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domingo, 17 de diciembre de 2023
jueves, 29 de junio de 2023
San Pedro y San Pablo - 29 de Junio
SANTOS PEDRO Y PABLO
Apóstoles y Mártires
San Pedro: † crucificado alrededor del año 69 en Roma
San Pablo: n. alrededor del año 9 en Tarso de Cilicia
† decapitado alrededor del año 69 en Roma
† decapitado alrededor del año 69 en Roma
San Pedro: Patrono del papado y de los Papas; Iglesia Universal; Roma; pescadores; fabricante de redes; constructores de barcos; zapateros; relojeros; constructores de puentes; panaderos; carniceros; cosechadores; cerrajeros; longevidad. Protector contra la histeria; los problemas de los pies; fiebre.
San Pablo: Patrono de los escritores y autores; periodistas y personal de editorial de periódicos; Roma; Acción Católica; personal de relaciones públicas; laicos; obispos misioneros; músicos; talabarteros. Protector contra las serpientes y sus mordeduras; granizo.
San Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, y San Pablo, el Doctor de las gentes, cementaron con su sangre los cimientos de la Iglesia romana. San Pedro murió crucificado. A San Pablo se lo decapitó, el año 69. Los dos tuvieron la dicha de confirmar, con la efusión de su sangre, la doctrina que habían predicado con tanta elocuencia y confirmado con tantos milagros. Nerón, no te imagines haber triunfado: para siempre permanece la gloria del combate a favor de estos ilustres mártires, y muy pronto depondrán a tus sucesores de su trono; los césares abandonarán el Capitolio y cederán su lugar a los sucesores de San Pedro.
MEDITACION
SOBRE LA MANERA DE VIVIR SANTAMENTE EN EL MUNDO
San Pedro había sido testigo ocular de la mayoría de los milagros de Jesucristo y, con todo, lo negó tres veces en la noche misma de su Pasión. ¡Cuánta es la fragilidad del hombre abandonado a su propia miseria! Humillémosnos, trabajemos en nuestra salvación con temor y temblor. Pero no desesperemos: basta una sola mirada de Jesús para sacarnos del pecado. Lloremos, pues, a ejemplo de San Pedro, que derramaba un torrente continuo de lágrimas al solo recuerdo de su perfidia. ¡Que tus lágrimas sean como la sangre que brota de las heridas de tu corazón! (San Agustín).
San Pablo, de perseguidor de Jesucristo, llegó a ser el Apóstol de las gentes. ¿Qué somos nosotros? ¿Qué hemos hecho? Si nos hemos convertido como él, mantengámonos firmes en la virtud y muramos antes que perder la gracia de Dios. Imitemos su paciencia en los sufrimientos, su celo por la salvación de las almas, su humildad, su amor por Jesucristo. Escuchemos lo que él nos dice: Sed mis imitadores como yo lo soy de Cristo.
Considera la honra que al presente reciben en la tierra estos dos Apóstoles. Los reyes, los emperadores y los papas se consideran dichosos de poder prosternarse ante las sagradas cenizas de un pescador y de un artesano, porque la santidad los ha hecho omnipotentes en el cielo. Ambiciosos: ¿qué son los honores del mundo, comparados a éstos? Regocijémonos de que Dios haya honrado tanto a sus servidores. Pero si los santos son así honrados en la tierra, ¿qué honores no recibirán en el cielo? Humillémosnos, imitemos sus ejemplos y compartiremos su gloria.
La penitencia.
Orad por el Papa
ORACION
Oh Dios, que habéis consagrado este día con el martirio de vuestros Apóstoles San Pedro y San Pablo, haced que vuestra Iglesia sea fiel en la observancia de los preceptos de los que han sido los primeros ministros de la santa Religión que ella profesa. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. Tomo I
domingo, 28 de mayo de 2023
La Venida del Espíritu Santo - Venerable Madre Agreda
La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y otros fieles; le vio María santísima intuitivamente y otros ocultísimos misterios y secretos que sucedieron entonces.
58. En compañía de la gran Reina del cielo perseveraban alegres los doce Apóstoles con los demás discípulos y fieles aguardando en el cenáculo la promesa del Salvador, confirmada por la Madre santísima, de que les enviaría de las alturas al Espíritu consolador, que les enseñaría y administraría todas las cosas que en su doctrina habían oído (Jn 14, 26). Estaban todos unánimes y tan conformes en la caridad, que en todos aquellos días ninguno tuvo pensamiento, afecto, ni ademán contrario de los otros; uno mismo era el corazón y alma de todos en el sentir y obrar. Y aunque se ofreció la elección de San Matías, no intervino entre todos estos nuevos hijos de la Iglesia un ademán ni menor movimiento de discordia, con ser esta ocasión en la que los diferentes dictámenes arrastran la voluntad para discordar aun los más atentos, porque todos lo son para seguir cada uno su parecer y no reducirse al ajeno. Pero entre aquella santa congregación no tuvo entrada la discordia, porque los unió la oración, el ayuno y el estar todos esperando la visita del Espíritu Santo, que sobre corazones encontrados y discordes no puede tener asiento. Y para que se vea cuán poderosa fue esta unión de caridad, no sólo en disponerlos para recibir el Espíritu Santo, sino también para vencer a los demonios y ahuyentarlos, advierto que desde el infierno, donde estaban aterrados después de la muerte de nuestro Salvador Jesús, desde allí sintieron nueva opresión y terror con las virtudes de los que estaban en el cenáculo; aunque no las conocieron en particular, sintieron que de allí les resultaba aquella nueva fuerza que los acobardaba y juzgaron que se destruía su imperio con lo que aquellos discípulos de Cristo comenzaban a obrar en el mundo con su doctrina y ejemplo.
59. La Reina de los Ángeles María santísima con la plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la divina voluntad para enviar al Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico. Y como se cumpliesen los días de Pentecostés (Act 2, 1ss), que fue cincuenta días después de la resurrección del Señor y nuestro Redentor, vio la beatísima Madre cómo en el cielo la humanidad de la persona del Verbo proponía al Eterno Padre la promesa que el mismo Salvador dejaba hecha en el mundo a sus Apóstoles, de enviarles al divino Espíritu consolador, y que se cumplía el tiempo determinado por su infinita sabiduría para hacer este favor a la Santa Iglesia, para plantar en ella la fe que el mismo Hijo había ordenado y los dones que le había merecido. Propuso Su Majestad también los méritos que en la carne mortal había adquirido con su santísima vida, pasión y muerte y los misterios que había obrado para remedio del humano linaje, y que era su medianero, abogado e intercesor entre el Eterno Padre y los hombres, y que entre ellos vivía su dulcísima Madre, en quien las divinas personas se complacían. Pidió también Su Majestad que viniese el Espíritu Santo al mundo en forma visible, a más de la gracia y dones invisibles, porque así convenía para honrar la Ley del Evangelio a vista del mundo, para confortar y alentar más a los Apóstoles y fieles que habían de predicar la palabra divina, para causar terror en los enemigos del mismo Señor, que en su vida le habían perseguido y despreciado hasta la muerte de Cruz.
60. Esta petición, que hizo nuestro Redentor en el cielo, acompañó su Madre santísima desde la tierra en la forma que a la piadosa Madre de los fieles competía. Y estando con profunda humildad postrada en tierra en forma de cruz, conoció cómo en el consistorio de la Beatísima Trinidad se admitía la petición del Salvador del mundo y que para despacharla y ejecutarla —a nuestro modo de entender— las dos personas del Padre y del Hijo, como principio de quien procede el Espíritu Santo, ordenaban la misión activa de la tercera Persona, porque a las dos se les atribuye el enviar la que procede de entrambos, y la tercera persona del Espíritu Santo aceptaba la misión pasiva y admitía venir al mundo. Y aunque todas estas Personas divinas y sus operaciones son de una misma voluntad infinita y eterna sin desigualdad alguna, pero las mismas potencias que en todas Personas son indivisas e iguales tienen unas operaciones ad intra en una persona que no las tienen en otra; y así el entendimiento en el Padre engendra y no en el Hijo, porque es engendrado, y la voluntad en el Padre y en el Hijo espira y no en el Espirito Santo, que es espirado. Y por esta razón al Padre y al Hijo se les atribuye enviar, como principio activo, al Espíritu Santo ad extra y a él se le atribuye el ser enviado como pasivamente.
61. Precediendo las peticiones dichas, el día de Pentecostés por la mañana la prudentísima Reina previno a los Apóstoles y a los demás discípulos y mujeres santas —que todas eran ciento y veinte personas— para que orasen y esperasen con mayor fervor, porque muy presto serían visitados de las alturas con el divino Espíritu. Y estando así orando todos juntos con la celestial Señora, a la hora de tercia se oyó en el aire un gran sonido de un espantoso tronido y un viento o espíritu vehemente con grande resplandor, como de relámpago y de fuego, y todo se encaminó a la casa del cenáculo, llenándola de luz y derramándose aquel divino fuego sobre toda aquella santa congregación. Aparecieron sobre la cabeza de cada uno de los ciento y veinte unas lenguas del mismo fuego en que venía el Espíritu Santo, llenándolos a todos y a cada uno de divinas influencias y dones soberanos y causando a un mismo tiempo muy diferentes y contrarios efectos en el cenáculo y en todo Jerusalén, según la diversidad de sujetos.
62. En María santísima fueron divinos y admirables para los cortesanos del cielo, que los demás somos muy inferiores para entenderlos y explicarlos. Quedó la purísima Señora transformada y elevada toda en el mismo altísimo Dios, porque vio intuitivamente y con claridad al Espíritu Santo y por algún espacio, aunque de paso, gozó de la visión beatífica de la divinidad, y de sus dones y efectos recibió sola ella más que todo el resto de los santos. Y su gloria por aquel tiempo excedió a la de los Ángeles y Bienaventurados. Y sola ella dio más gloria, alabanza y agradecimiento que todos ellos juntos por el beneficio de haber enviado el Señor a su divino Espíritu sobre la Santa Iglesia, empeñándose para enviarle muchas veces y gobernarla con su asistencia hasta el fin del mundo. Y de las obras que sola María santísima hizo en esta ocasión se complació y agradó la Beatísima Trinidad de manera que se dio Su Majestad como por pagado y satisfecho de este favor que hizo al mundo; y no sólo por satisfecho, pero hizo como si se hallara obligado, por tener a esta única criatura que el Padre miraba como Hija y el Hijo como Madre y el Espíritu Santo como a Esposa, a quien —a nuestro modo de entender— debía visitar y enriquecer después de haberla elegido para tan alta dignidad. Renováronse en la digna y feliz Esposa todos los dones y gracias del Espíritu Santo con nuevos efectos y operaciones que no caben en nuestra capacidad.
63. Los Apóstoles, como dice San Lucas (Act 2, 4), fueron también llenos y repletos del Espíritu Santo, porque recibieron admirables aumentos de la gracia justificante en grado muy levantado y solos ellos doce fueron confirmados en esta gracia para no perderla. Respectivamente se les infundieron hábitos de los siete dones, sabiduría, entendimiento, ciencia, piedad, consejo, fortaleza y temor, todos en grado convenientísimo. En este beneficio tan grandioso y admirable como nuevo en el mundo, quedaron los Doce Apóstoles elevados y renovados para ser idóneos ministros del Nuevo Testamento (2 Cor 3, 6) y fundadores de la Iglesia evangélica en todo el mundo, porque esta nueva gracia y dones les comunicaron una virtud divina que con eficaz y suave fuerza los inclinaba a lo más heroico de todas las virtudes y a lo supremo de la santidad. Y con esta fuerza oraban y obraban pronta y fácilmente todas las cosas, por arduas y difíciles que fuesen, y esto no con tristeza y por violenta necesidad, sino con gozo y alegría.
64. En todos los demás discípulos y otros fieles que recibieron el Espíritu Santo en el cenáculo, obró el Altísimo los mismos efectos con proporción y respectivamente, salvo que no fueron confirmados en gracia como los Apóstoles, pero según la disposición de cada uno se les comunicó la gracia y dones con más o menos abundancia para el ministerio que les tocaba en la Santa Iglesia. Y la misma proporción se guardó en los Apóstoles, pero San Pedro y San Juan Evangelista señaladamente fueron aventajados en estos dones por los más altos oficios que tenían, el uno de gobernar la Iglesia como cabeza y el otro de asistir y servir a su Reina y Señora de cielo y tierra María santísima. El texto sagrado de San Lucas dice que el Espíritu Santo llenó toda la Casa donde estaba aquella feliz congregación (Act 2, 2), no sólo porque todos en ella quedaron llenos del divino Espíritu y de sus inefables dones, sino porque la misma casa fue llena de admirable luz y resplandor. Y esta plenitud de maravillas y prodigios redundó y se comunicó a otros fuera del cenáculo, porque obró también diversos y varios efectos el Espíritu Santo en los moradores y vecinos de Jerusalén. Todos aquellos que con alguna piedad se compadecieron de nuestro Salvador y Redentor Jesús en su pasión y muerte, doliéndose de sus acerbísimos tormentos y reverenciando su venerable persona, fueron visitados en lo interior con nueva luz y gracia que los dispuso para admitir después la Doctrina de los Apóstoles. Y los que se convirtieron con el primer sermón de San Pedro eran muchos de éstos, a quien su compasión y pena de la muerte del Señor les comenzó a granjear tanta dicha como ésta. Otros justos que estaban en Jerusalén fuera del cenáculo recibieron también grande consolación interior con que se movieron y dispusieron, y así obró en ellos el Espíritu Santo nuevos efectos de gracia, respectivamente, en cada uno.
65. Pero no son menos admirables, aunque más ocultos, otros efectos muy contrarios a los que he dicho, que el mismo Espíritu divino obró este día en Jerusalén. Sucedió, pues, que con el espantoso trueno y vehemente conmoción del aire y relámpagos en que vino el Espíritu Santo, turbó y atemorizó a todos los moradores de la ciudad enemigos del Señor, respectivamente a cada uno según su maldad y perfidia. Señalóse este castigo con todos cuantos fueron actores y concurrieron en la muerte de nuestro Salvador, particularizándose y airándose en malicia y rabia. Todos éstos cayeron en tierra por tres horas, dando en ella de cerebro. Y los que azotaron a Su Majestad murieron luego todos, ahogados de su propia sangre, que del golpe se les movió y trasvenó hasta sofocarlos, por la que con tanta impiedad derramaron. El atrevido que dio la bofetada a Su Majestad divina no sólo murió repentinamente, sino que fue lanzado en el infierno en alma y cuerpo. Otros de los judíos, aunque no murieron, quedaron castigados con intensos dolores y algunas enfermedades abominables. Este castigo fue notorio en Jerusalén, aunque los pontífices y fariseos pusieron gran diligencia en desmentirlo, como lo hicieron en la Resurrección del Salvador; pero como esto no era tan importante no lo escribieron los Apóstoles ni Evangelistas, y la confusión de la ciudad y la multitud lo olvidó luego.
66. Pasó también el castigo y el temor hasta el infierno, donde los demonios le sintieron con nueva confusión y opresión, que les duró tres días, como a los judíos estar en tierra tres horas. Y en aquellos días estuvieron Lucifer y sus demonios dando formidables aullidos, con que todos los condenados recibieron nueva pena y aterramiento de confusísimo dolor. ¡Oh Espíritu inefable y poderoso! La Iglesia Santa os llama dedo de Dios, porque procedéis del Padre y del Hijo como el dedo del brazo y del cuerpo, pero en esta ocasión se me ha manifestado que tenéis el mismo poder infinito con el Padre y con el Hijo. En un mismo tiempo con vuestra real presencia se movieron cielo y tierra con efectos tan disímiles en todos sus moradores, pero muy semejantes a los que sucederán el día del juicio. A los santos y a los justos llenasteis de vuestra gracia, dones y consolación inefable, y a los impíos y soberbios castigasteis y llenasteis de confusión y penas. Verdaderamente veo aquí cumplido lo que dijisteis por Santo Rey y Profeta David (Sal 93, 1ss), que sois Dios de venganzas y libremente obráis dando la retribución digna a los malos, porque no se gloríen en su malicia injusta ni digan en su corazón que no lo veréis ni entenderéis, redarguyendo y castigando sus pecados.
67. Entiendan, pues, los insipientes del mundo y sepan los estultos de la tierra que conoce el Altísimo los pensamientos vanos de los hombres y que si con los justos es liberal y suavísimo, con los impíos y malos es rígido y justiciero para su castigo. Le tocaba al Espíritu Santo hacer lo uno y lo otro en esta ocasión. Porque procedía del Verbo, que se humanó por los hombres y murió para redimirlos y padeció tantos oprobios y tormentos sin abrir su boca ni dar retribución de estas deshonras y desprecios. Y bajando al mundo el Espíritu Santo, era justo que volviera por la honra del mismo Verbo humanado y, aunque no castigara a todos sus enemigos, pero en el castigo de los más impíos quedara señalado el que merecían todos los que con dura perfidia le habían despreciado, si con darles lugar no se reducían a la verdad con verdadera penitencia. A los pocos que habían admitido al Verbo humanado, siguiéndole y oyéndole como Redentor y Maestro, y a los que habían de predicar su fe y doctrina, era justo premiarlos y disponerlos con favores proporcionados para el ministerio de plantar la Iglesia y Ley Evangélica. A María santísima era como debido visitarla el Espíritu Santo. El Apóstol dijo (Ef 5, 31) que dejar el hombre a su padre y madre y unirse con su esposa, como lo había dicho Santo Profeta y Legislador Moisés (Gen 2, 24), era gran sacramento entre Cristo y la Iglesia, por quien descendió del seno del Padre para unirse con ella en la humanidad que recibió. Pues si Cristo bajó del cielo por estar con su esposa la Iglesia, consiguiente parecía que bajase el Espíritu Santo por María santísima, no menos esposa suya que Cristo de la Iglesia y no la amaba menos que el Verbo humanado a la Iglesia.
Doctrina que me dio la gran Reina del cielo y Señora nuestra.
68 Hija mía, poco atentos y agradecidos son los hijos de la Iglesia al beneficio que les hizo el Altísimo enviando a ella el Espíritu Santo, después de haber enviado a su Hijo por Maestro y Redentor de los hombres. Tanta fue la dilección con que los quiso amar y traer a sí, que para hacerlos participantes de sus divinas perfecciones envió primero al Hijo, que es la sabiduría, y después al Espíritu Santo, que es su mismo amor, para que de estos atributos fuesen enriquecidos en el modo que todos eran capaces de recibirlos. Y aunque vino el divino Espíritu en la primera vez sobre los Apóstoles y los demás que con ellos estaban, pero en aquella venida dio prendas y testimonio de que haría el mismo favor a los demás hijos de la Iglesia, de la luz y del Evangelio, comunicando a todos sus dones si todos se dispusieren para recibirlos. Y en fe de esta verdad venía el mismo Espíritu Santo sobre muchos de los creyentes en forma o en efectos visibles, porque eran verdaderamente fieles siervos, humildes, sencillos y de corazón limpio y aparejados para recibirle. Y también ahora viene en muchas almas justas, aunque no con señales tan manifiestas como entonces, porque no es necesario ni conveniente. Los efectos y dones interiores todos son de una misma condición, según la disposición y grado de cada uno que los recibe.
69. Dichosa es el alma que anhela y suspira por alcanzar este beneficio y participar de este divino fuego, que enciende, ilustra y consume todo lo terreno y carnal, y purificándola la levanta a nuevo ser por la unión y participación del mismo Dios. Esta felicidad, hija mía, deseo para ti como verdadera y amorosa madre; y para que la consigas con plenitud te amonesto de nuevo prepares tu corazón, trabajando por conservar en él una inviolable tranquilidad y paz en todo lo que te sucediere. Quiere la divina clemencia levantarte a una habitación muy alta y segura, donde tengan término las tormentas de tu espíritu y no alcancen las baterías del mundo ni del infierno, donde en tu reposo descanse el Altísimo y halle en ti digna morada y templo de su gloria. No te faltarán acometimientos y tentaciones del Dragón y todas con suma astucia. Vive prevenida, para que ni te turbes ni admitas desasosiego en lo interior de tu alma. Guarda tu tesoro en tu secreto y goza de las delicias del Señor, de los efectos dulces de su casto amor, de las influencias de su ciencia, pues en esto te ha elegido y señalado entre muchas generaciones, alargando su mano liberalísima contigo.
70. Considera, pues, tu vocación y asegúrate que de nuevo te ofrece el Altísimo la participación y comunicación de su divino Espíritu y sus dones. Pero advierte que cuando los concede no quita la libertad de la voluntad, porque siempre deja en su mano el hacer elección del bien y del mal a su albedrío, y así te conviene que en confianza del favor divino tomes eficaz resolución de imitarme en todas las obras que de mi vida conoces y no impedir los efectos y virtud de los dones del Espíritu Santo. Y para que mejor entiendas esta doctrina, te diré la práctica de todos siete.
71. El primero, que es la sabiduría, administra el conocimiento y gusto de las cosas divinas para mover el cordial amor que en ellas debes ejercitar, codiciando y apeteciendo en todo lo bueno, lo mejor y más perfecto y agradable al Señor. Y a esta moción has de concurrir entregándote toda al beneplácito de la divina voluntad y despreciando cuanto te pueda impedir, por más amable que sea para la voluntad y deseable al apetito. A esto ayuda el don del entendimiento, que es el segundo, dando una especial luz para penetrar profundamente el objeto representado al entendimiento. Con esta inteligencia has de cooperar y concurrir, divirtiendo y apartando la atención y discurso de otras noticias bastardas y peregrinas, que el demonio por sí y por medio de otras criaturas ofrece para distraer el entendimiento y que no penetre bien la verdad de las cosas divinas. Esto le embaraza mucho, porque son incompatibles estas dos inteligencias y porque la capacidad humana es corta y partida en muchas cosas comprende menos y atiende menos a cada una que si atendiera a sola ella. Y en esto se experimenta la verdad del Evangelio, que ninguno puede servir a dos señores (Mt 6, 24). Y cuando atenta toda el alma a la inteligencia del bien le penetra, es necesaria la fortaleza, que es el tercer don, para ejecutar con resolución todo lo que el entendimiento ha conocido por más santo, perfecto y agradable al Señor. Y las dificultades o impedimentos que se ofrecieren para hacerlo, se han de vencer con fortaleza, exponiéndose la criatura a padecer cualquier trabajo y pena por no privarse del verdadero y sumo Bien que conoce.
72. Mas porque muchas veces sucede que con la natural ignorancia y dubiedad, junto con la tentación, no alcanza la criatura las conclusiones o consecuencias de la verdad divina que ha conocido y con esto se embaraza para obrar lo mejor entre los arbitrios que ofrece la prudencia de la carne, sirve para esto el don de ciencia, que es el cuarto, y da luz para inferir unas cosas buenas de otras y enseña lo más cierto y seguro y a declararse en ello, si fuere menester. A éste se llega el don de la piedad, que es el quinto, e inclina al alma con fuerte suavidad a todo lo que verdaderamente es agrado y servicio del Señor y beneficio espiritual de la criatura, a que lo ejecute no con alguna pasión natural, sino con motivo santo, perfecto y virtuoso. Y para que en todo se gobierne con alta prudencia sirve el sexto don, de consejo, que encamina la razón para obrar con acierto y sin temeridad, pesando los medios y conciliando para sí y para otros con discreción, para elegir los medios más proporcionados a los fines honestos y santos. A todos estos dones se sigue el último, del temor, que los guarda y sella todos. Este don inclina al corazón para que huya y se recate de todo lo imperfecto, peligroso y disonante a las virtudes y perfección del alma, y así le viene a servir de muro que la defiende. Pero es necesario entender la materia y modo de este temor santo, para que no exceda en él la criatura ni tema donde no hay que temer, como a ti tantas veces te ha sucedido por la astucia de la serpiente, que a vuelta del temor santo te ha procurado introducir el temor desordenado de los mismos beneficios del Señor. Pero con esta doctrina quedarás advertida cómo has de practicar los dones del Altísimo y avenirte con ellos. Y te advierto y amonesto que la ciencia de temer es propio efecto de los favores que Dios comunica y le da al alma, y con suavidad y dulzura, paz y tranquilidad, para que sepa estimar y apreciar el don, porque ninguno hay pequeño de la mano del Altísimo, y porque el temor no impida a conocer bien el favor de su poderosa mano y para que este temor la encamine a agradecerle con todas sus fuerzas y humillarse hasta el polvo. Conociendo tú estas verdades sin engañó y quitando la cobardía del temor servil, quedará el filial y con él como norte navegarás segura en este valle de lágrimas.
MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VII, Cap. 5
miércoles, 18 de enero de 2023
Respuesta de la Madre y de los ángeles, los profetas, los apóstoles y los demonios a Dios ... - Santa Brígida
Respuesta de la Madre y de los ángeles, los profetas, los apóstoles y los demonios a Dios,
en presencia de la esposa, testimoniando su Grandeza en la Creación, Encarnación,
Redención y demás; sobre cómo la gente contradice hoy todas estas cosas, y acerca de su
severo juicio sobre ellos.
La Madre de Dios dijo: “Esposa de mi Hijo, vístete y permanece firme porque mi Hijo
se acerca a ti. Has de saber que su carne fue estrujada como la uva en un lagar; pues debido
a que el hombre pecó con todos los miembros de su cuerpo, mi Hijo realizó la expiación en
todos los miembros de su Cuerpo. Los cabellos de mi Hijo fueron arrancados, sus tendones
distendidos, sus articulaciones desencajadas, sus huesos dislocados, sus manos y pies
completamente perforados. Su mente fue agitada, su corazón afligido por el dolor, su
estómago absorbido hacia su espalda, y todo esto porque la humanidad había pecado con
cada miembro de su cuerpo.
Entonces, el Hijo habló en presencia de la Corte Celestial y dijo: “Aunque todo lo
sabéis en mí, hablo para esta esposa mía que está aquí. A vosotros me dirijo, ángeles,
decidme: ¿Quién es el que no tuvo principio ni tendrá fin? ¿Y quién es el que creó todas las
cosas y no fue creado por nadie? Hablad y dad testimonio. Respondieron los ángeles todos
a una voz: “Señor, ése eres Tú, y damos testimonio de tres cosas: Primero, de que eres
nuestro Creador y de todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Segundo, de que eras y serás
sin principio, tu dominio es sin fin y tu poder eterno. Nada se ha hecho sin ti y sin ti nada
puede existir. En tercer lugar, testimoniamos que vemos en ti toda justicia además de todo
lo que ha sido y será. Todas las cosas son presentes para ti, sin principio ni fin”.
Después, dijo a los profetas y patriarcas: ¿Quién os condujo de la esclavitud a la
libertad? ¿Quién dividió las aguas ante vosotros? ¿Quién os dio la Ley? Profetas, ¿quién os
dio inspiración para hablar? Ellos respondieron: “Tú, Señor. Tú nos sacaste de la
esclavitud. Tú nos diste le Ley. Tú inspiraste nuestro espíritu para hablar”.
Posteriormente, le dijo a su Madre: “¡Da verdadero testimonio de todo lo que sabes
de mí! Ella respondió: “Antes de que el ángel que me enviaste viniera a mí, yo estaba sola
en cuerpo y alma. Cuando fueron pronunciadas las palabras del ángel, tu Cuerpo estuvo
dentro de mí en sus naturalezas divina y humana, y sentí tu Cuerpo en mi cuerpo. Te
engendré sin dolor. Te parí sin angustia. Te envolví en pañales y te alimenté con mi leche.
Estuve contigo desde tu nacimiento hasta tu muerte.
Entonces, dijo el Señor a los apóstoles: “¡Decid a quién visteis, oísteis y percibisteis
con vuestros sentidos! Ellos le respondieron: “Oímos tus palabras y las escribimos. Oímos
tus palabras prodigiosas cuando nos diste la Nueva Ley, cuando con una palabra Tú diste
la orden a los demonios y ellos salieron, cuando con una palabra resucitaste a los muertos
y sanaste a los enfermos. Te vimos en un cuerpo humano. Vimos tus milagros en la gloria
divina de tu naturaleza humana. Te vimos apresado por tus enemigos y colgado en una
Cruz.
Te vimos sufrir de la manera más amarga y, después, ser enterrado en un sepulcro. Te
percibimos con nuestros sentidos cuando resucitaste. Tocamos tu cabello y tu rostro.
Tocamos tus miembros y tus partes llagadas. Tú comiste con nosotros y compartiste
nuestra conversación. Tú eres verdaderamente el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen.
También te percibimos con nuestros sentidos cuando ascendiste, en tu naturaleza humana,
a la derecha del Padre, donde estás eternamente”.
Después, le dijo Dios a los espíritus inmundos: “Aunque en vuestra conciencia
ocultáis la verdad, os ordeno que digáis quién fue el que menguó vuestro poder”. Ellos le
respondieron: “Como ladrones que no dicen la verdad, a menos que tengan los pies
atrapados en un durísimo madero, nosotros no diríamos la verdad si no fuéramos forzados
por tu tremendo y divino poder. Tú eres quien descendió al infierno con toda tu fuerza. Tú
menguaste nuestro poder en el mundo. Tú te llevaste del infierno lo que te correspondía
por propio derecho. Entonces el Señor dijo: “Date cuenta, todos los que tienen un espíritu
y no están arropados por un cuerpo declaran su testimonio de la verdad ante mí. Pero
aquellos que tienen un espíritu y un cuerpo, en concreto los seres humanos, me
contradicen. Algunos de ellos conocen la Verdad, pero no les importa. Otros no la conocen
y por ello dicen que no les importa, pero afirman que todo es falso”.
Él le dijo, de nuevo, a los ángeles: “Los seres humanos dicen que vuestro testimonio
es falso, que yo no soy el Creador y que no todas las cosas se conocen en mí. Por tanto,
aman más a lo creado que a mí”. Él dijo a los profetas: “Los hombres os contradicen y
dicen que la Ley no tiene sentido, que vosotros os liberasteis gracias a vuestro propio valor
y capacidad, que el Espíritu era falso y que vosotros hablasteis por propia voluntad”. A su
Madre le dijo: “Algunos dicen que tú no eres Virgen, otros que Yo no me encarné de ti,
otros conocen la Verdad pero no les importa”.
A los apóstoles les dijo: “Os contradicen diciendo que sois mentirosos, que la Nueva
Ley es inútil e irracional. Hay otros que creen que es verdadera pero no les importa. Ahora,
pues, Yo os pregunto: ¿Quién será su juez? Todos ellos le contestaron: “Tú, Dios, que eres
sin principio ni fin. Tú, Jesucristo, que eres uno con el Padre. El Padre te ha otorgado todo
el poder de juzgar, Tú eres su Juez”. El Señor contestó: “Yo fui su acusador y ahora soy su
Juez. Sin embargo, pese a que todo lo sé y todo lo puedo, ¡dadme vuestro veredicto sobre
ellos!
Ellos respondieron: “Lo mismo que el mundo entero pereció en sus comienzos por las
aguas del diluvio, igual ahora el mundo merece consumirse en fuego, pues la iniquidad y la
injusticia son ahora más abundantes que entonces”. El Señor respondió: “Como soy justo y
misericordioso y no hago juicio sin misericordia ni misericordia sin justicia, una vez más
enviaré mi misericordia al mundo por los ruegos de mi Madre y de mis santos. Si los seres
humanos no quieren escuchar, les seguirá una justicia que será, con mucho, la más severa”.
Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capítulo 45
sábado, 26 de noviembre de 2022
JURAMENTO ANTI-MODERNISTA DEL PAPA SAN PÍO X
Motu Propio: “SACRORUM ANTISTITUM”
Impuesto al clero en
septiembre de 1910
por S.S. Pío X
"
Yo...abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos.”
“En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto.”
“En segundo lugar, admito y reconozco los argumentos externos de la revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente.”
“En tercer lugar, creo también con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, ha sido instituida de una manera próxima y directa por Cristo en persona, verdadero e histórico, durante su vida entre nosotros, y creo que esta Iglesia esta edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos.”
“En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, SIEMPRE CON EL MISMO SENTIDO Y LA MISMA INTERPRETACIÓN. POR ESTO RECHAZO ABSOLUTAMENTE LA SUPOSICION HERETICA DE LA EVOLUCION DE LOS DOGMAS, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio.
"Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el deposito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido.”
“Consecuentemente: mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades tenebrosas del "subconsciente", moralmente informado bajo la presión del corazón y el impulso de la voluntad, sino que es un verdadero asentamiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente por la enseñanza recibida EX CATEDRA, asentamiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro creador y nuestro Maestro".
“En fin, de manera general, profeso estar completamente indemne de este error de los modernistas, que pretenden no hay nada divino en la tradición sagrada, o lo que es mucho peor, que admiten lo que hay de divino en el sentido panteísta, de tal manera que no queda nada más que el hecho puro y simple de la historia, a saber: El hecho de que los hombres, por su trabajo, su habilidad, su talento continúa a través de las edades posteriores, la escuela inaugurada por Cristo y sus Apóstoles. Para concluir, sostengo con la mayor firmeza y sostendré hasta mi ultimo suspiro, la fe de los Padres sobre el criterio cierto de la verdad que está, ha estado y estará siempre en el episcopado transmitido por la sucesión de los Apóstoles; no de tal manera que esto sea sostenido para que pueda parecer mejor adaptado al grado de cultura que conlleva la edad de cada uno, sino de tal manera que LA VERDAD ABSOLUTA E INMUTABLE, predicada desde los orígenes por los Apóstoles, NO SEA JAMAS NI CREIDA NI ENTENDIDA EN OTRO SENTIDO.
“Todas estas cosas me comprometo a observarlas fiel, sincera e INTEGRAMENTE, a guardarlas inviolablemente y a no apartarme jamás de ellas sea enseñando, sea de cualquier manera, por mis palabras y mis escritos...".
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