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sábado, 29 de junio de 2024

YO ACUSO de monseñor Carlo Maria Viganò. Errores y herejías de Bergoglio hacen nula su elevación al Trono de Pedro. Por Arzobispo Carlo Maria Viganò.

 









YO ACUSO

Declaración de S. E. Monseñor Carlo Maria Viganò,

Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico

sobre la acusación de cisma


“Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo

os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado,

¡sea anatema!

Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito:

Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido,

¡sea anatema!

(Gal 1, 8-9)


Cuando pienso que estamos en el palacio del Santo Oficio, testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la Fe católica, no puedo evitar pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, a quien llamáis ‘el tradicionalista’, quien debe juzgaros”. Así se expresó el arzobispo Marcel Lefebvre en 1979, convocado al ex Santo Oficio, en presencia del prefecto cardenal Šeper y de otros dos prelados.

Tal como declaré en el Comunicado del pasado 20 de junio, no reconozco la autoridad ni del tribunal que pretende juzgarme, ni de su Prefecto, ni de quienes lo nombraron. Esta decisión mía, ciertamente dolorosa, no es fruto de la precipitación ni de un espíritu de rebelión, sino que está dictada por la necesidad moral que, como Obispo y Sucesor de los Apóstoles, me obliga en conciencia a dar testimonio de la Verdad, es decir, de Dios mismo, de Nuestro Señor Jesucristo.

Afronto esta prueba con la determinación que me da el saber que no tengo ningún motivo para considerarme separado de la comunión con la Santa Iglesia y con el Papado, a los que siempre he servido con devoción y fidelidad filiales. No podría concebir un solo momento de mi vida fuera de esta única Arca de salvación, que la Providencia ha constituido como Cuerpo Místico de Cristo, en sumisión a su Cabeza divina y a su Vicario en la tierra.

Los enemigos de la Iglesia católica temen el poder de la Gracia que actúa a través de los Sacramentos y especialmente el poder de la Santa Misa, terrible katèkon que frustra muchos de sus esfuerzos y gana para Dios tantas almas que de otro modo se condenarían. Y es precisamente esta conciencia del poder de la acción sobrenatural del Sacerdocio católico en la sociedad lo que está en el origen de su feroz hostilidad a la Tradición. Satanás y sus secuaces saben muy bien la amenaza que supone la única Iglesia verdadera para su plan anticristiano. Estos subversivos -a quienes los Romanos Pontífices han denunciado valientemente como enemigos de Dios, de la Iglesia y de la humanidad- son identificables en la inimica vis, la Masonería. Ésta se ha infiltrado en la Jerarquía y ha logrado que ésta deponga las armas espirituales de las que disponía, abriendo las puertas de la Ciudadela al enemigo en nombre del diálogo y de la fraternidad universal, conceptos que precisamente son intrínsecamente masónicos. Pero la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su divino Fundador, no dialoga con Satanás: lo combate…


Las causas de la crisis actual

Como ha puesto en evidencia Romano Amerio en su fundamental ensayo Iota unum, esta entrega cobarde y culpable comenzó con la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II y con la acción clandestina y muy organizada de clérigos y laicos vinculados a las sectas masónicas, encaminada a subvertir lenta pero inexorablemente la estructura de gobierno y de magisterio de la Iglesia para demolerla desde dentro. Es inútil buscar otras razones: los documentos de las sectas secretas prueban la existencia de un plan de infiltración concebido en el siglo XIX y llevado a buen término un siglo después, exactamente en los términos en que había sido pensado. Análogos procesos disolventes se habían producido anteriormente en el ámbito civil, y no es casualidad que los Papas supieran ver la labor disgregadora de la Masonería internacional en los levantamientos y en las guerras que ensangrentaron las naciones de Europa.

A partir del Concilio, la Iglesia se ha convertido entonces en portadora de los principios revolucionarios de 1789, como han admitido algunos de los partidarios del Vaticano II y como lo ha confirmado el aprecio, por parte de las logias, de todos los Papas del Concilio y del postconcilio, precisamente por los cambios que los francmasones venían invocando desde hacía tiempo.

El cambio, o mejor dicho, el aggiornamento, ha sido tan central en la narrativa del Concilio como para constituir la marca distintiva del Vaticano II y situar esta asamblea como el terminus post quem que sanciona el fin del ancien régime -el de la “vieja religión”, el de la “Misa vieja”, del “preconcilio”- y el comienzo de la “Iglesia conciliar”, con su “nueva Misa” y la relativización sustancial de todo los Dogmas. Entre los partidarios de esta revolución aparecen los nombres de quienes hasta el pontificado de Juan XXIII habían sido condenados y apartados de la enseñanza por su heterodoxia. La lista es larga e incluye también a ese Ernesto Buonaiuti, excomulgado vitandus, amigo de Roncalli, que murió impenitente en la herejía y a quien hace pocos días el Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Matteo Zuppi, conmemoró con una Misa en la catedral de Bolonia, según informa con énfasis mal disimulado Il Faro di Roma (aquí): “Casi ochenta años después, un cardenal completamente en línea con el Papa se estrena precisamente con un gesto litúrgico que tiene en todos los sentidos el sabor de la rehabilitación. O al menos de un primer paso en esa dirección”.


La Iglesia y la anti iglesia

Estoy, pues, citado ante el tribunal que ha tomado el lugar del Santo Oficio para ser juzgado por cisma, mientras el jefe de los obispos italianos -enumerado entre los candidatos papales y completamente en línea con el Papa– celebra ilícitamente una Misa de sufragio por uno de los peores y más obstinados exponentes del Modernismo, contra el cual la Iglesia -aquella de la que, según ellos, yo sería separado- había pronunciado la más severa sentencia de condena. En 2022, en el diario Avvenire de la CEI, el profesor Luigino Bruni tejía el panegírico del Modernismo en estos términos: […] “un proceso de renovación necesario para la Iglesia católica de su tiempo, todavía impermeable a los estudios críticos sobre la Biblia que desde hacía muchas décadas estaban surgiendo en el mundo protestante. Aceptar los estudios científicos e históricos sobre la Biblia era para Buonaiuti el camino principal para el encuentro de la Iglesia con la modernidad. Un encuentro que, en cambio, no se produjo, porque la Iglesia católica seguía dominada por los teoremas de la teología neoescolástica y bloqueada por el miedo contrarreformista a que los vientos protestantes pudieran invadir finalmente el cuerpo católico”.

Bastarían estas palabras para hacer comprender el abismo que separa a la Iglesia católica de la que la sustituyó con el Concilio Vaticano II, cuando los vientos protestantes invadieron finalmente el cuerpo católico. Este último episodio no es más que el último de una serie interminable de pequeños pasos, de silenciosas aquiescencias, de guiños cómplices con los que las más altas esferas de la Jerarquía Conciliar han hecho posible el tránsito “de los teoremas de la teología neoescolástica” -es decir, de la formulación clara e inequívoca de los Dogmas- a la actual apostasía. Nos encontramos en la situación surrealista en la que una Jerarquía se define católica y, por lo tanto, exige obediencia por parte del cuerpo eclesial, mientras que al mismo tiempo profesa doctrinas que antes del Concilio la Iglesia había condenado; y condena como heréticas a doctrinas que hasta entonces habían sido enseñadas por todos los Papas.

Esto sucede cuando se quita lo absoluto a lo Verdadero y se lo relativiza, adaptándolo al espíritu del mundo. ¿Cómo actuarían hoy los Papas de los últimos siglos? ¿Me considerarían culpable de cisma, o más bien condenarían a quien pretende ser su Sucesor? Junto conmigo, el sanedrín modernista juzga y condena a todos los Papas católicos, porque la Fe que ellos defendieron es la mía; y los errores que Bergoglio defiende son los que ellos, sin excepción, condenaron.


Hermenéutica de la ruptura

Me pregunto entonces: ¿qué continuidad puede darse entre dos realidades opuestas y contradictorias entre sí? Entre la Iglesia conciliar y sinodal de Bergoglio y la “bloqueada por el miedo contrarreformista” de la que se distancia ostensiblemente? ¿Y de qué “Iglesia” estaría en estado de cisma, si la que se dice católica se diferencia de la verdadera Iglesia precisamente en su predicación de lo que aquélla condenaba y en su condena de lo que ésta predicaba?

Los seguidores de la “Iglesia conciliar” responderán que ello se debe a la evolución del cuerpo eclesial en una “renovación necesaria”; mientras que el Magisterio católico nos enseña que la Verdad es inmutable y que la doctrina de la evolución de los dogmas es herética. Dos Iglesias, ciertamente: cada una con sus doctrinas, sus liturgias y sus santos; pero para el católico la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica; para Bergoglio, la Iglesia es conciliar, ecuménica, sinodal, inclusiva, inmigracionista, eco-friendly y gay-friendly.


La Autodestitución de la jerarquía conciliar  

¿La Iglesia habría entonces comenzado a enseñar el error? ¿Podemos creer que la única Arca de salvación es al mismo tiempo un instrumento de perdición para las almas? ¿Que el Cuerpo Místico se separa de su Cabeza divina, Jesucristo, rompiendo así la promesa del Salvador? Evidentemente, esto no puede ser admisible y quienes lo sostienen caen en la herejía y en el cisma. La Iglesia no puede enseñar el error, ni su Cabeza, el Romano Pontífice, puede ser a la vez hereje y ortodoxo, Pedro y Judas, en comunión con todos sus Predecesores y al mismo tiempo en cisma con ellos. La única respuesta teológicamente posible es que la Jerarquía conciliar, que se proclama católica pero abraza una fe diferente de la enseñada sistemáticamente durante dos mil años por la Iglesia católica, pertenece a otra entidad y, en consecuencia, no representa a la verdadera Iglesia de Cristo.

A quienes me recuerdan que el arzobispo Marcel Lefebvre nunca llegó a cuestionar la legitimidad del Romano Pontífice, aun reconociendo la herejía e incluso la apostasía de los Papas conciliares -como cuando exclamó: “¡Roma ha perdido la Fe! Roma está en apostasía!”- les recuerdo que en los últimos cincuenta años la situación ha empeorado dramáticamente y que muy probablemente este gran Pastor actuaría hoy con igual firmeza, repitiendo públicamente lo que entonces decía sólo a sus clérigos: “En este concilio pastoral, el espíritu del error y de la mentira ha podido obrar a sus anchas, colocando por doquier bombas con retardo que harán estallar las instituciones a su debido tiempo” (Principes et directives, 1977). Y también: “Quien está sentado en el trono de Pedro participa en cultos de falsos dioses. ¿Qué conclusión debemos sacar, quizá dentro de unos meses, frente a estos reiterados actos de comunicación con los falsos cultos? No lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que nos veamos obligados a creer que el Papa no es Papa. Porque a primera vista me parece -todavía no quiero decirlo de manera solemne y pública- que es imposible que sea Papa quien es hereje pública y formalmente” (30 de marzo de 1986).

¿Por qué entendemos que la “Iglesia sinodal” y su líder Bergoglio no profesan la fe católica? Por la adhesión total e incondicional de todos sus miembros a una multiplicidad de errores y herejías ya condenados por el Magisterio infalible de la Iglesia católica y por su ostensible rechazo de toda doctrina, precepto moral, acto de culto y práctica religiosa no sancionada por “su” Concilio. Ninguno de ellos puede en conciencia suscribir la Profesión de Fe Tridentina y el Juramento Antimodernista, porque lo que ambos expresan es exactamente lo contrario de lo que el Vaticano II y el llamado “magisterio conciliar” insinúan y enseñan.

Dado que no es teológicamente sostenible que la Iglesia y el Papado sean instrumentos de perdición y no de salvación, debemos concluir necesariamente que las enseñanzas heterodoxas transmitidas por la llamada “Iglesia conciliar” y los “Papas del Concilio” desde Pablo VI en adelante constituyen una anomalía que pone seriamente en duda la legitimidad de su autoridad magisterial y de gobierno.


El uso subversivo de la Autoridad

Debemos comprender que el uso subversivo de la autoridad en la Iglesia con vistas a su destrucción (o a su transformación en una Iglesia distinta de la querida y fundada por Cristo) constituye en sí mismo un elemento suficiente para dejar sin efecto la autoridad de este nuevo sujeto que se ha superpuesto dolosamente a la Iglesia de Cristo usurpando su poder. Por eso no reconozco la legitimidad del Dicasterio que me juzga.

Las modalidades con las que se llevó a cabo la acción hostil contra la Iglesia Católica confirma que fue planificada y deseada, porque de lo contrario los que la denunciaban habrían sido escuchados y los que cooperaban con ella se habrían detenido inmediatamente. Ciertamente, con los ojos de la época y la formación tradicional de la mayoría de los Cardenales, Obispos y Clérigos, el “escándalo” de una Jerarquía que se contradecía a sí misma aparecía como una enormidad tal que indujo a muchos Prelados y clérigos a no querer que fuera posible que los principios revolucionarios y masónicos pudieran encontrar aceptación y promoción en la Iglesia. Pero éste fue el golpe maestro de Satanás -como lo llamó el arzobispo Lefebvre-, que supo aprovechar el connatural respeto y amor filial de los católicos por la sagrada autoridad de los Pastores para inducirles a anteponer la obediencia a la Verdad, quizá con la esperanza de que un futuro Papa pudiera sanar de algún modo el desastre que se había producido y cuyos resultados perturbadores ya podían preverse. Esto no sucedió, a pesar de que algunos habían dado valientemente la voz de alarma. Y yo mismo me cuento entre los que en aquella fase convulsa no se atrevieron a oponerse a errores y desviaciones que aún no habían mostrado plenamente su valor destructivo. No quiero decir con esto que no viera lo que estaba ocurriendo, sino que no encontré -debido al intenso trabajo y a las tareas absorbentes de carácter burocrático y administrativo al servicio de la Santa Sede- las condiciones para captar la gravedad sin precedentes de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos.

 

El enfrentamiento

La ocasión que me llevó al enfrentamiento con mis superiores eclesiásticos comenzó cuando era Delegado para las Representaciones Pontificias, luego como Secretario General de la Gobernación y finalmente como Nuncio Apostólico en Estados Unidos. Mi guerra contra la corrupción moral y financiera desató la furia del entonces secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, cuando -de acuerdo con mis responsabilidades como Delegado para las Representaciones Pontificias- denuncié la corrupción del cardenal McCarrick y me opuse a la promoción al Episcopado de candidatos corruptos e indignos presentados por el secretario de Estado, quien me hizo trasladar a la Gobernación, porque “le impedía hacer obispos a quienes él quería”. También fue Bertone, con la complicidad del cardenal Lajolo, quien obstaculizó mi trabajo destinado a contrarrestar la corrupción generalizada en la Gobernación, donde ya había conseguido importantes resultados más allá de todas las expectativas. Fueron de nuevo Bertone y Lajolo quienes convencieron al papa Benedicto XVI de que me echara del Vaticano y me enviara a Estados Unidos. Aquí me encontré con que tenía que lidiar con las vergonzosas actitudes del cardenal McCarrick, incluidas sus peligrosas relaciones con figuras políticas de la Administración Obama-Biden y a nivel internacional, que no dudé en denunciar al secretario de Estado Parolin, quien no las tuvo en cuenta.

Esto me llevó a considerar de otra manera muchos acontecimientos de los que había sido testigo durante mi carrera diplomática y de Pastor, a captar su coherencia con un único proyecto que, por su propia naturaleza, no podía ser ni exclusivamente político ni exclusivamente religioso, ya que incluía un ataque global a la sociedad tradicional basada en la enseñanza doctrinal, moral y litúrgica de la Iglesia.

 

La corrupción como instrumento de chantaje

Así, de ser un Nuncio Apostólico apreciado -por lo que el propio cardenal Parolin reconoció el otro día mi lealtad, honradez, equidad y eficacia ejemplares- he pasado a ser un Arzobispo incómodo, no sólo por haber exigido justicia en los procesos contra prelados corruptos, sino también y sobre todo por haber dado una clave de lectura que muestra cómo la corrupción en la Jerarquía fue una premisa necesaria para controlarla, manipularla y obligarla mediante el chantaje a actuar contra Dios, contra la Iglesia y contra las almas. Y este modus operandi -que la Masonería había descrito minuciosamente antes de infiltrarse en el cuerpo eclesial- es especular al adoptado en las instituciones civiles, donde los representantes del pueblo, especialmente en los niveles más altos, son chantajeados en gran medida porque son corruptos y están pervertidos. Su obediencia a los delirios de la élite globalista conduce a los pueblos a la ruina, a la destrucción, a la enfermedad, a la muerte -a la muerte no sólo del cuerpo, sino también del alma. Porque el verdadero proyecto del Nuevo Orden Mundial -al que Bergoglio está esclavizado y del que extrae su legitimidad de los poderosos del mundo- es un proyecto esencialmente satánico, en el que la obra de la Creación del Padre, de la Redención del Hijo y de la Santificación del Espíritu Santo es odiada, borrada y falsificada por los simia Dei y sus servidores.


 Si ustedes no hablan, gritarán las piedras

Ser testigos de la subversión total del orden divino y de la propagación del caos infernal con la celosa colaboración de la cúpula vaticana y del Episcopado, nos hace entender de cuán terribles son las palabras de la Virgen María en La Salette –Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo– y qué odiosa traición constituye la apostasía de los Pastores, y la aún más inaudita apostasía de quien se sienta en el Trono del Beatísimo Pedro.

Si yo permaneciera en silencio ante esta traición -que se consuma con la temible complicidad de muchos, demasiados Prelados que no quieren reconocer en el Concilio Vaticano II la causa principal de la actual revolución y en la adulteración de la Misa católica el origen de la disolución espiritual y moral de los fieles- faltaría al juramento que hice el día de mi Ordenación y que renové con ocasión de mi Consagración episcopal. Como Sucesor de los Apóstoles no puedo ni quiero aceptar asistir a la demolición sistemática de la Santa Iglesia y a la condenación de tantas almas sin intentar por todos los medios oponerme a todo ello. Tampoco puedo considerar que un silencio cobarde en aras de una vida tranquila sea preferible al testimonio del Evangelio y a la defensa de la Verdad Católica.

Una secta cismática me acusa de cisma: eso debería bastar para demostrar la subversión que se está produciendo. Imagínense qué imparcialidad de juicio ejercerá un juez que depende del que acuso de usurpador. Pero precisamente porque este asunto es emblemático, me gustaría que los fieles -que no tienen por qué conocer el funcionamiento de los tribunales eclesiásticos- comprendieran que el delito de cisma no se consuma cuando existen razones fundadas para considerar dudosa la elección del Papa, a causa del vicio de consenso y por las irregularidades o violaciones de las normas que rigen el Cónclave. (cf. Wernz – Vidal, Ius Canonicum, Roma, Pont. Univ. Greg., 1937, vol. VII, p. 439).

La bula Cum ex apostolatus officio de Pablo IV estableció a perpetuidad la nulidad del nombramiento o elección de cualquier prelado -incluido el Papa- que hubiera caído en la herejía antes de su promoción a cardenal o elevación a Romano Pontífice. Define la promoción o elevación como nulla, irrita et inanis, es decir, nula, inválida y sin valor alguno, “aunque haya tenido lugar con la concordancia y el consentimiento unánime de todos los Cardenales; ni siquiera se podrá decir que haya sido convalidada por la recepción del cargo, de la consagración o de la posesión […], o por la entronización […] del mismo Romano Pontífice o por la obediencia que todos le presten y por el transcurso de cualquier tiempo en el dicho ejercicio de su cargo”. Pablo IV añade que todos los actos realizados por esta persona deben considerarse igualmente nulos y que sus súbditos, tanto clérigos como laicos, quedan libres de obediencia hacia él, sin perjuicio, sin embargo, por parte de estos mismos súbditos, de la obligación de lealtad y obediencia que deben prestar a los futuros Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales y al Romano Pontífice canónicamente sucesores.

Pablo IV concluye: “Y para mayor confusión de los así promovidos y elevados, si pretendieran continuar la administración, sea lícito solicitar el auxilio del brazo secular; ni por esta razón los que rehúyan la fidelidad y obediencia a los que han sido de la manera ya mencionada promovidos y elevados, sean sujetos a ninguna de aquellas censuras y castigos infligidos a los que quieren deshacer el manto del Señor”.

Por esta razón, con serenidad de conciencia, considero que los errores y las herejías a los que Bergoglio adhirió antes, durante y después de su elección y la intención puesta en su supuesta aceptación del Papado hacen nula su elevación al Trono.

Si todos los actos de gobierno y magisterio de Jorge Mario Bergoglio, en su contenido y en su forma, resultan ajenos e incluso en conflicto con lo que constituye la actuación de cualquier Papa; si hasta un simple creyente e incluso un no católico comprenden la anomalía del rol que Bergoglio está desempeñando en el proyecto globalista y anticristiano llevado adelante por el Foro Económico Mundial, las Agencias de la ONU, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, el Banco Mundial y todas las demás ramificaciones tentaculares de la élite globalista, esto no demuestra en absoluto mi voluntad de cisma al poner de relieve y denunciar esta anomalía. Sin embargo, se me ataca y se me persigue porque hay quienes se engañan pensando que condenándome y excomulgándome mi denuncia del golpe de Estado pierde consistencia. Este intento de silenciar a todos no resuelve nada y, de hecho, hace más culpables y cómplices a quienes tratan de ocultar o minimizar la metástasis que está destruyendo el cuerpo eclesial.


La “deminutio” del papado sinodal

A esto se agrega el Documento de Estudio El Obispo de Roma que el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos publicó recientemente (aquí) y la degradación del Papado que se teoriza en él en aplicación de la Encíclica Ut uum sint de Juan Pablo II, que a su vez se refiere a la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II. Parece totalmente legítimo -y correcto, en nombre de la primacía de la Verdad Católica consagrada en los documentos infalibles del Magisterio papal- preguntarse si la elección deliberada de Bergoglio de abolir el título apostólico de Vicario de Cristo y optar por llamarse a sí mismo simpliciter Obispo de Roma no constituye de alguna manera una deminutio del propio Papado, un ataque a la constitución divina de la Iglesia y una traición al Munus petrinum. Y bien mirado, el paso anterior lo dio Benedicto XVI, que inventó -junto con la “hermenéutica” de una imposible “continuidad” entre dos entidades totalmente ajenas- el monstruo de un “Papado colegial” ejercido por el jesuita y por el emérito.

El Documento de Estudio cita no por casualidad una frase de Pablo VI: El Papa […] es sin duda el mayor obstáculo en el camino hacia el ecumenismo (Discurso al Secretario para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 28 de abril de 1967). Montini había comenzado a preparar el terreno cuatro años antes, estableciendo enfáticamente el triregno. Si ésta es la premisa de un texto que debe servir para hacer “compatible” el Papado romano con la negación del Primado de Pedro que rechazan los herejes y los cismáticos; y si el mismo Bergoglio se presenta como primus inter pares en la asamblea de las sectas y denominaciones cristianas no en comunión con la Sede Apostólica, faltando a la proclamación de la doctrina católica sobre el Papado definida solemne e infaliblemente por el Concilio Vaticano I, ¿cómo se puede pensar que el ejercicio del Papado y la misma voluntad de aceptarlo no estén viciados por una vicio de consentimiento, tal que haga nula o al menos altamente dudosa la legitimidad del “papa Francisco”? ¿De qué “Iglesia” podría separarme, a qué “Papa” me negaría a reconocer, si la primera se define como una “Iglesia conciliar y sinodal” en contraposición a la “Iglesia preconciliar” -es decir, la Iglesia de Cristo- y el segundo demuestra que considera el Papado como una prerrogativa personal de la que puede disponer modificándolo y alterándolo a su antojo, y siempre en coherencia con los errores doctrinales implícitos en el Vaticano II y en el “magisterio” postconciliar?

Si el papado romano -el papado, para entendernos, de Pío IX, León XIII, Pío X, Pío XI, Pío XII- es considerado un obstáculo para el diálogo ecuménico y el diálogo ecuménico es perseguido como la prioridad absoluta de la “Iglesia sinodal” representada por Bergoglio, ¿de qué otra manera podría materializarse este diálogo, si no es en la eliminación de aquellos elementos que hacen al papado incompatible con él, y por lo tanto manipulándolo de una manera totalmente ilegítima e inválida?

 

El conflicto de tantos hermanos y fieles  

Estoy convencido de que entre los obispos y sacerdotes hay muchos que han experimentado y experimentan aún hoy el desgarrador conflicto interior de verse divididos entre lo que Cristo Pontífice les pide (y ellos lo saben) y lo que el que se presenta como Obispo de Roma impone por la fuerza, con chantajes y con amenazas.

Hoy es tanto más necesario que los pastores despertemos de nuestro letargo: Hora est jam nos de somno surgere (Rom 13, 11). Nuestra responsabilidad frente a Dios, a la Iglesia y a las almas nos exige denunciar inequívocamente todos los errores y desviaciones que hemos tolerado durante demasiado tiempo, porque no seremos juzgados ni por Bergoglio ni por el mundo, sino por Nuestro Señor Jesucristo. A Él daremos cuenta de cada alma perdida por nuestra negligencia, de cada pecado cometido por ella a causa nuestra, de cada escándalo ante el que hemos callado por falsa prudencia, por quietud, por complicidad.

En el día en que debería comparecer frente al Dicasterio para la Doctrina de la Fe para defenderme, he decidido hacer pública esta declaración mía, a la que añado una denuncia contra mis acusadores, su “Concilio” y su “Papa”. Ruego a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que consagraron la tierra del Alma Urbe con su propia sangre, que intercedan ante el trono de la Majestad divina, para que obtengan que la Santa Iglesia sea finalmente liberada del asedio que la eclipsa y de los usurpadores que la humillan, haciendo de la Domina gentium la sierva del plan anticristiano del Nuevo Orden Mundial.

 

En defensa de la Iglesia

La mía no es, pues, una defensa personal, sino la de la Santa Iglesia de Cristo, en la que he sido constituido Obispo y Sucesor de los Apóstoles, con el mandato preciso de custodiar el Depósito de la Fe y de predicar la Palabra, insistir oportuna e inoportunamente, reprender, exhortar con toda paciencia y doctrina (2Tim 4, 2).

Rechazo con vehemencia la acusación de haber rasgado el manto inconsútil del Salvador y de haberme sustraído a la suprema autoridad del Vicario de Cristo: para separarme de la comunión eclesial con Jorge Mario Bergoglio, primero tendría que haber estado en comunión con él, lo cual no es posible, desde el momento que el mismo Bergoglio no puede ser considerado miembro de la Iglesia, debido a sus múltiples herejías y a su manifiesto extrañamiento e incompatibilidad con el cargo que inválida e ilícitamente ostenta.


Mis acusaciones contra Jorge Mario Bergoglio

Frente a mis Hermanos en el Episcopado y todo el cuerpo eclesial, acuso a Jorge Mario Bergoglio de herejía y cisma, y como hereje y cismático exijo que sea juzgado y apartado del Trono que indignamente ocupa desde hace más de once años. Esto no contradice en absoluto el adagio Prima Sedes a nemine judicatur, porque es evidente que un hereje, en la medida en que no puede asumir el Papado, no está por encima de los Prelados que lo juzgan.

Acuso igualmente a Jorge Mario Bergoglio por haber provocado -a causa del prestigio y de la autoridad de la Sede Apostólica que usurpa- graves efectos adversos, esterilidad y muerte en los millones de fieles que han seguido su martilleante llamada a someterse a la inoculación de un suero génico experimental producido con fetos abortados, llegando incluso a hacer publicar una Nota indicando su uso como moralmente lícito. Tendrá que responder ante el Tribunal de Dios por este crimen contra la humanidad.

Por último, denuncio el Acuerdo Secreto entre la Santa Sede y la dictadura comunista china, por el que la Iglesia es humillada y obligada a aceptar el nombramiento gubernamental de obispos, el control de las celebraciones y las restricciones a su libertad de predicación, mientras los católicos fieles a la Sede Apostólica son perseguidos impunemente por el gobierno de Pekín ante el silencio cómplice del Sanedrín romano.


El rechazo de los errores del Vaticano II

Constituye para mí un honor que se me “acuse” de rechazar los errores y las desviaciones implicadas en el llamado Concilio Ecuménico Vaticano II, al que considero completamente desprovisto de autoridad Magisterial a causa de su heterogeneidad respecto a todos los verdaderos Concilios de la Iglesia, que reconozco y acepto plenamente, así como a todos los actos magisteriales de los Romanos Pontífices.

Rechazo firmemente las doctrinas heterodoxas contenidas en los documentos del Vaticano II que han sido condenadas por los Papas hasta Pío XII, o que contradicen de alguna manera el Magisterio católico (cf. Apéndice I). Me resulta cuando menos desconcertante que quienes me juzgan por cisma sean los que se apropian de la doctrina heterodoxa, según la cual subsiste un vínculo de unión “con los que, siendo bautizados, lo son con el nombre de cristianos, pero no profesan integralmente la fe o no conservan la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro” (LG n. 15). Me pregunto con qué descaro se puede desafiar a un obispo a romper una comunión que también se afirma que existe con herejes y cismáticos.

De la misma manera, condeno, rechazo y repudio las doctrinas heterodoxas expresadas en el llamado “magisterio postconciliar” originadas por el Vaticano II, así como las recientes herejías relativas a la “iglesia sinodal”, a la reformulación del Papado en clave ecuménica, la admisión de concubinarios a los sacramentos y a la promoción de la sodomía y de la ideología de “género”. Asimismo, condeno la adhesión de Bergoglio al fraude climático, una insana superstición neomalthusiana engendrada por quienes, odiando al Creador, no pueden sino detestar también la Creación, y con ella al hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.


 Conclusión

A los fieles católicos, hoy escandalizados y desorientados por los vientos de novedad y de las falsas doctrinas que promueve e impone una Jerarquía rebelde al divino Maestro, les pido que recen y ofrezcan sus sacrificios y ayunos pro libertate et exaltatione Sanctæ Matris Ecclesiæ, para que la Santa Madre Iglesia recupere su libertad y pueda triunfar con Cristo después de este tiempo de pasión. Que los que han tenido la Gracia de ser incorporados a ella en el Bautismo no abandonen a su Madre, hoy sufriente y postrada: tempora bona veniant, pax Christi veniat, regnum Christi veniat.

Dado en Viterbo, 28 de junio del año del Señor 2024, Vigilia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo


Fuente: Adoración y Liberación


lunes, 5 de febrero de 2024

Declaración de Mons. Viganò a propósito del escandaloso libelo La pasión mística

 


NEC NOMINETUR IN VOBIS

Declaración de Mons. Viganò a propósito del escandaloso libelo La pasión mística a propósito del escandaloso libelo La pasión mística de Víctor Manuel Fernández

Fornicatio autem et omnis inmunditia aut avaritia
nec nominetur in vobis sicut decet sanctos.
Fornicación y cualquier impureza o avaricia,
ni siquiera se nombre entre vosotros, como conviene a los santos
Ef 5, 3

Si antes del Vaticano II un funcionario del Santo Oficio hubiera tenido que examinar La pasión mística para elaborar un informe con vistas a un dictamen al respecto, con toda probabilidad no le habría dedicado más de “diez, quince segundos” antes de arrojarlo al fuego. Pero antes del Vaticano II un pornógrafo herético nunca habría aspirado, no digo a la Santa Púrpura, ni siquiera al sacerdocio; ni sus Superiores jamás lo habrían admitido al Orden Sagrado. Víctor Manuel Fernández –Tucho para los amigos de Santa Marta– ascendió en cambio a la cima de la Jerarquía, fue creado Cardenal y nombrado prefecto del Santo Oficio –perdón, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe– por otro hereje argentino, Jorge Mario Bergoglio. Quien, desde el 13 de marzo de 2013, ha demostrado con su propia acción de gobierno y de magisterio que es un emisario de la élite globalista, según los desiderata -o más bien los mandatos– del Estado profundo angloamericano. Pero justamente cuando el cursus horrorum de Fernández parecía reservarle el ingreso al Cónclave como candidato de Jorge Mario, surge del polvo de un estante el bochornoso panfleto, destinado a pesar como una lápida sepulcral sobre las ambiciones de Tucho.

Una lectura superficial de La pasión mística resulta difícil e impactante para cualquiera. La prosa claudicante y la insistencia didáctica en aspectos de la cópula van acompañadas de descripciones de obscenidades que avergonzarían incluso a un frecuentador consumado de prostíbulos, hasta el punto de preguntarse si ciertos detalles también fueron objeto de experimentación personal por parte de Tucho Fernández. La reacción más obvia y normal, ante las páginas obscenas de este libelo, es el instintivo disgusto que se experimenta ante la vergonzosa satisfacción de yuxtaponer perversiones indignas de una persona civilizada al ámbito de la espiritualidad, y esto basta para evitar caer en peligrosas curiosidades y arrojarlo a las llamas. No se necesitan especulaciones teológicas complejas para comprender que esta insistencia en la sexualidad envuelta en veleidades místicas es uno de los signos incontrovertibles de la acción diabólica, como enseña San Ignacio. Pero una vez que hemos visto la inmunda obra de Fernández consumida en el fuego vengador, nos queda la sensación de haber sido de alguna manera manchados por su inmundicia moral.

Si ni siquiera se debe explicar la condena sin apelación de esta obra, tan evidente es su obscenidad, es necesario sin embargo plantearnos algunas preguntas sobre su autor y preguntarnos hasta qué punto la impostación doctrinal y espiritual que brota de La pasión mística y Sáname con tu boca es compatible con la dignidad sacerdotal, episcopal y cardenalicia y con el cargo de prefecto del Dicasterio. Porque lo que escandaliza al lector no es sólo la facilidad que exhibe para abordar temas escabrosos, sino el haberse atrevido a tomarlos como clave de lectura para comprender la experiencia mística, en una subversión blasfema. En efecto, si el alma cristiana parte de la unión con Dios, del vínculo de Caridad purísima y espiritual que lo une a su Señor, Creador y Redentor, para comportarse en forma coherente frente al bien y al mal, Tucho parte de una realidad límite para convertirla en vara de medición de la vida divina, para interpretar las relaciones entre las Tres Divinas Personas y el alma a la luz de una sexualidad corrupta y desviada. No es, pues, la verdad de Dios la que ilumina nuestro obrar moral, santificándolo y haciéndolo meritorio, sino el obrar pecaminoso del individuo y de la pareja la que determina la esencia misma de Dios. Ya hemos tenido varios anticipos de esta visión invertida de los términos, no el último es el que querría considerar los Mandamientos como objetivos ideales a los que el hombre no podría llegar a conformarse, según la moral de situación avalada por el jesuita argentino. No es el individuo quien debe obedecer a Dios, sino Dios quien debe adecuar Sus peticiones y Su Ley a lo que el individuo decide. Es la mentalidad de Fiducia Supplicans, que a falta de cualquier base doctrinal que legitime una unión gravemente pecaminosa inventa una nueva manera de considerar las bendiciones en uso en la Iglesia -una “verdadera novedad”- para bendecir lo que no se puede bendecir y ratificar lo que no sólo no puede ser ratificado, sino que debe ser condenado.

“Preguntémonos ahora si estas particularidades de lo masculino y de lo femenino en el orgasmo están de alguna manera también presentes en la relación mística con Dios”, escribe Tucho. El cual no sólo habla de los “gruñidos agresivos” del hombre o de “imágenes con escenas sexuales violentas, imágenes de orgías” que según el autor deberían atraer más al hombre que a la mujer, sino de su uso sacrílego como figura del amor sobrenatural, de modo que ya no son los esposos los que se entregan en la relación conyugal fructífera según el modelo de la divina Caridad, sino que son las Personas divinas las que se ven reducidas a compañeros en una relación sexual, con el agravante de que este modelo de referencia es deliberadamente distorsionado y falseado, eligiéndolo entre los más extremos e inspirados en la pornografía, una industria gestionada casi en su totalidad por MindGeek del rabino Solomon Friedman, con el objetivo de corromper moralmente a los goyim.

Si pensamos en el modelo esponsal que nos ofrece san Pablo en la relación castísima entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 22), las inconfesables obscenidades de Tucho nos revelan un alma totalmente corrompida por el vicio, vicio que con toda evidencia parece haber sido ampliamente experimentado.

El horror que una persona normal experimenta al leer el repugnante libelo es doble: al de los contenido indecentes y blasfemos se agrega el horror de ver cómo el actual prefecto del más importante Dicasterio romano no sólo no se avergüenza de ello, sino que incluso ha intentado descaradamente justificar sus intentos literarios, que según él podrían constituir “un momento de diálogo con parejas jóvenes que querían comprender mejor el significado espiritual de sus relaciones”. Porque si ciertas perversiones son deplorables y graves en un alma brutalizada por el vicio, se vuelven intolerables cuando son objeto de publicación por un sacerdote, profesor de teología moral, como lo era entonces Tucho, antes de ser nombrado obispo por Bergoglio.

No sorprende que, en concomitancia con la noticia de la existencia de este libelo, el arzobispo maltés Charles Jude Scicluna -secretario adjunto del dicasterio de Tucho, ex promotor de Justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe bajo Benedicto XVI- haya pedido discutir –rectius: poner en discusión- el celibato eclesiástico. Si el Prefecto del ex Santo Oficio pudo escribir y publicar obscenidades tan blasfemas es porque quiere que se conviertan en algo normal no sólo para los laicos, sino también y sobre todo para los clérigos, de tal modo que su embrutecimiento moral impida cualquier posibilidad siquiera remota de predicar un Evangelio que ellos son los primeros en contradecir y que según otro cardenal “no es un destilado de verdades”. Quienes piden abolir el celibato lo hacen porque es el último bastión católico para proteger el sacerdocio.

Miren ustedes los frescos eróticos encargados por Vincenzo Paglia en la catedral de Terni; los rituales de magia sexual blasfemos y sacrílegos de Ivan Rupnik; las fiestas químicas con prostitutas del secretario del cardenal Francesco Coccopalmerio, monseñor Luigi Capozzi; los nombramientos de Battista Ricca en Santa Marta y como Prelado del IOR, de Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga en el Consejo Cardenalicio, de Mario Grech, de Jean-Claude Hollerich, sin olvidar al sustituto Edgar Peña Parra; la vergüenza de Fabian Pedacchio Laínez, ex secretario personal de Bergoglio y “compañero” del secretario del Dicasterio de los Obispos, Ilson Montanari; miren los encubrimientos de los escándalos sexuales de Theodore McCarrick que denuncié y de su círculo todavía en roles de alta responsabilidad, en el Vaticano y en Estados Unidos, con Kevin Farrell, Blase Cupich, Joseph Tobin, Wilton Gregory, Robert McElroy; las audiencias de Bergoglio con transexuales, homosexuales reconocidos y amantes del concubinato: ¿creen ustedes que no hay coherencia en este pozo negro de vicios y perversiones con lo que escribió Tucho en 1998?

La primera confirmación de esta coherencia proviene de la aprobación entusiasta de la que disfrutan Bergoglio y sus secuaces entre los enemigos declarados de Cristo y de la Iglesia: masones, globalistas, activistas LGBTQ+ y de género, promotores de la ideología del despertar, partidarios de la eugenesia neomalthusiana, abortistas. ¿Cómo podemos creer que quienes gozan del apoyo de Lynn Forester de Rothschild, de los Soros, de los Clinton, de Bill Gates y de Klaus Schwab puedan al mismo tiempo combatir en nombre del Evangelio de Cristo contra la ideología infernal que impulsa a estos criminales subversivos?

Hay quienes han señalado con razón que, a la luz de esta vergonzosa masa de pornografía pseudo mística y sacrílega, toda la insistencia de Tucho y de la secta bergogliana en la inclusión de sodomitas y concubinarios suena a un impúdico y descarado Cicero pro domo sua. Incluso los simples fieles, con el sentido común que conlleva ser miembros de la Iglesia, han comprendido que esta masa de pervertidos sólo busca legitimar los vicios ajenos para poder practicarlos ellos mismos a plena luz del día, después de haberlos ocultado torpemente ellos durante décadas; y que este vergonzoso conflicto de intereses es tan evidente en su obscena arrogancia que descalifica las melifluas y engañosas declaraciones de bienvenida. Porque estos extraviados no buscan la salvación de las almas perdidas, sino que las utilizan cínicamente como pretexto para su propio beneficio personal, para complacer sus propios vicios y los de sus cómplices, para alimentar la vil red de chantaje que tiene en un puño a gobernantes, políticos, actores, clérigos, periodistas, magistrados, médicos y empresarios de todo el mundo.

Lo que escribe Fernández en La pasión mística no es tan diferente de lo que ocurrió realmente en la isla de Jeffrey Epstein. Pero esto no es normalidad, aunque es lo que quiere hacernos creer con petulancia pseudocientífica el autor del libelo: “A nivel hormonal y psicológico no hay hombres y mujeres puros”. Si estas son las hormonas y la psicología de Tucho, sin embargo hay muchas personas que viven su afectividad y su relación conyugal utilizando la razón, la voluntad y la Gracia de Dios. Hay personas -y esto es lo que Fernández no puede entender- que tienen la humildad de reconocerse débiles y falibles, pero que precisamente por ser conscientes de su propia debilidad encuentran en Dios la fuerza para resistir las tentaciones y crecer en la virtud, con ese heroísmo que sólo la Caridad puede inspirar y alimentar en los corazones de quienes no miran la realidad desde un charco de estiércol maloliente. La virtud, esta desconocida para los nuevos usurpadores de Santa Marta.

Interrogado por la prensa, Fernández afirma: “Cancelé ese libro poco después de su salida y nunca permití que se reimprimiera”. Debemos suponer que con “cancelado” se refiere a “que lo hizo desaparecer”, ya que su ISBN ya no existe. En cualquier caso, el simple hecho de haber sido capaz de acumular ese revoltijo pornográfico obsceno debería ser suficiente –independientemente de lo que diga el turiferario Austen Ivereigh– para hacer caer ipso facto la dignidad de cardenal. El silencio de la Santa Sede es ensordecedor. Las protestas aumentan en el frente de Fiducia Supplicans: la lista de Conferencias episcopales enteras, algunos cardenales, ordinarios diocesanos, asociaciones de clérigos y profesores de disciplinas eclesiásticas que se oponen a Bergoglio es cada día más larga. Y a las quejas del Clero se suman las de los laicos católicos e incluso las de los exponentes de otras confesiones religiosas, cansados y exasperados por esta loca carrera hacia el abismo.

Pero si la indignación por Fiducia Supplicans y por los escándalos vaticanos concomitantes es justa y apropiada, debemos tener el coraje de reconocer que el jesuita argentino representa la metástasis del cáncer conciliar, y que su apostasía a través del sinodalismo -es decir, recurriendo a métodos de control de las asambleas en las que los regímenes comunistas totalitarios son muy expertos- es coherente con los fundamentos ideológicos puestos por la colegialidad teorizada por el Vaticano II.

Repito: hay que reconocer que hay un proceso revolucionario en marcha desde hace más de un siglo; un proceso planificado que luego se materializó con la acción subversiva de los neomodernistas en el Concilio y con su toma del poder a lo largo del período posconciliar; un proceso en el que participaron activamente todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI. Si llegamos a la Pachamama es porque hemos pasado por Asís; si la Declaración de Abu Dhabi fue firmada y deseada por la Santa Sede es porque primero toleramos Nostra Ætate y Dignitatis humanæ; si hemos llegado a escuchar teorizar a las diaconisas es porque hemos sufrido en silencio a los “ministros extraordinarios de la Eucaristía” y a las monaguillas. Y ¡digámoslo! – si hoy el Vaticano está reducido a un burdel es porque desde los tiempos de Pablo VI no se quiso cortar de raíz la mafia lavanda que se enquistaba en el Vaticano, favoreciendo en cambio a aquellos que, siendo más chantajeables, daban mayores garantías de obediencia. El esquema de cómo actuó la Iglesia profunda para infiltrarse en la Iglesia católica es un reflejo de lo que siguió el Estado profundo para tomar el control de los gobiernos civiles, como nos muestran las noticias recientes.

La cloaca de la que resurgió el infame libelo del prefecto del ex Santo Oficio es la misma de la que afloran los escándalos de los personajes mencionados en la lista de Epstein. Es necesario un retorno radical a Dios por parte del género humano, a través de una purificación de la sociedad civil y del cuerpo eclesial. Debemos oponernos a este ataque con una acción colectiva, para que el Papado vuelva a ser un faro de Verdad y puerto de salvación, y no el megáfono de la sinarquía anticrística del Foro Económico Mundial.

 + Carlo Maria Viganò, Arzobispo

10 de enero de 2024

Infra Octava de Epifanía

Fuente: Adelante la Fe

jueves, 13 de julio de 2023

Carta de monseñor Viganò: “El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paralela”

 


9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente.

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I.

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad.

Juan Pablo II en el encuentro ecuménico de Asís de 1986.

Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.


Juan Pablo II recibe una bendición ritual de parte un chaman durante una de sus visitas a Estados Unidos.

Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est.

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

Juan Pablo II besa el Corán.

El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia.


El papa Francisco junto a una machi mapuche durante su visita a Chile en 2018.

No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma.

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada.

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace.

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”.

+ Carlo Maria Viganò

(Traducido y publicado por Asociación Litúrgica Magnificat, Una Voce Chile. Reproducido con su permiso)

Fuente: Adelante la Fe