viernes, 31 de octubre de 2025
domingo, 31 de agosto de 2025
La embrujada de Plaisance, por Monseñor Cristani
Una extraña historia
La embrujada de Plaisance De Francia pasamos a Italia y estamos esta vez en pleno siglo xx. Un caso curiosísimo se ofrece a nosotros en la región de Plaisance. Para guiarnos tenemos un librito de Alberto Vecchi, intitulado Interviú ta col diavolo (Entrevista con el diablo).
Una noche de mayo, en 1920, un buen hermano franciscano, Pier-Paolo Veronesi, trabajaba en la sacristía de la iglesia del convento de S. Maria di Campagne, en Plaisance, cuando una mujer se presentó a pedirle una bendición. Deseaba que se la diera en el altar de la Virgen. El hermano se prestó en seguida a este deseo, que le pareció inspirado de piedad mariana. Pero se sorprendió un poco cuan do la mujer, cuyo rostro estaba marcado por una profunda tristeza, le pidió permiso para hablarle un instante en la sacristía. El hermano creyó que tenía alguna pena, alguna prueba dolorosa, pero no pudo negarle los pocos minutos de conversación que ella le solicitaba.
Con voz sofocada primero, luego a medida que hablaba, con algo más de seguridad, la mujer hizo entonces las confidencias más asombrosas. ¿Qué decía? A ciertas horas, una fuerza desconocida se apoderaba de ella, hacía mover todo su cuerpo a pesar suyo. Entonces ella, sin quererlo, empezaba a bailar horas enteras hasta caer en el agotamiento. Cantaba arias de ópera que nunca había oído, tenía conferencias frente a un auditorio imaginario, en un idioma desconocido. A menudo, experimentaba la necesidad irresistible de romper con los dientes todo lo que le caía en mano. Desgarraba y hacía trizas con ira toda la ropa blanca de su marido. Otras veces como si fuera una gacela, y con gran terror de las personas presentes, saltaba de silla en silla, se subía a la mesa, rugía, aullaba, maullaba, hasta el punto de que los que la oían se creían en una jaula de bestias feroces. Además, hablaba a veces de cosas lejanas y desconocidas, y se verificaba luego que había dicho la verdad. Después de escenas terroríficas en casa de ella, cuando se desplomaba por la fatiga, su cuerpo quedaba durante días enteramente negro e hinchado, al punto de inspirar piedad a todos cuantos la veían.
Ultimo indicio: cuando se encontraba en estado crítico, sabía poco después que sus padres, aunque residían muy lejos, habían sido incomodados ellos también como si un fluido misterioso hubiera pa sado de ella hasta ellos.
—¡Créame, padre, que mi vida se ha tornado un infierno! Tengo dos niños y pese a esto no pienso más que en la muerte que sería para mí la liberación.
El padre no podía creer todo este relato.
Pero como era capellán del asilo de psiquiatría, llegó simplemente a la conclusión de que tenía enfrente a una persona con el cerebro algo enfermo. Se limitó a hacerle algunas preguntas:
—¿Todo esto es completamente exacto?
—Sí; innumerables testigos pueden atestiguarlo.
—¿Y esto ocurre desde hace mucho tiempo?
—Desde hace siete años.
—IY qué le han dicho los médicos?
—He consultado a todos los médicos de Plaisance, los que conocía, y todos ellos me han dicho con palabras más o menos claras que mi caso era un caso de histerismo.
Ante estas palabras el padre se sintió aliviado. Era justamente lo que él mismo había pensado.
—Entonces — le dijo—, ¿sabe usted de lo qué se trata?
—No, porque siento que no soy ni una histérica ni una loca.
—¿Y entonces? —Entonces —repuso la mujer— al ver que no podía recibir ninguna ayuda de los hombres, sentí la necesidad de refugiarme en Dios. He ido, a pesar de muchas repugnancias, a todas las iglesias del pueblo para rezar y para que me dieran la bendición. Cada vez que me han dado la bendición me he sentido mejor durante algunos días. Pero he ido tantas veces que tengo miedo que me consideren loca y no me atrevo a hacerlo más. Pero escúcheme lo que me ocurrió.
"Me dijeron que había en las colinas un sacerdote de la parroquia cuyas bendiciones eran particularmente eficaces. Quise ir junto a él. Cierto domingo, después de almorzar, con un coche y un caballo que la comuna de San Giorgio me habían prestado, me dirigía hacia allí con mi marido y varios de mis parientes. El caballo, excelente para el trote, devoraba la distancia. De pronto, se detuvo y no quiso adelantar. Se le castigó en vano hasta hacerle salir sangre. ¡Se estancaba, se debatía, pero no avanzaba un paso! Entonces, sin saber lo que me pasaba, salté del coche sin dejarme retener por mis acompañantes y me puse a volar — es la palabra que conviene — a cerca de medio metro sobre el suelo, a través de los campos y subí así la colina hasta el campanario de la parroquia donde íbamos. Los fieles salían de la bendición de la tarde. Todos me vieron subir hacia la iglesia, aullando y gesticulando: los perros ladraban, las gallinas se dispersaban, y yo llegué entonces al lugar. Todos se apartaron, y yo con la cabeza gacha y el cuerpo horizontal, entré por la puerta en tornada de la iglesia y me tiré cuan larga soy al pie del altar mayor sobre el cual había un cuadro de San Expedito. El cura, seguido por los demás, corrió y al ver lo que ocurría me bendijo. Volví entonces en mí y durante días me encontré mejor...
Todo este relato no hizo más que confirmar las sospechas del padre Pier-Paolo.
—Son ésos — dijo con tono incierto — fenómenos muy extraños; sí, muy extraños.
Luego despidió a su interlocutora, diciéndole:
—Escúcheme, puesto que la bendición la alivia, venga sin miedo cuando quiera. Si yo no estoy aquí, siempre habrá alguno de mis colegas para bendecirla.
Escena reveladora
Pasaron varios días. La mujer volvió para hacerse bendecir. Pero mientras el hermano Pier-Paolo le da la bendición en el altar de la Virgen, la mujer se pone, apoyada contra una columna cerca del coro a ulular con la boca cerrada, como lo hace un perro cuando sueña. Luego con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en la columna, las manos juntas, entona un canto prodigioso. Canta con una voz apasionada, rica, deslumbrante, ;que hace correr a todos los niños de la vecindad para oírla! Y cuando ha terminado habla en lengua des conocida, sin cambiar de postura; parece debatirse contra una potencia invisible, y llega a pronunciar insultos, con furor, como los de una loca en el paroxismo de la cólera.
En ese preciso instante, otro sacerdote cruzaba por la iglesia: el padre Apollinaire Focaccia. Y pudo oír primero el canto, luego las imprecaciones en idioma desconocido. Por la noche dijo a su colega:
—¿Ha observado usted a esta mujer?
—Sí; ¿por qué?
—¿No le ha impresionado a usted?
—Para decirle la verdad, no. Como capellán de las locas, estoy un poco acostumbrado ...
—¡Ah! Pero ¡cuidado! ¡Para mí esta mujer está poseída!
—No exageremos — repuso el hermano Pier-Paolo —. No hay que meter al diablo en todo, por cualquier cosa, como lo hacen las gentes del pueblo, cuando se trata de cosas explicables, naturalmente. Y además ¡lo que no se explica hoy la ciencia humana lo explicará mañana sin duda! . ..
—No estoy de acuerdo con usted —repuso el padre Apollinaire —. Piénselo bien. ¿Cómo quiere que esta mujer pueda hablar un idioma desconocido? Se mueve, con toda evidencia, en un mundo misterioso y ¡ese mundo es el demonio! .. .
—Padre Apollinaire, venga entonces conmigo al asilo de psiquiatría y le haré ver casos muy interesantes que la ciencia no ha podido llegar a explicarse del todo.
—Iré encantado, pero dígame. ¿Ha visto un caso que se parezca en algo a éste?
—¡Francamente no!
—Entonces tenemos el derecho de admitir, a título de hipótesis, y sin ofender a la ciencia, la posibilidad de una intervención diabólica. Esta persona parece muy normal. Pero hay en ella una personalidad muy distinta a la de ella. Ha oído usted cómo canta. ¡Ninguna cantante entre las más famosas de nuestro siglo haría otro tanto! ¿Y qué decir de esas injurias extrañas proferidas en idioma aún más extraño? No; no me quitará usted la idea de que esta mujer está poseída. Es cierto que no estamos ya en la Edad Media. Se veían por todas partes, entonces, sortilegios y diabluras. Pero no debemos pretender saber más que los Evangelios, más que Jesús, que San Pablo y San Pedro, que han hablado del Diablo como de un ser muy real. San Pablo en la Epístola a los Efesios dice que los demonios están "en el aire". El fenómeno de la posesión es conocido desde la más remota antigüedad. La Iglesia ha instituido una Orden de exorcistas y no es por nada. El diablo, según nuestros misioneros en países paganos, está muy activo entre los pueblos que permanecen en las tinieblas del paganismo. No hay duda alguna que puede también actuar en el seno de nuestros pueblos bautizados, pero de los cuales una parte ha renegado de la fe de bautismo . ..
Largamente todavía el padre Apollinaire desarrolló su pensamiento. El hermano Pier-Paolo estaba un poco vacilante pero no convencido del todo.
—Todo lo que dice usted, amado padre, es muy cierto, pero no discuto la doctrina, discuto solamente el hecho y dudo que esta mujer esté realmente poseída.
En casa del obispo
La mañana siguiente, el padre Pier-Paolo, presa de algún escrú pulo, después de la discusión de la víspera, se presentó en casa de su obizpo, monseñor Pellizzari, y le expuso en detalle todos los hechos que acabamos de relatar.
Después de un buen rato de reflexión el obispo dijo simplemente:
—¡Amado hermano, proceda al exorcismo!
—Excelencia —replicó rápidamente el padre—, ¿cree verdaderamente necesario el hacerlo?
—Sí — repuso el obispo sin vacilación.
—¿Y soy yo quién debe hacerlo?
—Sí, usted.
—¿No podría encargarse esto a algún otro?
—O usted o monseñor Mosconi, el vicario general, pero sería mejor que fuese usted porque conoce a la persona.
—Discúlpeme, Excelencia — observó el padre —, pero si mal no recuerdo, he oído decir que el Diablo, durante el exorcismo se yergue contra el que lo hace e inventa toda clase de cosas desagradables sobre él. Si esta mujer está realmente poseída...
— Pero ¿quién puede dar fe a los decires del Diablo? ¿No sabe usted que el Demonio es el padre de la mentira? ...
Finalmente, el padre Pier-Paolo tuvo que inclinarse ante la voluntad del obispo. De regreso del obispado estaba bastante afligido. Le parecía una aventura terrible tener que afrontar al Demonio. Era un excelente religioso pero algo timorato y temía entrar en una lucha en la cual le costaría predominar. Pero la orden del obispo era formal. Se sometió, rezó, durmió poco, y se puso en el deber de cumplir la misión que le había sido confiada. Por la mañana fue a ver al doctor Lupi, director del asilo de psiquiatría, a quien expuso en detalle lo que le ocurría; el médico, muy interesado por su relato, le pidió asistir a los exorcismos, que era justamente lo que el padre quería proponerle.
Primer exorcismo
El primer exorcismo tuvo efecto el 21 de mayo de 1920, a las catorce. Se efectuó en una sala del primer piso, arriba de la capilla. La posesa llegó en compañía del marido, de su madre, de un amigo de la familia y de dos jovencitas. El padre estaba ayudado por un colega encargado de anotar todo lo que iba a ocurrir, el padre Giustino, y por el doctor Lupi, director del asilo.
Arrodillados delante de un pequeño altar, los dos padres rezaron primeramente, como lo ordena el Ritual, las letanías de los santos.
La posesa, sentada en un sillón de junco, se estiraba como una fiera salvaje que sale de su sueño. Súbitamente, se oyeron en latín las primeras palabras del exorcismo:
Exorcizo te, inmundissime spiritus, omne pbantasma, omms leglo . ..
Ante estas palabras, la posesa, agarrándose con ambas manos las puntas de los pies, se elevó del suelo, en un salto de rara elegancia, luego cayó verticalmente y se estiró como una gacela y quedó de pie en medio de la sala. Su cuerpo se había transformado por completo. Su rostro era horroroso; empezó a lanzar injurias contra el exorcista, gritándole con voz tonante y sin acentos femeninos:
—Pero ¿quién eres tú, entonces, que te atreves a venir a combatir conmigo? ¿No sabes que soy Isabó y que tengo las alas largas y los puños robustos?
Luego salió de boca de la posesa una tirada de insultos contra el exorcista.
Anonadado, sorprendido, casi desconcertado, el padre se sintió un instante reducido al silencio. Pero cobró en seguida coraje, sin saber cómo, y exclamó con fuerte firmeza:
—Yo, sacerdote de Cristo, te ordeno a ti, seas quien seas, y te ordeno en nombre de los misterios de la Encarnación, de la Pasión y de la Resurrección de Jesucristo, por su Ascensión a los Cielos, por su venida en el Juicio Final, de permanecer tranquilo y no dañar a ninguno de los que están aquí y de obedecer todo lo que yo te ordeno .. .
Luego se trabó el siguiente diálogo ante la emoción general:
—En nombre de Dios, ¿quién eres?
—¡Isabó! —gritó la mujer, cuyo rostro se había enrojecido y los ojos parecían lanzar llamas.
—¿Qué significa esa palabra Isabó?
En lugar de contestar la mujer se mordió los brazos y las manos y trató de atrapar la vestidura del exorcista. No obstante dijo por fin:
—Este nombre significa que está tan bien "embrujado", que no se le puede resistir.
—¿Qué poder tienes?
—El que me dan.
—¿Qué poder te dan?
—¡Tantas fuerzas! . . .
—¿De quién recibes esas fuerzas?
—¡De la persona que sabe conjurarme! . . .
—Pero ¿qué italiano hablas entonces?
—No soy italiano — aulló la mujer o mejor dicho el espíritu que la poseía, con tono despectivo y lanzando nuevas injurias, lo cual iba a renovarse muchas veces durante los exorcismos.
—¿De dónde vienes? —prosiguió el padre, sin conmoverse.
—Pero ¡me das órdenes como si fuera tu esclavo! ...
—Dime de dónde vienes.
—¡No!
—¡En nombre de Dios, de ese Dios que conoces bien, dime de dónde vienes!
Al oír el nombre de Dios, la mujer había vuelto el rostro, como un toro que hubiera recibido un palo en el hocico, y permaneció un instante inmóvil, negándose a contestar.
Los presentes estaban jadeantes frente a esta escena impresionante.
—En nombre de Dios — prosiguió el sacerdote —, por Su sangre, por Su muerte, dime de dónde vienes.
—De los desiertos lejanos.
—¿Estás solo o tienes compañeros?
—Tengo compañeros.
—¿Cuántos?'
Después de un instante de tergiversación, el demonio respondió: siete, y dio nombres tan extraños como el suyo propio.
—¿Por qué entraste en este cuerpo?
—Por un violento amor no compartido.
—¿No compartido por quién?
—¡Eres un imbécil! —¡Contesta! ¿Quién no ha respondido a ese amor?
—¡Este cuerpo! — aulló la mujer, dándose un fuerte golpe en el pecho.
—¿Y por qué no le has correspondido? Con una voz orgullosa, altanera, desdeñosa, la mujer dijo:
—¡Porque no era justo!
—Entonces ¿este cuerpo se convirtió en tu víctima?
Como toda respuesta a estas palabras del padre Pier-Paolo, la posesa dejó oír una risa horripilante, pero con la boca cerrada y los labios estirados como hocico de animal, lo cual hizo correr por todos los presentes un relámpago de espanto.
—¿Cuándo entraste en este cuerpo?
Ante esta pregunta y después de muchas contorsiones la res puesta fue:
—En 1913, el 23 de abril, a las cinco de la tarde . . .
Las apremiantes preguntas del exorcista obligaron a la mujer a confesar que ese día, en efecto, un espíritu extraño, como consecuencia de un maleficio lanzado por un brujo, había entrado en ella por medio de un bocado de cerdo salado rociado con un vaso de vino blanco...
En el curso del mismo exorcismo el padre preguntó si era verdad que el demonio había invadido también al resto de la familia, y la respuesta fué afirmativa.
—¡Caso de telepatía! —observó el padre.
—¡Imbécil! —replicó el demonio.
Pero cuando el exorcista lo intimó a salir del cuerpo que poseía, Isabó aulló: — ¡no!
—¡Vete! —gritaba el padre.
—¡Jamás! —¡Te ordeno que te vayas!
—¡No me voy: soy Isabó!
Y en una violenta crisis de rebelión la posesa se deshizo de los asistentes, con las manos tendidas y los ojos llameantes, se arrojó sobre el sacerdote, agarró sus vestiduras, desgarró su estola, haciéndola pedazos con gritos de fiera:
—¡Tardaron siete días —gritaba el demonio— para hacerme entrar en este cuerpo y tú quieres hacerme salir en un sólo exor cismo! . ..
El momento era crítico. El médico, impasible, tenía los ojos fijos sobre la posesa. El sacerdote la bendijo con el agua santa y como si la hubieran quemado con carbones ardientes, se arrojó al suelo encogiéndose y retorciéndose.
—¿Cuándo te irás? —insistió la voz del padre.
—¿Cómo hacer —repuso el espíritu con un tono de profunda tristeza— cuando, mientras tú trabajas para hacerme salir, otros están trabajando para que me quede?
—¡Sal! —exclamó el exorcista, posando la extremidad de su estola sobre el hombro de la mujer.
Al contacto de la estola, saltó como una gacela, y como enloquecida de terror, se puso a gritar:
—¡Quitadme este peso! —y huyó.
—¡Detente! — gritó el padre. Pero la mujer siguió corriendo y gritando:
—¡Quitadme este peso! ¡Quitadme este peso!
La escena duró algún tiempo. El demonio había declarado que no saldría sino vomitando el bocado de cerdo salado que había constituido el sortilegio. Pero en vano llevaron una palangana para que la mujer lo hiciera. Varias veces pareció vomitar algo y no eran jamás los alimentos ingeridos en la última comida.
A la pregunta: ¿cuáles son las palabras que te hacen sufrir más, espíritu inmundo?", después de muchas negativas y ante la conminación del exorcista, el demonio terminó por responder con terror, en medio de un silencio general:
—Sane tus! Sanctus! Sanctus!
Y, de hecho, se pudo observar en los exorcismos siguientes que estas tres palabras que llamamos en la liturgia la trisagion producían sobre el demonio un efecto de aniquilamiento.
Mientras que el demonio las pronunciaba mezclaba a ellas aullidos que llenaban de espanto a todos los presentes. El mismo doctor Lupi estaba de pie, pálido y tembloroso.
Este primer exorcismo habia durado hasta la noche. La pobre posesa parecía exhausta y el hermano Pier-Paolo no se mostraba me nos agotado. Hizo al demonio una última conminación: la de no hacer ningún daño ni a la posesa ni a su familia. Este, después de haber prometido, lanzó una mirada amenazadora y disimulada al sacerdote, luego pareció seguir con los ojos sobre los muros de la sala, como a una cabalgata de espectros invisibles, fue sacudido por un espasmo y cesó toda manifestación. La mujer pareció salir de un profundo sueño. Estaba pálida, pero normal. Sin duda acusaba una profunda fatiga, pero no se acordaba de nada.
La sesión había terminado.
—¡Y bien!, hermano Pier-Paolo —dijo el padre Apollinaire—, ¿cuál fue el resultado?'
—Esta mujer está realmente poseída — repuso el padre. Esta vez ya no podía dudarlo. Pero estaba asustado del poder del adversario.
—;Es increíble —decía— hasta qué punto el espíritu del mal es capaz de resistir a los medios de acción que tenemos contra él!
Y con la cabeza gacha regresó a su celda, con la esperanza de encontrar allí un poco del reposo que le hacía tanta falta.
Su compañero, el padre Giustino, había tomado nota de todo cuanto había ocurrido y es de la versión taquigráfica suya de donde hemos extraído lo contado, de acuerdo con el texto de Alberto Vecchi.
Comprobaciones
Tendríamos que seguir paso a paso a este excelente guía para dar cuenta de todas las batallas que fue menester librar todavía, desde el 21 de mayo, fecha del primer exorcismo, hasta el 23 de junio, fecha del último. En el intervalo no hubo menos de trece sesiones. Relataremos más adelante la liberación de la infortunada posesa. Pero debemos insistir sobre las comprobaciones hechas en el trayecto, mediante los interrogatorios que permitían las sesiones de exorcismo.
En primer lugar, había en este caso de posesión un maleficio inicial, lanzado por un brujo de la región. La acción malsana de los maleficios no podía fácilmente, pues, ponerse en duda. La brujería es un hecho. ¡Y es un hecho aún actualmente en nuestras campiñas como en las de Italia y sin duda en otras partes!
De hecho, se había sabido en el curso de los exorcismos que existían siete brujos en la región de Plaisance solamente.
En segundo lugar se comprobó, por las confesiones del Demonio, que en la brujería existe como una especie de Ritual diabólico, en virtud del cual ciertas formas mágicas, con el permiso de Dios, tienen el poder de actuar sobre los diablos, de obligarlos a obedecer, y hacerlos entrar en tal o cual persona y tomar posesión de ella. Hay ahí todo un aspecto poco conocido de la realidad infernal.
En tercer lugar, para resistir a los ataques del demonio, tenemos medios eficaces, que son sobre todo la oración, los sacramentos, la invocación de los ángeles, de los santos, la protección de la Virgen María, etc.
En el capítulo siguiente, veremos el inmenso poder que Dios se ha dignado dar a la Virgen Inmaculada. Y ya por la experiencia tan concluyente de Antoine Gay, hemos aprendido de la misma boca de un demonio, que María es, en toda la fuerza del vocablo, nuestra Madre del Cielo ¡y esta palabra lo dice todo!
Por fin, parece que los nombres bajo los cuales los demonios se embozan son completamente arbitrarios.
Si creemos a Isabó, son, por lo menos en el caso de la embrujada de Plaisance, los brujos de la región los que habían dado a los siete demonios que estaban dentro de ella, los nombres más o menos exóticos que tenían. Además de Isabó, sabemos los nombres de Erzelai'de, Eslender, etc.
Y estos diversos demonios eran todos diferentes los unos de los otros; más aún, parecen haber sido poco simpáticos los unos con los otros.
Lo impresionante son los estragos y los males de la posesión cuan do se desata dentro de una persona humana. Vamos a recoger sobre este punto las confidencias del marido de la posesa de Plaisance.
Las quejas de un marido
Un día que el padre Pier-Paolo se preparaba a un exorcismo y que el padre Giustino se ocupaba de llenar la pila de agua bendita que tanto iban a necesitar, el marido de la posesa lanzó esta exclamación:
—¡Esperemos que este asunto se termine pronto! ...
—Comprendo —repuso el padre—, ¡debe haber pasado horas emocionantes!
—¿Horas emocionantes? Horas terribles, querido hermano. Podría contarle mil episodios, pero le puedo citar por lo menos algunos. Cantidad de veces, por la noche, al volver de mi trabajo, encontraba el fuego apagado y toda la casa revuelta. Mi mujer silbaba, maullaba, rugía, bailaba sobre una silla, sobre una mesa, sobre cualquier mueble. Otras veces, la encontraba dedicada a desgarrar con rabia los trajes, la ropa. Entonces, cuando me veía, me gritaba enfurecida "¡Dame algo para romper! ¡Rápido! ¡Tengo necesidad de romper, de arruinar, de destruir!" Y al decir esto trabajaba con las uñas y los dientes de manera furibunda .. .
—A ese paso — interrumpió el padre Pier-Paolo — su ropa debe estar reducida al mínimo ... .
—¡No me queda nada! ¡Ella lo ha destruido todo! Hace poco no tenía más que dos camisas, la puesta y la que estaba lavándose. Ahora, para estar más seguro, dejo todo lo que tengo en casa de los vecinos. Pero el drama de mi mujer no termina ahí. Otras veces la encontraba debajo de la mesa, toda encogida, la cabeza metida en los hombros, como un animal atrapado en una trampa, y los músculos tendidos como para afrontar a un enemigo y sofocarlo. Yo la llamaba: "¡Thérése!" Ella me contestaba con una voz ronca: "¡Yo soy Isabó, y yo soy el que manda!" Al principio creí que era una broma: "¡Thérése, te estoy hablando a ti!" La misma voz sombría contestaba: "¡Yo soy Isabó y yo soy el que lleva los pantalones!"
"Entonces salía de abajo de la mesa, y se lanzaba sobre mí con los puños por delante como para pegarme en la cara. Y naturalmente, junto con esto cantidad de injurias. Una noche que estaba más can sado y más asqueado que de costumbre, proferí un grueso insulto contra ese Isabó, pero mi mujer se lanzó sobre mí como un gato encole rizado y me agarró por el cuello. Tuve mucho trabajo para deshacerme de ella. ¡Hubiérase dicho que sus fuerzas se habían centuplicado! ...
—Y qué hacía usted cuando encontraba a su mujer en ese estado?
—Dejaba caer al suelo mis herramientas de trabajo —repuso el marido con desaliento —, comía un pedazo de pan y trataba de ayudar a esta pobre mujer hasta las once de la noche, a veces hasta mediano che, hasta que la veía recobrar su buen sentido.
—¿Y los niños?
—Al principio tenían miedo y gritaban, pero pronto se acostumbraron, como ocurre con los chicos. Si era por la mañana corrían a la calle a divertirse, y si era a la noche se decían "mamá se pone a bailar, vamos a acostarnos". Y se iban.
—¿Y usted no tenía ya esperanza de ver acabarse todo eso?
—Ninguna esperanza. Los médicos nos daban siempre las mismas respuestas y no sabían qué decirnos. Yo había llegado a un punto tal de desaliento que tenía miedo de perder la cabeza y de hacer alguna barbaridad.
—Pero ahora — insinuó el padre — hemos reemplazado las recetas de los médicos por la autoridad de la Iglesia, nuestra Madre, ¡y podemos estar seguros del resultado final!
—Sí padre. ¡Ahora me siento completamente tranquilo y seguro!
¿No era ya muy hermoso haber devuelto la esperanza a este excelente hombre? Pero sus quejas tan legítimas nos hacen medir la extensión del peligro que podríamos correr sin la protección divina, que mantiene a los demonios a distancia de la inmensa mayoría de los hombres, no permitiéndoles, como tendremos oportunidad de decirlo, más que la "tentación", fenómeno espiritual al cual nadie escapa.
El duodécimo exorcismo
Hemos llegado al 21 de junio. Es el día del duodécimo exorcismo. Tres días antes, el Demonio ha declarado que no se iría antes del 23 de junio, a las cinco de la tarde. Pero ya estaba muy debilitado. Desde los comienzos del décimo segundo exorcismo se tuvo la prueba evidente de ello. La posesa, durante las letanías de los santos y las otras oraciones preparatorias, no actuaba ya como las otras veces. En lugar de estirarse como una fiera que se prepara a saltar, en lugar de lanzar miradas siniestras a los ayudantes y sobre todo al exorcista, se que daba sentada, con la cabeza gacha, la barbilla sobre el pecho, las manos aferradas a los brazos de su sillón, en una actitud de debilidad, de vergüenza y de remordimiento.
Con las primeras palabras que le fueron dirigidas por el exorcista se levantó lentamente, luego se acostó dolorosamente sobre el colchón que estaba posado delante de ella, endureció todos sus miembros y, con los ojos cerrados, esperó. Todos los presentes contemplaban con emoción ese pobre cuerpo reducido casi al estado de cadáver y esperaban algún salto repentino, como había ocurrido tantas veces, o contorsiones, o gritos, aullidos, capaces de helar la sangre de quienes los oían. El exorcista, sin mucha confianza, echó una mirada al crucifijo posado sobre el altarcito, otra a la pila de agua bendita, para asegurarse que todo estaba pronto para un ataque imprevisto del demonio. Luego hizo las conminaciones comunes:
—Te ordeno que no te muevas y que contestes solamente a mis preguntas. ¿Has comprendido?
¡Ninguna respuesta!
—Contéstame, ¿has comprendido?
Misma falta de respuesta.
—¿No puedes o no quieres contestarme? Siempre el mismo silencio.
El padre se sintió confundido. ¿Cómo forzar al demonio mudo a hablar?' Tuvo una idea.
—¡Si no puedes hablar, levanta un dedo; si no quieres, levanta dos! Ante esta orden formal, en medio del silencio de todos, se vio a la posesa levantar lentamente y como con grande esfuerzo un solo dedo. No podía contestar.
Los testigos de la escena se hallaban profundamente impresionados. El espectáculo de esta criatura, que el demonio había tornado a veces tan violenta, tan autoritaria e imperiosa, y que ahora se mostraba tan cansada, humillada, tan impotente y con una expresión de abatimiento tan profundo, eran de esos que no se pueden olvidar.
El diálogo siguió todavía largo rato, entre el exorcista y la poses¿ que respondía siempre levantando un dedo o a veces dos. Finalmente el padre ordenó:
—¡Levántate! ¡Y devuelve! Con esta palabra aludía a que el maleficio había sido un bocadillo comido hacía siete años y que ella debía vomitar para ser liberada del sortilegio. Muchas veces ya, el padre había dado esta orden: ¡devuelve!
En varias ocasiones la mujer había vomitado algunos bocados que nunca eran alimentos de su última comida. Pero el bocadillo embrujado no había sido echado aún.
Todavía esta vez la mujer se levantó lentamente, lentamente: se colocó delante de la palangana y trató de obedecer, pero en vano. El padre recurrió entonces al trisagion, cuyo poder hemos explicado Sane tus! Sanctus! Sanctus!, dijeron junto con él todos los presentes.
La posesa obedeció y lanzó todavía algo, pero el bocadillo pérfido no salió. Y fué imposible obtener otra cosa de ella.
El gran día
Por fin llegó el gran día. Isabó había dicho: el 23 de junio de 1920. Estaba por verse si era verdad. El doctor Lupi era el más curioso de todos por saber lo que iba a pasar. Todo el mundo fue puntual a la experiencia suprema. El doctor Lupi, más nervioso que de costumbre, golpeaba el piso con su bastón. Las oraciones preparatorias se rezaron con más fervor que otras veces. En la sala de los exorcismos, la posesa avanzo dificultosamente, más pálida, más cansada, más avergonzada que nunca. Se dejó caer en su sillón, con la cabeza inclinada, en la posición de un condenado a muerte sobre la silla eléctrica. Con las primeras palabras del exorcismo, se tendió sobre el colchón, toda tensa, con los ojos cerrados. El doctor Lupi prestaba toda su atención y no deseaba perder ni un detalle de la experiencia.
—En nombre de Dios — exclamó el exorcista —, te ordeno que me obedezcas en todo lo que te mande. ¿Has comprendido?
Silencio.
—Te lo ordeno en nombre de Dios, de la Virgen . . . Siempre silencio.
—¡Si has comprendido levanta un brazo, si no los dos!
Lentamente y como sin fuerzas, la posesa levantó un brazo.
El conmovedor diálogo continuó. Se supo que uno de los demonios que había salido la víspera para atormentar a una tercera persona, la había dejado. Se supo también que todos los otros miembros de la familia que habían estado más o menos obsesionados, desde ese momento quedaban liberados.
Hubo todavía discusiones entre Isabó y el padre, en la cuestión de saber si todos los demonios se irían juntos.
Con lamentables espasmos, con los dos codos apoyados en las sillas vecinas, quiso hacerlo. Esfuerzo inútil; no salió nada.
—Digamos el Sanctus — instó el padre.
Al oír estas palabras ella logró lanzar algo, pero todavía poco. Su cabeza parecía desplomarse. Hubo que sostenerla, tanto parecía estar a punto de morir.
El exorcista en este momento consulta su reloj:
—Son las cuatro y treinta y cinco — dice—. ¡Con toda la autoridad que me viene de Dios te ordeno, espíritu inmundo, que salgas inmediatamente de este cuerpo; si sales en seguida te envío al desierto, al centro del Sahara, si no te mando de vuelta al infierno!
Ante estas palabras todos los presentes temblaron. La hora era trágica. ¡No hay nada que Satán tema tanto como ser devuelto al infierno! Esto nos sugiere un aspecto mal conocido del destino de los demonios. En el Evangelio ya los demonios preferían irse a una piara de cerdos que ser devueltos al "abismo".
En Plaisance, pues, todos los presentes estaban en tensión. Cada uno de los testigos oía las palpitaciones de su corazón y retenía la respiración.
Se vio entonces a la obsesa, ante la orden perentoria del sacerdote, echar lentamente hacia atrás su cuero cabelludo que recayó sobre la espalda como una inmensa peluca que la recubría por debajo de la nuca. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su aspecto era idiotizado y trastornado. Los músculos de su rostro colgaban y su labio inferior parecía inerte, extendido hacia la barbilla. No había ya nada humano en esa faz desfigurada, esos ojos brillantes de lágrimas, esa boca entreabierta, esos pómulos cadavéricos. Todos los que la vieron entonces aseguran que no pudieron dejar de llorar con ella.
Se oyó por fin una voz lúgubre, sofocada, vacilante, que decía con un ronquido:
—¡Yo me ... voy!...
Entonces la cabeza de la mujer cayó sobre la palangana y salieron de su boca una enorme cantidad de cosas innominables.
—¡Vete! ¡Vete! —gritó el exorcista en el colmo de la alegría.
Y en el mismo momento, la obsesa no sintió más sobre ella el peso aplastante de la estola, ni la imposición de las manos. Repentinamente, con una voz fresca, joven, feliz, exclamó:
—¡Estoy curada!
Y su mirada iba de uno al otro de los testigos de la escena victoriosa con una sonrisa de triunfo.
—Y el bocadillo del cual hablaba Isabó? —preguntó el padre Pier-Paolo.
—El bocadillo está sin duda en la palangana — respondió el doctor, que se levantó, se acercó al recipiente y revolvió el contenido con su bastón—. ¡Miren! —dijo. Y al mismo tiempo su bastón levantaba de golpe todo lo que la mujer había devuelto, como si aquello hubiera sido una tela. ¡De hecho, se vio desplegarse ante los ojos de los testigos estupefactos, como un velo bellísimo, todo irisado con los colores del arco iris!
Y una vez levantado ese velo, en el fondo del recipiente vieron el famoso bocadillo tantas veces descripto, en el curso de los exorcismos, por el demonio. Era un bocadillo de cerdo salado, del grosor de una pequeña nuez, con siete cuernos.
Conclusión
El espíritu había cumplido su promesa. El mismo doctor tan incrédulo al principio estaba ya convencido. Había allí una prueba perentoria, decisiva.
La posesa, ya curada, lloraba suavemente, pero sus lágrimas eran lágrimas de gozo. Todos los presentes, además, tenían los ojos llenos de lágrimas. El doctor se ocupaba todavía en revolver la palangana. Los hermanos fijaban los ojos sobre el Cristo vencedor.
El exorcista convidó a todos los testigos a inclinarse delante del altar. La señora liberada del demonio ofrecía a Dios sollozos convulsivos. Salía de la más aterradora de las pruebas. Su error inicial había sido sin duda el de ir a consultar a un brujo que se hacía pasar por curandero, y que se había enamorado de ella. Porque ella había rechazado sus avances, el hombre le había echado un maleficio ¡y acabamos de ver lo que había resultado de ello! Cosa muy curiosa, en el capítulo siguiente vamos a encontrarnos con casi exactamente el mismo caso, pero en otra región completamente distinta y cerca de treinta años más tarde.
En Plaisance, la historia de este exorcismo ha quedado presente en la memoria de todos los contemporáneos. El obispo que lo había ordenado murió repentinamente poco después. ¿Sería una venganza de Satán? Hubo algunos otros hechos todavía que lo hicieron suponer, pero esta misma venganza era una confesión de impotencia. El obispo había cumplido con su deber. La muerte misma no podía despojarlo de ese mérito.
Presencia de Satán en el mundo moderno
Monseñor Cristiani
Capitulo VI
martes, 2 de enero de 2024
Milagros del Escapulario 10 - El Escapulario del Carmen y un indio brujo
jueves, 23 de noviembre de 2023
El Satanismo y los Juegos de Satán
Definición
Definir
es propiamente limitar. La palabra satanismo empleada o insinuada por nosotros
tantas veces desde las primeras páginas de este libro puede tener varios
sentidos. Podemos en efecto considerar a Satán bajo el aspecto de amo o
príncipe de este mundo. Es el nombre que Jesucristo le da en tres ocasiones en
el Evangelio. Pero acabamos justamente de tratar este punto de vista. ¿En qué
medida está presente Satán en el universo nuestro? Hemos dicho que esto varía
según las razas, los países, las civilizaciones, los regímenes políticos. El
vocablo satanismo puede también significar la imitación de Satán por el pecado,
y hemos recordado la frase de Gregorio el Grande según la cual todos los que
cometen pecado, durante el tiempo que obedecen al pecado, son miembros del
"cuerpo místico” de Satán. No nos incumbe conocer la cantidad de hombres
que viven en "estado de gracia", es decir, que están sustraídos, hic
et nunc, a la influencia de Satán. Pero tenemos el derecho de suponer que es
mucho mayor de lo que pensamos, sobre todo si admitimos que los pecadores no
son frecuentemente más que hombres que han dado un paso en falso, o han sufrido
una caída, pero que no desean por tan poco permanecer bajo el poder de Satán.
Por
fin, la palabra satanismo puede significar el culto rendido a Satán, no por un
pecado ocasional y muy rápidamente lamentado y reparado, sino por una adhesión
formal y voluntaria.
Dos
formas de satanismo
Pero
aquí, distinguimos inmediatamente dos formas de satanismo, bastante diferentes
una de la otra; está el satanismo de los que no creen en Satán, como no creen
en Dios, y que por consecuencia no rinden culto, propiamente dicho, a Satán,
aunque toda su vida se desarrolle de acuerdo con los principios y las
sugerencias de Satán.
Para
esta primera forma de satanismo es exacto decir la frase tan frecuentemente
repetida y de la cual hemos indicado los límites: "¡La mejor astucia de
Satán es la de hacer creer que no existe!" Papini cita a este respecto las
palabras del filósofo Alain, en 1921:
"El
diablo ha sufrido la misma suerte que todas las apariciones . . . La misma
guerra, por lo que yo he visto, no ha hecho revivir ni un ápice al diablo y sus
cuerpos." (1)
Pero
es completamente inútil detenernos en esta primera forma de satanismo. Es
puramente negativa. Se encuentra, además, sin la menor mala intención, hasta en
excelentes cristianos que no saben que están en oposición con la ortodoxia y
con el Evangelio.
Lo
que debemos estudiar es el satanismo bajo sus formas activas. Hablamos en
plural porque parece que existieron en el transcurso de los siglos, y sin duda
siguen hasta en nuestros tiempos, por lo menos dos formas muy distintas de
satanismo activo: el satanismo-religión y el satanismo-magia.
El
satanismo-religión
En
cuanto reflexionamos sobre el asunto no podemos dejar de llegar a esta
comprobación asombrosa: ¡La historia del satanismo-religión se confunde con la
historia de las religiones!
Esta
conclusión es tan enorme que requiere una explicación.
La
historia de las religiones está muy adelantada actualmente en sus
investigaciones. No habla mucho en general de Satán. Los demonios no tienen en
ella más que un lugar muy restringido. El historiador de las religiones se
dedica a describir objetivamente las creencias religiosas de los pueblos, a
nombrar a los dioses, a indicar los atributos de cada una de las divinidades
adoradas por tal o cual grupo humano. Expone los ritos mediante los cuales se
honraba a los dioses. No llega en principio a un juicio de valor. No hace
metafísica y menos teología cristiana.
Pero
¿podemos evitar aquí de recurrir a esta última? Puesto que hablamos de Satán y
de su presencia en el mundo, ¿no debemos colocarnos en el punto de vista cristiano,
el único punto de vista según el cual Satán está exactamente situado donde se
halla, efectivamente, en el cuadro general de los seres?
¿Qué
dice, pues, el Evangelio? ¿Qué han dicho los Padres de la Iglesia? ¿Qué enseña
la teología cristiana con respecto al tema de las religiones paganas?
El
Evangelio, y nunca podríamos insistir bastante sobre esto, da a Satán ese
título increíble y sin embargo necesariamente cierto, puesto que es Jesús en
persona quien se lo da: ¡Príncipe de este mundo! ¿Cómo semejante título puede
pertenecer a Satán, si las divinidades paganas no son lisa y llanamente
demonios?
Los
Padres de la Iglesia lo han comprendido así, unánimemente. Para ellos no existe
la menor duda sobre este punto. Los dioses paganos son demonios. Los oráculos
paganos, los de Dodona o de Delfos, y los otros que son menos célebres, son
oráculos demoníacos, manifestaciones de satanismo.
La
teología cristiana ha adoptado, naturalmente, este punto de vista. La
descripción histórica de los paganismos antiguos o modernos no es para nosotros
una diversión del espíritu, una curiosidad literaria cualquiera, sino la
comprobación deplorable de la dominación de Satán entre los hombres.
¿Cómo
ha podido hacerse esta toma de posesión de las adoraciones y de las imploraciones
humanas por Satán y sus demonios? Parece haberse hecho insensiblemente, por un
deslizamiento inconsciente, por una especie de realismo rudimentario. Los
historiadores de las religiones, en efecto, admiten, en general, que en todas
las religiones, la existencia de un Dios supremo, de un Dios soberano,
todopoderoso y todo bondad, está reconocida, pero que estas mismas religiones
relegan casi siempre a este Dios a una lejanía, y reservan los homenajes a todo
un mundo de divinidades inferiores, buenas o malas, que se saben subordinadas
al Dios soberano, pero que se consideran más próximas a nosotros, más mezcladas
a nuestro destino, más útiles, por consiguiente, para invocar o para conjurar.
Finalmente,
en buen número de paganismos, son las fuerzas malhechoras las que se considera
más urgente conciliar y a las cuales se ofrecen sacrificios rituales.
Este
"realismo" rudimentario, esta manera de recurrir, en cierto modo, a
lo más urgente, parece haber sido el origen de todas las mitologías paganas, de
todos los ritos paganos, y de sus mezclas ulteriores en sincretismos prácticos
de los cuales el Partenón de Agripa nos da un indicio.
Lo
que es indudable es que a los ojos de los judíos, y mucho más aún de los
cristianos, todas las divinidades no podían ser más que demonios. De ahí la
lucha heroica de parte de los judíos en tiempos de los Macabeos, sobre todo, y
de parte de los cristianos durante todo el período de las persecuciones
sangrientas. De ahí esta especie de horror sagrado que los cristianos sentían frente
a lo que ellos llamaban los "ídolos", es decir, los vanos simulacros
del culto demoníaco pagano.
Desde
el punto de vista que adoptamos aquí es, pues, evidente que la historia de las
religiones (si ponemos a un lado la única religión verdadera, la de los
Patriarcas, luego la de Moisés y por fin la religión cristiana) no es otra cosa
que la historia del satanismo. Y es sólo así que podemos comprender la
expresión: Príncipe de este mundo, atribuida por Cristo a Satán.
Cuando
comparamos la exigüidad del culto del verdadero Dios, de Yahweh primero, luego
del Verbo encarnado, a la inmensidad del dominio de los falsos dioses, nos
vemos obligados a reconocer que si Jesús es el verdadero Rey, tuvo mucha razón
en decir: "Mi reino no es de este mundo."
Y
comprendemos así la insistencia con la cual, en las ceremonias del bautismo
cristiano, se multiplicaban — y todavía se multiplican — los exorcismos para
expulsar al demonio. Dichos exorcismos se encuentran en innumerables ocasiones
en la liturgia católica. Cuando un sacerdote "hace" agua bendita,
pronuncia sobre la sal que va a mezclar con ella las palabras siguientes:
"Te
exorcizo, sal creada por el Dios viviente . . ., para que te conviertas en sal
exorcizada para la salvación de los creyentes; para que seas, para las almas y
los cuerpos de todos los que te usarán, un elemento de bienestar; para que de
todo lugar donde hayas sido repartida sea alejada, echada, toda ilusión, toda
malicia y toda emboscada del Demonio engañador, así como todo espíritu,
inmundo, conjurado por Aquel que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, y
al mundo por el fuego. «¡Así sea!»"
Luego
dice, igualmente, sobre el agua que va a bendecir:
"Te
exorcizo, agua creada en el nombre de Dios, Padre todopoderoso . . ., para que
te conviertas en agua exorcizada que aleje toda potencia enemiga; para que
también seas capaz de alejar y desarraigar al Enemigo mismo, con sus ángeles
apóstatas, por la virtud misma de ese mismo Jesucristo, Nuestro Señor . .
."
Y
además:
"Oh
Dios, que para salvación del género humano has mezclado la substancia del agua
a tus más grandes misterios, atiende en tu misericordia nuestra invocación para
que esta criatura que es tuya reciba de la gracia divina el poder de alejar los
demonios.
Por
fin, en el día de la bendición de las aguas, en la magnífica liturgia del
Sábado Santo, se repite entre otras cosas:
"Ordena,
Señor, que todo espíritu impuro se retire de aquí: aleja de este elemento toda
la malicia y todos los artificios del demonio.
"Que
la potencia enemiga no se mezcle con estas aguas; que no ronde alrededor de
ellas y no se deslice en ellas secretamente; para infestarlas y corromperlas.
Que esta criatura santa esté a cubierto de todo ataque del Enemigo, purificada
por la expulsión de toda malicia.
¿Quién
puede dudar que en estas fórmulas la fe de la Iglesia esté afirmada con
ostentación?
Pero
dirán, ésas no son más que frases, residuos de antiguas creencias que no
constituyen quizás a los ojos de los hombres de nuestra época más que
supersticiones. A lo cual contestamos con hechos. En todos los casos de
posesión que hemos relatado, todos los testimonios de los exorcistas y los
testigos de sus intervenciones son categóricos: no es posible asperjar a un
poseso o una posesa con agua bendita sin que el espíritu maligno que está en
ellos acuse recibo del ataque que se le está haciendo: "¡Me quemas! ¡Me
quemas!", grita. Hay, pues, en el agua bendita una virtud actuante que
hace anular las secretas acciones demoníacas. Y esto nos conduce a otro aspecto
del satanismo.
El
satanismo-magia
Se
admite corrientemente que siempre hubo también un satanismo-magia, paralelo al
satanismo-religión que hemos indicado brevemente. A decir verdad, no han
faltado especialistas de la historia de las religiones y los cultos, que no
hayan pensado y enseñado que la magia había, inclusive, precedido a la
religión, que había sido la primera forma de ella, que todas las religiones
paganas derivaban de la magia. Pero esta opinión parece cada día más descartada
y merece serlo. Es muy poco probable que los hombres hayan empezado por la
magia para derivar luego hacia la religión propiamente dicha.
¿Qué
es, en efecto, la magia, en oposición con la religión?
En
la religión, el hombre se inclina delante de una potencia superior, la adora,
le implora, reconoce su propia debilidad y su impotencia. Admite su
subordinación. En los pueblos actualmente más "primitivos", es decir
menos evolucionados, que han seguido, pensamos nosotros, más cerca de los
orígenes, tales como los pigmeos, esta actitud hacia la divinidad está todavía
en vigor. La religión es hasta más pura que en los pueblos más avanzados.
En
la magia el hombre se vanagloria de un poder misterioso. Lejos de inclinarse
ante la divinidad, cree poder dominarla, inventa y utiliza fórmulas mediante
las cuales estima que puede poner a su servicio las fuerzas superiores a las
cuales se dirige. La mentalidad del mago —o del brujo, ese hermano gemelo del
mago es más rústico— es muy diferente del hombre religioso. ¿Cómo ha podido
llegar un hombre a esa mentalidad? Es para nosotros un misterio. La magia es
mucho más satanista, creemos nosotros, que la idolatría. En la idolatría, hay
un alma de verdad. Se equivocan sobre la naturaleza del objeto que veneran, no
sobre la necesidad de una subordinación o de una imploración. ¡No dirigen esos
homenajes al verdadero Dios, pero no se equivocan al pensar que esos homenajes
son merecidos por Alguien!
En
la magia, hay una especie de sacrilegio, un orgullo de poderío verdaderamente
satánico. El mago da las órdenes. Sabe que a los dioses les llegará su turno,
que harán pagar caro su sumisión pasajera, pero está orgulloso de obligarlos,
de hacerse obedecer por lo menos un día, de tener, mientras las cosas vuelven a
lo justo, un poder que lo hace temible ante sus semejantes y le otorga ventajas
inmediatas.
La
magia, sin duda, procede del mismo realismo grosero que la idolatría. Se ha
adorado a las divinidades inferiores, es decir a los falsos dioses, en
detrimento del único Dios reconocido por los "primitivos", porque
esas divinidades estaban más cerca, eran más útiles de invocar y de conciliar,
pero algunos han llevado aún más lejos este realismo, han pasado de la religión
a la magia, de la sumisión a una especie de pacto implícito que les daba el
derecho de dar órdenes a la misma divinidad. El paso de la religión a la magia
es una deformación, pero es más natural que el paso de la magia a la religión.
Si los hombres hubieran empezado por la magia, no vemos cómo hubieran ido para
atrás, en cierto modo, hacia la religión, al implorar a los representantes de
fuerzas que creían sometidas a su poder.
He
ahí pues dos clases de satanismo bien definidas: el satanismo-religión y el
satanismo-magia. En el primero, Satán es el "Príncipe de este mundo",
porque el mundo entero se Inclina ante sus altares y le ofrece sacrificios; en
el segundo, Satán parece consentir en obedecer a ciertos hombres, cuando
emplean ciertas fórmulas o realizan ciertos ritos, pero no pierde nada con ello
porque sabe que la magia o la brujería es un pagaré contra los que la
practican, de suerte que su dominación sobre ellos será finalmente todavía más
completa y absoluta que sobre cualquiera de sus otros adoradores.
El
satanismo de nuestros días
¿Qué
queda en nuestra época de este satanismo secular? Todo el mundo comprenderá que
es imposible contestar esta pregunta.
El
satanismo-religión, tal cual lo hemos definido, está en vías de desaparecer
rápidamente. Los altares de los falsos dioses son cada día menos numerosos en
el mundo. Esto no significa que la posesión de Satán se extienda menos, puesto
que lo hemos mostrado activo en inmensos imperios. Pero ha cambiado de táctica.
Ha debido adaptarse a la evolución general de la humanidad, de la cual no es el
amo absoluto, por más que desempeña en ella un importantísimo papel.
La
forma más reciente del satanismo es el marxismo ateo. Es satánico por cuanto
niega a Dios y al Diablo, por cuanto niega el alma, por cuanto sólo conoce la
materia como asimismo la vida presente, y porque mutila al hombre segándolo de
su destino de inmortalidad. Satán no tiene qué hacer con el amor de los hombres
y de los mismos demonios. Él es el odio. Su triunfo es la expansión del odio.
Hoy en día la forma de odio más eficaz, más generalizada, es el marxismo ateo.
Odio de clase, odio entre razas, entre los pueblos, odio por todas partes, bajo
el disfraz de una preocupación por el proletariado que es totalmente material,
así es el marxismo. El satanismo-religión, de este modo, logra extenderse mucho
más, es mucho más activo, mucho más pernicioso de lo que ha sido jamás. Sus
mentiras son más enormes, sus negaciones más radicales, sus excitaciones más
homicidas de cómo se las ha conocido hasta ahora.
Todo
el mundo está de acuerdo en que el marxismo es verdaderamente una religión, en
el sentido que moviliza en el corazón de todos sus adherentes la totalidad de
las fuerzas de celo, abnegación, sacrificio, que se encuentran en las efusiones
religiosas.
Pero
esta religión no puede ser denominada sino satánica, puesto que se opone
radical y furiosamente a la fe en Dios.
Con
todo, el satanismo-religión subsiste todavía, en estado de idolatría, en los
pueblos que parecen, por lo demás, abiertos como cosa natural a la invasión
próxima del marxismo-ateo ¡sin que conozcan para nada a Karl Marx!
Satanismo
propiamente dicho
Aparte
de este satanismo-religión, que es, o ateísmo marxista o animismo anticuado,
existe un satanismo refinado y malsano, mucho menos extendido, mucho más oculto
y difícil de descubrir y que es una adoración voluntaria y razonada
de Lucifer. No pretendemos tener datos precisos sobre este satanismo en
nuestros días. Todo cuanto podemos decir es que se trata del satanismo de los
ritos sacrílegos, de las blasfemias conscientes, de las adoraciones
monstruosas, de las "misas negras", por ejemplo, es decir de las
profanaciones sistemáticas y calculadas que "parodian" los homenajes
rendidos a Dios por los creyentes más esclarecidos y más sinceros, para
rendirle a Lucifer otros semejantes.
Tendremos
una idea del satanismo de esta clase, releyendo una nota publicada en el Satán
de los Estudios carmelitanos (pág. 639).
"No
podemos explayarnos — dice esta nota — sobre todos los satanistas o
seudosatanistas de nuestros días. La prensa inglesa del 2 de diciembre de 1947,
anunció la muerte de «Sir» Aléister Crowley, el personaje «más inmundo y más
perverso de Gran Bretaña» como lo calificó «Mr. Justice»."
Interrogado
sobre su identidad, Crowley respondió: "¡Antes que Hitler fuera, YO
SOY/" — Se advertirá esta "payasada" de las palabras del
Evangelio—. Antes de dejar este mundo, dicho brujo septuagenario maldijo a su
médico que le rehusaba, con mucha razón, la morfina, porque él la distribuía
entre los jóvenes: "Puesto que debo morir sin morfina por causa suya,
usted morirá en seguida después de mí." Lo cual ocurrió. El Daily Express
del 2 de abril de 1948, anunció que los funerales del mago negro Crowley habían
provocado las protestas del Consejo Municipal de Brighton. El Consejero, señor
J. C. Sherrot, dijo: "El informe afirma que sobre su tumba fue practicado
todo un rito de magia negra." Sobre la tumba, efectivamente, sus
discípulos habían entonado cantos diabólicos: el "Himno a Pan" del
mismo Crowley, el "Himno a Satán" de Carducci y las Colectas para la
"misa gnóstica" compuestas por Crowley para su templo satánico de
Londres.
Igualmente
la prensa inglesa el 30 de marzo de 1948, dedicó necrologías importantes al
famoso metapsíquico Harry Price, especialista en demonología. En un informe
ratificado por la Universidad de Londres, Price declaró: "En todas las
zonas de Londres, centenares de hombres y mujeres, de excelente formación
intelectual y de condición social elevada, adoran al Diablo y le rinden un
culto permanente. La magia negra, la brujería, la evocación diabólica, estas
tres formas de «supersticiones medievales» son practicadas hoy en Londres en
una escala y con una libertad de movimiento desconocidas en la Edad
Media." Price fue el fundador y secretario a perpetuidad del Consejo para
Investigaciones Psiquiátricas, de la Universidad de Londres.
"A.
Frank-Duquesne nos señala, también, entre las curiosidades «demoníacas»
actuales, el informe del profesor Paul Kosok, de la Universidad de Long-Island,
publicado en los Anales del Museo Norteamericano de Historia Natural, referente
a una exploración realizada en el Perú, en 1946. Los exploradores descubrieron,
sobre quinientos kilómetros de tierra arenosa y desértica, una doble serie de
dibujos, representando unos los signos del zodíaco, otros los pájaros, plantas,
y sobre todo, serpientes policéfalas. En el centro del dibujo de la Serpiente,
se halla una fosa inmensa que contiene esqueletos de hombres y animales,
visiblemente sacrificados. Se le calcula a todo este conjunto dos mil años de
existencia."
Si
hemos reproducido esta importante nota por entero, es sobre todo en razón de
las dos primeras paráfrasis y de lo que ellas nos han revelado de los
"círculos satánicos" muy frecuentados en Londres, dirigidos por
"satanistas" notorios tales como Crowley y Price. Pero, con toda
evidencia, esto no nos da más que una vislumbre muy tenue del
satanismo-religión luciferiana de nuestros días. No es solamente cuestión de
Londres. Es probable que encontraríamos grupos análogos en todas las grandes
ciudades del mundo.
De
hecho, se nos asegura que en París existen actualmente más de diez mil personas
— hombres y mujeres — que rinden un culto religioso y regular a Satán. Pero
está en la naturaleza de las religiones de esta clase huir de toda luz,
revestir el carácter más oculto, y desafiar toda estadística.
Pero
los satanistas de los cuales acabamos de hablar no son solamente los jefes del
culto luciferiano, también son calificados de magos o de brujos, y esto nos
lleva a un examen sumario de la brujería de nuestra época.
El
satanismo-magia actual
Aparte
de los grandes magos-luciferianos que acabamos de nombrar y de los que podemos
sospechar como ejerciendo su acción solapada en nuestras sociedades modernas,
existen además en nuestras campiñas, en cantidad imposible de determinar, pero
que tal vez sea mayor de lo que pensamos, "brujos" rurales, cuyos
libros de cabecera son Los secretos del Gran Alberto, Los secretos del Pequeño
Alberto, El Dragón Rojo. Los dos primeros de estos libros ocultos han recibido
— cosa curiosa — su nombre de la reputación de San Alberto el Grande a quien se
le atribuía el conocimiento de todos los secretos de la naturaleza. Hacer pasar
abominables fórmulas mágicas bajo el patrocinio de un santo venerado es un
ardid bien diabólico. Pero sabemos que más de un brujo de nuestros días, ya lo
hemos subrayado, abusa de imágenes piadosas para realizar su fructífero oficio
de engañador de multitudes.
Es
curioso observar que, en nuestros capítulos anteriores, dedicados a los
exorcismos más recientes, hemos encontrado casos de posesión debidos a
sortilegios de brujería. Si creemos a los demonios conminados a hablar por
nuestros exorcistas, han sido obligados por algún brujo a entrar en tal o cual
persona. Estos mismos brujos, por medio de sortilegios repetidos, les impedían
ceder a las órdenes formales del exorcismo o los forzaban a volver dentro de la
persona a quien las oraciones del Ritual habían liberado por un tiempo.
Todo
esto, a decir verdad, permanece muy oscuro para nosotros. Pero los exorcistas
más calificados son categóricos sobre este punto.
Ocurre
a veces que los tribunales mismos tengan que echar un vistazo furtivo sobre
estas prácticas supersticiosas como en el caso de esa pobre mujer que, hace muy
poco, mató a su marido porque lo creía hechizado o hechicero.
Pero
la justicia humana, evidentemente, no tiene fuerzas para luchar contra esta
clase de atentados, porque escapan, en general, a los testimonios humanos y es
imposible administrarles la prueba jurídica.
Lo
que parece indudable es que existen hombres y tal vez mujeres, que creen,
obedeciendo a libros de magia increíbles, ponerse en contacto con Satán,
concertar un pacto con él y obtener a este precio poderes excepcionales que les
permitan ejercer un oficio lucrativo. La brujería forma parte de lo que podemos
llamar el lado nocturno de la vida humana. Siempre existieron, para emplear el
vocabulario de San Juan, las tinieblas frente a la luz. La magia habita en las
tinieblas. Se oculta, huye de las miradas, no ignora que causa en cualquier ser
normal una repugnancia invencible. Pero está orgullosa de lo que cree saber y
sobre todo ¡de lo que cree poder!
Los
juegos de Satán
Aparte
del satanismo-religión y del satanismo-magia, existen todavía los "juegos
de Satán".
En
un discurso ardiente y célebre, San Pedro Crisólogo dijo un día a sus diocesanos
de Ravena: "¡El que haya jugado con el Diablo, no podrá reinar con
Cristo:"
Hablaba
a cristianos, pero a los cuales "el juego con el Diablo" — en este
caso los espectáculos inmorales del circo — tentaba a veces.
En
nuestros días, como en el siglo V, un cristiano debe saber que no se debe jugar
con el Diablo si no se quiere estar expuesto a "no reinar con
Cristo". Pero los juegos del Diablo no son seguramente los mismos, en
conjunto, que les que denunciaba Pedro Crisólogo. O, si son los mismos, ofrecen
en nuestros días aspectos completamente nuevos.
Hemos
hablado ya del cinematógrafo y no volveremos a tocar el tema. Tampoco
hablaremos más del inmenso abuso de la novela, que es, para cantidad de
nuestros contemporáneos, la lectura preferida, y cuyo poder de atracción parece
estar en razón directa de la basura que se expone en ella.
Ningún
cristiano puede poner en duda que la novela tal cual se escribe y triunfa ante
nuestros ojos, con su "realismo" malsano y perverso, sea con
demasiada frecuencia "satánica". ¿No es acaso una razón para repetir
las palabras proféticas de San Pablo a su discípulo Timoteo?
"Llegará
una época en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino, por el
contrario, al capricho de sus pasiones y picándoles los oídos, se darán amos en
cantidad y volverán el oído de la verdad para inclinarse hacia las
fábulas"
¡Ad
fabulas convertentur! Sabemos que la palabra latina con la cual se designa a la
novela es precisamente ésa: fábula. ¡fábulas!
¡Cuántos
de nuestros contemporáneos no buscan su filosofía, su manera de comprender la
vida más que en las novelas que leen y enloquecen a menudo sus imaginaciones y
sus sentidos!
Otros
juegos
Hemos
dicho lo que el santo cura de Ars pensaba y decía del espiritismo.
Mucho
más cerca de nosotros, exactamente el 26 de noviembre de 1955, el padre
Berger-Bergés, el exorcista ya nombrado por nosotros, hacía a una posesa las
cuatro preguntas siguientes:
1º
¿El espiritismo es una ciencia o una mistificación? ¿Eres tú quien está en el
espiritismo?
Respuesta:
por un ademán indica lentamente con la mano ¡que es él!
2º
¿Las mesas giratorias? ¿Eres tú quien las hace girar?
Respuesta:
sí, pero no estoy completamente solo; ¡son necesarias las personas alrededor de
la mesa! ¡Estamos juntos!
3º
En el espiritismo hay escritos firmados Marco Aurelio. ¿Quién firma Marco
Aurelio? ¿Eres tú o alguno de los tuyos? . . . (Insisto firmemente, dice el
padre Berger. . . No contesta, no quiere contestar, me dice, y finalmente me
declara que no tiene permiso para contestar. Después de haber, sin embargo,
esbozado un pequeño ademán que me pareció descubrir y que lo señalaba a él
mismo, hace como alguien que contesta a escondidas ¡para que Dios no vea nada!.
. .)
4º
¿Y las que leen las cartas? Quid?
Satán
contesta: "¡Y bien! ¡Es necesario que las gentes se ganen la vida!" Y
deja entender que los naipes también son uno de los medios por los cuales él
halaga la estupidez humana.
Y
esto nos invita a echar una rápida ojeada sobre este aspecto extraño de nuestro
tiempo; recurrir a la adivinación, que nos retrotrae a las modalidades más
infantiles de los paganismos antiguos.
La
adivinación: cosa satánica
Es
increíble la expansión actual de la práctica de la adivinación popular, bajo
las formas más diversas. Se dan las cifras siguientes para los faquires,
cartománticos, quirománticas, adivinas: seis mil declaradas a la policía en
París solamente y sesenta mil en toda Francia, con una "cifra de
negocios" evaluada en sesenta mil millones por lo menos. Sin duda los procedimientos
antiguos, el examen de las entrañas de las víctimas, del vuelo de los pájaros,
del murmullo del viento en los bosques o de los dibujos que trazan las aguas
bullentes en una fuente, han desaparecido para siempre. Pero están los naipes,
o el estudio de las líneas de la mano, la interpretación del residuo de las
heces de café y otros muchos procedimientos, tan válidos los unos como los
otros. Y está, como en la antigüedad, la astrología, que se considera la forma
más erudita de discernir los destinos humanos. Existen todavía en nuestros días
astrólogos. Y aseguran —no sin imprudencia — que tienen pruebas perentorias del
valor de sus predicciones.
La
verdad es que todas estas pretensiones son, no solamente vanas, sino
rigurosamente absurdas. Son seguramente formas de la "mentira" de la
cual el demonio tiene la secular especialidad. A los astrólogos, que podemos
considerar como los más distinguidos de los adivinos, nos bastará oponer las
palabras de un maestro de la astronomía científica, G. de Vaucouleurs.
Hablando, al final de su gran obra La Astronomía, que es de 1948, de las
influencias cósmicas sobre los seres vivientes, escribe: "No por cierto
las ilusorias, a las cuales los astrólogos intentan colgar sus divagaciones
seudocientíficas." Y un poco más lejos comprueba que la astronomía, en el
pasado, ha quedado "estrechamente asociada a las supersticiones
astrológicas hasta los comienzos de los tiempos modernos (y aún, ¡ay!,
actualmente en muchos espíritus subevolucionados)", y con estos términos
de desprecio indica bastante la posición de la ciencia de los astros frente a
la adivinación astrológica, en la cual se distinguió otrora un Nostradamus, que
conserva admiradores fanáticos hasta en nuestros días.
Si
esto ocurre con la astrología ¿quién, pues, dará importancia ya, con respecto
al porvenir humano, a los encuentros fortuitos de los naipes o a los
lineamientos más o menos extraños de las heces del café?
Para
un creyente, lo que torna evidente la "mentira" de la adivinación es
la certidumbre de que sólo Dios conoce el porvenir. ¿Cómo lo conoce?"
¿Cómo lo que todavía no es, puede ser objeto de conocimiento para Dios, cuando
la libertad humana está en juego? ¿Y cómo esta preciencia divina es compatible
con nuestra libertad? Todo el mundo sabe que esto constituye uno de los
problemas más difíciles de la metafísica general. Digamos con pocas palabras lo
que nos parece la única solución pensable. Nuestro mundo no es el único
posible. Existen infinidad de mundos posibles, todos diferentes unos a otros.
Pero su posibilidad misma viene de que están llevados desde toda eternidad en
la Mente del Creador. Y en esta Mente, es decir en el Verbo Divino, estos
mundos se desarrollan idealmente al natural, con sus leyes y también con el
juego eventual de las libertades creadas. Cuando Dios decreta que tal mundo
será existente, es decir, será creado por El, con preferencia a otros, las
condiciones de ese mundo no son cambiadas por eso, si no no sería el mundo
deseado y visto por Dios. Los actos libres serán en él libres, y sin embargo
Dios los habrá visto y los ve en el momento en que se producen. Es en este
sentido que Dios conoce el porvenir. Pero como es el único que lleva
eternamente los mundos en su mente, Él es evidentemente el único que conoce el
porvenir. Querer predecir el porvenir, fuera de los casos milagrosos de
profecías divinas, es pues necesariamente diabólico en el sentido en que es una
usurpación a Dios. Se deduce que ningún poder de adivinación ha sido depositado
en el juego de naipes, en las heces del café, en las líneas de la mano, en las
líneas trazadas por la sal sobre la clara de huevo, como tampoco en las
"conjunciones" de los planetas y las estrellas en el momento del
nacimiento de un ser humano. Lo que se llama en astrología un fatum, y que
antaño se llamaba un horóscopo, es pues superchería o superstición.
No
sostendremos, ciertamente, que los miles de adivinos y adivinas que ejercen el
oficio pretendidamente lucrativo de predecir el porvenir, en París y en todas
las grandes ciudades de Francia, sean brujos o brujas vendidos a Satán.
Parecería
que la mayor parte de ellos sólo piensan en practicar un oficio que da
beneficios, sin pensar que ese oficio es inmoral y probablemente diabólico.
Pero no por ello dejamos de tener el derecho de pensar que el demonio saca su
provecho de estas aberraciones y que la adivinación bajo sus formas
contemporáneas, como asimismo bajo sus formas antiguas, no es más que uno de
los "juegos de Satán" en el seno de la humanidad. Y es pues una de
las formas actuales del satanismo-magia, en lo que tiene de distinto del
satanismo-religión.
(1) En una nota, Papini (obra cit., pág. 14) da la siguiente referencia:
"Alain", Propósitos sobre la religión, París, Rieder, 1937, pág.
64.
Presencia
de Satán en el mundo moderno
Monseñor Cristiani
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