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sábado, 3 de enero de 2026

Milagros del Escapulario 24 - No muere jamás con su Santo Escapulario quien repudia la gracia.



No muere jamás con su Santo Escapulario quien repudia  la gracia.


El Excmo. y Rvdmo. Sr. Dr. D. Vicente Tarancón, Obispo de Solsona, en su maravillosa Carta Pastoral sobre el Santo Escapulario del Carmen, nos refiere el siguiente prodigio: 

Habían sido sentenciados a muerte, en Vinaroz, dieciséis reos. Habíase conseguido, después de muchos esfuerzos, que se confesasen catorce, negándose los otros dos incluso a escucharnos. 

Pudo decirse misa aquel día en la capilla de la cárcel, antes de la ejecución. Misa a la que asistieron todos, y durante ella un P. Carmelita que, como capellán militar, residía entonces en Vinaroz, los iba preparando para la Sagrada Comunión, al mismo tiempo que los animaba con la esperanza del Cielo. 

Poco después del Evangelio, pidieron confesión aquellos dos que no se habían confesado, y comulgaron los dieciséis, y a todos ellos se les impuso el Santo Escapulario. Yo me retiré después de la misa y no fui testigo presencial de los hechos que se desarrollaron después, pero, que me refirieron al siguiente día todos los que habían asistido a la ejecución. Cuando esposaron a los presos y los subieron al camión, que los había de conducir al lugar donde habían de ser ejecutados, uno de ellos empezó a blasfemar horriblemente. Ni las reconvenciones de sus compañeros, ni las reflexiones que le hiciera el P. Carmelita y otro sacerdote que los acompañaba, sirvieron para otra cosa que para enfurecerle más y para que arreciara cada vez con mayor rabia en sus maldiciones y blasfemias.

Llegó, al fin, el momento de la ejecución y las últimas palabras que pronunció aquel desgraciado fueron una blasfemia y horrible maldición: maldijo a Dios, a la Iglesia, a los sacerdotes, a los militares y hasta a su mujer y a sus hijos. Y con la maldición en los labios y con la rabia más feroz reflejada en su rostro, cayó muerto instantáneamente por la descarga del piquete. 

Cuando el alférez que mandaba las fuerzas se adelantó, horrorizado por aquel hecho, a reconocer con el médico a los ajusticiados, vio en el suelo un objeto que le llamó poderosamente la atención. Se inclinó para recogerlo, y ¿cuál no sería su asombro, y hasta su pánico, cuando vio que era un Escapulario y cuando comprobó, después, que era precisamente el de aquel que había muerto con la blasfemia y la maldición en los labios? 

Nunca olvidaré jamás la cara de aquel alférez cuando, al día siguiente, vino a contarme el suceso, enseñándome el Escapulario, que no quería soltar, y repitiendo como fuera de sí : "He visto un milagro, señor cura, he visto un milagro." 

Realmente el caso era sorprendente e inexplicable. El Escapulario estaba intacto: no había saltado, por tanto, roto por la metralla. El reo no se lo pudo quitar, porque tenía las manos esposadas. No había caído, tampoco, en la dirección del cuerpo, sino en dirección contraria; por eso lo encontró el alférez cuando se dirigía desde su puesto de mando a reconocer a los ajusticiados. 

La narración del alférez, la que me hicieran por su parte el P. Carmelita y el otro sacerdote y también un seglar que se hallaba presente en la ejecución, coincidían realmente en todos los detalles. 

La Santísima Virgen, nuestra Madre, no había querido que aquel que murió blasfemando muriese con el Santo Escapulario sobre su pecho.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.
Editado en 1956

viernes, 5 de diciembre de 2025

Milagros del Escapulario 23 - Padece graves enfermedades uno que se mofa del Escapulario...

 

Padece graves enfermedades uno que se mofa del Escapulario
y sana luego que lo viste arrepentido

El Rvdo. P. Fr. Pablo de los Santos nos dice que en Praga había un caballero noble, llamado don Juan Bta. Castelo, cuya esposa, doña Bárbara, era devotísima del Santo Escapulario y muy observante en todo cuanto se prescribe para lucrar la Indulgencia Sabatina, de todo lo cual se burlaba el incrédulo esposo, tomándolo a burla y chacota. Lo sufría y lo soportaba con gran paciencia la devota señora, pero un día le dijo: "No tomes a chanza y burla las cosas de la Virgen Santísima, no sea que atraigas sobre ti la cólera y el enojo del Señor." Y nunca tal dijera ni pensara, pues de allí a pocos días le sobrevino una penosa enfermedad, que se fue agravando día por día, hasta perder del todo la vista. Seis meses estuvo así, sin la menor esperanza de remedio, aunque llamó a los más célebres doctores de toda su patria. 

Viéndose en tan lamentable estado, comenzó a cavilar en lo presto que perdió su salud luego que su esposa le sugirió aquella fatídica sentencia. Mas Dios nuestro Señor, que le quería con salud, pero arrepentido, comenzó a infundirle la luz en su alma, a fin de que, conociendo sus yerros, pidiese perdón a Dios arrepentido, poniendo por intercesora a nuestra dulce Madre María. Estando embebido y ensimismado en semejantes ideas, se quedó transportado en un dulce sueño, logrando en él la mejor receta para su salud, pues con la viveza con que el sueño representa las cosas vio a la Virgen Santísima con hábito del Carmen, diciéndole que se impusiera cuanto antes el Santo Escapulario y que con él, juntamente con la vista, recibiría perfecta salud en su alma. Vuelto en sí, contó a su devota esposa lo que le había pasado. Y ella, enajenada de gozo y anhelando que recibiera el Escapulario, llamó inmediatamente a su confesor, el cual se lo impuso, recibiendo al par su confesión más humilde y fervorosa, y al momento de recibir la Sagrada Comunión recuperó de súbito la vista, manifestando el efecto milagroso que la receta, aunque soñada, tuvo un efecto rápido, eficaz y prodigioso. 

Este ejemplo nos manifiesta cuánto abomina Dios el que se tome a burla lo que pertenece a la gloria de su Madre y cuántas gracias hemos de dar a nuestra Madre por conservarnos la fe y el fervor y la esperanza en sus divinas promesas. 

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.
Editado en 1956

lunes, 8 de septiembre de 2025

Profecías de la Beata Elena Aiello - Fiesta del Inmaculado Corazón. 22 de agosto de 1960

 


La Virgen dice: "¡La hora de la justicia de Dios está cerca, y será terrible!"

"Enormes azotes son inminentes en el mundo, y varias naciones se verán afectadas por epidemias, hambrunas, grandes terremotos, terribles huracanes, con desbordamiento de ríos y mares, que traen la ruina y la muerte".

"Si la gente no reconoce en estos flagelos (de la naturaleza) las advertencias de la Divina Misericordia, y no regresa a Dios con una vida verdaderamente cristiana, Otra terrible guerra vendrá del Este al Oeste. Rusia con sus ejércitos secretos batallara América: arribara a Europa.

El río Rin se desbordará de cadáveres y sangre. Italia, también, será hostigada por una gran revolución, y el Papa sufrirá terriblemente".

"Difunde la devoción a mi Inmaculado Corazón, para que muchas almas sean conquistadas por mi amor y para que muchos pecadores puedan regresar a mi Corazón Materno. No temas, porque acompañaré con mi protección maternal a mis fieles, y a todos aquellos que acepten mis advertencias urgentes, y ellos, especialmente por el rezo de mi Rosario, serán salvados. " 

"Satanás va furiosamente a través de este mundo desordenado, y pronto mostrará todo su poder. Pero, debido a mi Inmaculado Corazón, el triunfo de la Luz no demorará en su triunfo sobre el poder de la oscuridad, y el mundo, finalmente, tendrá tranquilidad y paz. " 


Del libro "La increíble historia de vida de la hermana Elena Aiello: la santa monja calabresa" del Reverendo Francisco Spadafora, publicado por Theo Gaus Inc., 1964. 


martes, 12 de agosto de 2025

Profecías de Nuestra Señora del Buen Suceso (Siglo XVII)



   Era el año 1634 cuando, a las 3 en punto de la madrugada del 2 de febrero, la Madre Mariana de Jesús Torres, abadesa del convento Concepcionista en la ciudad de Quito, vio la lámpara que ardía en el santuario cerca del Santísimo Sacramento parpadear y apagarse, dejando la iglesia en total oscuridad. Sus sentidos se entumecieron, y vio una luz celestial que iluminaba toda la iglesia. Era la Reina del Cielo quien, después de hacer a la mecha prenderse otra vez, dijo estas palabras a la Madre Mariana: “Amada hija de mi corazón, Yo soy María del Buen Suceso, su madre y protectora”.

  Tras profetizar sobre la muerte de la vidente y el futuro del monasterio, Nuestra Señora del Buen Suceso empezó a explicar a la Madre Mariana los varios significados de que se hubiese apagado la lámpara: “En el siglo diecinueve, hacia su final, y a través de la mayor parte del siglo veinte, muchas herejías abundarán en esta tierra, que será entonces una república libre. La preciosa luz de la Fe se extinguirá en las almas debido a la casi total corrupción de las costumbres. Para entonces habrán grandes calamidades, físicas y morales, públicas y privadas. Las pocas almas que preservarán la devoción a la Fe y las virtudes sufrirán cruel e indescriptible congoja, algo así como un prolongado martirio; muchos de ellos irán a la tumba debido a la violencia del sufrimiento y serán considerados mártires que se sacrificaron a sí mismos por la Iglesia y la Nación. Para obtener la libertad de la esclavitud de esas herejías, aquellos a quienes el misericordioso amor de mi Santísimo Hijo haya destinado para tal restauración necesitarán gran fuerza de voluntad, constancia, valor y mucha confianza en Dios. Para probar la Fe y Confianza del Justo, momentos vendrán en que todo parezca perdido y paralizado, pero ellos serán el feliz comienzo de la completa restauración”.

 

Profecías a cumplirse

  Al indicar el agente de la crisis tan catastrófica que describe en sus profecías sobre los siglos XIX y XX, Nuestra Señora del Buen Suceso se refiere a las herejías en general y a las sectas, o simplemente a la secta (Masonería).

  Esas herejías o sectas tendrían el poder para extender sus garras desde el recinto sagrado del Templo hasta el hogar, influenciando perniciosamente todos los campos de la actividad humana.


Libertinaje, impureza, corrupción de mujeres y niños

  “...Se desbordarán las pasiones y habrá una total corrupción de costumbres, por casi reinar Satanás con las sectas masónicas, tendientes principalmente a corromper a los niños para sostener con ese medio la corrupción general. ¡Ay de los niños de ese tiempo!: el sacramento del Bautismo lo recibirán difícilmente, la Confirmación, de igual manera”.

  “Habiéndose apoderado la secta de todas las clases sociales, tendrá tanta sutileza para introducirse en los hogares domésticos, que perdiendo a la niñez, se gloriará el demonio de alimentarse con el exquisito manjar de los corazones de los niños. En esos aciagos tiempos, apenas se encontrará inocencia infantil, de esa manera irán perdiéndose las vocaciones para el sacerdocio, que será una verdadera calamidad”.


La virginidad habrá casi desaparecido

  “La atmósfera repleta del espíritu de impureza, el que a manera de un mar inmundo correrá por calles, plazas y sitios públicos con una libertad asombrosa de manera que casi no habrá en el mundo almas vírgenes. La delicada flor de la virginidad, tímida y amenazada de completa destrucción, lucirá de lejos”.


Puerta abierta para el divorcio, el concubinato, los hijos ilegítimos, la educación laica...

  “El sacramento del matrimonio, el que representa la unión de Cristo con la Iglesia, será atacado y profanado en toda la extensión de la palabra... [se aprobarán] inicuas leyes procurando extinguirlo, facilitando a todos vivir mal y propagándose la generación de hijos mal nacidos y sin la bendición de la Iglesia, irá decayendo rápidamente el espíritu cristiano”.

  “Apagándose la luz preciosa de la fe hasta llegar a casi una total y general corrupción de costumbres; esto, unido con la educación laica, será motivo de escasear las vocaciones sacerdotales y religiosas”.


Desestima por la unción de los enfermos

  “El sacramento de la extremaunción, por ese tiempo en el que faltará en esta pobre Patria el espíritu cristiano, será poco acatado y muchas personas morirán sin recibirlo, ya por descuido de las familias, como por un mal entendido afecto hacia sus enfermos...”


La Sagrada Eucaristía será profanada y pisoteada

  Peor aún se dará con la Sagrada Comunión: “¡Ay, cuánto siento manifestarte que habrá muchos y enormes sacrilegios públicos y también ocultos, profanando la Sagrada Eucaristía!... Mi Hijo Santísimo se verá rodado por el suelo y pisoteado por inmundas plantas”.


Muchas naciones serán castigadas por los pecados de sacerdotes y religiosos

“Sabe aún que la Justicia Divina acostumbra descargar castigos terribles sobre naciones enteras, no tanto por los pecados del pueblo, cuanto por los de los sacerdotes y religiosos, porque estos últimos son llamados, por la perfección de su estado, a ser la sal de la Tierra, los maestros de la verdad y los pararrayos de la Ira Divina”.


Por servirle a medias, renegará Dios de muchas almas

  El Niño Jesús reveló a la madre Mariana que muchas almas religiosas y sacerdotales “quieren servirme a medias, conservando sus caprichos y genios, satisfaciendo en todo sus voluntades y tomando libertades incompatibles con su estado y profesión. Yo no las tolero; nada por la mitad me agrada. Yo las abandono y dejo que sigan todos los deseos de su corazón pervertido para desconocerlas delante de mi Padre Celestial. ¡Ay de aquéllos y de aquéllas!”


Quien debía hablar, callará

  “Casi no se encontrará inocencia en los niños ni pudor en las mujeres, y en esta suprema necesidad de la Iglesia, callará quien a tiempo debió hablar”.

  Esta grave omisión es repetida por la Santísima Virgen en la siguiente aparición, el 2 de febrero de 1610: “Campearán los vicios de impureza, la blasfemia y el sacrilegio en aquel tiempo de depravada desolación, callando quien debería hablar”.

  Los que deberían defender los derechos de la Iglesia, darán la mano a sus enemigos

  Nuestra Madre Santísima hace a su hija dilecta esta terrible declaración:

“Tiempos funestos sobrevendrán, en los cuales... aquellos que deberían defender en justicia los derechos de la Iglesia, sin temor servil ni respeto humano, darán la mano a los enemigos de la Iglesia para hacer lo que éstos quieran”.


Cuando todo parezca perdido, será el inicio del triunfo de María

  Como en Fátima, después de la previsión de catástrofes para la Iglesia y la civilización cristiana, la previsión de una espléndida victoria.

  Así, al tratar de la propagación de las herejías en los siglos XIX y XX, María del Buen Suceso revela a la madre Mariana de Jesús Torres:

  “El corto número de almas en las cuales se conservará el culto de la fe y de las buenas costumbres sufrirá un cruel e indecible al par que prolongado martirio; muchas de ellas descenderán al sepulcro por la violencia del sufrimiento y serán contadas como mártires que se sacrificaron por la Iglesia y por la Patria”.

  “Para libertar de la esclavitud de estas herejías, necesitarán gran fuerza de voluntad, constancia, valor y mucha confianza en Dios aquéllas a quienes destinará para esta restauración. El amor misericordioso de mi Hijo Santísimo, para poner a prueba en los justos esta fe y confianza llegarán momentos en los cuales, al parecer, todo estará perdido y paralizado, y entonces, será feliz principio de la restauración completa”.

  Y, después de referirse a la prevaricación en las filas eclesiásticas, Nuestra Señora afirma:

  “Ora con instancia, clama sin cansarte y llora con lágrimas amargas en el secreto de tu corazón, pidiendo a nuestro Padre Celestial, que por el amor al Corazón Eucarístico de mi Hijo Santísimo ponga cuanto antes fin a tan aciagos tiempos, enviando a esta Iglesia el Prelado que deberá restaurar el espíritu de sus sacerdotes”.

  “A ese hijo mío muy querido lo dotaremos de una capacidad rara, de humildad de corazón, de docilidad a las divinas inspiraciones, de fortaleza para defender los derechos de la Iglesia y de un corazón tierno y compasivo. En su mano será puesta la balanza del Santuario, para que todo se haga con peso y medida, y Dios sea glorificado”.

  Para que esto no suceda, el demonio y sus secuaces incitarán “todos los vicios”, provocando así “toda clase de castigos, entre ellos la peste, el hambre, la pendencia entre propios y ajenos, la apostasía, perdiendo a un número considerable de almas... Habrá una guerra formidable y espantosa... Esa noche será horrorosísima, porque al parecer humano será triunfante la maldad”.

  “Entonces es llegada mi hora en la que Yo, de una manera asombrosa destronaré al soberbio y maldito Satanás, poniéndole bajo mi planta y encadenándole en el abismo infernal, dejando por fin libres a la Iglesia y la Patria de su cruel tiranía”.

 

FUENTES:

1) Vida Admirable de la Rvda. Madre Mariana de Jesús Torres, escrita alrededor de 1790 por Fray Manuel de Sousa Pereira O.F.M.

2) Madera para Esculpir la Imagen de una Santa, por Mons. Dr. Luis E. Cadena y Almeida. Foundation for a Christian Civilization, Nueva York, 1987.

3) Mensaje Profético de la Sierva de Dios Sor Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa, Quito, 1989, de Mons. Luis E. Cadena y Almeida.

4) http://sempefidelis.blogspot.com.es/2009/10/yo-soy-maria-de-el-buen-suceso.html

5) http://www.fatima.org.pe/seccion-verarticulo-460.html

domingo, 16 de febrero de 2025

Milagros del Escapulario 18 - Castigo ejemplar en un soldado descreido

 


El abate Moret nos refiere que, en el año 1900, en cierto regimiento de caballería, un soldado descreído y disoluto encontró un Escapulario del Carmen. Lo cogió el desgraciado, lo frotó con desprecio entre sus manos, y en tono de mofa, exclamó en voz alta, diciendo: “¿De quién son estos trapos, camaradas?” El reto del villano soldado, impío y descreído, lo recogió un muchachote fuerte y corpulento, el cual, sin el menor respeto humano y con la mayor entereza y energía, le replicó al bellaco, en tono de fervoroso creyente: “Este bendito Escapulario es mío, y ¡ay! del cobarde que se atreviera a profanarlo”. 

La presencia del heroico soldado, su noble actitud y el desembarazo y marcial continente con que fueran pronunciadas sus palabras, hicieron que los compañeros, que parecían estar aparejados y dispuestos para la burla y chacota, cambiaran de improviso de actitud y aplaudieran unánimes el gesto noble, digno y cristiano de quien sabía y hacía honor a su fe y a sus creencias religiosas. 

Al siguiente día, el desgraciado soldado que se había mofado del Santo Escapulario, murió a orillas de un río, en el momento de estar bañando a los caballos. El cadáver del infeliz tenía las manos cruzadas, pero crispadas también. 

¿Quién sabe si en el instante de morir se arrepintió de veras de su sacrílega burla e invocó con mortal angustia a la que es Reina y Madre de misericordia y a la que jamás se invoca en vano?

Procurad, por todos los medios, infundir en los fieles un profundísimo horror a menospreciar las gracias de esta dulce Madre, a fin de que todos la honren, la veneren y la amen con todas las veras de su alma, para conseguir la gracia de la perseverancia final y el verla y alabarla eternamente en la Gloria.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C
Editado en 1956
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martes, 24 de septiembre de 2024

El Infierno de San Anselmo

 


"Yacen en las tinieblas exteriores. Pues, acordaos, el fuego del infierno no emite ninguna luz. Así como, al mandato de Dios, el fuego del horno Babilónico perdió su calor, pero no perdió su luz, así, al mando de Dios, el fuego del infierno, mientras retiene la intensidad de su calor, arde eternamente en las tinieblas. Es una tempestad de tinieblas que nunca más se acaba, de negras llamas y de negra humareda de azufre ardiendo, por entre de las cuales, los cuerpos están amontonados unos sobre los otros sin una brizna de aire. De todas las plagas con que la tierra de los faraones fue flagelada, una plaga sola, la de la tiniebla, fue llamada como horrible. ¿Cuál es entonces el nombre que debemos dar a las tinieblas del infierno, que han de durar no sólo por tres días, sino por toda la eternidad?

"El horror de esta estrecha y negra prisión es aumentado por su tremendo hedor activo. Toda la inmundicia del mundo, todos los amasijos de escorias del mundo, los desperdicios y basuras del mundo, nos fue dicho, correrán para allá como para una vasta y humeante cloaca cuando la terrible conflagración del último día haya purgado el mundo. El azufre también, que arde allá en tan prodigiosa cantidad, llena todo el infierno con su intolerable hedor, y los cuerpos de los condenados, ellos mismos, exhalan una peste tan pestilente que, como dice San Buenaventura, sólo uno de ellos bastaría para infectar todo el mundo. El propio aire de este mundo, ese elemento puro, se torna fétido e irrespirable cuando queda encerrado largo tiempo. Considerad, entonces, cual debe ser la fetidez del aire del infierno. Imaginad un cadáver fétido y pútrido yaciendo descompuesto y podrido en la sepultura, una materia putrefacta de corrupción líquida. Imaginad tal cadáver preso de las llamas, devorado por el fuego del azufre ardiente y emitiendo densos y horrendos humos de nauseante descomposición repugnante. Y a continuación imaginad ese hedor malsano multiplicado un millón y más, otro millón de millones sobre millones de carcasas fétidas comprimidas juntas en la tiniebla humeante, una enorme hoguera de podredumbre humana. Imaginad todo eso y tendréis una cierta idea del horror del hedor del infierno.

"Pero tal hedor no es en absoluto, horrible pensamiento es éste, el mayor tormento físico al cual los condenados están sujetos. El tormento del fuego es el mayor tormento al cual el demonio tiene siempre sujetas a sus criaturas. Colocad vuestro dedo por un momento en la llama de una vela y sentiréis el dolor del fuego. Pero nuestro fuego terreno fue creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la centella de la vida y para ayudarlo en las artes útiles, por el contrario, el fuego del infierno es de otra cualidad y fue creado por Dios para torturar y castigar al pecador sin arrepentimiento. Nuestro fuego terrestre, por otra parte, se consume más o menos rápidamente, conforme el objeto que ataca fuere más o menos combustible, al punto de que la ingeniosidad humana siempre se ha entregado a inventar preparados químicos para garantizar o frustrar su acción. Pero la sulfurosa brea que arde en el infierno es una sustancia que fue especialmente designada para arder para siempre e ininterrumpidamente con indecible furia. Aparte de eso, nuestro fuego terrestre destruye al mismo tiempo que arde, de manera que cuanto más intenso fuere, más corta será su duración, sin embargo, el fuego del infierno tiene la propiedad de preservar aquello que quema, y, aunque arda con increíble ferocidad, arderá para siempre.

"Nuestro fuego terrestre, no importa que intensidad o tamaño pueda tener, es siempre de una extensión limitada; pero el lago de fuego del infierno es ilimitado, no tiene playas ni fondo. Está documentado que el propio demonio, al serle hecha la pregunta por un soldado, fue obligado a confesar que si una montaña entera fuese lanzada dentro del océano ardiente del infierno, sería quemada en un instante, como un pedazo de cera. Y ese terrible fuego no aflige a los condenados solamente por fuera, pues cada alma perdida se transforma en un infierno dentro de si misma. El fuego sin límites se enraízaeterni en su misma esencia. ¡Oh! ¡Cuán terrible es la suerte de estos desgraciados seres! La sangre hierve y rehierve en las venas, los cerebros quedan hirviendo en los cráneos, el corazón en el pecho llameante y ardiente; los intestinos, una masa roja y caliente de pulpa ardiente; los ojos, cosa tan tierna, llameando como bolas fundidas.

"Aún así, cuanto os hablé de la fuerza, de la calidad y la infinitud de ese fuego, es como si fuese nada cuando lo comparamos con su intensidad, una intensidad que es justamente tenida como el instrumento escogido por el Designio divino para castigo del alma así como del cuerpo igualmente. Se trata de un fuego que procede directamente de la ira de Dios, trabajando no sólo por su propia actividad, sino como un instrumento de venganza divina. Así como las aguas del bautismo limpian tanto el alma como el cuerpo, así el fuego del castigo tortura el espíritu junto con la carne. Todos los sentidos de la carne son torturados, y todas las facultades del alma otro tanto: los ojos con impenetrables tinieblas; la nariz con fetideces nauseantes; los oídos con gritos, chillidos y blasfemias; el paladar con materia sórdida, corrupción leprosa, jugos sofocantes e innombrables; el tacto con aguijones y chuzos en brasa y crueles lenguas de llamas. Es a través de varios tormentos de los sentidos que el alma inmortal es torturada eternamente, en su esencia misma, en el medio de leguas y leguas de ardientes fuegos prendidos en los abismo por la majestad ofendida de Dios Omnipotente y soplados en una perenne y siempre creciente furia por el soplo de la ira de la Divinidad.

"Considerad finalmente que el tormento de esa prisión infernal está acrecentado por la compañía de los propios condenados. Las malas compañías sobre la tierra son tan nocivas que las plantas, como que por instinto, se apartan de la compañía, sea la que fuere, que les es mortal o funesta. En el infierno, todas las leyes están cambiadas. Allá no hay ningún pensamiento de familia, de patria, de lazos, de relaciones. El condenado maldice y grita uno contra el otro, y su tortura y rabia se intensifica por la presencia de los seres torturados y enfurecidos como él.

"Todo sentido de humanidad es olvidado. Los lamentos de los pecadores sufrientes llenan los más olvidados rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios, de odio por sus compañeros de suplicio y de maldiciones contra las almas que fueron sus compañeros en el pecado. Era costumbre, en los tiempos antiguos, castigar al parricida, al hombre que habia erguido su mano asesina contra el padre, arrastrándolo a las profundidades del mar en un saco dentro del cual también se colocaban un gallo, un burro y una serpiente. La intención de esos legisladores al inventar tal ley, la cual parece cruel en nuestros tiempos, era castigar al criminal con la compania de animales malignos y abominables. ¿Pero que es la furia de esas bestias estúpidas comparada con la furia de la execración que vomitan los labios abrasados y las gargantas inflamadas de los condenados en el infierno cuando contemplan en sus compañeros de miseria a aquellos mismos que los ayudaran e incitaran al pecado, aquellos cuyas palabras sembraran las primeras simientes del mal en el pensamiento y en la acción de sus espíritus, aquellos cuyas sugerencias insensatas los condujeran al pecado, aquellos cuyos ojos los tentaron y los desviaron del camino de la virtud? Se vuelven contra tales cómplices y los maldicen y odian. No tendrán nunca jamás socorro ni ayuda, ya es demasiado tarde para el arrepentimiento.

"Por último de todo, considerad el tremendo tormento de aquellas almas condenadas, las que tentaron y las que fueron tentadas, ahora juntas, y aún por encima, en la compañía de los demonios. Esos demonios afligirán a los condenados de dos maneras: con su presencia y con sus amonestaciones. No podemos tener una idea de cuan terribles son esos demonios. Santa Catalina de Siena una vez vio a un demonio y escribió que prefería caminar hasta el fin de su vida por un camino de carbones en brasa que tener que mirar de nuevo un único instante para tan horroroso monstruo. Tales demonios, que otrora fueron hermosos ángeles, se tornaron tan repelentes y feos como antes eran de hermosos. Escarnecen y se ríen de las almas pedidas que arrastraron a la ruina. Es con ellos que se hacen, en el infierno, las voces de la conciencia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué diste oído a las tentaciones de los amigos? ¿Por qué abandonaste tus prácticas piadosas y tus buenas acciones? ¿Por qué no evitaste las ocasiones de pecado? ¿Por qué no dejaste aquel mal compañero? ¿Por qué no desististe de aquel mal hábito, aquel hábito impuro? ¿Por qué no oíste los consejos de tu confesor? ¿Por que incluso después de iniciar la primera, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima vez, no te arrepentiste de tus malas obras y no volviste a Dios, que esperaba simplemente por tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora el tiempo del arrepentimiento se fue. ¡Tiempo existe, tiempo existió, pero tiempo ya no existirá más para ti! Tiempo hubo para pecar a escondidas, para satisfacerte en la pereza y en el orgullo, para ambicionar lo ilícito, para ceder a las instigaciones de tu baja naturaleza, para vivir como las bestias del campo, o aún peor de lo que las bestias del campo, porque ellas, por lo menos, no son sino brutos y no poseen una razón que las guíe, tiempo hubo, pero tiempo ya no habrá más. Dios te habló por intermedio de tantas voces... pero no quisiste oír. No quisiste aplastar ese orgullo y ese odio de tu corazón, no quisiste arrepentirte de aquellas acciones mal obradas, no quisiste obedecer los preceptos de la Santa Iglesia ni cumplir tus deberes religiosos, no quisiste abandonar aquellos pésimos compañeros, no quisiste evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de esos demoníacos atormentadores, palabras de sarcasmo y de reprobación, de odio y de aversión. ¡De aversión, sí! Pues incluso ellos, los mismos demonios, cuando pecaron, pecaron por medio de un pecado que era compatible con tan angélicas naturalezas: fue una rebelión del intelecto, y ellos, estos mismos demonios, tienen que apartarse asqueados y con enojo de tener que contemplar aquellos pecados innombrables con los cuales el hombre degradado ultraja y profana el templo del Espíritu Santo y se ultraja y desprecia a si mismo"

San Anselmo

miércoles, 10 de julio de 2024

La Virgen María en ejemplos 3 - Sacrílega acción

 



Vivía en los Pirineos un médico conocido con el nombre de fabas. Un día vio llegar un hombre que tenía en la pierna una llaga causada por arma de fuego. La herida, presentaba un carácter especial y era un hervidero de gusanos. El médico se propuso cicatrizarla, o por lo menos hacer que desaparecieran los gusanos; pero ninguna medicina produjo efecto; hasta que un día el enfermo le dijo: 

-Doctor, dejémonos de remedios, no se canse más, pues yo moriré con esta terrible incomodidad.  

-Efectivamente, respondió el médico; aquí hay algo de extraordinario. Nunca he visto cosa semejante, a pesar de que soy viejo y muchísimos casos sorprendentes han pasado por mis manos. 

-¿Dónde recibió usted esta herida? 

-Ya le he dicho que en la guerra; aunque siempre he callado el por qué no sanaré, ahora quiero que lo sepa. 

Tenía yo veinte años, cuando me forzaron a incorporarme al ejército. De nuestro pueblo salimos tres jóvenes: Tomás, Francisco y yo. Los tres estábamos imbuidos en las ideas de aquella época, y así éramos incrédulos o más bien impíos como tres mozalbetes que se precian de seguir la moda. Habíamos recorrido alegremente el camino y estábamos ya para llegar al término de nuestro viaje, cuando al pasar frente a una iglesia de un pueblo de la montaña, divisamos una estatua de la Santísima Virgen, tan venerada por los fieles, que, a pesar de la revolución y de los revolucionarios, había permanecido incólume sobre su pedestal. A uno de mis camaradas, Tomás, se le ocurrió el infame pensamiento de burlarse de la superstición de los vecinos, haciendo a la imagen blanco de sus tiros, como para ejercitarse en el manejo del fusil. Francisco acogió la sacrílega propuesta entre burlas y risas impías. Yo medio vacilante y temiendo ser menos audaz que mis compañeros, procuré disuadirles de una acción que me llenaba de horror. 

Me acordaba entonces de mi madre, pero mis razones fueron inútiles; sólo conseguí que se burlaran de mí. 

Tomás cargó su fusil, apuntó, y la bala fue a clavarse en la frente de la imagen. Apuntó a su vez Francisco y el proyectil dio en el pecho de la misma. 

¡Ahora te toca a ti!, me dijeron. No me atreví a resistir. 

Apunté temblando, cerré involuntariamente los ojos y la bala fue a estrellarse… 

¿En la pierna? Preguntó el médico. 

-Sí, en la pierna, un poco más arriba de la rodilla, precisamente donde tengo la herida. Ya ve usted que no curaré… Después de esta donosa hazaña, acordamos continuar el viaje. 

Más una anciana, testigo de nuestra infamia, como inspirada por luz profética, nos dijo: 

“Vais a la guerra, pero entended que la nefanda acción que acabáis de cometer será fatal para vosotros.” 

Tomás la amenazó. Yo estaba pesaroso de nuestra fechoría. 

Francisco, menos conmovido que yo, no estaba sin embargo para gloriarse de ella. 

Estorbamos de nuestro compañero se dejase llevar de su encono contra la anciana, y acabamos penosamente la jornada, no sin haber reñido entre nosotros muchas veces. Aquella misma tarde nos incorporamos al regimiento, y pocos días después nos hallábamos frente al enemigo. 

Confieso que yo iba a la batalla sin entusiasmo, y que pensaba en la imagen de la Virgen más de lo que hubiera deseado. Sin embargo, todo salió bien. Conseguimos notables ventajas sobre el enemigo, distinguiéndose Tomás por su denuedo. 

La batalla había concluido, cuando de lo alto de una roca salió un tiro que pareció bajado del cielo. Tomás giró sobre sí mismo y cayó rígido de bruces en tierra. 

La bala se había clavado en la frente entre los dos ojos, en el mismo lugar en que él había herido a la sagrada imagen. 

Francisco y yo, nos miramos sin decir palabra. Durante toda la noche no pudimos dormir. Yo esperaba que Francisco me hablase para aconsejarle que rezase, pero guardó silencio. 

A la mañana siguiente volvimos a la batalla. Francisco me dio la mano y me dijo: -“¡Hoy me toca a mí!” Dichoso tú que tuviste mala puntería. 

El infeliz sacrílego no se engañó. Salió un tiro de un hoyo, y Francisco cae con el pecho atravesado. ¡Oh doctor que muerte aquélla! Revolviéndose en un charco de sangre, pedía a grandes voces un sacerdote, pero los que estaban junto a él se encogieron de hombros y lo dejaron expirar. 

Yo quedé aterrado; y en la persuasión de que no tardaría en tener la triste suerte que mis compañeros y así resolví confesar mi sacrilegio. Pero pasaron los días y se disiparon mis temores y mis buenos propósitos. 

Dieron la orden de vuelta a casa, y cuando estábamos cerca del pueblo de la imagen, he aquí que por un accidente inexplicable se le dispara el fusil a uno de los soldados y la bala fue a clavarse aquí donde usted ve. 

Así se cumplió la profecía de la anciana. Mis dos compañeros habían muerto, y yo regresaba herido. 

La herida no pareció ser grave, pero cuál no sería mi espanto cuando vi que en la llaga se engendraban estos gusanos inagotables que han desconcertado su ciencia. Hace ya veinte años que vengo padeciendo esta herida, ensayando mil remedios, todos ineficaces. 

Si logro llegar al fin de la vida como es debido, es decir cristiano y penitente, lo debo a esta horrible llaga. No desconfío de la misericordia de Dios, y espero morir en su amistad por intercesión de Aquella a quien tan vilmente ultrajé.”

Lourdes - Fátima

viernes, 8 de marzo de 2024

Castigos de Dios - Beato Francisco Palau

 




San Juan Eudes: La mayor señal de la ira de Dios sobre un pueblo y el mas terrible castigo...



La mayor señal de la ira de Dios sobre un pueblo y el más terrible castigo que sobre él pueda descargar en este mundo, es permitir que, en castigo de sus crímenes, venga a caer en manos de pastores que más lo son de nombre que de hecho, que más ejercitan contra él la crueldad de lobos hambrientos que la caridad de solícitos pastores, y que, en lugar de alimentarle cuidadosamente, le desgarren y devoren con crueldad; que en lugar de llevarle a Dios, le vendan a Satanás; en lugar de encaminarle al cielo, le arrastren con ellos al infierno; y en lugar de ser la sal de la tierra y la luz del mundo, sean su veneno y sus tinieblas.


Porque nosotros, pastores y sacerdotes, dice San Gregorio el Grande, seremos condenados delante de Dios como "asesinos de todas las almas que van todos los días a la muerte eterna por nuestro silencio y nuestra negligencia". 

Nada hay, dice este mismo Santo, que tanto ultraje a Dios (y por consiguiente que más provoque su ira y atraiga más maldiciones sobre los pastores y sobre el rebaño, sobre los sacerdotes y sobre el pueblo) como los ejemplos de una vida depravada dados por quienes él ha establecido para la corrección de los demás; cuando pecamos, debiendo reprimir pecados, cuando no tenemos cuidado alguno de la salvación de las almas; cuando no nos cuidamos más que de satisfacer nuestras inclinaciones; cuando todas nuestras aficiones se terminan en las cosas de la tierra; cuando nos alimentamos con avidez de la vana estima de los hombres, haciendo servir a nuestra ambición un ministerio de bendición; cuando abandonamos los quehaceres de Dios para vacar a los del mundo; y cuando ocupando un lugar de santidad, nos ocupamos en acciones terrenas y profanas. Cuando Dios permite que esto suceda, es prueba muy cierta de que está encolerizado contra su pueblo, siendo éste el más espantoso rigor que puede ejercer sobre él en este mundo. Por esto, dice incesantemente a todos los cristianos: Convertíos a mí... y os daré pastores según mi corazón. En lo cual se deja ver bien claro que el desarreglo de la vida de los pastores es un castigo de los pecados del pueblo.


EL SACERDOTE
San Juan Eudes

jueves, 7 de marzo de 2024

El Castigo se acerca - P. José Domingo María Corbató

 


Y después de tanta relajación, de tanta impiedad, de tantas abominaciones como nos han descrito los artículos precedentes, ¿qué esperan los hombres?

«Los hombres,—dice el Señor en el Grito de Salud,—se han negado a recibir a un Dios bueno y misericordioso, y verán cómo descarga sobre ellos la cólera de un Dios justamente irritado; verán que no se insulta a Dios en vano, y reconocerán, aunque tarde, que soy Omnipotente».

Y a los niños de la Saleta dijo la Santísima Virgen:

«Si mi pueblo no quiere someterse, me veré obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo; es tan pesado, que no puedo detenerlo por más tiempo». «En vano intentaréis libraros de la ira de Jesucristo, el cual ya no puede contener la espada de su justicia», anunció el Beato Bartolomé de Saluzzo; y el apocalíptico abate Silvestro Castiglione vio escritas estas palabras de la Escritura en el libro de sus visiones: «Raza de víboras, ¿quién os librará de la cólera del Omnipotente que está para estallar? He aquí que la segur está ya aplicada al tronco del árbol; si no os convertís pronto y de todo corazón a Jesucristo, El blandirá contra vosotros su espada y tenderá su terrible arco».

El ilustre Da Macello cita en I Futuri Destini la visión de un humilde profeta de Turín, contemporáneo suyo, verificada el 27 de Febrero de 1862. Del nombre del vidente sólo pone las iniciales G. R.; pero bien pesadas las razones y la visión en sí misma, parece tener ésta todas las notas de autenticidad: por auténtica la admitimos y de buen grado la copiaríamos toda, si no fuera tan larga; pondremos solamente el final, que es la entrega de una carta o aviso llevado por el vidente al Papa, de parte de Jesucristo, el cual dirigía a los hombres tremendas amenazas que se convertirían en hechos si no enmendaban sus costumbres y hacían penitencia.

Además, se mandaba al Sumo Pontífice «amonestar a las autoridades temporales que no permitiesen la libertad de imprenta y la difusión de los libros impíos e inmorales; que observasen e hiciesen observar los días festivos y no tolerasen las blasfemias, los desórdenes y escándalos públicos; que respetasen la Religión santísima, pues de no respetarla, pueblos y gobernantes incurrirían en la tremenda ira de Dios; que aquellos reinos y naciones a los cuales los castigos y amenazas no bastasen para hacerlos volver en sí, tendrían la misma suerte del pueblo judaico, esto es, serían abandonados por Dios a su ceguera y réprobo sentido, para ser primero aniquilados y después atormentados por toda la eternidad».

Muchas veces han dirigido desde entonces Pío IX y León XIII estas amonestaciones a los Gobiernos, pero los Gobiernos las han menospreciado; el castigo, pues, era necesario, y en efecto, empezó tiempo ha, dura, y seguirá siendo cada vez más terrible. Entre los pecados de moda que más excitan la cólera de Dios, descuellan la profanación de los días festivos, la impureza y la blasfemia. El vidente arriba citado lo indica; el abate Curricque trae también en Voix Prophetiques la visión de otro profeta cuyo nombre omite por las mismas razones que Da Macello, y el profeta dice de Francia como pudiera decir del resto del mundo:

«Dios me da a conocer que las desgracias que amenazan a Francia se cumplirán, sobre todo, a causa de la profanación del domingo. Hago un acto de conformidad con la voluntad de Dios, por lo que yo mismo habré de padecer». Pone el mismo Curricque una aparición profética, para dudar de la cual no tenemos razones, y de ella sacamos estas palabras aplicables a todos los pueblos:

«Francia está muy humillada, mas también es muy culpable. Ha dado una grave caída, de la que no se levantará más que volviendo a ser cristiana. La Francia es culpable especialmente por la violación del descanso dominical, por otro vicio horrible (la lujuria), que tan común ha llegado a ser en ella, y sobre todo por la blasfemia. ¡Oh! las blasfemias son horrendas en Francia y atraen la cólera de Dios. He ahí las tres cosas que Francia debe principalmente evitar.

«En confirmación de todo esto viene lo que dijo la Santísima Virgen en la Saleta: «Os he dado seis días para trabajar, me he reservado el séptimo, y no se me quiere conceder. He ahí lo que hace tan pesado el brazo de mi Hijo. Los carreteros no saben hablar si no mezclan el nombre de mi Hijo... Vendrá una grande hambre».

Complemento de esto es lo que la misma celestial Madre dijo a Margarita Bays, la estigmatizada de La Pierre:

«La perversidad del mundo es tan grande, que yo no puedo detener el brazo de mi Hijo, ultrajado sobre todo por la blasfemia, la profanación de los días santos, la impureza, el abandono o negligencia de la oración y el olvido de Dios. Por tantos crímenes y para ayudarme a contener el brazo de mi Hijo, padecerás tú un tormento muy particular».

No se dirigen estas amenazas a Francia solamente, sino a las naciones en general, pues todas están más o menos contagiadas de la espantosa relajación francesa. Por eso la simpática y notabilísima vidente María des Terreaux profetizó como sigue:

«En el momento en que Francia sea castigada de esta manera tan terrible, todo el universo lo será igualmente. No se me ha dicho cómo. Se me ha anunciado que habría un acontecimiento tan espantoso (la revolución europea, acompañada de hambre y peste), que los que no estuvieren prevenidos, creerán haber llegado al fin del mundo; pero repentinamente acabará la revolución por un gran milagro (prodigio solamente le llaman los demás profetas), que causará el asombro del universo. (Es la victoria del Gran Monarca). Los pocos malos que queden se convertirán. Las cosas que deban suceder serán una imagen del fin del mundo».

Convienen los profetas en que el poder de los demonios será grande en estos tiempos. Dios los desatará para castigo de los hombres. El Venerable Telesforo dice:

«Cristo mandará al Angel que suelte a Satanás para que siembre las discordias, las sediciones, las guerras, los cismas seduzca a los que obstinadamente rechazaron los avisos del cielo. Dios, por los pecados del Clero y del pueblo, permitirá un gran cisma, que será como mensajero de todos los males».

La Beata Sor Clara Isabel decía en 1800, poco antes de morir:

«Todos se regocijan porque creen pasada la época de los ayes (la del Terror); pero aún se verá otra mucho peor que la pasada... Os aseguro que falta mucho más de lo que creemos. ¿Pensáis que los ayes se acabaron? No se acabaron; lo que padecisteis es nada en comparación de lo que padeceréis. Orad por caridad, y orad mucho, para que el Señor tenga misericordia». Elena, la estigmatizada de Ceilán, «portento de la Omnipotencia y portento de la gracia», como la llama el canónigo zaragozano D. Pedro González de Villaumbrosia, sintetizó en dos palabras todo lo que precede:

El triunfo de la religión esta próximo, pero el castigo que precederá será espantoso».

Lo mismo viene a decir la profecía del Beato Amadeo:

«Antes que vengan los tiempos felices, serán purgados con azotes, según está establecido». 

Esa es la economía de la divina Providencia. Deus quos diligit corripit; y las sociedades tienen que pagar sus pecados en este mundo, no en el otro.

«Se acerca la gran visita y reforma del mundo», dijo San Francisco de Paula, hablando de un tiempo 400 años posterior a su gran profecía; y San Vicente Ferrer exclamó: «Llorad los que seáis testigos de estruendo tan grande, que ni fue ni será, ni se espera ver otro mayor, no siendo él del juicio».

O como predijo Juan de Vatiguerro:

«Habrá tan grandes y tan diversas desgracias, que desde el principio del mundo nunca habrá tenido lugar semejante turbación, y nunca males tan numerosos, tan terribles y tan dignos de admiración habrán afligido la tierra». 

Para definir mejor el tiempo en que esto ha de suceder, la misma predicción dice que vendrá después de los días que atravesamos, los cuales describe así, con la significativa concisión del lenguaje profético:

«En aquellos años estallarán sediciones y conspiraciones horribles; pero no todas aquellas sediciones y conspiraciones obtendrán lo que se propongan, porque algunas serán reservadas hasta otros tiempos».

Il Vaticinatore, de Da Macello, cita una profecía italiana moderna que completa de este modo el citado párrafo de Vatiguerro:

«Agitación, turbulencia, armas, sangre, apostasía... Los jefes de las naciones piensan inútilmente en salvarlas. Intervención extranjera, armas, sangre, ruinas, desórdenes, epidemias, calamidades, asesinatos, cisma, inmoralidad. Nueva dinastía, nuevo orden de cosas, algunos reinos extinguidos, otros mutilados, otros aumentados, otros con diferente forma

Según el Iltmo. Vandina, citado por Cornelio aLápide en sus comentarios al Apocalipsis, la Beata Margarita de Rávena predijo en éxtasis que la Iglesia debía padecer muchas persecuciones, y que Dios quería purgarla y renovarla con pestilencias, penurias, incendios, sublevaciones, guerras y otros males gravísimos, y que por tales medios quería restituirla a su primitivo esplendor. La profecía viene cumpliéndose desde que se hizo, siglo XVI, pero no habiéndonos restituido todavía al esplendor antiguo, debe consumarse en nuestros tiempos como todos los profetas anuncian. Sigamos oyéndoles. El Venerable Holzbauser, antes de describir el triunfo de la Iglesia y paz del mundo, profetiza los siguientes castigos, unos cumplidos ya y otros que van a cumplirse.

«El Señor aventará su trigo por medio de crueles guerras, sediciones., pestes, hambre y otros males horribles. La Iglesia latina será afligida por muchas herejías y malos cristianos: se suprimirán muchos obispados e innumerables monasterios dignidades muy ricas por los mismos príncipes católicos. Se sujetará la Iglesia á gabelas y exacciones, de modo que podrá decirse con Jeremías que «la primera de las naciones ha sido sujeta a tributo». Será blasfemada por los herejes, y los eclesiásticos serán vilipendiados por los malos cristianos, sin que se les tenga por éstos ninguna consideración ni respeto. Atravesará tiempos de aflicción, de matanza, de defección y de toda clase de calamidades, y serán muchas las víctimas de la guerra, de la peste y del hambre. Pelearán reinos contra reinos, y otros, divididos en sí mismos (como España), serán desolados. Se destruirán principados y monarquías; habrá mucho empobrecimiento y gran desolación en la tierra. Todo esto será permitido por justo juicio de Dios, a causa de haber llenado la medida de nuestros pecados en el tiempo de la benignidad, cuando nos esperó para hacer penitencia».


«El mundo,—profetizaba la Venerable Sor Natividad hace un siglo,—será afligido por guerras sangrientas; los pueblos se levantarán contra los pueblos; las naciones contra las naciones, tan pronto unidas como divididas para combatir en favor o en contra del mismo partido: los ejércitos se chocarán espontáneamente y llenarán la tierra de mortandad y carnicería. Estas guerras intestinas y extranjeras ocasionaran enormes sacrilegios, profanaciones, escándalos, males infinitos por las incursiones que se harán contra la Iglesia, usurpando sus derechos, con lo cual recibirá grandes aflicciones».

De estos tiempos hablaba también Jesús Nuestro Señor cuando decía a Santa Margarita de Cortona:

«Yo te declaro que esperan grandes castigos a los pecadores; padecerán guerras espantosas, hambre y pestes, antes que llegue el fin de los tiempos (frase profética muy usada, que las más veces quiere decir el fin de la impiedad). Los autores de los vicios de alma y cuerpo han llegado a ser tan numerosos, que es imposible dejarlos obrar impunemente por más tiempo. Los cristianos son ahora más sabios en el mal que lo fueron los judíos en mi Pasión. Yo exijo que los predicadores de mi palabra muevan al mundo y a ellos mismos a la conversión sin reserva, para que vivan en mí la verdadera vida».

«Habrá tantas y tan grandes subversiones,—dijo hace medio siglo Sor Rosa Colomba Asdente,—que se verá marchar pueblo contra pueblo para exterminarse uno a otro bajo el siniestro golpe de tambores (particularidad notable de nuestros días) y de armas mortíferas. La revolución debe extenderse a toda Europa, donde no habrá ya calma sino después que la flor blanca (Gran Monarca) haya subido al trono de Francia».

Después de haber subido al de España.

El Venerable P. Antonio Albesani, del Oratorio de San Felipe en Savigliano, añade un detalle, y es de la falsa paz que hemos gozado, en estos tiempos.

«Habrá paz, dice, pero no paz verdadera, sino paz interrumpida por turbulencias. Antes que llegue la paz verdadera habrá una guerra sin cuartel, extremadamente sangrienta, la cual se extenderá por toda Europa. Habrá también una hambre horrible».

«¡Ay tres veces de Francia! ¡Ay tres veces de Italia! ¡Ay tres veces de Alemania!—exclamaba Mariana Galtier.—EI ángel no envainará la espada sino después de haber castigado a todas las naciones».


Sor María de la Cruz, o sea Melania la pastora de la Saleta, que de labios de la Virgen había aprendido estas cosas, exclamaba:

«¡Pobre pueblo!... Tú no sabes que puedes ser pulverizado como el grano bajo la muela de las venganzas de Dios… Pero es inútil hablar a los hombres, la ceguedad ha llegado a su colmo; es menester que Dios les hable, y les hablará; pero ¡no pueden imaginarse cómo! La tierra necesita de un expurgo».

En vista de que todos estos castigos son necesarios y hemos de pasar por ellos, no podemos menos de exclamar con la profetisa riminense en otro capítulo citada:

«¡Oh Dios mío! ¡Cuán inundada de pecados está la tierra! Pero, Señor, tened piedad de los pecadores... ¡Oh cuánta necesidad tiene de ser purificada vuestra Iglesia! Enviad, Señor, enviad presto los azotes que habéis preparado, porque cuanto más tarden, veo que tanto serán más terribles».

(Luz Católica, núm. 26=28 Marzo 1901).


Apología del Gran Monarca 1 parte.
páginas de la 258 a la 265
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904