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jueves, 2 de octubre de 2025

Los Santos Ángeles de la Guarda - 2 de Octubre



El Altísimo mandó a sus ángeles que cuidasen 
de ti; los cuales te guardarán en cuantos 
 pasos dieres; te llevarán en sus manos; 
 no sea que tropiece tu pie contra la piedra, 
(Salmo, 90, 11-12). 


Los hijos de los reyes no salen sino escoltados de personas encargadas de velar por ellos y defenderlos en caso de necesidad. Pues bien, todos los cristianos se han vuelto, por su bautismo, hijos del Rey de los cielos. Es por esto que Dios da a cada persona un compañero fiel encargado de guardarla, conducirla y gobernarla. Este compañero es nuestro ángel de la guarda. Debemos, en este día de su fiesta, agradecer a la bondad divina por este singular favor; y, al mismo tiempo, dar gracias a estos espíritus bienaventurados por la solicitud con que velan sobre nosotros y nos acompañan desde la cuna hasta la tumba. Es la finalidad que persigue la Iglesia al establecer la fiesta de hoy. 


MEDITACIÓN SOBRE LOS ÁNGELES DE LA GUARDA 

I. Admira la bondad de Dios que ha destinado a un príncipe de su corte a que vele sobre tu conducta. Tu ángel de la guarda día y noche se mantiene a tu lado; te defiende contra el demonio y las tentaciones; te inspira santos pensamientos; te desvía del mal; intercede por ti ante Dios. Agradece a Dios la bondad que te demuestra al darte un conductor tan fiel y tan caritativo, y ve en esta gracia una prueba de la estima que tiene de tu alma. Agradece a tu ángel custodio por los servicios que te presta; pídele los continúe hasta tu muerte. 

II. Ten profundo respeto por tu ángel y demuéstraselo todos los días con alguna oración. No maltrates, no escandalices a nadie; acuérdate de la palabra del Señor que te prohíbe escandalizar a los pequeñuelos, porque sus ángeles ven siempre el rostro de su Padre. Estos ángeles vengarán el daño que hicieres a quienes están a su cuidado. Si trabajas por convertir a algún pecador, ruega a su ángel custodio que te ayude. Honra a tu ángel de la guarda. No hagas en su presencia lo que no harías en presencia de una persona respetable. (San Bernardo). 

III. Considera a tu ángel custodio como al mejor amigo que tienes en este mundo. Él es fiel, no te abandonará en tus necesidades. Está infinitamente iluminado, consúltalo en tus dudas: no te engañará. Es poderoso para socorrerte: tiene más poder, más inteligencia y más fuerza que los hombres en quienes pones tu confianza. Escucha lo que te inspira. ¡Ah! si tuvieses un poco de fe, nada temerías, sabiendo que tu ángel está contigo. 

La devoción a los ángeles custodios 
Orad por los viajeros. 

ORACIÓN 
Oh Dios, que, por inefable providencia, os dignáis enviar a vuestros santos ángeles para que nos guarden, conceded a nuestras humildes súplicas la gracia de ser sostenidas por su protección, y el gozo de ser en la eternidad los compañeros de su gloria. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J. (1642-1718) 
Introíboad altare Dei: Santoral (P. Juan Esteban Grosez, SJ)

viernes, 29 de septiembre de 2023

San Miguel Arcángel - 29 de Septiembre

 

Se trabó un gran combate en el cielo: Miguel 
y sus ángeles luchaban contra el drag6n. 
(Apocalipsis, 12, 7) 


San Miguel, el príncipe de los ángeles y el protector de la Iglesia, siempre ha defendido el honor y la gloria de Dios tanto en la tierra como en el cielo. Fue él quien echó del paraíso a Lucifer y sus cómplices. La Iglesia celebra esta fiesta en su honor, y Francia, que lo ha elegido por protector, a menudo ha experimentado los venturosos efectos de su protección. Luis IX creó en su honor la célebre Orden de San Miguel; Rusia también lo tuvo en gran veneración. 

MEDITACIÓN SOBRE SAN MIGUEL 

I. Lucifer se había rebelado contra Dios: tal vez se negaba a adorar el misterio de la Encarnación, que Dios había revelado de antemano a sus ángeles. Imita el celo de este arcángel cuando se trata de los intereses de Dios: declárate abiertamente en contra de los impíos. Cuando el mundo con sus placeres o el demonio con su orgullo te ataquen, diles con San Miguel: ¿Quién como Dios?» Mundo, placeres, honores, riquezas, ¿Pueden acaso tus recompensas compararse a las que Dios me reserva? ¿Quién como Dios? 

II. La humildad y la sumisión procuraron a San Miguel una gloria eterna, y el orgullo precipito a Lucifer en los abismos infernales. ¡Temblad, soberbios! la vanidad es la que ha perdido a la más hermosa de todas las creaturas. Humillémonos y temamos comparecer ante Dios que hasta en los ángeles ha encontrado corrupción. ¡Cayeron los astros del cielo, y yo, lombriz, no tiemblo! 

III. Debes honrar a San Miguel, porque es el príncipe de la Iglesia que debe un día asistir al examen de toda tu vida. ¿Qué dirás? ¿qué harás en ese tremendo día? No podrás esperar ayuda alguna ni de tu riqueza ni de tu ciencia. Sólo tus buenas obras abogarán a tu favor ante el Juez supremo. ¿Bastarán para asegurarte una gloria eterna? Llegará ese día en el que un corazón puro valdrá más que palabras hábiles, una buena conciencia más que una bolsa llena de oro. (San Bernardo). 


  La devoción a San Miguel
Orad por la Iglesia 

ORACIÓN 

Oh Dios, que reguláis con infinita sabiduría los diversos ministerios de los ángeles y de los hombres, dignaos concedernos como protectores en la tierra a esos espíritus bienaventurados que no cesan en el cielo de ofreceros sus servicios y homenajes. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén. 

Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J.


miércoles, 19 de abril de 2023

La Humildad - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar



1.° Humildad necesaria. — Después de las virtudes teologales y de las cardinales, sin duda que corresponde la preferencia a la humildad. — Es aquella virtud de la que dice San Francisco de Sales, que «es necesaria en cada instante y para todos, aún para los más perfectos»...; la que es considerada por todos como el fundamento del edificio de la santidad... y el primer paso que hay que dar en este camino. — La Iglesia repite con frecuencia, en el Oficio Divino, aquello de San Agustín: «¿Quieres levantar una gran fábrica de santidad?... Piensa primero en una sólida base de humildad..., porque cuanto mayor sea el edificio más hondos han de ser los cimientos.» 

Es cosa clara que el árbol que no profundiza en sus raíces, no puede tener gran corpulencia..., ni resistir la furia del temporal. — Error muy lamentable es creerse muy adelantado en la perfección y no tener dominada la soberbia..., el orgullo..., el amor propio..., pues aunque lleves una vida de mucha piedad e intensamente espiritual, estás muy lejos del comienzo de la perfección si no eres humilde... Oye a Santo Tomás, que dice: «que aquel que no es humilde, aunque haga milagros, no es perfecto..., porque toda su virtud está falta de solidez». No dudes que si no has llegado ya a mayor santidad, es porque aún no eres profundamente humilde. 

Examínate y verás que es el amor propio maldito, el que liga tus alas y no te deja volar a Dios y a las alturas de la perfección. — Dios se enamora por completo de las almas humildes y se comunica y se entrega a ellas sin reserva..., elevándolas a una altura de santidad, siempre proporcionada a su rebajamiento y a su humildad... «Dios resiste a los soberbios..., y a los humildes da su gracia», dice Santiago. — «Todo el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza humillado», según el Evangelio. 

Repite despacio y vuelve a saborear el Magníficat de la Virgen en el que tan hermosamente canta Ella las excelencias de la humildad... Y, ¿cómo no?, si dice Santa Teresa, que «la humildad de la Virgen fue la que atrajo a Dios del Cielo a sus purísimas entrañas y con ella le traemos también nosotros de un cabello a nuestras almas». 

Detente muy despacio a considerar la grandeza de María..., su excelencia casi divina..., su santidad a nuestros ojos perdiéndose de vista..., aquella su pureza, con todo el cortejo de virtudes que la acompañan, etc., y piensa: ¿cuál será el fundamento proporcionado a esa santidad? — Si en Ella, por ser la obra maestra de Dios, todo es armónico, ¿qué humildad será necesaria para hacer juego y guardar armonía con aquella celsitud?

A la verdad, que si Dios, a la vista de su humildad, tanto ensalzó a algunos santos..., ¿qué humildad vería en María cuando así la engrandeció sobre todos los demás?... Extasíate ante la virtud de tu Madre y condensa en su humildad toda su santidad, según aquello de San Agustín: «Si me preguntas cuál es lo primero y principal para la perfección, te diré: en primer lugar, la humildad...; en segundo término, la humildad, y en último caso, la humildad»... No porque se hayan de despreciar las demás virtudes..., sino porque teniéndola a ella de veras, se tienen a todas..., pues si la soberbia es madre de todo pecado..., la humildad es de toda virtud. — Medita esto, ante el ejemplo de tu Madre. Examínate mucho en esto..., avergüénzate... y pide... 

2.° Humildad verdadera. — Pero advierte que todo esto se aplica únicamente a la humildad de veras o verdadera, no a la aparente y fingida... Y, ¿cuál es la una y la otra?... La humildad verdadera es la respuesta sincera a esta doble pregunta: ¿Quién es Dios?... ¿Quién soy yo?... De este doble conocimiento brota, naturalmente, el conocimiento de nuestra bajeza en comparación de la inmensidad de Dios..., de nuestra miseria..., de nuestra nada..., de nuestra incapacidad para dar ni un solo paso en el camino de la santidad..., de nuestros pecados, que son todavía peor que la nada...; de nuestras continuas imperfecciones e ingratitudes con las que has echado a perder tantas veces las gracias de Dios... Mira tu cuerpo, ¡cuánta corrupción!... Mira a tu alma, ¡cuánta miseria!... Qué cosa más natural que la humildad ante este cuadro tan real y tan verdadero. — Por eso «la humildad es la verdad», según Santa Teresa. 

San Francisco de Sales, sacaba de esta verdad estas consecuencias que debes meditar muy despacio: 

a) Que no tenemos razón para estimamos en algo, sino más bien hemos de tener un concepto bajo de nosotros mismos..., pues sólo debemos estimar y amar a Dios...

b) Que no debemos buscar ni aceptar alabanzas ni estima de ninguna clase..., pues esto es una injusticia, ya que esto corresponde únicamente al Señor... 

c) Que nuestro amor debe ser por la oscuridad..., el menosprecio..., el olvido..., esto es lo que se debe a la nada y al pecado..., y si Jesucristo sin pecado ha sido el primero en hacerlo así, nosotros, cargados con tantos, con mayor motivo debemos hacer lo mismo. 

Aplica todo esto, punto por punto, a la vida de la Santísima Virgen y verás qué fácilmente encuentras en Ella el modelo práctico de la verdadera humildad..., de aquella humildad, de la que decía Cristo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»... ¡Qué buena discípula fue la Santísima Virgen, pues aprendió tan perfectamente esta lección!... ¿Por qué no la aprendes tú también así?... 

3.° Humildad falsa. — Por tanto, no es humildad verdadera la que consiste en meras palabras..., en acciones puramente exteriores... ¡Cuántas veces, a pesar de inclinar la cabeza..., llevar los ojos bajos..., buscar el último lugar..., decir bajezas de sí mismo, etc., se junta todo esto con un refinado amor propio, que no sufre la menor contradicción... y menos aún el verse pospuesto..., que no cede nunca..., que rehúye la sujeción y la obediencia..., que no es capaz de sufrir una corrección de un superior o un aviso saludable de una buena amistad..., que no sabe llevar una injuria o un desprecio..., que siempre anda con comparaciones o exigencias dictadas por la envidia, para no consentir preferencias de ninguna clase!..., etc. — Bien se ve que una humildad así, no merece este nombre, pues es humildad fingida y aparente..., puramente externa..., que no brota de un corazón humilde de verdad. 

También es falsa humildad, la que no quiere reconocer las gracias que ha recibido de Dios, y cree que el pensar en eso, es gran soberbia... ¡Qué distinta fue la humildad de María, cuando no dudó en publicar que había recibido cosas muy grandes del Señor, y que por ellas la llamarían bienaventurada todas las generaciones!... Pero de ahí, no sacaba otra conclusión si no la de la gloria..., alabanza y agradecimiento al Señor... Reconocer, no para envanecerse de lo que se tenga, sino para más alabar, servir y amar a Dios; ésta es la verdadera humildad. 

En fin, es pésima humildad la que, considerando su bajeza y su miseria, deduce, como fruto práctico de ella, el desaliento..., la desilusión..., el abatimiento. — La fórmula de la humildad verdadera, es: «Yo por mí nada soy..., nada puedo, pero todo lo puedo en Aquél que me conforta.» — Todo, luego no hay nada imposible..., ni siquiera la santidad para el verdadero humilde. Pide a la Santísima Virgen luces para distinguir y conocer bien estas dos humildades y que, huyendo de la falsa, con su ayuda te afiances bien en la verdadera.

4.° El verdadero conocimiento. — Como la humildad es la verdad..., se funda en la verdad... y es fuente de verdad, por eso es ella la que nos da nuestro verdadero y exacto conocimiento. — Mira qué bien se conocía a Sí misma la Santísima Virgen. — Nadie había recibido de Dios más gracias y privilegios más extraordinarios que Ella... Inmaculada en su Concepción..., llena de gracia, por lo mismo desde su primer instante..., más santa que todos los ángeles y santos juntos..., Reina del Cielo y corredentora de los hombres..., la bendita entre todas las mujeres..., en fin, con el título único que todo lo resumía: ¡Madre de Dios!... 

Así se veía María, así se conocía a Sí misma, y, no obstante..., mírala ¡qué humildísima siempre! Sabía que toda esta grandeza estaba en Ella.., pero que no era de Ella...; todo era de Dios..., todo era porque se había dignado mirar el Señor a su esclavita con ojos de misericordia..., como lo cantó en su Magníficat...; todo lo atribuía a Dios..., tenía una conciencia perfecta de su nada... y así se consideraba delante de Dios, como la misma nada..., como la última de sus criaturas..., como la más indigna de las esclavas que le sirven... Así adoraba Ella a Dios..., así se anonadaba ante Él..., así se sometía en todo y siempre a su divina voluntad..., así estaba toda la vida recibiendo y practicando su fórmula sublime de humildad... el programa de vida del verdadero humilde: «He aquí la esclava del Señor... Hágase en mí según tu palabra.» — Y como tenía este conocimiento profundo de Sí misma... y obraba siempre con esta conciencia y persuasión de su nada, así aparecía también ante los demás. — Es Reina de los ángeles..., pero no lo demuestra... ¡Con qué reverencia les trata!... Ve en ellos a los servidores... fieles de Dios... a sus emisarios y embajadores... y así se humilla ante ellos... Le disgusta y le turba verse reverenciada y alabada por ellos. 

Así trata también con los hombres... Fíjate, especialmente, en su porte humilde y respetuoso, para con sus padres..., para con los sacerdotes..., para con sus superiores..., para con San José..., en fin, para con todas aquellas aldeanitas de Nazaret... Mira cómo vive exactamente igual que una de ellas... como la humilde esposa de un humilde carpintero... y tan convencida estaba de lo que era en Sí misma..., que no aspiraba a otra cosa, creyendo que no tenía derecho a otro género de vida…, sino más bien contentísima por su suerte, y eso que era... ¡la Reina del Cielo!... ¡Qué ejemplo..., qué lección para nosotros!... 

Haz aplicaciones prácticas a tu vida..., compárate con la Virgen en algunos de esos casos que tú perfectamente conoces de tu vida, y verás así claramente tu soberbia..., tu amor propio..., tu orgullo refinado..., tu falta de humildad... y, por lo mismo, tu falta de conocimiento verdadero de ti mismo. 

5.° La verdadera grandeza. — Y ahora medita en la grandeza que brota de la humildad...; ésta es la única que merece este nombre... Todas las demás grandezas son mentira. — Nunca es el hombre más grande que de rodillas..., esto es, que cuando se humilla y se hunde en el polvo de su miseria... Así se hundió el publicano del Evangelio y se hizo un santo... Así se hundió San Pedro en su humilde arrepentimiento y mereció ser levantado a la altura del primer Papa... Así, sobre todos los santos y sobre todas las criaturas, se hundió la Santísima Virgen al confesarse públicamente «esclava del Señor» y fue elevada a la dignidad de ¡Madre de Dios!... ¡Qué grandeza más verdadera la de la humildad delante de Dios y hasta delante de los hombres!... 

Recuerda a Luzbel en el Cielo..., a Adán en el Paraíso... y te convencerás de que no sólo no conduce a ninguna grandeza la soberbia..., sino que hace más terrible y espantosa la caída. — Una vez, los hombres quisieron hacerse famosos y levantaron una torre que llegase hasta el Cielo, para desafiar el poder de Dios y hacer casi imposibles los castigos de su justicia..., y lo único que hicieron fue el ridículo más espantoso..., hacerse dignos del desprecio y de las burlas de todas las generaciones. 

Compara ahora con ésta, la conducta de María, que no quiere pasar de la condición de sierva y esclava..., pero no de palabra, sino de veras quiere ser tenida como tal... y vivir siempre así... Y Dios la ensalza tanto, que también Ella excitará la atención de todas las generaciones..., pero para admirarla y bendecirla sin cesar... ¡Qué bien cumple Dios su palabra!... «El que se humillare será ensalzado»... 

De la nada creó el mundo y sacó todas las cosas, y no parece si no que ahora también quiere sacar de nuestra nada toda nuestra grandeza... Por eso exige como condición indispensable, para hacernos grandes y santos, que tengamos ante nuestros ojos siempre la nada..., la purísima nada que somos y que podemos. — La humildad y únicamente ella, es la que levanta la torre altísima..., firme... y segura que traspasa las nubes y llega hasta los Cielos..., hasta el trono mismo de Dios. 

6.° La verdadera fortaleza. — En fin, en la humildad se encuentra el resorte secreto para las grandes hazañas, para los grandes heroísmos. — El humilde descansa en Dios..., cuenta con el poder omnipotente de Dios, y no hay nada que se le oponga..., ni dificultades que no venza. — No es la humildad la virtud del apocamiento y encogimiento que nos hace cobardes..., miedosos y pusilánimes..., muy al contrario, es la virtud de los fuertes..., la que da y engendra la verdadera fortaleza. — Todo su valor varonil y su gran energía y decisión en obrar, hemos dicho que sacó la Virgen de su fortaleza..., pero esta fortaleza fue fruto precioso de su profunda humildad. 

En su Purificación, pasa María por una de las mayores humillaciones de su vida...; era necesario, para apreciarla en toda su extensión, conocer el amor de la Virgen a su pureza inmaculada... — La dignidad de Madre de Dios la hubiera pospuesto a su virginidad... y ahora, tiene que pasar a los ojos de los demás como una mujer inmunda. — La azucena purísima, aparece como marchita ante los hombres... Sólo Dios conoce su candor e inocencia... Fácilmente el amor propio hubiera buscado pretextos en este caso para obrar de otra manera: el celo por la gloria de Dios..., la edificación del prójimo..., la alegría de aquel pueblo al saber que ya estaba entre ellos el Mesías, etc. — María no admite tales sugestiones..., obedece a la ley con tanto mayor gusto cuando es para Ella más humillante... Dios estima en este día, más su ofrenda que ninguna, porque ninguna se la ofreció con tanta humildad... — ¡Ah!, pero mira a la vez con cuánta fortaleza y entereza... María, en esta ceremonia, ofrece a Dios a su Hijo... y se entrega Ella misma a la inmolación..., al sacrificio... 

Tú también necesitas generosidad..., entereza..., fortaleza para ofrecer a Dios tu sacrificio..., el que más te cuesta y el más necesario..., el de tu amor propio... Hazlo con generosidad y entereza...; la humildad te la dará... — Pide a la Virgen un conocimiento de ti mismo y de tus defectos..., el conocimiento de tu conducta. — ¿Cuál es tu reverencia en la oración..., con los ángeles y santos..., con tus superiores..., cómo piensas de ellos... y cómo te portas con ellos?... ¿eres respetuoso..., deferente..., sumiso a todo lo que te mandan?... ¿Cómo correspondes a las gracias de Dios?... — La humildad te enseñará todo esto... Pídesela así a la Santísima Virgen..., úrgela y hazle gran fuerza para que no te niegue esta gracia.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964) 

viernes, 14 de abril de 2023

La Hermosura de María Inmaculada - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar

 


En todos sus misterios y advocaciones es María la misma, la Reina de la belleza y de la hermosura..., pero, sin duda, que algo hay de especial en éste de la Inmaculada, porque todos la consideramos en él como singularmente bella y hermosa. — Veamos esta hermosura. 

1.° Hermosura de la tierra. — Para conocer esta hermosura era necesario saber toda la que Dios pudo y era conveniente que hiciera con María. — Mira la hermosura de la tierra... Hubo un tiempo en que nada existía... era el caos, la oscuridad, la nada... Pero un día dijo Dios «fiat», y aparecieron la luz, el firmamento, las flores, los árboles, el sol para el día y la luna para la noche, los mares con los peces, y los aires con los pájaros, los bosques, los montes y los valles con animales de todas las especies. — Detente a considerar la hermosura y belleza de esta creación..., pondera su variedad en todo, en flores, en animales... y su orden admirable, cada cosa con su fin, con su destino, aunque nosotros lo ignoremos. 

2.° Del Paraíso terrenal. — Pero esto le pareció poco, y separó el Señor en la misma tierra, una parte en la que plantó un verdadero paraíso de delicias..., magnífico, espléndido... en él reunió todas las mayores bellezas de la creación.. , los colores y matices más hermosos en animales y plantas..., los frutos más dulces y sazonados..., los ríos más poéticos y fecundos..., en fin, todos los mayores bienes sin ningún mal… nada había de malo, nada producía mal, ni daño alguno. — Representa este cuadro en la imaginación todo lo mejor que puedas, pues siempre será muy inferior a aquella magnífica realidad. 

3.° De la creación insensible. — Todo esto en la creación sensible. — Pero ¿y en la insensible que no vemos? — Imagínate si puedes, lo que será el Cielo — aquel paraíso magnífico, que no es un paraíso terrenal, ni en su comparación vale nada toda la tierra — . Recuerda aquello de que «mi el ojo vio, ni el oído oyó, etc.»... — Piensa, en fin, que todo lo de la tierra es algo pasajero, y aquello eterno..., esto terreno y aquello celestial..., esto una cárcel y un destierro, aquello la Patria y el lugar del gozo y de la bienaventuranza. ¡Qué será el Cielo! ¡Qué de hermosuras encerrará aun prescindiendo de la vista de Dios!... ¡Qué de cosas, que nosotros no podemos rastrear, ni imaginar, ni sospechar siquiera!... 

4.° El Rey de la creación. — Pues bien, ahora pregúntate... y todo eso ¿para qué y para quién? — ¿A quién destinó Dios toda la creación? — La tierra para el hombre, y el paraíso terrenal para el justo e inocente..., esto es, todo eso para una criatura que muy pronto se iba a rebelar contra Él y desobedecer a sus mandatos... ¿Y el Cielo?... Para sus ángeles..., para sus cortesanos y servidores, entre los que había de encontrar también traidores e ingratos, que igualmente se rebelaran y desobedecieran a su Majestad, pretendiendo en la locura de su soberbia, arrojarle a Él de su trono para hacerse ellos dioses. ¡Todo lo de la tierra para los hombres! ¡Todo lo del Cielo para los ángeles! 

5.° Belleza de María. — Sigue preguntando a tu alma: ¿qué crees tú que haría para María y para Jesús? — Si puesto a dar gusto a los hombres y a los ángeles hace Dios todo eso, ¿qué hará para dar gusto a María, a quien amaba más que a toda la creación entera? — Y si eso hizo para habitación de sus siervos, ¿qué haría para habitación y palacio de su Hijo que no quiso otro paraíso que el seno de María? — Piensa cómo Dios deja gustoso su Palacio del Cielo por morar en María. — ¡Qué pureza daría a aquella sangre que había de correr por las venas de su Hijo!... ¡Qué carmín a aquellos labios que tantas veces habían de besar las mejillas de su Hijo!... ¡Qué brillo a aquellos ojos que se habían de extasiar contemplando los de su Hijo!... ¡Qué manos las que habían de sostener al que sostiene con las suyas a la creación entera!... ¡Qué corazón tan puro, tan delicado, tan tierno!... Toda la ternura de los corazones de todas las madres allí se reunió... Sigue así contemplando y extasiándote ante la belleza de María Inmaculada y verás que toda belleza y hermosura terrena, no merece ni siquiera ese nombre, en su presencia.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)
 

miércoles, 1 de marzo de 2023

Santa Francisca Romana - Tratado del Infierno

 


Santa Francisca Romana se encontró en éxtasis por voluntad divina y fue conducida al infierno.


Al llegar al umbral del infierno, vio un abismo tan grande, tan terrible que, cuando la santa lo compartió con su director espiritual, sintió una gran pena y dolor.

Así, dijo que en el umbral del infierno vio una inscripción que decía:

“Aquí está el infierno, sin esperanza ni respiro, donde no hay descanso”. 

La santa vio, oyó y sintió cosas terribles y el miedo (tan grande que era inimaginable) que sintió la sacó de sí misma.

La entrada a este lugar inefable era al principio bastante grande, pero en el medio era más grande y había tanta oscuridad y tinieblas que no se puede describir con palabras humanas.

El infierno se componía de tres regiones: la superior, la media donde las penas eran mayores, la inferior con varias y mucho más graves penas.

Había un espacio muy grande entre cada región y este espacio estaba lleno de oscuridad muy profunda y tormento sin fin.

Había también un enorme dragón que ocupaba estas tres regiones (...) él exhalaba llamas muy altas y muy calientes que no encendían pero que quemaban.

También escapó de esta boca indescriptible un hedor tan grande que es inimaginable y, por los ojos, los oídos, las fosas nasales, negros ardores y llamas pestilentes.

Oyó también la humilde sierva de Dios gritos y voces desgarradoras, blasfemias y grandes lágrimas por el sufrimiento intolerable y tantos lamentos y gritos de tortura que, contando todo esto a su director espiritual, la santa fue atormentada y torturada de manera increíble.

Ella también vio a Satanás en un terrible torbellino. (…)

Su rostro, inimaginable, era aterrador, y por todos lados proyectaba llamas fétidas y ardientes.

También tenía el cuello, las manos, los pies y la cintura atados con cadenas de fuego, de modo que todo su cuerpo estaba rodeado por estas cadenas de fuego.

Estas estaban unidas a todas las regiones del infierno. 

La humilde sierva del Señor también vio cómo los demonios, que están en el mundo para llevar a la tentación, llevan las almas al infierno.

Como los llevaban con gran terror, como los insultaban y se burlaban de ellos, hablaban de tales horrores que es difícil contarlos, de modo que esta alma devota de Dios y llena de compasión sintió un dolor increíble, y cuando dijo eso, ella estaba completamente devastada.

Vio, además, a los demonios tirando cada uno de las almas por su cuenta, de una manera tan espantosa que uno no puede imaginar, y dislocando a estos desdichados.

Después de conducir a las almas desdichadas hasta el umbral del infierno, los demonios arrojaron de cabeza a uno de ellos en la boca del dragón, que aún estaba abierta como se mencionó anteriormente.

De repente fue tragado por la boca del dragón, que todavía estaba abierta como se mencionó anteriormente.

De repente fue tragada por la boca del dragón y salió igual de repentina, entonces demonios particulares, especialmente designados para esto, la presentaron al príncipe.

Después de esta presentación, que se hizo con el mayor terror, las llamas que salían del príncipe por todos lados la torturaron inmediatamente.

Este príncipe también juzgó el alma que le fue presentada, y los demonios designados la llevaron al lugar que le había sido asignado según los pecados que había cometido.

En cambio, cuando estaba en éxtasis, santa Francisca, alma devota de Dios, contó a su confesor cómo le mostraban los ángeles los que habían de caer y los que habían de permanecer en el amor divino.

De toda la multitud de ángeles, cayó la tercera parte.

La mayor parte de este tercio está en el infierno pero un tercio de este tercio está en el aire y el último tercio está con nosotros en este mundo; este último grupo es introducido en nosotros.

Hay algunos de estos espíritus que nos tientan, como se dice más adelante; en cuanto a sus diferencias, se ha de saber que aquellos espíritus miserables que siguieron a Lucifer por su propio engaño, libre y absolutamente, están encerrados en el infierno, del cual nunca salen, sino cuando, por permiso divino, debe venir al mundo una gran catástrofe causada por los pecados de los hombres.

Estos demonios son muy malos y dañinos, y representan la tercera parte de esta tercera que cayó de todos los coros de ángeles.

Pero esos espíritus miserables que están en el aire y los que están entre nosotros en este mundo representan las dos terceras partes del grupo que cayó; y hay algunos que no se escogieron entre Dios y Lucifer, porque callan: también son parte de las dos terceras partes.

La devota sierva de Cristo dice también que en el infierno hay tres príncipes ordenados, sujetos a Lucifer en sus cadenas; estos príncipes están por encima de otros demonios por voluntad divina, así como en la gloria hay tres ángeles gloriosos en la cima de tres jerarquías.

Así como estos 3 príncipes gloriosos de los ángeles salen de los tres coros supremos, donde son los más nobles y eminentes, así los príncipes infernales, miserables y malos, son más malos que los demás que cayeron de los mismos coros.

Pero el príncipe y jefe de todos los demonios es Lucifer en sus cadenas, que era parte de la orden seráfica; en adelante ha sido ordenado por la justicia divina, respecto del vicio de la soberbia, amo, verdugo, coordinador de todos los demonios y de todos los condenados.

Y cuanto más noble el ángel, peor el diablo.

El primero de estos tres príncipes, que se llama Asmodeo, trata del innoble vicio de la carne; él era parte del coro de querubines.

El segundo príncipe, que se llama Mamón, trata del vicio de la avaricia; formó parte del Coro de los Tronos.

El tercer príncipe, que se llama Belcebú, formaba parte del coro de dominaciones; trata del vicio de la idolatría, es decir, de los adivinos y hechiceros, y es la cabeza de todas las tinieblas y de todas las regiones tenebrosas del infierno, el que ha sido encargado de extender las tinieblas sobre la razón de las criaturas.

Belcebú está allí para ser torturado por la oscuridad y para torturar allí también a las almas desafortunadas, no solo a los que están en la oscuridad, sino también a los que están en su cuerpo y que están sujetos a los encantamientos, maleficios y hechizos de los demonios.

Y, como Lucifer, estos tres príncipes nunca salen del infierno, sino que sacan del infierno a otros demonios cuando es necesario que sucedan grandes males en el mundo, con el permiso de Dios, especialmente cuando los demonios que están en el aire o los que están entre nosotros no son suficientes para hacer este mal.

Estos artificios producen mucha oscuridad en la mente de los hombres y los alejan de la verdad, cuando consienten en ella; ellos tientan a las almas desdichadas que están en su carne, contra la santa e inmaculada Fe Católica, a través de hechizos y encantamientos, con tantas estratagemas diferentes que uno no puede creer ni siquiera imaginar.

Los espíritus malignos que están en el aire, como dijo la devota sierva de Cristo, de ninguna manera tientan a las almas que están en carne mortal, sino que muy a menudo hacen que el granizo, las tormentas, la niebla, el viento debiliten las almas que están en su carne, hazlos girar como veletas y los espanta; así, les hacen apartarse de la fe y desconfiar de la divina Providencia.

Los que cayeron de la segunda jerarquía y que están sujetos al demonio Asmodeo, que es el jefe encargado, con todos sus siervos que están entre nosotros en este mundo, con el innoble pecado de la carne, encuentran las almas, como está dicho abajo, arriba, ya debilitados por los espíritus que están en el aire y tentados por el vicio de la soberbia, y les hace caer tanto más rápidamente y enredarse en el pecado de la carne.

Pero los que están entre nosotros en el mundo y están sujetos a Mamón, príncipe del vicio de la avaricia, y que formaban parte de la última jerarquía, encuentran a las almas desdichadas debilitadas y encerradas en el pecado de la soberbia y el pecado de la carne, que por eso les hacen caer aún más rápidamente en el pecado de la avaricia.

Los tres príncipes de los demonios se llevan muy bien entre sí y se ayudan mutuamente para destruir las almas desafortunadas.

Porque habiendo caído en un vicio y no apartándose pronto de él, el alma vencida está más inclinada a sucumbir a otros vicios.

Pero ninguno de ellos se atrevería a tentar un alma sin los preceptos de Lucifer y no podría someter a las almas a la tentación si nuestro santo y bondadosísimo  Dios no lo aceptara y permitiera.

Además, Lucifer también ve a todos los demonios que están en el infierno, en el aire y entre nosotros en este mundo, y todos ellos se ven sin ningún obstáculo, y cada uno de ellos entiende la voluntad de Lucifer, bajo el efecto de la justicia divina y su resolución.

Pero los miserables demonios que están en el aire, es decir en el espacio intermedio entre el cielo y la tierra, sufren las mayores penas y, en general, se golpean unos a otros.

Sufren las mayores torturas cuando ven el bien que hacen los hombres buenos en este mundo y todos los demás demonios también son torturados en cualquier grado por la misma razón.

Aunque los demonios del aire antes mencionados no perciben el fuego infernal, sin embargo, dentro de ellos, este fuego les inflige un gran sufrimiento.

Lo mismo sucede con los demonios que están entre nosotros en el mundo, pero los espíritus malignos que están para siempre en el infierno están continuamente en el fuego eterno y son torturados por él.

Cuando hay almas fuertes que, en lugar de dejarse dominar por las tentaciones de los demonios, las resisten enérgicamente, para que los malos espíritus no puedan vencerlas por su firmeza y su constancia en el Señor.

Entonces, uno o más demonios, más astutos y engañosos, vienen como refuerzos y enseñan a los demonios que se han introducido en nosotros a tentar y maltratar a las almas sólidas que resisten, ejerciendo la mayor presión sobre ellas.

¿Qué pasó con Santa Francisca, la humilde sierva de Cristo, que era continuamente tentada y ultrajada, no sólo por el demonio maligno introducido en ella, sino también por los que cayeron del coro seráfico y que están en el aire, y por los que están entre nosotros.

Así, no era uno sino varios demonios los que continuamente la tentaban y la maltrataban.

La sierva de Cristo sabía, con la ayuda de la gracia divina, de qué coro había caído cada demonio.

Algunos de estos demonios están detrás del alma, como traidores, que golpearon, muchas veces, a la santa sierva de Cristo.

El que está detrás hace gestos y señas al que está delante y al que se ha introducido en el alma.

La humilde sierva de Cristo vio y comprendió todo esto con sus sentidos de manera natural, vio a los malos espíritus bajo varias apariencias (según lo dicho más arriba en el tratado sobre los conflictos entre los malos espíritus) y vio también lo bien que estos, los demonios se entienden entre sí en espíritu.

En segundo lugar, esta alma amada por Dios vive en una visión santificadora que el alma desdichada, probada que no ha obtenido la victoria sobre los espíritus malignos durante su vida, después de abandonar su cuerpo, es arrojada al infierno con gran violencia y gran furor por parte de los demonios que habían sido introducidos en ella.

Los demás demonios que están entre nosotros en el mundo, como arriba se ha dicho, persiguen a esta desdichada alma torturándola duramente y despedazándola con gran furor, hasta arrojarla al infierno.

Entonces el demonio que había sido introducido en el alma manifestó, junto con los otros demonios que se habían asociado con él para torturar el alma, su gran gozo y alegría.

Muchas almas fueron presentadas a Lucifer, aunque no habían cometido pecados graves, porque habían terminado su vida sin confesión ni penitencia.

Pero el ángel glorioso que se introduce en el alma durante su vida está siempre a su derecha.

Una vez que el alma desdichada que ha de ser condenada por sus pecados sale de su cuerpo, el ángel la acompaña hasta que es arrojada al infierno, como arriba está dicho.

Y una vez que el alma se ha ido, el ángel desciende al lugar que le ha sido asignado en santa gloria.

Pero cuando, por obra de la gracia divina, el alma es enviada al purgatorio, el demonio que había sido introducido en ella se detiene a las puertas del purgatorio.

Pero si el alma está en el fondo del purgatorio, el demonio es allí duramente torturado según los preceptos de Lucifer, porque no podía llevar el alma a penas infinitas, y esta tortura es distinta y separada de otros tormentos generales preparados para este demonio.

El alma, aunque está en el purgatorio, abajo, sin embargo sufre penas especiales porque ve a su demonio de manera espantosa y sufre insultos de este demonio que le explica que sufre estas penas por la ofensa hecha a su creador y su adhesión a las sugerencias del diablo.

Y una vez que el alma ha salido del fondo del purgatorio, el dicho demonio queda con los demás demonios que están en el mundo entre nosotros; es el hazmerreír de los demás demonios porque, por su inercia y negligencia, han perdido el alma.

Los demonios introducidos en las almas que los vencen y los frustran, con la ayuda de la gracia divina, ya no se introducen en otras almas, sino que, aunque miserables y cabizbajos, cometen el mal que pueden y, a veces, para confundir a las almas, asumen la aparición de animales salvajes, con permiso divino.

A veces también toman posesión de los cuerpos de hombres y mujeres vivos y afirman falsamente que son los espíritus de los difuntos.

Por el contrario, los demonios que ganaron las almas con las que estaban unidos (al ser introducidos en ellas) después de conducir a estas almas desdichadas al infierno, permanecen en este mundo entre nosotros como luchadores victoriosos y experimentados, luego se introducen en otras almas.

Estos demonios se vuelven más astutos, más hábiles y más malvados de lo que habían sido antes con las almas condenadas a las que se habían unido.

Y como tienen mayor práctica en tentar a estas desdichadas almas, saben entonces mejor que antes los medios de engañar a las almas y de animarlas a morir, por su gran experiencia y también astucias que otros demonios más pérfidos y fuertes (que formaban parte de otro coro) les había enseñado cuando ellos mismos no habían podido dominar a aquellas almas que se les resistían enérgicamente, como arriba se dice.

Santa Francisca dice también que todo demonio introducido en un alma para tentarla sólo puede tentar este alma y no trata de tentar a otras almas, sino que pone todas sus fuerzas en tentar y descarriar el alma en que se encuentra, sin preocuparse de otras.

Pero cuando el alma desdichada se deja dominar por el demonio, éste la tienta y la persuade a hacer cosas indebidas contra su prójimo, de modo que en el momento oportuno logra hacer pecar a su prójimo y convertirlo en objeto de escándalo; de esta manera, el demonio tienta y daña a otras almas.

Cuando los demonios que están en este mundo pronuncian con devoción el santísimo nombre de Jesús, todos los demonios, tanto los del infierno, como los que están en el aire o entre nosotros en este mundo, son obligados a arrodillarse, no por su propia voluntad, pero a pesar de ellos mismos.

Por eso sucedió varias veces que, mientras el Padre espiritual de la amada sierva de Dios le hablaba de espiritualidad, ella venía a pronunciar el santísimo nombre de Jesús.

Varios demonios que la santa vio bajo diversas apariencias abrazaron la tierra con gran reverencia y cuanto más vive en gran perfección la persona que pronuncia el santísimo nombre de Jesús ejerciendo gran caridad, más grandes son los dolores y los tormentos que experimentan los miserables demonios.

También, cuando los desdichados pecadores blasfeman este santísimo nombre o lo pronuncian mal, como los demonios se ven obligados a manifestar la antedicha reverencia, se inclinan, aunque a su pesar, pero no se entristecen tanto como cuando alabamos y bendecimos el nombre de Jesús. 

Pero claro, cuando se blasfema este santísimo nombre, los demonios se regocijan y se regocijan por este pecado de blasfemia y así, en igual medida, se regocijan y se afligen porque se ven obligados a reverenciar este santísimo nombre, como está dicho.

Y cuando pronunciamos el nombre de Dios, del Espíritu Santo, de la Santísima Trinidad o el nombre de la gloriosísima Virgen María o incluso el nombre de Cristo, los miserables demonios no muestran la misma reverencia que cuando invocan el nombre de Jesús.

Sin embargo, ante la llamada de los nombres antedichos, se apoderan de ellos un gran pavor, quedando completamente aterrorizados.

Y cada vez que se pronuncia el santísimo nombre de Jesús, ya sea injustamente, o por blasfemia, o por perjurio, todos los espíritus gloriosos que están en la parte angélica o humana se arrodillan con gran reverencia, no con ese gozo tan notable que sienten cuando es alabado y bendecido, pero sin embargo con la mayor reverencia por el santísimo temor que inspira este santísimo nombre y por su nobleza.

Como son dichosos, no pueden afligirse por nada, pero no se regocijan tanto cuando el nombre de Jesús es blasfemado o mal pronunciado como cuando es alabado y bendecido, especialmente por personas dignas de hacerlo y agradables a Dios.

Del mismo modo, cuando se pronuncian los demás nombres de Dios y de la Virgen gloriosa, los espíritus gloriosos, tanto angélicos como humanos, les dan gloria en su patria, según los méritos de quienes pronuncian estos santos nombres.

Y por eso, cada vez que la santa u otra persona pronunciaba en su presencia el santísimo nombre de Jesús, el ángel glorioso a quien la santa veía continuamente, como arriba he dicho, en un torbellino de alegría y con aspecto gozoso, se inclinó con reverencia, con tanta benevolencia que la santa sierva de Cristo, al verlo, sintió que el amor divino la inflamaba toda.

Luego la santa sierva de Cristo dice de las almas endurecidas por el pecado mortal durante su vida, que los malos espíritus pesan sobre ellas y las dominan con diversas estratagemas y tomando diversas apariencias según la importancia y el número de sus pecados.

Pero cuando dichas almas manifiestan su contrición y confiesan sus pecados, los demonios ya no las dominan, ni pesan sobre ellas, sino que las rodean de cerca para tentarlas y entrar en ellas, a toda costa por sus sugestiones, y, por sus tentaciones, les dan las mayores angustias.

Sin embargo, después de haberse confesado bien, estas almas ya no pueden ser dañadas por los malos espíritus, porque estos están debilitados.

 


Fuentes:

Visiones que incluyen Tratado sobre el infierno (1414): “Vida de santa Françoise Romaine, fundadora de las Oblatas de Tour-des-Miroirs”, dividida en tres libros.

(I. Historia de la Santa, del Padre Virgilio Cépari. II. Visiones de Santa Romaine, de Jean Mattiotti. III. Sus luchas contra los demonios.)

"Tratado sobre el infierno", de Françoise Romaine, trad. del latín por Abbé Pieau, Hechos de los Santos, Périsse frères, 1841

“Vida de los Santos para todos los días del año” , Abbé L. Jaud, Tours, Mame, 1950.

 

Tomado de Propheties

Traducido con google, con correcciones. 


miércoles, 18 de enero de 2023

Respuesta de la Madre y de los ángeles, los profetas, los apóstoles y los demonios a Dios ... - Santa Brígida




Respuesta de la Madre y de los ángeles, los profetas, los apóstoles y los demonios a Dios, en presencia de la esposa, testimoniando su Grandeza en la Creación, Encarnación, Redención y demás; sobre cómo la gente contradice hoy todas estas cosas, y acerca de su severo juicio sobre ellos. 
 

La Madre de Dios dijo: “Esposa de mi Hijo, vístete y permanece firme porque mi Hijo se acerca a ti. Has de saber que su carne fue estrujada como la uva en un lagar; pues debido a que el hombre pecó con todos los miembros de su cuerpo, mi Hijo realizó la expiación en todos los miembros de su Cuerpo. Los cabellos de mi Hijo fueron arrancados, sus tendones distendidos, sus articulaciones desencajadas, sus huesos dislocados, sus manos y pies completamente perforados. Su mente fue agitada, su corazón afligido por el dolor, su estómago absorbido hacia su espalda, y todo esto porque la humanidad había pecado con cada miembro de su cuerpo. 

Entonces, el Hijo habló en presencia de la Corte Celestial y dijo: “Aunque todo lo sabéis en mí, hablo para esta esposa mía que está aquí. A vosotros me dirijo, ángeles, decidme: ¿Quién es el que no tuvo principio ni tendrá fin? ¿Y quién es el que creó todas las cosas y no fue creado por nadie? Hablad y dad testimonio. Respondieron los ángeles todos a una voz: “Señor, ése eres Tú, y damos testimonio de tres cosas: Primero, de que eres nuestro Creador y de todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Segundo, de que eras y serás sin principio, tu dominio es sin fin y tu poder eterno. Nada se ha hecho sin ti y sin ti nada puede existir. En tercer lugar, testimoniamos que vemos en ti toda justicia además de todo lo que ha sido y será. Todas las cosas son presentes para ti, sin principio ni fin”. 

Después, dijo a los profetas y patriarcas: ¿Quién os condujo de la esclavitud a la libertad? ¿Quién dividió las aguas ante vosotros? ¿Quién os dio la Ley? Profetas, ¿quién os dio inspiración para hablar? Ellos respondieron: “Tú, Señor. Tú nos sacaste de la esclavitud. Tú nos diste le Ley. Tú inspiraste nuestro espíritu para hablar”. 

Posteriormente, le dijo a su Madre: “¡Da verdadero testimonio de todo lo que sabes de mí! Ella respondió: “Antes de que el ángel que me enviaste viniera a mí, yo estaba sola en cuerpo y alma. Cuando fueron pronunciadas las palabras del ángel, tu Cuerpo estuvo dentro de mí en sus naturalezas divina y humana, y sentí tu Cuerpo en mi cuerpo. Te engendré sin dolor. Te parí sin angustia. Te envolví en pañales y te alimenté con mi leche. Estuve contigo desde tu nacimiento hasta tu muerte. 

Entonces, dijo el Señor a los apóstoles: “¡Decid a quién visteis, oísteis y percibisteis con vuestros sentidos! Ellos le respondieron: “Oímos tus palabras y las escribimos. Oímos tus palabras prodigiosas cuando nos diste la Nueva Ley, cuando con una palabra Tú diste la orden a los demonios y ellos salieron, cuando con una palabra resucitaste a los muertos y sanaste a los enfermos. Te vimos en un cuerpo humano. Vimos tus milagros en la gloria divina de tu naturaleza humana. Te vimos apresado por tus enemigos y colgado en una Cruz. 

Te vimos sufrir de la manera más amarga y, después, ser enterrado en un sepulcro. Te percibimos con nuestros sentidos cuando resucitaste. Tocamos tu cabello y tu rostro. Tocamos tus miembros y tus partes llagadas. Tú comiste con nosotros y compartiste nuestra conversación. Tú eres verdaderamente el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen. También te percibimos con nuestros sentidos cuando ascendiste, en tu naturaleza humana, a la derecha del Padre, donde estás eternamente”. 

Después, le dijo Dios a los espíritus inmundos: “Aunque en vuestra conciencia ocultáis la verdad, os ordeno que digáis quién fue el que menguó vuestro poder”. Ellos le respondieron: “Como ladrones que no dicen la verdad, a menos que tengan los pies atrapados en un durísimo madero, nosotros no diríamos la verdad si no fuéramos forzados por tu tremendo y divino poder. Tú eres quien descendió al infierno con toda tu fuerza. Tú menguaste nuestro poder en el mundo. Tú te llevaste del infierno lo que te correspondía por propio derecho. Entonces el Señor dijo: “Date cuenta, todos los que tienen un espíritu y no están arropados por un cuerpo declaran su testimonio de la verdad ante mí. Pero aquellos que tienen un espíritu y un cuerpo, en concreto los seres humanos, me contradicen. Algunos de ellos conocen la Verdad, pero no les importa. Otros no la conocen y por ello dicen que no les importa, pero afirman que todo es falso”. 

Él le dijo, de nuevo, a los ángeles: “Los seres humanos dicen que vuestro testimonio es falso, que yo no soy el Creador y que no todas las cosas se conocen en mí. Por tanto, aman más a lo creado que a mí”. Él dijo a los profetas: “Los hombres os contradicen y dicen que la Ley no tiene sentido, que vosotros os liberasteis gracias a vuestro propio valor y capacidad, que el Espíritu era falso y que vosotros hablasteis por propia voluntad”. A su Madre le dijo: “Algunos dicen que tú no eres Virgen, otros que Yo no me encarné de ti, otros conocen la Verdad pero no les importa”. 

A los apóstoles les dijo: “Os contradicen diciendo que sois mentirosos, que la Nueva Ley es inútil e irracional. Hay otros que creen que es verdadera pero no les importa. Ahora, pues, Yo os pregunto: ¿Quién será su juez? Todos ellos le contestaron: “Tú, Dios, que eres sin principio ni fin. Tú, Jesucristo, que eres uno con el Padre. El Padre te ha otorgado todo el poder de juzgar, Tú eres su Juez”. El Señor contestó: “Yo fui su acusador y ahora soy su Juez. Sin embargo, pese a que todo lo sé y todo lo puedo, ¡dadme vuestro veredicto sobre ellos! 

Ellos respondieron: “Lo mismo que el mundo entero pereció en sus comienzos por las aguas del diluvio, igual ahora el mundo merece consumirse en fuego, pues la iniquidad y la injusticia son ahora más abundantes que entonces”. El Señor respondió: “Como soy justo y misericordioso y no hago juicio sin misericordia ni misericordia sin justicia, una vez más enviaré mi misericordia al mundo por los ruegos de mi Madre y de mis santos. Si los seres humanos no quieren escuchar, les seguirá una justicia que será, con mucho, la más severa”. 

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capítulo 45