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martes, 9 de julio de 2024
viernes, 8 de marzo de 2024
Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...
domingo, 3 de marzo de 2024
Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Su Tesoro
miércoles, 13 de diciembre de 2023
Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Lirio entre espinas
domingo, 1 de octubre de 2023
San Remigio - 1 de Octubre
San Remigio, el gran apóstol de Francia, fue ilustre por la ciencia, la elocuencia, la santidad y los milagros que jalonaron sus largos setenta años de episcopado. Elegido por Santa Clotilde para instruir religiosamente al rey Clodoveo, su esposo, que había decidido abrazar el cristianismo, tuvo el santo obispo el consuelo de bautizarlo, con dos de sus hermanas, tres mil guerreros y muchas mujeres y niños. Destruyó los ídolos e hizo edificar iglesias. Murió hacia el año 533, casi nonagenario.
MEDITACIÓN SOBRE LA SANTIDAD
RESUMIDA EN TRES PALABRAS
I. La santidad puede resumirse en tres palabras: abstenerse, sufrir, emprender. Abstente de las cosas ilícitas y peligrosas, y a menudo aun de las permitidas. Prívate de los placeres de esta vida, y gozarás de los del cielo. No hay gozo más dulce, aun en esta vida, que privarse de un placer por amor de Dios. Señor , ¿cómo podría entregarme al placer viéndoos clavado en una cruz? ¡Existe un infierno para los voluptuosos, y me abandono yo a las delicias!
II. Hemos de sufrir ataques de la concupiscencia, del mundo y del demonio. Hemos de sufrir insultos de nuestros enemigos y perfidias de quienes consideramos amigos. En fin, seas quien fueres, te desafío a que me cites tan siquiera un día de tu vida en que no hayas sufrido. Reflexiónalo bien. El mundo es incapaz de satisfacer nuestros deseos, y la inquietud incesante de nuestra alma, en el seno mismo de la abundancia, es una prueba de que sólo Dios puede colmarla. Considera el estado de vida que te plazca, no hay descanso ni en el más oscuro ni en el más brillante. (San Euquerio).
III. Gran obra es nuestra santificación; es menester, para llevarla a cabo, trabajar seriamente por adquirir las virtudes cristianas. ¿Podrías acaso decir que posees alguna de ellas? No te desalientes sin embargo: para ser santo, basta quererlo. Examina qué te impide serlo, y verás que no son sino bagatelas, como aquéllas de que habla San Agustín: Estaba retenido por las frivolidades y las vanidades más miserables.
Orad por vuestros jefes
ORACIÓN
Haced, oh Dios omnipotente, que la piadosa solemnidad de San Remigio, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de nuestra salvación. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J.
domingo, 20 de agosto de 2023
Sermón del Santo Cura de Ars sobre la Humildad
y aquel que se humilla será exaltado.
(S. Lucas XVIII, 14)
I–Antes de haceros comprender, hijos míos, la necesidad de esta hermosa virtud, para nosotros tan necesaria como el Bautismo después del pecado original; tan necesaria digo yo, como el sacramento de la Penitencia después del pecado mortal, debo primero exponeros en qué consiste una tal virtud, que tanto mérito atribuye a nuestras buenas obras, y que tan pródigamente enriquece nuestros actos. San Bernardo, aquel gran santo que de una manera tan extraordinaria la practicó, que abandonó las riquezas, los placeres, los parientes y los amigos para ir a pasar su vida en las selvas, entre las bestias fieras, a fin de llorar allí sus pecados, nos dice que la humildad es una virtud por la cual nos conocemos a nosotros mismos y, mediante esto, nos sentimos llevados a despreciar nuestra propia persona y a no hallar placer en ninguna alabanza que de nosotros se haga (De gradibus humilitatis et superbiae, cap.I).
Digo: 1º. que esta virtud nos es absolutamente necesaria, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo; puesto que el mismo Jesucristo nos dice que tan imposible nos es salvarnos sin la humildad como sin el Bautismo. Dice San Agustín: “Si me preguntáis cuál es la primera virtud de un cristiano, os responderé que es la humildad; si me preguntáis cuál es la segunda, os contestaré que es la humildad; si volvéis a preguntarme cuál es la tercera, os contestaré aún que es la humildad; y cuantas veces me hagáis esta pregunta, os haré la misma respuesta” (Epist.CXVIII ad dioscorum, cap. III, 22).
Si el orgullo engendra todos los pecados (Initium omnis paccati est superbia. Eccli. X, 15), podemos también decir que la humildad engendra todas las virtudes (Véase Rodríguez. Tratado de la humildad, cap. III). Con la humildad tendréis todo cuando os hace falta para agradar a Dios y salvar vuestra alma; mas sin ella, aun poseyendo todas las demás virtudes, será cual si no tuvieseis nada. Leemos en el santo Evangelio (Matth. XIX, 13) que algunas madres presentaban sus hijos a Jesucristo para que les diese su bendición. Los apóstoles las hacían retirar, mas Nuestro Señor desaprobó aquella conducta, diciendo: “Dejad que los niños vengan a Mí; pues de ellos y de los que se les asemejan, es el reino de los cielos”. Los abrazaba y les daba su santa bendición. ¿A qué viene esa buena acogida del divino Salvador? Porque los niños son sencillos, humildes y sin malicia. Asimismo, H. M., si queremos ser bien recibidos de Jesucristo, es preciso que nos mostremos sencillos y humildes en todos nuestros actos. “Esta hermosa virtud, dice San Bernardo, fue la causa de que el Padre Eterno mirase a la Santísima Virgen con complacencia; y si la virginidad atrajo las miradas divinas, su humildad fue la causa de que concibiese en su seno al Hijo de Dios. Si la Santísima Virgen es la Reina de las Vírgenes, es también la Reina de los humildes” (Hom. Iª super Missus est, 5). Preguntaba un día Santa Teresa al Señor por qué en otro tiempo, el Espíritu Santo se comunicaba con tanta facilidad a los personajes del Antiguo Testamento, patriarcas o profetas, declarándoles sus secretos, cosa que no hace al presente. El Señor le respondió que ello era porque aquéllos eran más sencillos y humildes, mientras que en la actualidad los hombres tienen el corazón doble y están llenos de orgullo y vanidad. Dios no comunica con ellos ni los ama como amaba a aquellos buenos patriarcas y profetas, tan simples y humildes.
Nos dice San Agustín: “Si os humilláis profundamente, si reconocéis vuestra nada y vuestra falta de méritos, Dios os dará gracias en abundancia; mas, si queréis exaltaros y teneros en algo, se alejará de vosotros y os abandonará en vuestra pobreza”.
Nuestro Señor Jesucristo, para darnos a entender que la humildad es la más bella y la más preciosa de todas las virtudes, comienza a enumerar las bienaventuranzas por la humildad, diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos”. Nos dice San Agustín que esos pobres de espíritu son aquellos que tienen la humildad por herencia (Serm. LIII. In illud Matth. Beati pauperes spiritu). Dijo a Dios el profeta Isaías: “Señor, ¿sobre quiénes desciende el Espíritu Santo? Acaso sobre aquellos que gozan de gran reputación en el mundo o sobre los orgullosos? –No, dijo el Señor, sino sobre aquel que tiene un corazón humilde” (Is. LXVI, 2).
Esta virtud no solamente nos hace agradables a Dios, sino también a los hombres. Todo el mundo ama a una persona humilde, todos se deleitan en su compañía. ¿De dónde viene, en efecto, que por lo común los niños son amados de todos, sino de que son sencillos y humildes? La persona que es humilde cede siempre, no contraría jamás a nadie, no causa enfado a nadie, contentase de todo y busca siempre ocultarse a los ojos del mundo. Admirable ejemplo de esto nos lo ofrece San Hilarión. Refiera San Jerónimo que este gran Santo era solicitado de los emperadores, de los reyes y de los príncipes, y atraía hacia el desierto a las muchedumbres por el olor de su santidad, por la fama y renombre de sus milagros; mas él se escondía y huía del mundo cuanto le era posible. Frecuentemente cambiaba de celda, a fin de vivir oculto y desconocido; lloraba continuamente a la vista de aquella multitud de religiosos y de gente que acudían a él para que les curase sus males. Echando de menos su pasada soledad, decía, llorando: “He vuelto otra vez al mundo, mi recompensa será sólo en esta vida, pues todos me miran ya como persona de consideración”. “Y nada tan admirable, nos dice San Jerónimo, como el hallarle tan humilde en medio de los muchos honores que se le tributaban. Habiendo corrido el rumor de que iba a retirarse a lo más hondo del desierto donde nadie pusiese verle, interpusieron se veinte mil hombres para atajarle el paso; mas el Santo les dijo que no tomaría alimento hasta que le dejasen libre. Persistieron ellos durante siete días, pero, viendo que no comía nada… Huyó entonces a lo más apartado del desierto, donde se entregó a todo cuanto el amor de Dios pudo inspirarle. Sólo entonces creyó que comenzaba a servir a Dios” (Vida de los Padres del desierto, t. V, p. 191-194) Decidme, ¿es esto humildad y desprecio de sí mismo? ¡Ay! ¡cuán raras son estas virtudes! ¡mas también cuánto escasean los santos! En la misma medida que se aborrece a un orgulloso, se aprecia a un humilde, puesto que éste toma siempre para sí el último lugar, respeta a todo el mundo, y ama también a todos; esta es la causa de que sea tan buscada la compañía de las personas que están adornadas de tan bellas cualidades.
2.º Digo que la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes (Cogitas magnam fabricam construere cessitudinis? De fundamento Prius cogita humilitatis. S. Agust. Serm. in Matth. Cap. XI). Quien desee servir a Dios y salvar su alma, debe comenzar por practicar esta virtud en toda su extensión. Sin ella nuestra devoción será como un montón de paja que habremos levantado muy voluminoso, pero al primer embate de los vientos queda derribado y deshecho. Sí, H. M., el demonio teme muy poco esas devociones que no están fundadas en la humildad, pues sabe muy bien que podrá echarlas al traste cuando le plazca. Lo cual vemos aconteció a aquel solitario que llegó hasta a caminar sobre carbones encendidos sin quemarse; pero, falto de humildad, al poco tiempo cayó en los más deplorables excesos (Vida de los Padres del desierto, t. Iº pág. 256). Si no tenéis humildad, podéis decir que no tenéis nada, a la primera tentación seréis derribados. Se refiere en la vida de San Antonio (ibid. Pág.52) que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía pre parados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido, que su cuerpo temblaba cual la hoja de un árbol, y dirigiéndose a Dios, le dijo: “¡Ay! Señor, ¿quién podrá escapar de tantos lazos?” Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan resistir a las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga la ocasión. Mas a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas”. Al verse tentado San Antonio, no hacía otra cosa que humillarse profundamente ante Dios, diciendo: “¡Ay, Señor, bien sabéis que no soy más que un miserable pecador!” Y al momento el demonio emprendía la fuga.
Cuando nos sintamos tentados, mantengámonos escondidos bajo el velo de la humildad y veremos cuán escasa sea la fuerza que el demonio tiene sobre nosotros. Leemos en la vida de San Macario que, habiendo un día salido de su celda en busca de hojas de palma, se le apareció el demonio con espantoso furor, amenazando herirle; mas viendo que le era imposible porque Dios no le había dado poder para ellos, exclamó: “¡Oh Macario, cuánto me haces sufrir! No tengo facultad para maltratarte, aunque cumpla más perfectamente que tú lo que tú practicas: pues tú ayunas algunos días, y yo no como nunca; tú pasas algunas noches en vela, yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la cual ciertamente me aventajas”. San Macario le preguntó cuál era aquella cosa. –“Es la humildad”. El Santo se postro, la faz en tierra, pidió a Dios no le dejase sucumbir a la tentación, y al momento el demonio emprendió la fuga (Vida de los Padre del desierto, t. II. p. 358. S. Macario de Egipto). ¡Oh! ¡Cuán agradables nos hace a Dios esta virtud, y cuán poderosa es para ahuyentar el demonio! ¡Pero también cuán rara! Lo cual claramente se ve con sólo considerar el escaso número de cristianos que resisten al demonio cuando son tentados.
Y para desengañaros, para ver que no la habéis poseído nunca, fijaos sólo en un detalle bien sencillo. No, no son todas las palabras, todas las manifestaciones de desprecio de sí mismo lo que nos prueba que tenemos humildad. Voy a citaros ahora un ejemplo, el cual os probará lo poco que valen las palabras. Hallamos en la “Vida de los Padres del desierto” que, habiendo venido un solitario a visitar a San Serapio (ibid. p. 417), no quiso acompañarle en sus oraciones, porque, decía, he cometido tantos pecados que soy indigno de ello, ni me atrevo a respirar aquí donde vos estáis. Permanecería sentado en el suelo por no atreverse a ocupar el mismo asiento que San Serapio. Este Santo, siguiendo la costumbre entonces muy común, quiso lavarle los pies, y aún fue mayor la resistencia del solitario. Veis aquí una humildad que, según los humanos juicios tiene todas las apariencias de sincera; mas ahora vais también a ver en qué paró. San Serapio se limitó a decirle, a manera de aviso espiritual, que tal vez haría mejor permaneciendo en su soledad, trabajando para vivir, que no corriendo de celda en celda como un vagabundo. Ante este aviso, el solitario no supo ya disimular la falsedad de su virtud; se enojo en gran manera contra el Santo y se marchó. Al ver esto, le dijo aquél: “¡Ah! Hijo mío, ¡me decíais hace un momento que habíais cometido todos los crímenes imaginables, que no os atrevíais a rezar ni a comer conmigo, y ahora, por una sencilla advertencia que nada tiene de ofensiva, os dejáis llevar del enojo! Vamos, hijo mío, vuestra virtud y todas las buenas obras que practicáis, están desprovistas de la mejor de las cualidades, que es la humildad”.
Por este ejemplo podéis ver cuán rara es la verdadera humildad. ¡Ay! Cuánto abundan los que, mientras se los alaba, se los lisonjea, o a lo menos, se les manifiesta estimación, son todo fuego en sus prácticas de piedad, lo darían todo, se despojarían de todo; mas una leve reprensión, un gesto de indiferencia, llena de amargura su corazón, los atormenta, les arranca lágrimas de sus ojos, los pone de mal humor, los induce a mil juicios temerarios, pensando que son tratados injustamente, que no es este el trato que se da a los demás. ¡Ay! ¡Cuan rara es esta hermosa virtud entre los cristianos de nuestros días! ¡Cuántas virtudes tienen sólo la apariencia de tales, y a la primera prueba se vienen abajo!
En esto consiste, la humildad exterior. Más ¿en qué consiste la interior? Vedlo aquí. Consiste: 1. º, en sentir bajamente de sí mismo; en no aplaudirse jamás en lo íntimo de su corazón al ver coronadas por el éxito las acciones realizadas; en creerse siempre indigno e incapaz de toda buena obra, fundándose en las palabras del mismo Jesucristo cuando nos dice que sin El nada bueno podemos realizar (Ioan. XV, 5), pues ni tan sólo una palabra, como por ejemplo “Jesús”, podemos pronunciar sin el auxilio del Espíritu Santo (Nemo potest dicere, Dominus Iesus, nisi in Spiritu Sancto. I Cor. XII,3). 2.º Consiste en sentir satisfacción de que los demás conozcan nuestros defectos, a fin de tener ocasión de mantenernos en nuestra insignificancia; 3.º, en ver con gusto que los demás nos aventajen en riquezas, en talento, en virtud, o en cualquier otra cosa; en someternos a la voluntad o al juicio ajenos, siempre que ello no sea contra conciencia, Sí, la persona verdaderamente humilde debe semejar un muerto, que no se enoja por las injurias que se le infieren, ni se alegra de las alabanzas que se le tributan.
En esto consiste, poseer la humildad cristiana, la cual tan agradables nos hace a Dios y tan apreciables a los ojos del prójimo. Considerad ahora si la tenéis o no. Y si desgraciadamente no la poseéis, no os queda otro camino, para salvaros, que pedirla a Dios hasta obtenerla; ya que sin ella no entraríamos en el cielo. Leemos en la vida de San Elzear que, habiendo corrido el peligro de parecer engullido por el mar junto con todos los que se hallaban con él en el barco, pasado ya el peligro, Santa Delfina, su esposa, le preguntó si había tenido miedo. Y el Santo contestó: “Cuando me hallo en peligro semejante, me encomiendo a Dios junto con todos los que conmigo se hallan, y le pido que, si alguien debe morir, éste sea yo, como el más miserable y el más indigno de vivir” (V. Ribadeneyra, 27 septiembre, t. IX, p. 399). ¡Cuánta humildad!... San Bernardo estaba tan persuadido de su insignificancia, que, al entrar en una ciudad, se hincaba antes de hinojos, pidiendo a Dios que no castigase a la ciudad por causa de sus pecados; pues se creía capaz de atraer la maldición de Dios sobre aquel lugar (Se refiere lo mismo de Santo Domingo). ¡Cuánta humildad! ¡Un Santo tan grande cuya vida era una cadena de milagros! (Ejemplo: Rodríguez, tomo IV, págs. 483 y 365. Nota del Santo).
Es preciso, que, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo, vayan todas ellas acompañadas de la humildad (Ejemplo de la emperatriz que fue arrastrada por sus criados. Nota del Santo). Al orar, ¿poseéis aquella humildad que os hace consideraros como miserables e indignos de estar en la santa presencia de Dios? ¡Ah! Si fuese así, no haríais vuestras oraciones vistiéndoos o trabajando. No, no la tenéis. Si fueseis humildes, ¡con qué reverencia, con qué modestia, con qué santo temor estaríais en la Santa Misa! ¡Ah! No, no se os vería reír, conversar, volver la cabeza, pasear vuestra mirada por el templo, dormir, orar sin devoción, sin amor de Dios. Lejos de hallar largas las ceremonias y funciones, os sabría mal el término de ellas, pensaríais en la grandeza de la misericordia de Dios al sufriros entre los fieles, cuando por vuestros pecados merecéis estar entre los réprobos. Si tuvieseis esta virtud, al pedir a Dios alguna gracia, haríais como la Cananea, que se postró de hinojos ante el Salvador, en presencia de todo el mundo (Matth. XV, 25); como Magdalena, que besó los pies de Jesús en medio de una numerosa reunión (Luc. VII, 38). Si fueseis humildes, haríais como aquella mujer que hacía doce años que padecía flujo de sangre y acudió con tanta humildad a postrarse a los pies del Salvador, a fin de conseguir tocar el extremo de su manto (Marc. V, 25). ¡Si tuvieseis la humildad de un San Pablo, quien, aun después de ser arrebatado hasta el tercer cielo (II Cor. XII, 2), sólo se tenía por un aborto del infierno, el último de los apóstoles, indigno del nombre que llevaba!... (I Cor. XV, 8-9). ¡Oh Dios mío! ¡Cuán hermosa, pero cuán rara es esta virtud!... Si tuvieseis esta virtud, al confesaros, ¡ah! ¡Cuán lejos andaríais de ocultar vuestros pecados, de referirlos como una historia de pasatiempo y, sobre todo, de relatar los pecados de los demás! ¡Ah! ¿cuál sería vuestro temor al ver la magnitud de vuestros pecados, los ultrajes inferidos a Dios, y al ver, por otro lado, la caridad que muestra al perdonaros? ¡Dios mío! ¿no moriríais de dolor y de agradecimiento?... Si, después de haberos confesado, tuvieseis aquella humildad de que habla San Juan Clímaco (La escala Santa, grado quinto), el cual nos cuenta que, yendo a visitar un cierto monasterio, vio allí a unos religiosos tan humildes, tan humillados y tan mortificados, y que sentían de tal manera el peso de sus pecados, que el rumor de sus gritos, y las preces que elevaban a Dios Nuestro Señor eran capaces de conmover a corazones tan duros como la piedra. Algunos había que estaban enteramente cubiertos de llagas, de las cuales manaba un hedor insoportable; y tenían tan poco atendido su cuerpo, que no les quedaba sino la piel adherida al hueso. El monasterio resonaba con gritos los más desgarradores. “¡Ah, desgraciados de nosotros miserables! ¡Sin faltar a la justicia, oh Señor, podéis precipitarnos en los infiernos!” Otros exclamaban: “¡Ah! Señor, perdonadnos si es que nuestras almas son aún capaces de perdón!” Tenían siempre ante sus ojos la imagen de la muerte, y se decían unos a otros: “¿qué será de nosotros después de haber tenido la desgracia de ofender a un Dios tan bueno? ¿Podremos todavía abrigar alguna esperanza para el día de las venganzas?” Otros pedían ser arrojados al río para ser comidos de las bestias. Al ver el superior a San Juan Clímaco, le dijo: “¡Ah! Padre mío, ¿habéis visto a nuestros soldados?” Nos dice San Juan Clímaco que no pudo allí hablar ni rezar: pues los gritos de aquellos penitentes, tan profundamente humillados, le arrancaban lágrimas y sollozos sin que en manera alguna pudiera contenerse. ¿De dónde proviene, que nosotros, siendo mucho más culpables, carezcamos enteramente de humildad? ¡Ay! ¡Porque no nos conocemos!
II.–Sí, al cristiano que bien se conozca todo debe inclinarle a ser humilde, y especialmente estas tres cosas, a saber: la consideración de las grandezas de Dios, el anonadamiento de Jesucristo, y nuestra propia miseria.
1.º ¿Quién podrá, contemplar la grandeza de un Dios, sin anonadarse en su presencia, pensando que con una sola palabra ha creado el cielo de la nada, y que una sola mirada suya podría aniquilarlo? ¡Un Dios tan grande, cuyo poder no tiene límites, un Dios lleno de toda suerte de perfecciones, un Dios de una eternidad sin fin, con la magnitud de su justicia, con su providencia que tan sabiamente lo gobierna todo y que con tanta diligencia provee a todas nuestras necesidades! ¡Oh Dios mío! ¿no deberíamos temer, con mucho mayor razón que San Martín, que la tierra se abriese bajo nuestros pies por ser indignos de vivir? Ante esta consideración, ¿no haríais como aquella gran penitente de la cual se habla en la vida de San Pafnucio? (Vida de los Padres del desierto t. Iº, p. 212. San Pafnucio y Santa Thais) Aquel buen anciano, dice el autor de su vida, quedó en extremo sorprendido, cuando, al conversar con aquella pecadora, la oyó hablar de Dios. El santo abad le dijo: “¿Ya sabes que hay un Dios?” –“Sí, dijo ella; y aun más, sé que hay un reino de los cielos para aquellos que viven según sus mandamientos, y un infierno donde serán arrojados los malvados para abrasarse allí”. –“Sí conoces todo esto, ¿cómo te expones a abrasarte en el infierno, causando la perdición de tantas almas?” Al oír estas palabras, la pecadora conoció que era un hombre enviado de Dios, se arrojó a sus pies y, deshaciéndose en lágrimas: “Padre mío, le dijo, imponedme la penitencia que queráis, y yo la cumpliré”. El anciano la encerró en una celda y le dijo: “Mujer tan criminal como tú has sido, no merece pronunciar el santo nombre de Dios; te limitarás a volverte hacia el oriente, y dirás por toda oración: ¡Oh Vos que me creasteis, tened piedad de mí!” Esta era toda su oración. Santa Thais pasó tres años haciendo esta oración, derramando lágrimas y exhalando amargos sollozos noche y día. ¡Oh Dios mío! ¡cuánto nos hace profundizar en el propio conocimiento la humildad!
2.º Decimos que el anonadamiento de Jesucristo debe humillarnos aún más y más. “Cuando contemplo, nos dice San Agustín, a un Dios que, desde su encarnación hasta la cruz, no hizo otra cosa que llevar una vida de humillaciones e ignominias, un Dios desconocido en la tierra, ¿habré yo de sentir temor de humillarme? Un Dios busca la humillación, ¿y yo, gusano de la tierra, querré ensalzarme?¡Dios mío! Dignaos destruir este orgullo que tanto nos aparta de Vos.”
Lo tercero, que debe conducirnos más que a la humildad, es nuestra propia mísera. No tenemos más que mirarla algo de cerca, y hallaremos una infinidad de motivos de humillación. Nos dice el profeta Miqueas (Esta cita no es del profeta Miqueas): “En nosotros mismos llevamos el principio y los motivos de nuestra humillación. ¿No sabemos por ventura, dice, que nuestro origen es la nada, que antes de venir a la vida transcurrieron una infinidad de siglos, y que, por nosotros mismos, nunca habríamos podido salir de aquel espantoso e impenetrable abismo? ¿Podemos ignorar que, aun después de ser creados, conservamos una vehemente inclinación hacia la nada, siendo preciso que la mano poderosa de Aquel que de ella nos sacó, nos impida volver al caos, y que, si Dios dejase de mirarnos y sostenernos, seríamos borrados de la faz de la tierra con la misma rapidez que una brizna de paja es arrastrada por una tempestad furiosa?” ¿Qué es, pues, el hombre para envanecerse de su nacimiento y de sus demás cualidades? “¡Ay!, nos dice el santo varón Job, ¿qué es lo que somos? Inmundicia antes de nacer, miseria al venir al mundo, infección cuando salimos de él. Nacemos de mujer, nos dice (Job, XIV, 1), y vivimos breve tiempo; durante nuestra vida, por corta que sea, mucho hemos de llorar, y la muerte no tarda en herirnos”. –“Tal es nuestra herencia, nos dice San Gregorio, Papa; juzgad, según esto, si tenemos lugar a ensalzarnos por nada del mundo; así es que quien temerariamente se atreve a creer que es algo, resulta ser un insensato que jamás se conoció a sí mismo, puesto que, conociéndonos tal cual somos, sólo horror podemos sentir de nosotros mismos”
Pero no son menos los motivos que tenemos de humillarnos en el orden de la gracia. Por grandes talentos y dones que poseamos, hemos de pensar que todos nos vienen de la mano del Señor, que los da a quien le place, y, por consiguiente, no nos podemos alabar de ellos. Un concilio ha declarado que el hombre, lejos de ser el autor de su salvación, sólo es capaz de perderse, ya que de sí mismo sólo tiene el pecado y la mentira, San Agustín nos dice que toda nuestra ciencia consiste en saber que nada somos, y que todo cuanto tenemos, de Dios lo hemos recibido.
Finalmente, digo que debemos humillarnos considerando la gloria y la felicidad que esperamos en la otra vida, pues, de nosotros mismos, somos incapaces de merecerla. Siendo Dios tan magnánimo al concedérnosla, no hemos de confiar sino en su misericordia y en los infinitos méritos de Jesucristo su Hijo. Como hijos de Adán, sólo merecemos el infierno. ¡OH! ¡cuán caritativo es Dios al permitirnos tener esperanza de tantos y tan grandes bienes, a nosotros que nada hicimos para merecerlos!
¿Qué hemos de concluir de todo esto? Vedlo aquí, hijos míos: todos los días hemos de pedir a Dios la humildad cuantas veces nos sea posible;… quedemos bien persuadidos de que no hay virtud más agradable a Dios que la humildad, y de que con ella obtendremos todas las demás. Por muchos que sean los pecados que pesen sobre nuestra conciencia, estemos seguros de que con la humildad, Dios nos perdonará. Sí, cobremos afición a esa virtud tan hermosa; ella será la que nos unirá con Dios, la que nos hará vivir en paz con el prójimo, la que aligerará nuestras cruces, la que mantendrá nuestra esperanza de ver otro día a Dios. El mismo nos lo dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues ellos verán a Dios!” (Matth. V, 3). Esto es lo que os deseo.
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