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miércoles, 31 de mayo de 2023

Fiesta de Santa María Reina - 31 de Mayo

 



FIESTA DE LA REALEZA DE MARÍA 

La realeza de Cristo es dogma fundamental de la Iglesia y a la par canon supremo de la vida cristiana. 

Esta realeza, consustancial con el cristianismo, es objeto de una fiesta inserta solemnemente en la sagrada liturgia por el Papa Pío XI a través de la Encíclica QUAS PRIMAS del 11 de diciembre de 1925. Era como el broche de oro que cerraba los actos oficiales de aquel Año Santo. 

La idea primordial de la encíclica podría formularse de esta guisa: Cristo, aun como hombre, participa de la realeza de Dios por doble manera: por derecho natural y por derecho adquirido. Por derecho natural, ante todo, a causa de su personalidad divina; por derecho adquirido, a causa de la redención del género humano por El realizada. 

Si algún día juzgase oportuno la Iglesia -decía un teólogo español en el Congreso Mariano de Zaragoza de 1940- proclamar en forma solemne y oficial la realeza de María, podría casi transcribir a la letra, en su justa medida y proporción claro está, los principales argumentos de aquélla encíclica. 

Y así ha sido. El 11 de octubre de 1954 publicó Pío XII la encíclica AD CAELI REGINAM. Resulta una verdadera tesis doctoral acerca de la realeza de la Madre de Dios. En ella, luego de explanar ampliamente las altas razones teológicas que justifican aquélla prerrogativa mariana, instituye una fiesta litúrgica en honor de la realeza de María para el 31 de mayo. Era también como el broche de oro que cerraba las memorables jornadas del Año Santo concepcionista. 

El paralelismo entre ambos documentos pontificios y aun entre las dos festividades litúrgicas, salta a la vista. 

La realeza de Cristo es consustancial, escribíamos antes, con el cristianismo; la de María también. La realeza de Cristo ha sido fijada para siempre en el bronce de las Sagradas Escrituras y de la tradición patrística; la de María lo mismo. 

La realeza de Cristo, lo insinuábamos al principio, descansa sobre dos hechos fundamentales: la unión hipostática -así la llaman los teólogos, y no acierta uno a desprenderse de esta nomenclatura- y la redención; la de María, por parecida manera, estriba sobre el misterio de su maternidad divina y el de corredención. 

Ni podría suceder de otra manera. Los títulos y grandezas de Nuestra Señora son todos reflejos, en cuanto que, arrancando frontalmente del Hijo, reverberan en la Madre, y la realeza no había de ser excepción. La Virgen, escribe el óptimo doctor mariano San Alfonso de Ligorio, es Reina por su Hijo, con su Hijo y como su Hijo. Es patente que se trata de una semejanza, no de una identidad absoluta. 

"El fundamento principal -decía Pío XII-, documentado por la tradición y la sagrada liturgia, en que se apoya la realeza de María es, indudablemente, su divina maternidad. Y así aparecen entrelazadas la realeza del Hijo y la de la Madre en la Sagrada Escritura y en la tradición viva de la Iglesia. El evangelio de la maternidad divina es el evangelio de su realeza, como lo reconoce expresamente el Papa; y el mensaje del arcángel es mensaje de un Hijo Rey y de una Madre Reina. 

Entre Jesús y María se da una relación estrechísima e indisoluble -de tal la califican Pío IX y Pío XII-, no sólo de sangre o de orden puramente natural, sino de raigambre y alcance sobrenatural trascendente. Esta vinculación estrechísima e indisoluble, de rango no sólo pasivo, sino activo y operante, la constituye a la Virgen particionera de la realeza de Jesucristo. Que no fue María una mujer que llegó a ser Reina. No. Nació Reina. Su realeza y su existencia se compenetran. Nunca, fuera de Jesús, tuvo el verbo "ser" un alcance tan verdadero y sustantivo. Su realeza, al igual que su maternidad, no es en Ella un accidente o modalidad cronológica. Más bien fue toda su razón de ser. La predestinó el cielo, desde los albores de la eternidad, para ser Reina y Madre de misericordia. 

Toda realeza, como toda paternidad, viene de Dios, Rey inmortal de los siglos. Pero un día quiso Dios hacerse carne en el seno de una mujer, entre todas las mujeres bendita, para así asociarla entrañablemente a su gran hazaña redentora. y este doble hecho comunica a la Virgen Madre una dignidad, alteza y misión evidentemente reales.

Saliendo al paso de una objeción que podría hacerse fácilmente al precedente raciocinio, escribe nuestro Cristóbal Vega que, si la dignidad y el poder consular o presidencial resulta intransferible, ello se debe a su peculiar naturaleza o modo de ser, por venir como viene conferido por elección popular. Pero la realeza de Cristo no se cimenta en el sufragio veleidoso del pueblo, sino en la roca viva de su propia personalidad. 

Y, por consecuencia legítima, la de su Madre tampoco es una realeza sobrevenida o episódica, sino natural, contemporánea y consustancial con su maternidad divina y función corredentora. Con atuendo real, vestida del sol, calzada de la luna y coronada de doce estrellas la vio San Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis asociada a su Hijo en la lucha y en la victoria sobre la serpiente según que ya se había profetizado en el Génesis. 

Y esta realeza es cantada por los Santos Padres y la sagrada liturgia en himnos inspiradísimos, que repiten en todos los tonos el "Salve, Regina". 

Hable por todos nuestro San Ildefonso, el capellán de la Virgen, cantor incomparable de la realeza de María, que, anticipándose a Grignon de Monfort y al español Bartolomé de los Ríos agota los apelativos reales de la lengua del Lacio: Señora mía: Dueña mía, Señora entre las esclavas, Reina entre las hermanas Dominadora mía y Emperatriz. 

Realeza celebrada en octavas reales, sonoras como sartal de perlas orientales y perfectas como las premisas de un silogismo coruscante, por el capellán de la catedral primada don José de Valdivieso cuando, dirigiéndose a la Virgen del Sagrario, le dice: 

Sois, Virgen santa, universal Señora 
de cuanto en cielo y tierra ha Dios formado; 
todo se humilla a Vos, todo os adora 
y todo os honra y a vuestro honrado; 
que quien os hizo de Dios engendradora, 
que es lo que pudo más haberos dado, 
lo que es menos os debe de derecho, 
que es Reina universal haberos hecho. 

Los dos versos finales se imponen con la rotundidez lógica de una conclusión silogística. 

En el 2º concilio de Nicea, VII ecuménico, celebrado bajo Adriano en 787, se leyó una carta de Gregorio II (715-731) a San Germán, el patriarca de Constantinopla, en que el Papa vindica el culto especial a la "Señora de todos y verdadera Madre de Dios". 

Inocencio III (1198-1216) compuso y enriqueció con gracias espirituales una preciosa poesía en honor de la Reina y Emperatriz de los ángeles. 

Nicolás IV (1288-1292) edificó un templo en 1290 a María, Reina de los Ángeles. Juan XXII (1316-1334) indulgenció la antífona "Dios te salve, Reina", que viene a ser como el himno oficial de la realeza de María. 

Los papas Bonifacio IX, Sixto IV, Paulo V, Gregorio XV, Benedicto XIV, León XIII, San Pío X, Benedicto XV y Pío XI repiten esta soberanía real de la Madre de Dios. 

Y Pío XII, recogiendo la voz solemne de los siglos cristianos, refrenda con su autoridad magisterial los títulos y poder reales de la Virgen y consagra la Iglesia al Inmaculado Corazón de María, Reina del mundo. Y en el radiomensaje para la coronación de la Virgen de Fátima, al conjuro de aquellas vibraciones marianas de la Cova da Iría, parece trasladarse al día aquel, eternamente solemne, al día sin ocaso de la eternidad, cuando la Virgen gloriosa, entrando triunfante en los cielos, es elevada por los serafines bienaventurados y los coros de los ángeles hasta el trono de la Santísima Trinidad, que, poniéndole en la frente triple diadema de gloria, la presentó a la corte celeste coronada Reina del universo... "Y el empíreo vio que era verdaderamente digna de recibir el honor, la gloria, el imperio, por estar infinitamente más llena de gracias, por ser más santa, más bella, más sublime, incomparablemente más que los mayores santos y que los más excelsos ángeles, solos o todos juntos; por estar misteriosamente emparentada, en virtud de la maternidad divina, con la Santísima Trinidad, con Aquel que es por esencia Majestad infinita, Rey de reyes y Señor de señores, como Hija primogénita del Padre, Madre ternísima del Verbo, Esposa predilecta del Espíritu Santo, por ser Madre del Rey divino; de Aquel a quien el Señor Dios, desde el seno materno, dio el trono de David y la realeza eterna de la casa de Jacob; de Aquel que ofreció tener todo el poder en el cielo y en la tierra. El, el Hijo de Dios, refleja sobre su Madre celeste la gloria, la majestad, el imperio de su realeza, porque, como Madre y servidora del Rey de los mártires en la obra inefable de la redención, le está asociada para siempre con un poder casi inmenso en la distribución de las gracias que de la redención derivan..." 

Por esto la Iglesia la confiesa y saluda Señora y Reina de los ángeles y de los hombres. 

Reina de todo lo creado en el orden de la naturaleza y de la gracia. 

Reina de los reyes y de los vasallos. 

Reina de los cielos y de la tierra. 

Reina de la Iglesia triunfante y militante. 

Reina de la fe y de las misiones. 

Reina de la misericordia. 

Reina del mundo, y Reina especialmente nuestra, de las tierras y de las gentes hispanas ya desde los días del Pilar bendita. 

Reina del reino de Cristo, que es reino de "verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz". 

Y en este reino reinado de Cristo que es la Iglesia santa es Ella Reina por fueros de maternidad y de mediación universal y, además, por aclamación universal de todos sus hijos. 

En este gran día jubilar de la realeza de María renovemos nuestro vasallaje espiritual a la Señora y con fervor y piedad entrañables digámosle esa plegaria dulcísima, de solera hispánica, que aprendimos de niños en el regazo de nuestras madres para ya no olvidarla jamás: 

"Dios te salve, Reina y Madre de misericordia; Dios te salve... 

FILIBERTO DÍAZ PARDO


. MARÍA REINA, De la "Mística Ciudad de Dios". Ven. Sor María de Jesús de Agreda. 

. LA REINA DEL CIELO EN LA RESURRECCIÓN DE SU DIVINO HIJO, Ven. Sor María de Jesús de Agreda, de la (Mística Ciudad de Dios", Libro VI, Cap. 26. 

. MARÍA SANTÍSIMA, NUESTRA REINA, San Luis María Grignion de Montfort, de su "Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.


jueves, 27 de octubre de 2022

Los Sueños de San Juan Bosco: la muerte del Papa Pío IX

 


LA MUERTE DEL PAPA PÍO IX 
SUEÑO 104.—AÑO DE 1877. 
(M. B. Tomo XIII, págs. 42-44) 

El 1 de febrero de 1877, a su regreso de Roma, se despidió de los hermanos y amigos de Magliano, partiendo para Florencia. 

En esta ciudad se detuvo hasta el día tres del mismo mes, hospedándose en casa de la piadosa y caritativa Marquesa Uguccioni, aun profundamente afligida por la muerte reciente del esposo. En la mañana del cuatro se encontraba en Turín, donde fue recibido en el Oratorio, como de costumbre, en medio del mayor júbilo. 

Dos días después de su llegada, el [Santo] volvía a Roma en sueños; sueño profético que contó privadamente a los directores reunidos para las conferencias anuales. 

Ofreceremos el relato del mismo, tal como lo escribieron inmediatamente después de oírlo, Don Barberis y Don Lemoyne. 

Hay que hacer notar que el Eminentísimo Cardenal Monaco La Valetta, Vicario de Su Santidad, después de la muerte del Cardenal Patrizi, había rogado a San Juan Bosco que enviase algunos salesianos a dirigir el Hospital de la «Cosolazione» que surge a poca distancia del Foro Romano. Aunque la escasez de personal era grande, San Juan Bosco, siendo la primera vez que el nuevo Cardenal Vicario pedía un favor a la Congregación, deseaba ardientemente complacerlo. La noche del siete de febrero, habiéndose retirado a descansar el [Santo] obsesionado con este pensamiento, soñó que se encontraba en Roma. 

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Me pareció —dijo a sus oyentes— que me encontraba de nuevo en Roma; me dirigí inmediatamente al Vaticano sin acordarme del almuerzo, ni de pedir audiencia, ni de otra cosa alguna. Mientras me encontraba en una sala he aquí que llega el Papa Pío IX y se sienta a la buena de Dios y en plan de amigo en un sillón o canapé que estaba junto a mí. Yo, maravillado, intento ponerme de pie y rendirle los homenajes consiguientes; pero él no me lo permitió, sino que con la mayor premura me obligó a que me sentase a su lado, comenzando inmediatamente el siguiente diálogo: 

—Hace poco que nos hemos visto. 

—En efecto; hace pocos días— le contesté.

—De ahora en adelante nos veremos con más frecuencia —continuó el Vicario de Cristo— porque hay muchas cosas que tratar. Entretanto, dígame: ¿Qué ha hecho ya desde que partió de Roma? 

—Ha habido poco tiempo —le contesté—; se han reanudado varios asuntos que quedaron interrumpidos a causa de mi ausencia y después se pensó en lo que se podría hacer en favor de los Conceptinos. Mas he aquí que me llega una petición del Cardenal Vicario, rogándome que nos encarguemos de la dirección del Hospital de la Cosolazione. Es la primera petición que nos hace dicho Cardenal y querríamos complacerle; pero al mismo tiempo nos sentimos abrumados por la falta de personal.

—¿Cuántos sacerdotes ha mandado ya a los Conceptinos?—, me preguntó el Papa Pío IX. Y entretanto me hizo pasear con él teniéndome de la mano. 

—Hemos enviado uno solo —le dije—, y estamos estudiando la manera de poder mandar algunos más, pero no sabemos de dónde sacarlos.

—Antes de atender a otra cosa —prosigue el Papa— procura atender a Santo Spirito. Poco después el Santo Padre, erguido sobre su persona, con la cara levantada y como radiante de luz, clavó su mirada en mí. 

—¡Oh, Santo Padre!, —le dije—; ¡si mis jóvenes pudiesen contemplar el rostro de Su Santidad! Yo creo que quedarían fuera de sí por el consuelo. ¡Le aman tanto! 

—Eso no sería imposible —me replicó el Papa Pío IX—. A lo mejor pueden ver realizado este deseo. 

Pero de pronto, como si se sintiese mal, apoyándose en una parte y otra se dirigió a sentarse en un canapé y después de haberlo hecho se tendió en él a lo largo. Yo creí que estuviese cansado y quisiera acomodarse para descansar un poco; por eso busqué la manera de colocarle un almohadón un poco elevado para mantenerle la cabeza en alto: pero él no quiso, sino que extendiendo también las piernas, me dijo: 

—Hace falta una sábana blanca para cubrirme de la cabeza a los pies. 

Yo lo miraba atónito y estupefacto; no sabía qué decirle, ni qué hacer. No entendía nada de cuanto sucedía. Entonces el Santo Padre se levantó y dijo: 

—¡Vamos! 

Al llegar a una sala donde había muchos dignatarios eclesiásticos, el Santo Padre, sin que los demás se diesen cuenta se dirigió a una puerta cerrada. Yo abrí la puerta inmediatamente, para que el Papa Pío IX, que estaba ya cerca, pudiese pasar, Al ver esto, uno de los prelados comenzó a mover la cabeza y a decir entre dientes: 

—Esto no le corresponde Don Bosco; hay personas indicadas para que realicen estos menesteres. 

Me excusé de la mejor manera posible, haciendo observar que yo no usurpaba ningún derecho, sino que había abierto la puerta porque ningún otro lo había hecho para que el Papa no se incomodara y tropezara. 

Cuando el Santo Padre oyó mis palabras, se volvió hacia atrás sonriendo y dijo: 

—Déjenlo en paz; soy yo quien lo quiero. 

Y el Papa, una vez que hubo transpuesto la puerta, no apareció más. 

Yo me encontré, pues, allí completamente solo sin saber dónde estaba. 

Al volverme a un lado y a otro para orientarme, vi por allí a Buzzetti. Esto me causó grande alegría. Yo quería decirle algo, cuando él, acercándose a mí, me dijo: 

—Mire que tiene los zapatos viejos y rotos. 

—Ya lo sé —le dije—; ¿qué quieres? Han recorrido ya mucho terreno estos zapatos, son los mismos que tenía cuando estaba en Lanzo; aquí en Roma han estado ya dos veces; también estuvieron en Francia y ahora están otra vez aquí. Es natural que estén en tan mal estado. 

—Pero ahora —replicó Buzzetti— es tiempo de que los deje; ¿no ve que los talones están completamente rotos y que lleva los pies por los suelos? 

—No te digo que no lleves razón —contesté—, pero, dime: ¿sabes tú dónde nos encontramos? ¿Sabes qué es lo que hacemos aquí? ¿Sabes por qué estamos aquí? 

—Sí, que lo sé— me contestó Buzzetti.

 —Dime, pues —proseguí yo—; ¿estoy soñando o es realidad lo que veo? Dime pronto algo. 

—Esté tranquilo —replicó Buzzetti— que no sueña. Todo cuanto ve es realidad. Estamos en Roma, en él Vaticano: El Papa ha muerto. Y tanto es verdad esto que cuando quiera salir de aquí encontrará grandes dificultades para lograrlo y no dará con la escalera. 

Entonces yo me asomé a las puertas, a las ventanas y vi por todas partes casas en ruina y destruidas y las escaleras deshechas y escombros por doquier. 

—Ahora sí que me convenzo de que estoy soñando —dije—; hace poco he estado en el Vaticano con el Papa y no había nada de todo esto. 

Estas ruinas —dijo Buzzetti— fueron producidas por un terremoto repentino que tendrá lugar después de la muerte del Papa, pues toda la Iglesia se sentirá sacudida de una manera terrible al producirse su fallecimiento. 

Yo no sabía ni qué decir, ni qué hacer. Quería bajar a toda costa del lugar donde me encontraba; hice la prueba pero temí rodar a un precipicio. 

Con todo intentaba descender, pero unos me sujetaban por los brazos, otros por la ropa y un tal por los cabellos con tanta fuerza que no me permitía dar un paso. Yo entonces comencé a gritar:` 

—¡Ay, que me hace daño! 

Y tan grande fue el dolor que sentí, que me desperté encontrándome en el lecho, en mi habitación. 

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 El [Santo], aunque no se reservó para sí este sueño, prohibió a los Directores que hablasen de él, expresando así su parecer de que por de pronto no se le debía dar importancia alguna. Pero luego se comprobó de allí a un año, que no se trataba de un sueño ordinario, en efecto, en las primeras horas de la noche del seis al siete de febrero, el gran Pontífice [Beato] Pío IX, después de una rápida enfermedad, entregó su bella alma al Señor. 

Los Sueños de San Juan Bosco
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Nota de E.C.
Aquí en este sueño profético San Juan Bosco predice que después de la muerte de un Papa habrá un terremoto, esto aun no se a cumplido.

jueves, 1 de septiembre de 2022

El Detente del Sagrado Corazón y la Hermana Ana Magdalena




 Origen y Difusion


El Detente, o Escudo del Sagrado Corazón de Jesús, es un emblema que lleva la imagen del Sagrado Corazón y su divisa: ¡Detente! El Corazón de Jesús está conmigo. ¡Venga a nosotros Tu Reino! El uso del Detente es un medio de expresar nuestro amor al Sagrado Corazón de Jesús; señal de nuestra confianza en su protección contra las celadas del demonio y los peligros de todo orden. Su aparición proviene de Santa Margarita María Alacoque, como lo atestigua una carta dirigida por ella a la Madre Saumaise el 2 de Marzo de 1686 en la que le dice: “Jesús desea que usted mande a hacer unas placas de cobre con la imagen de su Sagrado Corazón para que todos aquellos que quisieran ofrecerle un homenaje las pongan en sus casas, y unas pequeñas para llevarlas puestas.” Ella misma llevaba una sobre su pecho, debajo del hábito e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo. Hizo muchas de estas imágenes y recomendaba que su uso era muy agradable al Sagrado Corazón. Pero fue precisamente la Venerable Ana Magdalena Rémuzat, quien le dio la forma definitiva y fue la que se encargo de difundir esta devoción. Pues esta práctica recomendada por Santa Margarita, al principio sólo fue conocida en las comunidades de la Visitación. Pero la Venerable Ana Magdalena Rémuzat, salesa de Marsella, fue quien la hizo conocer fuera del claustro.

Hermana Ana Magdalena Remuzat

Antecedentes Historicos

A Nuestra Hermana Ana Magdalena Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste. La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que llevaban el Escudo, y las personas contagiadas tuvieron un extraordinario auxilio con esta devoción. En otras localidades sucedieron hechos análogos. A partir de entonces, la costumbre se extendió por otras ciudades y países. En 1789 estalló en Francia, con trágicas consecuencias para el mundo entero, un flagelo terrible la calamitosa Revolución Francesa. En ese periodo los verdaderos católicos encontraron amparo en el Sacratísimo Corazón de Jesús, y el Escudo protector fue llevado por muchos sacerdotes, nobles y plebeyos que resistieron a la sanguinaria revolución anticatólica.

Características Esenciales

Esta devoción al Detente es santa, como es santo el culto y el amor a Jesucristo. Es fructuosa, por las virtudes que ejercita de fe, oración y esperanza en el mismo Jesús, y las grandes gracias y favores que se han obtenido y se pueden confiadamente esperar del culto y uso del Detente. Podemos señalar algunas características que lo definen claramente, podremos decir: que Es una señal de fidelidad al Corazón de Jesucristo. Es blasón que nos ennoblece. Es un muro que nos defiende. Es un imán que atrae sobre nosotros las miradas y gracias de Jesús. Es un pararrayos que aparta de nosotros los castigos de Dios. Es una oración perenne de Jesús por nosotros, suplicante al Padre. Es un corazón que late junto al nuestro.. Heroísmo de los devotos del Sagrado Corazón de Jesús. Nuestra Iglesia Católica decidió instituir el detente del Sagrado Corazón de Jesús como un sacramental, cita el numeral 1677 de nuestro catecismo qué se llaman sacramentales los signos sagrados instituidos por la iglesia cuyo fin es preparar a los hombres para recibir el fruto de los sacramentos y santificar las diversas circunstancias de la vida.



El Papa Pío IX y el Detente

Era el año de 1870, tiempo de pruebas y lágrimas para el pontificado del Papa Pío IX. Se cuenta que una señora romana, después de consagrar al Sagrado Corazón y a la Santísima Virgen a su hijo que partía para la guerra, al darle su bendición le entregó un «Detente» que ella misma dibujo sobre un pedazo de paño rojo diciéndole: "Él te devolverá sano y salvo a mi cariño". El joven asistió a reñidísimos combates, las balas silbaban a su alrededor, ya están muertos las tres primeras filas, sus compañeros de derecha e izquierda habían caído; una bala llegó también a su pecho donde tenía el «Detente» y allí se detuvo. Minutos después un refuerzo de tropas llegó a asegurar la victoria y el hijo volvió a abrazar a su madre, quien contó lo ocurrido al Santo Padre el Papa, recibiendo por respuesta estas palabras: «¡Detente, el Corazón de Jesús está conmigo! ».Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo: “Esto, señora es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo”. Y, después de un breve silencio añadió: "Voy a bendecir este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición, sin que sea necesario que algún otro sacerdote la renueve. Además, quiero que Satanás de modo alguno, no, pueda causar daño a aquellos que lleven consigo el Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”. Para impulsar la piadosa costumbre de llevar consigo el Detente, Pío IX concedió en 1872, indulgencias parciales para todos los que, portando esta insignia, rezasen diariamente: un Padrenuestro, una Avemaría y un Gloria.Por lo tanto, llevar el «Detente» del Sagrado Corazón y llevarlo con amor y fe, es lo mismo que si lleváramos un escudo contra toda clase de peligros. Procuremos que los enfermos, niños, jóvenes, ancianos y todo el mundo lleven encima un «Detente», en la cartera o debajo de la almohada (en el caso de enfermos).