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Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...
Palabras del Señor a la esposa sobre la adhesión a la Nueva Ley; sobre cómo esa misma Ley es ahora rechazada y desestimada por el mundo; sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios, y acerca de su maldición y condena.
Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley, que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley. Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas.
De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo.
Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero, ahora Mi ley esta rechazada y despreciada.
La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva para ellos.
¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente, han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino “planeó”, como si fuera algo ya pasado.
Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres? ¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes, cómo pueden traicionarte?’
En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí, respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor, porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra.
Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas. Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar, nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así también sucede cuando se dicen estas palabras:
‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello, aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo pueda hacer mi porvenir contigo!’
Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado no sea descubierto.
Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen. Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad, aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me traicionan.
Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino, que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las cuchillas.
Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más puede ser calentado o renacer a mi amor.
Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan pecando hasta el final.
También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son.
Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana –sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté realmente presente para los perversos igual que para los buenos, debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los perversos no lo reciben con el mismo efecto.
Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad, mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas. Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora, déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala voluntad sino por la justicia.
Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos, que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin. Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos, que vieron la luz del Cielo.
Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto, por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí, que soy el más exquisito de todos.
Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan sólo al fuego perpetuo.
Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.
Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capítulo 47
domingo, 24 de diciembre de 2023
Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo - Venerable Madre Agreda
Nace Cristo nuestro bien de María Virgen en Belén de Judea.
468. El palacio que tenía prevenido el supremo Rey de los reyes y Señor de los señores para hospedar en el mundo a su eterno Hijo humanado para los hombres, era la más pobre y humilde choza o cueva, a donde María santísima y San José se retiraron despedidos de los hospicios y piedad natural de los mismos hombres, como queda dicho en el capítulo pasado. Era este lugar tan despreciado y contentible, que con estar la ciudad de Belén tan llena de forasteros que faltaban posadas en que habitar, con todo eso nadie se dignó de ocuparle ni bajar a él, porque era cierto no les competía ni les venía bien sino a los maestros de la humildad y pobreza, Cristo nuestro bien y su purísima Madre. Y por este medio les reservó para ellos la sabiduría del eterno Padre, consagrándole con los adornos de desnudez, soledad y pobreza por el primer templo de la luz y casa del verdadero Sol de Justicia (Mt 5, 48), que para los rectos de corazón había de nacer de la candidísima aurora María, en medio de las tinieblas de la noche —símbolo de las del pecado— que ocupaban todo el mundo.
469. Entraron María santísima y San José en este prevenido hospicio, y con el resplandor que despedían los diez mil Ángeles que los acompañaban pudieron fácilmente reconocerle pobre y solo, como lo deseaban, con gran consuelo y lágrimas de alegría. Luego los dos santos peregrinos hincados de rodillas alabaron al Señor y le dieron gracias por aquel beneficio, que no ignoraban era dispuesto por los ocultos juicios de la eterna Sabiduría. De este gran sacramento estuvo más capaz la divina princesa María, porque en santificando con sus plantas aquella felicísima cuevecica, sintió una plenitud de júbilo interior que la elevó y vivificó toda, y pidió al Señor pagase con liberal mano a todos los vecinos de la ciudad que, despidiéndola de sus casas, la habían ocasionado tanto bien como en aquella humildísima choza la esperaba. Era toda de unos peñascos naturales y toscos, sin género de curiosidad ni artificio y tal que los hombres la juzgaron por conveniente para solo albergue de animales, pero el eterno Padre la tenía destinada para abrigo y habitación de su mismo Hijo.
470. Los espíritus angélicos, que como milicia celestial guardaban a su Reina y Señora, se ordenaron en forma de escuadrones, como quien hacía cuerpo de guardia en el palacio real. Y en la forma corpórea y humana que tenían, se le manifestaban también al santo esposo José, que en aquella ocasión era conveniente gozase de este favor, así por aliviar su pena, viendo tan adornado y hermoso aquel pobre hospicio con las riquezas del cielo, como para aliviar y animar su corazón y levantarle más para los sucesos que prevenía el Señor aquella noche y en tan despreciado lugar. La gran Reina y Emperatriz del cielo, que ya estaba informada del misterio que se había de celebrar, determinó limpiar con sus manos aquella cueva que luego había de servir de trono real y propiciatorio sagrado, porque ni a ella le faltase ejercicio de humildad, ni a su Hijo unigénito aquel culto y reverencia que era el que en tal ocasión podía prevenirle por adorno de su templo.
471. El santo esposo José, atento a la majestad de su divina esposa, que ella parece olvidaba en presencia de la humildad, le suplicó no le quitase a él aquel oficio que entonces le tocaba y, adelantándose, comenzó a limpiar el suelo y rincones de la cueva, aunque no por eso dejó de hacerlo juntamente con él la humilde Señora. Y porque estando los Santos Ángeles en forma humana visible —parece que, a nuestro entender, se hallaran corridos a vista de tan devota porfía y de la humildad de su Reina—, luego con emulación santa ayudaron a este ejercicio o, por mejor decir, en brevísimo espacio limpiaron y despejaron toda aquella caverna, dejándola aliñada y llena de fragancia. San José encendió fuego con el aderezo que para ello traía, y porque el frío era grande, se llegaron a él para recibir algún alivio, y del pobre sustento que llevaban comieron o cenaron con incomparable alegría de sus almas; aunque la Reina del cielo y tierra con la vecina hora de su divino parto estaba tan absorta y abstraída en el misterio, que nada comiera si no mediara la obediencia de su esposo.
472. Dieron gracias al Señor, como acostumbraban, después de haber comido; y deteniéndose un breve espacio en esto y en conferir los misterios del Verbo humanado, la prudentísima Virgen reconocía se le llegaba el parto felicísimo. Rogó a su esposo San José se recogiese a descansar y dormir un poco, porque ya la noche corría muy adelante. Obedeció el varón divino a su esposa y le pidió que también ella hiciese lo mismo, y para esto aliñó y previno con las ropas que traían un pesebre algo ancho, que estaba en el suelo de la cueva para servicio de los animales que en ella recogían. Y dejando a María santísima acomodada en este tálamo, se retiró el santo José a un rincón del portal, donde se puso en oración. Fue luego visitado del Espíritu divino y sintió una fuerza suavísima y extraordinaria con que fue arrebatado y elevado en un éxtasis altísimo, donde se le mostró todo lo que sucedió aquella noche en la cueva dichosa; porque no volvió a sus sentidos hasta que le llamó la divina esposa. Y este fue el sueño que allí recibió José, más alto y más feliz que el de Adán en el paraíso (Gen 2, 21).
473. En el lugar que estaba la Reina de las criaturas fue al mismo tiempo, movida de un fuerte llamamiento del Altísimo con eficaz y dulce transformación que la levantó sobre todo lo criado y sintió nuevos efectos del poder divino, porque fue este éxtasis de los más raros y admirables de su vida santísima. Luego fue levantándose más con nuevos lumines y cualidades que le dio el Altísimo, de los que en otras ocasiones he declarado, para llegar a la visión clara de la divinidad. Con estas disposiciones se le corrió la cortina y vio intuitivamente al mismo Dios con tanta gloria y plenitud de ciencia, que todo entendimiento angélico y humano ni lo puede explicar, ni adecuadamente entender. Se renovó en ella la noticia de los misterios de la divinidad y humanidad santísima de su Hijo, que en otras visiones se le había dado, y de nuevo se le manifestaron otros secretos encerrados en aquel archivo inexhausto del divino pecho. Y yo no tengo bastantes, capaces y adecuados términos ni palabras para manifestar lo que de estos sacramentos he conocido con la luz divina; que su abundancia y fecundidad me hace pobre de razones.
474. Le declaró el Altísimo a su Madre Virgen cómo era tiempo de salir al mundo de su virginal tálamo, y el modo cómo esto había de ser cumplido y ejecutado. Y conoció la prudentísima Señora en esta visión las razones y fines altísimos de tan admirables obras y sacramentos, así de parte del mismo Señor, como de lo que tocaba a las criaturas, para quien se ordenaban inmediatamente. Se postró ante el trono real de la divinidad y, dándole gloria y magnificencia, gracias y alabanzas por sí y las que todas las criaturas le debían por tan inefable misericordia y dignación de su inmenso amor, pidió a Su Majestad nueva luz y gracia para obrar dignamente en el servicio, obsequio, educación del Verbo humanado, que había de recibir en sus brazos y alimentar con su virginal leche. Ésta petición hizo la divina Madre con humildad profundísima, como quien entendía la alteza de tan nuevo sacramento, cual era el criar y tratar como madre a Dios hecho hombre, y porque se juzgaba indigna de tal oficio, para cuyo cumplimiento los supremos serafines eran insuficientes. Prudente y humildemente lo pensaba y pesaba la Madre de la sabiduría (Eclo 24, 24), y porque se humilló hasta el polvo y se deshizo toda en presencia del Altísimo, la levantó Su Majestad y de nuevo le dio título de Madre suya, y le mandó que como Madre legítima y verdadera ejercitase este oficio y ministerio: que le tratase como a Hijo del eterno Padre y juntamente Hijo de sus entrañas. Y todo se le pudo fiar a tal Madre, en que encierro todo lo que no puedo explicar con más palabras.
475. Estuvo María santísima en este rapto y visión beatífica más de una hora inmediata a su divino parto; y al mismo tiempo que salía de ella y volvía en sus sentidos, reconoció y vio que el cuerpo del niño Dios se movía en su virginal vientre, soltándose y despidiéndose de aquel natural lugar donde había estado nueve meses, y se encaminaba a salir de aquel sagrado tálamo. Este movimiento del niño no sólo no causó en la Virgen Madre dolor y pena, como sucede a las demás hijas de Adán y Eva en sus partos, pero antes la renovó toda en júbilo y alegría incomparable, causando en su alma y cuerpo virgíneo efectos tan divinos y levantados, que sobrepujan y exceden a todo pensamiento criado. Quedó en el cuerpo tan espiritualizada, tan hermosa y refulgente, que no parecía criatura humana y terrena: el rostro despedía rayos de luz como un sol entre color encarnado bellísimo, el semblante gravísimo con admirable majestad y el afecto inflamado y fervoroso. Estaba puesta de rodillas en el pesebre, los ojos levantados al cielo, las manos juntas y llegadas al pecho, el espíritu elevado en la divinidad y toda ella deificada. Y con esta disposición, en el término de aquel divino rapto, dio al mundo la eminentísima Señora al Unigénito del Padre y suyo (Lc 2, 7) y nuestro Salvador Jesús, Dios y hombre verdadero, a la hora de media noche, día de domingo, y el año de la creación del mundo, que la Iglesia romana enseña, de cinco mil ciento noventa y nueve; que esta cuenta se me ha declarado es la cierta y verdadera.
476. Otras circunstancias y condiciones de este divinísimo parto, aunque todos los fieles las suponen por milagrosas, pero como no tuvieron otros testigos más que a la misma Reina del cielo y sus cortesanos, no se pueden saber todas en particular, salvo las que el mismo Señor ha manifestado a su santa Iglesia en común, o a particulares almas por diversos modos. Y porque en esto creo hay alguna variedad, y la materia es altísima y en todo venerable, habiendo yo declarado a mis Prelados que me gobiernan lo que conocí de estos misterios para escribirlos, me ordenó la obediencia que de nuevo los consultase con la divina luz y preguntase a la Emperatriz del cielo, mi madre y maestra, y a los Santos Ángeles que me asisten y sueltan las dificultades que se me ofrecen, algunas particularidades que convenían a la mayor declaración del parto sacratísimo de María, Madre de Jesús, Redentor nuestro. Y habiendo cumplido con este mandato, volví a entender lo mismo, y me fue declarado que sucedió en la forma siguiente:
477. En el término de la visión beatífica y rapto de la Madre siempre Virgen, que dejo declarado (Cf. supra n. 473), nació de ella el Sol de Justicia, Hijo del eterno Padre y suyo, limpio, hermosísimo, refulgente y puro, dejándola en su virginal entereza y pureza más divinizada y consagrada; porque no dividió, sino que penetró el virginal claustro, como los rayos del sol, que sin herir la vidriera cristalina, la penetra y deja más hermosa y refulgente. Y antes de explicar el modo milagroso como esto se ejecutó, digo que nació el niño Dios solo y puro, sin aquella túnica que llaman secundina en la que nacen comúnmente enredados los otros niños y están envueltos en ella en los vientres de sus madres. Y no me detengo en declarar la causa de donde pudo nacer y originarse el error que se ha introducido de lo contrario. Basta saber y suponer que en la generación del Verbo humanado y en su nacimiento, el brazo poderoso del Altísimo tomó y eligió de la naturaleza todo aquello que pertenecía a la verdad y sustancia de la generación humana, para que el Verbo hecho hombre verdadero, verdaderamente se llamase concebido, engendrado y nacido como hijo de la sustancia de su Madre siempre Virgen. Pero en las demás condiciones que no son de esencia, sino accidentales a la generación y natividad, no sólo se han de apartar de Cristo Señor nuestro y de su Madre santísima las que tienen relación y dependencia de la culpa original o actual, pero otras muchas que no derogan a la sustancia de la generación o nacimiento y en los mismos términos de la naturaleza contienen alguna impuridad o superfluidad no necesaria para que la Reina del cielo se llame Madre verdadera y Cristo Señor nuestro hijo suyo y que nació de ella. Porque ni estos efectos del pecado o naturaleza eran necesarios para la verdad de la humanidad santísima, ni tampoco para el oficio de Redentor o Maestro; y lo que no fue necesario para estos tres fines, y por otra parte redundaba en mayor excelencia de Cristo y de su Madre santísimos, ¿no se ha de negar a entrambos? Ni los milagros que para ello fueron necesarios se han de recatear con el Autor de la naturaleza y gracia y con la que fue su digna Madre, prevenida, adornada y siempre favorecida y hermoseada; que la divina diestra en todos tiempos la estuvo enriqueciendo de gracias y dones y se extendió con su poder a todo lo que en pura criatura fue posible.
478. Conforme a esta verdad, no derogaba a la razón de madre verdadera que fuese virgen en concebir y parir por obra del Espíritu Santo, quedando siempre virgen. Y aunque sin culpa suya pudiera perder este privilegio la naturaleza, pero faltarle a la divina Madre tan rara y singular excelencia; y porque no estuviese y careciese de ella, se la concedió el poder de su Hijo santísimo. También pudiera nacer el niño Dios con aquella túnica o piel que los demás, pero esto no era necesario para nacer como hijo de su legítima Madre, y por esto no la sacó consigo del vientre virginal y materno, como tampoco pagó a la naturaleza este parto otras pensiones y tributos de menos pureza que contribuyen los demás por el orden común de nacer. El Verbo humanado no era justo que pasase por las leyes comunes de los hijos de Adán, antes era como consiguiente al milagroso modo de nacer, que fuese privilegiado y libre de todo lo que pudiera ser materia de corrupción o menos limpieza; y aquella túnica secundina no se había de corromper fuera del virginal vientre, por haber estado tan contigua o continua con su cuerpo santísimo y ser parte de la sangre y sustancia materna; ni tampoco era conveniente guardarla y conservarla, ni que la tocasen a ella las condiciones y privilegios que se le comunican al divino cuerpo, para salir penetrando el de su Madre santísima, como diré luego. Y el milagro con que se había de disponer de esta piel sagrada, si saliera del vientre, se pudo obrar mejor quedándose en él, sin salir fuera.
479. Nació, pues, el niño Dios del tálamo virginal solo y sin otra cosa material o corporal que le acompañase, pero salió glorioso y transfigurado; porque la divinidad y sabiduría infinita dispuso y ordenó que la gloria del alma santísima redundase y se comunicase al cuerpo del niño Dios al tiempo del nacer, participando los dotes de gloria, como sucedió después en el Tabor (Mt 17, 2) en presencia de los tres Apóstoles. Y no fue necesaria esta maravilla para penetrar el claustro virginal y dejarle ileso en su virginal integridad, porque sin estos dotes pudiera Dios hacer otros milagros: que naciera el niño dejando virgen a la Madre, como lo dicen los doctores santos (S. Tomás, Summa, III, q. 28 a. 2 ad 2) que no conocieron otro misterio en esta natividad. Pero la voluntad divina fue que la beatísima Madre viese a su Hijo hombre-Dios la primera vez glorioso en el cuerpo para dos fines: el uno, que con la vista de aquel objeto divino la prudentísima Madre concibiese la reverencia altísima con que había de tratar a su Hijo, Dios y hombre verdadero; y aunque antes había sido informada de esto, con todo eso ordenó el Señor que por este medio como experimental se la infundiese nueva gracia, correspondiente a la experiencia que tomaba de la divina excelencia de su dulcísimo Hijo y de su majestad y grandeza; el segundo fin de esta maravilla fue como premio de la fidelidad y santidad de la divina Madre, para que sus ojos purísimos y castísimos, que a todo lo terreno se habían cerrado por el amor de su Hijo santísimo, le viesen luego en naciendo con tanta gloria y recibiesen aquel gozo y premio de su lealtad y fineza.
480. El sagrado Evangelista San Lucas dice (Lc 2, 7) que la Madre Virgen, habiendo parido a su Hijo primogénito, le envolvió en paños y le reclinó en un pesebre. Y no declara quién le llevó a sus manos desde su virginal vientre, porque esto no pertenecía a su intento. Pero fueron ministros de esta acción los dos príncipes soberanos San Miguel y San Gabriel, que como asistían en forma humana corpórea al misterio, al punto que el Verbo humanado, penetrándose con su virtud por el tálamo virginal, salió a luz, en debida distancia le recibieron en sus manos con incomparable reverencia, y al modo que el Sacerdote propone al pueblo la Sagrada Hostia para que la adore, así estos dos celestiales ministros presentaron a los ojos de la divina Madre a su Hijo glorioso y refulgente. Todo esto sucedió en breve espacio. Y al punto que los santos Ángeles presentaron al niño Dios a su Madre, recíprocamente se miraron Hijo y Madre santísimos, hiriendo ella el corazón del dulce niño y quedando juntamente llevada y transformada en él. Y desde las manos de los dos santos príncipes habló el Príncipe celestial a su feliz Madre, y le dijo: Madre, asimílate a mí, que por el ser humano que me has dado quiero desde hoy darte otro nuevo ser de gracia más levantado, que siendo de pura criatura se asimile al mío, que soy Dios y hombre por imitación perfecta.— Respondió la prudentísima Madre: Trahe me post te, in odorem unguentorum tuorum curremos (Cant 1, 3). Llévame, Señor, tras de ti y correremos en el olor de tus ungüentos.—Aquí se cumplieron muchos de los ocultos misterios de los Cantares; y entre el niño Dios y su Madre Virgen pasaron otros de los divinos coloquios que allí se refieren, como: Mi amado para mí y yo para él (Cant 2,16), y se convierte para mí (Cant 7, 10). Atiende qué hermosa eres, amiga mía, y tus ojos son de paloma. Atiende qué hermoso eres, dilecto mío (Cant 1, 14-15); y otros muchos sacramentos que para referirlos sería necesario dilatar más de lo que es necesario este capítulo.
481. Con las palabras que oyó María santísima de la boca de su Hijo dilectísimo juntamente le fueron patentes los actos interiores de su alma santísima unida a la divinidad, para que imitándolos se asimilase a él. Y este beneficio fue el mayor que recibió la fidelísima y dichosa Madre de su Hijo, hombre y Dios verdadero no sólo porque desde aquella hora fue continuo por toda su vida, pero porque fue el ejemplar vivo de donde ella copió la suya, con toda la similitud posible entre la que era pura criatura y Cristo hombre y Dios verdadero. Al mismo tiempo conoció y sintió la divina Señora la presencia de la Santísima Trinidad, y oyó la voz del Padre eterno que decía: Este es mi Hijo amado, en quien recibo grande agrado y complacencia (Mt 17, 5).—Y la prudentísima Madre, divinizada toda entre tan encumbrados sacramentos, respondió y dijo: Eterno Padre y Dios altísimo, Señor y Criador del universo, dadme de nuevo vuestra licencia y bendición para que con ella reciba en mis brazos al deseado de las gentes (Ag 2, 8), y enseñadme a cumplir en el ministerio de madre indigna y de esclava fiel vuestra divina voluntad.—Oyó luego una voz que le decía: Recibe a tu unigénito Hijo, imítale, críale y advierte que me lo has de sacrificar cuando yo te le pida. Aliméntale como madre y reverénciale como a tu verdadero Dios.—Respondió la divina Madre: Aquí está la hechura de vuestras divinas manos, adornadme de vuestra gracia para que vuestro Hijo y mi Dios me admita por su esclava; y dándome la suficiencia de vuestro gran poder, yo acierte en su servicio, y no sea atrevimiento que la humilde criatura tenga en sus manos y alimente con su leche a su mismo Señor y Criador.
482. Acabados estos coloquios tan llenos de divinos misterios, el niño Dios suspendió el milagro o volvió a continuar el que suspendía los dotes y gloria de su cuerpo santísimo, quedando represada sólo en el alma, y se mostró sin ellos en su ser natural y pasible. Y en este estado le vio también su Madre purísima, y con profunda humildad y reverencia, adorándole en la postura que ella estaba de rodillas, le recibió de manos de los Santos Ángeles que le tenían. Y cuando le vio en las suyas, le habló y le dijo: Dulcísimo amor mío, lumbre de mis ojos y ser de mi alma, venid en hora buena al mundo, Sol de Justicia (Mal 4, 2), para desterrar las tinieblas del pecado y de la muerte. Dios verdadero de Dios verdadero, redimid a vuestros siervos, y vea toda carne a quien le trae la salud (Is 52, 10). Recibid para vuestro obsequio a vuestra esclava y suplid mi insuficiencia para serviros. Hacedme, Hijo mío, tal como queréis que sea con vos.— Luego se convirtió la prudentísima Madre a ofrecer su Unigénito al eterno Padre, y dijo: Altísimo Criador de todo el universo, aquí está el altar y el sacrificio aceptable a vuestros ojos. Desde esta hora, Señor mío, mirad al linaje humano con misericordia, y cuando merezcamos vuestra indignación, tiempo es de que se aplaque con vuestro Hijo y mío. Descanse ya la justicia, y magnifíquese vuestra misericordia, pues para esto se ha vestido el Verbo divino la similitud de la carne del pecado (Rom 8, 3) y se ha hecho hermano de los mortales y pecadores. Por este título los reconozco por hijos y pido con lo íntimo de mi corazón por ellos. Vos, Señor poderoso, me habéis hecho Madre de vuestro Unigénito sin merecerlo, porque esta dignidad es sobre todos merecimientos de criaturas, pero debo a los hombres en parte la ocasión que han dado a mi incomparable dicha, pues por ellos soy Madre del Verbo humanado pasible y Redentor de todos. No les negaré mi amor, mi cuidado y desvelo para su remedio. Recibid, eterno Dios, mis deseos y peticiones para lo que es de vuestro mismo agrado y voluntad.
483. Se convirtió también la Madre de Misericordia a todos los mortales, y hablando con ellos dijo: Consuélense los afligidos, alégrense los desconsolados, levántense los caídos, pacifíquense los turbados, resuciten los muertos, letifíquense los justos, alégrense los santos, reciban nuevo júbilo los espíritus celestiales, alíviense los profetas y patriarcas del limbo y todas las generaciones alaben y magnifiquen al Señor que renovó sus maravillas. Venid, venid, pobres; llegad, párvulos, sin temor, que en mis manos tengo hecho cordero manso al que se llama león; al poderoso, flaco; al invencible, rendido. Venid por la vida, llegad por la salud, acercaos por el descanso eterno, que para todos le tengo y se os dará de balde y le comunicaré sin envidia. No queráis ser tardos y pesados de corazón, oh hijos de los hombres. Y vos, dulce bien de mi alma, dadme licencia para que reciba de vos aquel deseado ósculo de todas las criaturas. — Con esto la felicísima Madre aplicó sus divinos y castísimos labios a las caricias tiernas y amorosas del niño Dios, que las esperaba como Hijo suyo verdadero.
484. Y sin dejarle de sus brazos, sirvió de altar y de sagrario donde los diez mil Ángeles en forma humana adoraron a su Criador hecho hombre. Y como la beatísima Trinidad asistía con especial modo al nacimiento del Verbo encarnado, quedó el cielo como desierto de sus moradores, porque toda aquella corte invisible se trasladó a la feliz cueva de Belén y adoró también a su Criador en hábito nuevo y peregrino. Y en su alabanza entonaron los Santos Ángeles aquel nuevo cántico: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis (Lc 2, 14). Y con dulcísima y sonora armonía le repitieron, admirados de las nuevas maravillas que veían puestas en ejecución y de la indecible prudencia, gracia, humildad y hermosura de una doncella tierna de quince años, depositaría y ministra digna de tales y tantos sacramentos.
485. Ya era hora que la prudentísima y advertida Señora llamase a su fidelísimo esposo San José, que, como arriba dije (Cf. supra n. 472), estaba en divino éxtasis, donde conoció por revelación todos los misterios del sagrado parto que en aquella noche se celebraron. Pero convenía también que con los sentidos corporales viese y tratase, adorase y reverenciase al Verbo humanado, antes que otro alguno de los mortales, pues él solo era entre todos escogido para despensero fiel de tan alto sacramento. Volvió del éxtasis mediante la voluntad de su divina Esposa, y restituido en sus sentidos, lo primero que vio fue el niño Dios en los brazos de su virgen Madre, arrimado a su sagrado rostro y pecho. Allí le adoró con profundísima humildad y lágrimas. Le besó los pies con nuevo júbilo y admiración, que le arrebatara y disolviera la vida, si no le conservara la virtud divina, y los sentidos perdiera, si no fuera necesario usar de ellos en aquella ocasión. Luego que el santo José adoró al niño, la prudentísima Madre pidió licencia a su mismo Hijo para asentarse, que hasta entonces había estado de rodillas, y administrándole San José los fajos y pañales que traían, le envolvió en ellos con incomparable reverencia, devoción y aliño, y así empañado y fajado, con sabiduría divina le reclinó la misma Madre en el pesebre, como el Evangelista San Lucas dice (Lc 2, 7), aplicando algunas pajas y heno a una piedra, para acomodarle en el primer lecho que tuvo Dios hombre en la tierra fuera de los brazos de su Madre. Vino luego, por voluntad divina, de aquellos campos un buey con suma presteza, y entrando en la cueva se juntó al jumentillo que la misma Reina había llevado; y ella les mandó adorasen con la reverencia que podían y reconociesen a su Criador. Obedecieron los humildes animales al mandato de su Señora y se postraron ante el niño y con su aliento le calentaron y sirvieron con el obsequio que le negaron los hombres. Así estuvo Dios hecho hombre envuelto en paños, reclinado en el pesebre entre dos animales, y se cumplió milagrosamente la profecía: que conoció el buey a su dueño y el jumento al pesebre de su señor, y no lo conoció Israel, ni su pueblo tuvo inteligencia (Is 1, 3).
Doctrina de la Reina María santísima.
486. Hija mía, si los mortales tuvieran desocupado el corazón y sano juicio para considerar dignamente este gran sacramento de piedad que el Altísimo obró por ellos, poderosa fuera su memoria para reducirlos al camino de la vida y rendirlos al amor de su Criador y Reparador. Porque siendo los hombres capaces de razón, si de ella usaran con la dignidad y libertad que deben, ¿quién fuera tan insensible y duro que no se enterneciera y moviera a la vista de su Dios humanado y humillado a nacer pobre, despreciado, desconocido, en un pesebre entre animales brutos, sólo con el abrigo de una madre pobre y desechada de la estulticia y arrogancia del mundo? En presencia de tan alta sabiduría y misterio, ¿quién se atreverá a amar la vanidad y soberbia, que aborrece y condena el Criador de cielo y tierra con su ejemplo? Ni tampoco podrá aborrecer la humildad, pobreza y desnudez, que el mismo Señor amó y eligió para sí, enseñando el medio verdadero de la vida eterna. Pocos son los que se detienen a considerar esta verdad y ejemplo, y con tan fea ingratitud son pocos los que consiguen el fruto de tan grandes sacramentos.
487. Pero si la dignación de mi Hijo santísimo se ha mostrado tan liberal contigo en la ciencia y luz tan clara que te ha dado de estos admirables beneficios del linaje humano, considera bien, carísima, tu obligación y pondera cuánto y cómo debes obrar con la luz que recibes. Y para que correspondas a esta deuda, te advierto y exhorto de nuevo que olvides todo lo terreno y lo pierdas de vista y no quieras ni admitas otra cosa del mundo más de lo que te puede alejar y ocultar de él y de sus moradores, para que desnudo el corazón de todo afecto terreno, te dispongas para celebrar en él los misterios de la pobreza, humildad y amor de tu Dios humanado. Aprende de mi ejemplo la reverencia, temor y respeto con que le has de tratar, como yo lo hacía cuando le tenía en mis brazos; y ejecutarás esta doctrina cuando tú le recibas en tu pecho en el venerable Sacramento de la Eucaristía, donde está el mismo Dios y hombre verdadero que nació de mis entrañas. Y en este Sacramento le recibes y tienes realmente tan cerca, que está dentro de ti misma con la verdad que yo le trataba y tenía, aunque por otro modo.
488. En esta reverencia y temor santo quiero que seas extremada, y que también adviertas y entiendas, que con la obra de entrar Dios sacramentado en tu pecho te dice lo mismo que a mí me dijo en aquellas razones: Que me asimilase a él, como lo has entendido y escrito. El bajar del cielo a la tierra, nacer en pobreza y humildad, vivir y morir en ella con tan raro ejemplo y enseñanza del desprecio del mundo y de sus engaños, y la ciencia que de estas obras te ha dado, señalándose contigo en alta y encumbrada inteligencia y penetración, todo esto ha de ser para ti una voz viva que debes oír con íntima atención de tu alma y escribirla en tu corazón, para que con discreción hagas propios los beneficios comunes y entiendas que de ti quiere mi Hijo santísimo y mi Señor los agradezcas y recibas, como si por ti (Gal 2, 20) sola hubiera bajado del cielo a redimirte y obrar todas las maravillas y doctrina que dejó en su Iglesia santa.
MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro IV, Cap. 10.
domingo, 17 de diciembre de 2023
domingo, 20 de agosto de 2023
Sermón del Santo Cura de Ars sobre la Humildad
Aquel que se exalta, será humillado,
y aquel que se humilla será exaltado.
(S. Lucas XVIII, 14)
y aquel que se humilla será exaltado.
(S. Lucas XVIII, 14)
¿Podía manifestarnos de una manera más evidente, nuestro divino Salvador, la necesidad de humillarnos, esto, es de formar bajo concepto de nosotros mismos, ya en nuestras acciones, como condición indispensable para ir a cantar las divinas alabanzas por toda una eternidad? - Hallándose un día en compañía de otras personas y viendo que algunos se alababan del bien por ellos obrado y despreciaban a los demás, Jesucristo les propuso esta parábola, la cual tiene todas las apariencias de una verdadera historia. “Dos hombres, dijo, subieron al templo a orar; uno de ellos era fariseo, y el otro publicano. El fariseo permanecía en pie, y hablaba a Dios de esta manera: “Os doy gracias, Dios mío, por que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano: ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de cuanto poseo”. Tal era su oración, nos dice San Agustín (Serm. CXV, cap.2, in illud Lucae). Bien veis que ella no es más que una afectación llena de su orgullo y vanidad; el fariseo no viene para orar ante Dios, ni para darle gracias; sino para alabarse a sí propio y aun para insultar a aquel que realmente ora. El publicano, por el contrario, apartado del altar, sin atreverse ni siquiera a elevar al cielo su mirada, golpeaba su pecho diciendo: “Dios mío, tened piedad de mí, que soy un miserable pecador”. –“Habéis de saber, añade Jesucristo, que éste regresó justificado a su casa, mas no el otro”. Al publicano le fueron perdonados sus pecados, mientras que el fariseo, con todas sus pretendidas virtudes, volvió a su casa más criminal que antes. Y la razón de ello es ésta: la humildad del publicano, aunque pecador, fue más agradable a Dios que todas las buenas obras del fariseo, mezcladas de orgullo. Y Jesucristo saca de aquí la consecuencia de que “el que quiera exaltarse será humillado, y el que se humille será exaltado”. Desengañémonos, hijos míos, esta es la regla; la ley es general, nuestro divino Maestro es quien la ha publicado. “Aunque remontes tu cabeza hasta el cielo, de allí te arrojaré” (Jer. XLIX, 16), dice el Señor. Sí, hijos míos, el único camino que conduce a la exaltación provechosa para la otra vida, es la humildad (Gloriam praccedit humilitas. Prov. XV, 33). Sin esta bella y preciosa virtud de la humildad, no entraréis en el cielo; será como si os faltase el bautismo. De aquí podéis ya colegir, la obligación que tenemos de humillarnos, y los motivos que a ello deben impulsarnos. Voy pues ahora, a mostraros:
1.º Que la humildad es una virtud absolutamente necesaria para que nuestras acciones sean agradables a Dios y premiadas en la otra vida; 2.º Tenemos grandes motivos para practicarla, sea mirando a Dios, sea mirando a nosotros mismos.
I–Antes de haceros comprender, hijos míos, la necesidad de esta hermosa virtud, para nosotros tan necesaria como el Bautismo después del pecado original; tan necesaria digo yo, como el sacramento de la Penitencia después del pecado mortal, debo primero exponeros en qué consiste una tal virtud, que tanto mérito atribuye a nuestras buenas obras, y que tan pródigamente enriquece nuestros actos. San Bernardo, aquel gran santo que de una manera tan extraordinaria la practicó, que abandonó las riquezas, los placeres, los parientes y los amigos para ir a pasar su vida en las selvas, entre las bestias fieras, a fin de llorar allí sus pecados, nos dice que la humildad es una virtud por la cual nos conocemos a nosotros mismos y, mediante esto, nos sentimos llevados a despreciar nuestra propia persona y a no hallar placer en ninguna alabanza que de nosotros se haga (De gradibus humilitatis et superbiae, cap.I).
Digo: 1º. que esta virtud nos es absolutamente necesaria, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo; puesto que el mismo Jesucristo nos dice que tan imposible nos es salvarnos sin la humildad como sin el Bautismo. Dice San Agustín: “Si me preguntáis cuál es la primera virtud de un cristiano, os responderé que es la humildad; si me preguntáis cuál es la segunda, os contestaré que es la humildad; si volvéis a preguntarme cuál es la tercera, os contestaré aún que es la humildad; y cuantas veces me hagáis esta pregunta, os haré la misma respuesta” (Epist.CXVIII ad dioscorum, cap. III, 22).
Si el orgullo engendra todos los pecados (Initium omnis paccati est superbia. Eccli. X, 15), podemos también decir que la humildad engendra todas las virtudes (Véase Rodríguez. Tratado de la humildad, cap. III). Con la humildad tendréis todo cuando os hace falta para agradar a Dios y salvar vuestra alma; mas sin ella, aun poseyendo todas las demás virtudes, será cual si no tuvieseis nada. Leemos en el santo Evangelio (Matth. XIX, 13) que algunas madres presentaban sus hijos a Jesucristo para que les diese su bendición. Los apóstoles las hacían retirar, mas Nuestro Señor desaprobó aquella conducta, diciendo: “Dejad que los niños vengan a Mí; pues de ellos y de los que se les asemejan, es el reino de los cielos”. Los abrazaba y les daba su santa bendición. ¿A qué viene esa buena acogida del divino Salvador? Porque los niños son sencillos, humildes y sin malicia. Asimismo, H. M., si queremos ser bien recibidos de Jesucristo, es preciso que nos mostremos sencillos y humildes en todos nuestros actos. “Esta hermosa virtud, dice San Bernardo, fue la causa de que el Padre Eterno mirase a la Santísima Virgen con complacencia; y si la virginidad atrajo las miradas divinas, su humildad fue la causa de que concibiese en su seno al Hijo de Dios. Si la Santísima Virgen es la Reina de las Vírgenes, es también la Reina de los humildes” (Hom. Iª super Missus est, 5). Preguntaba un día Santa Teresa al Señor por qué en otro tiempo, el Espíritu Santo se comunicaba con tanta facilidad a los personajes del Antiguo Testamento, patriarcas o profetas, declarándoles sus secretos, cosa que no hace al presente. El Señor le respondió que ello era porque aquéllos eran más sencillos y humildes, mientras que en la actualidad los hombres tienen el corazón doble y están llenos de orgullo y vanidad. Dios no comunica con ellos ni los ama como amaba a aquellos buenos patriarcas y profetas, tan simples y humildes.
Nos dice San Agustín: “Si os humilláis profundamente, si reconocéis vuestra nada y vuestra falta de méritos, Dios os dará gracias en abundancia; mas, si queréis exaltaros y teneros en algo, se alejará de vosotros y os abandonará en vuestra pobreza”.
Nuestro Señor Jesucristo, para darnos a entender que la humildad es la más bella y la más preciosa de todas las virtudes, comienza a enumerar las bienaventuranzas por la humildad, diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos”. Nos dice San Agustín que esos pobres de espíritu son aquellos que tienen la humildad por herencia (Serm. LIII. In illud Matth. Beati pauperes spiritu). Dijo a Dios el profeta Isaías: “Señor, ¿sobre quiénes desciende el Espíritu Santo? Acaso sobre aquellos que gozan de gran reputación en el mundo o sobre los orgullosos? –No, dijo el Señor, sino sobre aquel que tiene un corazón humilde” (Is. LXVI, 2).
Esta virtud no solamente nos hace agradables a Dios, sino también a los hombres. Todo el mundo ama a una persona humilde, todos se deleitan en su compañía. ¿De dónde viene, en efecto, que por lo común los niños son amados de todos, sino de que son sencillos y humildes? La persona que es humilde cede siempre, no contraría jamás a nadie, no causa enfado a nadie, contentase de todo y busca siempre ocultarse a los ojos del mundo. Admirable ejemplo de esto nos lo ofrece San Hilarión. Refiera San Jerónimo que este gran Santo era solicitado de los emperadores, de los reyes y de los príncipes, y atraía hacia el desierto a las muchedumbres por el olor de su santidad, por la fama y renombre de sus milagros; mas él se escondía y huía del mundo cuanto le era posible. Frecuentemente cambiaba de celda, a fin de vivir oculto y desconocido; lloraba continuamente a la vista de aquella multitud de religiosos y de gente que acudían a él para que les curase sus males. Echando de menos su pasada soledad, decía, llorando: “He vuelto otra vez al mundo, mi recompensa será sólo en esta vida, pues todos me miran ya como persona de consideración”. “Y nada tan admirable, nos dice San Jerónimo, como el hallarle tan humilde en medio de los muchos honores que se le tributaban. Habiendo corrido el rumor de que iba a retirarse a lo más hondo del desierto donde nadie pusiese verle, interpusieron se veinte mil hombres para atajarle el paso; mas el Santo les dijo que no tomaría alimento hasta que le dejasen libre. Persistieron ellos durante siete días, pero, viendo que no comía nada… Huyó entonces a lo más apartado del desierto, donde se entregó a todo cuanto el amor de Dios pudo inspirarle. Sólo entonces creyó que comenzaba a servir a Dios” (Vida de los Padres del desierto, t. V, p. 191-194) Decidme, ¿es esto humildad y desprecio de sí mismo? ¡Ay! ¡cuán raras son estas virtudes! ¡mas también cuánto escasean los santos! En la misma medida que se aborrece a un orgulloso, se aprecia a un humilde, puesto que éste toma siempre para sí el último lugar, respeta a todo el mundo, y ama también a todos; esta es la causa de que sea tan buscada la compañía de las personas que están adornadas de tan bellas cualidades.
2.º Digo que la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes (Cogitas magnam fabricam construere cessitudinis? De fundamento Prius cogita humilitatis. S. Agust. Serm. in Matth. Cap. XI). Quien desee servir a Dios y salvar su alma, debe comenzar por practicar esta virtud en toda su extensión. Sin ella nuestra devoción será como un montón de paja que habremos levantado muy voluminoso, pero al primer embate de los vientos queda derribado y deshecho. Sí, H. M., el demonio teme muy poco esas devociones que no están fundadas en la humildad, pues sabe muy bien que podrá echarlas al traste cuando le plazca. Lo cual vemos aconteció a aquel solitario que llegó hasta a caminar sobre carbones encendidos sin quemarse; pero, falto de humildad, al poco tiempo cayó en los más deplorables excesos (Vida de los Padres del desierto, t. Iº pág. 256). Si no tenéis humildad, podéis decir que no tenéis nada, a la primera tentación seréis derribados. Se refiere en la vida de San Antonio (ibid. Pág.52) que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía pre parados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido, que su cuerpo temblaba cual la hoja de un árbol, y dirigiéndose a Dios, le dijo: “¡Ay! Señor, ¿quién podrá escapar de tantos lazos?” Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan resistir a las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga la ocasión. Mas a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas”. Al verse tentado San Antonio, no hacía otra cosa que humillarse profundamente ante Dios, diciendo: “¡Ay, Señor, bien sabéis que no soy más que un miserable pecador!” Y al momento el demonio emprendía la fuga.
Cuando nos sintamos tentados, mantengámonos escondidos bajo el velo de la humildad y veremos cuán escasa sea la fuerza que el demonio tiene sobre nosotros. Leemos en la vida de San Macario que, habiendo un día salido de su celda en busca de hojas de palma, se le apareció el demonio con espantoso furor, amenazando herirle; mas viendo que le era imposible porque Dios no le había dado poder para ellos, exclamó: “¡Oh Macario, cuánto me haces sufrir! No tengo facultad para maltratarte, aunque cumpla más perfectamente que tú lo que tú practicas: pues tú ayunas algunos días, y yo no como nunca; tú pasas algunas noches en vela, yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la cual ciertamente me aventajas”. San Macario le preguntó cuál era aquella cosa. –“Es la humildad”. El Santo se postro, la faz en tierra, pidió a Dios no le dejase sucumbir a la tentación, y al momento el demonio emprendió la fuga (Vida de los Padre del desierto, t. II. p. 358. S. Macario de Egipto). ¡Oh! ¡Cuán agradables nos hace a Dios esta virtud, y cuán poderosa es para ahuyentar el demonio! ¡Pero también cuán rara! Lo cual claramente se ve con sólo considerar el escaso número de cristianos que resisten al demonio cuando son tentados.
Y para desengañaros, para ver que no la habéis poseído nunca, fijaos sólo en un detalle bien sencillo. No, no son todas las palabras, todas las manifestaciones de desprecio de sí mismo lo que nos prueba que tenemos humildad. Voy a citaros ahora un ejemplo, el cual os probará lo poco que valen las palabras. Hallamos en la “Vida de los Padres del desierto” que, habiendo venido un solitario a visitar a San Serapio (ibid. p. 417), no quiso acompañarle en sus oraciones, porque, decía, he cometido tantos pecados que soy indigno de ello, ni me atrevo a respirar aquí donde vos estáis. Permanecería sentado en el suelo por no atreverse a ocupar el mismo asiento que San Serapio. Este Santo, siguiendo la costumbre entonces muy común, quiso lavarle los pies, y aún fue mayor la resistencia del solitario. Veis aquí una humildad que, según los humanos juicios tiene todas las apariencias de sincera; mas ahora vais también a ver en qué paró. San Serapio se limitó a decirle, a manera de aviso espiritual, que tal vez haría mejor permaneciendo en su soledad, trabajando para vivir, que no corriendo de celda en celda como un vagabundo. Ante este aviso, el solitario no supo ya disimular la falsedad de su virtud; se enojo en gran manera contra el Santo y se marchó. Al ver esto, le dijo aquél: “¡Ah! Hijo mío, ¡me decíais hace un momento que habíais cometido todos los crímenes imaginables, que no os atrevíais a rezar ni a comer conmigo, y ahora, por una sencilla advertencia que nada tiene de ofensiva, os dejáis llevar del enojo! Vamos, hijo mío, vuestra virtud y todas las buenas obras que practicáis, están desprovistas de la mejor de las cualidades, que es la humildad”.
Por este ejemplo podéis ver cuán rara es la verdadera humildad. ¡Ay! Cuánto abundan los que, mientras se los alaba, se los lisonjea, o a lo menos, se les manifiesta estimación, son todo fuego en sus prácticas de piedad, lo darían todo, se despojarían de todo; mas una leve reprensión, un gesto de indiferencia, llena de amargura su corazón, los atormenta, les arranca lágrimas de sus ojos, los pone de mal humor, los induce a mil juicios temerarios, pensando que son tratados injustamente, que no es este el trato que se da a los demás. ¡Ay! ¡Cuan rara es esta hermosa virtud entre los cristianos de nuestros días! ¡Cuántas virtudes tienen sólo la apariencia de tales, y a la primera prueba se vienen abajo!
I–Antes de haceros comprender, hijos míos, la necesidad de esta hermosa virtud, para nosotros tan necesaria como el Bautismo después del pecado original; tan necesaria digo yo, como el sacramento de la Penitencia después del pecado mortal, debo primero exponeros en qué consiste una tal virtud, que tanto mérito atribuye a nuestras buenas obras, y que tan pródigamente enriquece nuestros actos. San Bernardo, aquel gran santo que de una manera tan extraordinaria la practicó, que abandonó las riquezas, los placeres, los parientes y los amigos para ir a pasar su vida en las selvas, entre las bestias fieras, a fin de llorar allí sus pecados, nos dice que la humildad es una virtud por la cual nos conocemos a nosotros mismos y, mediante esto, nos sentimos llevados a despreciar nuestra propia persona y a no hallar placer en ninguna alabanza que de nosotros se haga (De gradibus humilitatis et superbiae, cap.I).
Digo: 1º. que esta virtud nos es absolutamente necesaria, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo; puesto que el mismo Jesucristo nos dice que tan imposible nos es salvarnos sin la humildad como sin el Bautismo. Dice San Agustín: “Si me preguntáis cuál es la primera virtud de un cristiano, os responderé que es la humildad; si me preguntáis cuál es la segunda, os contestaré que es la humildad; si volvéis a preguntarme cuál es la tercera, os contestaré aún que es la humildad; y cuantas veces me hagáis esta pregunta, os haré la misma respuesta” (Epist.CXVIII ad dioscorum, cap. III, 22).
Si el orgullo engendra todos los pecados (Initium omnis paccati est superbia. Eccli. X, 15), podemos también decir que la humildad engendra todas las virtudes (Véase Rodríguez. Tratado de la humildad, cap. III). Con la humildad tendréis todo cuando os hace falta para agradar a Dios y salvar vuestra alma; mas sin ella, aun poseyendo todas las demás virtudes, será cual si no tuvieseis nada. Leemos en el santo Evangelio (Matth. XIX, 13) que algunas madres presentaban sus hijos a Jesucristo para que les diese su bendición. Los apóstoles las hacían retirar, mas Nuestro Señor desaprobó aquella conducta, diciendo: “Dejad que los niños vengan a Mí; pues de ellos y de los que se les asemejan, es el reino de los cielos”. Los abrazaba y les daba su santa bendición. ¿A qué viene esa buena acogida del divino Salvador? Porque los niños son sencillos, humildes y sin malicia. Asimismo, H. M., si queremos ser bien recibidos de Jesucristo, es preciso que nos mostremos sencillos y humildes en todos nuestros actos. “Esta hermosa virtud, dice San Bernardo, fue la causa de que el Padre Eterno mirase a la Santísima Virgen con complacencia; y si la virginidad atrajo las miradas divinas, su humildad fue la causa de que concibiese en su seno al Hijo de Dios. Si la Santísima Virgen es la Reina de las Vírgenes, es también la Reina de los humildes” (Hom. Iª super Missus est, 5). Preguntaba un día Santa Teresa al Señor por qué en otro tiempo, el Espíritu Santo se comunicaba con tanta facilidad a los personajes del Antiguo Testamento, patriarcas o profetas, declarándoles sus secretos, cosa que no hace al presente. El Señor le respondió que ello era porque aquéllos eran más sencillos y humildes, mientras que en la actualidad los hombres tienen el corazón doble y están llenos de orgullo y vanidad. Dios no comunica con ellos ni los ama como amaba a aquellos buenos patriarcas y profetas, tan simples y humildes.
Nos dice San Agustín: “Si os humilláis profundamente, si reconocéis vuestra nada y vuestra falta de méritos, Dios os dará gracias en abundancia; mas, si queréis exaltaros y teneros en algo, se alejará de vosotros y os abandonará en vuestra pobreza”.
Nuestro Señor Jesucristo, para darnos a entender que la humildad es la más bella y la más preciosa de todas las virtudes, comienza a enumerar las bienaventuranzas por la humildad, diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos”. Nos dice San Agustín que esos pobres de espíritu son aquellos que tienen la humildad por herencia (Serm. LIII. In illud Matth. Beati pauperes spiritu). Dijo a Dios el profeta Isaías: “Señor, ¿sobre quiénes desciende el Espíritu Santo? Acaso sobre aquellos que gozan de gran reputación en el mundo o sobre los orgullosos? –No, dijo el Señor, sino sobre aquel que tiene un corazón humilde” (Is. LXVI, 2).
Esta virtud no solamente nos hace agradables a Dios, sino también a los hombres. Todo el mundo ama a una persona humilde, todos se deleitan en su compañía. ¿De dónde viene, en efecto, que por lo común los niños son amados de todos, sino de que son sencillos y humildes? La persona que es humilde cede siempre, no contraría jamás a nadie, no causa enfado a nadie, contentase de todo y busca siempre ocultarse a los ojos del mundo. Admirable ejemplo de esto nos lo ofrece San Hilarión. Refiera San Jerónimo que este gran Santo era solicitado de los emperadores, de los reyes y de los príncipes, y atraía hacia el desierto a las muchedumbres por el olor de su santidad, por la fama y renombre de sus milagros; mas él se escondía y huía del mundo cuanto le era posible. Frecuentemente cambiaba de celda, a fin de vivir oculto y desconocido; lloraba continuamente a la vista de aquella multitud de religiosos y de gente que acudían a él para que les curase sus males. Echando de menos su pasada soledad, decía, llorando: “He vuelto otra vez al mundo, mi recompensa será sólo en esta vida, pues todos me miran ya como persona de consideración”. “Y nada tan admirable, nos dice San Jerónimo, como el hallarle tan humilde en medio de los muchos honores que se le tributaban. Habiendo corrido el rumor de que iba a retirarse a lo más hondo del desierto donde nadie pusiese verle, interpusieron se veinte mil hombres para atajarle el paso; mas el Santo les dijo que no tomaría alimento hasta que le dejasen libre. Persistieron ellos durante siete días, pero, viendo que no comía nada… Huyó entonces a lo más apartado del desierto, donde se entregó a todo cuanto el amor de Dios pudo inspirarle. Sólo entonces creyó que comenzaba a servir a Dios” (Vida de los Padres del desierto, t. V, p. 191-194) Decidme, ¿es esto humildad y desprecio de sí mismo? ¡Ay! ¡cuán raras son estas virtudes! ¡mas también cuánto escasean los santos! En la misma medida que se aborrece a un orgulloso, se aprecia a un humilde, puesto que éste toma siempre para sí el último lugar, respeta a todo el mundo, y ama también a todos; esta es la causa de que sea tan buscada la compañía de las personas que están adornadas de tan bellas cualidades.
2.º Digo que la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes (Cogitas magnam fabricam construere cessitudinis? De fundamento Prius cogita humilitatis. S. Agust. Serm. in Matth. Cap. XI). Quien desee servir a Dios y salvar su alma, debe comenzar por practicar esta virtud en toda su extensión. Sin ella nuestra devoción será como un montón de paja que habremos levantado muy voluminoso, pero al primer embate de los vientos queda derribado y deshecho. Sí, H. M., el demonio teme muy poco esas devociones que no están fundadas en la humildad, pues sabe muy bien que podrá echarlas al traste cuando le plazca. Lo cual vemos aconteció a aquel solitario que llegó hasta a caminar sobre carbones encendidos sin quemarse; pero, falto de humildad, al poco tiempo cayó en los más deplorables excesos (Vida de los Padres del desierto, t. Iº pág. 256). Si no tenéis humildad, podéis decir que no tenéis nada, a la primera tentación seréis derribados. Se refiere en la vida de San Antonio (ibid. Pág.52) que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía pre parados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido, que su cuerpo temblaba cual la hoja de un árbol, y dirigiéndose a Dios, le dijo: “¡Ay! Señor, ¿quién podrá escapar de tantos lazos?” Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan resistir a las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga la ocasión. Mas a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas”. Al verse tentado San Antonio, no hacía otra cosa que humillarse profundamente ante Dios, diciendo: “¡Ay, Señor, bien sabéis que no soy más que un miserable pecador!” Y al momento el demonio emprendía la fuga.
Cuando nos sintamos tentados, mantengámonos escondidos bajo el velo de la humildad y veremos cuán escasa sea la fuerza que el demonio tiene sobre nosotros. Leemos en la vida de San Macario que, habiendo un día salido de su celda en busca de hojas de palma, se le apareció el demonio con espantoso furor, amenazando herirle; mas viendo que le era imposible porque Dios no le había dado poder para ellos, exclamó: “¡Oh Macario, cuánto me haces sufrir! No tengo facultad para maltratarte, aunque cumpla más perfectamente que tú lo que tú practicas: pues tú ayunas algunos días, y yo no como nunca; tú pasas algunas noches en vela, yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la cual ciertamente me aventajas”. San Macario le preguntó cuál era aquella cosa. –“Es la humildad”. El Santo se postro, la faz en tierra, pidió a Dios no le dejase sucumbir a la tentación, y al momento el demonio emprendió la fuga (Vida de los Padre del desierto, t. II. p. 358. S. Macario de Egipto). ¡Oh! ¡Cuán agradables nos hace a Dios esta virtud, y cuán poderosa es para ahuyentar el demonio! ¡Pero también cuán rara! Lo cual claramente se ve con sólo considerar el escaso número de cristianos que resisten al demonio cuando son tentados.
Y para desengañaros, para ver que no la habéis poseído nunca, fijaos sólo en un detalle bien sencillo. No, no son todas las palabras, todas las manifestaciones de desprecio de sí mismo lo que nos prueba que tenemos humildad. Voy a citaros ahora un ejemplo, el cual os probará lo poco que valen las palabras. Hallamos en la “Vida de los Padres del desierto” que, habiendo venido un solitario a visitar a San Serapio (ibid. p. 417), no quiso acompañarle en sus oraciones, porque, decía, he cometido tantos pecados que soy indigno de ello, ni me atrevo a respirar aquí donde vos estáis. Permanecería sentado en el suelo por no atreverse a ocupar el mismo asiento que San Serapio. Este Santo, siguiendo la costumbre entonces muy común, quiso lavarle los pies, y aún fue mayor la resistencia del solitario. Veis aquí una humildad que, según los humanos juicios tiene todas las apariencias de sincera; mas ahora vais también a ver en qué paró. San Serapio se limitó a decirle, a manera de aviso espiritual, que tal vez haría mejor permaneciendo en su soledad, trabajando para vivir, que no corriendo de celda en celda como un vagabundo. Ante este aviso, el solitario no supo ya disimular la falsedad de su virtud; se enojo en gran manera contra el Santo y se marchó. Al ver esto, le dijo aquél: “¡Ah! Hijo mío, ¡me decíais hace un momento que habíais cometido todos los crímenes imaginables, que no os atrevíais a rezar ni a comer conmigo, y ahora, por una sencilla advertencia que nada tiene de ofensiva, os dejáis llevar del enojo! Vamos, hijo mío, vuestra virtud y todas las buenas obras que practicáis, están desprovistas de la mejor de las cualidades, que es la humildad”.
Por este ejemplo podéis ver cuán rara es la verdadera humildad. ¡Ay! Cuánto abundan los que, mientras se los alaba, se los lisonjea, o a lo menos, se les manifiesta estimación, son todo fuego en sus prácticas de piedad, lo darían todo, se despojarían de todo; mas una leve reprensión, un gesto de indiferencia, llena de amargura su corazón, los atormenta, les arranca lágrimas de sus ojos, los pone de mal humor, los induce a mil juicios temerarios, pensando que son tratados injustamente, que no es este el trato que se da a los demás. ¡Ay! ¡Cuan rara es esta hermosa virtud entre los cristianos de nuestros días! ¡Cuántas virtudes tienen sólo la apariencia de tales, y a la primera prueba se vienen abajo!
Pero ¿en qué consiste la humildad? Vedlo aquí: ante todo os diré que hay dos clases de humildad, la interior y la exterior. La exterior consiste: 1.º en no alabarse del éxito de alguna acción por nosotros practicada, en no relatarla al primero que nos quiera oír; en no divulgar nuestros golpes audaces, los viajes que hicimos, nuestras mañas o habilidades, ni lo que de nosotros se dice favorable; 2.º, en ocultar el bien que podemos haber hecho, como son las limosnas, las oraciones, las penitencias, los favores hechos al prójimo, las gracias interiores de Dios recibidas; 3.º, en no complacernos en las alabanzas que se nos dirigen; para lo cual deberemos procurar cambiar de conversación, y bien deberemos dar a entender que el hablar de ello nos disgusta, o marcharnos, si nos es posible. 4. º Nunca deberemos hablar ni bien ni mal de nosotros mismos. Muchos tienen por costumbre hablar mal de sí mismos, para que se los alabe: esto es una falsa humildad a la que podemos llamar humildad con anzuelo. No habléis nunca de vosotros, contentaos con pensar que sois unos miserables, que es necesaria toda la caridad de un Dios para soportaros sobre la tierra. 5.º Nunca se debe disputar con los iguales; en todo cuanto no sea contrario a la conciencia, debemos siempre ceder; no hemos de figurarnos que nos asiste siempre el derecho; aunque lo tuviésemos, hemos de pensar al momento que también podríamos equivocarnos, como tantas veces ha sucedido; y, sobre todo, no hemos de tener la pertinacia de ser los últimos en hablar en la discusión, ya que ello revela un espíritu repleto de orgullo. 6.º Nunca hemos de mostrar tristeza cuando nos parece ser despreciados, ni tampoco ir a contar a los demás nuestras cuitas; esto daría a entender que estamos faltos de toda humildad, pues, de lo contrario, nunca nos sentiríamos bastante rebajados, ya que jamás se nos tratará cual nuestras culpas tienen merecido; lejos de entristecernos, debemos dar gracias a Dios, a semejanza del santo rey David, quien volvía bien por mal (Ps. VII, 5), pensando cuánto había él también despreciado a Dios con sus pecados. 7.º Debemos estar contentos al vernos despreciados, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de quien se dijo que se “vería harto de oprobios” (Saturabitur opprobrris. Theren. III, 30), y el de los apóstoles, de quienes se ha escrito (Et illi quidem ibant gaudentes a conspectu concili, quoniam digni habiti sunt pro nomine Iesu contumcliam pati. Act. V, 41) “que experimentaban una grande alegría porque había sido hallados dignos de sufrir ignominia por amor de Jesucristo”; todo lo cual constituirá nuestra mayor dicha y nuestra más firme esperanza en la hora de la muerte. 8.º Cuando hemos cometido algo que pueda sernos echado en cara, no debemos excusar nuestra culpa; ni con rodeos, ni con mentiras, ni con el gesto debemos dar lugar a pensar que no lo cometimos nosotros. Aunque fuésemos acusados falsamente, mientras la gloria de Dios no sufra menoscabo, deberíamos callar. Ved lo que sucedió a aquella joven que fue conocida con el nombre de hermano Marín… ¡Ay! ¿Quién de nosotros se habría sometido a semejantes pruebas sin justificarse, cuando tan fácilmente podía hacerlo? 9. º Esta humildad consiste en practicar aquello que más nos desagrada, lo que los demás no quieren hacer, y en complacerse en vestir con sencillez.
En esto consiste, la humildad exterior. Más ¿en qué consiste la interior? Vedlo aquí. Consiste: 1. º, en sentir bajamente de sí mismo; en no aplaudirse jamás en lo íntimo de su corazón al ver coronadas por el éxito las acciones realizadas; en creerse siempre indigno e incapaz de toda buena obra, fundándose en las palabras del mismo Jesucristo cuando nos dice que sin El nada bueno podemos realizar (Ioan. XV, 5), pues ni tan sólo una palabra, como por ejemplo “Jesús”, podemos pronunciar sin el auxilio del Espíritu Santo (Nemo potest dicere, Dominus Iesus, nisi in Spiritu Sancto. I Cor. XII,3). 2.º Consiste en sentir satisfacción de que los demás conozcan nuestros defectos, a fin de tener ocasión de mantenernos en nuestra insignificancia; 3.º, en ver con gusto que los demás nos aventajen en riquezas, en talento, en virtud, o en cualquier otra cosa; en someternos a la voluntad o al juicio ajenos, siempre que ello no sea contra conciencia, Sí, la persona verdaderamente humilde debe semejar un muerto, que no se enoja por las injurias que se le infieren, ni se alegra de las alabanzas que se le tributan.
En esto consiste, poseer la humildad cristiana, la cual tan agradables nos hace a Dios y tan apreciables a los ojos del prójimo. Considerad ahora si la tenéis o no. Y si desgraciadamente no la poseéis, no os queda otro camino, para salvaros, que pedirla a Dios hasta obtenerla; ya que sin ella no entraríamos en el cielo. Leemos en la vida de San Elzear que, habiendo corrido el peligro de parecer engullido por el mar junto con todos los que se hallaban con él en el barco, pasado ya el peligro, Santa Delfina, su esposa, le preguntó si había tenido miedo. Y el Santo contestó: “Cuando me hallo en peligro semejante, me encomiendo a Dios junto con todos los que conmigo se hallan, y le pido que, si alguien debe morir, éste sea yo, como el más miserable y el más indigno de vivir” (V. Ribadeneyra, 27 septiembre, t. IX, p. 399). ¡Cuánta humildad!... San Bernardo estaba tan persuadido de su insignificancia, que, al entrar en una ciudad, se hincaba antes de hinojos, pidiendo a Dios que no castigase a la ciudad por causa de sus pecados; pues se creía capaz de atraer la maldición de Dios sobre aquel lugar (Se refiere lo mismo de Santo Domingo). ¡Cuánta humildad! ¡Un Santo tan grande cuya vida era una cadena de milagros! (Ejemplo: Rodríguez, tomo IV, págs. 483 y 365. Nota del Santo).
Es preciso, que, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo, vayan todas ellas acompañadas de la humildad (Ejemplo de la emperatriz que fue arrastrada por sus criados. Nota del Santo). Al orar, ¿poseéis aquella humildad que os hace consideraros como miserables e indignos de estar en la santa presencia de Dios? ¡Ah! Si fuese así, no haríais vuestras oraciones vistiéndoos o trabajando. No, no la tenéis. Si fueseis humildes, ¡con qué reverencia, con qué modestia, con qué santo temor estaríais en la Santa Misa! ¡Ah! No, no se os vería reír, conversar, volver la cabeza, pasear vuestra mirada por el templo, dormir, orar sin devoción, sin amor de Dios. Lejos de hallar largas las ceremonias y funciones, os sabría mal el término de ellas, pensaríais en la grandeza de la misericordia de Dios al sufriros entre los fieles, cuando por vuestros pecados merecéis estar entre los réprobos. Si tuvieseis esta virtud, al pedir a Dios alguna gracia, haríais como la Cananea, que se postró de hinojos ante el Salvador, en presencia de todo el mundo (Matth. XV, 25); como Magdalena, que besó los pies de Jesús en medio de una numerosa reunión (Luc. VII, 38). Si fueseis humildes, haríais como aquella mujer que hacía doce años que padecía flujo de sangre y acudió con tanta humildad a postrarse a los pies del Salvador, a fin de conseguir tocar el extremo de su manto (Marc. V, 25). ¡Si tuvieseis la humildad de un San Pablo, quien, aun después de ser arrebatado hasta el tercer cielo (II Cor. XII, 2), sólo se tenía por un aborto del infierno, el último de los apóstoles, indigno del nombre que llevaba!... (I Cor. XV, 8-9). ¡Oh Dios mío! ¡Cuán hermosa, pero cuán rara es esta virtud!... Si tuvieseis esta virtud, al confesaros, ¡ah! ¡Cuán lejos andaríais de ocultar vuestros pecados, de referirlos como una historia de pasatiempo y, sobre todo, de relatar los pecados de los demás! ¡Ah! ¿cuál sería vuestro temor al ver la magnitud de vuestros pecados, los ultrajes inferidos a Dios, y al ver, por otro lado, la caridad que muestra al perdonaros? ¡Dios mío! ¿no moriríais de dolor y de agradecimiento?... Si, después de haberos confesado, tuvieseis aquella humildad de que habla San Juan Clímaco (La escala Santa, grado quinto), el cual nos cuenta que, yendo a visitar un cierto monasterio, vio allí a unos religiosos tan humildes, tan humillados y tan mortificados, y que sentían de tal manera el peso de sus pecados, que el rumor de sus gritos, y las preces que elevaban a Dios Nuestro Señor eran capaces de conmover a corazones tan duros como la piedra. Algunos había que estaban enteramente cubiertos de llagas, de las cuales manaba un hedor insoportable; y tenían tan poco atendido su cuerpo, que no les quedaba sino la piel adherida al hueso. El monasterio resonaba con gritos los más desgarradores. “¡Ah, desgraciados de nosotros miserables! ¡Sin faltar a la justicia, oh Señor, podéis precipitarnos en los infiernos!” Otros exclamaban: “¡Ah! Señor, perdonadnos si es que nuestras almas son aún capaces de perdón!” Tenían siempre ante sus ojos la imagen de la muerte, y se decían unos a otros: “¿qué será de nosotros después de haber tenido la desgracia de ofender a un Dios tan bueno? ¿Podremos todavía abrigar alguna esperanza para el día de las venganzas?” Otros pedían ser arrojados al río para ser comidos de las bestias. Al ver el superior a San Juan Clímaco, le dijo: “¡Ah! Padre mío, ¿habéis visto a nuestros soldados?” Nos dice San Juan Clímaco que no pudo allí hablar ni rezar: pues los gritos de aquellos penitentes, tan profundamente humillados, le arrancaban lágrimas y sollozos sin que en manera alguna pudiera contenerse. ¿De dónde proviene, que nosotros, siendo mucho más culpables, carezcamos enteramente de humildad? ¡Ay! ¡Porque no nos conocemos!
II.–Sí, al cristiano que bien se conozca todo debe inclinarle a ser humilde, y especialmente estas tres cosas, a saber: la consideración de las grandezas de Dios, el anonadamiento de Jesucristo, y nuestra propia miseria.
1.º ¿Quién podrá, contemplar la grandeza de un Dios, sin anonadarse en su presencia, pensando que con una sola palabra ha creado el cielo de la nada, y que una sola mirada suya podría aniquilarlo? ¡Un Dios tan grande, cuyo poder no tiene límites, un Dios lleno de toda suerte de perfecciones, un Dios de una eternidad sin fin, con la magnitud de su justicia, con su providencia que tan sabiamente lo gobierna todo y que con tanta diligencia provee a todas nuestras necesidades! ¡Oh Dios mío! ¿no deberíamos temer, con mucho mayor razón que San Martín, que la tierra se abriese bajo nuestros pies por ser indignos de vivir? Ante esta consideración, ¿no haríais como aquella gran penitente de la cual se habla en la vida de San Pafnucio? (Vida de los Padres del desierto t. Iº, p. 212. San Pafnucio y Santa Thais) Aquel buen anciano, dice el autor de su vida, quedó en extremo sorprendido, cuando, al conversar con aquella pecadora, la oyó hablar de Dios. El santo abad le dijo: “¿Ya sabes que hay un Dios?” –“Sí, dijo ella; y aun más, sé que hay un reino de los cielos para aquellos que viven según sus mandamientos, y un infierno donde serán arrojados los malvados para abrasarse allí”. –“Sí conoces todo esto, ¿cómo te expones a abrasarte en el infierno, causando la perdición de tantas almas?” Al oír estas palabras, la pecadora conoció que era un hombre enviado de Dios, se arrojó a sus pies y, deshaciéndose en lágrimas: “Padre mío, le dijo, imponedme la penitencia que queráis, y yo la cumpliré”. El anciano la encerró en una celda y le dijo: “Mujer tan criminal como tú has sido, no merece pronunciar el santo nombre de Dios; te limitarás a volverte hacia el oriente, y dirás por toda oración: ¡Oh Vos que me creasteis, tened piedad de mí!” Esta era toda su oración. Santa Thais pasó tres años haciendo esta oración, derramando lágrimas y exhalando amargos sollozos noche y día. ¡Oh Dios mío! ¡cuánto nos hace profundizar en el propio conocimiento la humildad!
2.º Decimos que el anonadamiento de Jesucristo debe humillarnos aún más y más. “Cuando contemplo, nos dice San Agustín, a un Dios que, desde su encarnación hasta la cruz, no hizo otra cosa que llevar una vida de humillaciones e ignominias, un Dios desconocido en la tierra, ¿habré yo de sentir temor de humillarme? Un Dios busca la humillación, ¿y yo, gusano de la tierra, querré ensalzarme?¡Dios mío! Dignaos destruir este orgullo que tanto nos aparta de Vos.”
Lo tercero, que debe conducirnos más que a la humildad, es nuestra propia mísera. No tenemos más que mirarla algo de cerca, y hallaremos una infinidad de motivos de humillación. Nos dice el profeta Miqueas (Esta cita no es del profeta Miqueas): “En nosotros mismos llevamos el principio y los motivos de nuestra humillación. ¿No sabemos por ventura, dice, que nuestro origen es la nada, que antes de venir a la vida transcurrieron una infinidad de siglos, y que, por nosotros mismos, nunca habríamos podido salir de aquel espantoso e impenetrable abismo? ¿Podemos ignorar que, aun después de ser creados, conservamos una vehemente inclinación hacia la nada, siendo preciso que la mano poderosa de Aquel que de ella nos sacó, nos impida volver al caos, y que, si Dios dejase de mirarnos y sostenernos, seríamos borrados de la faz de la tierra con la misma rapidez que una brizna de paja es arrastrada por una tempestad furiosa?” ¿Qué es, pues, el hombre para envanecerse de su nacimiento y de sus demás cualidades? “¡Ay!, nos dice el santo varón Job, ¿qué es lo que somos? Inmundicia antes de nacer, miseria al venir al mundo, infección cuando salimos de él. Nacemos de mujer, nos dice (Job, XIV, 1), y vivimos breve tiempo; durante nuestra vida, por corta que sea, mucho hemos de llorar, y la muerte no tarda en herirnos”. –“Tal es nuestra herencia, nos dice San Gregorio, Papa; juzgad, según esto, si tenemos lugar a ensalzarnos por nada del mundo; así es que quien temerariamente se atreve a creer que es algo, resulta ser un insensato que jamás se conoció a sí mismo, puesto que, conociéndonos tal cual somos, sólo horror podemos sentir de nosotros mismos”
Pero no son menos los motivos que tenemos de humillarnos en el orden de la gracia. Por grandes talentos y dones que poseamos, hemos de pensar que todos nos vienen de la mano del Señor, que los da a quien le place, y, por consiguiente, no nos podemos alabar de ellos. Un concilio ha declarado que el hombre, lejos de ser el autor de su salvación, sólo es capaz de perderse, ya que de sí mismo sólo tiene el pecado y la mentira, San Agustín nos dice que toda nuestra ciencia consiste en saber que nada somos, y que todo cuanto tenemos, de Dios lo hemos recibido.
Finalmente, digo que debemos humillarnos considerando la gloria y la felicidad que esperamos en la otra vida, pues, de nosotros mismos, somos incapaces de merecerla. Siendo Dios tan magnánimo al concedérnosla, no hemos de confiar sino en su misericordia y en los infinitos méritos de Jesucristo su Hijo. Como hijos de Adán, sólo merecemos el infierno. ¡OH! ¡cuán caritativo es Dios al permitirnos tener esperanza de tantos y tan grandes bienes, a nosotros que nada hicimos para merecerlos!
¿Qué hemos de concluir de todo esto? Vedlo aquí, hijos míos: todos los días hemos de pedir a Dios la humildad cuantas veces nos sea posible;… quedemos bien persuadidos de que no hay virtud más agradable a Dios que la humildad, y de que con ella obtendremos todas las demás. Por muchos que sean los pecados que pesen sobre nuestra conciencia, estemos seguros de que con la humildad, Dios nos perdonará. Sí, cobremos afición a esa virtud tan hermosa; ella será la que nos unirá con Dios, la que nos hará vivir en paz con el prójimo, la que aligerará nuestras cruces, la que mantendrá nuestra esperanza de ver otro día a Dios. El mismo nos lo dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues ellos verán a Dios!” (Matth. V, 3). Esto es lo que os deseo.
En esto consiste, la humildad exterior. Más ¿en qué consiste la interior? Vedlo aquí. Consiste: 1. º, en sentir bajamente de sí mismo; en no aplaudirse jamás en lo íntimo de su corazón al ver coronadas por el éxito las acciones realizadas; en creerse siempre indigno e incapaz de toda buena obra, fundándose en las palabras del mismo Jesucristo cuando nos dice que sin El nada bueno podemos realizar (Ioan. XV, 5), pues ni tan sólo una palabra, como por ejemplo “Jesús”, podemos pronunciar sin el auxilio del Espíritu Santo (Nemo potest dicere, Dominus Iesus, nisi in Spiritu Sancto. I Cor. XII,3). 2.º Consiste en sentir satisfacción de que los demás conozcan nuestros defectos, a fin de tener ocasión de mantenernos en nuestra insignificancia; 3.º, en ver con gusto que los demás nos aventajen en riquezas, en talento, en virtud, o en cualquier otra cosa; en someternos a la voluntad o al juicio ajenos, siempre que ello no sea contra conciencia, Sí, la persona verdaderamente humilde debe semejar un muerto, que no se enoja por las injurias que se le infieren, ni se alegra de las alabanzas que se le tributan.
En esto consiste, poseer la humildad cristiana, la cual tan agradables nos hace a Dios y tan apreciables a los ojos del prójimo. Considerad ahora si la tenéis o no. Y si desgraciadamente no la poseéis, no os queda otro camino, para salvaros, que pedirla a Dios hasta obtenerla; ya que sin ella no entraríamos en el cielo. Leemos en la vida de San Elzear que, habiendo corrido el peligro de parecer engullido por el mar junto con todos los que se hallaban con él en el barco, pasado ya el peligro, Santa Delfina, su esposa, le preguntó si había tenido miedo. Y el Santo contestó: “Cuando me hallo en peligro semejante, me encomiendo a Dios junto con todos los que conmigo se hallan, y le pido que, si alguien debe morir, éste sea yo, como el más miserable y el más indigno de vivir” (V. Ribadeneyra, 27 septiembre, t. IX, p. 399). ¡Cuánta humildad!... San Bernardo estaba tan persuadido de su insignificancia, que, al entrar en una ciudad, se hincaba antes de hinojos, pidiendo a Dios que no castigase a la ciudad por causa de sus pecados; pues se creía capaz de atraer la maldición de Dios sobre aquel lugar (Se refiere lo mismo de Santo Domingo). ¡Cuánta humildad! ¡Un Santo tan grande cuya vida era una cadena de milagros! (Ejemplo: Rodríguez, tomo IV, págs. 483 y 365. Nota del Santo).
Es preciso, que, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo, vayan todas ellas acompañadas de la humildad (Ejemplo de la emperatriz que fue arrastrada por sus criados. Nota del Santo). Al orar, ¿poseéis aquella humildad que os hace consideraros como miserables e indignos de estar en la santa presencia de Dios? ¡Ah! Si fuese así, no haríais vuestras oraciones vistiéndoos o trabajando. No, no la tenéis. Si fueseis humildes, ¡con qué reverencia, con qué modestia, con qué santo temor estaríais en la Santa Misa! ¡Ah! No, no se os vería reír, conversar, volver la cabeza, pasear vuestra mirada por el templo, dormir, orar sin devoción, sin amor de Dios. Lejos de hallar largas las ceremonias y funciones, os sabría mal el término de ellas, pensaríais en la grandeza de la misericordia de Dios al sufriros entre los fieles, cuando por vuestros pecados merecéis estar entre los réprobos. Si tuvieseis esta virtud, al pedir a Dios alguna gracia, haríais como la Cananea, que se postró de hinojos ante el Salvador, en presencia de todo el mundo (Matth. XV, 25); como Magdalena, que besó los pies de Jesús en medio de una numerosa reunión (Luc. VII, 38). Si fueseis humildes, haríais como aquella mujer que hacía doce años que padecía flujo de sangre y acudió con tanta humildad a postrarse a los pies del Salvador, a fin de conseguir tocar el extremo de su manto (Marc. V, 25). ¡Si tuvieseis la humildad de un San Pablo, quien, aun después de ser arrebatado hasta el tercer cielo (II Cor. XII, 2), sólo se tenía por un aborto del infierno, el último de los apóstoles, indigno del nombre que llevaba!... (I Cor. XV, 8-9). ¡Oh Dios mío! ¡Cuán hermosa, pero cuán rara es esta virtud!... Si tuvieseis esta virtud, al confesaros, ¡ah! ¡Cuán lejos andaríais de ocultar vuestros pecados, de referirlos como una historia de pasatiempo y, sobre todo, de relatar los pecados de los demás! ¡Ah! ¿cuál sería vuestro temor al ver la magnitud de vuestros pecados, los ultrajes inferidos a Dios, y al ver, por otro lado, la caridad que muestra al perdonaros? ¡Dios mío! ¿no moriríais de dolor y de agradecimiento?... Si, después de haberos confesado, tuvieseis aquella humildad de que habla San Juan Clímaco (La escala Santa, grado quinto), el cual nos cuenta que, yendo a visitar un cierto monasterio, vio allí a unos religiosos tan humildes, tan humillados y tan mortificados, y que sentían de tal manera el peso de sus pecados, que el rumor de sus gritos, y las preces que elevaban a Dios Nuestro Señor eran capaces de conmover a corazones tan duros como la piedra. Algunos había que estaban enteramente cubiertos de llagas, de las cuales manaba un hedor insoportable; y tenían tan poco atendido su cuerpo, que no les quedaba sino la piel adherida al hueso. El monasterio resonaba con gritos los más desgarradores. “¡Ah, desgraciados de nosotros miserables! ¡Sin faltar a la justicia, oh Señor, podéis precipitarnos en los infiernos!” Otros exclamaban: “¡Ah! Señor, perdonadnos si es que nuestras almas son aún capaces de perdón!” Tenían siempre ante sus ojos la imagen de la muerte, y se decían unos a otros: “¿qué será de nosotros después de haber tenido la desgracia de ofender a un Dios tan bueno? ¿Podremos todavía abrigar alguna esperanza para el día de las venganzas?” Otros pedían ser arrojados al río para ser comidos de las bestias. Al ver el superior a San Juan Clímaco, le dijo: “¡Ah! Padre mío, ¿habéis visto a nuestros soldados?” Nos dice San Juan Clímaco que no pudo allí hablar ni rezar: pues los gritos de aquellos penitentes, tan profundamente humillados, le arrancaban lágrimas y sollozos sin que en manera alguna pudiera contenerse. ¿De dónde proviene, que nosotros, siendo mucho más culpables, carezcamos enteramente de humildad? ¡Ay! ¡Porque no nos conocemos!
II.–Sí, al cristiano que bien se conozca todo debe inclinarle a ser humilde, y especialmente estas tres cosas, a saber: la consideración de las grandezas de Dios, el anonadamiento de Jesucristo, y nuestra propia miseria.
1.º ¿Quién podrá, contemplar la grandeza de un Dios, sin anonadarse en su presencia, pensando que con una sola palabra ha creado el cielo de la nada, y que una sola mirada suya podría aniquilarlo? ¡Un Dios tan grande, cuyo poder no tiene límites, un Dios lleno de toda suerte de perfecciones, un Dios de una eternidad sin fin, con la magnitud de su justicia, con su providencia que tan sabiamente lo gobierna todo y que con tanta diligencia provee a todas nuestras necesidades! ¡Oh Dios mío! ¿no deberíamos temer, con mucho mayor razón que San Martín, que la tierra se abriese bajo nuestros pies por ser indignos de vivir? Ante esta consideración, ¿no haríais como aquella gran penitente de la cual se habla en la vida de San Pafnucio? (Vida de los Padres del desierto t. Iº, p. 212. San Pafnucio y Santa Thais) Aquel buen anciano, dice el autor de su vida, quedó en extremo sorprendido, cuando, al conversar con aquella pecadora, la oyó hablar de Dios. El santo abad le dijo: “¿Ya sabes que hay un Dios?” –“Sí, dijo ella; y aun más, sé que hay un reino de los cielos para aquellos que viven según sus mandamientos, y un infierno donde serán arrojados los malvados para abrasarse allí”. –“Sí conoces todo esto, ¿cómo te expones a abrasarte en el infierno, causando la perdición de tantas almas?” Al oír estas palabras, la pecadora conoció que era un hombre enviado de Dios, se arrojó a sus pies y, deshaciéndose en lágrimas: “Padre mío, le dijo, imponedme la penitencia que queráis, y yo la cumpliré”. El anciano la encerró en una celda y le dijo: “Mujer tan criminal como tú has sido, no merece pronunciar el santo nombre de Dios; te limitarás a volverte hacia el oriente, y dirás por toda oración: ¡Oh Vos que me creasteis, tened piedad de mí!” Esta era toda su oración. Santa Thais pasó tres años haciendo esta oración, derramando lágrimas y exhalando amargos sollozos noche y día. ¡Oh Dios mío! ¡cuánto nos hace profundizar en el propio conocimiento la humildad!
2.º Decimos que el anonadamiento de Jesucristo debe humillarnos aún más y más. “Cuando contemplo, nos dice San Agustín, a un Dios que, desde su encarnación hasta la cruz, no hizo otra cosa que llevar una vida de humillaciones e ignominias, un Dios desconocido en la tierra, ¿habré yo de sentir temor de humillarme? Un Dios busca la humillación, ¿y yo, gusano de la tierra, querré ensalzarme?¡Dios mío! Dignaos destruir este orgullo que tanto nos aparta de Vos.”
Lo tercero, que debe conducirnos más que a la humildad, es nuestra propia mísera. No tenemos más que mirarla algo de cerca, y hallaremos una infinidad de motivos de humillación. Nos dice el profeta Miqueas (Esta cita no es del profeta Miqueas): “En nosotros mismos llevamos el principio y los motivos de nuestra humillación. ¿No sabemos por ventura, dice, que nuestro origen es la nada, que antes de venir a la vida transcurrieron una infinidad de siglos, y que, por nosotros mismos, nunca habríamos podido salir de aquel espantoso e impenetrable abismo? ¿Podemos ignorar que, aun después de ser creados, conservamos una vehemente inclinación hacia la nada, siendo preciso que la mano poderosa de Aquel que de ella nos sacó, nos impida volver al caos, y que, si Dios dejase de mirarnos y sostenernos, seríamos borrados de la faz de la tierra con la misma rapidez que una brizna de paja es arrastrada por una tempestad furiosa?” ¿Qué es, pues, el hombre para envanecerse de su nacimiento y de sus demás cualidades? “¡Ay!, nos dice el santo varón Job, ¿qué es lo que somos? Inmundicia antes de nacer, miseria al venir al mundo, infección cuando salimos de él. Nacemos de mujer, nos dice (Job, XIV, 1), y vivimos breve tiempo; durante nuestra vida, por corta que sea, mucho hemos de llorar, y la muerte no tarda en herirnos”. –“Tal es nuestra herencia, nos dice San Gregorio, Papa; juzgad, según esto, si tenemos lugar a ensalzarnos por nada del mundo; así es que quien temerariamente se atreve a creer que es algo, resulta ser un insensato que jamás se conoció a sí mismo, puesto que, conociéndonos tal cual somos, sólo horror podemos sentir de nosotros mismos”
Pero no son menos los motivos que tenemos de humillarnos en el orden de la gracia. Por grandes talentos y dones que poseamos, hemos de pensar que todos nos vienen de la mano del Señor, que los da a quien le place, y, por consiguiente, no nos podemos alabar de ellos. Un concilio ha declarado que el hombre, lejos de ser el autor de su salvación, sólo es capaz de perderse, ya que de sí mismo sólo tiene el pecado y la mentira, San Agustín nos dice que toda nuestra ciencia consiste en saber que nada somos, y que todo cuanto tenemos, de Dios lo hemos recibido.
Finalmente, digo que debemos humillarnos considerando la gloria y la felicidad que esperamos en la otra vida, pues, de nosotros mismos, somos incapaces de merecerla. Siendo Dios tan magnánimo al concedérnosla, no hemos de confiar sino en su misericordia y en los infinitos méritos de Jesucristo su Hijo. Como hijos de Adán, sólo merecemos el infierno. ¡OH! ¡cuán caritativo es Dios al permitirnos tener esperanza de tantos y tan grandes bienes, a nosotros que nada hicimos para merecerlos!
¿Qué hemos de concluir de todo esto? Vedlo aquí, hijos míos: todos los días hemos de pedir a Dios la humildad cuantas veces nos sea posible;… quedemos bien persuadidos de que no hay virtud más agradable a Dios que la humildad, y de que con ella obtendremos todas las demás. Por muchos que sean los pecados que pesen sobre nuestra conciencia, estemos seguros de que con la humildad, Dios nos perdonará. Sí, cobremos afición a esa virtud tan hermosa; ella será la que nos unirá con Dios, la que nos hará vivir en paz con el prójimo, la que aligerará nuestras cruces, la que mantendrá nuestra esperanza de ver otro día a Dios. El mismo nos lo dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues ellos verán a Dios!” (Matth. V, 3). Esto es lo que os deseo.
San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)
lunes, 7 de agosto de 2023
Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Humildad Pasionista
La humildad no es la santidad, pero sí base y fundamento de la misma.
"Para levantar el edificio de una santidad verdadera y sólida es preciso asentar bien las bases de una profunda y sincera humildad", ha escrito el P. Arintero.
Esto lo sabía muy bien San Pablo de la Cruz. Lo sabía y lo practicaba. De ahí que en su recia espiritualidad campee la humildad como una de sus virtudes características más, salientes.
El amor a Cristo doloroso y la humildad vienen a ser como el binomio de la personalidad sobrenatural de San Pablo de la Cruz. Por ser la humildad, como se ha dicho, fundamento de la santidad, y ello en todos los santos, pero de manera particular en nuestro biografiado, damos comienzo al estudio de la santidad del gran Apóstol de la Pasión por el capítulo dedicado a la virtud de la humildad, la cual, para nuestro Santo, es también la cadena de oro que engarza todas las virtudes y la joya más preciada de Cristo.
Pensar bajamente de sí mismo, conocer su nada en cuanto al ser y al obrar, reconocer su absoluta y total dependencia de Dios y vivir en un estado de bajeza ante la grandeza y omnipotencia infinitas del Creador constituyen el fundamento de la humildad de San Pablo de la Cruz.
"Dios —solía decir— me ha quitado todas las gracias; pero ésta de conocerme a mí mismo, no".
Se llama costal de gusanos y podredumbre, miserable tizón del infierno, el hombre de la nada y el siervo inútil para toda obra buena. Y todas las obras que realiza y todas las empresas que lleva a cabo por la gloria de Dios y el bien de las almas y todas las maravillosas conversiones que alcanza en sus predicaciones, atribúyelas a la gracia y al poder de Dios.
Siendo Fundador del Instituto de la Pasión, no consiente le llamen con dicho título, pues el Fundador del Instituto, según él, es Jesucristo. Pablo de la Cruz, a su entender, es un estorbo en la Congregación, un siervo inútil y un leño seco que sólo sirve para arder en el fuego.
Cierto día deambula con sus religiosos por un campo agreste y solitario. A la vera de un camino encuentra un árbol retorcido y seco. Señalándolo con el dedo, exclama :
—Ved lo que yo soy: un árbol seco y torcido, bueno solamente para el fuego.
Cuando escribe a sus almas dirigidas, llámase con harta frecuencia tronco podrido, caña frágil y junco que crece en los pantanos y muere donde nace.
Otras veces, se compara graciosamente al asno.
—"Termino la carta dándole los buenos días —escribe a Inés Grazi—; pues ya es hora de dar la cebada a este pobre asnillo...".
Habiendo conservado durante toda su vida la inocencia bautismal y no habiendo ofendido a Dios, desde la edad de los 19 años, con falta venial plenamente deliberada, se juzga, sin embargo, el más grande pecador de la tierra y un monstruo de ingratitud y perversión que sólo tiene el mal olor de sus vicios.
"Me parece ser peor que un demonio, una inmunda cloaca como en realidad soy". "Cuando ruegue por los pobres pecadores —escribe a una de sus dirigidas— póngame en primer lugar, como a su capitán general".
Que tales expresiones en boca o en la pluma del santo no son vanas fórmulas carentes de sentido, sino frases que responden a los sentimientos más íntimos de su corazón, lo demuestran las abundantes lágrimas con que suele acompañar sus sentidas y sinceras palabras.
Un día Pablo de la Cruz, con su crucifijo de misionero, está a punto de entrar en una ciudad. De pronto, rompe a llorar amargamente. El compañero, sorprendido, pregúntale:
—¿Por qué llora, Padre?
—Y ¿cómo no he de llorar, considerando que entra en esta ciudad tan gran pecador que tantas veces ha merecido ser ahorcado por sus grandes iniquidades y pecados? Temo que esta ciudad se hunda, apenas ponga en ella mis pies.
El vicio de la soberbia o vanagloria jamás empaña su alma ni le da pie para poder acusarse del más leve defecto tocante a esta materia.
"No comprendo cómo puede haber quien se ensoberbezca, pues todo lo bueno que hay en nosotros es de Dios. Si me asaltara el más leve pensamiento de vanagloria —decía a sus hijos— me consideraría un réprobo condenado para siempre al infierno".
Si a veces refiere algún hecho que pueda redundar en su alabanza, refiérelo con tan ingenuo candor, que todos comprenden al punto que al hablar así es movido del espíritu de Dios, ya que los sucesos referidos por él redundan siempre en la mayor gloria de Dios o de la Congregación, o en la mayor edificación espiritual de las almas. Pero, aun en estos casos, jamás emplea palabras que huelan en lo más mínimo a vanidad. Pablo de la Cruz, ingenuo, sencillo como un niño, atribuye toda la gloria a Dios. Para sí se reserva únicamente la confusión de no haber correspondido a la gracia de Dios y colaborado en la obra que el Señor le encomendara.
Los ejercicios de humildad que Pablo de la Cruz se impone voluntariamente responden al bajo concepto que de si mismo tiene formado. Siendo Fundador y General del Instituto, arrodillase delante del Rector del Convento, y con una corona de espinas sobre la cabeza, una soga al cuello y una cruz sobre los hombros, se acusa en público refectorio de haber escandalizado a la Comunidad.
En la vigilia de las grandes festividades religiosas y en el Jueves Santo, se postra a los pies de sus religiosos, y con abundantes lágrimas en los ojos, pídeles humildemente perdón suplicándoles encarecidamente rueguen por él para que pueda salvar su pobre alma.
El título de Fundador y General con que es honrado le ocasiona mayor humillación.
"¡0h, si supiesen los que me llaman Fundador... qué puñalada me dan en el corazón y qué pena me causan, no me lo dirían... Me tiran sangre a los ojos... me ponen delante mis ingratitudes y me hacen recordar que he oscurecido e impedido con mis culpas la obra de Dios..."
Esperando un día ser recibido de un Prelado, le preguntan en la antesala:
—¿Quién es el Fundador de los Pasionistas?
—Un pobre pecador —contesta el siervo de Dios.
Admitido a la audiencia, el Prelado le interroga:
¿Dónde está el Fundador del Instituto?
—No muy lejos de Vos —replica humilde y avergonzado Pablo de la Cruz.
Hablando otro día con un hermano coadjutor, dícele:
—Hoy es la fiesta de San Ignacio. Yo me he encomendado a él, pues es mi amigo.
—Ciertamente debe serlo, pues también él es Fundador.
—Callad —ataja Pablo de la Cruz—. San Ignacio es un gran santo y yo soy peor que una bestia.
Dechado de heroicas virtudes y ejemplar de regular observancia para todos sus religiosos, se considera indigno de llevar el santo hábito de la Pasión y merecedor de ser expulsado del Instituto. A sus ojos, él constituye piedra de escándalo para la Congregación por él fundada, juzgándose como un cuervo que anida entre blanquísimas palomas.
Renuncia formalmente al Generalato— aunque la renuncia no es aceptada—, porque quiere vivir oculto e ignorado en solitario convento, dedicado, como simple novicio, a las faenas más humildes de los Hermanos Coadjutores.
—Si me fuera dado elegir, cambiaría voluntariamente. ¡Y sabe Dios que no miento! Pocos santos fueron en vida tan alabados y honrados de las muchedumbres, de los príncipes, de los reyes y Pontífices como Pablo de la Cruz. Pero los honores que el gran Apóstol recibe en el curso de su vida sólo sirven para que campee y brille más su humildad.
Cuando alguno, atraído por la fama de santidad de que goza Pablo de la Cruz, logra entrevistarse con el siervo de Dios, éste recurre a ingeniosas estratagemas para ocultar su virtud, adoptando un aire de hombre vulgar, rudo y sin letras, o bien, llevando la conversación a temas intrascendentes y mostrando que sabe guisar los alimentos a gusto de los comensales.
El trata de ocultar la virtud y los dones naturales de que tan pródigamente ha sido favorecido, y quiere ser tenido de todos por rudo e ignorante.
Después de predicar elocuente y bello sermón a la Comunidad, dice a uno de sus religiosos:
—Así predican los ignorantes. Son largos en sus discursos y no aciertan a acabar nunca.
Recibido y agasajado de los Sumos Pontífices Clemente XIII y Clemente XIV, que le veneran como a un santo, y visitado en su propia celda por el Pontífice Pío VI, no por ello se envanece. Tales muestras de veneración y de distinguido afecto confunden al siervo de Dios, el cual permanece corrido y avergonzado, con la cabeza inclinada, ante los Vicarios de Cristo.
Las muchedumbres, entusiasmadas por la elocuencia arrebatadora del Santo, quieren tocarle y conservar, como preciada reliquia, algún trozo de su hábito o manteo. Conseguido el piadoso e indiscreto hurto, al percatarse de ello el siervo de Dios, les dice burlonamente:
—Me han cortado el hábito creyendo que era yo el P. Abad, siendo así que soy el cocinero. Si me conocieran, huirían de mí como de un apestado.
Otras veces les dice:
—Andad, andad; id a hacer calcetas para vuestras gallinas.
Y cuando la muchedumbre se dispersa, y él queda solo, rompe en amargo llanto.
—Pobre de mí! Es necesario que me cierren bajo llave. El mundo se engaña. Cree que soy lo que en realidad no soy.
Un día, al atardecer, cruza la playa de Orbetello con un Hermano Coadjutor. Un pescador que no le conoce, pero que ha oído hablar de él, les dice:
Dichosos vosotros que vais a Monte Argentaro, donde vive tan gran santo como es el Padre Pablo.
El siervo de Dios se turba; muda de color
y no acierta a proferir palabra. Luego, disimulando su turbación:
—Pero ¿quién es ese santo que decís? ¿El Padre Pablo?
—Sí —contesta secamente el rudo pescador—. El P. Pablo.
—Pues yo os aseguro que él no cree ser un santo.
Pues lo crea o lo deje de creer, yo os digo que el P. Pablo es un santo, un verdadero santo, un gran santo.
Y el siervo de Dios, todo corrido y avergonzado, prosigue su viaje.
Otro día, dos Prelados pasean con el humilde Pablo de la Cruz. Este, a pesar de sus protestas, se ve obligado a aceptar el puesto de honor. Pero es tal su confusión al pasear en medio de los dos Prelados, que, luego, al referir el hecho, dirá que jamás en su vida sufrió mayor vergüenza.
En otra ocasión, Pablo de la Cruz conversa con varios personajes de distinción. Estos siéntense molestos por las numerosas moscas que revolotean en la estancia. Pablo, bromeando, dice a los conspicuos personajes:
—Yo soy un gran pecador; pero si fuera un santo ahuyentaría con la señal de la Cruz estas moscas, para ustedes tan inoportunas. Yo conozco —prosigue el siervo de Dios— un hombre que con este signo (y traza en el aire la señal de la Cruz) las ahuyentó todas de la habitación.
No ha cesado de hablar cuando, como por arte de encantamiento, desaparecen de la estancia todas las moscas. Milagro tan inesperado confunde al siervo de Dios de tal forma que desde aquel momento se repliega en un religioso y profundo silencio que nadie puede hacerle romper. ¡Tanta era su confusión y. vergüenza!
Pablo de la Cruz tiene la humildad tan arraigada en su alma y ejerce los actos propios de dicha virtud con tal sencillez y espontaneidad, que parece serle connatural.
De niño pide el pan de rodillas a sus hermanas. Cuando conversa con otros, mantiene los ojos bajos y la cabeza un tanto inclinada. Se juzga el último de los hombres y ocupa siempre el último lugar. En los conventos escoge para sí la celda más humilde y menos acomodada; interviene en las faenas de los Hermanos Coadjutores; lava los platos, barre su habitación, ayuda al cocinero y sirve la comida a los enfermos.
En la construcción del primer convento del Instituto, él hace de peón y de albañil; abre las zanjas y acarrea los materiales.
Misionero apostólico, al final de cada misión, sube al tablado con una corona de espinas sobre la cabeza y una soga al cuello, y derramando copiosas lágrimas, pide a Dios perdón de las faltas cometidas durante la Santa Misión, y al pueblo, de los malos ejemplos y escándalos que le ha dado. Acabada la Misión, para evitar la lisonja y el aura de los vítores y aplausos del pueblo, marcha inmediatamente, o muy de madrugada, a su retiro, no permitiendo que nadie le acompañe.
En la ciudad de Acquapendente coinciden un día Pablo de la Cruz y San Leonardo de Puerto Mauricio, los dos más famosos misioneros de Italia en el siglo XVIII. Los dos son invitados a dirigir la palabra al pueblo. Pero uno y otro, por su profunda humildad, rehúsan tal honor. ¿Quién será el predicador? San Leonardo cede el honor a San Pablo. Este declina el ofrecimiento, y suplica, humilde pero insistentemente, a Leonardo de Puerto Mauricio acepte la invitación. Ante las humildes e insistentes súplicas del Fundador, San Leonardo sube al púlpito y predica uno de sus mejores sermones.
Acabado el sermón, Pablo de la Cruz pide humildemente a San Leonardo de Puerto Mauricio algunos consejos para regirse en las santas Misiones y obtener fruto en las almas.
Si la humildad es la virtud característica de su vida, también lo es de su muerte. Pablo de la Cruz quiere asemejarse siempre y en todo a su Divino Modelo, que se humilló hasta la muerte y muerte de Cruz. Por eso el gran Apóstol de la Pasión quiere morir oculto y desconocido y que no se conserve de él memoria alguna.
Cuando sus religiosos le ruegan escriba algo sobre los orígenes de la Congregación, respóndeles secamente:
—Lo haré si el Señor me lo inspira.
Mas su humildad le inspira todo lo contrario. No solamente no escribe sus memorias a autobiografía, sino que procura y ordena le sean entregados todos los escritos y documentos en los que aparece su nombre, pues quiere con sus propias manos lanzarlos a las llamas para que no queden de ellos vestigio alguno. Tal mandato, impuesto en virtud de santa obediencia, es cumplido. Pero sus hijos, apesadumbrados ante tan imprevista e irreparable pérdida, logran sacar antes copia fiel de todos los documentos que hablan de su Santo y Padre Fundador.
—Si yo pudiera y me fuera lícito —suele decir— borraría mi nombre de los Breves Pontificios, pues no quiero que de mí quede memoria alguna en la Congregación".
Tampoco quiere, por más que se lo suplican sus hijos, posar ante el pintor para dejarse retratar. Y cuando el artista Tomás Conca consigue, a través de las rendijas de la puerta, dibujar las facciones del Santo, al serle presentado el retrato, exclama todo afligido:
—¡Dios mío! ¡Qué cara de réprobo tengo!
—No se asuste, P. Pablo —le dice el pintor—. Si le he pintado ha sido para ensayar un esbozo, pues he advertido en usted una frente muy pintoresca.
Hallándose gravemente enfermo en la Residencia del Santo Crucifijo, dice a su confesor:
—Si yo muero, mi última disposición es ésta: Celebrarán mis funerales privadamente en la Capilla del Hospicio. Luego, ya oscurecido, dos criados del Hospital me llevarán a la iglesia de los Santos Pedro y Marcelino, donde me enterrarán sin ninguna pompa. Y cuando mi cuerpo se haya corrompido, meterán los huesos en un saco y sobre un jumento los llevarán al Retiro de San Miguel Arcángel al lado de mi hermano, Juan Bautista.
Al Maestro de Novicios, que le pide les deje en testamento el corazón para conservarlo en la Casa Noviciado, respóndele serio y lloroso: —Mi corazón; Pobre corazón mío! Si merece ser quemado y aventadas sus cenizas, porque no supo amar a Dios!...
En el ocaso de su vida, visitando una vez Monte Argentaro, cuna de la Congregación, dice a sus religiosos:
—Si, como es mi deseo, yo muero en este Retiro, sepultad mi cuerpo bajo un castaño, pues no merece ser enterrado en la iglesia.
Pablo de la Cruz muere en la Ciudad Eterna, en una celda contigua a la Basílica de los Santos Juan y Pablo, coronado de méritos, aureolado de gloria, aclamado por sus hijos como Santo Fundador, venerado por Pío VI como un gran siervo de Dios y admirado por las muchedumbres como uno de los más grandes taumaturgos de la Iglesia.
Pero Pablo de la Cruz, agónico, rodeado de la religiosa comunidad, momentos antes de recibir por Viático el Pan de los fuertes, se deshace en acentos de la más profunda humildad.
—¡Pobre de mí —exclama sollozante—. He aquí que al separarme de vosotros para entrar en la eternidad, no os dejo otra cosa que mis malos ejemplos; si bien es verdad que nunca fue ésta mi intención, pues siempre deseé vuestra santidad y perfección. Con el rostro contra el suelo os pido perdón, y con gemidos de mi pobre corazón a toda la Congregación aquí presente y ausente, y os recomiendo mi pobre alma a fin de que el Señor la acoja en el seno de su misericordia, como espero por los méritos de su Santísima Pasión y Muerte".
El P. Juan María, su confesor, para complacer al Santo, el cual ha deseado morir en la ceniza y el cilicio, toma una soga y la ciñe al cuello del siervo de Dios. Y así exhala su último suspiro el gran Apóstol de la Pasión, expandiendo los más fúlgidos y bellos resplandores de su profunda y extraordinaria humildad, en el postrer momento de su vida.
P. Juan de la Cruz, C.P.
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