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jueves, 21 de agosto de 2025

Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios - San Juan Apóstol



1 Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. 2 Él estaba al principio en Dios. 3 Todas las cosas fueron hechas por El, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. 4 En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron. 6 Hubo un hombre enviado de Dios de nombre Juan. 7 Vino este a dar testimonio de la luz para testificar de ella y que todos creyeran por él. 8 No era el la luz, si no que vino a dar testimonio de la luz. 9 Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo ilumina a todo hombre. 10 Estaba en el mundo y por Él fue hecho el mundo pero el mundo no le conoció. 11 Vino a los suyos pero los suyos no le recibieron. 12 Más a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre; 13 que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos. 14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. 15 Juan da testimonio de Él clamando: Este es de quien os dije: El que viene detrás de mí ha pasado delante de mí, porque era primero que yo. 16 Pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia. 17 Porque la Ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. 18 A Dios nadie le vio jamás; Dios unigénito, que está en el seno del Padre, este le ha dado a conocer. 

San Juan 1:1-18

domingo, 26 de mayo de 2024

Fiesta de la Santísima Trinidad




ORACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD DE SANTA CATALINA DE SIENA 

Oh Trinidad eterna! Tú eres un mar sin fondo en el que, cuanto más me hundo, más te encuentro; y cuanto más te encuentro, más te busco todavía. De ti jamás se puede decir: ¡basta! El alma que se sacia en tus profundidades, te desea sin cesar, porque siempre está hambrienta de ti, Trinidad eterna; siempre está deseosa de ver tu luz en tu luz. Como el ciervo suspira por el agua viva de las fuentes, así mi alma ansía salir de la prisión tenebrosa del cuerpo, para verte de verdad... 

¿Podrás darme algo más que darte a ti mismo? Tú eres el fuego que siempre arde, sin consumirse jamás. Tú eres el fuego que consume en sí todo amor propio del alma; tú eres la luz por encima de toda luz... Tú eres el vestido que cubre toda desnudez, el alimento que alegra con su dulzura a todos los que tienen hambre. ¡Pues tú eres dulce, sin nada de amargor! 

¡Revísteme, Trinidad eterna, revísteme de ti misma para que pase esta vida mortal en la verdadera obediencia y en la luz de la fe santísima, con la que tú has embriagado a mi alma!

viernes, 19 de enero de 2024

El Credo

 



Español

Creo en Dios Padre, Todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,

que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,

nació de Santa María Virgen,

padeció bajo el poder de Poncio Pilato,

fue crucificado, muerto y sepultado,

descendió a los infiernos,

al tercer día resucitó entre los muertos,

subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre,

Todopoderoso.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos.

Creo en el Espíritu Santo,

la Santa Iglesia Católica,

la comunión de los santos,

el perdón de los pecados,

la resurrección de la carne y la vida eterna.

Amén.

 


Latín

Credo in Deum Patrem omnipotentem,

Creatorem caeli et terrae.

Et in Iesum Christum,

Filium eius unicum, Dominum nostrum,

qui conceptus est de Spiritu Sancto,

natus ex Maria Virgine,

passus sub Pontio Pilato,

crucifixus, mortuus, et sepultus, descendit ad inferos,

tertia die resurrexit a mortuis, ascendit ad caelos,

sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis,

inde venturus est iudicare vivos et mortuos.

Credo in Spiritum Sanctum,

sanctam Ecclesiam catholicam,

sanctorum communionem,

remissionem peccatorum,

carnis resurrectionem, vitam aeternam.

Amen.

 

lunes, 28 de agosto de 2023

Palabras del Creador, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos - Santa Brígida





Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos. También sobre la ayuda enviada a sus amigos, que representan a toda la humanidad y sobre la dura condena de sus enemigos. 


Yo soy el Creador de todas las cosas. Nací del Padre antes de que existiera Lucifer. Existo inseparablemente en el Padre y el Padre en mí y hay un Espíritu en ambos. Por consiguiente, hay un Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo—y no tres dioses. Yo soy el que le hizo la promesa de la herencia eterna a Abraham y conduje a mi pueblo fuera de Egipto a través de Moisés. Yo soy el que habló a través de los profetas. El padre me puso en el vientre de la Virgen, sin separarse de mí, permaneciendo conmigo inseparablemente para que la humanidad, que ha abandonado a Dios, pueda retornar a Dios a través de mi amor. 

Ahora, sin embargo, en vuestra presencia, Corte Celestial, pese a que veis y sabéis todo de mi, por el bien del conocimiento y la instrucción de esta desposada mía, que no puede percibir lo espiritual sino es por medio de lo físico, yo declaro mi pesar ante vosotros en relación de los cinco hombres aquí presentes, por ser ellos ofensivos para mí de muchas maneras. 

De la misma forma que yo, en una ocasión, incluí a todo el pueblo israelita en el nombre de Israel en la Ley, ahora mediante estos cinco hombres me refiero a todos en el mundo. El primer hombre representa al líder de la Iglesia y sus sacerdotes; el segundo, a los laicos corruptos, el tercero a los judíos, el cuarto a los paganos y el quinto a mis amigos. En lo que a ti respecta, judío, he hecho una excepción con todos los judíos que son cristianos en secreto y que me sirven en caridad sincera, conforme a la fe y en sus trabajos perfectos en secreto. En relación a ti, pagano, he hecho una excepción con todos aquellos que con gusto caminarían por la senda de mis mandamientos si tan solo supieran cómo y si fueran instruidos, los que tratan de poner en práctica todo lo que pueden y de lo que son capaces. Éstos, no serán de ninguna manera sentenciados con vosotros. 

Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad: primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas. Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer. 

Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí, de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que, también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables. Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. Tú eres más abominable que los judíos. Ellos tan sólo crucificaron mi cuerpo, pero tú crucificaste y castigaste a las almas de mis elegidos para quienes tu maldad y trasgresión son más afiladas que una espada. 

Así, puesto que eres como Lucifer, más injusto que Pilatos, menos digno de misericordia que Judas y más abominable que los judíos, mi enfado contigo está justificado. El Señor dijo al segundo hombre, es decir, al que representa a los laicos: “Yo creé todas las cosas para tu uso. Tú me diste tu consentimiento a mí y Yo a ti. Tú me prometiste tu fe y me juraste que me servirías. Ahora, sin embargo, te has apartado de mí como alguien que no conoce a Dios. Te refieres a mis palabras como mentiras y a mis trabajos como carentes de sentido. Tú dices que mi voluntad y mis mandamientos son muy duros. Has violado la fe que prometiste. Has roto tu juramento y has abandonado mi Nombre. 

Te has disociado a ti mismo de la compañía de mis santos y te has integrado en la compañía de los demonios, haciéndote socio suyo. Tú no crees que ninguno merezca alabanza y honor salvo tú mismo. Consideras difícil todo lo que tiene que ver conmigo y lo que estás obligado a hacer por mí, mientras que las cosas que te gusta hacer son fáciles para ti. Es por esto que mi enfado contigo está justificado, porque tú has quebrado la fe que me prometiste en el bautismo y en adelante. Encima, me acusas de mentir sobre el amor que te he mostrado de palabra y de hecho. Dices que yo era un loco por sufrir”. 

Al tercer hombre, es decir al representante de los judíos, le dijo: “Yo comencé mi amoroso idilio contigo. Te elegí como mi pueblo, te libré de la esclavitud, te di Mi Ley, te conduje hasta la Tierra que les había prometido a tus padres y te envié profetas que te consolaran. Después, elegí una Virgen de entre vosotros y tomé de ella naturaleza humana. Mi disgusto contigo es que aún rehúsas creer en mí, diciendo: “Cristo no ha venido todavía sino que tiene que venir”. 

El Señor dijo al cuarto hombre, es decir a los paganos: “Yo te creé y te redimí para que fueras cristiano. Hice contigo todo el bien. Pero tú eres como alguien que está fuera de sus sentidos, porque no sabes lo que haces. Eres como un ciego, porque no sabes hacia dónde te diriges. Adoras a las criaturas en lugar de al Creador, a la falsedad en lugar de a la verdad. Te arrodillas ante las cosas que son inferiores a ti. Esta es la causa de mi disgusto en relación a ti”. Al quinto hombre le dijo: “¡Acércate más, amigo!” Y se dirigió directamente a la Corte Celestial: “Queridos amigos, este amigo mío representa a mis muchos amigos. Él es como un hombre cercado entre los corruptos y mantenido en un duro cautiverio. Cuando dice la verdad le arrojan piedras en la boca. Cuando hace algo bueno, le clavan una lanza en el pecho. ¡Ay, mis amigos y santos! ¿Cómo puedo soportar a esas personas y cuánto tiempo me mantendré con semejante desprecio?”. 

San Juan Bautista respondió: “Eres como un espejo inmaculado. Vemos y sabemos todas las cosas en ti como en un espejo, sin necesidad de palabras. Eres la dulzura incomparable en la que saboreamos todo lo bueno. Eres como la más afilada de las espadas y un Juez justo”. El Señor le respondió: “Amigo mío, lo que has dicho es cierto. Mis elegidos ven toda la bondad y justicia en mí. Aún los espíritus diabólicos lo hacen, aunque no en la luz sino en su propia conciencia. Como un hombre en prisión, que se aprendió las letras y aún las conoce cuando se encuentra en la oscuridad y no las ve, los demonios, pese a que no ven mi justicia a la luz de mi claridad, aún así, conocen y ven en su conciencia. Yo soy como una espada que corta en dos. Le doy a cada persona lo que él o ella merecen. Entonces, el Señor agregó, hablando al Bienaventurado Pedro: “Tú eres el fundador de la fe y de mi Iglesia. Mientras lo escucha mi Ejército, ¡declara la sentencia de estos cinco hombres!”. 

Pedro contestó: “¡Gloria y honor para Ti, Señor, por el amor que has demostrado a la tierra! ¡Que toda tu Corte te bendiga, porque Tú nos haces ver y saber en Ti todo lo que es y lo que será! Vemos y sabemos todo en Ti. Es verdaderamente justo que el primer hombre, el que se sienta en tu asiento mientras que realiza los hechos de Lucifer, vergonzosamente deba renunciar a ese asiento en el que presumió sentarse y compartir el castigo de Lucifer. La sentencia del segundo hombre es que aquél que haya abandonado la fe debe descender al infierno con la cabeza abajo y los pies arriba, por haberte despreciado a Ti, que deberías ser su cabeza y por haberse amado a sí mismo. 

La sentencia del tercero es que no verá Tu rostro y será condenado por su perversidad y avaricia, puesto que los que no creen no merecen contemplar la visión de Ti. La sentencia del cuarto es que debería ser encerrado y confinado en la oscuridad, como un hombre fuera de sus sentidos. La sentencia del quinto es que deberá serle enviada ayuda” Cuando el Señor oyó esto, respondió: “Prometo por Dios, el Padre, cuya voz oyó Juan el Bautista en el Jordán, que haré justicia a éstos cinco”. 

Después, el Señor continuó, diciendo al primero de los cinco hombres: “La espada de mi severidad atravesará tu cuerpo, entrando desde lo alto de tu cabeza y penetrando tan profunda y firmemente que nunca podrá ser sacada. Tu asiento se hundirá como una piedra pesada y no cesará hasta que alcance la parte más baja de las profundidades. Tus dedos, es decir, tus consejeros, arderán en un fuego sulfuroso e inextinguible. 

Tus brazos, es decir, tus vicarios, que debieran de haber conseguido el beneficio de las almas, pero que en su lugar consiguieron provechos mundanos y honores, serán sentenciados al castigo del que habla David: ‘Que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda, que los extraños le arrebaten su propiedad’. ¿Qué significa ‘su mujer’ sino el alma que ha sido separada de la gloria del Cielo y que quedará viuda de Dios? ‘Sus hijos’, es decir, las virtudes que aparentaron poseer y mi gente sencilla, aquellos que se les sometieron, serán apartados de ellos. Su rango y propiedad caerá en manos de otros, y ellos heredarán la eterna vergüenza en lugar de su rango privilegiado. 

Sus mitras se hundirán en el barro del infierno y ellos mismos nunca se levantarán de él. Por ello, lo mismo que el honor y el orgullo que alcanzaron sobre otros aquí en la tierra, se hundirán en el infierno tan profundamente, más que los demás, que les será imposible levantarse. Sus extremidades, o sea, todos los sacerdotes aduladores que les secunden, serán separados de ellos y aislados, igual que una pared que se derrumba, en la que no quedará piedra sobre piedra y el cemento ya no se adherirá a las piedras. La misericordia nunca les llegará, porque mi amor nunca les calentará ni les repondrá en la eterna Mansión Celestial. En su lugar, despojados de todo bien, serán eternamente atormentados junto a sus líderes. 

Al segundo hombre, Yo le digo: Dado que tú no quieres mantenerte en la fe que me prometiste ni manifestar amor hacia mí, te enviaré un animal que procederá del torrente impetuoso para devorarte. Y, lo mismo que un torrente siempre corre hacia abajo, así el animal te llevará a las partes más bajas del infierno. Tan imposible como es para ti viajar corriente arriba contra un torrente impetuoso, igual de difícil será para ti ascender desde el infierno. 

Al tercer hombre, le digo: ‘Ya que tú, judío, no quieres creer que Yo ya he venido, por ello, cuando vuelva para el segundo juicio, no me verás en mi gloria sino en tu conciencia, y comprobarás que todo lo que te dije era verdad. Entonces ahí quedará que seas castigado como mereces’. Al cuarto hombre, le digo: ‘Como no te has ocupado de creer ni has querido saber, tu propia oscuridad será tu luz y tu corazón será iluminado para que comprendas que mis juicios son verdaderos pero, sin embargo, tú no alcanzarás la luz’. 

Al quinto hombre, le digo: ‘Haré tres cosas por ti. Primero, te llenaré internamente de mi calor. Segundo, haré que tu boca sea más fuerte y más firme que cualquier piedra, de modo que las piedras que te arrojen serán rebotadas. Tercero, te armaré con mis armas, de forma que ninguna lanza te dañará sino que todo cederá ante ti como la cera frente al fuego. 

Por tanto, ¡hazte fuerte y resiste como un hombre! Como un soldado que, en la guerra, espera la ayuda de su Señor y lucha mientras le quedan fluidos de vida, así también tú, ¡mantente firme y lucha! El Señor, tu Dios, aquél a quien nadie puede resistir, te ayudará. Y, como vosotros sois pocos en número, os daré honor y os convertiré en muchos. Mirad, amigos míos, veis estas cosas y las reconocéis en Mí y, por ello, se mantienen ante mí’. Las palabras que ahora he pronunciado se cumplirán. Aquellos hombres nunca entrarán en mi Reino mientras yo sea el Rey, a menos que enmienden sus caminos. Porque el Cielo no será sino para aquellos que se humillan a sí mismos y hacen penitencia”. Entonces, toda la corte respondió: “¡Gloria a Ti, Señor Dios, que no tienes principio ni fin!”.

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capitulo 41

domingo, 4 de junio de 2023

Trisagio a la Santísima Trinidad

 


ORIGEN DEL TRISAGIO

No es invención del ingenio humano el santísimo Trisagio, sino obra del mismo Dios, que lo inspiró al profeta Isaías cuando oyó como lo cantaban los Serafines para enaltecer la gloria del Creador.
En la escuela de los mismos Serafines y demás coros celestiales fue donde lo aprendió milagrosamente un niño de corta edad que, a la manera de San Pablo, fue arrebatado al cielo como lo refieren las historias eclesiásticas.
En el año 447, y siendo Teodosio el Joven emperador de Oriente, se experimentó un terremoto casi universal y muy violento, y que por su duración y espantosos estragos se hizo el más notable de cuantos hasta entonces se habían visto. Fueron incalculables los daños que seis meses de sacudimientos casi continuos causaron en los más suntuosos edificios de Constantinopla y en toda la famosa muralla del Quersoneso. Se abrió la tierra en muchos puntos, y quedaron sepultadas en sus entrañas ciudades enteras; se secaron las fuentes, y se manifestaban otras nuevas; y era tal la violencia de los sacudimientos, que arrancaban árboles muy corpulentos, aparecían montañas donde había antes llanuras y profundas concavidades donde antes había montañas. El mar arrojaba a las playas peces de gran magnitud, y las playas y los barcos se quedaban sin aguas, que iban a inundar grandes islas.
Ante esta situación, se creyó prudente abandonar las poblaciones, y así lo hicieron los moradores de Constantinopla, con el emperador Teodosio, su hermana Pulquería, San Proclo, patriarca entonces de aquella Iglesia, y todo su clero.
Reunidos en un paraje llamado el Campo, dirigían al cielo fervorosas súplicas y grandes clamores, pidiendo socorro en necesidad tan apurada, cuando un día, entre ocho y nueve de la mañana, fue tan extraordinario el sacudimiento que dio la tierra, que faltó poco para que causase los mismos estragos que el diluvio universal. A este susto sucedió la admiración del prodigio siguiente: Un niño de pocos años fue arrebatado por los aires, a la vista de todos los del Campo, que le vieron subir hasta perderle de vista. Después de largo rato, descendió a la tierra del mismo modo que había sido arrebatado al cielo; y luego, puesto en presencia del Patriarca, del emperador y de toda la multitud, pasmada, contó cómo, siendo admitido en los coros celestiales, oyó cantar a los Ángeles estas palabras: Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, tened misericordia de nosotros; y cómo se le había mandado poner esta visión en conocimiento de todos los allí reunidos. Dichas estas palabras, el niño murió.
San Proclo y el emperador, oído este relato, mandaron unánimemente que todos entonasen en público este sagrado cántico, e inmediatamente cesó el terremoto y quedó quieta toda la tierra. De aquí provino el uso del Trisagio, que el Concilio General de Calcedonia prescribió a todos los fieles, como un formulario para invocar a la Santísima Trinidad en tiempos funestos y de calamidades. De aquí ha venido el merecer la aprobación de tantos Prelados de la Iglesia, que han apoyado su práctica enriqueciéndola con el tesoro de las indulgencias, y de aquí, finalmente, ha venido que se haya impreso y reimpreso tantas veces, siempre con universal aplauso y aceptación de todos, teniéndolo como un escudo impenetrable contra todos los males que Dios envía a la tierra en castigo de nuestros pecados.

Notas:
En los tiempos actuales, el Padre Pío de Pietrelcina exhortaba a sus fieles a tener gran devoción a la Santísima Trinidad, especialmente el rezo del Trisagio, y la famosa estigmatizada española, Madre Esperanza de Jesús Alhama, fundadora de las Esclavas e Hijos del Amor Misericordioso, también lo rezaba diariamente, y cuando surgía algún problema o se veían en alguna necesidad, inmediatamente comenzaba el rezo con todas sus monjas y mandaba también que se recitara en todas sus Casas y durante largas temporadas.
San Antonio María Claret, después de una locución que tuvo en la Granja (Segovia), el día 27 de agosto de 1851, en la Iglesia del Rosario, dijo que “la salvación de España se cifraba en tres devociones: el Trisagio, el Santísimo Sacramento y el Rosario”. La hermana Lucía de Fátima, durante su estancia en Tuy /Pontevedra), en junio de 1929, tuvo una visión de la Santísima Trinidad e igualmente era muy amante de esta devoción.

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OFRECIMIENTO

Te rogamos, Señor, por el estado de la Santa Iglesia y Prelados de ella; por la exaltación de la fe católica, extirpación de las herejías, paz y concordia entre los príncipes cristianos, conversión de todos los agonizantes y caminantes; por las benditas almas del purgatorio y demás piadosos fines de nuestra santa madre la Iglesia. Amén.

V/.Bendita sea la santa e individua Trinidad, ahora y siempre, y por todos los siglos de los siglos.
R/. Amén.
V/. Abrid, Señor, mis labios.
R/. Y mi voz pronunciará vuestras alabanzas.
V/. Dios mío, en mi favor, benigno entiende.
R/. Señor, a mi socorro, presto atiende
V/. Gloria sea al Padre
Gloria al eterno Hijo
Gloria al Espíritu Santo.

En tiempo de cuaresma se dice:
Alabanza sea dada a ti, Señor, rey de la eterna gloria.



ACTO DE CONTRICIÓN


Amorosísimo Dios, Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien creo, en quien espero, a quien amo con todo mi corazón, cuerpo y alma, potencias y sentidos, por ser Vos mi Padre, mi Señor y mi Dios, infinitamente bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas: me pesa, Trinidad Santísima; me pesa, Trinidad misericordiosísima; me pesa, Trinidad amabilísima, de haberos ofendido, sólo por ser quien sois; propongo y os doy palabra de nunca más ofenderos y de morir antes que pecar; espero en vuestra suma bondad y misericordia infinita, que me habéis de perdonar todos mis pecados y me daréis gracia para perseverar en un verdadero amor y cordialísima devoción de vuestra siempre amabilísima Trinidad. Amén.

H I M N O
Ya se aparta el sol ardiente,
Y así, ¡oh luz perenne!, unida,
Infunde un amor constante
A nuestras almas rendidas.
En la aurora te alabamos,
y también al mediodía,
suspirando por gozar
en el cielo de tu vista.
Al Padre, al Hijo y a Ti,
Espíritu que das vida,
ahora y siempre se den
alabanzas infinitas. Amén.


ORACIÓN AL PADRE


¡OH Padre Eterno!: fuera de vuestra posesión, yo no veo otra cosa que tristeza y tormento, por más que digan los amadores de la vanidad. ¿Qué me importa que diga el sensual que su dicha es el gozar de sus placeres? ¿Qué me importa que también diga el ambicioso que su mayor contento es el gozar de su gloria vana? Yo, por mi parte, no cesaré jamás de repetir, con vuestros Profetas y Apóstoles, que mi suma felicidad, mi tesoro y mi gloria es el unirme a mi Dios y mantenerme inviolablemente junto a Él.

Un Padrenuestro, Avemaría y nueve veces:
Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria.

Y el coro responde:
Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.


ORACIÓN AL HIJO


¡Oh Verdad eterna!, fuera de la cual yo no veo otra cosa que engaños y mentiras: ¡OH, cómo todo me parece desabrido a vista de vuestros suaves atractivos! ¡Oh, cómo me parecen mentirosos y falaces los discursos de los hombres, en comparación de las palabras de vida con las cuales Vos habláis al corazón de aquellos que os escuchan! ¡Ah! ¿Cuándo será la hora en que Vos me trataréis sin enigma y me hablaréis claramente en el seno de vuestra gloria? ¡Oh, qué trato! ¡Qué belleza! ¡Qué luz!...

Un Padrenuestro, Avemaría y nueve veces:
Santo, Santo, Santo, etc.


ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO


¡Oh Amor! ¡Oh Don del Altísimo, centro de las dulzuras y de la felicidad del mismo Dios! ¡Qué atractivo para un alma el verse en el abismo de vuestra bondad y toda llena de vuestras inefables consolaciones! ¡Ah placeres engañadores! ¡Cómo habéis de poder compararos con la mínima de las dulzuras que un Dios, cuando le aparece, sabe derramar en un alma fiel? ¡Oh!, si una sola partícula de ellas es tan gustosa, ¿cuánto más será cuanto Vos la derraméis como un torrente sin medida y sin reserva? ¿Cuánto será esto, ¡Oh mi Dios!, cuándo será?


Un Padrenuestro, Avemaría y nueve veces:
Santo, Santo, Santo, etc.


ANTÍFONA
A Ti, Dios Padre ingénito; a Ti, Hijo unigénito; a Ti, Espíritu Santo paráclito, santa e individua Trinidad, de todo corazón te confesamos, alabamos y bendecimos. A Ti se dé gloria por los siglos de los siglos, Amén.
V/. Bendigamos al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R/. Alabémosle y ensalcémosle en todos los siglos.

ORACIÓN
Señor Dios, Uno y Trino: dadnos continuamente vuestra gracia, vuestra caridad y la comunicación de Vos, para que en tiempo y eternidad os amemos y glorifiquemos. Dios Padre, Dios Hijo y Dios espíritu Santo, en una deidad por todos los siglos de los siglos. Amén.

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DEPRECACIÓN DEVOTA
A LA SANTÍSIMA TRINIDAD


V/. Padre Eterno, omnipotente Dios:
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Verbo divino, inmenso Dios.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Espíritu Santo, infinito Dios, Santísima Trinidad y un solo Dios verdadero.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Rey de los cielos, inmortal e invisible.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Criador, conservador y gobernador de todo lo criado.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Vida nuestra, en quien, de quien y por quien vivimos.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Vida divina y una en tres personas.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Cielo divino de celsitud majestuosa.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Cielo supremo del Cielo, oculto a los hombres.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Sol divino e increado.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Círculo perfectísimo de capacidad infinita.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Manjar divino de los Ángeles.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Hermoso iris, arco de clemencia.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.
V/. Luz primera y triduana, que al mundo ilustras.
R/. Toda criatura te ame y glorifique.

V/. De todo mal de alma y cuerpo.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De todos los pecados y ocasión de culpa.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De vuestra ira y enojo.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De repentina y de improvisa muerte.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De las asechanzas y cercanías del demonio.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Del espíritu de deshonestidad y de sugestión.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De la concupiscencia de la carne.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De toda ira, odio y mala voluntad.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De plagas de peste, hambre, guerra y terremoto.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De tempestades en el mar o en la tierra,
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De los enemigos de la fe católica.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De nuestros enemigos y sus maquinaciones.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. De la muerte eterna,
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por vuestra unidad en Trinidad y Trinidad en unidad.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por la igualdad esencial de vuestras Personas.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por la alteza del misterio de vuestra Trinidad.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por el inefable nombre de vuestra Trinidad.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por lo portentoso de vuestro nombre, Uno y Trino.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por lo mucho que os agradan las almas que son devotas de vuestra Santísima Trinidad.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por el gran amor con que libráis de males a los pueblos donde hay algún devoto de vuestra Trinidad amable.
R/. Líbranos, Trino Señor.
V/. Por la virtud divina que en los devotos de vuestra Trinidad Santísima reconocen los demonios contra sí.
R/. Líbranos, Trino Señor.

V/. Nosotros pecadores.
R/. Te rogamos, óyenos.
V/. Que acertemos a resistir al demonio con las armas de la devoción a vuestra Trinidad.
R/. Te rogamos, óyenos.
V/. Que hermoseéis cada día más con los coloridos de vuestra gracia vuestra imagen, que está en nuestras almas.
R/. Te rogamos, óyenos.
V/. Que todos los fieles se esmeren en ser muy devotos de vuestra Santísima Trinidad.
R/. Te rogamos, óyenos.
V/. Que todos consigamos las muchas felicidades que están vinculadas para los devotos de esa vuestra Trinidad inefable.
R/. Te rogamos, óyenos.
V/. Que al confesar nosotros el misterio de vuestra Trinidad se destruyan los errores de los infieles.
R/. Te rogamos, óyenos.
V/. Que todas las almas del purgatorio gocen mucho refrigerio en virtud del misterio de vuestra Trinidad.
R/. Te rogamos, óyenos.

Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos, Señor, de todo mal.
(Esto último se repite tres veces.)


OBSEQUIOS Y OFRECIMIENTOS
A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

I. ¡OH beatísima Trinidad!, os doy palabra de procurar con todo esfuerzo y empeño salvar mi alma, ya que la creasteis a vuestra imagen y semejanza y para el cielo. Y también por amor vuestro procuraré salvar las almas de mis prójimos.
2. Para salvar mi alma y daros gloria y alabanza, sé que he de guardar la divina ley. Os doy palabra de guardarla como la niña de mis ojos, y también procuraré que los demás la guarden.
3. Aquí, en la tierra, me ejercitaré en alabaros, y espero que después lo haré con más perfección en el cielo; y por esto, con frecuencia rezaré el Trisagio y el verso: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y también procuraré que los demás os alaben. Amén.



GOZOS PARA EL TRISAGIO
COMPUESTO POR EL
BEATO DIEGO JOSÉ DE CÁDIZ

Dios Uno y Trino a quien tanto
Arcángeles,. Querubines,
Ángeles y Serafines,
dicen: Santo, Santo, Santo.

Gózate, amable Deidad,
en tu incomprensible esencia,
y de que por tu clemencia
perdonas nuestra maldad;
por esta benignidad,
en místico dulce canto,
Ángeles y Serafines, etc.

¡OH inefable Trinidad,
Bien sumo, Eterno, Increado,
al hombre comunicado
por exceso de bondad!
Y porque en la eternidad
de tu ser te gozas tanto,
Ángeles y Serafines, etc.

Gózate, pues tu luz pura,
con ser tan esclarecida, no
llega a ser comprendida
por alguna criatura;
por eso al ver tu hermosura,
con sagrado horror y encanto,
Ángeles y Serafines, etc.

Eres Todopoderoso,
Sabio, Inmenso, Criador,
Justo, Remunerador,
Bueno, Misericordioso;
en tus Santos prodigioso
has sido y eres; por tanto,
Ángeles y Serafines, etc.

Gózate de que en tu ser todo es
sumo, todo igual; que perfección
desigual en Ti no puede caber;
llegando esto a conocer
el Trisagio sacrosanto,
Ángeles y Serafines, etc.

Aunque ciega, nuestra fe
se aventaja a la razón,
pues con la revelación
iluminada se ve;
enigma es todo lo que
ahora vemos; entretanto,
Ángeles y Serafines, etc.

Fiada nuestra esperanza en tu
promesa divina hacia la patria
camina con segura confianza;
entretanto que esto alcanza,
con el más melifluo canto,
Ángeles y Serafines, etc.

Tu suma amable bondad
nuestro corazón inflama,
derivándose esta llama
de tu inmensa caridad;
amad, criaturas, amad
a quien por amarlo tanto,
Ángeles y Serafines, etc.

Sea ya nuestro consuelo
El Trisagio que Isaías
con suaves melodías oyó cantar
en el cielo, donde con ferviente

anhelo, por dar al infierno espanto,
Dios Uno y Trino a quien tanto
Arcángeles, Querubines,
Ángeles y Serafines,
Dicen: Santo, Santo, Santo.

V/.Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo.

R/. Alabémosle y ensalcémosle en todos los siglos.

Omnipotente y sempiterno Dios, que concediste a tus siervos el conocer la gloria de tu eterna Trinidad en la confesión de la verdadera fe y el adorar la Unidad en tu augusta Majestad; Te rogamos, Señor, que por la fuerza de esa misma fe nos veamos siempre libres de todas las adversidades. Por Cristo, Señor nuestro. Amén. (I)

_______________

(I) Por esta oración sola, indulgencia de cinco años cada vez; plenaria, al mes, con las condiciones acostumbradas, si se reza diariamente.

Tomado del devocionario: Camino Recto y Seguro para llegar al Cielo, de San Antonio Mª Claret.

domingo, 28 de mayo de 2023

La Venida del Espíritu Santo - Venerable Madre Agreda

 


La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y otros fieles; le vio María santísima intuitivamente y otros ocultísimos misterios y secretos que sucedieron entonces. 

58. En compañía de la gran Reina del cielo perseveraban alegres los doce Apóstoles con los demás discípulos y fieles aguardando en el cenáculo la promesa del Salvador, confirmada por la Madre santísima, de que les enviaría de las alturas al Espíritu consolador, que les enseñaría y administraría todas las cosas que en su doctrina habían oído (Jn 14, 26). Estaban todos unánimes y tan conformes en la caridad, que en todos aquellos días ninguno tuvo pensamiento, afecto, ni ademán contrario de los otros; uno mismo era el corazón y alma de todos en el sentir y obrar. Y aunque se ofreció la elección de San Matías, no intervino entre todos estos nuevos hijos de la Iglesia un ademán ni menor movimiento de discordia, con ser esta ocasión en la que los diferentes dictámenes arrastran la voluntad para discordar aun los más atentos, porque todos lo son para seguir cada uno su parecer y no reducirse al ajeno. Pero entre aquella santa congregación no tuvo entrada la discordia, porque los unió la oración, el ayuno y el estar todos esperando la visita del Espíritu Santo, que sobre corazones encontrados y discordes no puede tener asiento. Y para que se vea cuán poderosa fue esta unión de caridad, no sólo en disponerlos para recibir el Espíritu Santo, sino también para vencer a los demonios y ahuyentarlos, advierto que desde el infierno, donde estaban aterrados después de la muerte de nuestro Salvador Jesús, desde allí sintieron nueva opresión y terror con las virtudes de los que estaban en el cenáculo; aunque no las conocieron en particular, sintieron que de allí les resultaba aquella nueva fuerza que los acobardaba y juzgaron que se destruía su imperio con lo que aquellos discípulos de Cristo comenzaban a obrar en el mundo con su doctrina y ejemplo. 

59. La Reina de los Ángeles María santísima con la plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la divina voluntad para enviar al Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico. Y como se cumpliesen los días de Pentecostés (Act 2, 1ss), que fue cincuenta días después de la resurrección del Señor y nuestro Redentor, vio la beatísima Madre cómo en el cielo la humanidad de la persona del Verbo proponía al Eterno Padre la promesa que el mismo Salvador dejaba hecha en el mundo a sus Apóstoles, de enviarles al divino Espíritu consolador, y que se cumplía el tiempo determinado por su infinita sabiduría para hacer este favor a la Santa Iglesia, para plantar en ella la fe que el mismo Hijo había ordenado y los dones que le había merecido. Propuso Su Majestad también los méritos que en la carne mortal había adquirido con su santísima vida, pasión y muerte y los misterios que había obrado para remedio del humano linaje, y que era su medianero, abogado e intercesor entre el Eterno Padre y los hombres, y que entre ellos vivía su dulcísima Madre, en quien las divinas personas se complacían. Pidió también Su Majestad que viniese el Espíritu Santo al mundo en forma visible, a más de la gracia y dones invisibles, porque así convenía para honrar la Ley del Evangelio a vista del mundo, para confortar y alentar más a los Apóstoles y fieles que habían de predicar la palabra divina, para causar terror en los enemigos del mismo Señor, que en su vida le habían perseguido y despreciado hasta la muerte de Cruz. 

60. Esta petición, que hizo nuestro Redentor en el cielo, acompañó su Madre santísima desde la tierra en la forma que a la piadosa Madre de los fieles competía. Y estando con profunda humildad postrada en tierra en forma de cruz, conoció cómo en el consistorio de la Beatísima Trinidad se admitía la petición del Salvador del mundo y que para despacharla y ejecutarla —a nuestro modo de entender— las dos personas del Padre y del Hijo, como principio de quien procede el Espíritu Santo, ordenaban la misión activa de la tercera Persona, porque a las dos se les atribuye el enviar la que procede de entrambos, y la tercera persona del Espíritu Santo aceptaba la misión pasiva y admitía venir al mundo. Y aunque todas estas Personas divinas y sus operaciones son de una misma voluntad infinita y eterna sin desigualdad alguna, pero las mismas potencias que en todas Personas son indivisas e iguales tienen unas operaciones ad intra en una persona que no las tienen en otra; y así el entendimiento en el Padre engendra y no en el Hijo, porque es engendrado, y la voluntad en el Padre y en el Hijo espira y no en el Espirito Santo, que es espirado. Y por esta razón al Padre y al Hijo se les atribuye enviar, como principio activo, al Espíritu Santo ad extra y a él se le atribuye el ser enviado como pasivamente. 

61. Precediendo las peticiones dichas, el día de Pentecostés por la mañana la prudentísima Reina previno a los Apóstoles y a los demás discípulos y mujeres santas —que todas eran ciento y veinte personas— para que orasen y esperasen con mayor fervor, porque muy presto serían visitados de las alturas con el divino Espíritu. Y estando así orando todos juntos con la celestial Señora, a la hora de tercia se oyó en el aire un gran sonido de un espantoso tronido y un viento o espíritu vehemente con grande resplandor, como de relámpago y de fuego, y todo se encaminó a la casa del cenáculo, llenándola de luz y derramándose aquel divino fuego sobre toda aquella santa congregación. Aparecieron sobre la cabeza de cada uno de los ciento y veinte unas lenguas del mismo fuego en que venía el Espíritu Santo, llenándolos a todos y a cada uno de divinas influencias y dones soberanos y causando a un mismo tiempo muy diferentes y contrarios efectos en el cenáculo y en todo Jerusalén, según la diversidad de sujetos. 

62. En María santísima fueron divinos y admirables para los cortesanos del cielo, que los demás somos muy inferiores para entenderlos y explicarlos. Quedó la purísima Señora transformada y elevada toda en el mismo altísimo Dios, porque vio intuitivamente y con claridad al Espíritu Santo y por algún espacio, aunque de paso, gozó de la visión beatífica de la divinidad, y de sus dones y efectos recibió sola ella más que todo el resto de los santos. Y su gloria por aquel tiempo excedió a la de los Ángeles y Bienaventurados. Y sola ella dio más gloria, alabanza y agradecimiento que todos ellos juntos por el beneficio de haber enviado el Señor a su divino Espíritu sobre la Santa Iglesia, empeñándose para enviarle muchas veces y gobernarla con su asistencia hasta el fin del mundo. Y de las obras que sola María santísima hizo en esta ocasión se complació y agradó la Beatísima Trinidad de manera que se dio Su Majestad como por pagado y satisfecho de este favor que hizo al mundo; y no sólo por satisfecho, pero hizo como si se hallara obligado, por tener a esta única criatura que el Padre miraba como Hija y el Hijo como Madre y el Espíritu Santo como a Esposa, a quien —a nuestro modo de entender— debía visitar y enriquecer después de haberla elegido para tan alta dignidad. Renováronse en la digna y feliz Esposa todos los dones y gracias del Espíritu Santo con nuevos efectos y operaciones que no caben en nuestra capacidad. 

63. Los Apóstoles, como dice San Lucas (Act 2, 4), fueron también llenos y repletos del Espíritu Santo, porque recibieron admirables aumentos de la gracia justificante en grado muy levantado y solos ellos doce fueron confirmados en esta gracia para no perderla. Respectivamente se les infundieron hábitos de los siete dones, sabiduría, entendimiento, ciencia, piedad, consejo, fortaleza y temor, todos en grado convenientísimo. En este beneficio tan grandioso y admirable como nuevo en el mundo, quedaron los Doce Apóstoles elevados y renovados para ser idóneos ministros del Nuevo Testamento (2 Cor 3, 6) y fundadores de la Iglesia evangélica en todo el mundo, porque esta nueva gracia y dones les comunicaron una virtud divina que con eficaz y suave fuerza los inclinaba a lo más heroico de todas las virtudes y a lo supremo de la santidad. Y con esta fuerza oraban y obraban pronta y fácilmente todas las cosas, por arduas y difíciles que fuesen, y esto no con tristeza y por violenta necesidad, sino con gozo y alegría. 

64. En todos los demás discípulos y otros fieles que recibieron el Espíritu Santo en el cenáculo, obró el Altísimo los mismos efectos con proporción y respectivamente, salvo que no fueron confirmados en gracia como los Apóstoles, pero según la disposición de cada uno se les comunicó la gracia y dones con más o menos abundancia para el ministerio que les tocaba en la Santa Iglesia. Y la misma proporción se guardó en los Apóstoles, pero San Pedro y San Juan Evangelista señaladamente fueron aventajados en estos dones por los más altos oficios que tenían, el uno de gobernar la Iglesia como cabeza y el otro de asistir y servir a su Reina y Señora de cielo y tierra María santísima. El texto sagrado de San Lucas dice que el Espíritu Santo llenó toda la Casa donde estaba aquella feliz congregación (Act 2, 2), no sólo porque todos en ella quedaron llenos del divino Espíritu y de sus inefables dones, sino porque la misma casa fue llena de admirable luz y resplandor. Y esta plenitud de maravillas y prodigios redundó y se comunicó a otros fuera del cenáculo, porque obró también diversos y varios efectos el Espíritu Santo en los moradores y vecinos de Jerusalén. Todos aquellos que con alguna piedad se compadecieron de nuestro Salvador y Redentor Jesús en su pasión y muerte, doliéndose de sus acerbísimos tormentos y reverenciando su venerable persona, fueron visitados en lo interior con nueva luz y gracia que los dispuso para admitir después la Doctrina de los Apóstoles. Y los que se convirtieron con el primer sermón de San Pedro eran muchos de éstos, a quien su compasión y pena de la muerte del Señor les comenzó a granjear tanta dicha como ésta. Otros justos que estaban en Jerusalén fuera del cenáculo recibieron también grande consolación interior con que se movieron y dispusieron, y así obró en ellos el Espíritu Santo nuevos efectos de gracia, respectivamente, en cada uno.

65. Pero no son menos admirables, aunque más ocultos, otros efectos muy contrarios a los que he dicho, que el mismo Espíritu divino obró este día en Jerusalén. Sucedió, pues, que con el espantoso trueno y vehemente conmoción del aire y relámpagos en que vino el Espíritu Santo, turbó y atemorizó a todos los moradores de la ciudad enemigos del Señor, respectivamente a cada uno según su maldad y perfidia. Señalóse este castigo con todos cuantos fueron actores y concurrieron en la muerte de nuestro Salvador, particularizándose y airándose en malicia y rabia. Todos éstos cayeron en tierra por tres horas, dando en ella de cerebro. Y los que azotaron a Su Majestad murieron luego todos, ahogados de su propia sangre, que del golpe se les movió y trasvenó hasta sofocarlos, por la que con tanta impiedad derramaron. El atrevido que dio la bofetada a Su Majestad divina no sólo murió repentinamente, sino que fue lanzado en el infierno en alma y cuerpo. Otros de los judíos, aunque no murieron, quedaron castigados con intensos dolores y algunas enfermedades abominables. Este castigo fue notorio en Jerusalén, aunque los pontífices y fariseos pusieron gran diligencia en desmentirlo, como lo hicieron en la Resurrección del Salvador; pero como esto no era tan importante no lo escribieron los Apóstoles ni Evangelistas, y la confusión de la ciudad y la multitud lo olvidó luego. 

66. Pasó también el castigo y el temor hasta el infierno, donde los demonios le sintieron con nueva confusión y opresión, que les duró tres días, como a los judíos estar en tierra tres horas. Y en aquellos días estuvieron Lucifer y sus demonios dando formidables aullidos, con que todos los condenados recibieron nueva pena y aterramiento de confusísimo dolor. ¡Oh Espíritu inefable y poderoso! La Iglesia Santa os llama dedo de Dios, porque procedéis del Padre y del Hijo como el dedo del brazo y del cuerpo, pero en esta ocasión se me ha manifestado que tenéis el mismo poder infinito con el Padre y con el Hijo. En un mismo tiempo con vuestra real presencia se movieron cielo y tierra con efectos tan disímiles en todos sus moradores, pero muy semejantes a los que sucederán el día del juicio. A los santos y a los justos llenasteis de vuestra gracia, dones y consolación inefable, y a los impíos y soberbios castigasteis y llenasteis de confusión y penas. Verdaderamente veo aquí cumplido lo que dijisteis por Santo Rey y Profeta David (Sal 93, 1ss), que sois Dios de venganzas y libremente obráis dando la retribución digna a los malos, porque no se gloríen en su malicia injusta ni digan en su corazón que no lo veréis ni entenderéis, redarguyendo y castigando sus pecados. 

67. Entiendan, pues, los insipientes del mundo y sepan los estultos de la tierra que conoce el Altísimo los pensamientos vanos de los hombres y que si con los justos es liberal y suavísimo, con los impíos y malos es rígido y justiciero para su castigo. Le tocaba al Espíritu Santo hacer lo uno y lo otro en esta ocasión. Porque procedía del Verbo, que se humanó por los hombres y murió para redimirlos y padeció tantos oprobios y tormentos sin abrir su boca ni dar retribución de estas deshonras y desprecios. Y bajando al mundo el Espíritu Santo, era justo que volviera por la honra del mismo Verbo humanado y, aunque no castigara a todos sus enemigos, pero en el castigo de los más impíos quedara señalado el que merecían todos los que con dura perfidia le habían despreciado, si con darles lugar no se reducían a la verdad con verdadera penitencia. A los pocos que habían admitido al Verbo humanado, siguiéndole y oyéndole como Redentor y Maestro, y a los que habían de predicar su fe y doctrina, era justo premiarlos y disponerlos con favores proporcionados para el ministerio de plantar la Iglesia y Ley Evangélica. A María santísima era como debido visitarla el Espíritu Santo. El Apóstol dijo (Ef 5, 31) que dejar el hombre a su padre y madre y unirse con su esposa, como lo había dicho Santo Profeta y Legislador Moisés (Gen 2, 24), era gran sacramento entre Cristo y la Iglesia, por quien descendió del seno del Padre para unirse con ella en la humanidad que recibió. Pues si Cristo bajó del cielo por estar con su esposa la Iglesia, consiguiente parecía que bajase el Espíritu Santo por María santísima, no menos esposa suya que Cristo de la Iglesia y no la amaba menos que el Verbo humanado a la Iglesia. 


Doctrina que me dio la gran Reina del cielo y Señora nuestra. 

68 Hija mía, poco atentos y agradecidos son los hijos de la Iglesia al beneficio que les hizo el Altísimo enviando a ella el Espíritu Santo, después de haber enviado a su Hijo por Maestro y Redentor de los hombres. Tanta fue la dilección con que los quiso amar y traer a sí, que para hacerlos participantes de sus divinas perfecciones envió primero al Hijo, que es la sabiduría, y después al Espíritu Santo, que es su mismo amor, para que de estos atributos fuesen enriquecidos en el modo que todos eran capaces de recibirlos. Y aunque vino el divino Espíritu en la primera vez sobre los Apóstoles y los demás que con ellos estaban, pero en aquella venida dio prendas y testimonio de que haría el mismo favor a los demás hijos de la Iglesia, de la luz y del Evangelio, comunicando a todos sus dones si todos se dispusieren para recibirlos. Y en fe de esta verdad venía el mismo Espíritu Santo sobre muchos de los creyentes en forma o en efectos visibles, porque eran verdaderamente fieles siervos, humildes, sencillos y de corazón limpio y aparejados para recibirle. Y también ahora viene en muchas almas justas, aunque no con señales tan manifiestas como entonces, porque no es necesario ni conveniente. Los efectos y dones interiores todos son de una misma condición, según la disposición y grado de cada uno que los recibe. 

69. Dichosa es el alma que anhela y suspira por alcanzar este beneficio y participar de este divino fuego, que enciende, ilustra y consume todo lo terreno y carnal, y purificándola la levanta a nuevo ser por la unión y participación del mismo Dios. Esta felicidad, hija mía, deseo para ti como verdadera y amorosa madre; y para que la consigas con plenitud te amonesto de nuevo prepares tu corazón, trabajando por conservar en él una inviolable tranquilidad y paz en todo lo que te sucediere. Quiere la divina clemencia levantarte a una habitación muy alta y segura, donde tengan término las tormentas de tu espíritu y no alcancen las baterías del mundo ni del infierno, donde en tu reposo descanse el Altísimo y halle en ti digna morada y templo de su gloria. No te faltarán acometimientos y tentaciones del Dragón y todas con suma astucia. Vive prevenida, para que ni te turbes ni admitas desasosiego en lo interior de tu alma. Guarda tu tesoro en tu secreto y goza de las delicias del Señor, de los efectos dulces de su casto amor, de las influencias de su ciencia, pues en esto te ha elegido y señalado entre muchas generaciones, alargando su mano liberalísima contigo. 

70. Considera, pues, tu vocación y asegúrate que de nuevo te ofrece el Altísimo la participación y comunicación de su divino Espíritu y sus dones. Pero advierte que cuando los concede no quita la libertad de la voluntad, porque siempre deja en su mano el hacer elección del bien y del mal a su albedrío, y así te conviene que en confianza del favor divino tomes eficaz resolución de imitarme en todas las obras que de mi vida conoces y no impedir los efectos y virtud de los dones del Espíritu Santo. Y para que mejor entiendas esta doctrina, te diré la práctica de todos siete. 

71. El primero, que es la sabiduría, administra el conocimiento y gusto de las cosas divinas para mover el cordial amor que en ellas debes ejercitar, codiciando y apeteciendo en todo lo bueno, lo mejor y más perfecto y agradable al Señor. Y a esta moción has de concurrir entregándote toda al beneplácito de la divina voluntad y despreciando cuanto te pueda impedir, por más amable que sea para la voluntad y deseable al apetito. A esto ayuda el don del entendimiento, que es el segundo, dando una especial luz para penetrar profundamente el objeto representado al entendimiento. Con esta inteligencia has de cooperar y concurrir, divirtiendo y apartando la atención y discurso de otras noticias bastardas y peregrinas, que el demonio por sí y por medio de otras criaturas ofrece para distraer el entendimiento y que no penetre bien la verdad de las cosas divinas. Esto le embaraza mucho, porque son incompatibles estas dos inteligencias y porque la capacidad humana es corta y partida en muchas cosas comprende menos y atiende menos a cada una que si atendiera a sola ella. Y en esto se experimenta la verdad del Evangelio, que ninguno puede servir a dos señores (Mt 6, 24). Y cuando atenta toda el alma a la inteligencia del bien le penetra, es necesaria la fortaleza, que es el tercer don, para ejecutar con resolución todo lo que el entendimiento ha conocido por más santo, perfecto y agradable al Señor. Y las dificultades o impedimentos que se ofrecieren para hacerlo, se han de vencer con fortaleza, exponiéndose la criatura a padecer cualquier trabajo y pena por no privarse del verdadero y sumo Bien que conoce. 

72. Mas porque muchas veces sucede que con la natural ignorancia y dubiedad, junto con la tentación, no alcanza la criatura las conclusiones o consecuencias de la verdad divina que ha conocido y con esto se embaraza para obrar lo mejor entre los arbitrios que ofrece la prudencia de la carne, sirve para esto el don de ciencia, que es el cuarto, y da luz para inferir unas cosas buenas de otras y enseña lo más cierto y seguro y a declararse en ello, si fuere menester. A éste se llega el don de la piedad, que es el quinto, e inclina al alma con fuerte suavidad a todo lo que verdaderamente es agrado y servicio del Señor y beneficio espiritual de la criatura, a que lo ejecute no con alguna pasión natural, sino con motivo santo, perfecto y virtuoso. Y para que en todo se gobierne con alta prudencia sirve el sexto don, de consejo, que encamina la razón para obrar con acierto y sin temeridad, pesando los medios y conciliando para sí y para otros con discreción, para elegir los medios más proporcionados a los fines honestos y santos. A todos estos dones se sigue el último, del temor, que los guarda y sella todos. Este don inclina al corazón para que huya y se recate de todo lo imperfecto, peligroso y disonante a las virtudes y perfección del alma, y así le viene a servir de muro que la defiende. Pero es necesario entender la materia y modo de este temor santo, para que no exceda en él la criatura ni tema donde no hay que temer, como a ti tantas veces te ha sucedido por la astucia de la serpiente, que a vuelta del temor santo te ha procurado introducir el temor desordenado de los mismos beneficios del Señor. Pero con esta doctrina quedarás advertida cómo has de practicar los dones del Altísimo y avenirte con ellos. Y te advierto y amonesto que la ciencia de temer es propio efecto de los favores que Dios comunica y le da al alma, y con suavidad y dulzura, paz y tranquilidad, para que sepa estimar y apreciar el don, porque ninguno hay pequeño de la mano del Altísimo, y porque el temor no impida a conocer bien el favor de su poderosa mano y para que este temor la encamine a agradecerle con todas sus fuerzas y humillarse hasta el polvo. Conociendo tú estas verdades sin engañó y quitando la cobardía del temor servil, quedará el filial y con él como norte navegarás segura en este valle de lágrimas. 

MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VII, Cap. 5

jueves, 6 de octubre de 2022

Oración ardiente de San Luis María Grignion de Montfort para pedir apóstoles de los últimos tiempos

 

Acordaos, Señor, de vuestra Congregación, que hicisteis vuestra desde toda la eternidad (Sal 73, 2), pensando en ella en vuestra mente ab initio; que hicisteis vuestra en vuestras manos, cuando sacasteis el mundo de la nada, ab initio; que hicisteis vuestra en vuestro corazón, cuando vuestro querido Hijo, muriendo en la cruz, la regaba con su sangre y la consagraba por su muerte, confiándola a su Santa Madre.

Escuchad, Señor, los designios de vuestra misericordia; suscitad los hombres de vuestra derecha, tales como los habéis mostrado dando conocimiento profético de ello a algunos de vuestros mayores siervos: a San Francisco de Paula, a San Vicente Ferrer, a Santa Catalina de Sena y a tantas otras grandes almas en el último siglo pasado, y aun en este en que vivimos.




ORACIÓN ARDIENTE

Acordaos, Señor, de vuestra Congregación, que hicisteis vuestra desde toda la eternidad (Sal 73, 2), pensando en ella en vuestra mente ab initio; que hicisteis vuestra en vuestras manos, cuando sacasteis el mundo de la nada, ab initio; que hicisteis vuestra en vuestro corazón, cuando vuestro querido Hijo, muriendo en la cruz, la regaba con su sangre y la consagraba por su muerte, confiándola a su Santa Madre.

Escuchad, Señor, los designios de vuestra misericordia; suscitad los hombres de vuestra derecha, tales como los habéis mostrado dando conocimiento profético de ello a algunos de vuestros mayores siervos: a San Francisco de Paula, a San Vicente Ferrer, a Santa Catalina de Sena y a tantas otras grandes almas en el último siglo pasado, y aun en este en que vivimos.




ORACIÓN A DIOS PADRE

Dios Todopoderoso, acordaos de esta Compañía aplicando a ella todo el poder de vuestro brazo, que no está acortado; para sacarla a luz y para llevarla a su perfección. Renueva los prodigios, repite los portentos, exalta tu mano, robustece tu brazo (Si 36, 5). ¡Oh Dios soberano, que de las piedras toscas podéis hacer otros tantos hijos de Abraham!; decid como Dios una sola palabra, para enviar buenos obreros a vuestra mies y buenos misioneros a vuestra Iglesia.

Dios de infinita bondad, acordaos de vuestras antiguas misericordias, y por estas mismas misericordias, acordaos de esta Congregación; acordaos de las promesas reiteradas que nos habéis hecho por vuestros profetas y por vuestro mismo Hijo, para que nos concedas todas nuestras justas peticiones. Acordaos de las plegarias que vuestros siervos y vuestras siervas os han hecho sobre este asunto desde hace tantos siglos: que sus votos, sus gemidos, sus lágrimas, la sangre por ellas derramada lleguen a vuestra presencia para solicitar poderosamente vuestra misericordia. Pero acordaos, sobre todo, de vuestro querido Hijo: No rechaces la faz de tu Ungido (Sal 131, 10). Su agonía, su confusión y su llanto amoroso en el Huerto de los Olivos cuando dice: ¿Qué provecho encuentras en mi sangre? (Sal 29, 10); su muerte cruel y su sangre derramada os gritan a voces misericordia, a fin de que por medio de esta Congregación sea establecido su imperio sobre las ruinas del de sus enemigos.

Acordaos, Señor, de esta Comunidad en los efectos de vuestra justicia, Es hora de que actúes, Señor, han quebrantado tu voluntad (Sal 118, 126). Es tiempo de hacer lo que habéis prometido. Vuestra divina Ley es quebrantada; vuestro Evangelio, abandonado; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos; toda la tierra está desolada; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo. ¿Lo dejaréis abandonado así todo, Señor justo, Dios de las venganzas? ¿Vendrá todo, al fin, a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Callaréis siempre? ¿Aguantaréis siempre? ¿No es menester que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo y que venga vuestro reino? ¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros amigos una renovación futura de vuestra Iglesia? ¿No han de convertirse a la verdad los judíos? ¿No es esto lo que espera vuestra Iglesia? ¿No os piden a gritos todos los santos del cielo justicia? Hazme justicia (Lc 18, 3) ¿No os dicen todos los justos de la tierra: Amén, ven, Señor? (Ap 22, 20). Las criaturas todas, aun las más insensibles, gimen bajo el peso de los pecados innumerables de Babilonia y piden vuestra venida para restaurar todas las cosas. La creación entera está gimiendo (Rm 8, 22).


ORACIÓN A DIOS HIJO

Señor Jesús: Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de la gracia, como los habéis comenzado por ella.

Dad hijos y siervos a vuestra Madre; si no, yo muero (Gn 30, 1)

Es por vuestra Madre por la que yo os lo pido. Acordaos de sus entrañas y de sus pechos, y no me rechacéis; acordaos de que sois su Hijo y escuchadme; acordaos de lo que Ella es para Vos y de lo que Vos sois para Ella, y cumplid mis deseos.

¿Qué es lo que os pido? Nada en mi favor, todo para vuestra gloria.

¿Qué es lo que os pido? Lo que Vos podéis, y aun, me atrevo a decirlo, lo que debéis concederme, como Dios verdadero que sois, a quien se ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y como el mejor de todos los hijos, que amáis infinitamente a vuestra Madre.

¿Qué es lo que os pido? sacerdotes libres con vuestra libertad, descarnados de todo, sin padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin estorbos, sin cuidados y aun sin voluntad propia.

Hombres libres: esclavos de vuestro amor y de vuestra voluntad; hombres según vuestro corazón, que, sin voluntad propia que los manche y los detenga, cumplan todas vuestras voluntades y arrollen a todos vuestros enemigos, como otros tantos nuevos Davides, con el báculo de la Cruz y la honda del santo Rosario en las manos.

Hombres libres: Nubes elevadas de la tierra y llenas de rocío celeste, que sin impedimento vuelan por todas partes según el soplo del Espíritu Santo. Son ellos, en parte, los que conocieron vuestros profetas cuando preguntaban: ¿Quienes son estos que vuelan como las nubes? (Is 60, 8) - Caminaban de frente, avanzaban a favor del viento del espíritu. (Ez 1, 12)

Hombres libres: Hombres siempre a vuestra mano. Prontos siempre a obedeceros, a la voz de sus superiores, como Samuel: Heme aquí (1 S 3,16), prestos siempre a correr y a sufrirlo todo con Vos y por Vos, como los Apóstoles: Vamos también nosotros y muramos con él. (Jn 11, 16)

Hombres libres: Verdaderos hijos de María, vuestra Santa Madre, engendrados y concebidos por su caridad, llevados en su seno, pegados a sus pechos, alimentados con su leche, educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos de sus gracias.

Hombres libres: Verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Santo Domingo, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como el fuego y alumbrar las tinieblas del mundo como soles; y que por medio de una verdadera devoción a María, es decir:

interior sin hipocresía,
exterior sin crítica,
prudente sin ignorancia,
tierna sin indiferencia,
constante sin liviandad y
santa sin presunción,

aplasten, por dondequiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Vos le echasteis se cumpla enteramente: Estableceré hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza (Gn 3, 15).


Verdad es, Dios soberano, que el demonio pondrá, como Vos lo habéis predicho, grandes acechanzas al carcañal de esta mujer misteriosa, es decir, a esta pequeña Compañía de sus hijos, que vendrán hacia el fin del mundo, y que habrá grandes enemistades entre esta bienaventurada descendencia de María y la raza maldita de Satanás; pero es una enemistad totalmente divina, la única de que Vos sois el Autor: Estableceré hostilidades.

Pero estos combates y estas persecuciones, que los hijos de la raza de Belial desencadenarán contra la raza de vuestra Santa Madre, sólo servirán para hacer brillar más el poder de vuestra gracia, la valentía de su virtud y la autoridad de vuestra Madre, puesto que Vos, desde el principio del mundo, le habéis dado el encargo de aplastar a este orgulloso, por la humildad de su corazón y de su planta: Ella te herirá en la cabeza.

Si no, yo muero. ¿No me está a mí mejor morir que veros, Dios mío, todos los días tan cruel y tan impunemente ofendido, que hallarme todos los días más y más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían más tolerables. O enviad socorros desde el cielo o llevaos mi alma. Si no tuviera la esperanza de que oiréis, pronto o tarde, a este pobre pecador en interés de vuestra gloria, como habéis oído a tantos otros. Si el afligido invoca al Señor; El lo escucha, pediría absolutamente con un profeta: Llévate mi alma. Pero la confianza que tengo en vuestra misericordia me hace decir con otro profeta: No moriré, sino viviré y contaré las obras del Señor (Sal 117, 17), hasta que con Simeón pueda decir: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto... (Lc 2, 29).


ORACIÓN A DIOS ESPÍRITU SANTO

Espíritu Santo, acordaos de producir y formar hijos de Dios, con vuestra divina y fiel Esposa María. Vos formasteis la cabeza de los predestinados con Ella y en Ella; con Ella y en Ella debéis formar todos sus miembros. Vos no engendráis ninguna persona divina en la Divinidad; pero sois, Vos solo, quien formáis fuera de la Divinidad todas las personas divinas; y todos los santos que han sido y serán hasta el fin del mundo son otras tantas obras de vuestro amor unido a María.

El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó por un diluvio de agua; el reino de Jesucristo terminó por un diluvio de sangre; pero vuestro reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y se terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia.

¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego, de puro amor, que Vos debéis encender sobre toda la tierra de manera tan dulce y tan vehemente, que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los mismos judíos se abrasarán en él y se convertirán? Sin que nada se sustraiga a su calor (Sal 18, 7). ¡Ojalá estuviera ardiendo! (Lc 12, 49). Que este divino fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra se encienda, antes que Vos encendáis el de vuestra cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas. Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra (Sal 103, 30). Enviad este espíritu, todo fuego, sobre la tierra, para crear en ella sacerdotes todo fuego, por ministerio de los cuales la faz de la tierra sea renovada y vuestra Iglesia reformada.

Acuérdate de tu Congregación: es una Congregación, una asamblea, una selección, un apartado de predestinados, que Vos debéis hacer en el mundo y del mundo: Yo os he elegido del mundo (Jn 15, 19). Es un rebaño de corderos pacíficos que Vos debéis reunir en medio de tantos lobos; una compañía de castas palomas y de águilas reales en medio de tantos cuervos; un enjambre de abejas en medio de tantas avispas; una manada de ciervos ágiles entre tantas tortugas; un escuadrón de leones valerosos en medio de tantas liebres tímidas. ¡Oh Señor!: Reúnenos de entre las naciones (Sa1 105, 47). Congréganos, únenos para que se dé toda la gloria a vuestro nombre santo y poderoso.


LA COMPAÑIA DE MARÍA

Vos predijisteis esta ilustre Compañía a vuestro profeta, que habla de ella en términos muy oscuros y misteriosos, pero totalmente divinos:

1. Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada (Sal 67, 10).

2. Y tu rebaño habita en la tierra que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres (Sal 67,11).

3. El Señor pronuncia un oráculo, millares pregonan la noticia (Sal 67, 12)

4. Los reyes de los ejércitos van huyendo, las mujeres reparten el botín (Sal 67,13)

5. Mientras reposabais en los apriscos, las palomas batieron sus alas de plata, el oro destellaba en sus plumas (Sal 67, 14)

6. Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes la niebla bajaba sobre el Monte Umbrío (Sal 67, 15).

7. Las montañas de Basan son altísimas, ¿porqué tenéis envidia, montañas escarpadas? (Sal 67, 16)

8. El monte escogido por Dios para habitar, morada perpetua del Señor. (Sal 67, 17)

¿Cuál es, Señor, esa lluvia voluntaria que Vos habéis preparado y escogido para vuestra heredad enferma sino estos santos misioneros, hijos de María, vuestra Esposa, que Vos debéis reunir y separar del pueblo, para bien de vuestra Iglesia, tan debilitada y manchada por los crímenes de sus hijos?

¿Quiénes son esos animales y esos pobres que morarán en vuestra heredad, y que serán alimentados en ella con la dulzura divina que Vos les habéis preparado, sino estos pobres misioneros abandonados a la providencia que rebosarán de vuestras delicias más divinas, sino los animales misteriosos de Ezequiel, que tendrán la humanidad del hombre por su caridad desinteresada y bienhechora para con el prójimo; la valentía del león por su santa cólera y su celo ardiente y prudente contra los demonios, hijos de Babilonia; la fuerza del buey por sus trabajos apostólicos y su mortificación contra la carne, y, en fin, la agilidad del águila por su contemplación en Dios? Tales serán los misioneros que Vos queréis enviar a vuestra Iglesia. Tendrán ojos de hombre para con el prójimo, ojos de león contra vuestros enemigos, ojos de buey contra sí mismos y ojos de águila para Vos.

Estos imitadores de los Apóstoles predicarán con gran poder, con mucho valor. Con gran fuerza y virtud, tan grande y tan resplandeciente, que removerán las almas y los corazones de los lugares en que prediquen. A ellos es a quienes daréis vuestra palabra: daré la palabra; vuestra misma boca y vuestra sabiduría: Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrán hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro (Lc 21, 15), a la que ninguno de vuestros enemigos podrá resistir.

Entre estos vuestros amados será donde Vos, en calidad de Rey de las virtudes, de Jesucristo el bien Amado, tendréis vuestras complacencias, puesto que ellos en todas sus misiones no tendrán más fin que el daros toda la gloria de los despojos que arrebatarán a sus enemigos: Los reyes de los ejércitos van huyendo, las mujeres reparten el botín (Sal 67, 13).

Por su abandono en manos de la Providencia y su devoción a María tendrán las alas plateadas de la paloma: es decir, la pureza de la doctrina y de las costumbres (Sal 67, 14). Y su espalda dorada: es decir, una perfecta caridad con el prójimo para soportar sus defectos y un gran amor para con Jesucristo para llevar su cruz. (VD 58).

Vos solo, como Rey de cielos y Rey de los reyes, separaréis de entre el pueblo estos misioneros como otros tantos reyes, para tornarlos más blancos que la nieve sobre el monte de Selmón, monte de Dios, monte abundante y fértil, monte fuerte y cuajado, monte en el que Dios se complace maravillosamente y en el que habita y habitará hasta el fin.

¿Quién es, Señor, Dios de verdad, este misterioso monte, del que nos decís tantas maravillas, sino María, vuestra querida Esposa, cuyos cimientos habéis puesto Vos sobre las cimas de los más altos montes? Él ha cimentado sobre el monte santo. Monte en la cima de los montes. (Sal 86, 1; Is 2, 2)

Dichosos y mil veces dichosos los sacerdotes que Vos habéis tan bien escogido y predestinado para morar con Vos en esta abundante y divina montaña, a fin de que lleguen a ser los reyes de la eternidad, por el desprecio de la tierra y su elevación en Dios; a fin de que se tornen más blancos que la nieve por su unión con María, vuestra Esposa, toda hermosa, toda pura y toda inmaculada; a fin de que se enriquezcan allí del rocío del cielo y de la grosura de la tierra, de todas las bendiciones temporales y eternas de que María está llena.

Desde lo alto de esta montaña es desde donde, como otros Moisés, lanzarán por sus ardientes plegarias dardos contra sus enemigos para abatirlos o convertirlos. En esta montaña será donde aprendan de la boca misma de Jesucristo, que en ella mora siempre, la inteligencia de sus ocho bienaventuranzas. 

En esta montaña de Dios será donde sean transfigurados con El sobre el Tabor; donde mueran con El, como en el Calvario, y de donde suban al cielo con El, como desde el monte de los Olivos.


LLAMAMIENTO FINAL

Acuérdate de tu congregación. A Vos solo es a quien toca el formar, por vuestra gracia, esta Congregación; si el hombre pone en ello el primero la mano, nada se hará; si mezcla de lo suyo con Vos, lo echará a perder todo, lo trastornará todo. Es vuestra obra, Dios soberano: haced vuestra obra, totalmente divina: juntad, llamad, reunid de todos los términos de vuestro dominio a vuestros elegidos, para hacer con ellos un cuerpo de ejército contra vuestros enemigos.

Ved, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes que forman compañías completas; los potentados que levantan ejércitos numerosos; los navegantes que arman flotas enteras; los mercaderes que se reúnen en gran número en los mercados y en las ferias. ¡Qué de ladrones, de impíos, de borrachos y de libertinos se unen en tropel contra Vos todos los días, y tan fácil y prontamente! Un silbido, un toque de tambor, una espada embotada que se muestre, una rama seca de laurel que se prometa, un pedazo de tierra roja o blanca que se ofrezca; en tres palabras, un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que esté a la vista, reúne al momento ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, llena las casas y los mercados y cubre la tierra y el mar de muchedumbre innumerable de réprobos, que, aun divididos los unos de los otros por la distancia de los lugares o por la diferencia de los humores o de su propio interés, se unen no obstante todos juntos hasta la muerte, para haceros la guerra bajo el estandarte y la dirección del demonio.

Y por vos, Dios soberano, aunque en serviros hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará vuestro partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo vuestras banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos por el celo de vuestra gloria: ¿Quién como Dios? ¡Ah!, permitidme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre!

A mí quien esté por el Señor (Ex 32, 26): que todos los buenos sacerdotes repartidos por el mundo cristiano, sea que actualmente se hallen combatiendo o que se hayan retirado de la pelea a los desiertos y soledades; que todos esos buenos sacerdotes vengan y se junten con nosotros; la unión hace la fuerza: para que formemos, bajo el estandarte de la Cruz, un ejército bien ordenado en batalla y bien regido para acometer de concierto a los enemigos de Dios, que han tocado ya alarma: Bramaron, rechinaron, se amotinaron, son muchos.

Rompamos sus ligaduras, sacudamos su yugo. El que habita en el cielo se reirá de ellos. (Sal 2, 3-4)

¡Álcese Dios y sus enemigos se dispersarán! (Sal 67, 2)

Despierta, Señor, ¿por qué duermes? ¡Levántate! (Sal 43, 24)

Señor, levantaos; ¿por qué parecéis dormir? Levantaos en vuestra omnipotencia, vuestra misericordia y vuestra justicia, para formar una Compañía escogida de guardias reales, que guarden vuestra casa, defiendan vuestra gloria y salven vuestras almas compradas al precio de Vuestra Preciosísima Sangre, a fin de que no haya sino un solo rebaño y un pastor y que todos os rindan gloria en vuestro templo: En su templo un grito unánime: ¡Gloria! Amén. (Sal 28, 9)

¡Dios solo!