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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Lirio entre espinas

 


En carne regalada, con dificultad crece el blanquísimo lirio de la pureza. En cambio, en: la carne rota y macerada por la mortificación, de la ascesis cristiana crece y se desarrolla fresco y rozagante, perfumando de suavísimos aromas la vida del asceta.

La pureza, ciertamente, es un don de Dios; pero don que se ofrece únicamente a las alma, valientes y esforzadas que no rehúsan la cruz y aceptan las aristas hirientes de la mortificación.

Pablo de la Cruz, modelo de mortificación cristiana, lo es, igualmente. de pureza y virginidad. Toda su vida está embalsamada por exquisito y suavísimo perfume de pureza angelical. Y esta pureza, conquistada, o mejor, sostenida a punta de lanza, no vaya a creerse sea efecto de temperamento frío o sin pasiones. 

Pablo es ardiente, de imaginación, viva, y siente arder la sangre en sus venas. Los biógrafos lo clasifican entre los temperamentos sanguíneos, propenso, por tanto, a la sensualidad y al regalo de la carne. Pablo, sin embargo, sabe dominar sus tendencias y guardar la virginal pureza en medio de los peligros del mundo y de las instigaciones de livianas mujerzuelas que pretenden, osadamente, derribar la virtud del joven.

Las batallas que el Siervo de Dios sostiene, sobre todo, en los años de la mocedad, para conservar intacta la pureza del alma, sirven para que ésta se acrisole y afiance más en su corazón.

El mismo, aleccionado por la experiencia, escribirá a un alma dirigida:

—Sabed que los lirios plantados entre la, espinas se vuelven más blancos y fragantes que en tierra libre; quiere esto decir que la santa virginidad se torna más pura, más cándida, más fragante a los ojos de Dios entre las espinas de los combates y de las tentaciones más horribles."

Joven aún, se consagra a Dios por el voto de castidad. El mundo le sonríe y halaga. Ventajoso matrimonio, propuesto y aconsejado por un tío suyo sacerdote, puede devolver a la familia Danei la opulencia perdida. Pero el joven, seguidor de Cristo, renuncia a todo: al amor y a la pingüe herencia para vivir consagrado a su Dios por el voto de castidad.

De joven es de muy buen parecer. Su belleza, sus modales elegantes y su porte distinguido atraen las miradas de algunas jóvenes, no muy recatadas, las cuales, con sus artes femeninas tratan de cautivar el corazón del inocente joven.

Orando un día en la Iglesia parroquial de Castellazo es instigado al pecado por una joven desenvuelta. Pablo, a fin de no llamar la atención ni dar ocasión de escándalo, se retira de aquel lugar, y alejado de la joven frívola y casquivana, prosigue su oración.

Otra vez, en la soledad del campo, es solicitado por una liviana mujer, a la que pone en fuga blandiendo nudosa rama que ha desgajado de un árbol.

Como guarda de la castidad es la modestia, Pablo observa siempre, y en todas partes, un porte recogido y una modestia en los ojos angelical. Su semblante y sus ojos recatados inspiran respeto y amor a la pureza. Ojos bellísimos, virginales, los suyos, jamás se posan en el rostro de ninguna mujer. Cuando, por necesidad, trata con alguna, emplea rigurosa modestia teniendo los ojos fijos en tierra.

La Marquesa de las Minas, dama española de extraordinaria belleza, mujer, según el mundo, la más hermosa de España, es penitenta de Pablo de la Cruz. La amistad que une a éste con el esposo de la dama española es íntima y entrañable. Pero Pablo jamás fija su vista en el rostro de la Marquesa. Invitado, más de una vez, a merendar con ella en su casa, jamás acepta la invitación, únicamente por no exponerse al peligro de dirigirle alguna mirada, aunque no fuera más que por educación y urbanidad. El siervo de Dios la conoce tan sólo por el timbre de la voz.

Cuando camina solo o acompañado, por la ciudad o por el campo, guarda la misma modestia.

"Un Siervo de Dios, cuando camina, dice él, contempla tan sólo el espacio de tierra que basta para su sepultura; y va siempre recogido en Dios y en compañía de Jesús."

Tal máxima es norma inflexible de su conducta. Y si, acaso, alguno muestra extrañeza de la rigurosa modestia que guarda al andar.. el Santo replica:

—Como voy descalzo, necesito mirar dónde pongo los pies.

Antes de mirar el rostro de, una mujer, hubiera preferido le arrancaran los ojos.

Un día camina solo por senda solitaria. En un trigal, que se balancea suavemente al compás de la brisa, se oyen coros de voces y de risas femeninas. Pablo, sin levantar la vista prosigue su camino. Luego, al referir el hecho, dirá a sus religiosos:

—Antes que mirarlas hubiera preferido que el verdugo cortara mi cabeza.

Tanta cautela y reserva a muchos parecerán exageradas. Pero Pablo, adiestrado por la experiencia, justifica su rígida modestia con estos términos

—Cayeron varones encanecidos que por su virtud merecían ser llamados Columnas de la Iglesia, ¿y confiaremos nosotros? He recorrido muchos estados, ciudades, villas, pueblos y aldeas, y he tratado con toda suerte de personas, y siempre fui cauteloso, amaestrado por las tristes y lamentables caídas que en esta materia recuerdo han ocurrido.

El siervo de Dios, sencillo como la paloma. es también prudente como la serpiente. Por eso emplea tanta cautela a fin de no ser sorprendido.

En la misión de Ischia, la señora de la casa donde se hospeda el Santo, quiere tratar a solas con él de cosas espirituales. La señora, ya anciana, suplica a Pablo le acompañe a su habitación. El siervo de Dios rehúsa. La señora insiste:

—Si soy tan vieja, y usted, Padre, más viejo que yo.

—No importa, no importa: yo no puedo, si no estoy a la vista de mi compañero o de otra persona virtuosa.

En otra ocasión la dueña de la casa, ante el tumulto de la gente que espera a Pablo, cierra la puerta para hablar a solas con él.

—Por favor, señora, abra la puerta. Yo no acostumbro hablar con señoras a puertas cerradas.

—Pero si con usted puede hablarse sin ninguna sospecha.

—No, señora. Usted podrá hablar, pero yo no. Le ruego que, por favor, abra la puerta.

Y la señora, ante las insistencias del siervo de Dios, tiene que abrir la puerta, que permanece abierta hasta que la espiritual entrevista ha terminado.

Con las penitentes que dirige habitualmente observa el mismo rigor y el mismo alejamiento. A la dulce Inés Grazi prohíbe le bese la mano, o le dé señal de afecto que pueda parecer, aunque lejanamente, ofensa de la virtud angélica.

"Conviene vivir alerta y no fiarse de sí mismo; suele repetir con harta frecuencia. Nadie está seguro en este mundo. De ciertas personas conviene estar alejado lo más posible. Yo, aunque viejo, no me fío, no me fío."


Un día, hallándose enfermo en el convento de los Santos Juan y Pablo, recibe la visita del Príncipe Gonzaga. El Santo muestra gran alegría al recibirlo. Mas, sin paliativos ni preámbulos de ninguna especie, le exhorta a imitar las virtudes del santo que lleva su mismo apellido y es el más esclarecido personaje de su noble linaje.

Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis...

—Pero, P. Pablo, no querrá que yo le imite en abandonar el mundo y hacerme Jesuita...; replica el Príncipe con burlona sonrisa.

—En eso, no, Sr. Príncipe; pero sí en la pureza de su vida. Veo que Vuecencia es un gran caballero. Mas, bien sabe que en el mundo se tienden muchos lazos a la virtud, sobre todo, en las conversaciones. Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis, fuera cauteloso y, todos los días, dedicara algún rato a la oración.

—También yo quisiera, responde el Príncipe bromeando, que los Sacerdotes y Clérigos trataran como los del mundo con más libertad a las mujeres. Yo, si he de serle franco, le diré que no soy tentado. Y el no serlo obedece, según creo, a la familiaridad con que las trato. Para no ser tentados, sería de desear que los Sacerdotes y Clérigos trataran un poco más a las señoras, pues son más tentados los que viven lejos de ellas.

Pablo, al oír tal lenguaje y tales consejos en un Príncipe, descendiente de la familia Gonzaga, se indigna :

—Ignora, acaso, Vuecencia, lo que afirma el Espíritu Santo: Quien ama el peligro, perecerá en él? Sé que Vuecencia ha estudiado; mas, con todo, conviene que yo le explique el sentido de las Sagradas Escrituras.

—Sí, P. Pablo; he estudiado; y opino que algo más que usted.

—No lo dudo; pero conviene que yo, como Sacerdote, haga hoy el oficio de Maestro.

Y el P. Pablo aduce textos y más textos de las Divinas Escrituras para convencer de su error al Príncipe Gonzaga. Este, sin embargo, no se apea de su opinión. El Siervo de Dios, encendido en santa cólera, objeta:

—¿Es católico o hereje Vuecencia? Porque si mantiene tales principios, merece ser denunciado al Santo Oficio; y yo mismo, de no estar enfermo y en cama, iría personalmente a denunciarlo.

El Príncipe Gonzaga, confuso y avergonzado, se despide con sonrisa amable y un tanto picaresca del Siervo de Dios. Salido que hubo de la celda del Santo, éste, que había penetrado y escrutado los repliegues más íntimos de la conciencia del Príncipe, exclama:

—¡ Vaya con el Sr. Caballero! Había venido a insultarme, y el Señor me ha inspirado lo que debía decirle.

Es natural que alma tan enamorada de la pureza aconseje a todos la virtud angélica.

A sus religiosos recomienda la soledad y el espíritu de oración para que, alejados de los peligros y asechanzas del mundo, puedan más fácilmente conservar la pureza del alma.

A los muchachos inculca huir de las malas compañías y evitar toda conversación lasciva o peligrosa.

A las jóvenes y señoras exhorta vivamente a vestir según las normas de la modestia cristiana.

—Si no vais modestas —les dice— os haréis responsables ante Dios de los graves daños que causéis a las almas con vuestras inmodestias.

Los consejos del Santo producen su efecto. Toda joven o señora que con él se dirige, se distingue por su honestidad y recato en el vestir. Los soldados de la guarnición de Orbetello, al verlas, suelen decir:

—Estas son las penitentes del P. Pablo.

Si alguna se presenta no muy recatada, con los brazos al aire, o con escote, aunque no muy exagerado, ante el siervo de Dios, éste adopta un semblante severo y clava sus ojos en tierra para demostrar el disgusto que le produce la ofensa inferida a la honestidad cristiana.

Puro como un ángel, Pablo quiere que todos lo sean también y que todo, en su derredor, respire pureza y aromas de cielo. El vicio deshonesto le repugna tanto, que llega a sentir hasta hedor insoportable cuando topa o se encuentra ante almas manchadas con tal vicio.

En cambio, su persona, su hábito, y los objetos de su uso exhalan con frecuencia aromas celestiales. La misma habitación que ocupa en la casa de los bienhechores, o la celda de su convento quedan, no pocas veces, impregnadas de una fragancia suavísima.

Es el perfume de su castidad, la fragancia de su virginidad que, milagrosamente, trascienden de su persona y se comunican a los objetos como señal prodigiosa de su virtud angélica.

P. Juan de la Cruz, C.P.

miércoles, 19 de abril de 2023

La Humildad - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar



1.° Humildad necesaria. — Después de las virtudes teologales y de las cardinales, sin duda que corresponde la preferencia a la humildad. — Es aquella virtud de la que dice San Francisco de Sales, que «es necesaria en cada instante y para todos, aún para los más perfectos»...; la que es considerada por todos como el fundamento del edificio de la santidad... y el primer paso que hay que dar en este camino. — La Iglesia repite con frecuencia, en el Oficio Divino, aquello de San Agustín: «¿Quieres levantar una gran fábrica de santidad?... Piensa primero en una sólida base de humildad..., porque cuanto mayor sea el edificio más hondos han de ser los cimientos.» 

Es cosa clara que el árbol que no profundiza en sus raíces, no puede tener gran corpulencia..., ni resistir la furia del temporal. — Error muy lamentable es creerse muy adelantado en la perfección y no tener dominada la soberbia..., el orgullo..., el amor propio..., pues aunque lleves una vida de mucha piedad e intensamente espiritual, estás muy lejos del comienzo de la perfección si no eres humilde... Oye a Santo Tomás, que dice: «que aquel que no es humilde, aunque haga milagros, no es perfecto..., porque toda su virtud está falta de solidez». No dudes que si no has llegado ya a mayor santidad, es porque aún no eres profundamente humilde. 

Examínate y verás que es el amor propio maldito, el que liga tus alas y no te deja volar a Dios y a las alturas de la perfección. — Dios se enamora por completo de las almas humildes y se comunica y se entrega a ellas sin reserva..., elevándolas a una altura de santidad, siempre proporcionada a su rebajamiento y a su humildad... «Dios resiste a los soberbios..., y a los humildes da su gracia», dice Santiago. — «Todo el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza humillado», según el Evangelio. 

Repite despacio y vuelve a saborear el Magníficat de la Virgen en el que tan hermosamente canta Ella las excelencias de la humildad... Y, ¿cómo no?, si dice Santa Teresa, que «la humildad de la Virgen fue la que atrajo a Dios del Cielo a sus purísimas entrañas y con ella le traemos también nosotros de un cabello a nuestras almas». 

Detente muy despacio a considerar la grandeza de María..., su excelencia casi divina..., su santidad a nuestros ojos perdiéndose de vista..., aquella su pureza, con todo el cortejo de virtudes que la acompañan, etc., y piensa: ¿cuál será el fundamento proporcionado a esa santidad? — Si en Ella, por ser la obra maestra de Dios, todo es armónico, ¿qué humildad será necesaria para hacer juego y guardar armonía con aquella celsitud?

A la verdad, que si Dios, a la vista de su humildad, tanto ensalzó a algunos santos..., ¿qué humildad vería en María cuando así la engrandeció sobre todos los demás?... Extasíate ante la virtud de tu Madre y condensa en su humildad toda su santidad, según aquello de San Agustín: «Si me preguntas cuál es lo primero y principal para la perfección, te diré: en primer lugar, la humildad...; en segundo término, la humildad, y en último caso, la humildad»... No porque se hayan de despreciar las demás virtudes..., sino porque teniéndola a ella de veras, se tienen a todas..., pues si la soberbia es madre de todo pecado..., la humildad es de toda virtud. — Medita esto, ante el ejemplo de tu Madre. Examínate mucho en esto..., avergüénzate... y pide... 

2.° Humildad verdadera. — Pero advierte que todo esto se aplica únicamente a la humildad de veras o verdadera, no a la aparente y fingida... Y, ¿cuál es la una y la otra?... La humildad verdadera es la respuesta sincera a esta doble pregunta: ¿Quién es Dios?... ¿Quién soy yo?... De este doble conocimiento brota, naturalmente, el conocimiento de nuestra bajeza en comparación de la inmensidad de Dios..., de nuestra miseria..., de nuestra nada..., de nuestra incapacidad para dar ni un solo paso en el camino de la santidad..., de nuestros pecados, que son todavía peor que la nada...; de nuestras continuas imperfecciones e ingratitudes con las que has echado a perder tantas veces las gracias de Dios... Mira tu cuerpo, ¡cuánta corrupción!... Mira a tu alma, ¡cuánta miseria!... Qué cosa más natural que la humildad ante este cuadro tan real y tan verdadero. — Por eso «la humildad es la verdad», según Santa Teresa. 

San Francisco de Sales, sacaba de esta verdad estas consecuencias que debes meditar muy despacio: 

a) Que no tenemos razón para estimamos en algo, sino más bien hemos de tener un concepto bajo de nosotros mismos..., pues sólo debemos estimar y amar a Dios...

b) Que no debemos buscar ni aceptar alabanzas ni estima de ninguna clase..., pues esto es una injusticia, ya que esto corresponde únicamente al Señor... 

c) Que nuestro amor debe ser por la oscuridad..., el menosprecio..., el olvido..., esto es lo que se debe a la nada y al pecado..., y si Jesucristo sin pecado ha sido el primero en hacerlo así, nosotros, cargados con tantos, con mayor motivo debemos hacer lo mismo. 

Aplica todo esto, punto por punto, a la vida de la Santísima Virgen y verás qué fácilmente encuentras en Ella el modelo práctico de la verdadera humildad..., de aquella humildad, de la que decía Cristo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»... ¡Qué buena discípula fue la Santísima Virgen, pues aprendió tan perfectamente esta lección!... ¿Por qué no la aprendes tú también así?... 

3.° Humildad falsa. — Por tanto, no es humildad verdadera la que consiste en meras palabras..., en acciones puramente exteriores... ¡Cuántas veces, a pesar de inclinar la cabeza..., llevar los ojos bajos..., buscar el último lugar..., decir bajezas de sí mismo, etc., se junta todo esto con un refinado amor propio, que no sufre la menor contradicción... y menos aún el verse pospuesto..., que no cede nunca..., que rehúye la sujeción y la obediencia..., que no es capaz de sufrir una corrección de un superior o un aviso saludable de una buena amistad..., que no sabe llevar una injuria o un desprecio..., que siempre anda con comparaciones o exigencias dictadas por la envidia, para no consentir preferencias de ninguna clase!..., etc. — Bien se ve que una humildad así, no merece este nombre, pues es humildad fingida y aparente..., puramente externa..., que no brota de un corazón humilde de verdad. 

También es falsa humildad, la que no quiere reconocer las gracias que ha recibido de Dios, y cree que el pensar en eso, es gran soberbia... ¡Qué distinta fue la humildad de María, cuando no dudó en publicar que había recibido cosas muy grandes del Señor, y que por ellas la llamarían bienaventurada todas las generaciones!... Pero de ahí, no sacaba otra conclusión si no la de la gloria..., alabanza y agradecimiento al Señor... Reconocer, no para envanecerse de lo que se tenga, sino para más alabar, servir y amar a Dios; ésta es la verdadera humildad. 

En fin, es pésima humildad la que, considerando su bajeza y su miseria, deduce, como fruto práctico de ella, el desaliento..., la desilusión..., el abatimiento. — La fórmula de la humildad verdadera, es: «Yo por mí nada soy..., nada puedo, pero todo lo puedo en Aquél que me conforta.» — Todo, luego no hay nada imposible..., ni siquiera la santidad para el verdadero humilde. Pide a la Santísima Virgen luces para distinguir y conocer bien estas dos humildades y que, huyendo de la falsa, con su ayuda te afiances bien en la verdadera.

4.° El verdadero conocimiento. — Como la humildad es la verdad..., se funda en la verdad... y es fuente de verdad, por eso es ella la que nos da nuestro verdadero y exacto conocimiento. — Mira qué bien se conocía a Sí misma la Santísima Virgen. — Nadie había recibido de Dios más gracias y privilegios más extraordinarios que Ella... Inmaculada en su Concepción..., llena de gracia, por lo mismo desde su primer instante..., más santa que todos los ángeles y santos juntos..., Reina del Cielo y corredentora de los hombres..., la bendita entre todas las mujeres..., en fin, con el título único que todo lo resumía: ¡Madre de Dios!... 

Así se veía María, así se conocía a Sí misma, y, no obstante..., mírala ¡qué humildísima siempre! Sabía que toda esta grandeza estaba en Ella.., pero que no era de Ella...; todo era de Dios..., todo era porque se había dignado mirar el Señor a su esclavita con ojos de misericordia..., como lo cantó en su Magníficat...; todo lo atribuía a Dios..., tenía una conciencia perfecta de su nada... y así se consideraba delante de Dios, como la misma nada..., como la última de sus criaturas..., como la más indigna de las esclavas que le sirven... Así adoraba Ella a Dios..., así se anonadaba ante Él..., así se sometía en todo y siempre a su divina voluntad..., así estaba toda la vida recibiendo y practicando su fórmula sublime de humildad... el programa de vida del verdadero humilde: «He aquí la esclava del Señor... Hágase en mí según tu palabra.» — Y como tenía este conocimiento profundo de Sí misma... y obraba siempre con esta conciencia y persuasión de su nada, así aparecía también ante los demás. — Es Reina de los ángeles..., pero no lo demuestra... ¡Con qué reverencia les trata!... Ve en ellos a los servidores... fieles de Dios... a sus emisarios y embajadores... y así se humilla ante ellos... Le disgusta y le turba verse reverenciada y alabada por ellos. 

Así trata también con los hombres... Fíjate, especialmente, en su porte humilde y respetuoso, para con sus padres..., para con los sacerdotes..., para con sus superiores..., para con San José..., en fin, para con todas aquellas aldeanitas de Nazaret... Mira cómo vive exactamente igual que una de ellas... como la humilde esposa de un humilde carpintero... y tan convencida estaba de lo que era en Sí misma..., que no aspiraba a otra cosa, creyendo que no tenía derecho a otro género de vida…, sino más bien contentísima por su suerte, y eso que era... ¡la Reina del Cielo!... ¡Qué ejemplo..., qué lección para nosotros!... 

Haz aplicaciones prácticas a tu vida..., compárate con la Virgen en algunos de esos casos que tú perfectamente conoces de tu vida, y verás así claramente tu soberbia..., tu amor propio..., tu orgullo refinado..., tu falta de humildad... y, por lo mismo, tu falta de conocimiento verdadero de ti mismo. 

5.° La verdadera grandeza. — Y ahora medita en la grandeza que brota de la humildad...; ésta es la única que merece este nombre... Todas las demás grandezas son mentira. — Nunca es el hombre más grande que de rodillas..., esto es, que cuando se humilla y se hunde en el polvo de su miseria... Así se hundió el publicano del Evangelio y se hizo un santo... Así se hundió San Pedro en su humilde arrepentimiento y mereció ser levantado a la altura del primer Papa... Así, sobre todos los santos y sobre todas las criaturas, se hundió la Santísima Virgen al confesarse públicamente «esclava del Señor» y fue elevada a la dignidad de ¡Madre de Dios!... ¡Qué grandeza más verdadera la de la humildad delante de Dios y hasta delante de los hombres!... 

Recuerda a Luzbel en el Cielo..., a Adán en el Paraíso... y te convencerás de que no sólo no conduce a ninguna grandeza la soberbia..., sino que hace más terrible y espantosa la caída. — Una vez, los hombres quisieron hacerse famosos y levantaron una torre que llegase hasta el Cielo, para desafiar el poder de Dios y hacer casi imposibles los castigos de su justicia..., y lo único que hicieron fue el ridículo más espantoso..., hacerse dignos del desprecio y de las burlas de todas las generaciones. 

Compara ahora con ésta, la conducta de María, que no quiere pasar de la condición de sierva y esclava..., pero no de palabra, sino de veras quiere ser tenida como tal... y vivir siempre así... Y Dios la ensalza tanto, que también Ella excitará la atención de todas las generaciones..., pero para admirarla y bendecirla sin cesar... ¡Qué bien cumple Dios su palabra!... «El que se humillare será ensalzado»... 

De la nada creó el mundo y sacó todas las cosas, y no parece si no que ahora también quiere sacar de nuestra nada toda nuestra grandeza... Por eso exige como condición indispensable, para hacernos grandes y santos, que tengamos ante nuestros ojos siempre la nada..., la purísima nada que somos y que podemos. — La humildad y únicamente ella, es la que levanta la torre altísima..., firme... y segura que traspasa las nubes y llega hasta los Cielos..., hasta el trono mismo de Dios. 

6.° La verdadera fortaleza. — En fin, en la humildad se encuentra el resorte secreto para las grandes hazañas, para los grandes heroísmos. — El humilde descansa en Dios..., cuenta con el poder omnipotente de Dios, y no hay nada que se le oponga..., ni dificultades que no venza. — No es la humildad la virtud del apocamiento y encogimiento que nos hace cobardes..., miedosos y pusilánimes..., muy al contrario, es la virtud de los fuertes..., la que da y engendra la verdadera fortaleza. — Todo su valor varonil y su gran energía y decisión en obrar, hemos dicho que sacó la Virgen de su fortaleza..., pero esta fortaleza fue fruto precioso de su profunda humildad. 

En su Purificación, pasa María por una de las mayores humillaciones de su vida...; era necesario, para apreciarla en toda su extensión, conocer el amor de la Virgen a su pureza inmaculada... — La dignidad de Madre de Dios la hubiera pospuesto a su virginidad... y ahora, tiene que pasar a los ojos de los demás como una mujer inmunda. — La azucena purísima, aparece como marchita ante los hombres... Sólo Dios conoce su candor e inocencia... Fácilmente el amor propio hubiera buscado pretextos en este caso para obrar de otra manera: el celo por la gloria de Dios..., la edificación del prójimo..., la alegría de aquel pueblo al saber que ya estaba entre ellos el Mesías, etc. — María no admite tales sugestiones..., obedece a la ley con tanto mayor gusto cuando es para Ella más humillante... Dios estima en este día, más su ofrenda que ninguna, porque ninguna se la ofreció con tanta humildad... — ¡Ah!, pero mira a la vez con cuánta fortaleza y entereza... María, en esta ceremonia, ofrece a Dios a su Hijo... y se entrega Ella misma a la inmolación..., al sacrificio... 

Tú también necesitas generosidad..., entereza..., fortaleza para ofrecer a Dios tu sacrificio..., el que más te cuesta y el más necesario..., el de tu amor propio... Hazlo con generosidad y entereza...; la humildad te la dará... — Pide a la Virgen un conocimiento de ti mismo y de tus defectos..., el conocimiento de tu conducta. — ¿Cuál es tu reverencia en la oración..., con los ángeles y santos..., con tus superiores..., cómo piensas de ellos... y cómo te portas con ellos?... ¿eres respetuoso..., deferente..., sumiso a todo lo que te mandan?... ¿Cómo correspondes a las gracias de Dios?... — La humildad te enseñará todo esto... Pídesela así a la Santísima Virgen..., úrgela y hazle gran fuerza para que no te niegue esta gracia.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964) 

jueves, 13 de abril de 2023

La Modestia - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar



1.° Interior. — En general, la modestia es la virtud que regula todos los actos externos, dándoles la debida compostura y decoro... y presentándoles así a los ojos de los demás, como algo digno, noble y hermoso. — Pero la modestia exterior necesariamente ha de proceder de la interior que consiste en moderar y dirigir los movimientos desordenados del alma según la divina voluntad. La modestia exterior se puede fingir y será entonces un acto más de repugnante hipocresía... La modestia interior es la única que puede dar vida a la modestia exterior. — No debes, por tanto tratar de conseguir una apariencia de modestia... una modestia postiza y mentirosa, con posturas y ademanes externos que así lo indiquen… y luego dejar a tu corazón que sea víctima de las bajas inclinaciones de la concupiscencia. 

Cuando la modestia verdadera existe, es tal la unión que se da entre la exterior y la interior que la una no va sin la otra, y las dos se ayudan mutuamente, de suerte que la compostura exterior debe proceder siempre de un interior perfectamente compuesto y ordenado... y la interior encontrará su mejor defensa y sostén en la exterior. — San Francisco de Sales, lo explica con esta comparación: «Como el fuego produce la ceniza… y la ceniza sirve admirablemente para sostener y conservar el fuego..., así sucede con estas dos modestias, que la interior produce la exterior, y ésta mantiene y conserva la interior de donde brotó.» 

Esta modestia interior, es de dos clases: Una, que frena los movimientos de la concupiscencia y los actos internos del entendimiento..., de la imaginación y de la voluntad, que nos llevan al pecado de impureza..., y otra modestia es la que modera los movimientos del alma, que tienen relación con la soberbia y la vanidad... Así, cuando alabamos a una persona, decimos que no queremos herir su modestia... y otras veces admiramos la modestia de personas que por sus méritos..., sus virtudes..., su excelencia, podían darse más importancia. — Esta modestia, como se ve, prácticamente se reduce al ejercicio de la humildad verdadera...; por eso el alma humilde, necesariamente ha de ser modesta interior y exteriormente. 

En cuanto a esta modestia, ya ves que nadie ha podido compararse con la Santísima Virgen; nadie con más méritos, virtudes, santidad, excelencia y grandezas divinas... No obstante, ¿quién más sencilla..., afable..., caritativa..., pobre y humilde que Ella? — Y, por tanto, ¿quién más modesta en cuanto al desprecio que hacía de la importancia de su persona y de su propia excelencia?... Y en cuanto a la modestia opuesta a la concupiscencia, ¿dónde encontrar un orden más completo..., una sumisión más perfecta de todos sus pensamientos, afectos y amores a la regla de la razón y ésta a la de la voluntad de Dios?... 

2.° Exterior. — Pero veamos ya en concreto reflejada esta modestia interior en los actos exteriores de nuestro cuerpo y principalmente en los siguientes: 

En las palabras: Imagínate cómo serían las de la Santísima Virgen, que estaba persuadida de no ser sino la última de las esclavas del Señor..., palabras de edificación y de modestia encantadora..., si considera, henchida de gozo, los beneficios inmensos que el Señor le ha hecho; a Él dirige su agradecimiento y sus alabanzas... y se espantará de que el Todopoderoso hubiese puesto sus ojos en la miseria de su esclava»... Ingenuamente..., firmemente estaba persuadida de la falta de méritos por parte suya y por eso ¡cuán lejos estaba en sus palabras, de atribuirse nada a Sí misma! — Aprende de Ella esa modestia en el hablar..., tanto en el tono de la voz, no queriéndote imponer con gritos, ni con palabras nerviosas y excitadas..., como en la sencillez y caridad de tus expresiones.  

A imitación de María, evita las palabras duras…, bruscas..., malsonantes. — Mira el lenguaje de tu Madre, todo tranquilo, afable, discreto, humilde de..., haciéndose simpática y atractiva por la dulzura de su voz..., por la bondad..., pureza..., caridad y hasta alegría santa de sus palabras. — Cuida, en especial, de las disputas y altercados, donde, aunque tengas razón, debes moderar tu juicio propio..., cediendo, sin ser pertinaz ni tener cabeza dura...; es mejor ceder y callar con modestia, que salir triunfante con terquedad y soberbia. 

No está reñida con la modestia la sana alegría que en cuentos, chistes, pasatiempos y hasta bromas se manifiesta... Pero, ¡ah!, qué fácil es, en todo esto, pasar los límites de la corrección y de la modestia. — Recuerda lo dicho ya en otra ocasión de que las leyes de urbanidad y los principios de la buena crianza, están en completo acuerdo con lo que dicta, en estos casos, la modestia. 

3.° En el vestido y en la habitación. — La pobreza de la casa de Nazaret, propia de una obrera, hace que en ella todo sea humilde y modesto en último grado... La sencillez y modestia de su vestido, mídela por la extrema necesidad de Belén y verás cómo ni en casa de María, ni en su ajuar y vestido, encontrarás nada que huela a lujo..., a afectación de su persona..., a comodidad de ningún género. 

En sus viajes no usará carruajes, ni aun los más modestos entonces... El Evangelio no dice más que fue, por ejemplo, a Judea, con gran prisa..., pues urgía la caridad... Esa era su preparación y su equipaje...: un pobre envoltorio de ropa y mucho amor de caridad, para con Dios y para con el prójimo... ¡Qué ejemplo de sencillez y modestia! 

No es modestia la suciedad..., la falta de aseo..., el desarreglo en el vestido...; antes bien, puede darse la modestia en medio de una sobria elegancia, con tal que ésta sea conforme a tu estado..., a tu condición... y a las circunstancias qué te rodean...; pero nunca será compatible con ella el lujo..., la vanidad de los trapos... y menos aún cualquier defecto, por pequeño que sea, en materia de honestidad. 

Ten cuidado excesivo en este último punto y no olvides, que en la Iglesia y en la calle..., en público y en privado, debes vestir siempre modestamente. — Es intolerable el permitirse, para estar en casa, trajes impúdicos o al menos muy libres...; no hay pretexto ni razón que puedan autorizar esto... La modestia debe acompañarte en todos los instantes de tu vida. 

4.° En los modales. — Esto es, en todos tus actos exteriores que realizas ante los demás... Modestia en el semblante y particularmente en tus ojos, no ya sólo para evitar las miradas pecaminosas..., sino aún esa excesiva curiosidad de quien todo lo quiere ver y atisbar... Modestia en las posturas al andar..., al sentarte, no buscando precisamente lo más cómodo, sino lo más conveniente... Modestia en todos tus movimientos, evitando todo lo que sea liviandad y desenvoltura... y muchísimo más todo lo que sea decoroso y digno. 

Acostúmbrate a esta modestia, aún estando a solas, para que así naturalmente la practiques ante los demás. — Es muy conocido el caso de San Francisco de Sales, quien observado cuando se encontraba solo en su aposento, guardaba, no obstante, los más pequeños preceptos de la compostura y de la modestia. — Siempre obraba como si le vieran los ángeles del Cielo y en presencia de Dios. 

Mira especialmente todo esto en la Santísima Virgen y verás un conjunto admirable de todos sus actos ejecutados con aquella naturalidad..., sencillez..., franqueza... y a la vez delicadeza..., honestidad... y circunspección propias de la santa modestia. — Examínate un poco en esta materia, y pregúntate cómo guardas la modestia interior de tu corazón... y la exterior de tu cuerpo y de tus modales todos.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)