelices aldeas, ciudades, casas y palacios y cualquier otra cosa que subsistiera sobre la tierra (…).
“Dios permitirá que esos hombres inicuos sean castigados a través de la crueldad de demonios feroces, porque se sometieron voluntariamente a la potestad del demonio y se confederaron con él para dañar a la Santa Iglesia Católica (…) Me mostró la horrenda cárcel infernal. Vi abrirse en la mayor profundidad de la tierra una caverna tenebrosa y espantosa, llena de fuego, de donde vi salir muchos demonios, los cuales, tomando unos una figura y otros otra, unos de animal y otros de hombre, venían todos a infestar el mundo y a hacer por todas partes maleficios y ruinas (…) Devastarán todos los lugares donde Dios haya sido y es ultrajado, profanado, sacrílegamente tratado, donde se ha practicado la idolatría. Todos esos lugares serán demolidos, arruinados y se perderá todo vestigio de ellos”.
Triunfo y honra de la Iglesia como el previsto en Fátima
La similitud con los trágicos anuncios de Nuestra Señora en Fátima se extiende mas allá de los castigos. Ante la mirada de la Beata, Dios expuso en muchas ocasiones una maravillosa restauración futura de la Iglesia. Esas revelaciones ilustran magníficamente aspectos de lo que ha de ser el triunfo del Inmaculado Corazón de María.
En aquella misma visión del 29 de junio de 1820, luego los purificadores castigos que se han descripto, la Beata Elisabetta vio a San Pedro retornar del Cielo en un majestuoso trono pontifical.
Inmediatamente, descendió con gran pompa el Apóstol San Pablo. Él “recorría todo el mundo y atrapaba aquellos espíritus malignos e infernales, y los conducía delante del Santo apóstol San Pedro, el cual, con una orden llena de autoridad, volvía a confinarlos en las tenebrosas cavernas de las cuales habían salido (…) En ese momento se vio aparecer sobre la tierra un bello resplandor, que anunciaba la reconciliación de Dios con los hombres”.
La pequeña grey de los católicos fieles, refugiada bajo los árboles en forma de cruz, fue conducida a los pies del trono de San Pedro. “El santo escogió al nuevo Pontífice –agrega posteriormente la vidente-, toda la Iglesia fue reordenada según los verdaderos dictámenes de los Santos Evangelios; fueron restablecidas las órdenes religiosas, y todas las casas de los cristianos se convirtieron en otras tantas casas penetradas de la religión; tan grande era el fervor y el celo por la gloria de Dios, que todo era ordenado en función del amor de Dios y del prójimo.
“De esta manera tomó cuerpo en un momento el triunfo, la gloria y la honra de la Iglesia Católica: Ella era aclamada por todos estimada por todos, venerada por todos, todos decidieron seguirla, reconociendo al vicario de Cristo, el Sumo Pontífice”.
Cinco herejías infectan el mundo
Le dijo Nuestro Señor a inicios de 1821: “Yo reformare a mi pueblo y a mi Iglesia. Mandaré sacerdotes celosos para predicar mi fe, formaré un nuevo apostolado, enviaré al Divino Espíritu Santo a renovar la Tierra. Reformaré las órdenes religiosas por medio de nuevos reformadores santos y doctos. Todos tendrán el espíritu de mi dilecto hijo Ignacio de Loyola.
“Daré un nuevo Pastor a mí Iglesia, docto, santo, repleto de mí espíritu. Con santo celo retomará la grey de Jesucristo”. Tras ello, añade: “El me hizo conocer muchas otras cosas concernientes a esta reforma. Varios soberanos sustentarán a la Iglesia Católica y serán verdaderos católicos, depositando sus cetros y coronas a los pies del Santo Padre, vicario de Jesucristo. Varios reinos abandonarán sus errores y volverán al seno de la fe católica. Pueblo enteros se convertirán y reconocerán como religión verdadera la Fe de Jesucristo”.
Dios le hizo ver en varias ocasiones una esplendorosa nave nueva, símbolo de la Iglesia restaurada, que estaba siendo armada por los ángeles.
También, el 10 de enero de 1824, le mostró el principal obstáculo para la conclusión de esa nave. Ella vio cinco árboles todos de desmesurado tamaño: “Observé que esos cinco árboles con sus raíces alimentaban y producían un enmarañadísimo bosque de millones de plantas estériles y selváticas”.
Dios le hizo entender que aquellos cinco enigmáticos árboles simbolizaban “las cinco herejías que infectaban el mundo en nuestro tiempo”.
Falsas máximas y los errores esparcidos por Rusia
El 22 de enero de 1824, la Beata Elisabetta conoció que aquel bosque maldito representaba un número incontable de almas, las cuales, “debido a que tienen una conciencia depravada, pueden ser denominadas almas sin fe, sin religión, porque piensan en todo, menos en aquello que todo buen católico está obligado a pensar, porque lo hacen todo, menos aquello que deben hacer (…) Aquellas míseras plantas son tenidas por el Divino Señor, no solamente en cuenta de estériles, sino también de nocivas y hasta de pésimas, que merecen ser arrojadas al infierno”.
La vidente escuchó que las cinco aludidas herejías se identificaban con las “falsas máximas de la filosofía de nuestros tiempos”. Máximas esas que, según ella, estaban en el núcleo de los movimientos revolucionarios de su época, inspirado en el espíritu y la doctrina de la Revolución Francesa. Tales máximas orientaban la conjuración que subvertía la Iglesia y el orden socio-político (…)
La Beata Elisabetta cerró los ojos para esta Tierra el 5 de agosto del año 1825, casi un siglo antes de la gloriosa manifestación de Nuestra Señora en Fátima.
Entretanto, sus visiones y revelaciones -de las cuales dimos aquí apenas algunas muestras- parecen destinadas especialmente para el conocimiento de nuestros contemporáneos. Ellas tornan patente el grandioso designio divino que sobrevuela la historia, pues muestran que el plano del Reino de María -como fue profetizado en Fátima- es como un inmenso palacio que la Divina Providencia viene preparando desde hace siglos. Y cuya terminación irá más allá de toda especulación humana.
Por todo ello, las visiones y revelaciones transmitidas por la Bienaventurada Elisabetta Canori Mora refuerzan aún más la idea de la centralidad del mensaje de Fátima, y la certeza del cumplimiento de la gran promesa de nuestra Señora a los tres pastorcitos en 1917: “Por fin, mi Corazón Inmaculado triunfará”.
Revista Panorama Católico Internacional nº 27, Febrero de 2003. Transcripción hecha por Inmaculada.
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