martes, 12 de agosto de 2025
San Atanasio sobre la Fe y los templos
miércoles, 10 de julio de 2024
martes, 9 de julio de 2024
sábado, 29 de junio de 2024
YO ACUSO de monseñor Carlo Maria Viganò. Errores y herejías de Bergoglio hacen nula su elevación al Trono de Pedro. Por Arzobispo Carlo Maria Viganò.
YO ACUSO
Declaración de S. E. Monseñor Carlo Maria Viganò,
Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico
sobre la acusación de cisma
“Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo
os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado,
¡sea anatema!
Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito:
Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido,
¡sea anatema!
(Gal 1, 8-9)
“Cuando pienso que estamos en el palacio del Santo Oficio, testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la Fe católica, no puedo evitar pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, a quien llamáis ‘el tradicionalista’, quien debe juzgaros”. Así se expresó el arzobispo Marcel Lefebvre en 1979, convocado al ex Santo Oficio, en presencia del prefecto cardenal Šeper y de otros dos prelados.
Tal como declaré en el Comunicado del pasado 20 de junio, no reconozco la autoridad ni del tribunal que pretende juzgarme, ni de su Prefecto, ni de quienes lo nombraron. Esta decisión mía, ciertamente dolorosa, no es fruto de la precipitación ni de un espíritu de rebelión, sino que está dictada por la necesidad moral que, como Obispo y Sucesor de los Apóstoles, me obliga en conciencia a dar testimonio de la Verdad, es decir, de Dios mismo, de Nuestro Señor Jesucristo.
Afronto esta prueba con la determinación que me da el saber que no tengo ningún motivo para considerarme separado de la comunión con la Santa Iglesia y con el Papado, a los que siempre he servido con devoción y fidelidad filiales. No podría concebir un solo momento de mi vida fuera de esta única Arca de salvación, que la Providencia ha constituido como Cuerpo Místico de Cristo, en sumisión a su Cabeza divina y a su Vicario en la tierra.
Los enemigos de la Iglesia católica temen el poder de la Gracia que actúa a través de los Sacramentos y especialmente el poder de la Santa Misa, terrible katèkon que frustra muchos de sus esfuerzos y gana para Dios tantas almas que de otro modo se condenarían. Y es precisamente esta conciencia del poder de la acción sobrenatural del Sacerdocio católico en la sociedad lo que está en el origen de su feroz hostilidad a la Tradición. Satanás y sus secuaces saben muy bien la amenaza que supone la única Iglesia verdadera para su plan anticristiano. Estos subversivos -a quienes los Romanos Pontífices han denunciado valientemente como enemigos de Dios, de la Iglesia y de la humanidad- son identificables en la inimica vis, la Masonería. Ésta se ha infiltrado en la Jerarquía y ha logrado que ésta deponga las armas espirituales de las que disponía, abriendo las puertas de la Ciudadela al enemigo en nombre del diálogo y de la fraternidad universal, conceptos que precisamente son intrínsecamente masónicos. Pero la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su divino Fundador, no dialoga con Satanás: lo combate…
Las causas de la crisis actual
Como ha puesto en evidencia Romano Amerio en su fundamental ensayo Iota unum, esta entrega cobarde y culpable comenzó con la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II y con la acción clandestina y muy organizada de clérigos y laicos vinculados a las sectas masónicas, encaminada a subvertir lenta pero inexorablemente la estructura de gobierno y de magisterio de la Iglesia para demolerla desde dentro. Es inútil buscar otras razones: los documentos de las sectas secretas prueban la existencia de un plan de infiltración concebido en el siglo XIX y llevado a buen término un siglo después, exactamente en los términos en que había sido pensado. Análogos procesos disolventes se habían producido anteriormente en el ámbito civil, y no es casualidad que los Papas supieran ver la labor disgregadora de la Masonería internacional en los levantamientos y en las guerras que ensangrentaron las naciones de Europa.
A partir del Concilio, la Iglesia se ha convertido entonces en portadora de los principios revolucionarios de 1789, como han admitido algunos de los partidarios del Vaticano II y como lo ha confirmado el aprecio, por parte de las logias, de todos los Papas del Concilio y del postconcilio, precisamente por los cambios que los francmasones venían invocando desde hacía tiempo.
El cambio, o mejor dicho, el aggiornamento, ha sido tan central en la narrativa del Concilio como para constituir la marca distintiva del Vaticano II y situar esta asamblea como el terminus post quem que sanciona el fin del ancien régime -el de la “vieja religión”, el de la “Misa vieja”, del “preconcilio”- y el comienzo de la “Iglesia conciliar”, con su “nueva Misa” y la relativización sustancial de todo los Dogmas. Entre los partidarios de esta revolución aparecen los nombres de quienes hasta el pontificado de Juan XXIII habían sido condenados y apartados de la enseñanza por su heterodoxia. La lista es larga e incluye también a ese Ernesto Buonaiuti, excomulgado vitandus, amigo de Roncalli, que murió impenitente en la herejía y a quien hace pocos días el Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Matteo Zuppi, conmemoró con una Misa en la catedral de Bolonia, según informa con énfasis mal disimulado Il Faro di Roma (aquí): “Casi ochenta años después, un cardenal completamente en línea con el Papa se estrena precisamente con un gesto litúrgico que tiene en todos los sentidos el sabor de la rehabilitación. O al menos de un primer paso en esa dirección”.
La Iglesia y la anti iglesia
Estoy, pues, citado ante el tribunal que ha tomado el lugar del Santo Oficio para ser juzgado por cisma, mientras el jefe de los obispos italianos -enumerado entre los candidatos papales y completamente en línea con el Papa– celebra ilícitamente una Misa de sufragio por uno de los peores y más obstinados exponentes del Modernismo, contra el cual la Iglesia -aquella de la que, según ellos, yo sería separado- había pronunciado la más severa sentencia de condena. En 2022, en el diario Avvenire de la CEI, el profesor Luigino Bruni tejía el panegírico del Modernismo en estos términos: […] “un proceso de renovación necesario para la Iglesia católica de su tiempo, todavía impermeable a los estudios críticos sobre la Biblia que desde hacía muchas décadas estaban surgiendo en el mundo protestante. Aceptar los estudios científicos e históricos sobre la Biblia era para Buonaiuti el camino principal para el encuentro de la Iglesia con la modernidad. Un encuentro que, en cambio, no se produjo, porque la Iglesia católica seguía dominada por los teoremas de la teología neoescolástica y bloqueada por el miedo contrarreformista a que los vientos protestantes pudieran invadir finalmente el cuerpo católico”.
Esto sucede cuando se quita lo absoluto a lo Verdadero y se lo relativiza, adaptándolo al espíritu del mundo. ¿Cómo actuarían hoy los Papas de los últimos siglos? ¿Me considerarían culpable de cisma, o más bien condenarían a quien pretende ser su Sucesor? Junto conmigo, el sanedrín modernista juzga y condena a todos los Papas católicos, porque la Fe que ellos defendieron es la mía; y los errores que Bergoglio defiende son los que ellos, sin excepción, condenaron.
Hermenéutica de la ruptura
Me pregunto entonces: ¿qué continuidad puede darse entre dos realidades opuestas y contradictorias entre sí? Entre la Iglesia conciliar y sinodal de Bergoglio y la “bloqueada por el miedo contrarreformista” de la que se distancia ostensiblemente? ¿Y de qué “Iglesia” estaría en estado de cisma, si la que se dice católica se diferencia de la verdadera Iglesia precisamente en su predicación de lo que aquélla condenaba y en su condena de lo que ésta predicaba?
Los seguidores de la “Iglesia conciliar” responderán que ello se debe a la evolución del cuerpo eclesial en una “renovación necesaria”; mientras que el Magisterio católico nos enseña que la Verdad es inmutable y que la doctrina de la evolución de los dogmas es herética. Dos Iglesias, ciertamente: cada una con sus doctrinas, sus liturgias y sus santos; pero para el católico la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica; para Bergoglio, la Iglesia es conciliar, ecuménica, sinodal, inclusiva, inmigracionista, eco-friendly y gay-friendly.
La Autodestitución de la jerarquía conciliar
¿La Iglesia habría entonces comenzado a enseñar el error? ¿Podemos creer que la única Arca de salvación es al mismo tiempo un instrumento de perdición para las almas? ¿Que el Cuerpo Místico se separa de su Cabeza divina, Jesucristo, rompiendo así la promesa del Salvador? Evidentemente, esto no puede ser admisible y quienes lo sostienen caen en la herejía y en el cisma. La Iglesia no puede enseñar el error, ni su Cabeza, el Romano Pontífice, puede ser a la vez hereje y ortodoxo, Pedro y Judas, en comunión con todos sus Predecesores y al mismo tiempo en cisma con ellos. La única respuesta teológicamente posible es que la Jerarquía conciliar, que se proclama católica pero abraza una fe diferente de la enseñada sistemáticamente durante dos mil años por la Iglesia católica, pertenece a otra entidad y, en consecuencia, no representa a la verdadera Iglesia de Cristo.
A quienes me recuerdan que el arzobispo Marcel Lefebvre nunca llegó a cuestionar la legitimidad del Romano Pontífice, aun reconociendo la herejía e incluso la apostasía de los Papas conciliares -como cuando exclamó: “¡Roma ha perdido la Fe! Roma está en apostasía!”- les recuerdo que en los últimos cincuenta años la situación ha empeorado dramáticamente y que muy probablemente este gran Pastor actuaría hoy con igual firmeza, repitiendo públicamente lo que entonces decía sólo a sus clérigos: “En este concilio pastoral, el espíritu del error y de la mentira ha podido obrar a sus anchas, colocando por doquier bombas con retardo que harán estallar las instituciones a su debido tiempo” (Principes et directives, 1977). Y también: “Quien está sentado en el trono de Pedro participa en cultos de falsos dioses. ¿Qué conclusión debemos sacar, quizá dentro de unos meses, frente a estos reiterados actos de comunicación con los falsos cultos? No lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que nos veamos obligados a creer que el Papa no es Papa. Porque a primera vista me parece -todavía no quiero decirlo de manera solemne y pública- que es imposible que sea Papa quien es hereje pública y formalmente” (30 de marzo de 1986).
¿Por qué entendemos que la “Iglesia sinodal” y su líder Bergoglio no profesan la fe católica? Por la adhesión total e incondicional de todos sus miembros a una multiplicidad de errores y herejías ya condenados por el Magisterio infalible de la Iglesia católica y por su ostensible rechazo de toda doctrina, precepto moral, acto de culto y práctica religiosa no sancionada por “su” Concilio. Ninguno de ellos puede en conciencia suscribir la Profesión de Fe Tridentina y el Juramento Antimodernista, porque lo que ambos expresan es exactamente lo contrario de lo que el Vaticano II y el llamado “magisterio conciliar” insinúan y enseñan.
Dado que no es teológicamente sostenible que la Iglesia y el Papado sean instrumentos de perdición y no de salvación, debemos concluir necesariamente que las enseñanzas heterodoxas transmitidas por la llamada “Iglesia conciliar” y los “Papas del Concilio” desde Pablo VI en adelante constituyen una anomalía que pone seriamente en duda la legitimidad de su autoridad magisterial y de gobierno.
El uso subversivo de la Autoridad
Debemos comprender que el uso subversivo de la autoridad en la Iglesia con vistas a su destrucción (o a su transformación en una Iglesia distinta de la querida y fundada por Cristo) constituye en sí mismo un elemento suficiente para dejar sin efecto la autoridad de este nuevo sujeto que se ha superpuesto dolosamente a la Iglesia de Cristo usurpando su poder. Por eso no reconozco la legitimidad del Dicasterio que me juzga.
Las modalidades con las que se llevó a cabo la acción hostil contra la Iglesia Católica confirma que fue planificada y deseada, porque de lo contrario los que la denunciaban habrían sido escuchados y los que cooperaban con ella se habrían detenido inmediatamente. Ciertamente, con los ojos de la época y la formación tradicional de la mayoría de los Cardenales, Obispos y Clérigos, el “escándalo” de una Jerarquía que se contradecía a sí misma aparecía como una enormidad tal que indujo a muchos Prelados y clérigos a no querer que fuera posible que los principios revolucionarios y masónicos pudieran encontrar aceptación y promoción en la Iglesia. Pero éste fue el golpe maestro de Satanás -como lo llamó el arzobispo Lefebvre-, que supo aprovechar el connatural respeto y amor filial de los católicos por la sagrada autoridad de los Pastores para inducirles a anteponer la obediencia a la Verdad, quizá con la esperanza de que un futuro Papa pudiera sanar de algún modo el desastre que se había producido y cuyos resultados perturbadores ya podían preverse. Esto no sucedió, a pesar de que algunos habían dado valientemente la voz de alarma. Y yo mismo me cuento entre los que en aquella fase convulsa no se atrevieron a oponerse a errores y desviaciones que aún no habían mostrado plenamente su valor destructivo. No quiero decir con esto que no viera lo que estaba ocurriendo, sino que no encontré -debido al intenso trabajo y a las tareas absorbentes de carácter burocrático y administrativo al servicio de la Santa Sede- las condiciones para captar la gravedad sin precedentes de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos.
El enfrentamiento
La ocasión que me llevó al enfrentamiento con mis superiores eclesiásticos comenzó cuando era Delegado para las Representaciones Pontificias, luego como Secretario General de la Gobernación y finalmente como Nuncio Apostólico en Estados Unidos. Mi guerra contra la corrupción moral y financiera desató la furia del entonces secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, cuando -de acuerdo con mis responsabilidades como Delegado para las Representaciones Pontificias- denuncié la corrupción del cardenal McCarrick y me opuse a la promoción al Episcopado de candidatos corruptos e indignos presentados por el secretario de Estado, quien me hizo trasladar a la Gobernación, porque “le impedía hacer obispos a quienes él quería”. También fue Bertone, con la complicidad del cardenal Lajolo, quien obstaculizó mi trabajo destinado a contrarrestar la corrupción generalizada en la Gobernación, donde ya había conseguido importantes resultados más allá de todas las expectativas. Fueron de nuevo Bertone y Lajolo quienes convencieron al papa Benedicto XVI de que me echara del Vaticano y me enviara a Estados Unidos. Aquí me encontré con que tenía que lidiar con las vergonzosas actitudes del cardenal McCarrick, incluidas sus peligrosas relaciones con figuras políticas de la Administración Obama-Biden y a nivel internacional, que no dudé en denunciar al secretario de Estado Parolin, quien no las tuvo en cuenta.
Esto me llevó a considerar de otra manera muchos acontecimientos de los que había sido testigo durante mi carrera diplomática y de Pastor, a captar su coherencia con un único proyecto que, por su propia naturaleza, no podía ser ni exclusivamente político ni exclusivamente religioso, ya que incluía un ataque global a la sociedad tradicional basada en la enseñanza doctrinal, moral y litúrgica de la Iglesia.
La corrupción como instrumento de chantaje
Así, de ser un Nuncio Apostólico apreciado -por lo que el propio cardenal Parolin reconoció el otro día mi lealtad, honradez, equidad y eficacia ejemplares- he pasado a ser un Arzobispo incómodo, no sólo por haber exigido justicia en los procesos contra prelados corruptos, sino también y sobre todo por haber dado una clave de lectura que muestra cómo la corrupción en la Jerarquía fue una premisa necesaria para controlarla, manipularla y obligarla mediante el chantaje a actuar contra Dios, contra la Iglesia y contra las almas. Y este modus operandi -que la Masonería había descrito minuciosamente antes de infiltrarse en el cuerpo eclesial- es especular al adoptado en las instituciones civiles, donde los representantes del pueblo, especialmente en los niveles más altos, son chantajeados en gran medida porque son corruptos y están pervertidos. Su obediencia a los delirios de la élite globalista conduce a los pueblos a la ruina, a la destrucción, a la enfermedad, a la muerte -a la muerte no sólo del cuerpo, sino también del alma. Porque el verdadero proyecto del Nuevo Orden Mundial -al que Bergoglio está esclavizado y del que extrae su legitimidad de los poderosos del mundo- es un proyecto esencialmente satánico, en el que la obra de la Creación del Padre, de la Redención del Hijo y de la Santificación del Espíritu Santo es odiada, borrada y falsificada por los simia Dei y sus servidores.
Si ustedes no hablan, gritarán las piedras
Ser testigos de la subversión total del orden divino y de la propagación del caos infernal con la celosa colaboración de la cúpula vaticana y del Episcopado, nos hace entender de cuán terribles son las palabras de la Virgen María en La Salette –Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo– y qué odiosa traición constituye la apostasía de los Pastores, y la aún más inaudita apostasía de quien se sienta en el Trono del Beatísimo Pedro.
Si yo permaneciera en silencio ante esta traición -que se consuma con la temible complicidad de muchos, demasiados Prelados que no quieren reconocer en el Concilio Vaticano II la causa principal de la actual revolución y en la adulteración de la Misa católica el origen de la disolución espiritual y moral de los fieles- faltaría al juramento que hice el día de mi Ordenación y que renové con ocasión de mi Consagración episcopal. Como Sucesor de los Apóstoles no puedo ni quiero aceptar asistir a la demolición sistemática de la Santa Iglesia y a la condenación de tantas almas sin intentar por todos los medios oponerme a todo ello. Tampoco puedo considerar que un silencio cobarde en aras de una vida tranquila sea preferible al testimonio del Evangelio y a la defensa de la Verdad Católica.
Una secta cismática me acusa de cisma: eso debería bastar para demostrar la subversión que se está produciendo. Imagínense qué imparcialidad de juicio ejercerá un juez que depende del que acuso de usurpador. Pero precisamente porque este asunto es emblemático, me gustaría que los fieles -que no tienen por qué conocer el funcionamiento de los tribunales eclesiásticos- comprendieran que el delito de cisma no se consuma cuando existen razones fundadas para considerar dudosa la elección del Papa, a causa del vicio de consenso y por las irregularidades o violaciones de las normas que rigen el Cónclave. (cf. Wernz – Vidal, Ius Canonicum, Roma, Pont. Univ. Greg., 1937, vol. VII, p. 439).
La bula Cum ex apostolatus officio de Pablo IV estableció a perpetuidad la nulidad del nombramiento o elección de cualquier prelado -incluido el Papa- que hubiera caído en la herejía antes de su promoción a cardenal o elevación a Romano Pontífice. Define la promoción o elevación como nulla, irrita et inanis, es decir, nula, inválida y sin valor alguno, “aunque haya tenido lugar con la concordancia y el consentimiento unánime de todos los Cardenales; ni siquiera se podrá decir que haya sido convalidada por la recepción del cargo, de la consagración o de la posesión […], o por la entronización […] del mismo Romano Pontífice o por la obediencia que todos le presten y por el transcurso de cualquier tiempo en el dicho ejercicio de su cargo”. Pablo IV añade que todos los actos realizados por esta persona deben considerarse igualmente nulos y que sus súbditos, tanto clérigos como laicos, quedan libres de obediencia hacia él, sin perjuicio, sin embargo, por parte de estos mismos súbditos, de la obligación de lealtad y obediencia que deben prestar a los futuros Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales y al Romano Pontífice canónicamente sucesores.
Pablo IV concluye: “Y para mayor confusión de los así promovidos y elevados, si pretendieran continuar la administración, sea lícito solicitar el auxilio del brazo secular; ni por esta razón los que rehúyan la fidelidad y obediencia a los que han sido de la manera ya mencionada promovidos y elevados, sean sujetos a ninguna de aquellas censuras y castigos infligidos a los que quieren deshacer el manto del Señor”.
Por esta razón, con serenidad de conciencia, considero que los errores y las herejías a los que Bergoglio adhirió antes, durante y después de su elección y la intención puesta en su supuesta aceptación del Papado hacen nula su elevación al Trono.
Si todos los actos de gobierno y magisterio de Jorge Mario Bergoglio, en su contenido y en su forma, resultan ajenos e incluso en conflicto con lo que constituye la actuación de cualquier Papa; si hasta un simple creyente e incluso un no católico comprenden la anomalía del rol que Bergoglio está desempeñando en el proyecto globalista y anticristiano llevado adelante por el Foro Económico Mundial, las Agencias de la ONU, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, el Banco Mundial y todas las demás ramificaciones tentaculares de la élite globalista, esto no demuestra en absoluto mi voluntad de cisma al poner de relieve y denunciar esta anomalía. Sin embargo, se me ataca y se me persigue porque hay quienes se engañan pensando que condenándome y excomulgándome mi denuncia del golpe de Estado pierde consistencia. Este intento de silenciar a todos no resuelve nada y, de hecho, hace más culpables y cómplices a quienes tratan de ocultar o minimizar la metástasis que está destruyendo el cuerpo eclesial.
La “deminutio” del papado sinodal
A esto se agrega el Documento de Estudio El Obispo de Roma que el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos publicó recientemente (aquí) y la degradación del Papado que se teoriza en él en aplicación de la Encíclica Ut uum sint de Juan Pablo II, que a su vez se refiere a la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II. Parece totalmente legítimo -y correcto, en nombre de la primacía de la Verdad Católica consagrada en los documentos infalibles del Magisterio papal- preguntarse si la elección deliberada de Bergoglio de abolir el título apostólico de Vicario de Cristo y optar por llamarse a sí mismo simpliciter Obispo de Roma no constituye de alguna manera una deminutio del propio Papado, un ataque a la constitución divina de la Iglesia y una traición al Munus petrinum. Y bien mirado, el paso anterior lo dio Benedicto XVI, que inventó -junto con la “hermenéutica” de una imposible “continuidad” entre dos entidades totalmente ajenas- el monstruo de un “Papado colegial” ejercido por el jesuita y por el emérito.
El Documento de Estudio cita no por casualidad una frase de Pablo VI: El Papa […] es sin duda el mayor obstáculo en el camino hacia el ecumenismo (Discurso al Secretario para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 28 de abril de 1967). Montini había comenzado a preparar el terreno cuatro años antes, estableciendo enfáticamente el triregno. Si ésta es la premisa de un texto que debe servir para hacer “compatible” el Papado romano con la negación del Primado de Pedro que rechazan los herejes y los cismáticos; y si el mismo Bergoglio se presenta como primus inter pares en la asamblea de las sectas y denominaciones cristianas no en comunión con la Sede Apostólica, faltando a la proclamación de la doctrina católica sobre el Papado definida solemne e infaliblemente por el Concilio Vaticano I, ¿cómo se puede pensar que el ejercicio del Papado y la misma voluntad de aceptarlo no estén viciados por una vicio de consentimiento, tal que haga nula o al menos altamente dudosa la legitimidad del “papa Francisco”? ¿De qué “Iglesia” podría separarme, a qué “Papa” me negaría a reconocer, si la primera se define como una “Iglesia conciliar y sinodal” en contraposición a la “Iglesia preconciliar” -es decir, la Iglesia de Cristo- y el segundo demuestra que considera el Papado como una prerrogativa personal de la que puede disponer modificándolo y alterándolo a su antojo, y siempre en coherencia con los errores doctrinales implícitos en el Vaticano II y en el “magisterio” postconciliar?
Si el papado romano -el papado, para entendernos, de Pío IX, León XIII, Pío X, Pío XI, Pío XII- es considerado un obstáculo para el diálogo ecuménico y el diálogo ecuménico es perseguido como la prioridad absoluta de la “Iglesia sinodal” representada por Bergoglio, ¿de qué otra manera podría materializarse este diálogo, si no es en la eliminación de aquellos elementos que hacen al papado incompatible con él, y por lo tanto manipulándolo de una manera totalmente ilegítima e inválida?
El conflicto de tantos hermanos y fieles
Estoy convencido de que entre los obispos y sacerdotes hay muchos que han experimentado y experimentan aún hoy el desgarrador conflicto interior de verse divididos entre lo que Cristo Pontífice les pide (y ellos lo saben) y lo que el que se presenta como Obispo de Roma impone por la fuerza, con chantajes y con amenazas.
Hoy es tanto más necesario que los pastores despertemos de nuestro letargo: Hora est jam nos de somno surgere (Rom 13, 11). Nuestra responsabilidad frente a Dios, a la Iglesia y a las almas nos exige denunciar inequívocamente todos los errores y desviaciones que hemos tolerado durante demasiado tiempo, porque no seremos juzgados ni por Bergoglio ni por el mundo, sino por Nuestro Señor Jesucristo. A Él daremos cuenta de cada alma perdida por nuestra negligencia, de cada pecado cometido por ella a causa nuestra, de cada escándalo ante el que hemos callado por falsa prudencia, por quietud, por complicidad.
En el día en que debería comparecer frente al Dicasterio para la Doctrina de la Fe para defenderme, he decidido hacer pública esta declaración mía, a la que añado una denuncia contra mis acusadores, su “Concilio” y su “Papa”. Ruego a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que consagraron la tierra del Alma Urbe con su propia sangre, que intercedan ante el trono de la Majestad divina, para que obtengan que la Santa Iglesia sea finalmente liberada del asedio que la eclipsa y de los usurpadores que la humillan, haciendo de la Domina gentium la sierva del plan anticristiano del Nuevo Orden Mundial.
En defensa de la Iglesia
La mía no es, pues, una defensa personal, sino la de la Santa Iglesia de Cristo, en la que he sido constituido Obispo y Sucesor de los Apóstoles, con el mandato preciso de custodiar el Depósito de la Fe y de predicar la Palabra, insistir oportuna e inoportunamente, reprender, exhortar con toda paciencia y doctrina (2Tim 4, 2).
Rechazo con vehemencia la acusación de haber rasgado el manto inconsútil del Salvador y de haberme sustraído a la suprema autoridad del Vicario de Cristo: para separarme de la comunión eclesial con Jorge Mario Bergoglio, primero tendría que haber estado en comunión con él, lo cual no es posible, desde el momento que el mismo Bergoglio no puede ser considerado miembro de la Iglesia, debido a sus múltiples herejías y a su manifiesto extrañamiento e incompatibilidad con el cargo que inválida e ilícitamente ostenta.
Mis acusaciones contra Jorge Mario Bergoglio
Frente a mis Hermanos en el Episcopado y todo el cuerpo eclesial, acuso a Jorge Mario Bergoglio de herejía y cisma, y como hereje y cismático exijo que sea juzgado y apartado del Trono que indignamente ocupa desde hace más de once años. Esto no contradice en absoluto el adagio Prima Sedes a nemine judicatur, porque es evidente que un hereje, en la medida en que no puede asumir el Papado, no está por encima de los Prelados que lo juzgan.
Acuso igualmente a Jorge Mario Bergoglio por haber provocado -a causa del prestigio y de la autoridad de la Sede Apostólica que usurpa- graves efectos adversos, esterilidad y muerte en los millones de fieles que han seguido su martilleante llamada a someterse a la inoculación de un suero génico experimental producido con fetos abortados, llegando incluso a hacer publicar una Nota indicando su uso como moralmente lícito. Tendrá que responder ante el Tribunal de Dios por este crimen contra la humanidad.
Por último, denuncio el Acuerdo Secreto entre la Santa Sede y la dictadura comunista china, por el que la Iglesia es humillada y obligada a aceptar el nombramiento gubernamental de obispos, el control de las celebraciones y las restricciones a su libertad de predicación, mientras los católicos fieles a la Sede Apostólica son perseguidos impunemente por el gobierno de Pekín ante el silencio cómplice del Sanedrín romano.
El rechazo de los errores del Vaticano II
Constituye para mí un honor que se me “acuse” de rechazar los errores y las desviaciones implicadas en el llamado Concilio Ecuménico Vaticano II, al que considero completamente desprovisto de autoridad Magisterial a causa de su heterogeneidad respecto a todos los verdaderos Concilios de la Iglesia, que reconozco y acepto plenamente, así como a todos los actos magisteriales de los Romanos Pontífices.
Rechazo firmemente las doctrinas heterodoxas contenidas en los documentos del Vaticano II que han sido condenadas por los Papas hasta Pío XII, o que contradicen de alguna manera el Magisterio católico (cf. Apéndice I). Me resulta cuando menos desconcertante que quienes me juzgan por cisma sean los que se apropian de la doctrina heterodoxa, según la cual subsiste un vínculo de unión “con los que, siendo bautizados, lo son con el nombre de cristianos, pero no profesan integralmente la fe o no conservan la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro” (LG n. 15). Me pregunto con qué descaro se puede desafiar a un obispo a romper una comunión que también se afirma que existe con herejes y cismáticos.
De la misma manera, condeno, rechazo y repudio las doctrinas heterodoxas expresadas en el llamado “magisterio postconciliar” originadas por el Vaticano II, así como las recientes herejías relativas a la “iglesia sinodal”, a la reformulación del Papado en clave ecuménica, la admisión de concubinarios a los sacramentos y a la promoción de la sodomía y de la ideología de “género”. Asimismo, condeno la adhesión de Bergoglio al fraude climático, una insana superstición neomalthusiana engendrada por quienes, odiando al Creador, no pueden sino detestar también la Creación, y con ella al hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.
Conclusión
A los fieles católicos, hoy escandalizados y desorientados por los vientos de novedad y de las falsas doctrinas que promueve e impone una Jerarquía rebelde al divino Maestro, les pido que recen y ofrezcan sus sacrificios y ayunos pro libertate et exaltatione Sanctæ Matris Ecclesiæ, para que la Santa Madre Iglesia recupere su libertad y pueda triunfar con Cristo después de este tiempo de pasión. Que los que han tenido la Gracia de ser incorporados a ella en el Bautismo no abandonen a su Madre, hoy sufriente y postrada: tempora bona veniant, pax Christi veniat, regnum Christi veniat.
Dado en Viterbo, 28 de junio del año del Señor 2024, Vigilia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Fuente: Adoración y Liberación
sábado, 18 de mayo de 2024
SAN VICENTE DE LERINS: REGLA PARA DISTINGUIR LA VERDAD CATÓLICA DEL ERROR
viernes, 8 de marzo de 2024
La firmeza doctrinal del Padre Pío
Este último año de un siglo cada vez más decadente ha visto en el mes de mayo la beatificación del Padre Pío ese santo religioso que Dios ha colocado como un signo para nuestra época. En efecto, mientras se quiere hacernos creer en una nueva Iglesia "carismática", no se encuentran más auténticos "santos milagrosos" como todos aquellos que jalonaron la historia de la Iglesia desde Pentecostés. El Padre Pío parece terminar así su radiante procesión, y de una magnífica manera: como el único sacerdote que llevó los estigmas de Nuestro Señor Jesucristo.
Se ha escrito mucho sobre el Padre Pío -al parecer, más de seiscientas obras- y se ha insistido mucho sobre lo que tenía de extraordinario en su vida: no solamente sus numerosos carismas (penetración de conciencias, curaciones, resurreciones, bilocaciones, éxtasis, aromas, profecías, etc...) sino también los increíbles sufrimientos que sobrellevó desde su más tierna infancia, las persecuciones sufridas por parte de algunos hombres de Iglesia y hasta de cofrades en religión. Todo esto, sin olvidar sus dos grandes obras de caridad: la fundación de la " Casa del sufrimiento" y de los "Grupos de oraciones".
Entonces, se nos presenta al Padre Pío como un santo más admirable que imitable, y -al fin de cuentas- las lecciones más interesantes de esta vida corren el riesgo de escapársenos, junto con las aplicaciones prácticas que podrían transformar nuestra existencia. Así es que vamos a tratar -bien que imperfectamente- de destacar algunas, esperando saber sacar provecho de ellas, y pidiendo que el Padre, desde lo alto, nos asista fuertemente tal como lo ha prometido a todos los que quisieran ser sus "hijos espirituales".
En el punto de partida de una vida totalmente sacrificada por Dios y por las almas, que había una familia pobre, piadosa y numerosa, donde la abnegación de cada uno suavizaba y transfiguraba las demás realidades diarias. Esto confirma aquella justa sentencia de Mons. de Ségur, que dice que en las familias donde no reina el espíritu de sacrificio las vocaciones están más comprometidas.
Bautizado al día siguiente de su nacimiento -por lo que dará gracias a Dios durante toda su vida- recibió el nombre de Francisco, preludio de su vocación franciscana que se habría de revelar con ocasión de las visitas de un hermano capuchino que iba a mendigar el alimento para su convento.
Su vocación no se decidiría sin esfuerzo: "Sentía dos fuerzas que se enfrentaban en mí, desgarrándome el corazón: el mundo me quería para él, y Dios me llamaba a una nueva vida. Dios mío, ¿cómo describir mi martirio? El único recuerdo de la lucha que se desarrollaba en mí me hiela la sangre en las venas..."
Entró en el noviciado cuando aún no había alcanzado los dieciséis años. Arriba de la puerta de la clausura, para acogerlo, estaba un cartel: "O la penitencia, o el infierno".
Su programa consistía en muchas oraciones, bastante trabajo y poca lectura, limitándose ésta al estudios de la Regla y las Constituciones.
El Hermano Pío pronto se empezó a destacar por la abundancia de las lágrimas que derramaba durante la oración de la mañana, consagrada en los capuchinos a la meditación sobre la Pasión, lo cual lo obligaba a extender un pañuelo ante sí, sobre el piso del santuario. Como con San Francisco, fue ante todo por esa amorosa y compasiva contemplación de Jesús crucificado a lo que el Padre Pío debió la gracia de recibir más tarde los dolorosos estigmas en su cuerpo. Sin embargo, como se lo confiaría a su director espiritual, el Padre Agostino, "las luchas espirituales, en comparación con las que sufro en mi carne, son muy superiores".
Parece que Dios espera que los justos expíen más especialmente en sí mismos, por medio de la tentación, los pecados públicos de sus contemporáneos. En la época en que el psicoanálisis desculpabilizante iba ganando más y más terreno, el Padre Pío -como la pequeña Teresita- tuvo que sufrir una terrible crisis de escrúpulos "casi insoportable" que lo atormentó por tres largos años. Después de la tempestad, la noche. Noche del espíritu que duró varias decenas de años, tachonada con raras claridades: "vivo una noche perpetua(...) me veo molestado en todo, y no sé si obro bien o mal. No es un escrúpulo, lo sé: la incertidumbre de no saber si agrado o no al Señor es lo que me aplasta. Y esto, en todo y todo lugar: en el altar, en el confesionario... en todo lugar". Sus máximas deben ser meditadas bajo la perspectiva de estas pruebas místicas: "El amor es más bello en el temor, porque es así como nos fortalece". O "Cuanto más se ama a Dios, menos se le siente".
Santa Teresita le opuso su pequeño caminito de la infancia espiritual al orgulloso racionalismo de su tiempo, pero también lo expió con unas terribles tentaciones contra la fe. Se conoce su famoso "¡ Quiero creer !"
También el Padre Pío conoció pruebas violentas y prolongadas contra la fe, como lo testimonian sus cartas dirigidas al Padre Agostino: "Las blasfemias me atraviesan el espíritu sin cesar y, más todavía, las ideas falsas, como las ideas de infidelidad y de falta de fe. Me siento el alma traspasada en cada instante de mi vida, me muero... Mi fe es todo un esfuerzo de mi pobre voluntad contra toda persuasión humana. En suma, mi fe es el fruto de los continuos esfuerzos que hago sobre mí mismo. Y todo esto, Padre mío, no es algunas veces por día, sino que es algo continuo... ¡ Padre mío, qué difícil es creer !"
Son preciosas lecciones para nosotros, si nos extrañamos por ser tentados hasta allí.
¿Comó sobrellevó el Padre Pío estas terribles pruebas?
De la forma en que lo había aprendido durante su noviciado: con la oración asidua, la mortificación de sus sentidos, la fidelidad costare lo que costase a las exigencias del deber de esta doy, por fin, con la obediencia perfecta al sacerdote encargado de su alma.
Esta experiencia, duramente adquirida, le permitió muy rápidamente atraer sobre sí almas deseosas de perfección, y ser exigente con ellas: a sus dirigidos, desde un primer momento les trazaba un programa de cinco puntos: confesión cada semana, comunión y lectura espiritual diarias, examen de conciencia cada noche, oración mental dos veces por día. En cuanto al Rosario, se imponía por sí mismo.
"La confesión es el baño del alma. ¡Hay que hacerla cada ocho días por lo menos! ¡Si en una habitación bien limpia y hasta desocupada, entramos luego de ocho días, verán que en ella hay polvo, y tiene la necesidad de ser limpiada de nuevo!"
A aquel que se declara indigno de comulgar, el Padre Pío le contestaba: "Eso es muy verdadero, no somos dignos de un don semejante. Sin embargo, acercarse al Santísimo en estado de pecado mortal es una cosa, y ser indigno de Él es otra cosa completamente diferente. Todos nosotros somos indignos, pero es Él quien nos invita. Es Él quien lo quiere. Humillémosnos y recibámoslo con un corazón contrito y lleno de amor".
A otro que le decía que el examen de conciencia le parecía inútil, pues en cada una de sus acciones su conciencia le mostraba claramente si lo que hacía era bueno o malo, le replicaba: "Está bien dicho, pero todo mercader avisado de este mundo no se limita a controlar durante el día si perdió o ganó luego de cada venta. A la noche hace sus cuentas de todo el día para establecer lo que conviene hacer al día siguiente. De esto se sigue que es indispensable hacer cada noche un riguroso examen de conciencia, breve pero lúcido".
"El daño que produce en las almas la privación de la lectura de los Libros Santos me hace temblar de horror... ¡Qué fuerza tiene la lectura sagrada para conducir a cambiar el camino, y para hacer entrar en el camino de la perfección hasta a las personas mundanas!"
Cuando el Padre Pío fue condenado a no poder ejercer ningún ministerio, ocupó sus tiempos libres, no para leer el diario, "el evangelio del diablo", sino numerosos libros de doctrina, historia y espiritualidad. Lo cual no le impidió decir: "A Dios se lo busca en los libros, pero se lo encuentra en la oración.
Sus consejos para la oración eran muy simples: "Cuando no logren meditar bien, no dejen por eso de hacer su deber. Si las distracciones son numerosas, no pierdan el ánimo, hagan la meditación pacientemente, y ganarán a pesar de todo. Fijen el tiempo, la duración de su meditación, y no se muevan de su lugar hasta no haberla terminado, aún si debieran ser crucificados... ¿Por qué ustedes se inquietan tanto por no saber meditar como quisieran? La meditación es un medio para alcanzar a Dios, no es un fin. La meditación apunta al amor de Dios y del prójimo. Amen a Dios con toda su alegría y sin reservas, amen al prójimo como a sí mismos y habrán realizado la mitad de su meditación".
Lo mismo para la asistencia al Santo Sacrificio de la Misa: debe consistir más en actos (contrición, fe, amor) que en consideraciones intelectuales.
A quien le preguntaba si era necesario seguir la Misa con un misal, el Padre Pío le respondía que el misal soló le era necesario al sacerdote. Para él, la mejor manera de asistir al Santo Sacrificio era unirse a la Virgen de los Dolores, al pie de la cruz, en la contemplación y el amor. Solamente en el paraíso -aseguraba- uno podrá darse cuenta de todos los beneficios que habremos recibido participando de la Santa Misa.
El Padre Pío, que era tan afable y agradable en las relaciones humanas, podía volverse duro y rígido cuando el honor de Dios estaba en juego, particularmente en la Iglesia: "El murmullo de los fieles era interrumpido por el Padre, que fulminaba con la mirada a cualquiera que no observara una actitud de oración... Si alguien permanecía de pie, aunque fuese por falta de lugar, lo invitaba perentoriamente a ponerse de rodillas para participar dignamente del Santo Sacrificio de la Misa".
El monaguillo demasiado desenvuelto se llevaba también sus reproches: "Chiquito, si quieres ir al infierno, no tienes necesidad de mi firma".
También le había declarado la guerra sin cuartel a las modas de la posguerra: "El Padre Pío, sentado en su confesionario abierto, vigila todo el año que las mujeres y las jóvenes que se confiesan con él no lleven vestidos cortos (exigía que las faldas oculten las rodillas). A menudo había lágrimas: ¡esperar tanto tiempo para confesarse y hacerse excluir por causa de una falda demasiado corta!... Entonces, algunas almas buenas se adelantan para ofrecer su ayuda: en un rincón se descose un dobladillo, o se presta un abrigo. Luego, el Padre acepta a veces admitir a las humilladas a la confesión ".
A su director espiritual, que un día le reprochó su conducta a veces tan severa, le contestó: "Puedo obedecerle; sin embargo, Jesús es quien me va diciendo cada vez cómo actuar con la gente".
Se trataba, entonces, de una severidad inspirada desde arriba, únicamente querida por el honor de Dios y la salvación de las almas: "Las mujeres que buscan la vanidad en sus vestidos no podrán revestirse jamás de la vida de Jesucristo, y pierden todo adorno del alma desde que ese ídolo entra en su corazón".
Y que no le reprocharan una falta de caridad: "Les ruego que no me aflijan más llamando a la caridad, pues la caridad más grande es la de arrancar a las almas ligadas por Satanás para ganarlas para Cristo".
Modelo de respeto y de sumisión hacia sus superiores eclesiásticos y religiosos, en particular en ocasión de las persecuciones contra su persona, no podía permanecer mudo ante una desviación nefasta para la Iglesia.
Antes mismo del fin del concilio, en febrero de 1965, se le anunció que pronto habría que celebrar la Misa con un nuevo rito ad experimentum en lengua vernácula, y elaborada por una comisión litúrgica conciliar para responder a las aspiraciones del hombre moderno. Antes mismo de tener el texto ante sus ojos, le escribió inmediatamente a Pablo VI para pedirle dispensa de esta experiencia litúrgica y poder seguir celebrando la Misa de San Pío V.
Ante el Cardenal Bacci, el enviado del Papa que se había desplazado personalmente para traerle esa autorización, el Padre Pío dejó escapar una queja: "Por piedad, terminen rápidamente el Concilio". El mismo año, en medio de la euforia conciliar que prometía "una nueva primavera" para la Iglesia y para el mundo, el Padre le confió a uno de sus hijos espirituales: "Recemos en esta época de tinieblas. Hagamos penitencia por los elegidos".
Y, sobre todo, por aquel que debe ser su pastor de aquí abajo. Toda su vida se iba a "inmolar" por el Papa reinante, cuya foto se encontraba siempre entre las pocas imágenes de su celda.
Otras escenas harto significativas de reacciones contra el aggiornamento que las órdenes religiosas experimentaron desde el día siguientes del Vaticano II fueron éstas (las citas están extraídas de una obra que posee el Imprimatur): "El Padre General (de los franciscanos) vino de Roma antes del Capítulo especial para las Constituciones, en 1966, para pedirle al Padre Pío oraciones y bendiciones. Lo encontró en el comedor del convento: Padre, he venido para encomendarle el Capítulo especial para las nuevas Constituciones. Apenas oyó, Capítulo especial, nuevas Constituciones, el Padre Pío hizo un gesto violento y lanzó ¡no son más que palabras y ruinas!. Pero qué quiere, Padre, las nuevas generaciones...los jóvenes evolucionan a su manera...hay nuevas exigencias. El Padre Pío le dijo es el cerebro y el corazón los qué faltan, nada más: la inteligencia y el amor.
"Luego, se dirigió hacia su celda; se dio vuelta, y lo apuntó con su dedo, diciéndole; ¡No nos desnaturalicemos, no nos desnaturalicemos! ¡En el juicio de Dios, San Francisco no nos reconocerá como sus hijos!"
Un año después, la misma escena, pero para el aggiornamento de los capuchinos: " Un día, unos cofrades estaban discutiendo con el Padre Definidor General sobre los problemas de la Orden, cuando el Padre Pío, tomando una actitud extraña, se puso a gritar, fijando su mirada a lo lejos; ¿Pero qué están haciendo en Roma? ¿qué están combinando? ¡Hasta quieren cambiar la Regla de San Francisco! Y el Definidor le dijo: Padre, estos cambios se proponen porque los jóvenes no quieren saber más nada de la tonsura, del hábito, de los pies descalzos.
"¡Expúlsenlos fuera! ¡Expúlsenlos fuera! ¿Pero qué? ¿Ellos le hacen un favor a San Francisco tomando el hábito y siguiendo su modo de vida, o más bien es San Francisco quien les hace un gran don?"
Si se considera que el Padre Pío fue un verdadero alter Christus, que toda su persona, cuerpo y alma, fueron tan perfectamente conformes como le fue posible a los de Jesucristo, este rechazo neto del Novus Ordo Missae y del aggiornamento, debe ser para nosotros una lección que hay que retener. También es notable que el Buen Dios haya querido llamar a Sí a su fiel servidor poco tiempo antes de la imposición implacable del Novus Ordo en la Iglesia y la orden capuchina. Y también lo fue que Datharina Tangari, una de sus hijas espirituales más privilegiadas, haya sostenido tan admirablemente a los sacerdotes de Ecône hasta su muerte, un año después de las consagraciones de 1988.
El Padre Pío era aún menos complaciente con el orden -o más bien, con el desorden- social y político: "Confusión de ideas y reino de ladrones" (en 1966...) Profetizó que los comunistas llegarían al poder "por sorpresa, sin esfuerzo... Nos daremos cuenta de la noche a la mañana".
Lo que no debe extrañarnos es que los pedidos de Nuestra Señora de Fátima no hayan sido escuchados. Hasta le precisó a Mons. Piccinelli que la bandera roja ondearía sobre el Vaticano, "pero eso pasará".
En esto, de nuevo, su conclusión se aproxima a la de la Reina de los Profetas: "Pero al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará". ¿Cómo? Por la omnipotencia divina, ciertamente, pero provocada por las dos grandes fuerzas del hombre: la oración y la penitencia. Es la gran lección que Nuestra Señora quiso recordarnos con insistencia al principio de este siglo: Dios quiere salvar al mundo por la devoción al Corazón Inmaculado de María, y no existe ningún problema, material o espiritual, nacional o internacional, que no pueda ser resuelto por el Santo Rosario y por nuestros sacrificios.
También esta fue, sin duda, la última lección que el Padre Pío ha querido dejarnos, por medio de su ejemplo y sobre todo, por los "Grupos de oración" que difundió por el mundo entero.
"No abandonaba nunca el Rosario, hasta tenía uno bajo su almohada. Rezaba varias decenas de Rosarios por día".
Algunas horas antes de expirar, como se lo urgía a decir todavía algunas palabras más, no supo decir otra cosa que esto: "Amen a la Santísima Virgen y háganla amar. Recen siempre el Rosario".
La próxima glorificación del Venerable Padre Pío ciertamente va a despertar en muchas almas la curiosidad y la admiración por su persona. Podemos aprovechar esto para hacer que se recuerden sus lecciones, si es que sabemos aprovecharlas nosotros mismos, en el amor misericordioso de los Santísimos Corazones de Jesús y María.
HERMANO JUAN
(Tomado de la "Carta a los amigos de San Francisco", del
Convento de Morgon, Francia)
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