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jueves, 4 de junio de 2026

Fiesta del Corpus Christi



Oración al Corazón Eucarístico de Jesús 

¡Oh Corazón eucarístico, oh amor soberano del Señor Jesús, que habéis instituido el augusto Sacramento para permanecer aquí abajo en medio de nosotros, para dar a nuestras almas vuestra Carne como alimento y vuestra Sangre como celestial bebida! Nosotros creemos firmemente; ¡oh Señor Jesús!, en este amor sumo que instituyó la Santísima Eucaristía, y aquí delante de esta Hostia es justo que adoremos este amor, que lo confesemos y lo ensalcemos como el gran centro de la vida de vuestra Iglesia. Este amor es para nosotros una invitación apremiante, para que Vos nos digáis: ¡Mirad cuánto os amo! Dando mi Carne como alimento y mi Sangre como bebida, quiero con este contacto excitar vuestra caridad y uniros a mi; quiero llevar a cabo la transformación de vuestras almas en mí, que soy el crucificado, en mí, que soy el pan de la vida eterna; dadme, pues, vuestros corazones, vivid de mi vida, y viviréis de Dios. Nosotros lo reconocemos, ¡oh Señor!, tal es el llamamiento de vuestro Corazón eucarístico, y os lo agradecemos, y queremos, sí, queremos corresponder a él. Otorgadnos la gracia de penetrarnos bien de este amor sumo, por el cual, antes de padecer, nos convidasteis a tomar y a comer vuestro sagrado Cuerpo. Grabad en el fondo de nuestras almas el propósito firme de ser fieles a esta invitación. Dadnos la devoción y la reverencia necesarias para honrar y recibir dignamente el don de vuestro Corazón eucarístico, este don de vuestro amor final. Así podamos nosotros con vuestra gracia celebrar de modo efectivo el recuerdo de vuestra Pasión, reparar nuestras ofensas y nuestras frialdades, alimentar y acrecentar nuestro amor a Vos, y conservar siempre viva en nuestros corazones la semilla de la bienaventurada inmortalidad. Así sea.

sábado, 29 de noviembre de 2025

Oración de San Antonio María Claret para antes de la Comunión

 


Señor mío Jesucristo, Creador y conservador del cielo y de la tierra, Padre el más amoroso, médico el más compasivo, maestro sapientísimo, pastor el más caritativo de nuestras almas. Aquí tenéis a este miserable pecador, indigno de estar en vuestra presencia y más indigno aún de acercarse a ese banquete inefable. ¡Ay, Señor! Cuando considero vuestra infinita bondad en querer venir a mí, me pasmo..., y al mirar la multitud de pecados con que os ofendí y agravié en toda mi vida, me confundo, me ruborizo y me siento compelido a deciros: «Señor, no vengáis...; apartaos de mí, porque soy un miserable pecador». Si el Bautista no se consideraba digno de desatar las correas de vuestro calzado, ¿cómo mereceré yo tan grande honor?... Si el temor y el respeto hace que tiemblen los Ángeles en vuestra presencia, ¿podré yo no temblar al presentarme y sentarme a vuestra mesa divina? Si la Santísima Virgen, aunque destinada para ser vuestra Madre, y condecorada con todas las excelencias, prerrogativas y gracias posibles en una pura criatura, se considera, sin embargo, como una esclava, e indigna de concebiros en sus purísimas y virginales entrañas, ¿podré yo, miserable pecador, lleno de imperfecciones y defectos, tener valor para recibiros en mi interior? ¡Ay, Señor! ¿No os horroriza este delincuente?... ¿No os causa asco el venir a mi y entrar en tan vil e inmunda morada?

En verdad, Señor, que yo no tuviera valor para acercarme a Vos, si primero no me llamaseis, diciéndome como a otro Zaqueo, no una vez sola, sino tantas cuantas son las inspiraciones con que me dais a conocer el deseo que tenéis de venir a mi: Baja, Zaqueo, pues hoy quiero hospedarme en tu casa. Pero ¿qué es lo que os mueve a venir a mí, Señor? ¿Mis méritos? ¿Mis virtudes? ¿Cómo hablará de virtudes y méritos un pecador como yo?, ¡ah, ya lo entiendo, Señor; mis miserias, mi pobreza: esto es lo que os mueve. ¡Oh exceso de amor!

Vos dijisteis que no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos; y he aquí por qué queréis venir: veis mi urgente necesidad, y el deseo de remediarla os impele. En efecto, Señor, es tal el estado de mi alma, que puedo decir con verdad: «De la planta del pie a la coronilla de la cabeza no hay en mi parte sana»; ¡tantas son mis imperfecciones! No obstante, aquí me tenéis, Señor; me presento a Vos, no porque de Vos me juzgue digno, sino porque no puedo vivir sin Vos; iré a Vos cual otro mendigo al rico, para que remediéis mis miserias y para que me libréis del ahogo de mis faltas e imperfecciones; iré porque las grandes enfermedades que me aquejan sólo Vos podéis remediarlas; una mirada compasiva, divino Médico, y quedarán sanas mis potencias y sentidos.

Párate aquí un poco y descúbrele confiado todos tus males corporales y espirituales, y después prosigue:

Virgen Santísima: ya que compadecida de los esposos de Caná de Galilea los sacasteis del apuro, alcanzándoles de Jesús aquella milagrosa conversión del agua en vino, pedidle también que obre en mi favor un prodigio semejante, concediéndome las gracias que para recibirle dignamente he menester. A Vos nunca os dio un desaire; siempre sois atendida: interesaos, pues, por mí; haced en mi favor cuanto podéis. ¡Oh, cuánto lo necesito!

Ángeles santos: veis que voy a sentarme a la santa Mesa y comer al que es vuestro pan; alcanzadme que yo vaya con el vestido nupcial y ataviado con el adorno de todas las virtudes.

¡Oh Santos todos moradores del cielo! Interesaos por mí, y haced que yo me llegue al augusto Sacramento cual os llegabais vosotros, y que, sacando de él los frutos que vosotros, pueda decir con verdad: «Vivo yo, mas no yo, sino que vive en mi Cristo ». Con esta fe, esperanza, confianza y amor me llego a Vos, Señor y Dios mío.


Camino Recto y Seguro  para llegar al Cielo
San Antonio María Claret

martes, 25 de noviembre de 2025

Alma de Cristo

 


ALMA DE CRISTO 

Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén


sábado, 18 de octubre de 2025

Oración de San Buenaventura a Jesús Sacramentado

 


Concede que mi alma pueda anhelarte 

Traspasa, dulcísimo Jesús y Señor mío,
la médula de mi alma con el suavisísimo
y saludabilísimo dardo de tu amor
con la verdadera, pura y santísima caridad apostólica,
a fin de que mi alma desfallezca y se derrita siempre sólo en amarte
y en deseo de poseerte: que por Ti suspire,
y desfallezca por hallarse en los atrios de tu Casa;
anhele ser desligado del cuerpo para unirse contigo.

Haz que mi alma tenga hambre de Ti, Pan de los Ángeles,
alimento de las almas santas, Pan nuestro de cada día,
lleno de fuerza, de toda dulzura y sabor, y de todo suave deleite. 

Oh Jesús, en quien se desean mirar los Ángeles:
tenga siempre mi corazón hambre de Ti,
y el interior de mi alma rebose con la dulzura de tu sabor.

Tenga siempre sed de Ti, fuente de vida,
manantial de sabiduría y de ciencia,
río de luz eterna, torrente de delicias,
abundancia de la Casa de Dios.

Que te desee, te busque, te halle;
que a Ti vaya y a Ti llegue; en Ti piense, de Ti hable,
y todas mis acciones encamine a honra y gloria de tu nombre,
con humildad y discreción, con amor y deleite, con facilidad y afecto,
con perseverancia hasta el fin.

Para que Tú solo seas siempre mi esperanza,
toda mi confianza, mi riqueza
mi deleite, mi contento, mi gozo, mi descanso y mi tranquilidad,
mi paz, mi suavidad, mi perfume, mi dulzura, mi comida,
mi alimento, mi refugio, mi auxilio, mi sabiduría, mi herencia,
mi posesión, mi tesoro, en el cual esté siempre fija y firme e inconmoviblemente
arraigada mi alma y mi corazón. 

Amén.

jueves, 30 de mayo de 2024

FIESTA DEL CORPUS CHRISTI




ORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO DE SANTO TOMAS DE AQUINO 

¡Oh, Santísimo Jesús, que aquí sois verdaderamente Dios escondido; concededme desear ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir perfectamente en alabanza, y gloria de vuestro nombre todo lo que os agrada. Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; concededme que conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla como es menester y conviene a mi alma. Dadme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre las prosperidades y adversidades, para que ni en aquellas me ensalce, ni en éstas me abata. De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que lleva a Vos o aparta de Vos. A nadie desee agradar o tema desagradar sino a Vos. Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y preciosas todas las eternas. Disgústeme, Señor, todo gozo sin Vos, y no ambicione cosa ninguna fuera de Vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier trabajo por Vos, y enojoso el descanso sin Vos. Dadme, oh Dios mío, levantar a Vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis obras no por rutina, sino refiriéndolas a Vos con devoción. Hacedme, oh Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de Vos sin desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin presunción que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con palabras y obras sin fingimientos. Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de Vos; dadme un corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón libre que ninguna pasión violenta le domine. Otorgadme, oh Señor Dios mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace. Dadme que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, y en el camino de mi vida use de vuestros beneficios por gracia, y en la patria goce de vuestras alegrías por gloria. Señor que vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 8 de marzo de 2024

Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...



Palabras del Señor a la esposa sobre la adhesión a la Nueva Ley; sobre cómo esa misma Ley es ahora rechazada y desestimada por el mundo; sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios, y acerca de su maldición y condena. 


Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley, que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley. Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas. 

De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo. 

Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero, ahora Mi ley esta rechazada y despreciada. 

La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva para ellos. 

¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente, han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino “planeó”, como si fuera algo ya pasado. 

Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres? ¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes, cómo pueden traicionarte?’ 

En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí, respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor, porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra. 

Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas. Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar, nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así también sucede cuando se dicen estas palabras: 

‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello, aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo pueda hacer mi porvenir contigo!’ 

Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado no sea descubierto. 

Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen. Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad, aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me traicionan. 

Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino, que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las cuchillas. 

Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más puede ser calentado o renacer a mi amor. 

Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan pecando hasta el final. 

También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son. 

Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana –sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté realmente presente para los perversos igual que para los buenos, debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los perversos no lo reciben con el mismo efecto. 

Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad, mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas. Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora, déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala voluntad sino por la justicia. 

Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos, que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin. Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos, que vieron la luz del Cielo. 

Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto, por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí, que soy el más exquisito de todos. 

Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan sólo al fuego perpetuo. 

Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.


 Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 47

miércoles, 6 de marzo de 2024

Castigos de Dios a la Blasfemia: Una grande y horrible araña, se llegó derecha a la boca de un blasfemo



Año 1396, Londres (Inglaterra)

El heresiarca Wiclef ambicionaba la gloria de ser contado entre el número de los más sabios teólogos de su tiempo, y para llamar la atención del mundo cristiano, que le miró con desprecio, empezó atacando la institución divina de la Iglesia Católica, la autoridad infalible del Papa y el dogma eucarístico de la transubstanciación.

Uno de sus secuaces, zapatero de oficio, fue acusado de hereje y presentado ante el tribunal que presidía el santo arzobispo de Cantorbery, Tomás de Arundell. Le preguntaron los del tribunal acerca de la herejía que profesaba, y con sólidas razones trataron de refutar sus errores y convertirle a la verdadera fe de la Iglesia Católica, mas todo resultó inútil, porque sostenía pertinazmente que la Sagrada Eucaristía no era más que pan bendito.

Entonces el Presidente le mandó que hiciese reverencia a la Hostia sacrosanta, a lo que respondió el blasfemo: "Verdaderamente tengo por más digna de reverencia una araña que lo que me mandáis adorar".

No bien hubo dicho estas palabras, cuando de lo más alto del techo descendió una grande y horrible araña, se llegó hilo derecho a la boca del blasfemo, porfió para entrarse por ella, y acudiendo muchos de los asistentes para ver si podrían ahuyentarla, apenas pudieron lograrlo.

Estaba presente el príncipe Tomás, duque de Oxone, que entonces era Cancelario del reino, y vio este prodigio. Y el sobredicho Arzobispo, levantándose luego con los demás del tribunal, declaró al pueblo lo que había obrado la mano del Señor, vengándose de aquel blasfemo de la Sagrada Eucaristía.

(P. Fr. Tomás Uvaldense. De Sacramentis, tomo 2, capitulo 63.
Nicolás Harpsfeld, Historia Vicleffiana, capítulo 18.)

P. Manuel Traval y Roset

jueves, 25 de enero de 2024

Mensaje de la Santísima Virgen a la Beata Elena Aiello



(Se me presentó la Santísima Virgen, con vestido negro y siete espadas atravesando su Inmaculado Corazón). 

Acercándose a mí, y con expresión de profundo dolor y lágrimas en sus mejillas, me dijo: «Óyeme con atención y revela a todo el mundo: Mi Corazón está muy triste por los sufrimientos que vendrán sobre un mundo que se bate en una catástrofe inminente. La Justicia de Dios es ofendida al extremo. Los hombres viven en la obstinación de sus pecados. La ira de Dios está muy cerca. Pronto grandes calamidades, revoluciones sangrientas, huracanes terribles vendrán sobre el mundo y los ríos y el mar se desbordarán. Proclama, grita en alta voz, hasta que los sacerdotes de Dios oigan mi voz para que avisen a la humanidad de que el castigo está muy cerca, y si los hombres no vuelven hacia Dios con la oración y la penitencia, el mundo será lanzado en una nueva y más terrible guerra.

Las armas más mortíferas destruirán las iglesias y la Santa Eucaristía, y destrozarán cosas muy queridas. En esta guerra impía muchas cosas que han sido hechas por los hombres serán aniquiladas.

Nubes con relámpagos, penetrantes de fuego del cielo y una tempestad de fuego caerán sobre la tierra. Este castigo terrible que nunca se ha visto en la historia de la humanidad durara setenta horas. Loa ateos serán aplastados y aniquilados y muchos se perderán porque permanecerán en la obstinación de sus pecados. Entonces se vera el poder de la luz sobre el poder de las tinieblas. No guardes silencio, hija mía, porque las horas de las tinieblas y el abandono se acercan.

Me inclino sobre el mundo, teniendo en suspenso la justicia de Dios. De otra manera, estas cosas hubieran venido ya sobre la tierra. Oraciones y penitencias son necesarias, porque los hombres deben volverse hacia Dios y a mi Corazón Inmaculado, la Mediadora entre los hombres y Dios, y de esta manera el mundo al menos será salvado en parte. Proclama, gritando, estas cosas a todos, como si fueras el mismo eco de mi voz. Anuncia esto a todos, porque ayudará a salvar a muchas almas e impedir muchas destrucciones en la Iglesia y en el mundo».

(16 de abril de 1955)


martes, 4 de julio de 2023

LA SANGRE DE JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA



Hic est sanguis meus. 
Esta es mi sangre. 
(Marc. XIV, 23) 

¡Qué hermosos elogios tributan los Santos Padres a la sangre divina de Nuestro Señor! ¡Con qué entusiasmo la aclaman y ensalzan! ¡Cómo ponen de relieve, en conmovedoras frases, sus inefables caracteres! Oídlos: «La sangre de Jesucristo es un rescate divino que nos redimió del triple cautiverio del pecado, de la muerte y del infierno (1). Es remedio soberano que cura no sólo los males pasados, sino que preserva de todos los que pudieran amenazarnos por parte del mundo, del demonio o de nosotros mismos (2). Es un baño saludable y delicioso que lava todas nuestras manchas, devolviéndonos la pureza inmaculada (3). Es un alimento celestial que nos sustenta; fortifica en nosotros la vida de la gracia y nos hace crecer para el cielo. Es una divina y deliciosa bebida que nos sacia, y satisface nuestra sed peligrosa de placeres, sensuales, dejando sólo en nuestra alma la sed de la justicia (4). Es una leche de indecible suavidad que forma las delicias de los hijos de Dios (5). Es un tesoro abundante, de precio infinito, que nos enriquece y proporciona todo cuanto podemos legítimamente desear (6). Es un fuego celestial que derrite el hielo de nuestros corazones y nos inflama en un amor completamente divino (7). Es un adorno admirable que nos embellece y hace agradables a Dios (8). Es el sello del gran Rey que imprime en nuestras almas el carácter de predestinados (9). Es la llave irresistible que nos abre las puertas del cielo y nos pone en posesión de sus magnificencias» (10). ¡Y una sangre de tanto precio, nosotros la poseemos en la Eucaristía! ¡Oh, qué consuelo no infunde esta idea! ¡En la adorable Eucaristía poseemos la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, la sangre redentora de Jesucristo, la sangre inefablemente santificadora de Jesucristo! Hic est sanguis meus. 

Oh sublimes afirmaciones! ¡Oh maravillosa declaración, repleta de los más dulces consuelos y de las más fortalecedoras esperanzas! 

Meditémoslas con gozo, respeto y amor. 


 I 

En la Eucaristía poseemos, no ya en figura o en símbolo,, sino VERDADERA, REAL Y SUSTANCIALMENTE la sangre divina de Jesús. ¿Quién lo afirma? El que es verdad infalible; el mismo Jesús. Oigamos su testimonio, pues sus palabras son más claras que la luz del mediodía. En la última, cena, y en medio de sus apóstoles que han de ser los heraldos del Evangelio, los ecos de su palabra, los institutores de su culto y, sobre todo, los glorificadores del dogma de la Eucaristía que a todos Ios compendia y encierra, toma el cáliz en sus santas y venerables manos, y después de levantar los ojos al cielo hacia su Padre santo y omnipotente, da gracias, lo bendice y entrega a sus apóstoles, diciendo: «Tomad y bebed todos de él. Esta es mi sangre, la sangre del nuevo Testamento, la sangre que será derramada, en bien de muchos, para remisión de los pecados. Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre que será derramada en bien de muchos para remisión de los pecados. Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre, que será derramada por vosotros». Hic est sanguis meus! 

Así pues, dice un piadoso autor (11), todos los días adoramos la preciosa sangre cuando asistimos a la santa Misa. A la elevación del cáliz, hemos de considerar, por tanto, que allí está la sangre de Cristo en toda su plenitud, glorificada sí, pero latiendo con las pulsaciones propias de la vida humana. La sangre que se derramó gota a gota en el huerto de los Olivos, la que se coaguló en los látigos y varas de la flagelación, la que se secó sobre los cabellos del Salvador, la que empapó sus vestidos y dejó huellas rojizas en la corona de espinas, la que roció el madero de la cruz; la sangre que, al comulgarse a sí propio, bebió el mismo Jesús la noche del Jueves Santo, la que se derramó con tanta prodigalidad y como al descuido sobre el suelo de la pérfida ciudad: es la misma que vive en el cáliz unida a la persona del Verbo eternal, para recibir adoraciones de los hombres en medio del más profundo anonadamiento de nuestras almas y cuerpos. 

Los rayos del sol levante penetran en la iglesia a través de los policromados ventanales; se posan un instante sobre el cáliz descubierto, y sus reflejos tímidos y sin cesar agitados, se quiebran y fulguran deliciosamente, cual si cayesen sobre una piedra preciosa; los ojos del sacerdote se paran a contemplar aquel espectáculo, y parécele como que esta luz rebotara del Sanguis hasta el fondo de su corazón, fortificando su fe y encendiendo más y más su amor. Pues bien; en esta copa y bajo estos rayos misteriosos, está la sangre de un Dios, verdadera sangre viviente, brotada, como de fuente original, del corazón inmaculado de María. Cuando el Santísimo Sacramento se posa sobre nuestra lengua, en el mismo instante — instante que los ángeles de Dios, a pesar de su grandeza, no pueden contemplar sin estremecerse — la sangre de Jesús circula en la Hostia con toda la abundancia de su gloriosa vida. Y para no anonadarnos, se sirve del misterio de este Sacramento para velar el chorro inextinguible de luz que ilumina las regiones todas del cielo, con un resplandor tal, que millares de soles reunidos no llegarían a igualarlo. No sentimos la fuerza de las pulsaciones de su vida inmortal, porque, de lo contrario, nos fuera imposible vivir nuestra propia vida, que se sentiría presa de un santo terror. Sin embargo, es cierto que en esta Hostia adorable palpita toda la plenitud de la preciosa sangre: la sangre de Getsemaní, de Jerusalén y del Calvario; la sangre de la pasión, resurrección y ascensión; la sangre que ha sido derramada y vuelta a incorporar al Salvador. Dentro de nosotros la llevamos ahora, por semejante manera de como la trajo en su seno la Virgen María. Dicha sangre está en el corazón de Jesús, en sus venas y en el templo de su cuerpo. Esto creemos por la fe; aunque mejor diríamos, tal vez, no que lo creemos, mas ¡que no lo ignorarnos! 

Y esta sangre multiplicase con una profusión increíble. Está en los cálices, después de la consagración; está en todas las hostias consagradas, en todas las iglesias, en todos los tabernáculos donde se guardan las sagradas especies; y en todas partes está tan real y verdaderamente como en el cielo. 
Esta sangre es el don supremo que Jesús nos legara al morir. Los hombres, al bajar al sepulcro, dejan a sus parientes bienes terrenos; lo sumo a que pueden llegar es a hacer entrega de su corazón frío e inanimado, como reliquia. Pero Jesús nos lega su sangre viva; su sangre subsistente en la persona del Verbo: sangre de un valor indecible, e incomparablemente más preciosa que todos los tesoros, ¡su sangre divina! (12). 

Esta sangre, en fin, es un gaje infalible de la vida eterna que nos ha sido prometida por Aquel que es único que puede prometérnosla y darla; es la rúbrica augusta del contrato por el cual se compromete Dios a ponernos en posesión de sí mismo, en el paraíso, con todos los medios para alcanzarlo (13). 

¿Qué corazón habrá tan duro, exclama Bossuet (14), que no se sienta conmovido, oyendo todos los días estas palabras del Salvador: «Esta es mi sangre del Nuevo Testamento»; o, como dice San Lucas: «Este cáliz es el Nuevo Testamento, por mi sangre» que contiene? Pues tal es la naturaleza de este Testamento que debe ser escrito todo entero con la sangre del testador. Oh cristianos, venid, venid a leer este testamento admirable; venid a oír su lectura solemne durante la celebración de los santos misterios. Venid a gozar de las bondades de vuestro Salvador, de vuestro Padre, de vuestro divino Testador, el cual compra con su propia sangre la herencia que para vosotros destina, y con esta misma sangre escribe, además, el testamento con que os la trasmite. Venid a leer este testamento; venida poseerlo; venid a gozarlo: la herencia del reino de los cielos es para vosotros! 

¡Oh sangre verdadera de Jesús, realmente presente en el Santísimo Sacramento por una sublime invención del más inflamado amor; yo te adoro con todo el ardor de mi alma, completamente anonadada en tu presencia! Te reconozco y proclamo más grande que todas las grandezas, más excelente que todas las excelencias; pues, como sangre de Dios que eres, encierras una grandeza y excelencia infinitas. Con respeto me prosterno ante los ángeles y santos; humillándome en el polvo, venero y honro a María Inmaculada, la reina del paraíso; pero a ti debo tributarle honores inmensamente más excelsos todavía. Te adoro como debe ser adorada la divinidad; te adoro por lo que tantas veces he dicho, porque eres la sangre de Dios. Repito esta palabra para que se grabe más profundamente en mi ser y me penetre de los sentimientos que deben animarme al pie de los altares: sentimientos de adoración y sobre todo de amor. 


II 

Porque, en efecto, en la Eucaristía poseemos no sólo la verdadera sangre de Jesucristo, sino la sangre que nos rescató del pecado, que nos arrancó de la esclavitud del demonio, que nos ha, abierto las puertas del cielo y merecido a todos las gracias de la salud: en una palabra, la SANGRE DEL REDENTOR. 

Es una ley fundada sobre la naturaleza de las cosas y sobre la voluntad de Dios, una ley confirmada por la tradición de todos los pueblos, aun los más antiguos; que la expiación del pecado no puede hacerse sino con derramamiento de sangre; y la razón está en que, así como la sangre es el principio de la vida, y el pecado un abuso de esta misma vida que se levanta contra el soberano Legislador; la reparación exige que se derrame sangre, sea la del culpable o la de una víctima que le sustituya, a fin de aplacar la cólera divina. Por otra parte, las leyes establecen también que los testamentos son valederos sólo a la muerte del testador: es decir, cuando la sangre, privada del influjo del alma que la abandona, cesa de vivificar el cuerpo que antes animara. 

Ahora bien, como Jesús se constituyó en víctima del género humano, en reparación de todas las iniquidades, y quiso dar en testamento a todos los hombres los dones infinitos de la gracia y de la gloria, menester fue, bajo este doble título, que muriera y derramara su sangre. 

Por tanto, no sin causa la sagrada Escritura atribuye la redención y los beneficios múltiples que de ella dimanan, a la efusión de la sangre de Jesucristo. Oíd, sobre materia de tanta importancia, algunos textos admirables de los escritores sagrados, entre los cuales ocupa el primer lugar San Pablo, que de verdad puede apellidarse el cantor inspirado de la preciosa sangre. «Plúgole al Padre celestial, dice, que en El residiera toda plenitud, y que todas las cosas se reconciliaran por El, pacificando, por medio de su sangre derramada en la cruz, todo cuanto hay sobre la tierra y en el cielo. 

Mas, sobreviniendo Cristo, pontífice que nos había de alcanzar los bienes venideros, por medio de un tabernáculo más excelente y más perfecto, no hecho a mano, esto es, no de fábrica o formación semejante a la nuestra; presentándose no con sangre de machos de cabrío, ni de becerros, sino con la sangre propia, entró una sola vez para siempre en el santuario del cielo, habiendo obtenido la eterna redención del género humano. Porque si la sangre de los machos de cabrío y de los toros, y la ceniza de la ternera sacrificada, esparcida sobre los inmundos, los santifica en orden a la purificación legal de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por impulso del Espíritu Santo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios, limpiará nuestras conciencias de las obras muertas de los pecados, para que tributemos un verdadero culto al Dios vivo? El primer testamento no fue confirmado sino con sangre ; según la ley todo se purifica con sangre, y en fin, los pecados sólo con efusión de sangre se perdonan. Era, pues, necesario que lo que sólo es figura de las cosas celestiales fuese purificado por la sangre de los animales; pero las cosas del cielo, lo deben ser con víctimas mejores que éstas». Oigamos ahora el testimonio de San Pedro: «Sabemos, dice, que hemos sido rescatados por la preciosa sangre de Jesucristo, cordero sin mácula y sin tacha, predestinado antes de la creación del mundo; pero que fue manifestado en los últimos tiempos. Nosotros hemos sido elegidos, según la promesa de Dios Padre, para recibir la santificación del Espíritu Santo, obedecer a la fe y ser rociados con la sangre de Jesucristo». Y San Juan añade: «Jesucristo es el testimonio fiel, el primer nacido de entre los muertos y el príncipe entre todos los reyes de la tierra; Él nos amó y con su propia sangre nos lavó de todos nuestros pecados». El mismo apóstol nos representa a los ancianos del Apocalipsis entonando un cantar nuevo y diciendo: «Digno sois, Señor, de tomar el libro y de romper sus sellos, porque habéis sido condenado a muerte, y con vuestra sangre nos habéis rescatado para Dios, de toda tribu, de todo pueblo, de toda lengua y de toda nación; Vos nos habéis hecho reyes y sacerdotes para nuestro Dios, y reinaremos sobre la tierra». Y oyó una gran voz en el cielo que decía: «Ahora ha sido de verdad establecida la salud, la fuerza, el reino de nuestro Dios y el poder de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, que día y noche les acusaba ante nuestro Dios, ha sido arrojado del cielo y vencido por la sangre del Cordero». 

Ciertamente podía Jesús, con la más insignificante de sus acciones (a causa del valor infinito que la unión hipostática prestaba a todas sus obras), operar nuestra salvación; pero conforme a los eternos decretos de la Trinidad, manifestados en la sagrada Escritura, sólo debía servir de precio para nuestra redención la sangre divina que en su muerte derramó.

¡Oh Dios mío! ¡Con qué sobreabundancia tan llena de amor fue derramada! ¡Cayó sobre el polvo y las rocas del huerto de los Olivos; inundó la sala del pretorio; salpicó manos y vestidos de los verdugos; corrió por las sendas de Jerusalén, a lo largo de la calle de la amargura; enrojeció la cumbre del Gólgota y el madero de la Cruz! ¡Chorreó de todo el cuerpo del Salvador en la agonía de Getsemaní; de su frente en la coronación de espinas; de sus espaldas en la flagelación; de sus manos y pies en la crucifixión; de su pecho, hasta la última gota, cuando el soldado lo atravesó con la lanza! 

Pero ¡cuán grande no fue la eficacia de aquella sangre derramada! Se Apaciguó la cólera divina; su justicia se dio por satisfecha; se perdonaron por su virtud todos los pecados, y los hombres pudieron hacerse dignos de merecer todas las gracias ya generales ya particulares; se redujeron a realidad todas las gracias inherentes a la institución de la Iglesia, con su jerarquía y sus divinos poderes de enseñar, gobernar y santificar; las gracias de los sacramentos y, sobre todo, la del adorable sacramento de nuestros altares; y, en fin, como consecuencia de todas ellas, el infierno fue cerrado, el cielo abierto, el demonio vencido y la innumerable muchedumbre de predestinados conquistada. 

¡Esta sangre divina, esta sangre tan poderosa y tan eficaz, esta sangre redentora, nosotros la poseemos en la Eucaristía! Hic est sanguis meus. 

¡Ah! Si un bienhechor insigne, para librarnos del deshonor o la esclavitud, hubiese sacrificado una fortuna considerable, ¡qué gratitud tan profunda y rendida no le profesaríamos! Y si, llevando hasta el límite su nobleza y heroísmo, hubiese dado la vida para rescatarnos de la muerte; so pena de ser unos monstruos de ingratitud, repetiríamos a diario y mil veces su nombre; y la vista de su retrato no podría menos de excitar en nuestros corazones una emoción profunda, hija de la más tierna y sincera gratitud. ¡Oh alma mía! Acuérdate, pues, que Jesús se ha entregado por ti, y que para arrancarte de la muerte eterna y abrirte las puertas del paraíso ha derramado hasta la última gota de su sangre. Y esta sangre no se la ha bebido, no, la tierra; sino que fue recogida con celoso cuidado por los ángeles. Vive todavía; está bajo las especies sacramentales; está en el cáliz, después de consagrado. ¡Oh sangre divina, precio de mi salvación, rescate de mis pecados, tesoro de los tesoros; yo me postro ante ti penetrado de la más profunda adoración! ¡Oh sangre de Jesús, te amo con todo el ardor de mi alma; te amo en mi nombre y en el de mis hermanos y en nombre, sobre todo, de los que te olvidan, desdeñan y profanan! 

¡Oh sangre de Jesús, yo quiero recoger ávidamente tus preciosas bendiciones, porque no sólo eres verdadera sangre divina y sangre redentora, sino también, para todos y cada uno de nosotros, la SANGRE POR ESENCIA SANTIFICADORA! 


III 

Lengua de ángel, o tal vez mejor, la misma ciencia divina sería menester para expresar dignamente los maravillosos efectos de esta sangre preciosa. Nosotros sólo podemos rastrear imperfectamente su influencia en el mundo, haciendo notar las transformaciones que realiza y las victorias que sin cesar obtiene. La obra de la santificación del mundo es, en un todo, fruto de su fecunda omnipotencia. 

En el cielo, constituye la felicidad de los elegidos y llena su corazón de inefables alegrías. En el purgatorio, refresca, ilumina, consuela y purifica. En la tierra, provoca el arrepentimiento, obtiene el perdón, suscita toda clase de sacrificios, ánima, presta ayuda a toda buena voluntad, da vida a una incomparable florescencia de buenos deseos, santas resoluciones y actos de salvación. 

Obra por el intermedio de los ángeles, de los sacerdotes, de celestiales inspiraciones, de santas palabras, de buenos ejemplos; por medio de la oración y de los sacramentos. Pero además, y sobre todo, obra inmediatamente por sí misma.

Porque — y bueno es que lo repitamos una y mil veces con todo el reconocimiento de que somos capaces — la tierra tiene siempre y dondequiera esta preciosa sangre en la Eucaristía. ¡Hic est sanguis meus! 

En la Eucaristía, la sangre de Cristo es nuestra protección. ¿Queréis, exclama San Juan Crisóstomo con acento de triunfo, queréis conocer la virtud de la sangre de Cristo? Consideremos el símbolo, recorramos a la figura tal cual nos la proporciona el Antiguo Testamento. A media noche, iba Dios a descargar sobre Egipto aquella décima plaga, que debía acabar con los primogénitos de dicha nación, en castigo de haber retenido prisionero a su pueblo escogido. Más para librar a los israelitas de semejante pena, ya que se hallaban mezclados con los egipcios, les dio un medio a fin de que pudieran distinguirse: ¡medio admirable, prenuncio de lo que después tenía que suceder! El látigo de la cólera divina se cernía ya sobre aquella región, y el ángel exterminador emprendía el vuelo para recorrer las casas y sembrar por doquiera el exterminio y la muerte... Pero he aquí que Dios da orden a Moisés de matar un cordero de un año y rociar con su sangre las puertas de los israelitas. ¿Cómo es posible, oh Moisés, que la sangre de un cordero pueda proteger a hombres dotados de razón? No lo fuera, contesta el hombre que fue brazo del Omnipotente, si no fuese a la vez figura y símbolo de la sangre del Salvador. ¿No veis, con frecuencia, cómo las estatuas de los reyes, inanimadas y sin voz, protegen a los que solicitan su amparo, no porque son de bronce, sino por causa del príncipe que representan? Pues del mismo modo la sangre del cordero, que es un animal sin inteligencia, protegía a los israelitas, no en cuanto era sangre, sino en cuanto representaba la sangre del Cordero divino. En efecto, el ángel encargado de dar cumplimiento a las venganzas del Altísimo, viendo las puertas rociadas con esta sangre libertadora, pasaba de largo sin descargar el golpe. En nuestros tiempos, cuando el demonio ve, no ya la sangre figurativa, sino la sangre profetizada, es decir, la sangre de Cristo; y no sobre las puertas de nuestras casas, sino reverberando en los vasos sagrados de nuestros templos, o enrojeciendo los labios de los fieles, se aterroriza, siéntese cautivo e imposibilitado de hacer daño a los amigos del Salvador. 

En la Eucaristía, y durante la celebración de los santos misterios, gracias a la efusión mística de su sangre redentora y de su inmolación sacramental, consumada en la consagración de las dos especies de pan y de vino por separado, el Salvador nos aplica con infinita sobreabundancia los frutos de su muerte real en el Calvario, y de su inmolación sangrienta en la cruz. ¡Qué adoración tan humilde y abnegada no le debemos por ello! ¡Qué acción de gracias no hemos de tributarle por todos los beneficios que sin cesar recibimos de la liberal mano de Dios! ¡Qué expiación tan eficaz la suya! Como la sangre de Abel, grita también la de Jesús desde el altar; pero es para implorar perdón; es para atraer sobre el mundo toda suerte de gracias y bendiciones. En la Eucaristía, la sangre de Jesucristo nos santifica, sobre todo cuando por medio de la sagrada comunión viene hacia nosotros, se une con nosotros, se hace nuestra divina bebida, y cuando, por decirlo así, llegamos a tener una misma sangre con el Hijo de Dios hecho hombre, concorporei... consanguinei! (15). Durante la pasión, la sangre adorable del Redentor sólo se derramó por tierra y entre sus enemigos y verdugos; pero en la comunión se derrama sobre nuestros pechos. En la cruz obraba de lejos, sea por la distancia de lugar, sea por la de tiempo; pero aquí mana a nuestra vista, cae inmediatamente sobre nuestras almas para enriquecernos con el tesoro incalculable de sus dones celestiales. 

Hónranos de un modo tal, que jamás lengua humana lo podrá encarecer bastante, y nos infunde una vida de inclinaciones y sentimientos totalmente divinos. Revístenos de indomable energía para pelear las batallas de la virtud: ille sanguis valde nos facit audaces (16). Mitiga nuestras penas, nos consuela en las tribulaciones y alienta, en nuestros desmayos: Dedil et tristibus sanguinis poculum (17). Es una fuente de júbilo universal. Cubre de verdores los áridos desiertos de la vida. Hace florecer el yermo, corona de flores las rocas áridas, y embellece y hace grata la soledad más sombría. El gozo humano es una cosa magnífica, un verdadero homenaje de adoración al Criador. Fuera de Dios, no hay belleza que pueda comparársele, si no es el eterno júbilo de los ángeles. Y la sangre divina tiene el don de alegrar: laetificat (18). Es luz que ilumina, voz que alienta, vino que conforta y da brío, leche rebosante de inefables dulzuras, tesoro de méritos incalculables, rocío que admirablemente fecunda la tierra de nuestra alma, remedio eficaz para todas nuestras enfermedades, fuente de gracias con que alcanzar la vida eterna: ¡Sanguis Domini nostri Jesu Christi custodiat animan meam in vitam aeternam! (19). 

¡Oh sangre adorable del Salvador, produce en mí tan saludables efectos! Lávame, purifícame, aliméntame, apaga mi sed, ennobléceme, fortifícame, santifícame! ¡Oh sangre verdadera del Hijo de Dios humanado, inspírame una viva y profunda devoción hacia ti! Concédeme que saque de este culto divino un odio mortal al pecado, una grande estima de los sacramentos y, sobre todo, del sacrificio del altar; dame inteligencia del espíritu de abnegación y sacrificio, ardiente reconocimiento por los augustos misterios de la Redención y de la Eucaristía, una devoción cada vez más tierna hacia la Santísima Virgen, un amor siempre más ardiente y abnegado por todo lo que mira a Dios y a su santa causa. Oh sangre de infinita dignidad! Oh sangre redentora, sangre vivificadora y santificadora: ante ti me postro con el más humilde respeto y el más profundo anonadamiento! A ti mis homenajes de adoración; a ti el reconocimiento de mi alma; en ti mi más absoluta confianza. Sé mi protección durante mi vida, mi consuelo y sostén en la hora de mi muerte. Sé, en fin, mi santificación en la tierra y mi gloria en el paraíso! 


Por dichoso me hubiera tenido de poder recoger y guardar una sola gota de la sangre que brotó de vuestro Corazón; y he aquí que, mediante este Sacramento de amor, recibo en mi baca, en mi Corazón y en mi alma vuestra preciosa sangre, que adoran los ángeles del cielo. ¡Oh Sacramento de amor! ¡Oh cáliz de inefable ternura! 

B. ENRIQUE SUSO

_______________________ 

(1) San Bernardo. 
(2) San Anselmo. 
(3) Pascasio. 
(4) Santo Tomás 
(5) San Isidoro 
(6) San Agustín 
(7) San Jerónimo 
(8) Actas de Santa Inés 
(9) San Gregorio 
(10) Tertuliano 
(11) Faber, La preciosa sangre. 
(12) Hic est calix novum testamentum in sanguine meo (Luc., XXII, 20). 
(13) Hio est enim sanguis meus novi Testamenti (Matth., XXVI, 28). 
(14) Meditaciones sobre el Evangelio, meditación LXI 
(15) San Círilo de Jerusalén, Catech. Myst. 4. 
(16) San Juan Crisóstomo. 
(17) Himno de la Misa del Santísimo Sacramento. 
(18) Faber, La preciosa sangre. 
(19) Orat. Missae ante Commun. 


El PARAISO EN LA TIERRA 
O EL MISTERIO EUCARISTICO 
por Ch. Rolland 
Canónigo titular de Langres, Misionero Apostólico. 
Obra honrada con la bendición de Su Santidad León XIII 
y con la aprobación de numerosos Prelados 
Editado en 1921

jueves, 8 de junio de 2023

EL CUERPO DE JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA

 


Ave, verum corpus natura de Maria Vircrine.

Salve, verdadero cuerpo nacido de la Virgen María.

(Ex sacra Lit.)

 

PRESENCIA REAL: ¡qué abismo de misterios en esta sola palabra! ¡Qué conjunto de resplandores, capaz cada uno de ellos de arrebatar nuestras almas y hacernos prorrumpir en himnos de gratitud en el tiempo y en la eternidad!

La PRESENCIA REAL: es el cuerpo de Jesucristo con nosotros en la Eucaristía;

Es la sangre de Jesucristo con nosotros;

Es el corazón de Jesucristo con nosotros;

Es la divinidad de Jesucristo con nosotros.

Meditemos cada una de estas maravillas.

Y por de pronto, contemplemos, admiremos y amemos esta perla incomparable, este tesoro pre­cioso que se llama el cuerpo de nuestro Señor Je­sucristo en el Santísimo Sacramento. Veamos la devoción que este sagrado cuerpo ha provocado; estudiemos los fundamentos sobre que descansa esta devoción; meditemos de qué manera, si que­remos agradar a Nuestro Señor, debemos nosotros mismos practicarla.

Tras estas consideraciones, no podremos menos de exclamar, conmovidos e inflamados de la más ardiente caridad: «¡Oh verdadero cuerpo, nacido de María Virgen! ¡oh cuerpo divino, honor y ri­queza de la Iglesia! me prosterno ante Vos para consagraros mi alma, mi corazón, mis facultades, mi vida entera y ofrecéroslas en homenaje: Ave, verum corpus natum de Maria Virgine!

I

En uno de los sublimes discursos que pronun­ció el Señor al fin de su vida mortal, durante la Semana Santa, dijo estas palabras: «Donde estuvie­re el cuerpo, allí se congregarán las águilas». Frase misteriosa es ésta a la que han dado los comenta­ristas las más diversas explicaciones; pero, entre todas, una de las más hermosas y que mejor hace a nuestro propósito, es la que enseña que el cuerpo por excelencia, es decir, el cuerpo sagrado de Jesús, con sus poderosos atractivos reúne en torno suyo todo cuanto hay de más ilustre en el mundo, y que los espíritus más distinguidos y los corazones más nobles han sido seducidos por los encantos de la santa Humanidad del Salvador, consagrándole un culto ardentísimo y entusiasta. Ubicumque fuerit corpus, illic congregabuntur et aquilae (1).

En torno del cuerpo sagrado de Jesús veo, por de pronto, un magnífico e inmenso ejército: el de los espíritus angélicos, que, desde el instante de su creación, recibieron la orden de adorar al Verbo encarnado. Cuando en la cuna de Belén aparece el Mesías bajo la forma de un tierno niño, cantan sus gracias y excelencias con inefables transportes de júbilo. Durante su vida mortal, le hacen de es­colta, velan por El, le remueven los obstáculos, y uno de ellos merece la gloriosa misión de sostenerle en el huerto de los olivos, en aquellos momen­tos en que el Señor, sumido en mortal agonía, de­jaba caer en tierra su cuerpo rendido y anegado en sudores de sangre. Una vez resucitado, ellos le acompañaron con himnos de triunfo, el día de la Ascensión, hacia los resplandores de la gloria; y en todos los santuarios rinden incesantes homena­jes a su cuerpo eucarístico. Si el rey Salomón, día y noche, tenía a su lado numerosos guerreros, la flor de su ejército, ¿con cuánta mayor asiduidad y pompa el verdadero Salomón, el Rey de la paz, no estará rodeado de legiones angélicas que con gozo indecible desempeñan el noble oficio de guardias de corps de nuestro buen Jesús? Illic congregabun­tur et aquilae!

Durante los treinta y tres años que duró la vida mortal de Jesucristo en la tierra, los hombres emu­laron con los ángeles en el afecto y veneración para honrar su sagrado cuerpo. ¡Oh, con qué éxtasis de amor su augusta madre María le procuraba ali­mentos y vestidos, lo tomaba en sus brazos, lo cu­bría de besos, contemplaba su radiante rostro y escuchaba sus inefables palabras! ¡Qué muestras de afecto no le prodigaba San José, y cómo lo col­maba de caricias! ¡Con qué reverencia se postraron­ a sus pies los pastores y los Magos! Quién podrá expresar lo que sintió el alma del anciano Simeón cuando, por un privilegio excepcional y tras ardientes y prolongados deseos, le cupo la dicha no sólo de ver al Mesías, sino de tenerlo en sus brazos! Enajenado por su celestial amor, esti­ma que nada agradable puede ya encerrar para él la tierra, ni espectáculos magníficos que proponer­le, y por esto exclama: «i Ahora, Señor, podéis dejar morir en paz a vuestro siervo, porque mis ojos han visto vuestra salud, la luz de las naciones, la gloria de Israel!» Y los doctores del templo que pasmados admiraban la actitud y las respuestas del Niño Dios; los pequeñuelos de Israel que, atraídos como por un imán irresistible, corrían hacia el Salvador para recibir sus bendiciones ; las muchedumbres que se le juntaban y seguían al desierto, olvidándose aun de la comida por el afán de oírle, fascinadas por la majestad y dulzu­ra de sus miradas y por las palabras de gracia que brotaban de sus labios; las piadosas mujeres que con tanta generosidad atendían a que nada le fal­tara; Santa María Magdalena, que llenaba de per­fumes sus pies y su cabeza; Zaqueo, que se sentía dichosísimo de poder sentarlo a su mesa; San Juan, cuyas más finas delicias eran descansar so­bre su pecho; Lázaro y sus hermanas, que con tanto gozo lo acogían en su casa; José de Arimatea y Nicodemo, que con tanta piedad le prestaron los últimos auxilios, embalsamándolo con mirra y aromas preciosos antes de depositarlo en el sepul­cro: ¡qué modelos tan hermosos todos ellos de devoción al cuerpo sagrado de Nuestro Señor! ¡Qué grandeza de espíritu la de estos santos personajes, que con tanto afecto sirven y adoran la sagrada humanidad de Jesucristo! Illic congre­gabuntur et aquilae!

Después de mil tormentos sufridos por nuestra salud, Jesús subió a los cielos para tomar pose­sión de la gloria que tenía merecida; de modo que aquel cuerpo, ayer humillado, desgarrado e inmo­lado, hoy vive y reina glorioso a la diestra de Dios. Pero ¡oh prodigio de su inmensa bondad! de tal modo se va al cielo, que también se queda con nos­otros: su cuerpo está a la vez a la derecha de Dios, su Padre, y en la Eucaristía. Y siendo así, ¿será justo que carezca de honores el cuerpo eucarístico de Jesús? ¡No lo permita Dios! La Iglesia, deposi­taria de todo lo verdaderamente grande y noble de la humanidad, ha proveído por modo excelente a los honores que deben tributarse, a su sagrada humanidad. Ella sola explica el que haya templos tan magníficos, altares y tabernáculos tan suntuo­sos, fiestas religiosas tan solemnes, sacerdotes tan puros y santos, y finalmente tantas y tan fervoro­sas conversiones. Para ella sola se ha instituido la ceremonia más pomposa y la procesión más es­pléndida. Porque en la Eucaristía ve la Iglesia al Verbo de Dios, al Emmanuel, al Dios con nosotros; pero también, y de un modo particular, al cuerpo sagrado de Jesús, para el que tiene instituidos ho­nores especialísimos. La fiesta de que acabo de hablar, se llama en la liturgia CORPUS CHRISTI. II& congregabuntur et aquilae!

Pero hay algo más y mejor todavía! El mismo Jesucristo es quien, con su ejemplo, nos enseña el modo de honrar su sagrado cuerpo. Vedlo si no. En la antigua ley, hablando por boca de uno de sus profetas, deplora la ineficacia de las víctimas del sacerdocio aarónico para satisfacer plenamen­te a la divina justicia y santificar a los elegidos. Pero de repente se alza alborozado y lleno de santo orgullo, y ofrece a su Padre un remedio a la penu­ria que asola la tierra: señálale una hostia viva y vivificadora, santa y santificadora. ¿Cuál? Su propio cuerpo! «Oh Dios, dice, los holocaustos y las víctimas por el pecado no os han sido gratos; pero me habéis dado un cuerpo que lo reparará, santificará y rescatará todo, corpus autem aptasti mihi» (2). Ha llegado ya la plenitud de los tiempos; presente está el momento, con tantas ansias apete­cido, de la restauración universal; el Verbo va a dar una muestra magnífica de su poder, prudencia y bondad para salud del mundo. Y ¿qué hará?

Tomará un cuerpo, a fin de atesti­guamos su amor mediante el parecido que va a tener con nosotros: el amor se basa en la igualdad o la establece; se abaja hasta nuestra mortalidad para elevarnos a los resplandores de su divinidad: Et Verbum caro factum est! (3) Tomará un cuerpo, a fin de poder expiar, en su carne, las faltas que nuestra carne ha hecho cometer al espíritu, vinien­do de este modo la reparación por aquello mismo que fue origen de nuestra ruina: Et Verbum caro factum est! Cuando, próximo ya a la muerte, quiso dejarnos un recuerdo, como Dios sólo sabe darlo a los que ama, no encontró cosa mejor que su propio cuerpo. No hay duda que, al entregárnoslo vivo e inmortal, nos hacen también donación de sus méri­tos, de su divinidad, de su persona sagrada; pero lo que ante todo y especialmente nos da es su cuer­po: ¡tanto estima y aprecia los servicios que éste le prestó cuando quiso manifestarnos las invencio­nes de su bondad! Lo que inmediatamente pro­ducen las palabras del gran sacramento es su sagrado cuerpo: - «Este es mi cuerpo»; las rique­zas, los resplandores que encierra, fluyen por vía de consecuencia, y por concomitancia los posee­mos: Hoc est corpus meum! (4). Finalmente, que­riendo dar a su cuerpo una gloria completa, no se contenta con la sublime exaltación, tan maravillosa por cierto, del paraíso, sino que a ella añade las glorificaciones de la Eucaristía. Una de las causas por que quiso que su cuerpo estuviera presente en la Hostia es para tributarle más perfecto honor: Hoc est corpus meum!. En efecto, como nota muy bien Santo Tomás, por la Eucaristía, la sagrada humanidad del Salvador se hace presente a la vez en millares de sitios: privilegio especialísimo que no conviene a ninguna criatura, y con esto se allega en algo a la inmensidad de Dios; favor que equi­vale a recibir diversas veces el ser y la vida. Ahora bien, como la vida de esta sagrada humanidad es una vida bienaventurada, rebosante de placeres in­finitos por la visión beatífica y la felicidad de que disfruta, a medida que dicha humanidad se va ha­ciendo presente en un nuevo sitio se reproduce con ella su vida bienaventurada y sus inenarrables de­licias. De suerte que, si vale la expresión, es tantas veces bienaventurada cuantas son las que se ha multiplicado su presencia mediante la consagra­ción de los sacerdotes que tienen el poder de tro­car en su substancia el pan y el vino. Hoc est cor­pus meum!

¡Oh, culto magnífico el tributado al sagrado cuerpo de Jesús! ¿No es verdad que la ley antigua y la nueva, que el cielo y la tierra, los ángeles y los hombres, el Criador y la criatura, se han dado cita para honrarlo: Ubicumque fuerit corpus iltic con­gregabuntur et aquilae? Además los fundamentos de este culto son admirablemente hermosos. Repa­sémoslos, y juntamente, con todo el ardor de nues­tra alma, exclamemos con respeto y admiración: «Honor y gloria al cuerpo santísimo de nuestro Salvador. Ave verum corpus natum de Maria Virgine!»

II

El sagrado cuerpo de Jesucristo en la Eucaris­tía, es acreedor a todos nuestros homenajes a causa de su amabilidad y atractivo, de su soberana gran­deza y de su omnipotente eficacia.

I «De tal manera hemos sido formados, dice muy justamente un célebre orador (el P. Lacor­daire), que no nos seduce lo que es puro espíritu, precisamente porque nosotros tampoco lo somos; y por otra parte, lo que sólo es visible y tangible, o sea únicamente cuerpo, nos cautiva poco, porque, aunque imperfecto, tenemos un espíritu y éste nos encumbra demasiado para que pueda verdadera­mente interesarnos y seducirnos lo que no es sino un poco de polvo más o menos colorado. Es me­nester que haya un alma transparentada en el cuerpo, y un cuerpo unido a un alma. Cuando con­curren estas dos circunstancias, al punto se susci­ta en nosotros ese sentimiento que apellidamos amor. En el rostro del hombre, en esta parte del cuerpo que permanece siempre alta y visible a todos, es donde brilla dicha amalgama misteriosa de espíritu y materia, haciéndonos vislumbrar en la frente, en los labios y en los ojos, además de la configuración exterior, algo de saliente, algo que suavemente resalta y que, además de conmo­ver la parte exterior de nosotros mismos, hace arder en nuestro interior lo que hay de más recón­dito y profundo.»

Pues bien, en la Eucaristía está contenido el cuerpo de Jesucristo, verdadero cuerpo como el nuestro y obra maestra de la creación; cuerpo ani­mado por el alma más santa y más excelsa que existió jamás; cuerpo lleno de los más amables encantos, radiante de gracia; bondad y benignidad. Sí, Jesús está en la Eucaristía con aquella mis­ma frente majestuosa y augusta que a las muche­dumbres de Jerusalén imponía un respeto lleno de amor; con aquel rostro tan bueno que encantaba y seducía aun a los niños; con aquellos ojos tan misericordiosos y profundos que penetraban hasta el fondo de los corazones y los cautivaban con un santo e irresistible atractivo; con aquellos labios que fluían gracia y dulzura; con aquellas manos que distribuían beneficios con tan caritativa pro­digalidad; con aquellos pies que lo llevaban don­dequiera que hubiese miserias que consolar. Ver­dad es que este cuerpo tan perfecto ha sido des­figurado con golpes, azotes y clavos; pero esto no ha hecho sino añadirle una nueva belleza: ¡la belleza del sacrificio, del combate y de la victoria! Hoy estas llagas brillan con una luz más resplan­deciente que la de los astros, in carne Christi vulnera micare sicut sidera (5). Y este cuerpo de Jesús, con todas sus amabilidades, atractivos y esplendores, es el que se nos ha dado en la Euca­ristía y tenemos presente en el Tabernáculo. El mismo Salvador es quien lo afirma: He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos; Ecce ego vobiscum sum! (6)

II. Pero a los atractivos de la más exquisita hermosura, se unen las magnificencias de la gran­deza más sublime.

En la Eucaristía, el cuerpo de Jesús es un cuer­po glorificado y, como tal, posee cuatro cualidades inefables. Es más brillante que mil soles; y si en el sacramento vela sus fulgores, es por amor nuestro, para no amedrentarnos ni alejarnos de sí. Está todo espiritualizado, y puede atravesar, sin rom­perlos, los cuerpos más duros, a semejanza de la luz que atraviesa un cristal dejándolo intacto. Más raudo que el relámpago, puede trasladarse de un lugar a otro con celeridad increíble. No está ya sujeto al sufrimiento ni a la muerte, y es modelo de los cuerpos que han de resucitar a la vida de la gloria.

En la Eucaristía tiene, además, el cuerpo del Salvador todas las excelencias del milagro. Verda­deramente todo él es milagroso y un supremo pro­digio. «En cada pequeña hostia que nosotros con­templamos, se amontonan prodigios mucho mayo­res en número que los astros que llenan el espacio, y más portentosos que el mismo acto de la creación que les dio vida) (7) ¡Qué milagros no encierra el que la substancia del pan y del vino se truequen en el cuerpo y sangre de Jesucristo! ¡que las, apa­riencias de pan y de vino permanezcan sin apoyo, después de desaparecida su substancia! ¡que el cuerpo de Cristo esté tan realmente en nuestras iglesias como en el cielo! ¡que se multiplique en una infinidad de lugares! ¡que conserve, bajo las especies, todas sus cualidades corporales de una manera espiritual, y que se retire de dichas espe­cies cuando éstas se corrompen!

Finalmente, y atendiendo todavía a la grandeza del portento, en la Eucaristía el cuerpo de Jesu­cristo es el CUERPO DE Dios. ¡Oh alma mía, qué palabra!: ¡el cuerpo de Dios! ¡Qué sima de grandezas no encierra esta frase! Pero ¿será verdad que puedan hermanarse estas dos ideas? Oh, sí: misterio de misterios, no puede dudarse; pero al mismo tiempo preciso es confesarlo también sin hesitaciones, como una realidad indubitable: Ver­bum caro factum est! ¿Será, pues, verdad que po­seemos el cuerpo de Dios? Sí, es cierto, y demos por ello al Señor infinitas gracias. Dios y hombre es el que dijo, tomando el pan en sus manos «¡Este es mi cuerpo; haced esto en memoria de Mí» Dios y hombre es el que exclamó: «He aquí que estoy con vosotros todos los días hasta la con­sumación de los siglos, Ecce ego vobiscum sum!),

III. Otro motivo que nos toca de cerca, y que poderosamente debe incitarnos a venerar el sa­grado cuerpo de Jesús en el Santísimo Sacra­mento, son los bienes preciosos e innumerables que Dios nos comunica por su medio. ¡Cuán des­agradecidos seríamos si no le tributáramos un culto particular!

Este sagrado cuerpo del Salvador, que está pre­sente en nuestros altares, recluido en un copón de oro y prisionero de amor en el tabernáculo, nos protege y alimenta con su vida divina, nos con­suela, nos enseña las virtudes más preciosas y necesarias y nos llena de la más fortalecedora es­peranza.

«Mi carne verdaderamente es comida, dijo el Señor, y mi sangre verdaderamente es bebida; si no comiereis mi carne y no bebiereis mi sangre, no tendréis vida en vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él, vive por Mí para la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día». Ahora bien, ¡la carne y la sangre de Jesús están en su cuerpo sagrado presente en la Eucaristía! Caro mea vere est cibus et sanguis meas vere est potus! (8).

Dándonos en el altar su sagrado cuerpo, se hace el buen Jesús el remedio de nuestras enfermedades espirituales y corporales, y nos asiste para que ha­gamos con toda felicidad el tránsito de esta vida a la eterna. Perceptio corporis prosit mihi ad tutamentum mentis et corporis el ad medelam percipiendam (9).

Con la inmolación de su sacratísimo cuerpo, he­cha mediante la consagración separada del pan y del vino, ofrece Jesús el augusto sacrificio que adora, da gracias, expía y suplica con incomparable eficacia. Hoc est corpus meum... hic est sanguis meus!

Con la representación de su cuerpo sagrado, tan puro, tan santo, tan mortificado, predícanos el Señor, muy elocuentemente, la pureza, la santidad, la mortificación, la penitencia, la generosidad en el servicio de Dios y del prójimo. Corpus quod pro vobis tradetur! (10).

Finalmente, con la presencia real de su cuerpo adorable, nos excita a estar en la iglesia con el más profundo recogimiento; nos da ánimo en las luchas que hemos de sostener contra el demonio; nos infunde la firmísima esperanza de que obtendremos la bienaventuranza del cielo. ¿Por qué desesperar de poder vivir un día con los ángeles y como ellos contemplar la esencia divina, si acá abajo tenemos ya la dicha de vivir con Jesucristo? ¿Cómo es posible que el que se da en alimento, rehusé mostrarse al descubierto, o se niegue a dejarse contemplar en el divino éxtasis del paraíso? Iesu, quem velatum nune aspicia... viso sim beatos tuae gloriae! (11).

¡Oh vosotros, los que os sentís conmovidos ante, la belleza, bondad, grandeza y generosidad, prestad oído atento a mi voz ¡ Oh vosotros los que, por la luz de vuestro espíritu y los sentimientos de vuestro corazón, habéis sido elevados, mediante la gracia de Dios, sobre las bajezas del error, del mundo de la materia y de las abyecciones del egoísmo, rodead el sagrado cuerpo del Salvador: ubicumque fuerit corpus illic congregabuntur et aquilae! Venid a darle gloria y a ofrecerle los homenajes de la más ardiente devoción, mezclando vuestras voces para ensalzar lo que el cielo y la tierra tienen de más noble y sublime: Ave, verum corpus natum de Maria Virgine!

III

Pero ¿qué actos prescribe esta santa y saludable devoción hacia el sagrado cuerpo de Jesús en la Eucaristía?

I. El primero es un profundo respeto que llegue hasta la adoración. Se Veneran las reliquias de los Santos por pertenecer a cuerpos que han sido templos del Espíritu Santo; porque Dios obra milagros por su mediación, y porque un día deben tornar a la vida y florecer en el cielo. ¡Qué diferencia entre las reliquias de los Santos y el cuerpo de Jesús-Hostia, resucitado, vivo y glorioso, custodia del alma más sublime y santa, tabernáculo de la divinidad y unido hipostáticamente con el Verbo! Se veneran las últimas disposiciones de un amigo, de un padre o de una madre moribundos; pues bien, el cuerpo de Jesús es el legado divino que el Salvador nos dio la víspera de su muerte. Se veneran en Palestina los privilegiados lugares, testigos de las acciones de Jesús y que El holló con sus divinas plantas; pero ¿qué abismo no media entre las lejanas y fugitivas huellas del cuerpo de Jesús y su mismo cuerpo sagrado? Adoremos este divino cuerpo; penetrémonos de aquellos sentimientos de profundo respeto que animaban a los pastores, a los Magos y a los ángeles de Belén. Adorémosle sobre el altar, en el tabernáculo, y dentro de nuestro corazón, cuando nos cupiere la dicha de poder comulgar. Adorémosle con los que le adoran; adorémosle para reparar los ultrajes que le infligen los herejes con sus negaciones, los impíos con sus blasfemias; y al mismo tiempo por las irreverencias de miles y miles de cristianos tibios e irreflexivos. Adorémosle con la íntima persuasión de que Jesús nos ve, de que su corazón siente muy vivamente así los homenajes de los que le son fieles, como los insultos de los impíos.

II. Pero procuremos que nuestro respeto vaya siempre acompañado de amor. ¡Oh, sí; devolvamos a Jesús, en su sagrado cuerpo, amor por amor! Por amor nos dio su cuerpo en su último testamento; por amor multiplica hasta lo infinito su presencia en la tierra, a trueque de las mayores humillaciones, y por amor ha querido ser el instrumento más activo de nuestra santificación. ¡Amémosle, pues, con todo el afecto de nuestra alma! Reiterémosle las pruebas de nuestro afecto; empleemos para con El todas las formas del amor: el amor de los labios, alabando y bendiciendo el sagrado cuerpo de Jesús con entusiastas cánticos; el amor de la inteligencia, considerando con afecto su amabilidad, bondad y grandeza; el amor del corazón, adhiriéndonos a El sobre todo para imitar las virtudes que de un modo especial nos predica; el amor del cuerpo, prosternándonos delante de Él; el amor de los bienes exteriores, esforzándonos, según nuestros recursos, en fomentar el decoro, el ornato de los sagrarios, templos, vasos sagrados y demás objetos del culto. Amémosle un poco, también, como la Santísima Virgen, como San José, la Magdalena o San Juan.

III Al respeto y al amor unamos todavía una confianza ilimitada. El sagrado cuerpo de Jesús es para nosotros, y mejor todavía, lo que para el pueblo de Israel fue el arca de la alianza, la columna de nube y el propiciatorio. Es el arco iris de la reconciliación, es el pararrayos que nos protege contra los rayos de la justicia divina, la fuente de los bienes celestiales, el remedio de todas nuestras enfermedades físicas y morales y el trono de la misericordia. Corramos, pues, con presteza, hacia esta fuente de vida; acerquémonos con confianza a este trono de gracia. En todas nuestras necesidades, recorramos a Jesús-Hostia, nuestro hermano por su santa humanidad, nuestro soberano y omnipotente bienhechor por su divinidad. Ayudados por el influjo poderoso de su sagrado cuerpo, elevémonos hacia las sublimes regiones de la verdad y de la caridad, ubicumque fuerit corpus illic congregabuntur et aquilae!

¡Oh sagrado cuerpo de mi Salvador! Yo te adoro en el Santísimo Sacramento, te amo y acudo a ti. I Oh carne divina de mi Jesús, más pura que los ángeles, principio de gracia, de vida, de fortaleza y de pureza, yo me entrego a ti! ¡Oh carne pura y santa, toca la mía, frágil y pecadora; cúrala de todas sus debilidades y achaques; purifícala de todas sus manchas y fabrícate en ella un santuario digno de ti! ¡Carne adorable, formada de la más pura sangre de María para llevar al cabo mi salud con la cooperación del Espíritu Santo, reforma la mía e imprime en ella tu imagen! ¡Carne de mi Jesús, ensangrentada y cruelmente desgarrada por amor mío, fortifica la mía y alcánzame que pueda soportar todos cuantos contratiempos y penas exigieren mis pecados y tu amor! Por fin, puesto que no puedo hartarme, por la emoción y la gratitud que embargan mi alma, de repetir este grito, yo te saludo en la Eucaristía, oh verdadero cuerpo de Jesús, nacido de María Virgen. Verdaderamente has sufrido y verdaderamente has sido inmolado sobre la cruz por mi salvación. De tu costado abierto por la lanza brotó agua y sangre. ¡Oh Al llegar la hora de mi muerte, te suplico que me permitas recibirte en la sagrada Eucaristía. ¡Oh Jesús dulce, oh Jesús bueno, oh Jesús hijo de la Virgen María, tened piedad de nosotros!

 

¡Grande es la dignidad del sacerdote en cuyas manos se encarna de nuevo Jesucristo; grande es la dignidad de los fieles, para cuya salud el Verbo hácese místicamente carne todos los días! ,

SAN AGUSTÍN.

 

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(1) Luc., XVII, 37.

(2) Hebr., X, 5. Tomará un cuerpo, se hará hombre, se revestirá de la librea de nuestra mortalidad. Et Verbum caro factum est.

(3) Joan., I, 14.

(4) Marth., XXVI, 26.

(5) IIymn. Aseensionig.

(6) Matth., XXVIII, 93.

(7) R. P. Da1eirus : De la Sainte Communion.

(8) Joan., VI, 56.

(9) Orat. Misma post Commun 

(10) I Cor., XI, 24.

(11) Himno de Santo Tomás de Aquino.

 

El PARAISO EN LA TIERRA

O EL MISTERIO EUCARISTICO

por Ch. Rolland 

Canónigo titular de Langres, Misionero Apostólico.

Obra honrada con la bendición de Su Santidad León XIII

y con la aprobación de numerosos Prelados

Editado en 1921