Mostrando entradas con la etiqueta P. Ildefonso Rodríguez Villar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta P. Ildefonso Rodríguez Villar. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de mayo de 2025

Mater Dolorosa - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar




1.° La Reina de los mártires. — El dolor es la ley universal que abarca a todos los hombres sin excepción. — El niño, sin que nadie se lo enseñe, gime y llora, y así, entre llantos y gemidos, se deslizará toda su vida. — No podemos huir del dolor..., nos espera donde menos lo creíamos…, quizá cuando son mayores nuestros goces y alegrías...; generalmente éstas son preludio de las lágrimas. — Cuando te venga un fuerte alegrón piensa en algún fuerte dolor o físico o moral…, del cuerpo o del alma..., de dentro o de fuera…, que te ha de venir. — Es locura querer alargar la vida huyendo del dolor. — Cuando menos punzan sus espinas, es abrazándose con generosidad con él... saliéndole al encuentro..., teniéndole gran amistad..., sobre todo, santificando y sobrenaturalizando todo dolor y sufrimiento. 

Jesús quiso ser el Varón de dolores y su Madre la Reina de los mártires. — Esos son los modelos..., ésos los únicos que alivian, con su ejemplo, nuestros sufrimientos, y nos enseñan a santificarnos con ellos. — ¡Bendito el dolor! — Así dijo Cristo: «dichosos los que lloran..., los que sufren..., los que padecen». — No tengas lástima del que sufre mucho, sino del que no sabe sufrir. — Cristo asoció a su Madre a todas sus glorias y grandezas, y por eso la hizo compañera de todos sus sufrimientos. — Al que Dios más ama, más le hace sufrir, para elevarle, como a su Madre, después a mayor gloria y grandeza. — ¡Cuánto sufrió María al pie de la Cruz!... ¡Pero qué grande es María precisamente al pie de la Cruz!... ¡Qué perla faltaría en su corona, si no tuviera la del dolor! — Por tanto, fue necesario que si era Reina, fuera Reina del dolor y del martirio. — Si fue Reina del dolor, debió sufrir más que nadie... Su martirio duró toda su vida. 

A nosotros, nos envía Dios los dolores uno a uno y nos oculta los futuros...; sólo sufrimos los presentes. — A María le reveló ya desde el principio, todo lo que había de sufrir para no ahorrarle sufrimientos... sino más bien quiso que aquella espada la atormentara toda la vida. 


Piensa en sus dolores: cuánto sufrió con la ingratitud..., la traición..., el abandono..., el desamor de que fue objeto su Hijo. — Belén..., Egipto..., Nazaret..., Jerusalén..., el pesebre y el Calvario..., el Templo..., el palacio de Herodes y de Pilatos..., Son todos los lugares en que su corazón se desgarró ¡tantas veces! — Hasta la pérdida de Jesús quiso sufrirla... para enseñarnos a nosotros a sufrir y a buscarle si le perdemos pecando. — Detente a enumerar y ponderar estos dolores. 

2.° Dolor humano y natural. — En todos estos dolores, considera su parte natural y humana. — La medida de todo dolor, es la intensidad del amor. — Sólo nos duele dejar o perder lo que amamos. — A mayor amor, mayor dolor. — Con esta regla, trata de medir el dolor de María... Era un dolor de madre y con esto se dice todo... Es el amos más puro..., más noble..., menos egoísta que en la tierra existe, ¡el amor de una madre! — Por eso, Dios no ha querido que tengamos más que una...; ella sola basta para llenar toda nuestra existencia de cariños inefables..., de besos calientes..., de amores que llenan por completo el corazón... ¡Cómo ama una madre! — Y, ¿cómo amaría la Virgen a su Hijo? — Dios quiso juntar en su Corazón todas las ternuras de todas las madres para que con ese amor amara a su Hijo. — No merecía menos el «Hijo de Dios»... y el que quiso llamarse por excelencia el «Hijo del hombre». — Pues, ¿cuál sería su dolor..., su sufrimiento en la pérdida de su hijo? 

Piensa, además, que el Hijo que perdía era único, que no le quedaba otro con quien consolarse..., que ese Hijo único era el mejor de todos..., que amaba a su Madre, como ningún hijo ha amado a la suya. — Por otra parte, siendo inocentísimo como era, lo perdía como si fuera un criminal...; que no era una enfermedad..., un accidente desgraciado..., sino una traición..., una ingratitud..., una enorme y horrible injusticia, la que le arrebataba la vida... y que eso se llevaba a cabo en medio de atroces tormentos... y en su misma presencia. 

Piensa en aquella íntima unión que entre Jesús y María existía, hasta el punto que en verdad el Hijo era la vida..., el todo de la Madre... y comprende por aquí algo, la intensidad de su dolor de Madre. Además, es cierto que la sensibilidad tiene muchos grados..., que no es igual en todas las personas... y que a mayor sensibilidad, mayor fuerza de dolor. — María era de una delicadeza exquisita..., de un organismo perfectísimo y por lo mismo de una sensibilidad extraordinaria... ¿Cuál sería, pues, el dolor de su corazón al ponerse en contacto con la ingratitud..., con la injusticia..., etcétera? — Recuerda lo que a ti estas cosas, que habrás pasado en grado muy inferior, te han hecho sufrir, y deduce lo que pasaría por el alma de la Virgen. — Detente en cada una de estas circunstancias... Medita muy despacio cada uno de estos motivos... y te convencerás de que con mucha razón, la Santísima Virgen puede aplicarse aquellas palabras de Jeremías: «Mirad y ved, si hay dolor semejante al mío.» 

3.° Dolor divino y sobrenatural. — No podemos abarcar toda la intensidad del dolor humano y natural de María... ¿Cómo podremos, pues, darnos una idea ni siquiera aproximada, de su dolor sobrenatural? — María sufría al perder a aquel que era su Hijo..., al verle padecer y morir... pero sobre todo sufría porque en Él veía a su Dios. 

¿Quién ha conocido como Ella a Dios?... ¿Quién le ha amado como Ella? 

Recuerda los incendios de amor de tantas almas santas..., de los mismos ángeles y serafines...; todo es nada en comparación del amor de María a su Dios. — Pues, ¿cómo sentiría las ofensas..., los insultos..., los tormentos que los hombres le dieron? Si como Madre todos repercutían en su corazón..., como Madre de Dios, ¿qué sería? 

Consta que ha habido almas que han muerto de dolor de sus pecados, considerando lo que con ellos ofendieron a Dios. — Pues, ¿cómo María no murió de dolor a la vista de aquellas ofensas gravísimas que el pueblo escogido infirió a Cristo en su Pasión? 

Además, María sufrió todos estos tormentos indecibles, sin consuelo espiritual de ninguna clase... Los mártires sufrían con alegría abrazados al crucifijo... La vista de Jesús crucificado, alentaba a los penitentes y anacoretas en sus austeridades..., pero para María, el Crucifijo..., la vista de Cristo crucificado, era precisamente su mayor tormento... El mismo que a otros iba a consolar, era el verdugo que atormentaba el corazón de su Madre. — Sus dolores no fueron físicos... Nada padeció en su cuerpo de tormentos y castigos..., pero por eso mismo, fue más intenso su dolor, al ser todo él interno..., puramente espiritual..., ¡verdaderamente divino! 

En fin, el colmo del dolor de la Virgen, fue no sólo el asistir..., el autorizar con su presencia el sacrificio de su Hijo..., sino que tuvo que llegar a desearlo. — Dos hijos tenía María: el hijo inocente... y el hijo pecador, que somos nosotros, — Si quería que viviera el Hijo inocente, no podía salvarse el hijo pecador...; si quería la salvación de éste, debía desear el sacrificio del otro... ¿Qué hacer? — Como Madre, debía de queremos tanto como a Jesús... y tuvo que llegar a querernos más que a El..., porque sabiendo que esa era la voluntad de Dios, quien no perdonó a su propio Hijo..., también fue la suya, y tampoco Ella le perdonó. — Por eso, allí estuvo al pie de la Cruz, muerta de dolor..., deseando..., hasta gozándose en la muerte de Cristo para salvarnos a nosotros... ¡Cuánto amor!, pero también, ¡cuánto dolor!... ¡Cuánto costamos a María ser hijos suyos! 

Y si lo que cuesta es lo que se aprecia y ama, ¿cuánto nos amará ahora, pues tanto la hicimos sufrir? — Pero ya basta..., basta ya de ingratitudes..., no hagas ya sufrir más a tu Madre..., sino ámala aún a costa de tus sufrimientos y de tu vida misma.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)

domingo, 19 de noviembre de 2023

La Castidad - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar

 



LA CASTIDAD I

1.° La virtud blanca. — Es la virtud de la belleza..., de la blancura del alma. — Todas las virtudes son ornamento riquísimo del alma..., pero ninguna la adorna con tanta gracia y hermosura como ésta... «¡Oh, qué hermosa, dice el Espíritu Santo, es la generación casta y pura, llena toda ella de claridad...; qué apreciada es delante de Dios y de los hombres!»

Flores muy bellas de aroma encantador son las demás virtudes..., pero la castidad es la azucena de las mismas..., el lirio que recrea y enamora al mismo Dios. — Así lo canta la Iglesia en sus himnos, cuando dice que «Dios anda siempre entre lirios»... — También ha reservado una bienaventuranza especial para ella: «Bienaventurados los limpios de corazón»... Y es que aunque todo pecado..., toda falta, es una mancha del alma..., parece que ninguna la mancha como la impureza...; ésta es, el pecado feo..., sucio..., vergonzoso, más que ninguno otro pecado. — Es el más aborrecido de Dios..., el que más ofende los ojos purísimos e inmaculados de nuestra Madre.

Para él reservó Dios sus mayores castigos, aún aquí en la tierra: diluvios de agua y de fuego, no dudó en enviar al mundo para purificarle de este vicio repugnante y abominable. — He ahí por qué el demonio, en su afán de vengarse de Dios, es el pecado que más procura que cometan las almas... y es, sin duda, el que más almas lleva al infierno.

La castidad es la virtud más delicada...; cualquier hálito de carne la empaña y marchita.

Es cierto que no se pierde esta virtud solo por sentir la tentación..., aunque sea ésta muy fuerte..., muy repugnante..., muy pesada. — Muchísimos santos, a pesar de su santidad, pasaron por la humillación de sentir estas tentaciones y no dejaron, por eso, de ser grandes santos... Se peca y se pierde la castidad, cuando se consiente libre y voluntariamente en cualquier cosa, por pequeña que sea... y aunque sea por poco tiempo. — Fíjate bien, aunque te parezca poca cosa...; si es impura, ya es pecado..., pues no existe, en este punto, la llamada «parvedad de materia» o materia leve... ¡Qué delicadísima es!... Todo cuidado y mimo es muy poco siempre...; nunca creas que en esto puedes pecar por exageración... Las almas más puras, como la de un San Luis Gonzaga, fueron las más exageradas en esta materia... ¿Cuál sería, pues, la delicadeza exageradísima de tu Madre querida, si tanto fue lo que Ella amó a esta flor bellísima?...

2.° La virtud clara. — Es la virtud de la luz... El alma casta, está envuelta en la claridad de la luz divina... Por eso, «los limpios de corazón son los únicos que ven y verán a Dios»... Luz para el entendimiento..., luz para el alma y el corazón... Los pensamientos puros son diáfanos..., claros más que la luz... Los amores puros, son los amores sinceros y verdaderos..., los únicos que merecen este nombre..., nunca se rebaja tanto el amor como cuando se asienta en la impureza... Eso ya no es amor..., es una pasión baja, llena de egoísmos groseros y de concupiscencias animales.

Es luz para nuestro entendimiento, puesto que la impureza es ceguera y oscuridad de espíritu, que priva al hombre del conocimiento:

a) De sí mismo..., esto es, de su dignidad..., de lo que es..., de lo que debe de ser..., de lo que se debe a sí mismo... Si al cometer el pecado se acordara el hombre de lo que es y de lo que va a ser después, no lo cometería. — San Pablo le llama (hombre animal», esto es, hombre carnal, incapaz de percibir las cosas de Dios. — San Bernardo dice, que en los demás pecados, por ejemplo, de avaricia..., de soberbia, etc., peca el hombre..., pero en este pecado, peca el animal..., porque esa pasión es tan baja y rastrera, que le pone al nivel de las bestias. ¡Qué ceguera de sí mismo!

b) Pero también priva al hombre del conocimiento del pecado que comete..., pues se le conoce cuando no se ha cometido...; entonces es cuando se tiene miedo..., asco..., repugnancia a este pecado. — Pero cuando se le comete, este conocimiento se debilita..., se pierde el miedo y la vergüenza y se llega al escándalo..., al endurecimiento del corazón..., al cinismo desvergonzado.

e) En fin, priva al hombre del conocimiento de Dios. — La impiedad y la incredulidad y la misma apostasía, son casi siempre efectos de la impureza. — La idea de Dios, es algo que turba el placer del hombre carnal y para mejor entregarse a su pecado, reniega de Dios y se aparta de El... Esto hizo Salomón..., Lutero... y tantos otros.

3.° La virtud noble. — Toda nuestra nobleza y dignidad depende de nuestra parte espiritual..., pero ésta es la que cae vencida por la carne…, por la materia en todo pecado carnal. — Hay en nosotros una continua lucha entre el espíritu y la carne...; el primero aspira a subir hacia arriba..., hacia Dios, que es su modelo, ya que el alma es imagen suya...; la carne tiende a bajar..., a arrastrarse por el lodo y la tierra de donde brotó... He aquí la lucha constante que se sostiene en nuestro interior. — Si el espíritu sube, ha de ser triunfando de la carne...; ésta es la virtud de la pureza... Si se deja arrastrar por aquélla y es vencido por la carne, tenemos el pecado impuro.

De suerte que la pureza es el resultado de una victoria... y la impureza de una vergonzosa derrota. — Por eso es la virtud noble..., digna..., valiente..., propia también de los valientes...; es la virtud por excelencia viril..., enérgica..., que no admite la más pequeña claudicación o transigencia.

4.° La virtud de María. — Es, ciertamente, la más querida..., más buscada..., mejor custodiada por la Santísima Virgen. — María es toda blancura, sin mancha posible, pero menos aún mancha carnal... Concebida blanca, persevera en su blancura inmaculada hasta el fin de su vida. — María es la Reina de la luz..., que no tiene menguantes, como la luna..., ni ocasos, como el sol..., sino siempre luz..., toda luz, sin mezcla de sombra de ninguna clase.

Todas las almas, aún las más santas tuvieron alguna mancha..., alguna sombra... María es el único espejo purísimo de la luz indeficiente y eterna de Dios... ¿Cuál sería el conocimiento que tendría con esa luz, de Sí misma..., del pecado..., de Dios?... ¿Qué extraño que tanto ame a la pureza, si es la virtud de la claridad y de la luz?... ¿No ves cómo el impuro gusta de la oscuridad y de las tinieblas?... Ese es su ambiente...: oscuridad de infierno.

Por último, contempla a María acrisolando su pureza, no con luchas ni pruebas..., pues Dios no quiso que sintiera el aguijón de la concupiscencia..., pero trabajando..., vigilando..., orando..., mortificándose como si la sintiera y como si tuviera miedo de perder su virtud... ¡Qué energía tan simpática la suya para guardar y conservar aquella joya inmaculada!... ¿Por qué no eres tú así?


LA CASTIDAD II

1.° La flor virginal. — Todo lo dicho de la blancura..., de la claridad y brillo... y de la nobleza y dignidad de la castidad, se ha de decir, sobre todo de la castidad virginal..., que es el grado más perfecto y más excelso a donde puede llegar esta virtud...; es el grado máximo que eligió la Santísima Virgen para su castidad. — Tanto más meritoria aparece la virginidad, cuanto es más libre y voluntaria en el hombre.

La castidad es obligatoria en todos los estados de vida que elijamos... Hemos de ser castos necesariamente en pensamientos..., deseos..., palabras y acciones...; a esto se reduce el fiel y exacto cumplimiento del sexto precepto de la ley de Dios. — Pero la virginidad es una virtud voluntaria..., a nadie obliga..., sino que libre y espontáneamente la abraza el que quiere.

Gracia muy grande de Dios es ésta, que supone una luz especial para que con ella se conozca la hermosura..., la belleza divina de la virginidad y así conociéndola no se pueda menos de enamorar de ella... y recibirla, no como una carga pesada, sino como un don excelentísimo que Dios concede... ¡Dichosas las almas que han recibido esta luz! — Si el mundo todo la recibiera... y conociera lo que encierra la virginidad, no habría nadie que la desechara. — Es, por tanto, el tesoro escondido del Evangelio, que el que lo encuentra, da todo lo que tiene por comprar su posesión y por no perderlo nunca.

San Pablo dice «que no tiene recibido de Dios mandato para imponer la virginidad, pero que la aconseja como el estado mejor»... Y da la razón. «El que no tiene mujer, dice, únicamente le preocupan las cosas de Dios y cómo ha de agradarle...; al contrario, el que se casa, ha de afanarse por las cosas de la tierra y se halla como dividido su corazón»... «Del mismo modo, sigue diciendo, la mujer que quiere ser virgen, sólo piensa en Dios para ser santa en cuerpo y alma..., más la casada, piensa en las cosas del mundo y en cómo ha de agradar a su marido...; todo esto os lo digo para vuestro provecho..., no para echaros un lazo y engañaros, sino para exhortaros a lo más laudable y hermoso y a lo que da más facilidades para servir a Dios sin embarazo alguno.»

Y después de repetir estas ideas de diversas maneras, corno para sellarlas con toda la autoridad, termina diciendo: «Y estoy cierto que todo esto que digo, me lo inspira el Espíritu de Dios.» — Y así es, sólo Dios puede inspirar y dar a conocer la belleza incomparable de la virginidad...

2.° La flor angélica. — Virtud y flor angélica se llama a la castidad, pero singularmente estas palabras convienen a la virginidad..., porque esta virtud hace al alma virgen, semejante a los ángeles, ya que de tal modo dignifica y ennoblece al que la posee, que transforma..., eleva y espiritualiza su carne de tal manera, que la hace vivir como si su alma no estuviera encerrada en el cuerpo grosero y material..., como si fuera espíritu puro, cual los ángeles.

Muchos Santos Padres comparan a las almas vírgenes con los ángeles, y prefieren a aquéllas, antes que a éstos. — San Ambrosio, dice: «Los ángeles viven sin carne..., las almas vírgenes triunfan de la carne.» — San Pedro Crisólogo, añade: «Es más hermoso conquistar la gloria angélica, que recibirla por naturaleza...; la virginidad conquista en la lucha, y después de muchos esfuerzos, lo que los ángeles de Dios han recibido naturalmente.»

San Bernardo, exclama: «El alma virgen y el ángel, sólo se diferencian en que la virginidad del ángel es más dichosa, pero la del alma virgen es más valerosa y meritoria...» En fin, San Jerónimo escribe: «Apenas entró el Hijo de Dios en la tierra, se constituyó una nueva familia, nunca vista ni conocida hasta entonces: la familia de las vírgenes, para que Él, que en el Cielo era adorado por ángeles, lo fuera también por estos otros ángeles en la tierra...»

He aquí por qué esta virtud hace al hombre tan amable y querido para los ángeles...; porque los ángeles, como todos los seres, aman a sus semejantes... y así no pueden menos de amar a los que tienen esa carne angelizada, y que viven como ángeles en la misma naturaleza corpórea y material. — Por esta misma razón, la belleza de esta flor es perenne y eterna..., como es la de los ángeles..., pues no fundándose en razones canales y materiales que son corruptibles..., carece de principio de corrupción...; y así, cuando todo en la tierra se deshace y se desmorona... y se deteriora con el tiempo, que todo lo consume..., la carne virginal, aunque parezca que con la muerte también se deshace y corrompe, pero conserva como germen la incorrupción moral y física... y un como derecho a la inmortalidad. — Esta es la hermosísima y purísima generación de las almas vírgenes… Parece que es como una nueva generación, distinta de las demás, que conserva dichosamente, en el mundo, el recuerdo de aquel estado de inocencia y pureza, en que fue creado el hombre por Dios, en el Paraíso.

3.° La flor de María. — Ésta es, por antonomasia, la flor predilecta de nuestra querida Madre…, de tal suerte, que esa virtud es la que la denomina con el nombre de la Virgen. — Fíjate bien en ese nombre y la fuerza que tiene al llamar así a María… No la llamamos «la humilde..., ni la obediente»…, etcétera, aunque fue todo eso y modelo acabadísimo de todas las virtudes...; en cambio, se la dice la «Virgen» y parece que ya está dicho todo con llamarla de esa manera.

Por de pronto, Ella no quiere otro título mejor que ése... y hubiera dejado el grandioso de Madre de Dios si fuera incompatible con el de su virginidad. — Ni en las tiendas de los Patriarcas, ni en el seno del pueblo de Dios, se conocía esta virtud... La esperanza de engendrar al Mesías, apartaba a todas las hijas de Israel de apreciar la virginidad... María no encuentra ni un solo modelo de este género en los libros santos, y es que Dios quería que el modelo fuera Ella... y así, con su abnegación sublime, renuncia a la posibilidad de ser Madre de Dios, con tal de seguir la inspiración divina que la inclina a la vida virginal. — Es decir, que en cierto modo renuncia a Dios mismo, para ser más agradable a Dios... ¡Qué extraño que ante este sublime ejemplo, miles de almas hayan querido formar en este ejército blanco, en el que María tremola la bandera purísima de la virginidad! — Sólo estas almas virginales son y serán eternamente las hermosas azucenas que, sin doblar su tallo, y siempre mirando al Cielo, enamoran a Dios... y le obligan a comunicarse con ellas de un modo más íntimo..., más amoroso..., más divino.

No es posible amar a María sin inundarse el corazón en los resplandores y aromas de su castísima y purísima virginidad. — Es Ella el principio de la virginidad... La mirada de María..., el trato y conversación con María, engendra virginidad..., la respira por doquier..., la derrama por todas partes..., como el lirio su fragancia... ¿Por qué no poner tú en la virginidad tu ideal? — Efectivamente, es un gran ideal..., magnífico ideal..., el ideal de María..., el ideal de Dios... Pues bien, el ideal vale más que la vida. — Todo debes sacrificarlo ante él..., todo dirigirlo y encaminarlo para sostener..., conservar..., defender ese ideal tan grande, que llevas en vaso de barro y que se puede quebrar...

 

LA CASTIDAD III

 I.° El lirio entre espinas. — Así se llama esta virtud, y con razón, pues sólo entre las espinas de la mortificación, que la guardan y la defienden puede crecer y desarrollarse. — No olvides que hemos dicho que es una flor delicadísima y muy mimosa...; cualquier cosita la puede marchitar…, que hay enemigos en todas partes dispuestos a presentar batalla, para hacernos caer...; que donde menos quizá lo pensamos, allí nos acecha el ladrón dispuesto a arrebatarnos esa joya, en cuanto pueda y aprovechar cualquier descuido...; en fin que el cofre que la guarda es de barro quebradizo y un golpe sólo puede saltarle y romperle.

Por eso, la castidad requiere un sacrificio constante..., en muchos casos equivaldrá a un verdadero martirio por lo duro..., por lo constante del sacrificio. — San Ignacio mártir, dice: «Que se debe apreciar y estimar a las almas vírgenes como a verdaderos sacerdotes de Cristo, que en su corazón y en su cuerpo, ofrecen sin cesar verdaderos holocaustos al Señor.» — Sólo Cristo podía hacer esta maravilla...; que la debilidad humana obtuviera este glorioso triunfo del espíritu sobre la carne. Sólo Él lo ha hecho... Gloria suya es la castidad..., la pureza..., la virginidad. — Fuera de Cristo..., fuera de la Iglesia, no se da esta flor. — Por eso, llegó a decir San Atanasio, que era «la virginidad una nota característica de la Iglesia verdadera»..., pues en ella y exclusivamente en ella se da este heroísmo.

Mas por eso mismo que es un heroísmo..., un sacrificio constante..., un holocausto total y perfecto de nuestro cuerpo y de nuestra alma al Señor, por eso requiere valor..., cuidado..., vigilancia..., en fin, la práctica y ejecución de los medios indispensables para triunfar en esta lucha. — También la Santísima Virgen es un modelo en esto... Ni un solo descuido, como ya se ha indicado; se portó siempre en la guarda de esta virtud como si tuviera miedo.... como si hubiera estado rodeada de grandes tentaciones y de ocasiones peligrosas..., y es que ama tanto a esta virtud, que nunca creyó hacía bastante para conservar la blancura del lirio de la castidad. — Mira, pues, a tu Madre...; recorre estos medios indispensables y medítalos despacito uno por uno.

2.° Medios negativos. — Son los que más bien podemos llamar preventivos... — ¡Cuánto mejor es prevenir que curar! — Pero, sobre todo, ¡cuánta verdad es esto en materia de castidad! — Hay caídas tan mortales, que parecen irremediables sin una gracia muy grande de Dios... y que después exigen una muy difícil reparación:

a) Lo primero, pues, es huir..., evitar las ocasiones...; esta fuga no es vergonzosa..., no es de cobardes, sino de prudentes y avisados. — Imprudencia y locura es acercarse al fuego y no quererse quemar...; necedad inexplicable sería pasar junto a un león dormido y despertarle... ¿Quién sabe lo que pasaría después? — El Espíritu y Santo lo advierte con toda claridad: «Amar el peligro es perecer en él»... San Jerónimo, exclama: «¿Quién jamás durmió tranquilo junto a una víbora?»... Acuérdate de que no es la salud, sino la enfermedad la que se contagia... Por tanto, hay que huir del contagio..., hay que desconfiar de todo, muy prudentemente...

b) No transigir con nada que se relacione con esta materia... No andes bordeando el precipicio, ni viendo hasta dónde puedes llegar y hasta dónde no..., que es materia resbaladiza y es muy difícil, puesto ya en el resbaladero, detenerse y decir: «de aquí no paso». — Todas las grandes caídas vinieron por pequeños resbalones..., por descuidos insignificantes. — Hasta los paganos antiguos decían: principiis obsta... Da mucha importancia a los comienzos..., no transijas con un principio aunque parezca pequeño, de enfermedad...

c) Puede figurar entre estos medios negativos, la mortificación y penitencia, pues su fin no es tanto castigar y reparar el daño cometido, como el de prevenirlo, quitando fuerzas a la carne y a los sentidos y así hacer que la tentación no encuentre terreno apto para su desarrollo... San Carlos Borromeo, dice: «Sin la guarda de los sentidos y las maceraciones corporales, nadie logrará el don de la castidad.» — Todos los santos obraron como San Pablo, castigando su cuerpo duramente y sometiendo, como San Jerónimo, a fuerza de ayunos, su carne para que no se rebelara. — La mejor garantía y seguridad de la castidad, es la mortificación... Como alguien ha dicho, es amarga como la quinina, pero fortalece y tonifica como ella. — Mortificar es matar, pero no los principios vitales que nos sostienen, sino los gérmenes de enfermedad y de muerte. Ama la mortificación, que es madre de pureza

3.° Medios positivos. — a) La oración es, sin duda, el primero y más principal... Por eso Cristo tanto insistió en ella para que no cayéramos en tentación. — La oración nos pone en contacto con Dios, todo pureza...; nos acerca a las cosas del Cielo y nos aparta de la tierra... Además, nos alcanza de Dios los auxilios necesarios para combatir y para triunfar. — La oración es necesaria para todo..., para toda clase de virtudes..., para impetrar todo género de gracias, pero mucho más indispensable lo es para esta virtud. — Dice Cristo en el Evangelio: «Hay algunos géneros de tentaciones que sólo con la oración y el ayuno se pueden vencer.»...

b) Los Santos Sacramentos..., la Penitencia para lavarnos y purificarnos..., blanquearnos..., es el Sacramento de la limpieza..., de la pureza. — Pero aún más, si a ésta se le añade la Comunión... Comunión, esto es, unión común, en una misma vida con Cristo... ¡Qué extraño que la Comunión sea fuente de castidad y de virginidad! — El Inmaculado..., el Hijo de la Inmaculada..., el que se apacienta entre lirios y azucenas..., el Esposo de las almas vírgenes, hecho pan blanco para engendrar blancura de virginidad. — Es imposible comulgar bien, y no ser puro..., casto..., virgen...

c) Ejercitarse en otras virtudes, como la humildad, tan unida a la castidad, que, según San Francisco de Sales, «no es fácil ser casto sin ser humilde», y según otros santos dicen, que «Dios a veces castiga al soberbio, dejándole caer en la humillante impureza»... Asimismo, es muy importante la laboriosidad, pues en el campo de la ociosidad es donde mejor se da la impureza.

d) Por último, la devoción verdadera a la Santísima Virgen..., pero devoción de imitación... Mira cómo apreciaba Ella su pureza..., cómo la cuidaba con la vida retirada y silenciosa, sin aparecer en público más que cuando la caridad o el servicio de Dios lo exigían así...; cómo la conservaba con su vida de laboriosidad, evitando toda ociosidad y sustentándose con el trabajo de sus manos..., con la mortificación de sus sentidos, de su lengua, de sus ojos, de sus oídos, recogiéndolos con el más esmerado recato y la más pudorosa modestia..., con su oración continua, de suerte que jamás perdió la presencia de Dios... ni dejó de sumergirse y anegarse un momento en la fuente divina de pureza. — Mírala..., examínala muy despacio hasta saber de memoria todo lo que hacía por su pureza virginal — Invócala..., llamándola con frecuencia..., especialmente en las ocasiones..., en los peligros..., acude a Ella instintivamente y dile, con el corazón, mil veces: «Mírame con compasión..., ¡¡no me dejes, Madre mía!!»


Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)

miércoles, 17 de mayo de 2023

María, Mediadora Universal de todas las Gracias - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar



1.° Qué es y en qué consiste la Mediación. — Mediación, es hacer de medio entre dos extremos..., como la aurora entre la luz y las sombras. — Es participar de algún modo y representar a las dos partes, tomando a ambas como cosa suya. — Según San Belarmino, es ser juez y árbitro, que administre justicia entre las partes litigantes...; es ser mundo de paz, proponiendo las condiciones a que deben sujetarse los dos enemigos, para que entre ellos vuelva la perdida amistad...; es ser favorito regio que interpone su valimiento ante el Monarca, para conseguir perdón y favor para el que ha ofendido al Rey...; es, en fin, ser mártir de la caridad, que inmola su vida en justa satisfacción a la persona ofendida. 

Aplica estos puntos a Jesucristo y comprenderás con cuánta verdad decía San Pablo: «Que Él es el único Mediador entre Dios y los hombres... y que no tenemos otro.» Cristo, por su triple carácter de Mesías o Enviado del Padre..., de Sacerdote Eterno y Redentor del mundo, es, ciertamente, el verdadero Mediador..., el Ángel de la Paz, que aplaca la ira de Dios irritado contra el hombre al dar a Aquél, con su vida, cumplida satisfacción de los pecados de éste, — Pero mira también cómo después de Cristo... y con Cristo y por Cristo..., no sola ni aisladamente considerada, sino por la unión que con Él tuvo como Madre suya…, por la parte que tomó en la obra de la Redención…, siendo verdadera Corredentora de los hombres…, es también María, Mediadora perfecta entre Dios y nosotros. 

Es Madre de Dios y Madre nuestra y así, une en Ella estos dos extremos... y como Madre de misericordia que es, resuelve y sentencia siempre a favor de los pecadores. — Es Reina de la Paz, y así la consigue para sus hijos rebeldes a Dios, que por el pecado le declararon la guerra. — Es la Omnipotencia suplicante, y por eso, dice San Bernardino de Sena, que «todas las cosas están sujetas a María, hasta el mismo Dios, bastando sólo una palabra suya para conseguir lo que desea». — Es, en fin Mártir de la caridad y Reina de los mártires, que mereció este título al inmolarse, juntamente con su Hijo, al pie de la Cruz..., ofreciendo al Padre Eterno, la víctima divina y constituyendo con Ella un solo sacrificio... 

2.° Dispensadora de todas las gracias. — María es la que dispensa y administra toda la gracia…, de tal manera, que al decir de San Ligorio: «Dios quiere que todas las gracias nos vengan por María»... y San Bernardo, exclama: «Considera con qué afecto quiere Dios que honremos a esta nuestra Reina..., pues en Ella ha puesto la plenitud de todo bien, para que todas las gracias de esperanza y salvación, nos vengan por Ella». — Dios es el autor de todo bien y toda gracia, en todos los órdenes...; son riquísimos e infinitos sus tesoros..., pero la llave que los encierra, la ha entregado a María. 

Es Ella, como la Madre de la casa bien administrada y regida, donde el padre gana el pan..., pero la madre es la que lo reparte a sus hijos. — No dudes que todos los bienes, hasta los puramente temporales, te han de venir sólo por mano de María. — La unión íntima e indisoluble entre Cristo y María, exige esta «universalidad» de su acción mediadora. — San Pablo llama a Cristo Segundo Adán, el Adán celestial; pues bien, la Iglesia llama a María la Segunda Eva. — Cristo es la Cabeza del cuerpo místico, pero María, en frase de Pío X, es el «Cuello» que une a la Cabeza con el cuerpo.., y que transmite toda la vida de la cabeza a los otros miembros. 

Pero para ser efectiva y práctica esta universalidad de la Mediación, se requieren tres condiciones: Primera: Posesión total del don. — Segunda: Voluntad para darlo. — Tercera: Poder para ello. 

Pues bien, no se puede dudar que María posee todas las gracias..., la gracia inicial en su Concepción, ya fue mayor que la de los ángeles y santos...; la gracia de la santificación completa, porque es verdaderamente según el ángel, la «llena de gracia» al ser hecha Madre de Dios...; la gracia final en María, fue incalculable, ya que no dejó de crecer un momento en gracia. — Ella es la única que se llama «Emperatriz» y es coronada como «Reina de cielos y tierra». 

La segunda condición y tercera, es que María quiere y puede darnos todas las gracias... Ya hemos dicho que es evidente, pues se sigue de sus dos títulos dulcísimos de «Madre y Reina». — Luego, María, es por dicha nuestra el canal por donde toda gracia de Dios baja hasta nosotros. 

3.° La Mediación en el Evangelio. — A) Como Corredentora aparece en la Encarnación, donde con su consentimiento, acepta el sacrificio de ser la «Madre Dolorosa del Varón de Dolores»...; en la Presentación del Niño, donde ofrece a su Hijo y renueva su oblación generosa, oyendo de labios de Simeón, la dolorosa profecía de la espada que atravesaría su corazón... En la Cruz, se asoció de tal modo a su Hijo, que ambos fueron dos hostias de un mismo sacrificio. 

B) Como Mediadora que intercede y consigue y reparte gracias, aparece claramente en la Visitación a Santa Isabel, donde el Bautista es santificado en el seno de su madre, por la presencia de la Santísima Virgen... En las bodas de Cana, se hace el milagro a ruegos y casi podemos decir, por imposición de María, llegando a adelantar la hora de la manifestación de su Hijo... En el Cenáculo, el día de Pentecostés, María prepara y dispone a los Apóstoles para recibir al Espíritu Santo, esto es, coopera a la obra santificadora de la gracia en el alma de los Apóstoles... 

4.° Dios lo quiere. — Concluye, pues, que es Dios quien claramente manifiesta su voluntad. — Pudo redimirnos sin María, y no lo quiso... Luego, aunque pueda, tampoco quiere santificarnos sin María. — Grande es la devoción que debemos tener a nuestra Madre por miles de razones y motivos, pero difícilmente encontraremos uno que tanto nos deba mover a ello como éste..., pues en cierto modo, como ves, abarca a todos los demás. — Por amor y gratitud a esta excelsa Mediadora..., hasta por conveniencia y utilidad propia, debemos tenerle grandísima devoción. — Sin Ella no conseguiremos acercarnos a Jesús..., no es posible que acertemos a hablarle..., nuestras súplicas sin María, no pueden ni merecen ser atendidas. — Dios se nos da por medio de Ella..., pues por Ella debemos ir nosotros a Dios... y darnos y entregarnos totalmente a Ella para que Ella nos lleve a Dios... ¡Qué camino tan fácil..., tan seguro..., tan hermoso y consolador! — Anímate... y de una vez para siempre ponte en sus manos... Da a tu Madre las llaves de tu corazón..., para que Ella disponga de ti como quiera..., que siempre será como más te convenga. — Pídeselo así..., suplícale te dé alguna parte de las gracias que Ella tiene..., pero en especial, pídele la de saber amar con Ella y por Ella, al Señor en vida y en muerte..., en el tiempo y en la eternidad...

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)

miércoles, 19 de abril de 2023

La Humildad - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar



1.° Humildad necesaria. — Después de las virtudes teologales y de las cardinales, sin duda que corresponde la preferencia a la humildad. — Es aquella virtud de la que dice San Francisco de Sales, que «es necesaria en cada instante y para todos, aún para los más perfectos»...; la que es considerada por todos como el fundamento del edificio de la santidad... y el primer paso que hay que dar en este camino. — La Iglesia repite con frecuencia, en el Oficio Divino, aquello de San Agustín: «¿Quieres levantar una gran fábrica de santidad?... Piensa primero en una sólida base de humildad..., porque cuanto mayor sea el edificio más hondos han de ser los cimientos.» 

Es cosa clara que el árbol que no profundiza en sus raíces, no puede tener gran corpulencia..., ni resistir la furia del temporal. — Error muy lamentable es creerse muy adelantado en la perfección y no tener dominada la soberbia..., el orgullo..., el amor propio..., pues aunque lleves una vida de mucha piedad e intensamente espiritual, estás muy lejos del comienzo de la perfección si no eres humilde... Oye a Santo Tomás, que dice: «que aquel que no es humilde, aunque haga milagros, no es perfecto..., porque toda su virtud está falta de solidez». No dudes que si no has llegado ya a mayor santidad, es porque aún no eres profundamente humilde. 

Examínate y verás que es el amor propio maldito, el que liga tus alas y no te deja volar a Dios y a las alturas de la perfección. — Dios se enamora por completo de las almas humildes y se comunica y se entrega a ellas sin reserva..., elevándolas a una altura de santidad, siempre proporcionada a su rebajamiento y a su humildad... «Dios resiste a los soberbios..., y a los humildes da su gracia», dice Santiago. — «Todo el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza humillado», según el Evangelio. 

Repite despacio y vuelve a saborear el Magníficat de la Virgen en el que tan hermosamente canta Ella las excelencias de la humildad... Y, ¿cómo no?, si dice Santa Teresa, que «la humildad de la Virgen fue la que atrajo a Dios del Cielo a sus purísimas entrañas y con ella le traemos también nosotros de un cabello a nuestras almas». 

Detente muy despacio a considerar la grandeza de María..., su excelencia casi divina..., su santidad a nuestros ojos perdiéndose de vista..., aquella su pureza, con todo el cortejo de virtudes que la acompañan, etc., y piensa: ¿cuál será el fundamento proporcionado a esa santidad? — Si en Ella, por ser la obra maestra de Dios, todo es armónico, ¿qué humildad será necesaria para hacer juego y guardar armonía con aquella celsitud?

A la verdad, que si Dios, a la vista de su humildad, tanto ensalzó a algunos santos..., ¿qué humildad vería en María cuando así la engrandeció sobre todos los demás?... Extasíate ante la virtud de tu Madre y condensa en su humildad toda su santidad, según aquello de San Agustín: «Si me preguntas cuál es lo primero y principal para la perfección, te diré: en primer lugar, la humildad...; en segundo término, la humildad, y en último caso, la humildad»... No porque se hayan de despreciar las demás virtudes..., sino porque teniéndola a ella de veras, se tienen a todas..., pues si la soberbia es madre de todo pecado..., la humildad es de toda virtud. — Medita esto, ante el ejemplo de tu Madre. Examínate mucho en esto..., avergüénzate... y pide... 

2.° Humildad verdadera. — Pero advierte que todo esto se aplica únicamente a la humildad de veras o verdadera, no a la aparente y fingida... Y, ¿cuál es la una y la otra?... La humildad verdadera es la respuesta sincera a esta doble pregunta: ¿Quién es Dios?... ¿Quién soy yo?... De este doble conocimiento brota, naturalmente, el conocimiento de nuestra bajeza en comparación de la inmensidad de Dios..., de nuestra miseria..., de nuestra nada..., de nuestra incapacidad para dar ni un solo paso en el camino de la santidad..., de nuestros pecados, que son todavía peor que la nada...; de nuestras continuas imperfecciones e ingratitudes con las que has echado a perder tantas veces las gracias de Dios... Mira tu cuerpo, ¡cuánta corrupción!... Mira a tu alma, ¡cuánta miseria!... Qué cosa más natural que la humildad ante este cuadro tan real y tan verdadero. — Por eso «la humildad es la verdad», según Santa Teresa. 

San Francisco de Sales, sacaba de esta verdad estas consecuencias que debes meditar muy despacio: 

a) Que no tenemos razón para estimamos en algo, sino más bien hemos de tener un concepto bajo de nosotros mismos..., pues sólo debemos estimar y amar a Dios...

b) Que no debemos buscar ni aceptar alabanzas ni estima de ninguna clase..., pues esto es una injusticia, ya que esto corresponde únicamente al Señor... 

c) Que nuestro amor debe ser por la oscuridad..., el menosprecio..., el olvido..., esto es lo que se debe a la nada y al pecado..., y si Jesucristo sin pecado ha sido el primero en hacerlo así, nosotros, cargados con tantos, con mayor motivo debemos hacer lo mismo. 

Aplica todo esto, punto por punto, a la vida de la Santísima Virgen y verás qué fácilmente encuentras en Ella el modelo práctico de la verdadera humildad..., de aquella humildad, de la que decía Cristo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»... ¡Qué buena discípula fue la Santísima Virgen, pues aprendió tan perfectamente esta lección!... ¿Por qué no la aprendes tú también así?... 

3.° Humildad falsa. — Por tanto, no es humildad verdadera la que consiste en meras palabras..., en acciones puramente exteriores... ¡Cuántas veces, a pesar de inclinar la cabeza..., llevar los ojos bajos..., buscar el último lugar..., decir bajezas de sí mismo, etc., se junta todo esto con un refinado amor propio, que no sufre la menor contradicción... y menos aún el verse pospuesto..., que no cede nunca..., que rehúye la sujeción y la obediencia..., que no es capaz de sufrir una corrección de un superior o un aviso saludable de una buena amistad..., que no sabe llevar una injuria o un desprecio..., que siempre anda con comparaciones o exigencias dictadas por la envidia, para no consentir preferencias de ninguna clase!..., etc. — Bien se ve que una humildad así, no merece este nombre, pues es humildad fingida y aparente..., puramente externa..., que no brota de un corazón humilde de verdad. 

También es falsa humildad, la que no quiere reconocer las gracias que ha recibido de Dios, y cree que el pensar en eso, es gran soberbia... ¡Qué distinta fue la humildad de María, cuando no dudó en publicar que había recibido cosas muy grandes del Señor, y que por ellas la llamarían bienaventurada todas las generaciones!... Pero de ahí, no sacaba otra conclusión si no la de la gloria..., alabanza y agradecimiento al Señor... Reconocer, no para envanecerse de lo que se tenga, sino para más alabar, servir y amar a Dios; ésta es la verdadera humildad. 

En fin, es pésima humildad la que, considerando su bajeza y su miseria, deduce, como fruto práctico de ella, el desaliento..., la desilusión..., el abatimiento. — La fórmula de la humildad verdadera, es: «Yo por mí nada soy..., nada puedo, pero todo lo puedo en Aquél que me conforta.» — Todo, luego no hay nada imposible..., ni siquiera la santidad para el verdadero humilde. Pide a la Santísima Virgen luces para distinguir y conocer bien estas dos humildades y que, huyendo de la falsa, con su ayuda te afiances bien en la verdadera.

4.° El verdadero conocimiento. — Como la humildad es la verdad..., se funda en la verdad... y es fuente de verdad, por eso es ella la que nos da nuestro verdadero y exacto conocimiento. — Mira qué bien se conocía a Sí misma la Santísima Virgen. — Nadie había recibido de Dios más gracias y privilegios más extraordinarios que Ella... Inmaculada en su Concepción..., llena de gracia, por lo mismo desde su primer instante..., más santa que todos los ángeles y santos juntos..., Reina del Cielo y corredentora de los hombres..., la bendita entre todas las mujeres..., en fin, con el título único que todo lo resumía: ¡Madre de Dios!... 

Así se veía María, así se conocía a Sí misma, y, no obstante..., mírala ¡qué humildísima siempre! Sabía que toda esta grandeza estaba en Ella.., pero que no era de Ella...; todo era de Dios..., todo era porque se había dignado mirar el Señor a su esclavita con ojos de misericordia..., como lo cantó en su Magníficat...; todo lo atribuía a Dios..., tenía una conciencia perfecta de su nada... y así se consideraba delante de Dios, como la misma nada..., como la última de sus criaturas..., como la más indigna de las esclavas que le sirven... Así adoraba Ella a Dios..., así se anonadaba ante Él..., así se sometía en todo y siempre a su divina voluntad..., así estaba toda la vida recibiendo y practicando su fórmula sublime de humildad... el programa de vida del verdadero humilde: «He aquí la esclava del Señor... Hágase en mí según tu palabra.» — Y como tenía este conocimiento profundo de Sí misma... y obraba siempre con esta conciencia y persuasión de su nada, así aparecía también ante los demás. — Es Reina de los ángeles..., pero no lo demuestra... ¡Con qué reverencia les trata!... Ve en ellos a los servidores... fieles de Dios... a sus emisarios y embajadores... y así se humilla ante ellos... Le disgusta y le turba verse reverenciada y alabada por ellos. 

Así trata también con los hombres... Fíjate, especialmente, en su porte humilde y respetuoso, para con sus padres..., para con los sacerdotes..., para con sus superiores..., para con San José..., en fin, para con todas aquellas aldeanitas de Nazaret... Mira cómo vive exactamente igual que una de ellas... como la humilde esposa de un humilde carpintero... y tan convencida estaba de lo que era en Sí misma..., que no aspiraba a otra cosa, creyendo que no tenía derecho a otro género de vida…, sino más bien contentísima por su suerte, y eso que era... ¡la Reina del Cielo!... ¡Qué ejemplo..., qué lección para nosotros!... 

Haz aplicaciones prácticas a tu vida..., compárate con la Virgen en algunos de esos casos que tú perfectamente conoces de tu vida, y verás así claramente tu soberbia..., tu amor propio..., tu orgullo refinado..., tu falta de humildad... y, por lo mismo, tu falta de conocimiento verdadero de ti mismo. 

5.° La verdadera grandeza. — Y ahora medita en la grandeza que brota de la humildad...; ésta es la única que merece este nombre... Todas las demás grandezas son mentira. — Nunca es el hombre más grande que de rodillas..., esto es, que cuando se humilla y se hunde en el polvo de su miseria... Así se hundió el publicano del Evangelio y se hizo un santo... Así se hundió San Pedro en su humilde arrepentimiento y mereció ser levantado a la altura del primer Papa... Así, sobre todos los santos y sobre todas las criaturas, se hundió la Santísima Virgen al confesarse públicamente «esclava del Señor» y fue elevada a la dignidad de ¡Madre de Dios!... ¡Qué grandeza más verdadera la de la humildad delante de Dios y hasta delante de los hombres!... 

Recuerda a Luzbel en el Cielo..., a Adán en el Paraíso... y te convencerás de que no sólo no conduce a ninguna grandeza la soberbia..., sino que hace más terrible y espantosa la caída. — Una vez, los hombres quisieron hacerse famosos y levantaron una torre que llegase hasta el Cielo, para desafiar el poder de Dios y hacer casi imposibles los castigos de su justicia..., y lo único que hicieron fue el ridículo más espantoso..., hacerse dignos del desprecio y de las burlas de todas las generaciones. 

Compara ahora con ésta, la conducta de María, que no quiere pasar de la condición de sierva y esclava..., pero no de palabra, sino de veras quiere ser tenida como tal... y vivir siempre así... Y Dios la ensalza tanto, que también Ella excitará la atención de todas las generaciones..., pero para admirarla y bendecirla sin cesar... ¡Qué bien cumple Dios su palabra!... «El que se humillare será ensalzado»... 

De la nada creó el mundo y sacó todas las cosas, y no parece si no que ahora también quiere sacar de nuestra nada toda nuestra grandeza... Por eso exige como condición indispensable, para hacernos grandes y santos, que tengamos ante nuestros ojos siempre la nada..., la purísima nada que somos y que podemos. — La humildad y únicamente ella, es la que levanta la torre altísima..., firme... y segura que traspasa las nubes y llega hasta los Cielos..., hasta el trono mismo de Dios. 

6.° La verdadera fortaleza. — En fin, en la humildad se encuentra el resorte secreto para las grandes hazañas, para los grandes heroísmos. — El humilde descansa en Dios..., cuenta con el poder omnipotente de Dios, y no hay nada que se le oponga..., ni dificultades que no venza. — No es la humildad la virtud del apocamiento y encogimiento que nos hace cobardes..., miedosos y pusilánimes..., muy al contrario, es la virtud de los fuertes..., la que da y engendra la verdadera fortaleza. — Todo su valor varonil y su gran energía y decisión en obrar, hemos dicho que sacó la Virgen de su fortaleza..., pero esta fortaleza fue fruto precioso de su profunda humildad. 

En su Purificación, pasa María por una de las mayores humillaciones de su vida...; era necesario, para apreciarla en toda su extensión, conocer el amor de la Virgen a su pureza inmaculada... — La dignidad de Madre de Dios la hubiera pospuesto a su virginidad... y ahora, tiene que pasar a los ojos de los demás como una mujer inmunda. — La azucena purísima, aparece como marchita ante los hombres... Sólo Dios conoce su candor e inocencia... Fácilmente el amor propio hubiera buscado pretextos en este caso para obrar de otra manera: el celo por la gloria de Dios..., la edificación del prójimo..., la alegría de aquel pueblo al saber que ya estaba entre ellos el Mesías, etc. — María no admite tales sugestiones..., obedece a la ley con tanto mayor gusto cuando es para Ella más humillante... Dios estima en este día, más su ofrenda que ninguna, porque ninguna se la ofreció con tanta humildad... — ¡Ah!, pero mira a la vez con cuánta fortaleza y entereza... María, en esta ceremonia, ofrece a Dios a su Hijo... y se entrega Ella misma a la inmolación..., al sacrificio... 

Tú también necesitas generosidad..., entereza..., fortaleza para ofrecer a Dios tu sacrificio..., el que más te cuesta y el más necesario..., el de tu amor propio... Hazlo con generosidad y entereza...; la humildad te la dará... — Pide a la Virgen un conocimiento de ti mismo y de tus defectos..., el conocimiento de tu conducta. — ¿Cuál es tu reverencia en la oración..., con los ángeles y santos..., con tus superiores..., cómo piensas de ellos... y cómo te portas con ellos?... ¿eres respetuoso..., deferente..., sumiso a todo lo que te mandan?... ¿Cómo correspondes a las gracias de Dios?... — La humildad te enseñará todo esto... Pídesela así a la Santísima Virgen..., úrgela y hazle gran fuerza para que no te niegue esta gracia.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964) 

viernes, 14 de abril de 2023

La Hermosura de María Inmaculada - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar

 


En todos sus misterios y advocaciones es María la misma, la Reina de la belleza y de la hermosura..., pero, sin duda, que algo hay de especial en éste de la Inmaculada, porque todos la consideramos en él como singularmente bella y hermosa. — Veamos esta hermosura. 

1.° Hermosura de la tierra. — Para conocer esta hermosura era necesario saber toda la que Dios pudo y era conveniente que hiciera con María. — Mira la hermosura de la tierra... Hubo un tiempo en que nada existía... era el caos, la oscuridad, la nada... Pero un día dijo Dios «fiat», y aparecieron la luz, el firmamento, las flores, los árboles, el sol para el día y la luna para la noche, los mares con los peces, y los aires con los pájaros, los bosques, los montes y los valles con animales de todas las especies. — Detente a considerar la hermosura y belleza de esta creación..., pondera su variedad en todo, en flores, en animales... y su orden admirable, cada cosa con su fin, con su destino, aunque nosotros lo ignoremos. 

2.° Del Paraíso terrenal. — Pero esto le pareció poco, y separó el Señor en la misma tierra, una parte en la que plantó un verdadero paraíso de delicias..., magnífico, espléndido... en él reunió todas las mayores bellezas de la creación.. , los colores y matices más hermosos en animales y plantas..., los frutos más dulces y sazonados..., los ríos más poéticos y fecundos..., en fin, todos los mayores bienes sin ningún mal… nada había de malo, nada producía mal, ni daño alguno. — Representa este cuadro en la imaginación todo lo mejor que puedas, pues siempre será muy inferior a aquella magnífica realidad. 

3.° De la creación insensible. — Todo esto en la creación sensible. — Pero ¿y en la insensible que no vemos? — Imagínate si puedes, lo que será el Cielo — aquel paraíso magnífico, que no es un paraíso terrenal, ni en su comparación vale nada toda la tierra — . Recuerda aquello de que «mi el ojo vio, ni el oído oyó, etc.»... — Piensa, en fin, que todo lo de la tierra es algo pasajero, y aquello eterno..., esto terreno y aquello celestial..., esto una cárcel y un destierro, aquello la Patria y el lugar del gozo y de la bienaventuranza. ¡Qué será el Cielo! ¡Qué de hermosuras encerrará aun prescindiendo de la vista de Dios!... ¡Qué de cosas, que nosotros no podemos rastrear, ni imaginar, ni sospechar siquiera!... 

4.° El Rey de la creación. — Pues bien, ahora pregúntate... y todo eso ¿para qué y para quién? — ¿A quién destinó Dios toda la creación? — La tierra para el hombre, y el paraíso terrenal para el justo e inocente..., esto es, todo eso para una criatura que muy pronto se iba a rebelar contra Él y desobedecer a sus mandatos... ¿Y el Cielo?... Para sus ángeles..., para sus cortesanos y servidores, entre los que había de encontrar también traidores e ingratos, que igualmente se rebelaran y desobedecieran a su Majestad, pretendiendo en la locura de su soberbia, arrojarle a Él de su trono para hacerse ellos dioses. ¡Todo lo de la tierra para los hombres! ¡Todo lo del Cielo para los ángeles! 

5.° Belleza de María. — Sigue preguntando a tu alma: ¿qué crees tú que haría para María y para Jesús? — Si puesto a dar gusto a los hombres y a los ángeles hace Dios todo eso, ¿qué hará para dar gusto a María, a quien amaba más que a toda la creación entera? — Y si eso hizo para habitación de sus siervos, ¿qué haría para habitación y palacio de su Hijo que no quiso otro paraíso que el seno de María? — Piensa cómo Dios deja gustoso su Palacio del Cielo por morar en María. — ¡Qué pureza daría a aquella sangre que había de correr por las venas de su Hijo!... ¡Qué carmín a aquellos labios que tantas veces habían de besar las mejillas de su Hijo!... ¡Qué brillo a aquellos ojos que se habían de extasiar contemplando los de su Hijo!... ¡Qué manos las que habían de sostener al que sostiene con las suyas a la creación entera!... ¡Qué corazón tan puro, tan delicado, tan tierno!... Toda la ternura de los corazones de todas las madres allí se reunió... Sigue así contemplando y extasiándote ante la belleza de María Inmaculada y verás que toda belleza y hermosura terrena, no merece ni siquiera ese nombre, en su presencia.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)
 

jueves, 13 de abril de 2023

La Modestia - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar



1.° Interior. — En general, la modestia es la virtud que regula todos los actos externos, dándoles la debida compostura y decoro... y presentándoles así a los ojos de los demás, como algo digno, noble y hermoso. — Pero la modestia exterior necesariamente ha de proceder de la interior que consiste en moderar y dirigir los movimientos desordenados del alma según la divina voluntad. La modestia exterior se puede fingir y será entonces un acto más de repugnante hipocresía... La modestia interior es la única que puede dar vida a la modestia exterior. — No debes, por tanto tratar de conseguir una apariencia de modestia... una modestia postiza y mentirosa, con posturas y ademanes externos que así lo indiquen… y luego dejar a tu corazón que sea víctima de las bajas inclinaciones de la concupiscencia. 

Cuando la modestia verdadera existe, es tal la unión que se da entre la exterior y la interior que la una no va sin la otra, y las dos se ayudan mutuamente, de suerte que la compostura exterior debe proceder siempre de un interior perfectamente compuesto y ordenado... y la interior encontrará su mejor defensa y sostén en la exterior. — San Francisco de Sales, lo explica con esta comparación: «Como el fuego produce la ceniza… y la ceniza sirve admirablemente para sostener y conservar el fuego..., así sucede con estas dos modestias, que la interior produce la exterior, y ésta mantiene y conserva la interior de donde brotó.» 

Esta modestia interior, es de dos clases: Una, que frena los movimientos de la concupiscencia y los actos internos del entendimiento..., de la imaginación y de la voluntad, que nos llevan al pecado de impureza..., y otra modestia es la que modera los movimientos del alma, que tienen relación con la soberbia y la vanidad... Así, cuando alabamos a una persona, decimos que no queremos herir su modestia... y otras veces admiramos la modestia de personas que por sus méritos..., sus virtudes..., su excelencia, podían darse más importancia. — Esta modestia, como se ve, prácticamente se reduce al ejercicio de la humildad verdadera...; por eso el alma humilde, necesariamente ha de ser modesta interior y exteriormente. 

En cuanto a esta modestia, ya ves que nadie ha podido compararse con la Santísima Virgen; nadie con más méritos, virtudes, santidad, excelencia y grandezas divinas... No obstante, ¿quién más sencilla..., afable..., caritativa..., pobre y humilde que Ella? — Y, por tanto, ¿quién más modesta en cuanto al desprecio que hacía de la importancia de su persona y de su propia excelencia?... Y en cuanto a la modestia opuesta a la concupiscencia, ¿dónde encontrar un orden más completo..., una sumisión más perfecta de todos sus pensamientos, afectos y amores a la regla de la razón y ésta a la de la voluntad de Dios?... 

2.° Exterior. — Pero veamos ya en concreto reflejada esta modestia interior en los actos exteriores de nuestro cuerpo y principalmente en los siguientes: 

En las palabras: Imagínate cómo serían las de la Santísima Virgen, que estaba persuadida de no ser sino la última de las esclavas del Señor..., palabras de edificación y de modestia encantadora..., si considera, henchida de gozo, los beneficios inmensos que el Señor le ha hecho; a Él dirige su agradecimiento y sus alabanzas... y se espantará de que el Todopoderoso hubiese puesto sus ojos en la miseria de su esclava»... Ingenuamente..., firmemente estaba persuadida de la falta de méritos por parte suya y por eso ¡cuán lejos estaba en sus palabras, de atribuirse nada a Sí misma! — Aprende de Ella esa modestia en el hablar..., tanto en el tono de la voz, no queriéndote imponer con gritos, ni con palabras nerviosas y excitadas..., como en la sencillez y caridad de tus expresiones.  

A imitación de María, evita las palabras duras…, bruscas..., malsonantes. — Mira el lenguaje de tu Madre, todo tranquilo, afable, discreto, humilde de..., haciéndose simpática y atractiva por la dulzura de su voz..., por la bondad..., pureza..., caridad y hasta alegría santa de sus palabras. — Cuida, en especial, de las disputas y altercados, donde, aunque tengas razón, debes moderar tu juicio propio..., cediendo, sin ser pertinaz ni tener cabeza dura...; es mejor ceder y callar con modestia, que salir triunfante con terquedad y soberbia. 

No está reñida con la modestia la sana alegría que en cuentos, chistes, pasatiempos y hasta bromas se manifiesta... Pero, ¡ah!, qué fácil es, en todo esto, pasar los límites de la corrección y de la modestia. — Recuerda lo dicho ya en otra ocasión de que las leyes de urbanidad y los principios de la buena crianza, están en completo acuerdo con lo que dicta, en estos casos, la modestia. 

3.° En el vestido y en la habitación. — La pobreza de la casa de Nazaret, propia de una obrera, hace que en ella todo sea humilde y modesto en último grado... La sencillez y modestia de su vestido, mídela por la extrema necesidad de Belén y verás cómo ni en casa de María, ni en su ajuar y vestido, encontrarás nada que huela a lujo..., a afectación de su persona..., a comodidad de ningún género. 

En sus viajes no usará carruajes, ni aun los más modestos entonces... El Evangelio no dice más que fue, por ejemplo, a Judea, con gran prisa..., pues urgía la caridad... Esa era su preparación y su equipaje...: un pobre envoltorio de ropa y mucho amor de caridad, para con Dios y para con el prójimo... ¡Qué ejemplo de sencillez y modestia! 

No es modestia la suciedad..., la falta de aseo..., el desarreglo en el vestido...; antes bien, puede darse la modestia en medio de una sobria elegancia, con tal que ésta sea conforme a tu estado..., a tu condición... y a las circunstancias qué te rodean...; pero nunca será compatible con ella el lujo..., la vanidad de los trapos... y menos aún cualquier defecto, por pequeño que sea, en materia de honestidad. 

Ten cuidado excesivo en este último punto y no olvides, que en la Iglesia y en la calle..., en público y en privado, debes vestir siempre modestamente. — Es intolerable el permitirse, para estar en casa, trajes impúdicos o al menos muy libres...; no hay pretexto ni razón que puedan autorizar esto... La modestia debe acompañarte en todos los instantes de tu vida. 

4.° En los modales. — Esto es, en todos tus actos exteriores que realizas ante los demás... Modestia en el semblante y particularmente en tus ojos, no ya sólo para evitar las miradas pecaminosas..., sino aún esa excesiva curiosidad de quien todo lo quiere ver y atisbar... Modestia en las posturas al andar..., al sentarte, no buscando precisamente lo más cómodo, sino lo más conveniente... Modestia en todos tus movimientos, evitando todo lo que sea liviandad y desenvoltura... y muchísimo más todo lo que sea decoroso y digno. 

Acostúmbrate a esta modestia, aún estando a solas, para que así naturalmente la practiques ante los demás. — Es muy conocido el caso de San Francisco de Sales, quien observado cuando se encontraba solo en su aposento, guardaba, no obstante, los más pequeños preceptos de la compostura y de la modestia. — Siempre obraba como si le vieran los ángeles del Cielo y en presencia de Dios. 

Mira especialmente todo esto en la Santísima Virgen y verás un conjunto admirable de todos sus actos ejecutados con aquella naturalidad..., sencillez..., franqueza... y a la vez delicadeza..., honestidad... y circunspección propias de la santa modestia. — Examínate un poco en esta materia, y pregúntate cómo guardas la modestia interior de tu corazón... y la exterior de tu cuerpo y de tus modales todos.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)