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viernes, 29 de diciembre de 2023

La maldición viste de púrpura. ¿Bendición de parejas del mismo sexo?




Días atrás he preparado unos cuentos navideños en homenaje al Niñito Dios, y las maniobras de altos jerarcas no tiene mejor idea que seguir zahiriendo al Niño con variadas perversidades, por caso, una de las últimas, se ha venido a llamar pomposamente “Fiducia Supplicans”, aberración firmada por el Prefecto de la Doctrina de la Fe (¿?) y aprobada por Francisco (“que la aprobó con su firma”), y que trata de su tan anhelado plan de la “bendición de parejas del mismo sexo” con sellito católico. Y se lo enmarca con la expresión latina Fiducia Supplicans, esto es, confianza suplicante, haciendo gala, ¡por supuesto! de que no se mueven ni un ápice de la doctrina tradicional, siendo que, en verdad, la escupen, la detestan y la suplantan. 

El fariseísmo eclesiástico que, a no dudarlo, ha perfeccionado su manejo canónico y su manejo de la falsa obediencia de Vaticano II a la fecha, se sirve también ventajosamente de los medios de comunicación y de la parafernalia producida por algún caído en desgracia. Así, por caso, durante todos estos días un brazo grueso y púrpura nos mostrará su santísimo rostro capaz de haber condenado a un cardenal que no pudo despegar sus manos de unos billetes y se cebó con algunas propiedades, al tiempo que traían bajo el otro brazo la podredumbre mayor, asquerosa, diabólica, escandalosa y anticatólica de la Fiducia Supplicans. Pues es infinitamente más bajo y satánico la bendición que ahora se propone como buena y católica, que el pecado personal de un cardenal. 

Desde los comienzos del texto el Prefecto deja sentada su real filiación: “nuestro trabajo debe favorecer, junto a la comprensión de la doctrina perenne de la Iglesia, la recepción de la enseñanza del Santo Padre.” Aquí está de alguna manera todo: Fernández ejercita una idolatría por Francisco, no un servicio a la Iglesia Católica. 

Véase en lo siguiente la obsecuencia de Fernández traducida en idolatría papolátrica, como la directa confesión de la innovación: “la presente Declaración se mantiene firme en la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el matrimonio, no permitiendo ningún tipo de rito litúrgico o bendición similar a un rito litúrgico que pueda causar confusión. No obstante, el valor de este documento es ofrecer una contribución específica e innovadora al significado pastoral de las bendiciones, que permite ampliar y enriquecer la comprensión clásica de las bendiciones estrechamente vinculada”. Pone lo del matrimonio como dando a entender que está todo bajo control, acorde con la Tradición, mas mete la innovación que ya de por sí repugna a la Tradición, mancilla la doctrina perenne. Nos lo dice en la cara: “contribución específica e innovadora”. Y los resultados los saben de sobra, por eso engañan al decir que rehúyen causar confusión, pues saben que habrá confusión, perplejidad y, en muchos una reafirmación en la apostasía a la que fementidamente se la titulará como “católica”. 

Se gasta tinta en el documento hablando de lo que es una “bendición”, tratando de agarrarla de los pelos para meterla como se pueda en una práctica que por esencia llama a la maldición. No se puede bendecir lo pecaminoso, y una pareja del mismo sexo implica, ¡en su objetividad!, un rechazo a la doctrina católica, a la enseñanza perenne de la Iglesia, a la enseñanza de las Sagradas Escrituras y de la Tradición. Dicho en simple: una pareja del mismo sexo que se presenta para ser bendecida, está diciendo algo así como: “Me importa un bledo lo que haya dicho la Iglesia sobre nosotros, aprueben ahora lo que antes veían como malo. Bendígannos. El mundo se los exige. Nos importa un comino la doctrina de la Tradición Católica, nos importa mucho la doctrina del mundo. Adóptense. Bendigan lo que otrora rechazan como malo”. 

En el punto 25 de la ladina y anticatólica Fiducia, se lee: “La Iglesia, también, debe evitar el apoyar su praxis pastoral en la rigidez de algunos esquemas doctrinales o disciplinares, sobre todo cuando dan «lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar». Por lo tanto, cuando las personas invocan una bendición no se debería someter a un análisis moral exhaustivo como condición previa para poderla conferir. No se les debe pedir una perfección moral previa.” El punto no estriba en la rigidez de la doctrina, sino si es buena o mala. Porque Fernández es sumamente rígido: una rigidez contra la Tradición basada en el fundamentalismo modernista. Es tanta la rigidez que tiene que automáticamente le nacen los epítetos para aplicarlos a quienes no siguen su confesada “innovación”: “elitismo narcisista, autoritario”. Es Fernández el que cae en el narcisismo, pues quiere verse él, él y a quién sigue y quien lo protege; él y su innovación que, sin ver que al tratarse de una novedad, alguien con dos dedos de frente no osaría en tomar a dos mil años de Iglesia por elitismo narcisista y autoritario. Es Fernández el autoritario y tiránico, al calificar al pasado que rechaza, confesando así, mal que le pese, que, en verdad, su prédica de que sigue a la doctrina perenne es puro palabrerío. ¿Y de qué acceso a la gracia vienen a hablar, cuando está requiriendo la bendición de algo que repugna a la gracia? Lo de Fernández no es caridad ni misericordia: es odio a la verdad, al bien, al orden; es desprecio a la enseñanza bimilenaria, es, a no dudarlo, prueba cabal de que se cumple lo de San Pablo: “vendrán tiempos en los que no soportarán la sana doctrina”. 

En el punto 38 se lee: “Por esta razón, no se debe ni promover ni prever un ritual para las bendiciones de parejas en una situación irregular, pero no se debe tampoco impedir o prohibir la cercanía de la Iglesia a cada situación en la que se pida la ayuda de Dios a través de una simple bendición.” Esto es literalmente una mentira y una perfecta sincronización con la confusión en muchos. Pues daría la sensación de que si no se da la innovadora bendición tuchoniana, entonces se cierran las puertas de la casa de Dios. Camelo grande. Nadie cierra las puertas de la Casa de Dios: los que se cierran las puertas son los que quisieran que estuvieran abiertas de otra manera. 

Desde luego que en las citas no hay ni por asomo algo de la Tradición Católica. 

Ahí vamos. Una más para el haber modernista, para el festejo del infierno. Una más para humillar a la Esposa de Cristo, haciendo pasar por católico lo que es diabólico. 

Pero… ¡qué tristeza! Esto será una maniobra más de tantas que se han dado y tantas que vendrán, que caerá en el indiferentismo generalizado. Porque… ¿acaso no es más importante hoy el confort, la noticia ruidosa, y los dictados del mundo? ¿Acaso no es más ventajoso refugiarse en la falsa prudencia, en la obcecada falsa obediencia que ya produce náuseas, y en un escudarse en un accionar egoísta y que descansa en la sinrazón? ¿Acaso no serán más los que liberen sus colmillos contra el pecado de un cardenal que contra un falso amor al que ya hasta la médula se lo defiende como verdadero amor? 

La maldición de Satanás llegó a las manos de algunos eclesiásticos (varios de ellos encumbrados), pues muchos maldecirán llamando a eso bendición. La maldición viste de púrpura. Harán otra obra de Satán creyendo imbécilmente que bendicen. Porque jugar a que se bendice el pecado, es maldecir las almas y ayudarlas a encaminarse más al infierno. Bienvenido gran Profeta Isaías: “¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas!” (Is. 5, 20).

Tomás I. González Pondal

jueves, 30 de noviembre de 2023

El Fariseísmo en la Iglesia - Padre José Domingo María Corbató

 



En Luz Católica hemos dado pruebas abundantísimas y terminantes del respeto que tenemos al Clero en general, y particularmente al español: véanse, entre otros, los números. 2, 3, 10 y 23, págs. 18, 22, 45, 147, 152 y 365. Puestos a dar cuenta de todo lo que los profetas anuncian, tenemos cierta obligación de no omitir lo que se refiere al Clero, sin que esto modifique nuestro parecer en pro ni en contra: somos meros copistas; no hacemos tanto como Santos y Venerables citados (ibid.) en la pág. 365. De intento suprimiremos los comentarios: que hablen los profetas, y téngase en cuenta que se refieren terminantemente al Clero de hoy. Si alguien nos recrimina, al final le respondemos. 

«Entre los, llamados a sostener la Iglesia hay cobardes, indignos, falsos pastores, lobos disfrazados con piel de oveja, los cuales no han entrado en el redil más que para seducir las almas sencillas, degollar el rebaño de Jesucristo, entregar la heredad del Señor a las depredaciones de los saqueadores, y los templos y los altares a la profanación... He aquí las amenazas que por esto hace el Señor, con toda la indignación y la saña de su justicia: «¡Ay de los traidores y de los apóstatas! ¡Ay de los que malrotan los bienes de mi Iglesia y de los que menosprecian la autoridad de ésta! Han incurrido en mi indignación; yo pisaré su soberbia audaz, que desaparecerá de mi presencia como el humo que se evapora por el aire, en castigo de sus crímenes. Yo les pediré cuenta de mi herencia... Yo endureceré su corazón y cegaré su espíritu, y cometerán pecados sobre pecados...» (Sor Natividad).

«Tomando el Soberano juez a su cargo la causa de la justicia, castigará a los prevaricadores, y sobre todo a los malos pastores de su Iglesia, permitiendo que se les despoje de sus bienes temporales antes de reducirlos por medio de las tribulaciones». (Santa Hildegarda).

«Señores y grandes prelados, os ruego que os enmendéis, pues de lo contrario, recibiréis grandes castigos. ¡Oh! volved al buen camino, pues lo que os anuncio no son locuras ni tonterías como pensáis». (Beato Bartolomé Saluzzo).

«Muchos morirán entonces impenitentes, porque habrán permanecido sordos a mis palabras e inspiraciones. ¡Ay de ellos, y particularmente de ciertos prelados que engañan a mis ovejas y pretenden ser renovadores y más doctos que Agustín y Tomás! Engáñanse éstos, porque yo permitiré que les avergüencen pueblos abyectos, pero cristianos verdaderos, a los cuales daré una fe firme y estable...

Te aseguro que antes que sucedan estas cosas (la regeneración por el Gran Papa y el Gran Monarca), verán tus hermanas a muchas ovejas mías de los claustros abandonar su instituto, lo cual permitiré en castigo de ellas, porque serán orgullosas y faltarán a las promesas que me hicieron en su profesión... Sus conventos serán suprimidos». (Jesús a la Venerable Sor Dominga del Paraíso). 

«¡Ay de los religiosos y religiosas que no observen sus reglas! ¡Ay de todos los sacerdotes indignos de todos los seglares que se dan al libertinaje y siguen las falsas máximas de la moderna filosofía, condenada por la Iglesia, como contraria a los preceptos del Evangelio! Esos miserables, por su detestable conducta, negando la fe de Jesucristo, perecerán bajo el peso del brazo exterminador de la justicia de Dios, de la cual nadie escapará». (Venerable Sor Isabel Canori Mora).

«En medio de este horrible desastre, un grito se oye por todas partes: ¡Ay de los sacerdotes infieles, a su vocación! ¡Ay de los falsos servidores de Dios! ¡Ay de los que menosprecian sus obligaciones! ¡Ay de los que ponen obstáculos al bien!».
(Citada en el capítulo anterior)

«Los preceptos divinos y humanos serán despreciados: los sagrados Cánones se tendrán por nada, haciendo el Clero igual caso de la disciplina que el pueblo de la política». (Venerable Bartolome Holzhauser).

«La virtud en aquellos días será vilipendiada por el silencio de varios predicadores; por otros será conculcada y otros renegarán de ella. La santidad será burlada, y por esto Jesucristo les mandará, no un Pastor, sino un exterminador». (San Francisco de Asís).

«Vi la Basílica de San Pedro (figura de la iglesia Universal), entregada a un inmenso gentío de demoledores... Los más hábiles de entre ellos, los que procedían sistemáticamente y conforme a las reglas, llevaban unos mandiles blancos (francmasones). Con gran dolor mío vi entre ellos algunos sacerdotes católicos... Mi guía me advirtió al mismo tiempo, que en tanto yo pueda, pida y encargue a los demás que pidan por los pecadores, y particularmente por los sacerdotes infieles a su vocación... Otros rezaban el Breviario con tibieza y llevaban al propio tiempo una piedra pequeñita bajo su manto, como una cosa rara, o la pasaban a otras manos. Pareciame que no tenían seguridad, ni arraigo, ni método, y que ni siquiera sabían lo que se debía hacer. ¡Me daba lástima!» (Venerable Ana Catalina Emmerich).

«Pareciame ver en medio de aquella baraúnda un gran trono; vi a los bandidos derribar ese trono (en otro capítulo diremos qué trono es). Todo llegó entonces a su colmo; el mundo entero me parecía una ruina y un desorden... Pero lo que más llamaba mi atención eran los sacerdotes. Vi un gran número de ellos que, cuando se vieron cogidos, se ponían de parte de los malos; pero fueron confundidas sus esperanzas y perecieron miserablemente. Me parecía que esta gran crisis no duraba mucho tiempo, y que después de esto se respiraba otra atmósfera; la paz de Dios...» (Profecía del Padre Cartujo, citada en el artículo anterior).

«Esta mañana (11 de Marzo de 1872), he visto en la Santa Comunión a Jesús orando, los ojos hacia el cielo, las manos juntas y fuertemente puestas sobre su pecho adorable. Estaba sumido en tristeza tal, que yo no he podido menos de llorar. Obligada interiormente a pedir por las almas consagradas a Dios, comencé a implorar para ellas la divina misericordia. «Hija mía, me dijo entonces Jesús, por mis sacerdotes es por quienes yo oro y padezco en este día». Hizome comprender al propio tiempo cuánto le afligían, y que si se ven necesitados es por culpa de ellos». (Venerable Sor Imelda).

«Si en todo esto no fuera el Señor ofendido, ninguna pena tendría yo; pero no es así, pues las dudas y las reflexiones de algunos ministros suyos, lejos de reanimar la fe en las almas, no hacen más que apagarla, y esto es una gran desgracia por la que se les harán cargos muy graves». (Magdalena de la Vendée).

«Hija mía, ¡cuántos ministros de mis altares hay que más bien impiden que fomentan la salud de las almas! Con sus festines, sus juegos, sus dilapidaciones, han cometido latrocinios en los bienes de la Iglesia, robando el sustento a los pobres y diciendo con intolerable orgullo: estas rentas son nuestras, sin cargo ni obligación alguna. ¡Qué usurpación! ¡Qué sacrilegio!... ¿Lo creerás, hija mía? Hay en mi Iglesia muchos Judas que me han traicionado y vendido; he sido abandonado y renegado de ellos; se libró Barrabás, pero yo he sido condenado a muerte y cruelmente azotado y coronado de espinas; herido cubierto de oprobio de ignominia y llevado al suplicio para ser otra vez sacrificado... ¿Qué castigo no merecen tantos y tan sangrientos ultrajes?» (El Señor a Sor Natividad)

«Antes que llegue la paz (del Gran Monarca), el afán de riquezas llevará los hombres a negar la fe; y muchos ministros de la Iglesia, llevados de la voluptuosidad carnal y de la belleza y lascivia de las mujeres, abandonarán el celibato y por donde quiera irá el demonio libre entre ellos». (Venerable Bartolomé Holzhauser).

«Agitación, turbulencia, armas, sangre, apostasía: una mitra afea el altar (en Italia), muchos sacerdotes y religiosos le ayudan y forman su corona de ignominia. Otras mitras débiles reciben lecciones de ánimo de aquellos pequeños que eran objeto de abyecciones y violencias». (Anónima, publicada por Da Macello en Il Valicinatore).

«Voltaire es el Dios de Francia. He escrito al señor Thiers: tanto peor para él y para Francia, si no obra como cristiano; yo he cumplido con mi deber. Cuando se trata de la gloria de Dios, no temo la prisión ni la muerte. Lo que en parte ha perdido a Francia (y a España y las demás naciones), es que el Clero ha temido más al hombre que a Dios. ¡Ah, si yo me extendiera sobre este capítulo!... ¡Pobre Clero, pobre Clero!... Pero no, yo me engaño. Según el Clero, yo soy una ilusa. El Clero es bueno, el Clero es desinteresado, el Clero está lleno de celo, lleno de caridad para con los pobres; ¡el rebaño es malo!...» (Sor María de la Cruz, o Melania, la de la Salette).

La admirable estigmatizada y vidente Lucía Lateau padeció también mucho del Clero. No citamos los padecimientos porque el mismo Clero hizo pasar a otros varios santos profetas; la lista sería larga: continuemos el tema general de este artículo. 

«Paréceme que no me alejaré mucho de la verdad si tomo el vous (vos, o vosotros), de que usaba entonces el Beato (Benito José Labre, comunicando sus revelaciones a su confesor), no como personal, sino como calificativo, de suerte, que no quería hablar de mi persona en particular, sino en general de los sacerdotes que veía cubiertos de manchas, para significar lo que sucedería en Francia respecto del orden sacerdotal, ya física, ya moralmente. Demasiado sabemos que algunos sagrados ministros se han desviado del recto sendero, y que muchos otros que son constantes y fieles, son maltratados...» El Abate Marconi confesor del Beato Benito José, citado por Mr. Desnoyers en la vida del Santo).

«La apostasía será efecto del artificio y de los esfuerzos de las personas constituidas en gobierno, sostenidas por sus subalternos, así del orden civil como del Clero». 

«Llegará a creerse que en la Iglesia todo está perdido... ¡La confusión, la confusión, aun entre los Sacerdotes!» (Magdalena Porsat). «Todos se guiarán por los respetos humanos... y padecerán mis escogidos tan extrañas persecuciones, que vivirán dudosos y perplejos, no sabiendo qué doctrina seguir de tantas como habrá... Ruega por mis escogidos, los cuales no sabrán de qué lado deban inclinarse». (El Señor a Sor Dominga del Paraíso). «Entre los perseguidores habrá tal división de pareceres, que esto colmará de gozo a los apóstatas». (Anónima, citada por Da Macello).

Ruega a Santa Hildegarda el Clero de Colonia, a quien ella había visitado, le diese por escrito «las palabras de vida que de viva voz le había dirigido por inspiración de Dios, y que añadiese a ellas lo que con este motivo le hubiera revelado». La respuesta es una larga carta en que con el acento enérgico de los Profetas y mirando a lo futuro, les echa en cara sus vicios y anuncia los castigos. De esta carta copiamos lo principal en el art. II del presente capitulo. Su carta al Clero de Tréveris, semejante a la de Colonia, arguye también de muchos pecados a dicho Clero, y más en particular al presente. Santa Catalina de Sena escribió también mucho sobre esta materia. Citaremos solamente un pasaje de los que se refieren a la época actual: 

«Para hacerme comprender (Jesús), que las circunstancias en, que se muestra la Iglesia son permitidas para que vuelva a su esplendor, me citaba la Verdad Suprema dos textos del Evangelio: Es necesario que vengan escándalos. Y Nuestro Señor añadía: Pero ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Como si dijera: Yo permito estos tiempos de persecución para arrancar las espinas de que se ve rodeada mi Esposa, pero no permito los pensamientos culpables de los hombres. ¿Sabes lo que hago? Lo que hice cuando estaba en el mundo; hice entonces un látigo de cuerdas y eché del Templo a los que compraban y a los que vendían, no queriendo que la morada de mi Padre viniera a ser una cueva de ladrones. Te digo que hago lo mismo ahora: hago un látigo de las criaturas, y con este látigo arrojo a los mercaderes impuros, codiciosos, avaros, e hinchados de orgullo, que venden y compran los dones del Espíritu Santo.—Y en efecto, con este látigo de la persecución de las criaturas, Nuestro Señor los echaba y por la fuerza de la tribulación los arrancaba de su vida vergonzosa y desarreglada» (Santa Catalina de Sena).

«Cuando la sociedad haya sido bien castigada, bien azotada y desolada, entonces vivirán de otro modo el pueblo y el Clero, y subirá al Papado un Pastor (el Angélico), que gobernará con amor y celo. ¡Oh qué feliz estado aquél!» (Beato Bartolome Saluzzo). 

«Ayer todavía pedí a Dios ardientemente que me retirase las visiones (particularmente acerca del Clero), a fin de no tener la obligación de manifestarlas y la responsabilidad que esto lleva consigo; mas lejos de ser escuchada, se me ha dicho, como de costumbre, que debo referir todo lo que esté en condiciones de decirse, y esto aunque se burlen de mí. Yo no puedo comprender para qué servirá esto. Me han dicho que nadie ha visto todo esto de la misma manera que yo, y además que esos no son negocios míos, sino que incumben a la Iglesia. Es una desgracia que se pierdan tantas cosas, y de aquí resulta gran responsabilidad. Bastantes personas, que son causa de que yo no goce de reposo, y el Clero que está necesitado de hombres y de fe para hacer esto, tendrán que dar a Dios terrible cuenta». (Sor Ana Catalina Emmerich).

Este pasaje nos trae a la memoria lo que el abate Trichaud dice en el folleto Pío IX y Enrique V, 10ª, edición de Marsella, tratando de la gran profecía de San Cesáreo.

«Continué, dice, mi trabajo histórico de San Cesáreo. Cuando en 1853 lo entregaba a la imprenta, el imperio salvaba a Francia de una espantosa anarquía y parecía sostener entonces la Religión, no como instrumento político, no por agradar a un partido, sino únicamente por convicción y por amor del bien que inspira y de las verdades que enseña. Yo no tuve el valor de turbar aquellas dulces esperanzas, suscitando en la opinión pública tristes aprensiones». 

Con palabras como las subrayadas y otras, muchas tan falaces y pérfidas como ellas, el más falaz de los soberanos logró adormecer en Francia a los varones más ilustres, incluido el clero. Muy pocos sospecharon como debían de aquel precursor del Anticristo que, si no hizo más daño, fue porque no pudo. Eso, eso mismo sucede hoy; no se sospecha de ciertos gobernantes, el Clero se adormece, los fieles también... y si una Emmerich lo advierte, búrlanse de ella y la persiguen.

¡Cuán terribles serán las consecuencias de nuestra ceguera!

  

Apología del Gran Monarca 1 parte.

páginas de la 249 a la 255

P. José Domingo María Corbató

Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904


sábado, 25 de noviembre de 2023

El Fariseísmo en el siglo - P. José Domingo María Corbató

 


La agitación impía de los sectarios parece haberse calmado un poco estos días (1): no se fíen los católicos; piensen más bien cuánto da que hacer en otras naciones, mientras en la nuestra parece amortiguada; y sobre todo, vean qué significan esos pronósticos, amenazas y reticencias que no cesa de publicar la prensa liberal... El hombre maléfico de San Gil, Río Tinto, San Sebastián y otros lugares regados de sangre, el hombre más taimadamente impío que ministro de 50 años acá, nos dirá tal vez muy pronto que esta aparente quietud no es más que el intervalo silencioso entre trueno y trueno cuando ruge la tempestad; y si él no lo dice, otro lo dirá: los tiempos han llegado; destrucción y sangre es lo que sigue.

Antes que el rayo estalle de nuevo, tratemos nosotros de que despierten de su sueño letárgico esos católicos que por su indiferencia son más bien impíos, o peores que impíos. «Tengo menos que temer de la impiedad manifiesta que de la indiferencia religiosa y de los respetos humanos», exclamó Pío IX, todo demudado, al leer el secreto de los niños de la Saleta.

De esos falsos católicos y de otros a ellos semejantes nos hablarán hoy los profetas. Meditad, lectores, meditad.

Al robo «legal» de los bienes sagrados y comunes ha sucedido la hipocresía de los ladrones; la humildísima y portentosa vidente Magdalena Porsat lo anunció hace más de cuarenta años. «Esto no es un acontecimiento ordinario, dijo; es una grande época que está para abrirse: los fariseos serán los últimos; los grandes bandidos llegarán antes».

Más famosa que Magdalena es la Venerable Sor Ana María Taigi, cuyo gran espíritu de profecía, reconocido por la Iglesia y confirmado por los hechos, nadie ha podido negar. Sor Ana María vio hace casi un siglo los fariseos de nuestra época, y con frecuencia hablaba a su director de «la persecución que debía atravesar la Iglesia y los tiempos en que se quitaría la máscara una multitud de gentes que eran tenidas por estimables». Hoy más que nunca estamos en el caso.

Profetas de gran nombre, Santos y Venerables muy insignes hemos citado y citaremos en este capítulo; pero todo él es una prueba clarísima de lo que la misma palabra de Dios nos dijo al empezarlo, esto es, que la divina Sabiduría se complace especialmente en revelar estas cosas a los pequeños para confundir a los grandes. En este caso están las dos profetisas citadas y otra más célebre que ellas, Santa Catalina de Raconigi, cuya vida y cuyas profecías escribió su piadoso amigo el famoso Pico de la Mirandola. En numerosas ocasiones dice este vio la Beata Catalina las tribulaciones que en lo porvenir deben preceder a la futura renovación de la Iglesia... Me manifestó igualmente que, arrebatada en, éxtasis un día del año 1537, vio a Nuestro Señor atado a una columna, en medio de una llanura rodeada de una multitud innumerable de todas las clases de la sociedad, y todas se hallaban cubiertas con un ropaje blanco (símbolo de la hipocresía farisaica) que lo ocultaba a la vista, sin tener de la cabeza a los pies más que dos aberturas en lo alto, acomodadas a los ojos.

Sin respeto a la presencia del Salvador, ninguno se ocupaba más que de abominables proyectos. Algunos le ultrajaban con gestos desvergonzados; otros le arrancaban la barba y la cabellera; éstos cometían a su vista los pecados carnales más escandalosos; aquéllos, en fin, no pensaban más que en ganancias, en juegos toda y suerte de injusticias.

A lo último fue testigo de los castigos que el Señor enviaría a toda aquella multitud. Durante el éxtasis, no pudo menos de exclamar muy alto por dos veces: ¡Misericordia! ¡misericordia!»; y por espacio de dos días tuvo tanta pena, que apenas le quedaba un soplo de vida. Me dijo con toda sencillez que el azote que vendría a los clérigos sería el último y también el más terrible. Che il flagello chierici, siccome sará l' ultimo cosí sará piu grave degli alteri».

Todo esto se refiere terminantemente a la época que precederá al triunfo del Gran Monarca, de quien esta profetisa habló claramente y casi precisó la fecha, como veremos en otra parte. Arriba nos ha dicho también que todo esto «debe preceder a la futura renovación de la Iglesia».

La Venerable Sor Natividad, de quien hablamos en el artículo anterior, dice que todos estos, fariseos impiísimos seducirán a otros muchos, y pinta con vivos colores la hipocresía católico-liberal.

«Los seducidos, dice, temiendo ser descubiertos; vivirán en la mayor hipocresía y aparentarán sumisión y docilidad a los ministros del Señor».

La misma vidente vio en figura de un árbol infructífero y soberbio el orgullo de la moderna filosofía (el liberalismo llamado católico) que hará pronto sus últimos esfuerzos para destruir y aniquilar la Iglesia y el estado religioso. La savia parecía producida por las raíz del árbol, así la moderna filosofía toma apariencias de respeto por la Religión y la Iglesia, a la cual parecerá querer proteger y volver a su primitiva perfección (dividiéndola, como hoy, en catolicismo y clericalismo, y aparentando combatir solamente a éste); mas sus esfuerzos demuestran todo el odio que a ella tiene, lo mismo que a las virtudes cristianas, a las cuales (¡qué gran verdad!) quiere oponer las puramente humanas, haciendo de ellas gran ostentación, así como quiere que la razón substituya a la fe.

Mas la ruina de esta filosofía llegará a su vez, y la Iglesia sobrevivirá a esta borrasca. «El estado religioso reaparecerá, después de haber sido cruelmente destrozado».

La Venable Catalina Emmerich vio algo más especial; vio a esos falsos católicos, a esos fementidos hipócritas respetando al Papa para engañarle, como si viera lo que hoy pasa en España y hasta en el Vaticano.

Vi al Papa en oración, dice; pero estaba rodeado de pérfidos amigos que de ordinario hacían lo contrario de lo que mandaba». I Futuri Destini cita la profecía de una santa joven de Rímini, cuyo nombre no declara porque entonces aún vivía. La 7ª edición del libro citado, que tenemos delante, es anterior a los sucesos que anuncia, y la joven profetizó en 1848.

Dijo que: «El Romana Pontífice había, perdido la base fundamental de su gobierno temporal, que se veía obligado a doblegarse en este punto a la fuerza de los que le rodeaban. Pasados algunos años, añadió, perderá el trono y serán sus enemigos aquellos mismos que con sus aplausos lo pondrán en las nubes:

También el Venerable P. Jacinto Coma, predicando en Manresa en 1849, hizo una muy notable profecía que se ha incluido en su proceso de beatificación, y decía, fija la mirada en la época actual «Nuestra pobre España que palmo a palmo ha sido conquista por la Cruz, esta convertida en un pueblo de ilotas que corre al precipicio y lucha por romper con sus tradiciones, su historia y su propia manera de ser... La ayuda oficial que los hijos de Enrique VIII y los sectarios de Federico el filósofo (protestantes y liberales) ofrecerán al Vicario de Jesucristo, obedecerá más bien a apoyar el trono vacilante de un príncipe temporal que a sostener al Sucesor de San Pedro».

Y es porque los consejos de Satanás son, hasta de los que van a misa, más generalmente seguidos que los preceptos de la Iglesia.

«Satanás se levanta por debajo de los pies de la Iglesia dijo el Señor a su sierva Sor María Lataste;—arma contra ella a sus propios hijos para desgarrarle el seno, y estos hijos desnaturalizados de mi Esposa oyen la voz de Satanás».

En estos tiempos de división y de guerra, lo único que todos tratan de conciliar es a Dios con Belial, es el cielo con el infierno, la Iglesia con la revolución, la verdad con la mentira, todo lo cual significó Sor Rosa Colomba, al profetizar que en estos tiempos se enarbolarían juntas la bandera tricolor y la bandera católica, como está sucediendo, especialmente en Francia.

El Serafín San Francisco de Asís profetizó también acerca de nuestros tiempos y los inmediatos, y entre otras cosas dijo:

«Habrá tantos y tales cismas y opiniones en el pueblo, en los religiosos y en el clero, que si no se abreviasen aquellos días, según la promesa del Evangelio, caerían tal vez en error hasta los escogidos. Nuestra Regla y modo de vivir serán impugnados de muchos. ¡Ay de los que, confiados en la religión (exterioridades), se entibiaran y no resistirán constantemente la tentación permitida por Dios para probar a los elegidos! Los fervorosos de espíritu que por amor y celo de la verdad sigan la piedad, tendrán que soportar persecuciones e injurias; pero sus perseguidores, agitados por el espíritu maligno, creerán que hacen un gran obsequio a Dios al procurar la muerte y purgar la tierra de personas que serán tenidas por tan contrarias al bien público».

Esto último fue también anunciado por el divino Redentor, que decía: «Se acerca la hora en que cualquiera que os quite la vida pensara que hace un obsequio a Dios». Pero la maldad es tanta, que Dios mismo es condenado a veces por la «justicia» oficial, de lo cual España ha visto ya algunos casos en sus tribunales y Francia muchos. Así lo previó y anunció, según las Voix Prophetiques del abate Curricque, la vidente Josefa Lamarine hacia 1840.

«Hace ya algunos años, dice, vio en una gran sala una asamblea de jueces. Se encontraba allí un asiento de madera sobre el cual estaba sentado Nuestro Señor Jesucristo, a punto de ser juzgado. Jueces y testigos le escarnecían. Uno de los jueces estaba en un rincón, pareciendo sostenerle; pero todos sus discursos eran pura hipocresía, y se declaró por uno de los más crueles, Todos condenaron a muerte al Salvador».

No parece sino que los fariseos judíos hayan vuelto al mundo para condenar a Dios invocando el nombre de Dios. ¡Hasta imágenes, de la Santísima Virgen han sido fusiladas y arrastradas...! Los sepulcros blanqueados, la raza de víboras, los escribas y fariseos hipócritas, los que se llaman católicos para acabar con los católicos, lo dominan hoy todo y lo tiñen todo de color de infierno. Y los «verdaderos católicos» ¿qué hacen? Dormir y bostezar. Los que trabajan eficazmente vienen ya a ser una excepción.

Pues tengo formado juicio de que esos indolentes que por pereza o egoísmo apoyan indirectamente la obra de los infames fariseos, son igualmente fariseos, no son católicos, según los sucesos demostrarán en el inminente día de, la gran prueba. Una respetable predicción, recogida por el abate Curricque de un venerable cartujo, dice así:

«Habrá muchos que pasarán por buenos, y ellos mismos creerán serlo; pero volverán atrás en el último momento y verán de qué son capaces: la mayor parte se verán sorprendidos y quedarán admirados de sí mismos; pero en medio de este horrible desastre, un grito se oye por todas partes: ¡Ay de los sacerdotes infieles a su vocación! ¡Ay de los falsos servidores de Dios! ¡Ay de los que menosprecian sus obligaciones! ¡Ay de los que ponen obstáculos al bien!».

Por eso la joven riminense arriba mencionada, dice que «en virtud de todos estos estragos, aparecerá quiénes son fieles al Evangelio y quiénes no». Los fieles son ya tan pocos, que al pie de la letra se verifica hoy lo que leemos en las profecías del Beato Nicolás Factor, esto es, que «será tal la calamidad, que no habrá más que una tercera parte de fieles entre cuantos lleven el nombre cristiano».

«Todo esto, dice el profeta Holzhauser, será permitido por justo juicio de Dios, a causa de haber llenado la medida de nuestros pecados en el tiempo de la benignidad, cuando nos esperó para hacer penitencia. Una gran parte de la Iglesia latina abandonará la fe, y quedará muy reducido el número de los buenos católicos... Aunque guarden el nombre de católicos por algún respeto o temor humano, estarán interiormente muertos... en la falsa política y odio contra los eclesiásticos». «Por sus frutos los conoceréis», decía el Salvador. ¿Qué hacen todos esos católicos perezosos o fariseos? ¿Qué hacen por la Iglesia esos «grandes católicos» que son hoy los más considerados en la Iglesia? Ya lo hemos dicho, y ahora lo repetiremos con la insigne Ana Catalina Emmerich, que dice:

«En otra visión vi que la Hija del Rey se armó para el combate. Era una maravilla ver cómo se adaptaba todo a su armadura y cómo una cosa simbolizaba otra de una manera tan asombrosa. La Hija del Rey se halló armada de pies a cabeza. Muchos de los que así vinieron en su ayuda me eran conocidos; pero no podía yo menos de admirarme al ver que ni siquiera uno de todos los institutos, ni de personajes importantes, ni de los sabios, hubieran contribuido en cosa alguna, mientras que los pobres y desvalidos habían ofrecido por si solos piezas en un todo completas. (Aquí parecen vislumbrarse los Crucíferos). Fui también testigo de la batalla. Eran innumerables las tropas del enemigo; y a pesar de esto, el pequeño grupo de los fieles combatientes exterminó batallones enteros».

Lo cual conviene admirablemente con lo que tantas veces hemos dicho con los profetas, esto es, que la restauración no será obra de los grandes y poderosos, sino de los humildes que poco pueden, de los hoy desvalidos y despreciados. Preguntó al Señor Sor Ana María Taigi quiénes serían los que resistirían a pruebas tan terribles, y se le respondió: «Aquellos a quienes yo conceda el espíritu de humildad».

«La acción se halla desde ahora empeñada entre el cielo y la tierra—exclama él piadoso abate citado arriba.—El mundo se transforma al presente en un vasto campo de batalla, a donde la justicia divina hace acudir todos los azotes para concluir de una vez su causa santísima».

Y al dar cuenta de los prodigios de Santo Domingo, in Soriano, exclama: «En la actual cruzada contra los innumerables enemigos de la Santa Iglesia, ¿no parece que el más providencial de los servidores de la Reina de los cielos (Santo Domingo de Guzmán) nos grita como un Heraldo lo siguiente?:

«Soldados, de Cristo, acordaos de Muret, Lepanto y Viena, donde Nuestra Señora del Santísimo Rosario venció, Mientras la Iglesia toda llorosa combatía, menos en los campos de batalla que en la arena de la penitencia y obras satisfactorias, de las que el Rosario es arma preferida».

Y sobre todo, católicos, sobre todo tened presentes las palabras de nuestro divino Maestro: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, más por dentro son lobos Voraces»,

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(1) Nótese que esto se publicaba por primera vez a 7 de Marzo de 1901.

Apología del Gran Monarca 1 parte.
páginas de la 242 a la 249
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904