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viernes, 20 de diciembre de 2024

La Virgen María en ejemplos 10: Conversión de María Egipciaca

 


Es Famosa la historia de Santa María Egipciaca, como se cuenta en el libro primero de las Vidas de los Padres del yermo. A los doce años se escapó de casa de sus padres, y se fue a Alejandría, donde con su mala vida era el escándalo de toda la ciudad.

Pasados otros dieciséis, salió de allí y vagando llegó a Jerusalén, a tiempo que se celebraba la fiesta de la Santa Cruz, y viendo entrar en la iglesia mucha gente, quiso también entrar en ella, más por curiosidad que por devoción; pero en la puerta sintió que una mano invisible la detenía. Hizo otra vez por entrar, y le sucedió lo mismo, hasta tercera y cuarta vez.

Entonces la infeliz retirándose a un rincón del atrio, conoció con luz superior que su mala conducta la echaba de la iglesia. Alzó los ojos y vio allí cerca, por dicha suya, una imagen de María Santísima, a la cual empezó a decir, llorando, de esta manera: “¡Oh Madre de Dios, tened piedad de esta pecadora! No merezco que me miréis, pero Vos sois el refugio de los pecadores: amparadme y favorecedme por el amor de Jesucristo vuestro Santísimo Hijo. Haced que puede entrar en la iglesia, y mudaré de vida, y me iré a hacer penitencia donde vos me digáis.” Entonces oyó una voz interior, como de la Virgen, que le decía: “Pues que acudes a Mí con propósito de enmendarte ya puedes entrar.” Entró, adoró la Santa Cruz con abundancia de lágrimas, volvió a la imagen, y le dijo: “Vedme pronta. Señora: ¿dónde queréis que me retire?” “Pasa el Jordán –le respondió la Virgen-, y allí encontrarás tu descanso.” Confesó y comulgó, y, pasando el rio, llegó al desierto y entendió que allí era donde se debía quedar.

Los diecisiete años primeros tuvo que sufrir terribles asaltos de los demonios; pero acudía siempre a la Virgen, y la Virgen santísima le alcanzaba fuerzas para resistir y vencer. Finalmente, habiendo pasado en aquella soledad cincuenta y siete años, siendo ya de edad de ochenta y siete, la encontró por divina providencia San Zósimo, abad, a quién refirió todo el relato de su vida, suplicándole que volviese al año siguiente con la sagrada comunión. Lo hizo así, y le pidió lo mismo para otro año, al cabo del cual volvió pero la halló ya muerta, aunque rodeada de un gran resplandor, y con estas palabras escritas de su mano: “Entierra aquí el cadáver de esta pecadora y pide a Dios por su alma.” Vino corriendo un león, hizo un hoyo con las garras, el Santo la sepultó, y volvió al monasterio, contando a todos las misericordias que Dios había obrado con aquella felicísima penitente. 

Las Glorias de María
San Alfonso María Ligorio

domingo, 3 de marzo de 2024

Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Su Tesoro

 


El gran enamorado de la Cruz y apóstol esclarecido de la Pasión de Cristo quiere ser en vida y en muerte retrato vivo del Divino Maestro. Si, Este, siendo rico, se hizo  pobre. naciendo en un establo, y muriendo en una Cruz, su discípulo y fiel imitador tiene que abrazarse voluntariamente a la virtud de la pobreza, militando, como buen soldado de Cristo, bajo los pliegues de tan gloriosa enseña, distintivo de los héroes de la Cruz.

Pero la pobreza de los santos no es, como algunos pudieran sospechar, carecer de bienes terrenales. Algunas santos, máxime, si fueron Fundadores de Ordenes Religiosas, quizá hayan dispuesto y manejado, como pocos, cuantiosos bienes y sumas fabulosas de dinero. Ellos, ciertamente, renunciaban a los bienes de la tierra; pero el Señor, en recompensa, les proporcionaba cuantiosas fortunas para, más fácilmente, llevar a cabo las empresas que El mismo les inspiraba.

La pobreza de los santos es, sencillamente, tener el corazón despegado de los bienes materiales y caducos, viviendo únicamente para Dios y empleando las riquezas, si acaso se tienen, en el servicio de quien es Dueño y Señor absoluto de todas ellas.

Pablo de la Cruz, como su Divino Modelo, quiere ser pobre y vivir y morir pobre.

"Yo soy pobrísimo, dice el Siervo de Dios; y ello me proporciona alegría indecible: si Jesucristo vino al mundo pobre y nació en un establo, siendo Dios y Señor del Universo, ¿no deberé yo, vilísima criatura, imitar los ejemplos de mi Señor?

La vida de Pablo de la Cruz es copia fiel de la vida pobre de Jesús. Y los ejemplos del Salvador del mundo constituyen norma invariable en la vida del gran Apóstol de la Pasión.

Para ello comienza por aficionarse a la pobreza descubriendo en ella un gran tesoro.

"La pobreza, dice el Santo, es un tesoro; cuando se es pobre de espíritu, ¡oh qué riqueza, qué riqueza!

Pablo de la Cruz desprecia, porque las estima basura y estiércol, todas las riquezas del mundo. Y con criterio evangélico suele repetir que el aficionado a las cosas huidizas y terrenas es un mentecato, pues el amor que debe a Dios, lo pone en el dinero y en la riqueza.

Un día, D. Leopoldo Zelli, amigo del Santo, le muestra las joyas que han preparado para la boda de la hija. Los esposos, halagados por la vanidad, y la hija, radiante de satisfacción, contemplan, fruitivos, las joyas y esmeraldas. Pablo tómalas en la mano; las contempla, meditativo, largo rato. Y luego, de-volviéndolas, exclama:

— ¡Vanidad, vanidad!

Como el Poverello de Asís, Pablo se ha desposado con la dama de la santa pobreza. Por eso quiere que todo lo de su uso particular respire la más estrecha pobreza.

Vestido pobre: túnica de tosca lana, sujeta con ceñidor de cuero, que le sirve lo mismo en invierno que en verano; sandalias de cuero también. Por espacio de 30 años no usa ni sandalias ni sombrero. El hábito, aunque limpio, quiere que sea pobre. A veces, úsalo tan deteriorado y con tantos remiendos que llega a desdecir de su cargo de Fundador y General. Sin embargo, por amor a la pobreza. sigue usándolo hasta que el desgaste lo hace inservible. No falta alguna vez que el Santo Fundador recibe para su uso el hábito de algún Hermano Coadjutor.

Una vez el Emmo. Cardenal Colomna le regala una manta de lana. Esta, a juicio del Santo, es demasiado lujosa .Y no quiere verla sobre su cama. Cuando el Cardenal viene a visitarle, el Hermano Enfermero la coloca sobre la cama del enfermo. Pero el Santo se muestra confuso y avergonzado, como si le hubieran sorprendido con el hurto en las manos. Cuando el Cardenal se despide, Pablo manda que la manta sea, al punto, retirada de la celda.

Tampoco quiere aceptar del Cardenal Portocarrero una suma de dinero que aquel le ofrece. Pablo quiere ser pobre y vivir pobre.

Por eso su habitación suele ser la más pobre y reducida del convento. Desnuda de todo adorno, solo ostenta en las paredes dos o tres cuadros religiosos de papel sencillo. Su celda mide tres metros de largo por dos de ancho, y es ocupada por un jergón de paja sobre desnudas tablas, por una mesa de cuatro palmos, sobre la que coloca el crucifijo de misionero, algunos libros, el tintero, la pluma los documentos relativos a su cargo, y por una silla de enea. Su habitación más parece celda carcelaria que estancia de un Fundador. Y el Santo no se ruboriza en llamarla su pequeña prisión.

Un día manda al Hermano carpintero que

..y cae de hinojos sobre la alfombra de la nieve...

le haga un pequeño armario para guardar los documentos. El Hermano Coadjutor se esmera en ello y pone algunos adornos en el sencillo armario. El santo Fundador se disgusta al contemplar tales adornos y rehúsa, por ello, que dicho armario se conserve en su celda.

En la comida se muestra también pobre. Es vegetariano, por mortificación y por amor la pobreza, prefiriendo siempre alimentos de poco coste. Parco en la comida, nunca exige exención o privilegios, ni siquiera en sus enfermedades.

—Si somos pobres, conviene lo seamos de verdad.

Es Fundador y General del Instituto. Pero le gusta depender de otro, tanto en el vestido como en todo lo que a su manutención se refiere.

Amigo íntimo de los Sumos Pontífices, no aprovecha la amistad para sacar partido o beneficios económicos.

Un día promete al Rector del Convento de San Juan y Pablo hablar a la Santidad de Clemente XIV y pedirle alguna ayuda para subvenir a las necesidades del Retiro. Recibido en audiencia, el Pontífice, afable y cordial le pregunta si necesita algo para el Convento. Y el Santo Fundador, amigo del Pontífice. pero más amigo aun de la pobreza, contesta:

—Gracias a Dios, nada nos falta, y estamos demasiado bien.

El Rector del Convento. conocedor de lo ocurrido, se lamenta  ante el Fundador. Pero éste replica:

— Nos basta con lo que tenemos. ¡Procuremos ser pobres!

En la isla de Elba pasea un día con un santo ermitaño. Los campos florecidos le invitan a
alabar al Señor.

— De quién son estos campos? pregunta
el Santo.

—De la familia Marciana; contesta el ermitaño.

Pablo, arrebatado en éxtasis, exclama:

—A mí me basta el espacio de tierra que ocupa mi sombra.

En las santas Misiones le  ofrecen, no pocas veces, regalos y donativos. Pero él los rehúsa cortésmente.

Al Maestro Lucas Alessi, que le ofrece un paquete de chocolate, y a una dama romana, que le regala unos blancos y finos pañuelos, les dice:

—Muy agradecido; pero estas cosas no son para mí.

Al Hermano Bartolomé ordena:

—Nada me presente en la celda de lo que me traen los bienhechores. Distribúyalo entre los necesitados. ¡Oh, qué feliz es la vida común.

A veces, la pobreza deja sentir también sus efectos. Pobre y no carecer de nada no suele ser muy evangélico. Pablo de la Cruz y sus religiosos entienden por experiencia de escaseces y penurias.

Un día en el Retiro de Vetralla escasean las provisiones. Es invierno. Los senderos que conducen al convento están borrados por la nieve, y el Retiro queda lejos del poblado. Y llega un día en que la religiosa Comunidad amanece sin pan, sin aceite y sin provisión alguna. Los religiosos declaran al Santo que no tienen ni siquiera un mendrugo de pan para comer.

—Hubieran hecho oración y no carecerían de nada; responde el Fundador, confiado en la divina providencia.

—Sí, sí, oración, ¡pero con el estómago vacío!; bromean los religiosos.

El santo Fundador sale del convento y cae de hinojos sobre la alfombra de la nieve. Y se encomienda al Señor del Universo que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo. Con oración suplicante, acentos imperiosos, y, como dirá más tarde el Santo, parole grosse, Pablo de la Cruz insiste e importuna al Creador para que remedie la necesidad de sus hijos.

De pronto, en el augusto silencio de la campiña suena el campanil de la portería del convento. El Santo se levanta. Y, presuroso, se dirige a la portería del Retiro. Y, sorprendido, ve a un venerable anciano con dos mulas cargadas de pan y aceite. Descargadas las provisiones y recibidas con muestras de júbilo y de religioso agradecimiento por el Hermano Portero, éste, cuando vuelve para ofrecer al desconocido personaje algo con que calentar el estómago, ve, asombrado, que el anciano ha desaparecido con las bestias.

El portero sale del convento y extiende su mirada por los contornos cubiertos de nieve. Pero en las cercanías del Retiro no descubre a nadie. Y sobre la blanca nieve no distingue ni pisadas de anciano ni huellas de animales de carga.

Milagros de este género demuestran cuán agradable al Señor era la pobreza de su Siervo, Poverello del siglo XVIII, que por seguir a Cristo pobre, renunció a los bienes de la tierra, se vistió de tosco sayal, fundó un Instituto sobre la base de la más estrecha pobreza, y vivió despegado de los bienes caducos, y murió pobre, a imitación de su Divino Maestro.

P. Juan de la Cruz, C.P.

domingo, 11 de febrero de 2024

El Acto de Contrición



Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.


jueves, 25 de enero de 2024

Mensaje de la Santísima Virgen a la Beata Elena Aiello



(Se me presentó la Santísima Virgen, con vestido negro y siete espadas atravesando su Inmaculado Corazón). 

Acercándose a mí, y con expresión de profundo dolor y lágrimas en sus mejillas, me dijo: «Óyeme con atención y revela a todo el mundo: Mi Corazón está muy triste por los sufrimientos que vendrán sobre un mundo que se bate en una catástrofe inminente. La Justicia de Dios es ofendida al extremo. Los hombres viven en la obstinación de sus pecados. La ira de Dios está muy cerca. Pronto grandes calamidades, revoluciones sangrientas, huracanes terribles vendrán sobre el mundo y los ríos y el mar se desbordarán. Proclama, grita en alta voz, hasta que los sacerdotes de Dios oigan mi voz para que avisen a la humanidad de que el castigo está muy cerca, y si los hombres no vuelven hacia Dios con la oración y la penitencia, el mundo será lanzado en una nueva y más terrible guerra.

Las armas más mortíferas destruirán las iglesias y la Santa Eucaristía, y destrozarán cosas muy queridas. En esta guerra impía muchas cosas que han sido hechas por los hombres serán aniquiladas.

Nubes con relámpagos, penetrantes de fuego del cielo y una tempestad de fuego caerán sobre la tierra. Este castigo terrible que nunca se ha visto en la historia de la humanidad durara setenta horas. Loa ateos serán aplastados y aniquilados y muchos se perderán porque permanecerán en la obstinación de sus pecados. Entonces se vera el poder de la luz sobre el poder de las tinieblas. No guardes silencio, hija mía, porque las horas de las tinieblas y el abandono se acercan.

Me inclino sobre el mundo, teniendo en suspenso la justicia de Dios. De otra manera, estas cosas hubieran venido ya sobre la tierra. Oraciones y penitencias son necesarias, porque los hombres deben volverse hacia Dios y a mi Corazón Inmaculado, la Mediadora entre los hombres y Dios, y de esta manera el mundo al menos será salvado en parte. Proclama, gritando, estas cosas a todos, como si fueras el mismo eco de mi voz. Anuncia esto a todos, porque ayudará a salvar a muchas almas e impedir muchas destrucciones en la Iglesia y en el mundo».

(16 de abril de 1955)


Mensaje de Nuestro Señor Jesucristo a la Beata Elena Aiello

 


«Después de comenzar los sufrimientos usuales, aproximadamente a la una de la tarde, Jesús se me apareció cubierto de llagas y de sangre y me dijo: «Mira, hija mía, cómo los pecados del mundo me han herido.


El mundo se ha sumergido enteramente en la suciedad y desborda en corrupción. Los gobiernos de los pueblos se han levantado como demonios encarnados. Mientras hablan de paz, se están preparando para una guerra con armas devastadoras para la destrucción de pueblos y naciones. Los hombres se hicieron ingratos a mi Sagrado Corazón y, abusando de mi misericordia, han transformado la tierra en una escena de crímenes. Muchos escándalos llevan a las almas a la perdición..., especialmente por la corrupción de la juventud.


Violados hasta el límite, excitados, desenfrenados para los goces y placeres del mundo, su espíritu está degenerado en la corrupción del pecado. El mal ejemplo de los padres educa a los hijos en escándalo e infidelidad, en vez de virtud y rezos. El rezo está casi muerto en los labios de muchos. Manchado y degradado en la fuente de la fe y de la santidad el hogar.


La voluntad de los hombres ya no cambia. Viven en la obstinación del pecado. Más severos serán los castigos y plagas para revocarlos al camino de Dios; pero los hombres se ponen más furiosos, como bestias heridas, y endurecen sus corazones hacia la gracia de Dios.


El mundo ya no merece perdón, sino solamente fuego, destrucción y muerte.


Se necesita más oración y penitencia de mis almas fieles para aplacar la Justicia divina, para atemperar la justa sentencia del castigo, que ha sido suspendido en la tierra por la intercesión de mi amada Madre, que es también la Madre de todo el linaje humano. ¡0h, qué triste está mi Corazón al ver que los hombres no responden a los muchos llamamientos de amor y de dolor, dirigidos por mi amada Madre a la humanidad errante! Errando en la oscuridad siguen viviendo en sus pecados y se alejan más de Dios; pero el castigo de fuego se acerca para purificar la tierra de las iniquidades de los perversos (o malignos).


La justicia de Dios exige reparación por las muchas ofensas y crímenes que cubren la tierra y que ya no se pueden comprometer más. Los hombres están obstinados en sus delitos y no vuelven a Dios. Se oponen a la Iglesia, y los sacerdotes son despreciados a causa de los perversos que dan escándalo. Ayúdame, sufriendo, a reparar por las muchas ofensas, y de esta manera salvar en parte a la humanidad, precipitada en el fango de la corrupción y muerte...


Anuncia a la humanidad que debe volver a Dios, haciendo penitencia y haciéndolo así tienen esperanza de ser perdonados y salvados de la justa venganza de un Dios despreciado». (Diciendo esto, Nuestro Señor desapareció.


(16 de abril de 1955)


miércoles, 13 de diciembre de 2023

Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Lirio entre espinas

 


En carne regalada, con dificultad crece el blanquísimo lirio de la pureza. En cambio, en: la carne rota y macerada por la mortificación, de la ascesis cristiana crece y se desarrolla fresco y rozagante, perfumando de suavísimos aromas la vida del asceta.

La pureza, ciertamente, es un don de Dios; pero don que se ofrece únicamente a las alma, valientes y esforzadas que no rehúsan la cruz y aceptan las aristas hirientes de la mortificación.

Pablo de la Cruz, modelo de mortificación cristiana, lo es, igualmente. de pureza y virginidad. Toda su vida está embalsamada por exquisito y suavísimo perfume de pureza angelical. Y esta pureza, conquistada, o mejor, sostenida a punta de lanza, no vaya a creerse sea efecto de temperamento frío o sin pasiones. 

Pablo es ardiente, de imaginación, viva, y siente arder la sangre en sus venas. Los biógrafos lo clasifican entre los temperamentos sanguíneos, propenso, por tanto, a la sensualidad y al regalo de la carne. Pablo, sin embargo, sabe dominar sus tendencias y guardar la virginal pureza en medio de los peligros del mundo y de las instigaciones de livianas mujerzuelas que pretenden, osadamente, derribar la virtud del joven.

Las batallas que el Siervo de Dios sostiene, sobre todo, en los años de la mocedad, para conservar intacta la pureza del alma, sirven para que ésta se acrisole y afiance más en su corazón.

El mismo, aleccionado por la experiencia, escribirá a un alma dirigida:

—Sabed que los lirios plantados entre la, espinas se vuelven más blancos y fragantes que en tierra libre; quiere esto decir que la santa virginidad se torna más pura, más cándida, más fragante a los ojos de Dios entre las espinas de los combates y de las tentaciones más horribles."

Joven aún, se consagra a Dios por el voto de castidad. El mundo le sonríe y halaga. Ventajoso matrimonio, propuesto y aconsejado por un tío suyo sacerdote, puede devolver a la familia Danei la opulencia perdida. Pero el joven, seguidor de Cristo, renuncia a todo: al amor y a la pingüe herencia para vivir consagrado a su Dios por el voto de castidad.

De joven es de muy buen parecer. Su belleza, sus modales elegantes y su porte distinguido atraen las miradas de algunas jóvenes, no muy recatadas, las cuales, con sus artes femeninas tratan de cautivar el corazón del inocente joven.

Orando un día en la Iglesia parroquial de Castellazo es instigado al pecado por una joven desenvuelta. Pablo, a fin de no llamar la atención ni dar ocasión de escándalo, se retira de aquel lugar, y alejado de la joven frívola y casquivana, prosigue su oración.

Otra vez, en la soledad del campo, es solicitado por una liviana mujer, a la que pone en fuga blandiendo nudosa rama que ha desgajado de un árbol.

Como guarda de la castidad es la modestia, Pablo observa siempre, y en todas partes, un porte recogido y una modestia en los ojos angelical. Su semblante y sus ojos recatados inspiran respeto y amor a la pureza. Ojos bellísimos, virginales, los suyos, jamás se posan en el rostro de ninguna mujer. Cuando, por necesidad, trata con alguna, emplea rigurosa modestia teniendo los ojos fijos en tierra.

La Marquesa de las Minas, dama española de extraordinaria belleza, mujer, según el mundo, la más hermosa de España, es penitenta de Pablo de la Cruz. La amistad que une a éste con el esposo de la dama española es íntima y entrañable. Pero Pablo jamás fija su vista en el rostro de la Marquesa. Invitado, más de una vez, a merendar con ella en su casa, jamás acepta la invitación, únicamente por no exponerse al peligro de dirigirle alguna mirada, aunque no fuera más que por educación y urbanidad. El siervo de Dios la conoce tan sólo por el timbre de la voz.

Cuando camina solo o acompañado, por la ciudad o por el campo, guarda la misma modestia.

"Un Siervo de Dios, cuando camina, dice él, contempla tan sólo el espacio de tierra que basta para su sepultura; y va siempre recogido en Dios y en compañía de Jesús."

Tal máxima es norma inflexible de su conducta. Y si, acaso, alguno muestra extrañeza de la rigurosa modestia que guarda al andar.. el Santo replica:

—Como voy descalzo, necesito mirar dónde pongo los pies.

Antes de mirar el rostro de, una mujer, hubiera preferido le arrancaran los ojos.

Un día camina solo por senda solitaria. En un trigal, que se balancea suavemente al compás de la brisa, se oyen coros de voces y de risas femeninas. Pablo, sin levantar la vista prosigue su camino. Luego, al referir el hecho, dirá a sus religiosos:

—Antes que mirarlas hubiera preferido que el verdugo cortara mi cabeza.

Tanta cautela y reserva a muchos parecerán exageradas. Pero Pablo, adiestrado por la experiencia, justifica su rígida modestia con estos términos

—Cayeron varones encanecidos que por su virtud merecían ser llamados Columnas de la Iglesia, ¿y confiaremos nosotros? He recorrido muchos estados, ciudades, villas, pueblos y aldeas, y he tratado con toda suerte de personas, y siempre fui cauteloso, amaestrado por las tristes y lamentables caídas que en esta materia recuerdo han ocurrido.

El siervo de Dios, sencillo como la paloma. es también prudente como la serpiente. Por eso emplea tanta cautela a fin de no ser sorprendido.

En la misión de Ischia, la señora de la casa donde se hospeda el Santo, quiere tratar a solas con él de cosas espirituales. La señora, ya anciana, suplica a Pablo le acompañe a su habitación. El siervo de Dios rehúsa. La señora insiste:

—Si soy tan vieja, y usted, Padre, más viejo que yo.

—No importa, no importa: yo no puedo, si no estoy a la vista de mi compañero o de otra persona virtuosa.

En otra ocasión la dueña de la casa, ante el tumulto de la gente que espera a Pablo, cierra la puerta para hablar a solas con él.

—Por favor, señora, abra la puerta. Yo no acostumbro hablar con señoras a puertas cerradas.

—Pero si con usted puede hablarse sin ninguna sospecha.

—No, señora. Usted podrá hablar, pero yo no. Le ruego que, por favor, abra la puerta.

Y la señora, ante las insistencias del siervo de Dios, tiene que abrir la puerta, que permanece abierta hasta que la espiritual entrevista ha terminado.

Con las penitentes que dirige habitualmente observa el mismo rigor y el mismo alejamiento. A la dulce Inés Grazi prohíbe le bese la mano, o le dé señal de afecto que pueda parecer, aunque lejanamente, ofensa de la virtud angélica.

"Conviene vivir alerta y no fiarse de sí mismo; suele repetir con harta frecuencia. Nadie está seguro en este mundo. De ciertas personas conviene estar alejado lo más posible. Yo, aunque viejo, no me fío, no me fío."


Un día, hallándose enfermo en el convento de los Santos Juan y Pablo, recibe la visita del Príncipe Gonzaga. El Santo muestra gran alegría al recibirlo. Mas, sin paliativos ni preámbulos de ninguna especie, le exhorta a imitar las virtudes del santo que lleva su mismo apellido y es el más esclarecido personaje de su noble linaje.

Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis...

—Pero, P. Pablo, no querrá que yo le imite en abandonar el mundo y hacerme Jesuita...; replica el Príncipe con burlona sonrisa.

—En eso, no, Sr. Príncipe; pero sí en la pureza de su vida. Veo que Vuecencia es un gran caballero. Mas, bien sabe que en el mundo se tienden muchos lazos a la virtud, sobre todo, en las conversaciones. Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis, fuera cauteloso y, todos los días, dedicara algún rato a la oración.

—También yo quisiera, responde el Príncipe bromeando, que los Sacerdotes y Clérigos trataran como los del mundo con más libertad a las mujeres. Yo, si he de serle franco, le diré que no soy tentado. Y el no serlo obedece, según creo, a la familiaridad con que las trato. Para no ser tentados, sería de desear que los Sacerdotes y Clérigos trataran un poco más a las señoras, pues son más tentados los que viven lejos de ellas.

Pablo, al oír tal lenguaje y tales consejos en un Príncipe, descendiente de la familia Gonzaga, se indigna :

—Ignora, acaso, Vuecencia, lo que afirma el Espíritu Santo: Quien ama el peligro, perecerá en él? Sé que Vuecencia ha estudiado; mas, con todo, conviene que yo le explique el sentido de las Sagradas Escrituras.

—Sí, P. Pablo; he estudiado; y opino que algo más que usted.

—No lo dudo; pero conviene que yo, como Sacerdote, haga hoy el oficio de Maestro.

Y el P. Pablo aduce textos y más textos de las Divinas Escrituras para convencer de su error al Príncipe Gonzaga. Este, sin embargo, no se apea de su opinión. El Siervo de Dios, encendido en santa cólera, objeta:

—¿Es católico o hereje Vuecencia? Porque si mantiene tales principios, merece ser denunciado al Santo Oficio; y yo mismo, de no estar enfermo y en cama, iría personalmente a denunciarlo.

El Príncipe Gonzaga, confuso y avergonzado, se despide con sonrisa amable y un tanto picaresca del Siervo de Dios. Salido que hubo de la celda del Santo, éste, que había penetrado y escrutado los repliegues más íntimos de la conciencia del Príncipe, exclama:

—¡ Vaya con el Sr. Caballero! Había venido a insultarme, y el Señor me ha inspirado lo que debía decirle.

Es natural que alma tan enamorada de la pureza aconseje a todos la virtud angélica.

A sus religiosos recomienda la soledad y el espíritu de oración para que, alejados de los peligros y asechanzas del mundo, puedan más fácilmente conservar la pureza del alma.

A los muchachos inculca huir de las malas compañías y evitar toda conversación lasciva o peligrosa.

A las jóvenes y señoras exhorta vivamente a vestir según las normas de la modestia cristiana.

—Si no vais modestas —les dice— os haréis responsables ante Dios de los graves daños que causéis a las almas con vuestras inmodestias.

Los consejos del Santo producen su efecto. Toda joven o señora que con él se dirige, se distingue por su honestidad y recato en el vestir. Los soldados de la guarnición de Orbetello, al verlas, suelen decir:

—Estas son las penitentes del P. Pablo.

Si alguna se presenta no muy recatada, con los brazos al aire, o con escote, aunque no muy exagerado, ante el siervo de Dios, éste adopta un semblante severo y clava sus ojos en tierra para demostrar el disgusto que le produce la ofensa inferida a la honestidad cristiana.

Puro como un ángel, Pablo quiere que todos lo sean también y que todo, en su derredor, respire pureza y aromas de cielo. El vicio deshonesto le repugna tanto, que llega a sentir hasta hedor insoportable cuando topa o se encuentra ante almas manchadas con tal vicio.

En cambio, su persona, su hábito, y los objetos de su uso exhalan con frecuencia aromas celestiales. La misma habitación que ocupa en la casa de los bienhechores, o la celda de su convento quedan, no pocas veces, impregnadas de una fragancia suavísima.

Es el perfume de su castidad, la fragancia de su virginidad que, milagrosamente, trascienden de su persona y se comunican a los objetos como señal prodigiosa de su virtud angélica.

P. Juan de la Cruz, C.P.

viernes, 18 de agosto de 2023

Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Asceta y Penitente

 



La generalidad de los mortales, por desgracia, ni conocen ni estiman el valor de la mortificación cristiana para alcanzar la santidad. De ahí la sed de placeres y el loco y desmedido afán de diversiones que hoy devora a la humanidad Y, sin embargo, sin mortificación no puede haber vida espiritual en las almas, ni verdadera imitación de Cristo, Ejemplar de toda santidad.

Pablo de la Cruz, que hizo lema de su vida interior el estar crucificado con Cristo, resulta dechado acabado de cristiana mortificación. Sus asombrosas penitencias, iniciadas en los años de la niñez, y prolongadas rigurosamente durante su vida octogenaria, le colocan al lado de los más grandes penitentes de la humanidad. Dulce, amable y compasivo para los demás, es para sí mismo duro, inflexible y de una austeridad tal que, al punto evocamos el recuerdo de los moradores de la Tebaida.

No cabe duda que muchas de sus austeras penitencias, como decía uno de los más íntimos del Santo, serán conocidas tan sólo en el día del Juicio Final. Pero las que llegaron a conocimiento de sus contemporáneos sobran para catalogarlo entre los ascetas más penitentes de todos los siglos. Si nosotros exponemos en este capítulo las austeridades del Siervo de Dios, no es tanto para proponerlas, al menos en su generalidad, como dignas de imitación, cuanto para que el lector considere hasta dónde puede llegar un alma enamorada de su Dios y de la mortificación cristiana. Y también para que esta consideración sirva de aliento y de estímulo a las almas tibias y apocadas que dudan de abrazarse a una mortificación que a todos urge por ser el abecé de la vida espiritual.

Desde niño, Pablo de la Cruz es un enamorado de la mortificación cristiana. Quizá este hecho contraste con los gustos de quienes vivimos en el siglo XX. Pero siendo un hecho comprobado, nosotros, fieles a la verdad histórica, no podemos pasar por alto o silenciar lo que atestiguan los Procesos de Canonización.

Pablo, siendo niño, entreteje con unas cuerdas una especie de látigo para azotar con él su inocente cuerpo. Compañero de penitencia es también su hermano Juan Bautista. Una noche, los golpes resuenan por toda la casa. Lucas Danei, sorprendido, penetra en la habitación:

—Pero ¿qué hacéis, hijos míos? ¿Queréis mataros?

Desde aquel día, Pablo se oculta aún más para no ser sorprendido en sus primeros ensayos de riguroso ascetismo. Hay noches que no duerme en la cama. En el desván de la casa, sobre el frío pavimento, extiende una manta, y sirviéndole de almohada un haz de leña, se entrega al sueño.

Los viernes, sobre todo. redobla su austera penitencia, y por amor a su Dios Crucificado, bebe amargo brebaje, compuesto de hiel y vinagre.

Ya de joven se entrega a ayunos tan rigurosos que acaban por dejarle en los huesos, semejando un esqueleto ambulante. Días enteros pasa sin tomar alimento ni bebida alguna. En estos días siente, naturalmente, un hambre canina; pero, poco a poco, sobreponiéndose y resistiendo logra vencerla

— ¡Ah! Entonces era yo fuerte y robusto, pero ahora ya no puedo hacerlo; dirá en su ancianidad a Rosa Calabresi.

En su juventud hace voto de privarse de todo gusto superfluo. Voto heroico que cumple fidelísimamente hasta que, ya entrado en años, le es dispensado. Antes de fundar el Instituto de la Pasión, su vida de eremita es el asombro de los que le conocen. Cubre sus carnes con una tosca y negra túnica. En el rigor del invierno camina descalzo. Y con la cabeza descubierta, bajo los rayos de un sol abrasador, recorre los senderos de Italia.

Encerrado por espacio de cuarenta días, en húmedo tugurio, bajo la escalera de la Iglesia parroquial de Castellazo, se alimenta a pan y agua. Y en las ermitas de San Esteban, de Nuestra Señora de la Cadena y de Monte Argentaro, su alimento suele ser hierbas, raíces, fruta silvestre, y, alguna vez que otra, un poco de pan que recibe de la caridad pública. En la ermita de San Antonio tiene por lecho un poco de paja sobre la desnuda tierra. Y es tal el hambre que a veces padece, que se siente desfallecer. Extenuado, recibe un día de limosna dos tortugas. El hambre le acosa. Pero no sabe cómo prepararlas para convertirlas en alimento de su cuerpo desfallecido. Al fin, colócalas sobre unas brasas. Y cuando juzga están ya tostadas, las ingiere sin condimento alguno.

Hasta la edad de los cincuenta y dos años se abstiene de tomar carne, huevos y leche. Si después admite en sus frugales comidas dichos alimentos es porque la Santa Sede mitiga la rigurosa abstinencia que Pablo ha prescrito en la Regla. Mas, así y todo, en el tiempo de Adviento, de Cuaresma y en los miércoles, viernes y sábados de todo el año, Pablo de la Cruz se abstiene de comer carne.

Ir al refectorio a la acostumbrada refección constituye para él un sacrificio. Con gracia suele decir:

—Ahora vayamos a hacer el oficio de los jumentos.

Sentado a la mesa, permanece absorto en altísima contemplación. Y no es raro verlo anegado en lágrimas, las cuales mezcla con el pobre alimento. Si se le presenta bastante cantidad, suplica:

—Por caridad, presentadme menos, si queréis que coma; yo, cuando he tomado la sopa, ya estoy harto. Además, con poco basta, cuando se puede comer un poco de pan.

Si por algún alimento siente predilección es por la fruta. Pero ésta le da ocasión de refrenar el gusto y realizar así continuos sacrificios. Un día de fiesta, hallándose en el convento de Vetralla, reciben los religiosos un cesto de higos. Pablo muestra su contento por el regalo. Pero cuando son presentados en la mesa, el único que los deja en el plato, sin probarlos, es Pablo de la Cruz.

Otra vez, en casa del Sr. Aníbal Tonini, presentan para postre unas peras gordas, frescas y sazonadas. El siervo de Dios, disimuladamente, toma la más verde y comienza a comerla.

—Pero, P. Pablo, si esa pera no está madura. Déjela y tome otra.

—¡Ah!: responde el siervo de Dios. Es verdad. Pero también ésta es buena.

Y sigue comiéndola. Y una vez comida, no quiere probar otra.

Todos los años acostumbra celebrar lo que él llama la Cuaresma de la Virgen, que es privarse de toda clase de frutas durante los cuarenta días que preceden a la fiesta de la Asunción.

Un día es invitado a comer con el General español, Marqués de las Minas. Es tiempo de cuaresma. En la mesa presentan un exquisito plato de guisantes. Los primeros de la temporada. Con ellos se ha preparado un plato apetitoso. Pablo, apenas lo ha probado, interrumpe la comida. El Marqués de las Minas que lo advierte, le dice:

—Pero, P. Pablo, ¿no come usted manjar tan exquisito? El humilde siervo de Dios se excusa humildemente. Y el General español queda altamente edificado de la frugalidad de su santo amigo.

Otra vez le presentan un aperitivo. Después de probado, exclama:

— Excelente! Y alargando luego el plato, dice a su comensal:

—Le suplico se lo coma usted.

—Gracias a Dios, no necesito de tales aperitivos. Tengo buen apetito.

Pero el siervo de Dios insiste:

 —Anímese a ello. Yo no quiero perder tan buena ocasión de hacer un pequeño sacrificio.

Pablo rehúsa manjares delicados, contentándose, las más de las veces, con un poco de pan, y en alguna ocasión, algunas frutas. Y para justificar su proceder. argumenta:

—Los antiguos anacoretas, alimentándose de pan, hierbas y frutas silvestres, vivían largos años en los desiertos. Ved cómo la mortificación alarga la vida.

Bajo los rayos de un sol abrasador...

Parco en la comida, lo es también en la bebida. En las comidas toma un poco de vino, por consejo del Capitán Grazi, pero tan aguado que llega a perder el color y el gusto del vino. Fuera de las horas no acostumbra tomar alimento ni bebida alguna, aunque se halle extenuado por las fatigas de las misiones apostólicas. En los últimos años de su vida, por prescripción médica, después de las predicaciones, suele tomar un poco de vino aguado. Pero no pocas veces se le oye decir:

— Estos médicos me matan. El chocolate que toma, también por prescripción médica, quiere que sea ligero.

—Lo tomo así como medicina del cuerpo.

Al comer, permanece absorto en la lectura espiritual que se tiene durante la refección, no dándose cuenta, a veces, de los alimentos que come. Un día, en el convento de San Ángel, ordena al cocinero prepare un plato de macarrones. El cocinero obedece. Terminada la comida, encontrándose con el P. Pablo, recibe de éste severa reprensión por no haber cumplido la orden.

—Pero, Padre, ¿qué es lo que ha comido en el refectorio?, le dice el cocinero, justificándose y, a la vez, indicando al Santo Fundador que han sido macarrones lo que se ha servido a la mesa.

San Pablo de la Cruz replica:

 —Tenga paciencia, hermano, y perdone. No recuerdo lo que he comido.

El Santo ejercita dichas mortificaciones con arte, destreza y alegría, que muchos ni siquiera se percatan de aquéllas.

"Quien no sabe refrenar la gula suele repetir tampoco sabe mortificar la carne."

Pero Pablo sabe refrenar la gula y también mortificar la carne con penitencias espantosas, extraordinarias, admirables, aunque no imitables. El sabe por experiencia qué es el frío y la nieve y los aires helados del riguroso invierno, porque muchas veces, aterido, con los pies descalzos, cubierto de una tosca túnica, y mal alimentado, atraviesa los Apeninos envueltos en el blanco turbante de la nieve. Otras, bajo un sol tórrido, descubierta la cabeza, emprende largas jornadas, o predica horas enteras, en descampado, a las multitudes, o en la plaza de Orbetello a la tropa española. Los soldados, por indicación del Santo, cubren sus cabezas con el casco de campaña para defenderse de los rayos solares. Pero el siervo de Dios, por espacio de dos horas, asaetado por los rayos de un sol de mediodía, prosigue la predicación.

No pocas veces, sus pies desnudos van dejando huellas de sangre por los senderos de Italia, por las calzadas romanas y las calles de las ciudades.

En las misiones apostólicas Pablo, heraldo del Divino Crucificado, aparece como la encarnación viviente de la austeridad y de la penitencia. La ruda túnica con que cubre sus carnes, sus pies desnudos, su rostro pálido y demacrado hablan elocuentemente de su riguroso ascetismo. El viaje del Convento al pueblo o ciudad que ha de misionar lo hace siempre a pie y descalzo. Los guijarros del sendero lastiman sus pies y las espinas llegan algunas veces a clavarse en sus delicadas plantas. Si personas caritativas, compadecidas, intentan extraerle las espinas, les dice sonriente:

—Si esto no es nada. ¡Jesús llevaba tantas... y tan punzantes en su sacratísima cabeza!...

Ya en la misión, ante la muchedumbre que le escucha atónita, desnuda sus espaldas, y con instrumentos de afiladas cuchillas descarga golpes tan fieros que la sangre brota en abundancia hasta regar el tablado que le sirve de púlpito.

A la cruel flagelación añade, no pocas veces, el doloroso tormento de la coronación de espinas. La corona que ciñe a sus sienes cuando predica no es mero símbolo o recuerdo de la corona de espinas del Salvador del mundo. También las espinas se clavan en las sienes del siervo de Dios y la sangre que brota de su frente llega a teñir su demacrado rostro, convirtiéndolo en vivo retrato del Divino Nazareno.

Para vencer el sueño que le asalta en las interminables horas del confesonario, aplica a sus brazos cilicios de agudas puntas que le penetran hasta la carne viva.

Los días que misiona algún pueblo o ciudad duerme sobre el desnudo suelo. Y en las horas que le quedan libres, retirado en su habitación, renueva sus sangrientas penitencias; o bien, arrodillado sobre lámina de hierro de aceradas puntas, se engolfa en la meditación de su Dios Crucificado.

Sorprendido un día en esta actitud, para despistar al intempestivo visitante, dice a éste, ocultando con disimulo el instrumento de penitencia:

—Ved donde yo estudio mis sermones: a los pies del Crucifijo.

Con tantas y tales mortificaciones no es extraño que Pablo de la Cruz quede en los huesos, y que un personaje, anunciando la próxima llegada de los misioneros, diga al Párroco de la localidad:

—Para uno de ellos puede usted preparar un ataúd.

Pero es en la soledad de Monte Argentaro donde, particularmente, el siervo de Dios sacia su sed de maceraciones. La majestad solemne de los espacios y la inmensidad del mar que, a veces, ruge con horrísonas tormentas a los pies de la montaña, parece como si le invitaran a desgarrar sus carnes y azotar despiadadamente su cuerpo. Oculto en el boscaje, creyendo no ser visto de nadie, disciplinase con un mazo pesadísimo de cadenas hasta verter copiosa sangre. Y ello una, dos y tres veces al día.

Los pastores que llevan a pastar sus rebaños por aquellos contornos le han visto más de una vez con las espaldas ensangrentadas y han contemplado, asombrados, la huella de sangre en la tierra húmeda y fresca de la montaña. Y no ha faltado cazador que, sigilosamente, se ha acercado hasta el Siervo de Dios cuando éste se revolcaba desnudo sobre las zarzas y espinos del monte.

Pablo de la Cruz, sobre todo, se impone penitencias espantosas cuando trata de convertir a los pecadores. 

Una noche llama al Convento de Monte Argentaro un bandolero armado hasta los dientes. Es crudo invierno. Los caminos aparecen borrados por la nieve helada. El forajido pide por caridad pasar la noche bajo cubierto. El Siervo de Dios que en los más famosos criminales ve almas redimidas con la sangre de Cristo, le ofrece abrigo y hospedaje. Y trata de convertirlo. Para ello háblale de Dios, de los tormentos de Jesús, del alma y de la otra vida.

El bandido permanece frío, hosco e insensible a las palabras dulces y ardientes del Santo. Aquella alma de bandolero se muestra dura e impermeable a la gracia.

Al amanecer del siguiente día, Pablo sale del Convento y por senda resbaladiza se dirige al estanque que hay junto al camino. El agua está helada. Pero el Siervo de Dios no vacila. Y se arroja al centro de la alberca. Minutos después, el bandolero pasa junto al estanque. Al ver al siervo de Dios sumergido en el agua hasta el cuello, le dice sorprendido:

—Pero ¿qué hace ahí, P. Pablo?

—Penitencia por sus pecados; responde el Santo, tiritando de frío.

Tal respuesta conmueve al bandolero. Y una hora más tarde vuelve éste al buen camino, reconciliándose con Dios.

A Pablo no le espantan los rigores de las más austeras penitencias, si con ellas logra identificarse con su Dios Crucificado y salvar las almas por las cuales padeció y murió en una Cruz el Mártir del Calvario.

No todos los instrumentos de penitencia que empleó el siervo de Dios para macerar su cuerpo se conservan hoy día.

—Ya que me habéis inutilizado a mí, dijo, arrojándolos a un pozo, no quiero que inutilicéis a otros.

Pero los que actualmente se conservan en el Convento de los Santos Juan y Pablo y en otros Retiros de la Congregación, como la cruz de madera forrada con 186 puntas de hierro y las disciplinas de afiladas cuchillas, todavía tintas en sangre, revelan el espíritu austero que animó a uno de los más grandes ascetas y penitentes de todos los siglos.

P. Juan de la Cruz, C.P.