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jueves, 21 de mayo de 2026

Aberraciones postconciliares

 

Bergoglio con los paganos.



Bergoglio con la estatua de Lutero en el Vaticano.



Bergoglio y el transexual Diego Neria



Bergoglio con tiara de globos



Bergoglio con férula sin Crucifijo



Bergoglio recibiendo la bendición de obispo anglicano.


Bergoglio con el patriarca Bartolomé.



Bergoglio con paganos brasileños.


martes, 12 de agosto de 2025

San Atanasio sobre la Fe y los templos



Ellos entonces poseen los templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues ¿qué es más importante, el templo o la Fe? y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia. 

San Atanasio el Grande. Carta del año 356, Patrología Griega, tomo 26, col. 118/90. 

Nota:
Aquí San Atanasio se refiere a los herejes arrianos que se habían apoderado de los templos, esto mismo se puede aplicar en nuestros días a los herejes modernistas que ocupan nuestros templos.

sábado, 29 de junio de 2024

YO ACUSO de monseñor Carlo Maria Viganò. Errores y herejías de Bergoglio hacen nula su elevación al Trono de Pedro. Por Arzobispo Carlo Maria Viganò.

 









YO ACUSO

Declaración de S. E. Monseñor Carlo Maria Viganò,

Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico

sobre la acusación de cisma


“Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo

os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado,

¡sea anatema!

Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito:

Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido,

¡sea anatema!

(Gal 1, 8-9)


Cuando pienso que estamos en el palacio del Santo Oficio, testigo excepcional de la Tradición y de la defensa de la Fe católica, no puedo evitar pensar que estoy en mi casa, y que soy yo, a quien llamáis ‘el tradicionalista’, quien debe juzgaros”. Así se expresó el arzobispo Marcel Lefebvre en 1979, convocado al ex Santo Oficio, en presencia del prefecto cardenal Šeper y de otros dos prelados.

Tal como declaré en el Comunicado del pasado 20 de junio, no reconozco la autoridad ni del tribunal que pretende juzgarme, ni de su Prefecto, ni de quienes lo nombraron. Esta decisión mía, ciertamente dolorosa, no es fruto de la precipitación ni de un espíritu de rebelión, sino que está dictada por la necesidad moral que, como Obispo y Sucesor de los Apóstoles, me obliga en conciencia a dar testimonio de la Verdad, es decir, de Dios mismo, de Nuestro Señor Jesucristo.

Afronto esta prueba con la determinación que me da el saber que no tengo ningún motivo para considerarme separado de la comunión con la Santa Iglesia y con el Papado, a los que siempre he servido con devoción y fidelidad filiales. No podría concebir un solo momento de mi vida fuera de esta única Arca de salvación, que la Providencia ha constituido como Cuerpo Místico de Cristo, en sumisión a su Cabeza divina y a su Vicario en la tierra.

Los enemigos de la Iglesia católica temen el poder de la Gracia que actúa a través de los Sacramentos y especialmente el poder de la Santa Misa, terrible katèkon que frustra muchos de sus esfuerzos y gana para Dios tantas almas que de otro modo se condenarían. Y es precisamente esta conciencia del poder de la acción sobrenatural del Sacerdocio católico en la sociedad lo que está en el origen de su feroz hostilidad a la Tradición. Satanás y sus secuaces saben muy bien la amenaza que supone la única Iglesia verdadera para su plan anticristiano. Estos subversivos -a quienes los Romanos Pontífices han denunciado valientemente como enemigos de Dios, de la Iglesia y de la humanidad- son identificables en la inimica vis, la Masonería. Ésta se ha infiltrado en la Jerarquía y ha logrado que ésta deponga las armas espirituales de las que disponía, abriendo las puertas de la Ciudadela al enemigo en nombre del diálogo y de la fraternidad universal, conceptos que precisamente son intrínsecamente masónicos. Pero la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su divino Fundador, no dialoga con Satanás: lo combate…


Las causas de la crisis actual

Como ha puesto en evidencia Romano Amerio en su fundamental ensayo Iota unum, esta entrega cobarde y culpable comenzó con la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II y con la acción clandestina y muy organizada de clérigos y laicos vinculados a las sectas masónicas, encaminada a subvertir lenta pero inexorablemente la estructura de gobierno y de magisterio de la Iglesia para demolerla desde dentro. Es inútil buscar otras razones: los documentos de las sectas secretas prueban la existencia de un plan de infiltración concebido en el siglo XIX y llevado a buen término un siglo después, exactamente en los términos en que había sido pensado. Análogos procesos disolventes se habían producido anteriormente en el ámbito civil, y no es casualidad que los Papas supieran ver la labor disgregadora de la Masonería internacional en los levantamientos y en las guerras que ensangrentaron las naciones de Europa.

A partir del Concilio, la Iglesia se ha convertido entonces en portadora de los principios revolucionarios de 1789, como han admitido algunos de los partidarios del Vaticano II y como lo ha confirmado el aprecio, por parte de las logias, de todos los Papas del Concilio y del postconcilio, precisamente por los cambios que los francmasones venían invocando desde hacía tiempo.

El cambio, o mejor dicho, el aggiornamento, ha sido tan central en la narrativa del Concilio como para constituir la marca distintiva del Vaticano II y situar esta asamblea como el terminus post quem que sanciona el fin del ancien régime -el de la “vieja religión”, el de la “Misa vieja”, del “preconcilio”- y el comienzo de la “Iglesia conciliar”, con su “nueva Misa” y la relativización sustancial de todo los Dogmas. Entre los partidarios de esta revolución aparecen los nombres de quienes hasta el pontificado de Juan XXIII habían sido condenados y apartados de la enseñanza por su heterodoxia. La lista es larga e incluye también a ese Ernesto Buonaiuti, excomulgado vitandus, amigo de Roncalli, que murió impenitente en la herejía y a quien hace pocos días el Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Matteo Zuppi, conmemoró con una Misa en la catedral de Bolonia, según informa con énfasis mal disimulado Il Faro di Roma (aquí): “Casi ochenta años después, un cardenal completamente en línea con el Papa se estrena precisamente con un gesto litúrgico que tiene en todos los sentidos el sabor de la rehabilitación. O al menos de un primer paso en esa dirección”.


La Iglesia y la anti iglesia

Estoy, pues, citado ante el tribunal que ha tomado el lugar del Santo Oficio para ser juzgado por cisma, mientras el jefe de los obispos italianos -enumerado entre los candidatos papales y completamente en línea con el Papa– celebra ilícitamente una Misa de sufragio por uno de los peores y más obstinados exponentes del Modernismo, contra el cual la Iglesia -aquella de la que, según ellos, yo sería separado- había pronunciado la más severa sentencia de condena. En 2022, en el diario Avvenire de la CEI, el profesor Luigino Bruni tejía el panegírico del Modernismo en estos términos: […] “un proceso de renovación necesario para la Iglesia católica de su tiempo, todavía impermeable a los estudios críticos sobre la Biblia que desde hacía muchas décadas estaban surgiendo en el mundo protestante. Aceptar los estudios científicos e históricos sobre la Biblia era para Buonaiuti el camino principal para el encuentro de la Iglesia con la modernidad. Un encuentro que, en cambio, no se produjo, porque la Iglesia católica seguía dominada por los teoremas de la teología neoescolástica y bloqueada por el miedo contrarreformista a que los vientos protestantes pudieran invadir finalmente el cuerpo católico”.

Bastarían estas palabras para hacer comprender el abismo que separa a la Iglesia católica de la que la sustituyó con el Concilio Vaticano II, cuando los vientos protestantes invadieron finalmente el cuerpo católico. Este último episodio no es más que el último de una serie interminable de pequeños pasos, de silenciosas aquiescencias, de guiños cómplices con los que las más altas esferas de la Jerarquía Conciliar han hecho posible el tránsito “de los teoremas de la teología neoescolástica” -es decir, de la formulación clara e inequívoca de los Dogmas- a la actual apostasía. Nos encontramos en la situación surrealista en la que una Jerarquía se define católica y, por lo tanto, exige obediencia por parte del cuerpo eclesial, mientras que al mismo tiempo profesa doctrinas que antes del Concilio la Iglesia había condenado; y condena como heréticas a doctrinas que hasta entonces habían sido enseñadas por todos los Papas.

Esto sucede cuando se quita lo absoluto a lo Verdadero y se lo relativiza, adaptándolo al espíritu del mundo. ¿Cómo actuarían hoy los Papas de los últimos siglos? ¿Me considerarían culpable de cisma, o más bien condenarían a quien pretende ser su Sucesor? Junto conmigo, el sanedrín modernista juzga y condena a todos los Papas católicos, porque la Fe que ellos defendieron es la mía; y los errores que Bergoglio defiende son los que ellos, sin excepción, condenaron.


Hermenéutica de la ruptura

Me pregunto entonces: ¿qué continuidad puede darse entre dos realidades opuestas y contradictorias entre sí? Entre la Iglesia conciliar y sinodal de Bergoglio y la “bloqueada por el miedo contrarreformista” de la que se distancia ostensiblemente? ¿Y de qué “Iglesia” estaría en estado de cisma, si la que se dice católica se diferencia de la verdadera Iglesia precisamente en su predicación de lo que aquélla condenaba y en su condena de lo que ésta predicaba?

Los seguidores de la “Iglesia conciliar” responderán que ello se debe a la evolución del cuerpo eclesial en una “renovación necesaria”; mientras que el Magisterio católico nos enseña que la Verdad es inmutable y que la doctrina de la evolución de los dogmas es herética. Dos Iglesias, ciertamente: cada una con sus doctrinas, sus liturgias y sus santos; pero para el católico la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica; para Bergoglio, la Iglesia es conciliar, ecuménica, sinodal, inclusiva, inmigracionista, eco-friendly y gay-friendly.


La Autodestitución de la jerarquía conciliar  

¿La Iglesia habría entonces comenzado a enseñar el error? ¿Podemos creer que la única Arca de salvación es al mismo tiempo un instrumento de perdición para las almas? ¿Que el Cuerpo Místico se separa de su Cabeza divina, Jesucristo, rompiendo así la promesa del Salvador? Evidentemente, esto no puede ser admisible y quienes lo sostienen caen en la herejía y en el cisma. La Iglesia no puede enseñar el error, ni su Cabeza, el Romano Pontífice, puede ser a la vez hereje y ortodoxo, Pedro y Judas, en comunión con todos sus Predecesores y al mismo tiempo en cisma con ellos. La única respuesta teológicamente posible es que la Jerarquía conciliar, que se proclama católica pero abraza una fe diferente de la enseñada sistemáticamente durante dos mil años por la Iglesia católica, pertenece a otra entidad y, en consecuencia, no representa a la verdadera Iglesia de Cristo.

A quienes me recuerdan que el arzobispo Marcel Lefebvre nunca llegó a cuestionar la legitimidad del Romano Pontífice, aun reconociendo la herejía e incluso la apostasía de los Papas conciliares -como cuando exclamó: “¡Roma ha perdido la Fe! Roma está en apostasía!”- les recuerdo que en los últimos cincuenta años la situación ha empeorado dramáticamente y que muy probablemente este gran Pastor actuaría hoy con igual firmeza, repitiendo públicamente lo que entonces decía sólo a sus clérigos: “En este concilio pastoral, el espíritu del error y de la mentira ha podido obrar a sus anchas, colocando por doquier bombas con retardo que harán estallar las instituciones a su debido tiempo” (Principes et directives, 1977). Y también: “Quien está sentado en el trono de Pedro participa en cultos de falsos dioses. ¿Qué conclusión debemos sacar, quizá dentro de unos meses, frente a estos reiterados actos de comunicación con los falsos cultos? No lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que nos veamos obligados a creer que el Papa no es Papa. Porque a primera vista me parece -todavía no quiero decirlo de manera solemne y pública- que es imposible que sea Papa quien es hereje pública y formalmente” (30 de marzo de 1986).

¿Por qué entendemos que la “Iglesia sinodal” y su líder Bergoglio no profesan la fe católica? Por la adhesión total e incondicional de todos sus miembros a una multiplicidad de errores y herejías ya condenados por el Magisterio infalible de la Iglesia católica y por su ostensible rechazo de toda doctrina, precepto moral, acto de culto y práctica religiosa no sancionada por “su” Concilio. Ninguno de ellos puede en conciencia suscribir la Profesión de Fe Tridentina y el Juramento Antimodernista, porque lo que ambos expresan es exactamente lo contrario de lo que el Vaticano II y el llamado “magisterio conciliar” insinúan y enseñan.

Dado que no es teológicamente sostenible que la Iglesia y el Papado sean instrumentos de perdición y no de salvación, debemos concluir necesariamente que las enseñanzas heterodoxas transmitidas por la llamada “Iglesia conciliar” y los “Papas del Concilio” desde Pablo VI en adelante constituyen una anomalía que pone seriamente en duda la legitimidad de su autoridad magisterial y de gobierno.


El uso subversivo de la Autoridad

Debemos comprender que el uso subversivo de la autoridad en la Iglesia con vistas a su destrucción (o a su transformación en una Iglesia distinta de la querida y fundada por Cristo) constituye en sí mismo un elemento suficiente para dejar sin efecto la autoridad de este nuevo sujeto que se ha superpuesto dolosamente a la Iglesia de Cristo usurpando su poder. Por eso no reconozco la legitimidad del Dicasterio que me juzga.

Las modalidades con las que se llevó a cabo la acción hostil contra la Iglesia Católica confirma que fue planificada y deseada, porque de lo contrario los que la denunciaban habrían sido escuchados y los que cooperaban con ella se habrían detenido inmediatamente. Ciertamente, con los ojos de la época y la formación tradicional de la mayoría de los Cardenales, Obispos y Clérigos, el “escándalo” de una Jerarquía que se contradecía a sí misma aparecía como una enormidad tal que indujo a muchos Prelados y clérigos a no querer que fuera posible que los principios revolucionarios y masónicos pudieran encontrar aceptación y promoción en la Iglesia. Pero éste fue el golpe maestro de Satanás -como lo llamó el arzobispo Lefebvre-, que supo aprovechar el connatural respeto y amor filial de los católicos por la sagrada autoridad de los Pastores para inducirles a anteponer la obediencia a la Verdad, quizá con la esperanza de que un futuro Papa pudiera sanar de algún modo el desastre que se había producido y cuyos resultados perturbadores ya podían preverse. Esto no sucedió, a pesar de que algunos habían dado valientemente la voz de alarma. Y yo mismo me cuento entre los que en aquella fase convulsa no se atrevieron a oponerse a errores y desviaciones que aún no habían mostrado plenamente su valor destructivo. No quiero decir con esto que no viera lo que estaba ocurriendo, sino que no encontré -debido al intenso trabajo y a las tareas absorbentes de carácter burocrático y administrativo al servicio de la Santa Sede- las condiciones para captar la gravedad sin precedentes de lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos.

 

El enfrentamiento

La ocasión que me llevó al enfrentamiento con mis superiores eclesiásticos comenzó cuando era Delegado para las Representaciones Pontificias, luego como Secretario General de la Gobernación y finalmente como Nuncio Apostólico en Estados Unidos. Mi guerra contra la corrupción moral y financiera desató la furia del entonces secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone, cuando -de acuerdo con mis responsabilidades como Delegado para las Representaciones Pontificias- denuncié la corrupción del cardenal McCarrick y me opuse a la promoción al Episcopado de candidatos corruptos e indignos presentados por el secretario de Estado, quien me hizo trasladar a la Gobernación, porque “le impedía hacer obispos a quienes él quería”. También fue Bertone, con la complicidad del cardenal Lajolo, quien obstaculizó mi trabajo destinado a contrarrestar la corrupción generalizada en la Gobernación, donde ya había conseguido importantes resultados más allá de todas las expectativas. Fueron de nuevo Bertone y Lajolo quienes convencieron al papa Benedicto XVI de que me echara del Vaticano y me enviara a Estados Unidos. Aquí me encontré con que tenía que lidiar con las vergonzosas actitudes del cardenal McCarrick, incluidas sus peligrosas relaciones con figuras políticas de la Administración Obama-Biden y a nivel internacional, que no dudé en denunciar al secretario de Estado Parolin, quien no las tuvo en cuenta.

Esto me llevó a considerar de otra manera muchos acontecimientos de los que había sido testigo durante mi carrera diplomática y de Pastor, a captar su coherencia con un único proyecto que, por su propia naturaleza, no podía ser ni exclusivamente político ni exclusivamente religioso, ya que incluía un ataque global a la sociedad tradicional basada en la enseñanza doctrinal, moral y litúrgica de la Iglesia.

 

La corrupción como instrumento de chantaje

Así, de ser un Nuncio Apostólico apreciado -por lo que el propio cardenal Parolin reconoció el otro día mi lealtad, honradez, equidad y eficacia ejemplares- he pasado a ser un Arzobispo incómodo, no sólo por haber exigido justicia en los procesos contra prelados corruptos, sino también y sobre todo por haber dado una clave de lectura que muestra cómo la corrupción en la Jerarquía fue una premisa necesaria para controlarla, manipularla y obligarla mediante el chantaje a actuar contra Dios, contra la Iglesia y contra las almas. Y este modus operandi -que la Masonería había descrito minuciosamente antes de infiltrarse en el cuerpo eclesial- es especular al adoptado en las instituciones civiles, donde los representantes del pueblo, especialmente en los niveles más altos, son chantajeados en gran medida porque son corruptos y están pervertidos. Su obediencia a los delirios de la élite globalista conduce a los pueblos a la ruina, a la destrucción, a la enfermedad, a la muerte -a la muerte no sólo del cuerpo, sino también del alma. Porque el verdadero proyecto del Nuevo Orden Mundial -al que Bergoglio está esclavizado y del que extrae su legitimidad de los poderosos del mundo- es un proyecto esencialmente satánico, en el que la obra de la Creación del Padre, de la Redención del Hijo y de la Santificación del Espíritu Santo es odiada, borrada y falsificada por los simia Dei y sus servidores.


 Si ustedes no hablan, gritarán las piedras

Ser testigos de la subversión total del orden divino y de la propagación del caos infernal con la celosa colaboración de la cúpula vaticana y del Episcopado, nos hace entender de cuán terribles son las palabras de la Virgen María en La Salette –Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo– y qué odiosa traición constituye la apostasía de los Pastores, y la aún más inaudita apostasía de quien se sienta en el Trono del Beatísimo Pedro.

Si yo permaneciera en silencio ante esta traición -que se consuma con la temible complicidad de muchos, demasiados Prelados que no quieren reconocer en el Concilio Vaticano II la causa principal de la actual revolución y en la adulteración de la Misa católica el origen de la disolución espiritual y moral de los fieles- faltaría al juramento que hice el día de mi Ordenación y que renové con ocasión de mi Consagración episcopal. Como Sucesor de los Apóstoles no puedo ni quiero aceptar asistir a la demolición sistemática de la Santa Iglesia y a la condenación de tantas almas sin intentar por todos los medios oponerme a todo ello. Tampoco puedo considerar que un silencio cobarde en aras de una vida tranquila sea preferible al testimonio del Evangelio y a la defensa de la Verdad Católica.

Una secta cismática me acusa de cisma: eso debería bastar para demostrar la subversión que se está produciendo. Imagínense qué imparcialidad de juicio ejercerá un juez que depende del que acuso de usurpador. Pero precisamente porque este asunto es emblemático, me gustaría que los fieles -que no tienen por qué conocer el funcionamiento de los tribunales eclesiásticos- comprendieran que el delito de cisma no se consuma cuando existen razones fundadas para considerar dudosa la elección del Papa, a causa del vicio de consenso y por las irregularidades o violaciones de las normas que rigen el Cónclave. (cf. Wernz – Vidal, Ius Canonicum, Roma, Pont. Univ. Greg., 1937, vol. VII, p. 439).

La bula Cum ex apostolatus officio de Pablo IV estableció a perpetuidad la nulidad del nombramiento o elección de cualquier prelado -incluido el Papa- que hubiera caído en la herejía antes de su promoción a cardenal o elevación a Romano Pontífice. Define la promoción o elevación como nulla, irrita et inanis, es decir, nula, inválida y sin valor alguno, “aunque haya tenido lugar con la concordancia y el consentimiento unánime de todos los Cardenales; ni siquiera se podrá decir que haya sido convalidada por la recepción del cargo, de la consagración o de la posesión […], o por la entronización […] del mismo Romano Pontífice o por la obediencia que todos le presten y por el transcurso de cualquier tiempo en el dicho ejercicio de su cargo”. Pablo IV añade que todos los actos realizados por esta persona deben considerarse igualmente nulos y que sus súbditos, tanto clérigos como laicos, quedan libres de obediencia hacia él, sin perjuicio, sin embargo, por parte de estos mismos súbditos, de la obligación de lealtad y obediencia que deben prestar a los futuros Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, Cardenales y al Romano Pontífice canónicamente sucesores.

Pablo IV concluye: “Y para mayor confusión de los así promovidos y elevados, si pretendieran continuar la administración, sea lícito solicitar el auxilio del brazo secular; ni por esta razón los que rehúyan la fidelidad y obediencia a los que han sido de la manera ya mencionada promovidos y elevados, sean sujetos a ninguna de aquellas censuras y castigos infligidos a los que quieren deshacer el manto del Señor”.

Por esta razón, con serenidad de conciencia, considero que los errores y las herejías a los que Bergoglio adhirió antes, durante y después de su elección y la intención puesta en su supuesta aceptación del Papado hacen nula su elevación al Trono.

Si todos los actos de gobierno y magisterio de Jorge Mario Bergoglio, en su contenido y en su forma, resultan ajenos e incluso en conflicto con lo que constituye la actuación de cualquier Papa; si hasta un simple creyente e incluso un no católico comprenden la anomalía del rol que Bergoglio está desempeñando en el proyecto globalista y anticristiano llevado adelante por el Foro Económico Mundial, las Agencias de la ONU, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, el Banco Mundial y todas las demás ramificaciones tentaculares de la élite globalista, esto no demuestra en absoluto mi voluntad de cisma al poner de relieve y denunciar esta anomalía. Sin embargo, se me ataca y se me persigue porque hay quienes se engañan pensando que condenándome y excomulgándome mi denuncia del golpe de Estado pierde consistencia. Este intento de silenciar a todos no resuelve nada y, de hecho, hace más culpables y cómplices a quienes tratan de ocultar o minimizar la metástasis que está destruyendo el cuerpo eclesial.


La “deminutio” del papado sinodal

A esto se agrega el Documento de Estudio El Obispo de Roma que el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos publicó recientemente (aquí) y la degradación del Papado que se teoriza en él en aplicación de la Encíclica Ut uum sint de Juan Pablo II, que a su vez se refiere a la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II. Parece totalmente legítimo -y correcto, en nombre de la primacía de la Verdad Católica consagrada en los documentos infalibles del Magisterio papal- preguntarse si la elección deliberada de Bergoglio de abolir el título apostólico de Vicario de Cristo y optar por llamarse a sí mismo simpliciter Obispo de Roma no constituye de alguna manera una deminutio del propio Papado, un ataque a la constitución divina de la Iglesia y una traición al Munus petrinum. Y bien mirado, el paso anterior lo dio Benedicto XVI, que inventó -junto con la “hermenéutica” de una imposible “continuidad” entre dos entidades totalmente ajenas- el monstruo de un “Papado colegial” ejercido por el jesuita y por el emérito.

El Documento de Estudio cita no por casualidad una frase de Pablo VI: El Papa […] es sin duda el mayor obstáculo en el camino hacia el ecumenismo (Discurso al Secretario para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 28 de abril de 1967). Montini había comenzado a preparar el terreno cuatro años antes, estableciendo enfáticamente el triregno. Si ésta es la premisa de un texto que debe servir para hacer “compatible” el Papado romano con la negación del Primado de Pedro que rechazan los herejes y los cismáticos; y si el mismo Bergoglio se presenta como primus inter pares en la asamblea de las sectas y denominaciones cristianas no en comunión con la Sede Apostólica, faltando a la proclamación de la doctrina católica sobre el Papado definida solemne e infaliblemente por el Concilio Vaticano I, ¿cómo se puede pensar que el ejercicio del Papado y la misma voluntad de aceptarlo no estén viciados por una vicio de consentimiento, tal que haga nula o al menos altamente dudosa la legitimidad del “papa Francisco”? ¿De qué “Iglesia” podría separarme, a qué “Papa” me negaría a reconocer, si la primera se define como una “Iglesia conciliar y sinodal” en contraposición a la “Iglesia preconciliar” -es decir, la Iglesia de Cristo- y el segundo demuestra que considera el Papado como una prerrogativa personal de la que puede disponer modificándolo y alterándolo a su antojo, y siempre en coherencia con los errores doctrinales implícitos en el Vaticano II y en el “magisterio” postconciliar?

Si el papado romano -el papado, para entendernos, de Pío IX, León XIII, Pío X, Pío XI, Pío XII- es considerado un obstáculo para el diálogo ecuménico y el diálogo ecuménico es perseguido como la prioridad absoluta de la “Iglesia sinodal” representada por Bergoglio, ¿de qué otra manera podría materializarse este diálogo, si no es en la eliminación de aquellos elementos que hacen al papado incompatible con él, y por lo tanto manipulándolo de una manera totalmente ilegítima e inválida?

 

El conflicto de tantos hermanos y fieles  

Estoy convencido de que entre los obispos y sacerdotes hay muchos que han experimentado y experimentan aún hoy el desgarrador conflicto interior de verse divididos entre lo que Cristo Pontífice les pide (y ellos lo saben) y lo que el que se presenta como Obispo de Roma impone por la fuerza, con chantajes y con amenazas.

Hoy es tanto más necesario que los pastores despertemos de nuestro letargo: Hora est jam nos de somno surgere (Rom 13, 11). Nuestra responsabilidad frente a Dios, a la Iglesia y a las almas nos exige denunciar inequívocamente todos los errores y desviaciones que hemos tolerado durante demasiado tiempo, porque no seremos juzgados ni por Bergoglio ni por el mundo, sino por Nuestro Señor Jesucristo. A Él daremos cuenta de cada alma perdida por nuestra negligencia, de cada pecado cometido por ella a causa nuestra, de cada escándalo ante el que hemos callado por falsa prudencia, por quietud, por complicidad.

En el día en que debería comparecer frente al Dicasterio para la Doctrina de la Fe para defenderme, he decidido hacer pública esta declaración mía, a la que añado una denuncia contra mis acusadores, su “Concilio” y su “Papa”. Ruego a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, que consagraron la tierra del Alma Urbe con su propia sangre, que intercedan ante el trono de la Majestad divina, para que obtengan que la Santa Iglesia sea finalmente liberada del asedio que la eclipsa y de los usurpadores que la humillan, haciendo de la Domina gentium la sierva del plan anticristiano del Nuevo Orden Mundial.

 

En defensa de la Iglesia

La mía no es, pues, una defensa personal, sino la de la Santa Iglesia de Cristo, en la que he sido constituido Obispo y Sucesor de los Apóstoles, con el mandato preciso de custodiar el Depósito de la Fe y de predicar la Palabra, insistir oportuna e inoportunamente, reprender, exhortar con toda paciencia y doctrina (2Tim 4, 2).

Rechazo con vehemencia la acusación de haber rasgado el manto inconsútil del Salvador y de haberme sustraído a la suprema autoridad del Vicario de Cristo: para separarme de la comunión eclesial con Jorge Mario Bergoglio, primero tendría que haber estado en comunión con él, lo cual no es posible, desde el momento que el mismo Bergoglio no puede ser considerado miembro de la Iglesia, debido a sus múltiples herejías y a su manifiesto extrañamiento e incompatibilidad con el cargo que inválida e ilícitamente ostenta.


Mis acusaciones contra Jorge Mario Bergoglio

Frente a mis Hermanos en el Episcopado y todo el cuerpo eclesial, acuso a Jorge Mario Bergoglio de herejía y cisma, y como hereje y cismático exijo que sea juzgado y apartado del Trono que indignamente ocupa desde hace más de once años. Esto no contradice en absoluto el adagio Prima Sedes a nemine judicatur, porque es evidente que un hereje, en la medida en que no puede asumir el Papado, no está por encima de los Prelados que lo juzgan.

Acuso igualmente a Jorge Mario Bergoglio por haber provocado -a causa del prestigio y de la autoridad de la Sede Apostólica que usurpa- graves efectos adversos, esterilidad y muerte en los millones de fieles que han seguido su martilleante llamada a someterse a la inoculación de un suero génico experimental producido con fetos abortados, llegando incluso a hacer publicar una Nota indicando su uso como moralmente lícito. Tendrá que responder ante el Tribunal de Dios por este crimen contra la humanidad.

Por último, denuncio el Acuerdo Secreto entre la Santa Sede y la dictadura comunista china, por el que la Iglesia es humillada y obligada a aceptar el nombramiento gubernamental de obispos, el control de las celebraciones y las restricciones a su libertad de predicación, mientras los católicos fieles a la Sede Apostólica son perseguidos impunemente por el gobierno de Pekín ante el silencio cómplice del Sanedrín romano.


El rechazo de los errores del Vaticano II

Constituye para mí un honor que se me “acuse” de rechazar los errores y las desviaciones implicadas en el llamado Concilio Ecuménico Vaticano II, al que considero completamente desprovisto de autoridad Magisterial a causa de su heterogeneidad respecto a todos los verdaderos Concilios de la Iglesia, que reconozco y acepto plenamente, así como a todos los actos magisteriales de los Romanos Pontífices.

Rechazo firmemente las doctrinas heterodoxas contenidas en los documentos del Vaticano II que han sido condenadas por los Papas hasta Pío XII, o que contradicen de alguna manera el Magisterio católico (cf. Apéndice I). Me resulta cuando menos desconcertante que quienes me juzgan por cisma sean los que se apropian de la doctrina heterodoxa, según la cual subsiste un vínculo de unión “con los que, siendo bautizados, lo son con el nombre de cristianos, pero no profesan integralmente la fe o no conservan la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro” (LG n. 15). Me pregunto con qué descaro se puede desafiar a un obispo a romper una comunión que también se afirma que existe con herejes y cismáticos.

De la misma manera, condeno, rechazo y repudio las doctrinas heterodoxas expresadas en el llamado “magisterio postconciliar” originadas por el Vaticano II, así como las recientes herejías relativas a la “iglesia sinodal”, a la reformulación del Papado en clave ecuménica, la admisión de concubinarios a los sacramentos y a la promoción de la sodomía y de la ideología de “género”. Asimismo, condeno la adhesión de Bergoglio al fraude climático, una insana superstición neomalthusiana engendrada por quienes, odiando al Creador, no pueden sino detestar también la Creación, y con ella al hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.


 Conclusión

A los fieles católicos, hoy escandalizados y desorientados por los vientos de novedad y de las falsas doctrinas que promueve e impone una Jerarquía rebelde al divino Maestro, les pido que recen y ofrezcan sus sacrificios y ayunos pro libertate et exaltatione Sanctæ Matris Ecclesiæ, para que la Santa Madre Iglesia recupere su libertad y pueda triunfar con Cristo después de este tiempo de pasión. Que los que han tenido la Gracia de ser incorporados a ella en el Bautismo no abandonen a su Madre, hoy sufriente y postrada: tempora bona veniant, pax Christi veniat, regnum Christi veniat.

Dado en Viterbo, 28 de junio del año del Señor 2024, Vigilia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo


Fuente: Adoración y Liberación


sábado, 18 de mayo de 2024

SAN VICENTE DE LERINS: REGLA PARA DISTINGUIR LA VERDAD CATÓLICA DEL ERROR




REGLA PARA DISTINGUIR LA VERDAD CATÓLICA DEL ERROR  

Habiendo interrogado con frecuencia y con el mayor cuidado y atención a numerosísimas personas, sobresalientes en santidad y en doctrina, sobre cómo poder distinguir por medio de una regla segura, general y normativa, la verdad de la fe católica de la falsedad perversa de la herejía, casi todas me han dado la misma respuesta: «Todo cristiano que quiera desenmascarar las intrigas de los herejes que brotan a nuestro alrededor, evitar sus trampas y mantenerse íntegro e incólume en una fe incontaminada, debe, con la ayuda de Dios, pertrechar su fe de dos maneras: con la autoridad de la ley divina ante todo, y con la tradición de la Iglesia Católica».

Sin embargo, alguno podría objetar: Puesto que el Canon de las Escrituras es de por sí más que suficientemente perfecto para todo, ¿qué necesidad hay de que se le añada la autoridad de la interpretación de la Iglesia?

Precisamente porque la Escritura, a causa de su misma sublimidad, no es entendida por todos de modo idéntico y universal. De hecho, las mismas palabras son interpretadas de manera diferente por unos y por otros. Se podría decir que tantas son las interpretaciones como los lectores. Vemos, por ejemplo, que Novaciano explica la Escritura de un modo, Sabelio de otro, Donato, Eunomio, Macedonio, de otro; y de manera diversa la interpretan Fotino, Apolinar, Prisciliano, Joviniano, Pelagio, Celestino y, en nuestros días, Nestorio.

Es pues, sumamente necesario, ante las múltiples y enrevesadas tortuosidades del error, que la interpretación de los Profetas y de los Apóstoles se haga siguiendo la pauta del sentir católico. En la Iglesia Católica hay que poner el mayor cuidado para mantener lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos. Esto es lo verdadera y propiamente católico, según la idea de universalidad que se encierra en la misma etimología de la palabra. Pero esto se conseguirá si nosotros seguimos la universalidad, la antigüedad, el consenso general. Seguiremos la universalidad, si confesamos como verdadera y única fe la que la Iglesia entera profesa en todo el mundo; la antigüedad, si no nos separamos de ninguna forma de los sentimientos que notoriamente proclamaron nuestros santos predecesores y padres; el consenso general, por último, si, en esta misma antigüedad, abrazamos las definiciones y las doctrinas de todos, o de casi todos, los Obispos y Maestros.


EJEMPLO DE CÓMO APLICAR LA REGLA 

¿Cuál deberá ser la conducta de un cristiano católico, si alguna pequeña parte de la Iglesia se separa de la comunión en la fe universal? 

-No cabe duda de que deberán anteponer la salud del cuerpo entero a un miembro podrido y contagioso. 

Pero, ¿y si se trata de una novedad herética que no está limitada a un pequeño grupo, sino que amenaza con contagiar a la Iglesia entera? 

-En tal caso, el cristiano deberá hacer todo lo posible para adherirse a la antigüedad, la cual no puede evidentemente ser alterada por ninguna nueva mentira. 

¿Y si en la antigüedad se descubre que un error ha sido compartido por muchas personas, o incluso por toda una ciudad, o por una región entera? 

-En este caso pondrá el máximo cuidado en preferir los decretos -si los hay- de un antiguo Concilio Universal, a la temeridad y a la ignorancia de todos aquellos. 

¿Y si surge una nueva opinión, acerca de la cual nada haya sido todavía definido? 

-Entonces indagará y confrontará las opiniones de nuestros mayores, pero solamente de aquellos que, siempre permanecieron en la comunión y en la fe de la única Iglesia Católica y vinieron a ser maestros probados de la misma. Todo lo que halle que, no por uno o dos solamente, sino por todos juntos de pleno acuerdo, haya sido mantenido, escrito y enseñado abiertamente, frecuente y constantemente, sepa que él también lo puede creer sin vacilación alguna.


EJEMPLOS HISTÓRICOS DE RECURSO A LA UNIVERSALIDAD Y A LA ANTIGÜEDAD CONTRA EL ERROR 

Para poner más de relieve cuanto he dicho, documentaré con ejemplos mis aserciones, tratando de ello con un poco de mayor detenimiento, para que no suceda que el deseo de ser breve a toda costa, me haga dejar atrás cosas importantes.

En el tiempo de Donato, de quien han tomado el nombre los donatistas, una parte considerable de África siguió las delirantes aberraciones de este hombre. Olvidándose de su nombre, de su religión de su profesión de fe, antepusieron a la Iglesia de Cristo la sacrílega temeridad de un solo individuo.

Quienes se opusieron entonces al impío cisma permanecieron unidos a las Iglesias del mundo entero y sólo ellos entre todos los africanos pudieron permanecer a salvo en el santuario de la fe católica. Obrando así, dejaron a quienes habrían de venir el ejemplo egregio de cómo se debe preferir siempre el equilibrio de todos los demás a la locura de unos de pocos.

Un caso análogo sucedió cuando el veneno de herejía arriana contaminó no ya una pequeña región, sino el mundo entero, hasta el punto de que casi todos los obispos latinos cedieron ante la herejía, algunos obligados con violencia, otros sacerdotes reducidos y engañados.

Una especie de neblina ofuscó entonces sus mentes, y ya no podían distinguir, en medio de tanta confusión de ideas, cuál era el camino seguro que debían seguir. Solamente el verdadero y fiel discípulo de Cristo que prefirió la antigua fe a la nueva perfidia no fue contaminado por aquélla peste contagiosa.

Lo que por entonces sucedió muestra suficientemente los graves males a que puede dar lugar un dogma inventado.

Todo se revolucionó: no sólo relaciones, parentescos, amistades, familias, sino también ciudades, pueblos, regiones. El mismo Imperio Romano fue sacudido hasta sus fundamentos y trastornado de, arriba abajo cuando la sacrílega innovación arriana, como nueva Bellona o Furia, sedujo incluso al Emperador, el primero de todos los hombres.

Después de haber sometido a sus nuevas leyes incluso a los más insignes dignatarios de la corte, la herejía empezó a perturbar, trastornar, ultrajar toda cosa, privada y pública, profana y religiosa. Sin hacer ya distinción entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso, atacaba a mansalva a todo el que se ponía por delante. Las esposas fueron deshonradas, las viudas ultrajadas, las vírgenes profanadas. Se demolieron monasterios, se dispersaron los clérigos; los diáconos fueron azotados con varas y los sacerdotes fueron enviados al exilio. Cárceles y minas se colmaron de santos. Muchísimos, arrojados de las ciudades, anduvieron errantes sin posada hasta que en los desiertos, en las cuevas, entre las rocas abruptas perecieron miserablemente, víctimas de las bestias salvajes y de la desnudez, del hambre y de la sed.

¿Y cuál fue la causa de todo esto? Una sola: la introducción de creencias humanas en el lugar del dogma venido del cielo. Esto ocurre cuando, por la introducción de una innovación vacía, la antigüedad fundamentada en los más seguros basamentos es demolida, viejas doctrinas son pisoteadas, los decretos de los Padres son desgarrados, las definiciones de nuestros mayores son anuladas; y esto, sin que la desenfrenada concupiscencia de novedades profanas consiga mantenerse en los nítidos límites de una tradición sagrada e incontaminada.


COMMONITORIO
San Vicente de Lerins


miércoles, 6 de marzo de 2024

Castigos de Dios a la Blasfemia: Una grande y horrible araña, se llegó derecha a la boca de un blasfemo



Año 1396, Londres (Inglaterra)

El heresiarca Wiclef ambicionaba la gloria de ser contado entre el número de los más sabios teólogos de su tiempo, y para llamar la atención del mundo cristiano, que le miró con desprecio, empezó atacando la institución divina de la Iglesia Católica, la autoridad infalible del Papa y el dogma eucarístico de la transubstanciación.

Uno de sus secuaces, zapatero de oficio, fue acusado de hereje y presentado ante el tribunal que presidía el santo arzobispo de Cantorbery, Tomás de Arundell. Le preguntaron los del tribunal acerca de la herejía que profesaba, y con sólidas razones trataron de refutar sus errores y convertirle a la verdadera fe de la Iglesia Católica, mas todo resultó inútil, porque sostenía pertinazmente que la Sagrada Eucaristía no era más que pan bendito.

Entonces el Presidente le mandó que hiciese reverencia a la Hostia sacrosanta, a lo que respondió el blasfemo: "Verdaderamente tengo por más digna de reverencia una araña que lo que me mandáis adorar".

No bien hubo dicho estas palabras, cuando de lo más alto del techo descendió una grande y horrible araña, se llegó hilo derecho a la boca del blasfemo, porfió para entrarse por ella, y acudiendo muchos de los asistentes para ver si podrían ahuyentarla, apenas pudieron lograrlo.

Estaba presente el príncipe Tomás, duque de Oxone, que entonces era Cancelario del reino, y vio este prodigio. Y el sobredicho Arzobispo, levantándose luego con los demás del tribunal, declaró al pueblo lo que había obrado la mano del Señor, vengándose de aquel blasfemo de la Sagrada Eucaristía.

(P. Fr. Tomás Uvaldense. De Sacramentis, tomo 2, capitulo 63.
Nicolás Harpsfeld, Historia Vicleffiana, capítulo 18.)

P. Manuel Traval y Roset

jueves, 1 de febrero de 2024

San Atanasio: Ellos entonces poseen los templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica...

 


Ellos entonces poseen los templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues ¿qué es más importante, el templo o la Fe? y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia. 

San Atanasio el Grande. 
 Carta del año 356,  Patrología Griega, tomo 26, col. 118/90.

Aquí San Atanasio se refiere a los herejes arrianos que se habían apoderado de los templos, esto mismo se puede aplicar en nuestros días a los herejes modernistas que ocupan nuestros templos.

martes, 20 de junio de 2023

Milagros del Escapulario 2 - Castigo ejemplar

 


Ha sido táctica secular de los herejes protestantes ridiculizar las prácticas de devoción de los católicos, sobre todo las relacionadas con la Santísima Virgen. Pero, mal que les pese, Ella ha sido siempre la que quebranta con su huella inmaculada todas las herejías, como canta la Iglesia.

Una sacrílega parodia que hicieron los protestantes el año 1923, en la ciudad de Añasco, en la isla de Puerto Rico, es buena prueba de la popularidad inmensa que había alcanzado y que goza afortunadamente la devoción al Santo Escapulario de nuestra Madre del Carmen, que no en vano desfilaron por la isla apóstoles de la devoción a nuestra dulce Madre, tales como los padres Elías Sendra, Espiridión María Cabrera y el fervoroso y santo apóstol P. Elías Besalduch, y no menos lo es en la actualidad el benemérito Carmelita padre José Sánchez. Tratose, pues, de ridiculizar por los protestantes tal devoción como una de las de más honda raigambre entre los católicos.

El relato del caso es del Rvdo. P. Pedro de Arancibia, agustino, natural de abadiano, residente por aquellas fechas en Puerto Rico. El hecho tuvo lugar en la ciudad de Añasco, el día 24 de diciembre del mencionado año de 1923.

Celebraban, dice el P. Arancibia, los protestantes una velada, intentando ridiculizar nuestras devociones y hacer burla y chacota del clero católico. En la tal velada tomaban parte una joven de apellido Domínguez, que desempeñaba el papel de princesa. Un joven, Pietri, hacía de sacerdote católico. Pietri exigió dinero a la joven Domínguez. A la negativa de ésta, el cura Pietri, montando en cólera, insultó violentamente a la princesa, diciéndola: “Te vas a condenar, eres mala católica”. La joven Domínguez, para demostrar su catolicidad religiosa, muéstrale un Escapulario de la Virgen del Carmen que pendía de su cuello. El iracundo y frenético cura se lo arrebata de las manos, diciendo: “Esto es una tontería, una por…” levantando el brazo en actitud de arrojar al suelo el bendito Escapulario.

Pero Jesús, que suele tolerar con más paciencia los agravios inferidos a su persona adorable, suele hacer sentir su mano justiciera sobre los que se atreven a injuriar a su Santísima Madre.

En el presente caso no quiso que se profanara el honor de María y quedase en ridículo la devoción predilecta del pueblo católico de Puerto Rico. El brazo que se levantara para arrojar el Santo Escapulario del Carmen, como herido por un rayo, queda inmóvil. El joven Pietri queda idiota; no sabe ni puede responder a los que, estupefactos, le preguntan qué le pasa. El que entró en la velada rebosante de salud y alegría, sale a hombros de sus amigos, paralítico, idiota y enfermo.

Los protestantes hubiesen querido ocultar el espantoso suceso, mas, por fortuna, había en la velada, también, algunos católicos, que pusieron inmediatamente en conocimiento de su párroco todo lo sucedido, el cual refirió lo ocurrido para edificación de sus feligreses, en las fiestas del día de Reyes, y en la de San Antonio Abad, patrón de la parroquia, escuchándole emocionados todos los fieles que asistían a la Santa Misa, en los que se aumentó más y más el fervor y la devoción hacia el bendito Escapulario de María Santísima del Carmen, siendo centenares los que le recibieron este último día.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O. C.
Editado en 1956