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sábado, 11 de mayo de 2024

Sermón del Santo Cura de Ars sobre la Oración

 


Amen, amen dico vobis: si quid petieritis Patrem
in nomine meo, dabit vobis.
En verdad os digo, todo cuanto pidiereis a 
mi Padre en mi nombre, os lo concederá. 
(S. Juan, XVI, 23)

Nada más consolador para nosotros que las promesas que Jesucristo nos hace en el Evangelio, al decirnos que todo cuanto pidamos a su Padre en su nombre, nos será concedido. No contento con esto, no solamente nos permite pedirle lo que deseamos, sino que nos insta a ello, llegando hasta a mandárnoslo. Así hablaba a sus Apóstoles (Joan., XVI, 24.): «He aquí que hace ya tres años estoy con vosotros y no me pedís nada. Pedidme, pues, a fin de que vuestra alegría sea llena y perfecta». Lo cual nos indica que la oración es la fuente de todos los bienes y de toda la felicidad que podemos esperar aquí en la tierra. Siendo esto así, si nos hallamos tan pobres, tan faltos de luces y de dones de la gracia, es porque no oramos o lo hacemos mal. Digámoslo con pena: muchos ni siquiera saben lo que es orar, y otros sólo sienten repugnancia por un ejercicio tan dulce y consolador para todo buen cristiano. En cambio, vemos a algunos orar pero sin alcanzar nada, lo cual proviene de que oran mal; es decir, sin preparación y hasta sin saber lo que van a pedir a Dios. Mas, para mejor haceros sentir la magnitud de los bienes que la oración nos procura, os diré que todos los males que nos agobian en la tierra vienen precisamente de que no oramos o lo hacemos mal; y si queréis saber la razón de ello, aquí la tenéis: si acertásemos a orar ante Dios cual debe hacerse, nos sería imposible caer en pecado; y si nos hallásemos exentos de pecado, volveríamos a un estado, por decirlo así, semejante al de Adán antes de su caída. Voy a mostraros: 1.° Cómo sin la oración nos es imposible salvarnos; 2.° Cómo la oración lo puede todo delante de Dios; 3.° Qué cualidades ha de reunir la oración para ser agradable a Dios y meritoria para el que la hace.

I.- Para mostraros el poder de la oración y las gracias que del cielo nos alcanza, os diré que por la oración es como los justos han tenido la dicha de perseverar. La oración es para nuestra alma lo que la lluvia para el campo. Abonad un campo cuanto os plazca; si falta la lluvia, de nada os servirá cuanto hayáis hecho. Así también, practicad cuantas obras os parezcan bien; si no oráis debidamente y con frecuencia, nunca alcanzareis vuestra salvación; pues la oración abre los ojos del alma, le hace sentir la magnitud de su miseria, la necesidad de recurrir a Dios y de temer su propia debilidad. El cristiano confía solamente en Dios; nada espera de sí mismo. Sí, por la oración es como perseveraron los justos. En efecto, ¿que fue lo qué condujo a ciertos santos a aceptar tan grandes sacrificios como el abandonar todas sus riquezas, sus parientes y sus comodidades, para ir a pasar el resto de su vida en la selva, y allí llorar sus pecados? Era la oración lo que inflamaba sus corazones con el pensamiento de la presencia de Dios, con el deseo de agradarle y de no servir más que a Él. Mirad a Magdalena; ¿en qué se ocupa después de su conversión? ¿No es por ventura en la oración? Mirad a San Pedro; mirad aún a San Luis, rey de Francia, quien, en sus viajes, en vez de pasar la noche durmiendo en su lecho, la pasaba en una iglesia orando y pidiendo a Dios el don precioso de perseverar en su gracia. Mas, sin ir tan lejos, ¿no observamos nosotros mismos cómo, a medida que descuidamos la oración, vamos perdiendo el gusto por las cosas el cielo? No pensamos más que en la tierra: pero, si reanudamos nuestra oración, sentimos renacer también en nosotros el pensamiento y el deseo de las cosas del cielo. Cuando tenemos la dicha de estar en gracia de Dios, o bien recurriremos a la oración, o podemos tener la certeza de no perseverar largo tiempo en el camino del cielo.

En segundo lugar, decimos que todos los pecadores, salvo extraordinario e insólito milagro, se convirtieron por la oración. Mirad lo que hace Santa Mónica para alcanzar la conversión de su hijo: o bien la hallaréis al pie del crucifijo, orando y llorando; o bien la veréis junto a personas buenas y prudentes para recabar su auxilio y sus oraciones. Ved al mismo San Agustín cuando quiso de veras convertirse; miradle en el jardín, entregado a la oración y a las lágrimas a fin de mover el corazón de Dios y cambiar el suyo. Por más que seamos pecadores, si recurrimos a la oración y la practicamos debidamente, podremos estar seguros de que Dios nos ha de perdonar. No nos extrañe, pues, que el demonio haga todo lo posible para movernos a dejar la oración o a practicarla mal, pues sabe mejor que nosotros cuán temible sea ella al infierno y cómo es imposible que Dios pueda denegarnos lo que le pedimos al orar. ¡Cuántos pecadores saldrían del pecado, si acertasen a recurrir a la oración!

En tercer lugar; digo que todos los condenados se perdieron porque no oraron o porque oraran mal. De lo cual deduzco que, sin la oración, habremos de perdernos por toda una eternidad, mientras que, con la oración bien hecha, tenemos la seguridad de salvarnos. Los santos estaban de tal manera convencidos de la eficacia de la oración, que, no contentos con dedicarse a ella durante el día, empleaban en tal ejercicio noches enteras. ¿Por qué, pues, sentimos tanta repugnancia por una práctica tan dulce y consoladora? Es porque la hacemos mal, y nunca hemos sentido las delicias que en ella experimentaban los santos... En efecto, la oración bien hecha es aceite balsámico que se extiende por toda el alma y parece hacernos sentir ya la felicidad de que gozan los bienaventurados en el cielo. Es esto tan cierto, que leemos en la vida de San Francisco de Asís que, estando en oración, caía muchas veces en éxtasis, hasta tal punto que no podía discernir si se hallaba en la tierra, o en el cielo entre los bienaventurados. Tan abrasado estaba por el fuego divino que la oración encendía en su corazón, que llegaba a comunicarle calor sensible. Un día, mientras se hallaba en la iglesia, sintió un acceso de amor tan violento, que hubo de exclamar en alta voz: «Dios mío, no puedo más». -Pero, pensaréis para vosotros mismos, esto sucederá a los que saben orar bien y proferir hermosas palabras. -No es, a las largas y bellas oraciones a lo que Dios mira, sino a las que salen del fondo del corazón, con gran reverencia y vehemente deseo de agradarle. Ved de ello un hermoso ejemplo. Se refiere en la vida de San Buenaventura, gran doctor de la Iglesia, que un religioso muy sencillo le dijo: «Padre mío, ¿creéis que yo, con mi poca instrucción, podré orar y amar a Dios?» San Buenaventura le contestó: «¡Ay!, amigo mío, precisamente los simples y humildes son los que más agradan a Dios y aquellos a quienes El ama con mayor ternura». Admirado aquel religioso de lo que acababa de saber, se fue a la puerta del monasterio, y decía a cuantos pasaban por allí: «Venid, amigos míos, tengo que daros una buena noticia: el doctor Buenaventura me ha dicho que nosotros, aunque ignorantes, podemos amar a Dios tanto coma los sabios. ¡Qué dicha para nosotros, poder amar y agradar a Dios, con todo y ser ignorantes!» Ya veis, pues, cómo es cosa fácil y consoladora orar delante del Señor.

Decimos que la oración es la elevación de nuestra corazón a Dios. Mejor dicho, es una dulce conversación de un hijo con su padre, de un súbdito con su rey, de un criado con su dueño, de un amigo con su amigo en el seno del cual deposita sus tristezas y sus penas. Para mejor haceros cargo de la excelsitud de la oración, considerad cómo es una vil criatura la que Dios recibe en sus brazos para prodigarle toda suerte de bendiciones. ¿Queréis saber aún más? La oración es la unión de cuanto hay de más vil con lo más grande, más poderoso, más perfecto en todos los órdenes que imaginar podamos. Decidme, ¿necesitamos algo más para penetrarnos de la excelencia y necesidad de la oración?. Ya veis, pues, cuán necesaria sea ella para agradar a Dios y salvarnos.

Por otra parte, no podemos hallar la felicidad aquí en la tierra si no amamos a Dios; y solamente podemos amarle orando. Así vemos que Jesucristo, para animarnos a recurrir frecuentemente a la oración, nos promete no denegarnos nada cuando oremos de la manera debida. Mas no hay necesidad de ir muy lejos para convenceros de que debemos orar con frecuencia; no tenéis más que abrir el catecismo, y allí veréis que el deber de todo buen cristiano es orar por la mañana, por la noche, y a menudo durante el día: o sea, hemos de orar siempre.

Un cristiano que desea salvar su alma, por la mañana, al despertarse, debe hacer la señal de la cruz, consagrar su corazón a Dios, ofrecerle todas sus obras, y prepararse para la oración: No ha de empezar jamás el trabajo sino después de haber orado; y debe orarse de rodillas, delante del crucifijo, después de haber tomado agua bendita. No perdamos nunca de vista, que es la mañana el momento en que Dios nos tiene preparadas todas las gracias necesarias para pasar santamente el día; pues Él sabe y conoce todas las ocasiones que de pecar se nos presentarán, y todas las tentaciones a que el demonio nos someterá durante el día; y si oramos de rodillas y cual debemos, el Señor nos otorgará todas las gracias que necesitemos para no sucumbir. Por esto el demonio hace cuanto puede para que dejemos la oración o la hagamos mal, plenamente convencido, como lo confesó un día por boca de un poseso, de que, si puede obtener para sí el primer momento de la jornada, tiene ya la seguridad de obtener también lo restante. ¿Quién de nosotros podrá oír, sin llorar de compasión, a esos pobres cristianos que se atreven a deciros que no tienen tiempo para orar? ¡Pobres ciegos! ¿Qué obra es más preciosa, la de trabajar por agradar a Dios y salvar el alma, o la de dar de comer al ganado de las cuadras, o bien llamar a los hijos o sirvientes para enviarlos a remover la tierra o el estercolero? ¡Dios mío, cuán ciego es el hombre! ... ¡No tenéis tiempo!, más, decidme, ingratos, si Dios os hubiese enviado la muerte esta noche, ¿habríais trabajado? Si Dios os hubiese enviado tres o cuatro meses de enfermedad, ¿habríais trabajado? Id, miserables, merecéis que el Señor os abandone en vuestra ceguera y en ella perezcáis. ¡Hallamos ser demasiado dedicarle algunos minutos para agradecer las gracias que en todo momento nos concede! -Quieres dedicarte a tu tarea, dices. Pero, amigo mío, te engañas miserablemente, ya que tu tarea no es otra que agradar a Dios y salvar tu alma; todo lo demás no es tu tarea: si tú no la haces, otros la harán; mas si pierdes el alma, ¿quién la salvará? Vete, eres un insensato: cuando estés en el infierno, entonces conocerás lo que debías practicar y, desgraciadamente, no has practicado.

Pero, me diréis, ¿cuáles son las ventajas que con la oración obtenemos, para que hayamos de orar con tanta frecuencia? -Vedlas. La oración hace que hallemos menos pesada nuestra cruz, endulza nuestras penas y nos vuelve menos apegados a la vida, atrae sobre nosotros la mirada misericordiosa de Dios, fortalece nuestra alma contra el pecado, nos hace desear la penitencia y nos inclina a practicarla con gusto, nos hace comprender y sentir hasta qué punto el pecado ultraja a Dios Nuestro Señor. Mejor dicho, mediante la oración agradamos a Dios, enriquecemos nuestras almas y nos aseguramos la vida eterna. Decidme, ¿necesitamos aún más para decidirnos a que nuestra vida sea una continua oración mediante nuestra unión con Dios? ¿Cuándo se ama a alguien, hay necesidad de verle para pensar en él? No, ciertamente. Por lo mismo, si amamos a Dios, la oración nos será tan familiar como la respiración. Sin embargo, debo advertiros que, para orar de manera que dicha práctica pueda lograrnos los favores que os acabo de enumerar, no basta dedicar a ella un breve instante, ni hacerla con precipitación. Dios quiere que empleemos en la oración el tiempo conveniente, que haya espacio suficiente para pedirle las gracias que nos son necesarias, agradecerle sus favores y llorar nuestras culpas pasadas, pidiéndole perdón de las mismas.

Pero, me diréis, ¿cómo podremos orar continuamente? - Nada más fácil: ocupándonos de Nuestro Señor, de tiempo en tiempo, mientras trabajamos; ora haciendo un acto de amor, para testimoniarle que le amamos porque es bueno y digno de ser amado; ora un acto de humildad, reconociéndonos indignos de las gracias con que no cesa de enriquecernos; ora un acto de confianza, pensando que; aunque miserables, sabemos que Dios nos ama y quiere hacernos felices. O también, podremos pensar en la pasión y muerte de Jesucristo: le contemplaremos en el huerto de los Olivos, aceptando la pesada cruz; nos representaremos su coronación de espinas, su crucifixión, y si queréis, recordaremos su encarnación, su nacimiento, su huida a Egipto, podemos pensar también en la muerte, en el juicio, en el infierno o en el cielo. Rezaremos algunas preces en honor del santo Ángel de la Guarda, y no dejaremos nunca de bendecir la mesa, ni de dar gracias después de la comida, de rezar el Ángelus, y el Ave María cuando dan las horas: todo lo cual nos va recordando nuestro último fin, nos hace presente que en breve ya no estaremos en la tierra, y así nos iremos desligando de ella, procuraremos no vivir en pecado por temor de que la muerte nos sorprenda en tan miserable estado. Ya veis, cuán fácil es orar constantemente, practicando lo que hemos dicho. Esta es la manera cómo oraban siempre los santos.

II.- El segundo motivo que debe inducirnos a recurrir a la oración, es que todo el provecho redunda en favor nuestro. El Señor conoce dónde está nuestra felicidad y sabe que solamente por la oración podemos procurárnosla. Por otra parte, ¡cuán grande honor para una vil criatura cual nosotros, el que todo un Dios quiera abajarse hasta ella y conversar con ella tan familiarmente como un amigo que habla con otro amigo? Ved cuánta es su bondad al permitirnos que le comuniquemos nuestras penas y nuestras aflicciones. Y este buen Salvador pone toda su diligencia en consolarnos, en sostenernos en las pruebas, o por decirlo mejor, en sufrirlas por nosotros. Decidme, el dejar de orar ¿no, sería equivalente a renunciar a nuestra salvación y a nuestra felicidad aquí en la tierra, toda vez que sin la oración no podemos menos de ser desgraciados, mientras que mediante la oración estamos seguros de alcanzar cuanto nos sea necesario para el tiempo y para la eternidad, según ahora vamos a ver?

Primeramente digo que todo le está prometido a la oración, y en segundo lugar, que la oración bien hecha lo alcanzará todo: es ésta una verdad que Jesucristo nos repite casi en cada página de la Sagrada Escritura. La promesa de Jesucristo es formal: «Pedid, nos dice, y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, lo obtendréis, si lo pedís con fe». Mas no se contenta Jesucristo con decirnos que la oración bien hecha lo alcanza todo. Para mejor convencernos de ello, nos lo asegura con juramento (Juan XIV, 13.): «En verdad, en verdad os digo, que todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, os lo concederé». Después de estas palabras del mismo Jesucristo, me parece que es ya imposible dudar de la eficacia de la oración. Por otra parte, ¿de dónde podría venir nuestra desconfianza?, ¿sería de nuestra indignidad? Pero Dios sabe muy bien que somos pecadores y culpables, que oramos en su nombre, y que, ante todo, contamos con su infinita bondad. Y nuestra indignidad ¿no está cubierta y como disimulada por, sus méritos? ¿Será, pues, por ser nuestros pecados demasiado horribles o demasiado numerosos? Mas ¿no le es a Dios igualmente fácil perdonarnos un pecado que mil? ¿No dio principalmente su vida por los pecadores?. Escuchad lo que nos dice el Rey Profeta: «¿Se ha visto jamás a alguien que haya orado al Señor y cuya oración haya sido desoída?» (Eccli., II, 12.), «Sí, nos dice, cuantos invocan al Señor y recurren a Él, han experimentado los efectos de su misericordia.»

Para sentir esto mejor, veamos algunos ejemplos. Mirad a Adán pidiendo misericordia después de su pecado. No solamente el Señor le perdona a él, sino además a toda su descendencia; le promete su Hijo, que deberá encarnarse, sufrir y morir para reparar su pecado. Ved a los ninivitas, grandes pecadores, a quienes el Señor envió el profeta Jonás, para que les avisase que iba a castigarlos de la manera más espantosa: a saber, haciendo bajar fuego del cielo (Jon.; III; 4.). Se entregan todos a la oración, y el Señor los perdona. Hasta en aquella ocasión en que el Señor se decidió a destruir el mundo por el diluvio universal, si aquellos pecadores hubiesen recurrido a la oración, con seguridad el Señor los hubiera perdonado. Y si proseguís leyendo las Escrituras, veréis a Moisés sobre la montaña, mientras Josué lucha con los enemigos del pueblo de Dios. Cuando Moisés ora, los israelitas vencen; más, en cuanto cesa su oración, los israelitas son vencidos: Ved aún al mismo Moisés pidiendo al Señor que perdone a treinta mil culpables a los cuales había resuelto perder: con sus oraciones, forzó, por decirlo así al Señor a perdonarlos. «No, Moisés, le dijo el Señor, no intercedas por este pueblo, no quiero perdonarle.» Moisés continúa en su oración, y el Señor es vencido por las preces de su siervo, y perdona a su pueblo. ¿Qué hace Judit para librar a su patria de aquel su temible enemigo? Acude a la oración y, llena de confianza en el Señor ante quien se acaba de postrar, va a la morada de Holofernes, le corta la cabeza y salva a su patria. Ved al piadoso rey Ezequías, a quien el Señor envió un profeta para advertirle que pusiese en orden sus negocios, pues iba a morir, Se prosternó delante del Señor, suplicándole que no le arrebatase aún de este mundo. Movido el Señor por sus oraciones, le concedió quince años más de vida. Si seguís adelante, veréis al publicano que, reconociéndose culpable, acude al templo para implorar de Dios el perdón. El mismo Jesucristo nos dice que sus pecados le fueron perdonados. Ved a la pecadora, prosternada a los pies de Jesús, orando con lágrimas en los ojos. Y ¿no le responde Jesucristo: «Te son perdonados tus pecados»?. El buen ladrón, aunque lleno de los más enormes crímenes hace oración desde la cruz, y no sólo Jesucristo le perdona, sino que le promete que en aquel mismo día estará en el cielo con Él. Si tuviésemos que citar a cuantos han alcanzado el perdón orando, tendríamos que enumerar a todos los santos que fueron pecadores; ya que por la oración tuvieron la dicha de reconciliarse con Dios, el cual se dejó conmover por sus súplicas.

III.- Mas pensaréis tal ver: ¿De dónde proviene que, a pesar de tantas oraciones, seamos siempre pecadores, sin mejorar en lo más mínimo?- Nuestra desgracia, amigo mío, proviene de que no oramos cual deberíamos, esto es, oramos sin preparación y sin deseo de convertirnos, y muchas veces sin saber lo que a Dios hemos de pedir. No dudéis de esto, pues cuantos pecadores pidieron a Dios su conversión la obtuvieron, y todos los justos que suplicaron a Dios la perseverancia, perseveraron. - Mas alguien me dirá: Se experimentan demasiadas tentaciones. - ¿Eres excesivamente tentado, amigo mío? Ora, y ten la seguridad de que la oración te dará fuerzas para resistir la tentación. ¿Tenéis necesidad de la gracia? Pues la oración te la obtendrá. Si dudas de ello, oye lo que nos dice Santiago, a saber: que mediante la oración dominamos al mundo, al demonio y a nuestras pasiones. Por muchas que sean las penas que experimentemos, si oramos, tendremos la dicha de soportarlas enteramente resignados a la voluntad de Dios; y por violentas que sean las tentaciones, si recurrimos a la oración, las dominaremos. Mas ¿qué hace el pecador? Vedlo aquí. Tiene la plena convicción de que la oración le es absolutamente necesaria para evitar el mal y para obrar el bien, así como para salir del pecado cuando ha caído en él; pero mirad su gran ceguera: o no hace oración, o la hace mal. ¿Que no es cierto esto? Ved la manera de orar que tiene un pecador, suponiendo que ore, pues la mayor parte de los pecadores no lo hacen; veréis que se levantan y se acuestan como bestias. Mas observemos a aquel pecador orando: vedle recostado en una poltrona, o echado sobre la cama rezando mientras se viste o se desnuda, o va andando o gritando; hasta tal vez jurando, a la zaga de sus criados o de sus hijos. ¿Con qué preparación se pone a orar?. Con ninguna. Frecuentemente y en la mayoría de los casos, esta clase de gente acaba su pretendida oración, no solamente sin saber lo que ha dicho sino hasta sin pensar ante quien se hallaba, ni lo que iba a hacer o a pedir. Miradlos en la casa de Dios; ¿no os inspira compasión su actitud?. ¿Se hacen cargo de que están en la santa presencia de Dios?. Indudablemente que no: miran a los que entran o salen, hablan con los de al lado, bostezan, duermen, se fastidian, y hasta tal vez se enojan porque las funciones, a su parecer, son demasiado largas. Toman el agua bendita con la misma devoción que sacan la de un cubo para beber. Con duros trabajos hincan las rodillas, pareciéndoles ya demasiado inclinar un poco la cabeza durante la Consagración o la Bendición. Los veréis paseando su mirada por el templo, fijándola tal vez en aquello que puede inducirlos al mal; aun no han entrado y ya quisieran estar fuera. Al salir, los oiréis exclamar cual si fuesen personas sacadas de una cárcel y puestas en libertad. Pues bien, tal es la miseria del pecador, y por cierto que es muy grande. Y al considerar esto, ¿deberá admirarnos que los pecadores continúen en sus pecados y perseveren en tan miserable estado?

Hemos dicho, en tercer lugar, que los provechos de la oración van anejos a la manera como cumplamos tal deber, según ahora vamos a considerar. 1.° Para que la oración sea agradable a Dios y provechosa al que la hace, es necesario hallarse en estado de gracia o a lo menos tener una firme resolución de salir cuanto antes del pecado, puesto que la oración de un pecador que no quiere salir del pecado, es un insulto que se hace a Dios. 2.° Para que nuestra oración esté bien hecha, es necesario habernos preparado antes. Toda oración hecha sin prepararse, es una oración defectuosa, y esta preparación consiste en pensar un rato en Dios antes de arrodillarnos en su presencia, considerando a quién vamos a hablar y lo que le hemos de pedir. ¡Cuán escasos son los que se preparan, y por lo mismo, cuán pocos oran de una manera debida, es decir, en forma adecuada para ser escuchados favorablemente!. Por otra parte, ¡qué os ha de conceder el Señor si no le pedís nada, ni deseáis nada! - Más claro: sois como un pobre hombre que no quiere limosna, como un enfermo que no quiere sanar, como un ciego que quiere permanecer en su ceguera; en fin, como un condenado que no quiere ir al cielo, sino que consiente en bajar al infierno.

En segundo lugar, hemos dicho que la oración es la elevación de nuestro corazón a Dios, una dulce conversación entre la criatura y su Criador. No será pues orar debidamente el pensar en cosas ajenas, mientras estamos en oración. Apenas nos demos cuenta de que nuestro espíritu se distrae, es necesario ponerse de nuevo ante la presencia de Dios, humillarnos ante la divina Majestad, y no dejar nunca la oración porque no experimentemos gusto al orar. Por el contrario, hemos de pensar que, cuanto más pesadez sintamos, más meritoria será nuestra oración a los ojos de Dios, si perseveramos en ella siempre con la intención de agradarle. Se refiere en la historia que, en cierta ocasión, un santo decía a otro santo: «¿A qué será debido que, mientras oramos, nuestro espíritu se llena de mil pensamientos ajenos, los cuales quizá no nos acudirían, si no estuviésemos ocupados en la oración?» El otro le contestó: «Ello no es extraño, amigo mío, ante todo, el demonio prevé las abundantes gracias que por la oración podemos alcanzar y, por consiguiente, desespera de ganar a una persona que ore debidamente; además, cuanto mayor es el fervor con que oramos, más excitamos su furor». Otro santo, a quien se le apareció el demonio, le preguntó por qué se ocupaba continuamente en tentar a los cristianos. Y el demonio le respondió que se le hacía insoportable que un cristiano, que tantas veces ha pecado, pudiese obtener aún el perdón, y que en tanto hubiese un cristiano en la tierra, él lo tentaría. Después le preguntó de qué manera los tentaba. Le contestó el demonio: «A unos les meto el dedo en la boca para hacerlos bostezar; a otros hago que duerman; a otros hago vagar su pensamiento de un lugar a otro». ¡Ay!, demasiado verdad es esto; podemos experimentarlo cuantas veces nos ponemos en la presencia de Dios para orar.

Se refiere que, habiendo observado el superior de un monasterio que uno de sus religiosos, antes de comenzar sus oraciones, se movía en ademán de hablar con alguien, le preguntó en qué se ocupaba en aquellos momentos. «Padre mío, le dijo, es que antes de comenzar mis oraciones, tengo la costumbre de llamar a mis pensamientos y deseos diciéndoles: Venid todos y adoremos a Jesucristo nuestro Dios». ¡Cuán agradable era contemplar la oración de los primeros cristianos!, nos dice Casiano. Era tan grande el respeto que tenían a la presencia de Dios; era tanto su silencio y recogimiento, que parecían muertos: se los veía en la iglesia temblorosos; no había allí ni sillas ni bancos; permanecían todos prosternados cual criminales que esperasen la sentencia. Pero también, ¡cuán rápidamente se poblaba el cielo, y cuán delicioso era vivir en la tierra! ¡Felices los que vivieron en aquellos tiempos dichosos!
3.° Hemos dicho que nuestras oraciones han de ser hechas con confianza, y con una esperanza firme de que Dios puede y quiere concedernos lo que le pedimos, mientras se lo supliquemos debidamente. Todas las veces que Jesucristo nos promete no negar nada a la plegaria, añade esta condición: «Si lo pedís con fe». Cuando alguien le imploraba su curación u otra cosa, nunca se olvidaba de decirle: «Hágase según tu fe». Por otra parte, ¿qué nos podrá hacer dudar, cuando nuestra confianza está apoyada en la omnipotencia de Dios que es infinita, en su misericordia sin límites, y en los méritos infinitos de Jesucristo, en nombre del cual oramos? Al orar en nombre de Jesucristo, no somos nosotros quienes oramos, es el mismo Jesucristo quien ora por nosotros a su Padre. El Evangelio nos ofrece un hermoso ejemplo de la fe que debemos tener al orar, en la persona de aquella mujer que sufría flujo de sangre. Se decía ella a sí misma: «Si puedo llegar a tocar aunque sea sólo el borde de su manto, tengo la seguridad de que sanaré». Ya veis cómo ella creía firmemente que Jesucristo podía curarla y con qué confianza esperaba una curación que deseaba ardientemente. En efecto, al pasar el Salvador junto a ella, se arrojó a sus pies, tocó su manto, y al momento quedó sana. Viendo Jesucristo su fe, la miró bondadosamente, y le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Sí, a esta fe, a esta confianza está todo prometido.
4.- Decimos que, al orar, es preciso tener una intención pura tocante a lo que pedimos, y solamente implorar lo que mire a la gloria de Dios y a nuestra salvación. Podéis pedir cosas temporales, nos dice San Agustín; mas siempre con la intención de que os serviréis de ellas para gloria de Dios, para salvación de vuestra alma y la de vuestro prójimo; de lo contrario, vuestras peticiones procederían del orgullo o de la ambición; y entonces, si Dios rehúsa concederos lo que le pedís, es porque no quiere perderos. Mas ¿qué acontece en nuestras oraciones?, nos dice además San Agustín: pedimos una cosa y deseamos otra. Al rezar el Padre nuestro, decimos: «Padre nuestro que estás en los cielos; es decir: Dios mío, desligadnos de este mundo; concedednos la gracia de saber despreciar todas aquellas cosas que sólo sirven para la vida presente; hacednos la gracia de que todos nuestros pensamientos y deseos sean sólo para el cielo! » ¡Ay!, si Dios nos concediera esta gracia, muchos de nosotros íbamos a quedar disgustados.

Hemos de orar con frecuencia, pero debemos redoblar nuestras oraciones en las horas de prueba, en los momentos en que sentimos el ataque de la tentación. Ved un ejemplo. Leemos en la historia que, en tiempo del emperador Licimo, se dio una orden, según la cual todos los soldados debían ofrecer sacrificios al demonio. Entre ellos hubo cuarenta que se negaron a cumplirla, diciendo que los sacrificios sólo a Dios eran debidos y de ninguna manera al demonio. Se les hizo toda clase de promesas. Al ver que nada era capaz de rendirlos, después de someterlos a una serie de tormentos, fueron condenados a ser arrojados desnudos en un lago de agua helada, durante la noche, en los rigores del invierno, para que muriesen de frío. Los santos mártires, al verse así condenados, se dijeron unos a otros: «Amigos, ¿que nos queda al presente sino ponernos en las manos de Dios omnipotente, el único de quien podemos obtener la fortaleza y la victoria?. Recurramos a la oración y oremos continuamente para atraer sobre nosotros las gracias del cielo; pidamos a Dios que nos conceda a los cuarenta la dicha de perseverar». Mas, para tentarlos, se colocó muy cercano a aquel sitio un baño caliente. Por desgracia, uno entre ellos desfalleció, abandonó el combate, y fue a meterse en el baño caliente; pero al entrar en él perdió la vida. El que los custodiaba, viendo bajar del cielo treinta y nueve coronas y otra que quedaba suspendida en las alturas, «¡Ah !, exclamó, ¡es la de aquel infeliz que ha abandonado a sus compañeros!...», y se arrojó al estanque helado, para ocupar el lugar del que aquél había desertado, y así recibió el bautismo de sangre. Como al día siguiente estuviesen aún con vida, ordenó el gobernador que fuesen echados al fuego. Habiendo sido puestos en un carro todos, excepto el más joven a quien confiaba conquistar aún, su madre, que era testigo de la escena, exclamó: ¡hijo mío, ten valor!, un momento de sufrir te valdrá toda una eternidad de dicha. Y cogiendo ella misma a su hijo, lo llevó al carro con los demás, y llena de alegría, le condujo, como en triunfo, a la gloria del martirio. Tan persuadidos estaban de que la oración es el medio más poderoso para atraer sobre nosotros los auxilios del cielo, que durante todo su martirio no cesaron de orar. Vemos que San Agustín, después de su conversión, se retiró durante largo tiempo a un pequeño desierto, para pedir a Dios la gracia de perseverar en sus buenos propósitos. Y siendo obispo, pasaba buena parte de sus noches en oración. San Vicente Ferrer, que tantas almas llevó al buen camino, decía que nada es tan poderoso como la oración para convertir a los pecadores, y que la oración es semejante a un dardo que atraviesa el corazón del pecador.

Bien podemos decir que la oración lo hace todo: ella es la que nos da a conocer nuestros deberes, ella la que nos pone de manifiesto el estado miserable de nuestra alma después del pecado, ella la que nos procura las disposiciones necesarias para recibir los sacramentos; ella la que nos hace comprender cuán poca cosa sean la vida y los bienes de este mundo, lo cual nos lleva a no aficionarnos demasiado a lo terreno; ella, por fin, es la que imprime vivamente en el espíritu el saludable temor de la muerte, del juicio del infierno y de la pérdida del cielo. Si tuviésemos el acierto de orar siempre bien, pronto seríamos unos santos penitentes. Vemos que San Hugo obispo de Grenoble, nunca se cansaba de rezar el Padre nuestro. Se le dijo que aquello podía contribuir a aumentar su dolencia; respondió: «Al contrario, esto causa alivio».

Hemos dicho que la tercera condición que debe reunir la oración para ser agradable a Dios, es la perseverancia. Vemos muchas veces que el Señor no nos concede en seguida lo que pedimos; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa, sino una prueba que nos dispone a recibir más abundante lo que pedimos. Ved a San Agustín implorando por espacio de cinco años la gracia de su conversión. Ved a Santa María Egipcíaca ocupándose durante diecinueve años en pedir a Dios que la librase de recaer en las torpezas pasadas. ¿Qué hicieron, pues, los santos? Perseveraron constantemente en sus peticiones y, por su constancia, obtuviere siempre lo que pedían a Dios. Y nosotros, aunque llenos de pecados, si Dios no nos otorga al momento lo que le pedimos, pensamos que no quiere concedérnoslo, y dejamos en seguida la oración. No es ésta la conducta que observaron los santos respecto al particular: ellos se consideraron siempre indignos de ser escuchados favorablemente por Dios, creyendo que, si Él accedía a sus ruegos, era a impulsos de su misericordia, mas no en vista de sus méritos. Digo, pues, que al orar aunque Dios parezca no escuchar nuestras oraciones, nunca hemos de abandonarlas, sino continuar con gran constancia. Si Dios no nos concede lo que pedimos será para otorgarnos otra gracia más provechosa para nosotros que la que pedimos. Un ejemplo de la manera como debemos insistir en nuestras oraciones, nos lo ofrece aquella mujer cananea que se acercó a Jesucristo para implorar la curación de su hija. Ved su humildad, su perseverancia, etc... Citaré también otro ejemplo admirable de lo que puede la oración. Leemos en la historia de los Padres del desierto que, habiendo los católicos de una ciudad vecina ido a encontrar a un santo cuya fama estaba muy extendida por aquellos países, a fin de pedirle que los acompañase para ver de confundir a cierto hereje cuyos discursos seducían a mucha gente, aquel santo se puso a discutir con el desgraciado, sin poderle convencer de que no llevaba razón y de que era un desgraciado que parecía sólo haber nacido para perder las almas; viendo que, con sus, sofismas y rodeos, continuaba en la pretensión de hacer creer a los demás que la razón estaba de su parte, el santo le dijo: «Desgraciado, el reino de Dios no consiste en palabras, sino en obras; vamos los dos al cementerio, junto con toda esta gente, que servirán de testigos; invocaremos ambos a Dios ante el primer muerto que hallemos, y nuestras obras darán razón de nuestra fe». El hereje quedó corrido ante aquella proposición, sin atreverse a acudir al reto; mas propuso al santo aguardar al día siguiente, a lo cual éste accedió. El día señalado, el pueblo, afanoso de ver en qué pararía aquello, se dirigió en masa al cementerio, Esperaron todos allí hasta las tres de la tarde; mas en aquella hora el santo tuvo noticia de que su adversario había huido por la noche y tomado el camino de Egipto. Entonces San Macario, que así se llamaba el santo, se llevó al cementerio a todo aquel gentío que estaba esperando el resultado de la controversia, procurando sobre todo que estuviesen presentes aquellos a quienes el desgraciado hereje había seducido. Se paró ante una tumba, y en presencia de todos los que le rodeaban, se arrodilló, oro unos momentos y, dirigiéndose al cadáver que de años estaba enterrado en aquel lugar, habló así: «¡Oh hombre!, escúchame: si aquel hereje hubiese venido aquí conmigo, y delante de él hubiese yo invocado en nombre de Jesucristo mi Salvador, ¿no te habrías levantado para dar testimonio de la verdad de mi fe? A estas palabras, el muerto se levantó y, en presencia de todos, dijo que lo hubiera hecho al momento tal como lo hacía entonces. San Macario le dijo: «¿Quién eres?, ¿en qué edad del mundo viviste?, ¿tuviste conocimiento de Jesucristo?» El muerto resucitado respondió que había vivido en tiempo de los mas antiguos reyes; pero que nunca había oído pronunciar el nombre de Jesucristo. Entonces, viendo San Macario que todo el mundo estaba ya plenamente convencido de que aquel desgraciado hereje era un falsario, dijo al muerto: «Duerme en paz hasta la resurrección general». Y todo el mundo se retiró alabando a Dios, que de una manera tan elocuente había hecho conocer la verdad de nuestra santa religión. San Macario retornó a su desierto para continuar las penitencias a que se entregaba (Vida de los Padres del desierto, t. II, San Macario de Egipto.).

¿Veis la eficacia de la oración cuando ella se hace con las debidas condiciones? ¿No convendréis conmigo en que, si no alcanzamos lo que pedimos a Dios, es porque no oramos con fe, con el corazón bastante puro, con una confianza bastante grande, o porque no perseveramos en la oración cual debiéramos? Jamás Dios ha denegado ni denegará nada a los que le piden sus gracias debidamente. La oración es el gran recurso que nos queda para salir del pecado, perseverar en la gracia, ver el corazón de Dios y atraer sobre nosotros toda suerte de bendiciones del cielo, ya para el alma, ya por lo que hace a nuestras necesidades temporales.

De aquí concluyo que, si continuamos en pecado, si no nos convertirnos, si nos inquietamos tanto por las penas que Dios nos envía, es porque no oramos u oramos defectuosamente. Sin la oración no podemos frecuentar dignamente los sacramentos, sin la oración no conoceremos nunca el estado a que Dios nos llama; sin la oración no podremos librarnos del infierno, sin la oración jamás participaremos de las delicias que podemos disfrutar amando a Dios; sin la oración todas las cruces que nos sobrevengan quedan sin mérito. ¡De qué goces disfrutaríamos si supiésemos orar debidamente! No oremos, pues, nunca, sin considerar primero atentamente a quién hablamos y lo qué queremos pedir a Dios. Oremos sobre todo, con humildad y confianza, y con ello tendremos la dicha de alcanzar cuanto deseemos, siempre que nuestras peticiones se conformen con el espíritu de Dios. Esto es lo que os deseo...

San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)

domingo, 28 de abril de 2024

Sermón del Santo Cura de Ars sobre las lágrimas de Jesucristo

 



Videns Iesus civitatem, flevit super illam.
 Jesús, al ver la ciudad, lloró sobre ella.
 (S. Lucas, XIX, 41) 

Al entrar Jesucristo en la ciudad de Jerusalén, lloró sobre ella, diciendo: «Si conocieses, al menos, las gracias que vengo a ofrecerte y quisieses aprovecharte de ellas, podrías recibir aún el perdón; más no, tu ceguera ha llegado a un tal exceso, que todas éstas gracias sólo van a servirte para endurecerte y precipitar tu desgracia; has asesinado a los profetas y dado muerte a los hijos de Dios; ahora vas a poner el colmo en aquellos crímenes dando muerte al mismo Hijo de Dios». Ved lo que hacia derramar tan abundantes lágrimas a Jesucristo al acercarse a la ciudad. En medio de aquellas abominaciones, presentía la perdida de muchas almas incomparablemente más culpables que los judíos, ya que iban a ser mucho más favorecidas que ellos lo fueron en cuanto a gracias espirituales. Lo que más vivamente le conmovió fue que, a pesar de los méritos de su pasión y muerte, con los cuales se podrían rescatar mil mundos mucho mayores que el que habitamos, la mayor parte de los hombres iban a perderse. Jesús veía ya de antemano a todos los que en los siglos venideros despreciarían sus gracias, o sólo se servirían de ellas para su desdicha. ¿Quién, de los que aspiran a conservar su alma digna del cielo, no temblara al considerar esto? ¿Seremos por ventura del número de aquellos infelices? ¿Se refería a nosotros Jesucristo, cuando dijo llorando: si mi muerte y mi sangre no sirven para vuestra salvación, a lo menos ellas encenderán la ira de mi Padre, que caerá sobre vosotros por toda una eternidad?. ¡Un Dios vendido!... ¡Un alma reprobada!... ¡Un cielo rechazado!... ¿Será posible que nos mostremos insensibles a tanta desdicha ?... ¿Será posible que, a pesar de cuanto ha hecho Jesucristo para salvar nuestras almas, nos mostremos nosotros tan indiferentes ante el peligro de perderlas?... Para sacaros de una tal insensibilidad, voy a mostraros: I.° Lo que sea un alma; II.° Lo que ella cuesta a Jesucristo; y III:° Lo que hace el demonio para perderla. 

I.-Si acertáramos a conocer el valor de nuestra alma, ¿con qué cuidado la conservaríamos? ¡Jamás lo comprenderemos bastante! Querer mostraros el gran valor de un alma, es imposible a un mortal; sólo Dios conoce todas las bellezas y perfecciones con que ha adornado a un alma. Únicamente os diré que todo cuanto ha creado Dios: el cielo, la tierra y todo lo que contienen, todas esas maravillas han sido creadas para el alma. El catecismo nos da la mejor prueba posible de la grandeza de nuestra alma. Cuando preguntamos a un niño: ¿que quiere decir que el alma humana ha sido creada a imagen de Dios? Esto significa, responde el niño, que el alma, cómo Dios, tiene la facultad de conocer, amar, y determinarse libremente en todas sus acciones. Ved aquí el mayor elogio de las cualidades con que Dios ha hermoseado nuestra alma, creada por las tres Personas de la. Santísima Trinidad, a su imagen y semejanza. Un espíritu, como Dios, eterno en lo futuro, capaz, en cuanto es posible a una criatura, de conocer todas las bellezas y perfecciones de Dios; un alma que es objeto de las complacencias de las tres divinas Personas; un alma que puede glorificar a Dios en todas sus acciones; un alma, cuya ocupación toda será cantar las alabanzas de Dios durante la eternidad; un alma que aparecerá radiante con la felicidad; que del mismo Dios procede; un alma cuyas acciones son tan libres que puede dar su amistad o su amor a quién le plazca; puede amar a Dios o dejar de amarle; más, si tiene la dicha de dirigir su amor hacia Dios, ya no es ella quién obedece a Dios, sino el mismo Dios quién parece complacerse en hacer la voluntad de aquella alma (Ps. CXLIV, 19.). Y hasta podríamos afirmar que, desde el principio del mundo, no hallaremos una sola alma que, habiéndose entregado a Dios sin reserva, Dios le haya denegado nada de lo que ella deseaba. Vemos que Dios nos ha creado infundiéndonos unos deseos tales, que, de lo terreno, nada hay capaz de satisfacerlos. Ofreced a un alma todas las riquezas y todos los tesoros del mundo; y aún no quedará contenta; habiéndola creado Dios para sí, sólo Él es capaz de llenar sus insaciables deseos. Sí, nuestra alma puede amar a Dios, y ello constituye la mayor de todas las dichas. Amándole, tenemos todos los bienes y placeres que podamos desear en la tierra y en el cielo (Ps. LXXII, 25.). Además, podemos servirle, es decir, glorificarle en cada uno de los actos de nuestra vida. No hay nada, por insignificante que sea, en que no quede Dios glorificado, si lo hacemos con objeto de agradarle. Nuestra ocupación, mientras estamos en la tierra, en nada difiere de la de los Ángeles que están en el cielo: la sola diferencia esta en que nosotros vemos todos los bienes divinos solamente con los ojos de la fe. 

Es tan noble nuestra alma, desde su nacimiento esta dotada de tan bellas cualidades, que Dios no la ha querido confiar más que a un príncipe de la corte celestial. Nuestra alma es tan preciosa a los ojos del mismo Dios, que, a pesar de toda su sabiduría, no halló el Señor otro alimento digno de ella que su adorable Cuerpo, del cual quiere hacer su pan cotidiano; ni otra bebida digna de ella que la Sangre preciosa de Jesús. Tenemos un alma a la cual Dios ama tanto, nos dice San Ambrosio, que, aunque fuese sola en el mundo, Dios no habría creído hacer demasiado muriendo por ella; y aún cuando Dios, al crearla, no hubiese hecho también el cielo, habría creado un cielo para ella sola, cómo manifestó un día a Santa Teresa. «Me eres tan agradable, le dijo Jesucristo, que, aunque no existiese el cielo, crearía uno para ti sola». «¡Oh, cuerpo mío, exclama San Bernardo, cuan dichoso eres al albergar un alma adornada con tan bellas cualidades! ¡Todo un Dios, con ser infinito, hace de ella el objeto de todas sus complacencias!» Si, nuestra alma esta destinada a pasar su eternidad en el mismo seno de Dios. Digámoslo de una vez: nuestra alma es algo tan grande, que sólo Dios la excede. Un día Dios permitió a Santa Catalina ver un alma. La Santa la hallo tan hermosa que prorrumpió en estas exclamaciones: «Dios mío, si la fe no me enseñase que existe un sólo Dios, pensaría que es una divinidad, ya no me extraña, Dios mío, ya no me admira que hayáis muerto por un alma tan bella!». 

Si, nuestra alma en el porvenir será eterna como el mismo Dios. No vayamos más lejos, uno se pierde en este abismo de grandeza. Atendiendo únicamente a esto, os invito a pensar si deberemos admirarnos de que Dios, perfecto conocedor de su muerte, llorase tan amargamente la perdida de un alma. Y podéis considerar también cual habrá de ser nuestra diligencia por conservar todas sus bellezas. Es tan sensible Dios a la pérdida de un alma, que la lloro antes que tuviese ojos para derramar lágrimas; se valió de los ojos de sus profetas para llorar la perdida de nuestras almas. Bien manifiesto lo hallamos en el profeta Amos. «Habiéndome retirado a la oscuridad, nos dice, considerando la espantosa multitud de crímenes que el pueblo de Dios cometía cada día, viendo que la cólera de Dios estaba a punto de caer sobre él y que el infierno abría sus fauces para tragárselo, los congregue a todos, y temblando de pavor, les dije, en medio de amargas lágrimas: ¡Hijos míos!, ¿sabéis en que me ocupo noche y día? ¡Ay!, me estoy representando vivamente vuestros pecados, en medio de la mayor amargura de mi corazón. Si por fuerza..., rendido por la fatiga, llego a adormecerme, al punto vuelvo a despertar sobresaltado, exclamando, con los ojos bañados en lágrimas y el corazón partido de dolor: Dios mío, Dios mío, ¿habrá en Israel algunas almas que no os ofendan. Cuando esta triste y deplorable idea llena mi imaginación, expreso al Señor mis sentimientos, y gimiendo amargamente en su Santa presencia, le digo: ¡Dios mío!, que medio hallare para obtener el perdón de ese pueblo infeliz? Oíd lo que me ha contestado el Señor: Profeta, si quieres alcanzar el perdón de ese pueblo ingrato, ve, corre por las calles y las plazas; haz resonar en ellas los más amargos llantos y gemidos; entra en las tiendas de los comerciantes y artesanos; llégate hasta los lugares donde se administra justicia; sube a la cámara de los grandes y entra en el gabinete de los jueces; di a todos cuántos hallares dentro y fuera de la ciudad: «¡Infelices de vosotros !, ¡infelices de vosotros, que pecasteis contra el Señor!». Aún no hay bastante con esto; buscaras el auxilio de cuántos sean capaces de llorar, para que unan sus lágrimas a las tuyas, sean vuestros gritos y gemidos tan espantosos que llenen de consternación los corazones de los que os oigan, para que así abandonen el pecado y lo lloren hasta la sepultura, y con esto comprendan cuanto me duele la perdida de sus almas». 

El profeta Jeremías, va aún más lejos. Para mostrarnos cuan sensible sea a Dios la perdida de un alma, ved lo que nos habla en un momento en que se halla arrebatado por el espíritu del Señor: «¡Dios mío!; Dios mío!, ¿que va a ser de mi?, me habéis encargado la vigilancia de un pueblo rebelde, de una nación ingrata, que no quiere escucharos, ni someterse a vuestros preceptos; ¡ay!, ¿que haré?, ¿que partido tomaré? Ved lo que me ha contestado el Señor: «Para manifestarles cuan sensiblemente conmovido me hallo por la perdida de sus almas, toma tus cabellos, arráncalos de la cabeza, arrójalos lejos de ti, por haberme, el pecado de ese pueblo forzado a abandonarle, por haber entrado ya mi furor en el interior de sus almas». Cuando la cólera del Señor esta inflamada por el pecado que anida en nuestro corazón, sobreviene entonces la peor y más terrible enfermedad. «Pero, Señor, le dijo el Profeta, ¿que podré hacer para desviar de vuestro pueblo las miradas de vuestra ira? -Toma un saco por vestido, dijo el Señor, cubre de ceniza tu cabeza, y llora sin cesar y tan copiosamente, que tu rostro quede bañado en lágrimas; llora amargamente, hasta que los pecados queden anegados en llanto» (Ier., VII, 29.) . ¿Veis cuan sensible sea a Dios la perdida de nuestras almas? Por lo dicho os podéis hacer cargo de la desventura que representa perder un alma a quién Dios ama tanto, cuando, no teniendo aún los ojos corpóreos para llorar su desgracia, pide prestados los de sus profetas. Nos dice el Señor por su profeta Joel.: «¡Llorad la pérdida de las almas, cómo un joven esposo llora la de su esposa, en quién veía cifrada toda su dicha y todo su consuelo!» (Joel, 1, 8.). 

Nos dice San Bernardo que hay tres cosas capaces de hacernos llorar; más sólo una es capaz de hacer meritorias nuestras lágrimas, a saber, llorar nuestros pecados o los de nuestros hermanos; todo lo demás son lágrimas profanas, criminales, o a lo menos, infructuosas. Llorar la pérdida de un pleito injusto, o la muerte de un hijo: lágrimas inútiles. Llorar por vernos privados de un placer carnal: lágrimas criminales. Llorar por causa de una larga enfermedad: lágrimas infructuosas e inútiles. Pero llorar la muerte espiritual del alma, el alejamiento de Dios, la perdida del cielo: «¡Oh, lágrimas preciosas, nos dice aquel gran Santo, mas cuán raras sois!, ¿Por qué esto, sino porque no sentís la magnitud de vuestra desgracia, para el tiempo y para la eternidad? 

¡Ay! es el temor de aquella pérdida lo que ha despoblado el mundo para llenar los desiertos y los monasterios de tantos cristianos penitentes; los tales comprendieron mucho mejor que nosotros que, al perder el alma, todo está perdido, y que ella debía de ser muy preciosa cuando el mismo Dios hacía de la misma tanta estima. Sí, los santos aceptaron tantos sufrimientos, a fin de conservar su alma digna del cielo. La historia nos ofrece de ello innumerables ejemplos; voy a recordar aquí uno; si no tenemos el valor de imitarlo, a lo menos podremos bendecir Dios admirándolo. 

Vemos en la vida de San Juan Calybita (Vida de los Padres del desierto, t. IX, p. 279), hijo de Constantinopla, que este Santo desde su infancia comenzó a comprender la nada de las cosas humanas y a sentir el gusto de la soledad. Un religioso de un monasterio vecino de paso en Constantinopla para ir como peregrino a Jerusalén, se alojó en casa de los padres de aquel santo niño, los cuales reciban siempre con gran placer a los peregrinos. El niño le preguntó qué clase de vida se llevaba en su monasterio. Al narrarle la vida santa y penitente de los religiosos, el gozo de que allí disfrutaban, apartados del mundo para mantener comercio sólo con Dios, recibió tan grata impresión y concibió tan fuerte deseo de dejar el mundo para ir a participar de aquella felicidad, que no le satisfizo ya jamás la compañía de los hombres. Dijo a sus padres que no pensasen en acomodarle en medio del mundo, puesto que Dios le llamaba para terminar sus días en el retiro. Sus padres procuraron hacerle cambiar de propósito; mas todo fue inútil; por toda herencia les pidió el libro de los Santos Evangelios, el cual retuvo y guardó como un gran tesoro. Para librarse de las insistentes solicitaciones de sus padres y para entregarse todo entero a Dios, abandonó su casa, y se fue a llamar a la puerta de un monasterio, donde pidió ser admitido. Sus padres le hicieron buscar por todas partes. Al ver que resultaban inútiles sus pesquisas, se abandonaron al más amargo llanto. El santo joven pasó seis años en aquel retiro practicando toda suerte de virtudes y entregándose a las penitencias que el amor de Dios le inspiraba. Pasado algún tiempo se le ocurrió la idea de ir a ver a sus padres, esperando que Dios le concedería la misma gracia que a San Alejo, quien estuvo veinte años en su casa sin que nadie le conociese. En cuanto hubo salido del monasterio, halló a un pobre, con el cual trocó su hábito, a fin de evitar toda posibilidad de ser reconocido; por otra parte, sus grandes austeridades y una grave enfermedad que había sufrido, le habían desfigurado por completo. Cuando, a lo lejos, divisó la casa de sus padres, cayó de hinojos pidiendo a Dios que no le abandonase en su empresa. Llegó de noche, y hallando cerrada la puerta, pasó toda la noche junto a ella. Al día siguiente los criados le encontraron allí y, compadeciéndose de su miseria, le permitieron entrar en una pequeña habitación para que permaneciese en ella. Sólo Dios sabe lo que hubo de sufrir viendo a sus padres, los cuales a todas horas pasaban delante de él, llorando amargamente la pérdida del hijo que constituía todo su consuelo. Su padre, que era muy caritativo, le enviaba frecuentemente algo con que alimentarse. Mas a su madre no podía acercársele sin que su corazón se resistiese, tanta era la repugnancia que aquel pobre le inspiraba. A no ser la caridad que la llevaba a vencer aquella repugnancia, le habría echado de su casa. Siempre sumida en la mayor tristeza, siempre derramando amargas lágrimas, y todo ello delante de aquel que no podía permanecer insensible a lo que constituía el mayor tormento de su madre… 

El Santo pasó tres años en aquella morada, dedicado únicamente a la oración y al ayuno que observaba con gran rigor; continuamente las lágrimas bañaban su rostro. Cuando Dios le dio a entender que había llegado su fin, rogó al mayordomo de la casa que hiciese de manera que la señora fuese a verle, pues tenía vivos deseos de hablar con ella. Al recibir el recado, por más que estuviese acostumbrada a visitar enfermos, se mostró bastante contrariada; le daba tanta repugnancia visitar a éste, que tuvo que hacerse grande violencia para llegar hasta la puerta de la habitación donde se albergaba el pobre. El moribundo le agradeció vivamente los cuidados que había tomado por un miserable desconocido, y le aseguró que rogaría mucho a Dios por ella, a fin de que le recompensase cuanto había hecho en su favor. Le suplicó, además, que cuidase de su sepultura. Después que ella se lo hubo así prometido, le hizo presente del libro de los Santos Evangelios, el cual estaba muy bien encuadernado. Quedó ella muy sorprendida al ver que un pobre poseía un libro tan bien encuadernado; entonces se acordó del que en otro tiempo había dado al hijo cuya pérdida le costara tantas lágrimas. Aquel recuerdo renovó su dolor, y la hizo llorar muy afligida. Aquellos suspiros y lágrimas llamaron la atención del padre, el cual acudió allí para conocer la causa, y habiendo examinado con alguna detención el libro, reconoció ser el mismo que había entregado a su hijo. Entonces preguntó al moribundo qué había sido de su hijo. El santo, a quien sólo le quedaba un soplo de vida, le respondió suspirando y con lágrimas en los ojos: “Este libro es el que me disteis hace diez años; yo soy el hijo a quien tanto habéis buscado y por quien habéis derramado tantas lágrimas”. A estas palabras, quedaron todos estupefactos, al ver que desde tanto tiempo tenían junto a sí al que tan lejos habían buscado; la emoción que experimentaron era para quitarles la vida. Pero en el mismo momento en que le estrechaban amorosamente en sus brazos, levantó sus manos y sus ojos al cielo y entregó a Dios su hermosa alma, por la conservación de cuya inocencia hizo tantos sacrificios, tantas penitencias, y tantas lágrimas derramó… Ante este ejemplo, podemos muy bien decir: aquel cristiano tuvo la dicha de conocer la grandeza de su alma, y los cuidados que ella merecía. Aquí tenéis, un cristiano que glorificó a Dios en todos los actos de su vida; aquí tenéis un alma que ahora está radiante de gloria en el cielo, donde bendice a Dios por haberle hecho la gracia de vencer el mundo, la carne y la sangre. ¡Oh! ¡cuán dichosa es, aun a los ojos del mundo, una muerte semejante! 

II.-Hemos dicho, en segundo lugar, que, para conocer el precio de nuestra alma, no tenemos más que considerar lo que Jesucristo hizo por ella. ¿Quién de nosotros podrá jamás comprender cuánto ama Dios a nuestra alma, pues ha hecho por ella todo cuanto es posible a un Dios para procurar la felicidad de una criatura?: Para sentirse más obligado a amarla, la quiso crear a su imagen y semejanza; a fin de que, contemplándola, se contemplase a si mismo. Por eso vemos que da a nuestra alma los nombres más tiernos y más capaces de mostrar el amor hasta el exceso. La llama su hija, su hermana, su amada, su esposa, su única, su paloma (Cant., II, 10; IV, 9; V, 2, etc,). Más no está aun todo aquí: el amor se manifiesta mejor con actos que con palabras. Mirad su diligencia en bajar del cielo para tomar un cuerpo semejante al nuestro; desposándose con nuestra naturaleza, se ha desposado con todas nuestras miserias, excepto el pecado; o mejor, ha querido cargar sobre sí toda la justicia que su Padre pedía de nosotros. Mirad su anonadamiento en el misterio de la Encarnación; mirad su pobreza: por nosotros nace en un establo; contemplad las lágrimas que sobre aquellas pajas derrama, llorando de antemano nuestros pecados; mirad la sangre que sale de sus venas bajo el cuchillo de la circuncisión; vedle huyendo a Egipto como un criminal; mirad su humildad, y su sumisión a sus padres; miradle en el jardín de los Olivos, gimiendo, orando y derramando lágrimas de sangre; miradle preso, atado y agarrotado, arrojado en tierra, maltratado con los pies y a palos por sus propios hijos; contempladle atado a la columna, cubierto de sangre; su pobre cuerpo ha recibido tantos golpes, la sangre corre con tanta abundancia, que sus verdugos quedan cubiertos de ella; mirad la corona de espinas que atraviesa su santa y sagrada cabeza; miradle con la cruz a cuestas caminando hacia la montaña del Calvario: cada paso, una caída; miradle clavado en la cruz, sobre la cual se ha tendido Él mismo, sin que de su boca salga la menor palabra de queja. ¡Mirad las lágrimas de amor, que derrama en su agonía, mezclándose con su sangre adorable! ¡Es verdaderamente un amor digno de un Dios todo amor! ¡Con ello nos muestra toda la estima en que tiene a nuestra alma! ¿Bastará todo esto para que comprendamos lo que ella vale, y los cuidados que por ella hemos de tener? 

Si una vez en la vida tuviésemos la suerte de penetrarnos bien de la belleza y del valor de nuestra alma, ¿no estaríamos dispuestos, cómo Jesús a sufrir todos los sacrificios por conservarla? ¡Cuan hermosa, cuan preciosa es un alma a los ojos del mismo Dios! ¿Cómo es posible que la tengamos en tan poca estima y la tratemos más duramente que al más vil de los animales? ¿Que ha de pensar el alma conocedora de su belleza y de sus altas cualidades, al verse arrastrada a las torpezas del pecado? ¡Cuando la arrastramos por el fango de los más sucios deleites, sintamos el horror que de sí misma debe concebir un alma que no ve sobre ella otro ser que al mismo Dios! ... Dios mío, ¿es posible que hagamos tan poco caso de una tal belleza? 

Mirad en qué viene a convertirse un alma que tiene la desgracia de caer en pecado. Cuando esta en gracia de Dios la tomábamos por una divinidad; más ¡cuando esta en pecado!... El Señor permitió un día a un profeta ver un alma en estado de pecado, y nos dice que parecía el cadáver corrompido de una bestia, después de haber sido arrastrado ocho días por las calles y expuesto a los rigores del sol. Ahora sí que podemos decir con el profeta Jeremías: «Ha caído la gran Babilonia, y se ha convertido en guarida de demonios» (Apoc., XVIII, 2; Ier., 11, 8.). ¡Cuan bella es un alma cuando tiene la dicha de estar en gracia de Dios! Si, ¡solamente Dios puede conocer todo su precio y todo su valor!

Ved también cómo Dios ha instituido una religión para hacerla feliz en este mundo, mientras llega la hora de darle mayor felicidad en la otra vida. ¿Por que ha instituido los sacramentos?. ¿No es, por ventura, para curarla cuando tiene la desgracia de contagiarse con las miasmas del pecado, o bien para fortalecerla en las luchas que debe sostener? ¡Mirad a cuántos ultrajes se ha expuesto Jesús por ella! ¡Cuan a menudo son violados sus preceptor! ¡Cuántas veces son profanados sus sacramentos, cuántos sacrilegios se cometen al recibirlos! Pero no importa; aún conociendo Jesús todos los insultos que debía recibir, por el amor de las almas no pudo contenerse... mejor dicho, Jesucristo amó y ama tanto a nuestra alma, que, si preciso fuera morir segunda vez, gustosa lo haría. Ved cuan diligente se muestra en acudir en nuestro auxilio cuando estamos agobiados por la pena o por la tristeza; mirad los cuidados que se toma en favor de los que le aman; mirad la multitud de santos a quienes Él alimentó milagrosamente. ¡Ah!, si llegásemos a comprender lo que es un alma, lo mucho que Dios la ama, y cuan abundantemente la recompensara durante toda la eternidad, nos portaríamos cómo se portaron los santos: ni las riquezas, ni los placeres, ni la muerte misma serian capaces de hacérnosla vender al demonio. Mirad toda la multitud de mártires, cuántos tormentos arrostraron para no perderla; vedlos subir a los cadalsos y entregarse en manos de los verdugos con una alegría increíble. 

Tenemos de ello un admirable ejemplo en la persona de Santa Cristina, virgen y mártir. Esta Santa ilustre era natural de la Toscana. Su padre, que era gobernador, fue su propio verdugo. El motivo de su enojo fue el haber su hija hecho desaparecer todos los ídolos que él adoraba en su propia casa; la joven los hizo añicos para vender el metal y, de su producto, repartir limosnas a los pobres cristianos. Este acto enfureció de tal manera a su padre, que al momento la entrego en manos de los verdugos, los cuales, obedeciendo las ordenes que les dio, la azotaron barbadamente y la atormentaron con crueldad nunca vista. Su pobre cuerpo estaba cubierto de sangre. El padre ordenó que con unos garfios de hierro le desgarrasen sus carnes. Los verdugos llegaron a tanto que dejaron al descubierto muchos huesos de su cuerpo; más el vivo dolor que experimento, lejos de abatir su valor y turbar la paz de su alma, le dio fuerzas para arrancar, sin vacilar, su propia carne y ofrecerla a su padre por si quería comerla. Un gesto tan sorprenderte, en vez de conmover el corazón de aquel padre tan bárbaro, sólo sirvió para encolerizarle más: entonces la hizo encerrar en una cárcel horrorosa, cargada de hierros y cadenas; la lleno de dicterios y maldiciones, y le anuncio que se le preparaban nuevos tormentos; más aquella joven santa, que no contaba más de diez años, no se conturbó. Algunos días después, el padre la hizo salir de la prisión y mando atarla a una rueda algo elevada sobre el suelo, la cual fue rociada de aceite por todos sus lados; y debajo de la misma mando el tirano encender una gran hoguera, a fin de que, al dar vueltas la rueda, el cuerpo de aquella inocente criatura sufriese a la vez doble suplicio. Pero un gran milagro impidió que se lograse el efecto: el fuego respetó la pureza de la virgen, no causando ningún daño al cuerpo; antes al contrario, el fuego se revolvía contra los idólatras, y abraso en sus llamas a un considerable número de ellos. Al ver el padre aquellos prodigios, le faltó poco para morir de despecho. No pudiendo aguantar aquella afrenta, y viéndose impotente para llevar a cabo la venganza que intentaba, condujo nuevamente a su hija a la cárcel; mas tampoco allí le faltó auxilio: un ángel bajó al calabozo para consolarla y curar todas sus llagas. El enviado de Dios le comunicó nuevas fuerzas. Habiendo llegado a conocimiento de aquel padre desnaturalizado este nuevo milagro, resolvió ordenar una última tentativa. Mandó al verdugo que atase una piedra al cuello de su hija, y la arrojase al lago. Más Dios, que supo preservarla de las llamas, la libró también de las aguas: el mismo Ángel que la había asistido en la prisión la acompaño sobre el agua y la condujo tranquilamente hasta la orilla, donde la encontraron tan sana como antes de arrojarla al lago. Viendo el padre que todo cuanto ordenaba para hacerla sufrir de nada le servía, murió de rabia. Dión, que fue su sucesor en el gobierno de la ciudad, le sucedió también en fiereza. Creyó deber suyo vengar la muerte de su antecesor, de la cual tenía a la hija por única causante. Inventó mil suertes de tormentos contra aquella virgen inocente; pero el más cruel fue obligarla a acostarse en una especie de cuna llena de aceite hirviendo mezclado con pez. Más la santa joven, a quién Dios se complacía en proteger para confusión de los tiranos, hizo que, con sólo la señal de la cruz, aquella materia perdiese su fuerza. Burlándose la niña, en cierta manera, del fracaso de sus verdugos, les dijo que la habían colocado en aquella cuna cual un niño acabado de bautizar. Aquellos aborrecibles ministros de Satán estaban llenos de indignación al ver que una niña de diez años triunfaba de todos sus esfuerzos; en su furor, aquellos bárbaros infames, olvidando el respeto que debían al pudor y a la modestia de aquella virgen, le cortaron los cabellos; la desnudaron, y, en aquel deplorable estado, la arrastraron a un templo pagano para forzarla a ofrecer incienso al demonio mas, al entrar en el templo, el ídolo cayó hecho añicos, y el tirano quedó muerto de repente. La multitud de idólatras que presenció tan extraordinario hecho se convirtió casi en masa, llegando hasta tres mil los que abrazaron la fe cristiana. Entonces aquella santa niña pasó a manos de un tercer verdugo llamado Justino. Aquel tirano tomó también a pechos el vengar la muerte y el deshonor de su antecesor, agotando todo lo que su rabia pudo inspirarle para atormentar a la niña. Comenzó por mandar que fuese arrojada a un horno ardiendo, a fin de hacerla perecer abrasada; más Nuestro Señor, obrando un nuevo milagro, permitió que las llamas no la dañasen, y la virgen permaneció allí cinco días sin padecer en lo más mínimo. Entonces, viendo los hombres que su malicia resultaba impotente; recurrieron al demonio, valiéndose para ello de un mago que echó en la cárcel de la niña gran número de horribles serpientes, pensando que no escaparía a la fuerza del veneno de aquellas bestias; pero aquel diabólico manejo, sólo sirvió para poner de relieve la gloria de la virgen, que triunfó de los animales, como antes triunfara de la rabia de los hombres. Le fue cortada la lengua, mas aun así se expresaba mejor, y cantaba con mayores fuerzas las alabanzas al Dios que adoraba. Finalmente, no sabiendo a que tormento recurrir, mandó al verdugo atarla a un poste en donde su cuerpo fue agujereado a flechazos, hasta que su alma salió del cuerpo para ir a gozar de la presencia de Dios, recompensa que tan bien había sabido merecer. Decidme, ¿comprendía aquella niña la excelencia y valor de su alma? ¿Estaba penetrada de lo que debía hacer por conservarla, a costa de sus bienes, de sus gustos y de su misma vida? ¡Ah!, una vez comprendido lo que vale nuestra alma, la estimación en que Dios la tiene, ¿podremos dejarla perecer cual hacemos ahora? No, no debe ya admirarnos que Jesucristo haya derramado tantas lágrimas por la pérdida de nuestra alma. 

Pero, pensareis vosotros, ¿sobre que cosas lloró, pues, Jesucristo?. Lloró sobre nuestro orgullo, al ver que sólo nos preocupamos de los honores y de la estimación del mundo, en vez de anonadarnos considerando las grandes humillaciones a que Dios se sometió para nuestro encumbramiento: lloró sobre nuestros odios y venganzas, que contrastan con la manera cómo obró, al morir por sus enemigos; lloró sobre nuestro infame vicio de la impureza, al ver la deshonra que produce este pecado en el alma, sumiéndola en el más inmundo e infecto lodazal. Jesús lloró sobre todos nuestros pecados, Él quería salvarnos y hacernos felices a todos, Él no quería que almas tan hermosas, criaturas suyas, se perdiesen ni quedasen sumidas en la deshonra y reducidas a la esclavitud del demonio, estando dotadas de tan bellas cualidades, y destinadas a tan excelsa felicidad. 

III.-Nos dice San Agustín (Serm. CCX, in Quadrag. VI, cap. IV.): «¿Queréis saber lo que vale vuestra alma?. Id, preguntádselo al demonio, el os lo dirá. El demonio tiene en tanto a nuestra alma, que, aunque viviésemos cuatro mil años, si después de esos cuatro mil años de tentaciones nos ganase, tendría por muy bien empleado su trabajo». Aquel santo varón que de una manera tan particular había sufrido las tentaciones del demonio, nos dice que nuestra vida es una tentación continuada. El mismo demonio, dijo un día por boca de un poseso que, en tanto hubiese un sólo hombre sobre la tierra, él estaría allí para tentarle. Puesto que, decía, no puedo soportar que los cristianos, después de tantos pecados, puedan aun esperar el cielo que yo perdí de una sola vez, sin poder reconquistarlo jamás. 

Pero ¡ay!, sí, lo podemos experimentar en nosotros mismos el hecho de que en casi todos nuestros actos nos hallamos tentados, ya de orgullo, ya de vanidad, ya pensando en la opinión que los demás formarán de nosotros, ya concibiendo celos, odios, deseo de venganza... otras veces el demonio se nos acerca para presentarnos las imágenes más inmundas e impuras. Mirad cómo al orar, agita nuestro espíritu llevándolo de una parte a otra... Y aún más, desde Adán hasta nosotros, no hallareis santo alguno que de una u otra manera no haya sido tentado; y los más grandes santos fueron precisamente los que experimentaron mayores tentaciones. El mismo Jesucristo quiso ser tentado, para darnos a entender que también nosotros lo seríamos: es necesario, pues, atenernos a ello. Si me preguntáis cual es la causa de nuestras tentaciones, os responderé que es la hermosura y el valor de nuestra alma, a la cual el demonio aprecia y apetece tanto, que se conformaría con sufrir dos infiernos, si fuese preciso, con tal de poderla arrastrar a compartir sus penas. Jamás, pues, dejemos de permanecer en guardia, por temor de que, en el momento menos pensado, el demonio nos engañe. Cuéntanos San Francisco que un día el Señor le hizo ver la manera cómo el demonio tentaba a sus religiosos, sobre todo contra la virtud de la pureza. Vio una multitud de demonios que se entretenían arrojando flechas contra aquellos religiosos; unas retornaban violentamente contra los mismos demonios que las arrojaran: entonces estos huían dando tremendos alaridos; otras, al dar contra aquellos a quienes iban dirigidas, caían a sus pies sin causarles daño alguno; otras penetraban enteras y los atravesaban de parte a parte. Para rechazar las tentaciones; nos dice San Antonio, hemos de servirnos de las mismas armas: así, cuando nos tienta con el orgullo, debemos al momento humillarnos y rebajarnos ante Dios; si quiere tentarnos contra la santa virtud de la pureza, debemos esforzarnos en mortificar el cuerpo y los sentidos, vigilándonos con más diligencia que nunca. Si quiere tentarnos por medio del fastidio en la hora de la oración, deberemos redoblar esta y poner atención más diligente; y cuanto más el demonio nos induzca a dejar las oraciones de costumbre, mayor número de ellas habremos de rezar. 

Las tentaciones más temibles son aquellas de las cuales no nos damos cuenta. Refiere San Gregorio que había un religioso que durante algún tiempo fue muy bueno; un día concibió el deseo de salir del monasterio y volver al mundo, diciendo que el Señor le quería fuera de aquel monasterio. El superior le dijo: «Amigo mío, esto es el demonio que se enoja de que logréis salvar el alma; combatid contra él». No dándose el otro por convencido, el superior le dio permiso para marcharse; pero, al salir del monasterio, el santo se puso de rodillas para pedir a Dios que hiciese conocer al pobre religioso que todo aquello no eran sino asechanzas del demonio empeñado en perderle. Apenas puso el pie en el umbral de la puerta para salir, un espantoso dragón se le echo encima. «¡Socorro, hermanos míos, exclamo, que viene un gran dragón a devorarme!». Los religiosos, al oír aquel ruido, acudieron a ver que sucedía, y hallaron al religioso tendido en tierra casi muerto; le condujeron al monasterio, y entonces el infeliz reconoció verdaderamente que todo aquello eran sólo tentaciones del demonio que moría de rabia al ver que su superior había rogado por él y le impedía ganar aquella alma. ¡Ay!, ¡cuánto hemos de temer que no lleguemos a conocer nuestras tentaciones!. Y si no se lo pedimos a Dios, nunca las conoceremos. 

¿Que hemos de sacar de todo esto, si no es que nuestra alma es algo muy grande a los ojos del demonio, toda vez que esta tan atento a no dejar perder ocasión de tentarnos, a fin de perdernos y arrastrarnos a compartir su desgracia? Mas si, por una parte, hemos visto como nuestra alma es algo grande, cuanto la ama Dios, cuanto padeció para salvarla, los bienes que le prepara en la otra vida ; y por otra parte, hemos visto todas las astucias y lazos que el demonio nos tiende para perderla, ¿que habremos de pensar de todo esto?. ¿Que estima haremos de nuestra alma? ¿Que precauciones tomaremos por ella?. ¿Hemos pensado siquiera una vez en su excelencia y en los cuidados que respecto a ella debemos tener? 

¿Que hacemos de esa alma que tanto ha costado a Jesucristo? ¡Que es cómo si la tuviésemos únicamente para hacerla desgraciada y causarle sufrimientos!... La consideramos menos estimable que los más viles animales; a las bestias que tenemos en la cuadra, les damos de comer; cuidamos muy bien de cerrar las puertas a fin de que los ladrones no nos las roben; cuando están enfermas, acudimos pronto en busca del veterinario para que las cure; a veces hasta nos sentimos conmovidos viéndolas sufrir. Y esto ¿lo hacemos por nuestra alma? ¿Nos preocupamos de alimentarla con la gracia, o mediante la frecuencia de sacramentos? ¿Cuidamos de cerrar las puertas para que los ladrones no nos la roben? ¡Ay!, confesémoslo para nuestra vergüenza, la dejamos perecer de miseria; dejamos que nuestros enemigos, que son las pasiones, la desgarren; dejamos abiertas todas las puertas; llega el demonio del orgullo, y le permitimos entrar para asesinar y devorar a la pobre alma; llega el de la impureza, y también entra, para ensuciarla y corromperla. «Pobre alma, nos dice San Agustín, en muy poca estima eres tenida. El orgulloso te vende por un pensamiento de soberbia, el avaro por un pedazo de tierra, el beodo por un vaso de vino, el vengativo por un pensamiento de venganza!». 

Realmente, ¿dónde están nuestras oraciones hechas, nuestras comuniones devotas, nuestras misas santamente oídas, nuestra resignación y conformidad con la voluntad de Dios en las penas, nuestra caridad con los enemigos? ¿Será posible que hagamos tan poco caso de un alma tan bella, a la cual Dios amó más que a si mismo, pues murió por salvarla? ¡Ay!, amamos al mundo y sus placeres; en cambio, todo cuando se refiere a la gloria de Dios o a la salvación del alma, nos enoja y nos fastidia y llegamos hasta a quejarnos cuando nos vemos forzados a ejecutarlo. ¡Cual será nuestro remordimiento otro día! ... En apariencia, parece que el mundo nos proporciona algún placer, pero nos equivocamos. Escuchad lo que nos dice San Juan Crisóstomo, y veréis cómo es más feliz el que se preocupa de salvarse, que el que sólo corre en busca de los placeres y deja abandonada su pobre alma. «Mientras dormía, nos dice este gran Santo, tuve un sueño muy singular, el cual, al despertarme, me ofreció muchos motivos de reflexión y meditación delante de Dios. En aquel sueño, vi un paraje delicioso, un valle agradable, en el cual la naturaleza había reunido todas las bellezas, todas las riquezas y todos los placeres capaces de complacer a un mortal. Lo que más me admiró, fue ver en medio de aquel valle de delicias a un hombre con el semblante triste, el rostro alterado y el espíritu preocupado; por su talante se adivinaba la turbación y la emoción de su alma: unas veces permanecía inmóvil; mirando fijamente al suelo, otras andaba a grandes pasos, con aire extraviado; otras se paraba repentinamente, exhalando profundos suspiros; sumiéndose en honda melancolía, rayana en la desesperación. Contemplando todo aquello atentamente, vi que aquel valle de delicias terminaba en un espantoso precipicio, en una sima inmensa hacia donde parecía verse aquel hombre arrastrado por una fuerza extraña. A pesar de tantas delicias, aquel hombre se mostraba agitado, pues, a la vista de aquellos abismos, le era imposible disfrutar un sólo momento de paz y de alegría. Más, dirigiendo mi vista hacia lo lejos, vi otro lugar de aspecto totalmente distinto del valle que os he descrito: era un valle sombrío y oscuro, formado por abruptas montañas y estériles desiertos; la sequedad mas desoladora dominaba enteramente en aquellos parajes; nada de vegetación ni de frondosidad, sólo zarzas y espinas; todo inspiraba tristeza, desolación, horror. Pero fue grande mi sorpresa cuando divisé en aquel valle a un hombre pálido, enjuto, extenuado, y sin embargo, con el rostro sereno, el aspecto tranquilo y el aire satisfecho; a pesar de la apariencia exterior no muy gallarda, todo hacía adivinar que se trataba de un hombre que disfrutaba de la paz del alma; pero, mirando aún más a lo lejos, vi, al extremo de aquel valle de miserias y de aquel horroroso desierto, un sitio delicioso, un agradable rincón donde se descubría toda suerte de bellezas. El hombre contemplaba sin cesar aquel extremo sin perderlo jamás de vista, andaba con decisión, sin detenerse ante los estorbos de las zarzas y espinas que a veces llegaban a herir sus carnes; las llagas parecían avivar sus fuerzas. Admirado al ver todo aquello, pregunté por qué causa el uno estaba tan triste en un lugar de placeres y el otro tan tranquilo en una mansión de miserias. Entonces oí una voz que dijo: «Estos dos hombres son, respectivamente, la imagen de aquellos que están enteramente entregados al mundo, y de los que se consagran sinceramente al servicio de Dios. El mundo, me dijo aquella voz, ofrece desde el primer momento a sus seguidores la riqueza y el placer, a lo menos en apariencia: los incautos se entregan a ellos inconsiderablemente; pero pronto han de reconocer que no hallaron lo que pensaban. Lo más triste y desalentador es que al final se encuentran indefectiblemente con un abismo donde van a precipitarse cuántos andan por aquella senda en apariencia tan agradable. El otro, continuó la voz, experimenta en si mismo todo lo contrario: y es que, en el servicio de Dios, háyanse ante todo pruebas y penalidades, debe habitarse en un valle de lágrimas; hay que mortificarse, hacerse violencia, privarse de las dulzuras de la vida, pasar los días en grande apretura. Pero el espíritu se anima ante la vista y la esperanza de un porvenir enteramente feliz; dura es la vida del hombre que mora en aquel valle triste, más el pensamiento de la felicidad que le aguarda le consuela y le sostiene en todas sus luchas. Todo es consolador para el, y su alma comienza ya a gustar de los bienes prometidos que le esperan y de los cuales pronto gozará eternamente». 

¿Podemos hallar una comparación más exacta y natural para comprender la diferencia entre los que durante su vida sólo procuran servir a Dios y salvar su alma y los que dejan de lado a su Dios y a su alma, para correr tras los placeres, que conducen, sin dejarnos gozar de nada consolador y perfecto, a un precipicio que no es otro que el abismo infernal? (Prov., XIV, 12, 13.). ¡Dichoso el que seguirá aquel camino donde hay algunas penas, de poca duración, pero que al fin nos conduce a un lugar tan dichoso cual es aquel donde se goza de la posesión de Dios!. 


San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars) 

domingo, 20 de agosto de 2023

Sermón del Santo Cura de Ars sobre la Humildad

 


Aquel que se exalta, será humillado,
y aquel que se humilla será exaltado.
(S. Lucas XVIII, 14)


¿Podía manifestarnos de una manera más evidente, nuestro divino Salvador, la necesidad de humillarnos, esto, es de formar bajo concepto de nosotros mismos, ya en nuestras acciones, como condición indispensable para ir a cantar las divinas alabanzas por toda una eternidad? - Hallándose un día en compañía de otras personas y viendo que algunos se alababan del bien por ellos obrado y despreciaban a los demás, Jesucristo les propuso esta parábola, la cual tiene todas las apariencias de una verdadera historia. “Dos hombres, dijo, subieron al templo a orar; uno de ellos era fariseo, y el otro publicano. El fariseo permanecía en pie, y hablaba a Dios de esta manera: “Os doy gracias, Dios mío, por que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano: ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de cuanto poseo”. Tal era su oración, nos dice San Agustín (Serm. CXV, cap.2, in illud Lucae). Bien veis que ella no es más que una afectación llena de su orgullo y vanidad; el fariseo no viene para orar ante Dios, ni para darle gracias; sino para alabarse a sí propio y aun para insultar a aquel que realmente ora. El publicano, por el contrario, apartado del altar, sin atreverse ni siquiera a elevar al cielo su mirada, golpeaba su pecho diciendo: “Dios mío, tened piedad de mí, que soy un miserable pecador”. –“Habéis de saber, añade Jesucristo, que éste regresó justificado a su casa, mas no el otro”. Al publicano le fueron perdonados sus pecados, mientras que el fariseo, con todas sus pretendidas virtudes, volvió a su casa más criminal que antes. Y la razón de ello es ésta: la humildad del publicano, aunque pecador, fue más agradable a Dios que todas las buenas obras del fariseo, mezcladas de orgullo. Y Jesucristo saca de aquí la consecuencia de que “el que quiera exaltarse será humillado, y el que se humille será exaltado”. Desengañémonos, hijos míos, esta es la regla; la ley es general, nuestro divino Maestro es quien la ha publicado. “Aunque remontes tu cabeza hasta el cielo, de allí te arrojaré” (Jer. XLIX, 16), dice el Señor. Sí, hijos míos, el único camino que conduce a la exaltación provechosa para la otra vida, es la humildad (Gloriam praccedit humilitas. Prov. XV, 33). Sin esta bella y preciosa virtud de la humildad, no entraréis en el cielo; será como si os faltase el bautismo. De aquí podéis ya colegir, la obligación que tenemos de humillarnos, y los motivos que a ello deben impulsarnos. Voy pues ahora, a mostraros:
1.º Que la humildad es una virtud absolutamente necesaria para que nuestras acciones sean agradables a Dios y premiadas en la otra vida; 2.º Tenemos grandes motivos para practicarla, sea mirando a Dios, sea mirando a nosotros mismos.

I–Antes de haceros comprender, hijos míos, la necesidad de esta hermosa virtud, para nosotros tan necesaria como el Bautismo después del pecado original; tan necesaria digo yo, como el sacramento de la Penitencia después del pecado mortal, debo primero exponeros en qué consiste una tal virtud, que tanto mérito atribuye a nuestras buenas obras, y que tan pródigamente enriquece nuestros actos. San Bernardo, aquel gran santo que de una manera tan extraordinaria la practicó, que abandonó las riquezas, los placeres, los parientes y los amigos para ir a pasar su vida en las selvas, entre las bestias fieras, a fin de llorar allí sus pecados, nos dice que la humildad es una virtud por la cual nos conocemos a nosotros mismos y, mediante esto, nos sentimos llevados a despreciar nuestra propia persona y a no hallar placer en ninguna alabanza que de nosotros se haga (De gradibus humilitatis et superbiae, cap.I).

Digo: 1º. que esta virtud nos es absolutamente necesaria, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo; puesto que el mismo Jesucristo nos dice que tan imposible nos es salvarnos sin la humildad como sin el Bautismo. Dice San Agustín: “Si me preguntáis cuál es la primera virtud de un cristiano, os responderé que es la humildad; si me preguntáis cuál es la segunda, os contestaré que es la humildad; si volvéis a preguntarme cuál es la tercera, os contestaré aún que es la humildad; y cuantas veces me hagáis esta pregunta, os haré la misma respuesta” (Epist.CXVIII ad dioscorum, cap. III, 22).

Si el orgullo engendra todos los pecados (Initium omnis paccati est superbia. Eccli. X, 15), podemos también decir que la humildad engendra todas las virtudes (Véase Rodríguez. Tratado de la humildad, cap. III). Con la humildad tendréis todo cuando os hace falta para agradar a Dios y salvar vuestra alma; mas sin ella, aun poseyendo todas las demás virtudes, será cual si no tuvieseis nada. Leemos en el santo Evangelio (Matth. XIX, 13) que algunas madres presentaban sus hijos a Jesucristo para que les diese su bendición. Los apóstoles las hacían retirar, mas Nuestro Señor desaprobó aquella conducta, diciendo: “Dejad que los niños vengan a Mí; pues de ellos y de los que se les asemejan, es el reino de los cielos”. Los abrazaba y les daba su santa bendición. ¿A qué viene esa buena acogida del divino Salvador? Porque los niños son sencillos, humildes y sin malicia. Asimismo, H. M., si queremos ser bien recibidos de Jesucristo, es preciso que nos mostremos sencillos y humildes en todos nuestros actos. “Esta hermosa virtud, dice San Bernardo, fue la causa de que el Padre Eterno mirase a la Santísima Virgen con complacencia; y si la virginidad atrajo las miradas divinas, su humildad fue la causa de que concibiese en su seno al Hijo de Dios. Si la Santísima Virgen es la Reina de las Vírgenes, es también la Reina de los humildes” (Hom. Iª super Missus est, 5). Preguntaba un día Santa Teresa al Señor por qué en otro tiempo, el Espíritu Santo se comunicaba con tanta facilidad a los personajes del Antiguo Testamento, patriarcas o profetas, declarándoles sus secretos, cosa que no hace al presente. El Señor le respondió que ello era porque aquéllos eran más sencillos y humildes, mientras que en la actualidad los hombres tienen el corazón doble y están llenos de orgullo y vanidad. Dios no comunica con ellos ni los ama como amaba a aquellos buenos patriarcas y profetas, tan simples y humildes.

Nos dice San Agustín: “Si os humilláis profundamente, si reconocéis vuestra nada y vuestra falta de méritos, Dios os dará gracias en abundancia; mas, si queréis exaltaros y teneros en algo, se alejará de vosotros y os abandonará en vuestra pobreza”.

Nuestro Señor Jesucristo, para darnos a entender que la humildad es la más bella y la más preciosa de todas las virtudes, comienza a enumerar las bienaventuranzas por la humildad, diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos”. Nos dice San Agustín que esos pobres de espíritu son aquellos que tienen la humildad por herencia (Serm. LIII. In illud Matth. Beati pauperes spiritu). Dijo a Dios el profeta Isaías: “Señor, ¿sobre quiénes desciende el Espíritu Santo? Acaso sobre aquellos que gozan de gran reputación en el mundo o sobre los orgullosos? –No, dijo el Señor, sino sobre aquel que tiene un corazón humilde” (Is. LXVI, 2).

Esta virtud no solamente nos hace agradables a Dios, sino también a los hombres. Todo el mundo ama a una persona humilde, todos se deleitan en su compañía. ¿De dónde viene, en efecto, que por lo común los niños son amados de todos, sino de que son sencillos y humildes? La persona que es humilde cede siempre, no contraría jamás a nadie, no causa enfado a nadie, contentase de todo y busca siempre ocultarse a los ojos del mundo. Admirable ejemplo de esto nos lo ofrece San Hilarión. Refiera San Jerónimo que este gran Santo era solicitado de los emperadores, de los reyes y de los príncipes, y atraía hacia el desierto a las muchedumbres por el olor de su santidad, por la fama y renombre de sus milagros; mas él se escondía y huía del mundo cuanto le era posible. Frecuentemente cambiaba de celda, a fin de vivir oculto y desconocido; lloraba continuamente a la vista de aquella multitud de religiosos y de gente que acudían a él para que les curase sus males. Echando de menos su pasada soledad, decía, llorando: “He vuelto otra vez al mundo, mi recompensa será sólo en esta vida, pues todos me miran ya como persona de consideración”. “Y nada tan admirable, nos dice San Jerónimo, como el hallarle tan humilde en medio de los muchos honores que se le tributaban. Habiendo corrido el rumor de que iba a retirarse a lo más hondo del desierto donde nadie pusiese verle, interpusieron se veinte mil hombres para atajarle el paso; mas el Santo les dijo que no tomaría alimento hasta que le dejasen libre. Persistieron ellos durante siete días, pero, viendo que no comía nada… Huyó entonces a lo más apartado del desierto, donde se entregó a todo cuanto el amor de Dios pudo inspirarle. Sólo entonces creyó que comenzaba a servir a Dios” (Vida de los Padres del desierto, t. V, p. 191-194) Decidme, ¿es esto humildad y desprecio de sí mismo? ¡Ay! ¡cuán raras son estas virtudes! ¡mas también cuánto escasean los santos! En la misma medida que se aborrece a un orgulloso, se aprecia a un humilde, puesto que éste toma siempre para sí el último lugar, respeta a todo el mundo, y ama también a todos; esta es la causa de que sea tan buscada la compañía de las personas que están adornadas de tan bellas cualidades.

2.º Digo que la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes (Cogitas magnam fabricam construere cessitudinis? De fundamento Prius cogita humilitatis. S. Agust. Serm. in Matth. Cap. XI). Quien desee servir a Dios y salvar su alma, debe comenzar por practicar esta virtud en toda su extensión. Sin ella nuestra devoción será como un montón de paja que habremos levantado muy voluminoso, pero al primer embate de los vientos queda derribado y deshecho. Sí, H. M., el demonio teme muy poco esas devociones que no están fundadas en la humildad, pues sabe muy bien que podrá echarlas al traste cuando le plazca. Lo cual vemos aconteció a aquel solitario que llegó hasta a caminar sobre carbones encendidos sin quemarse; pero, falto de humildad, al poco tiempo cayó en los más deplorables excesos (Vida de los Padres del desierto, t. Iº pág. 256). Si no tenéis humildad, podéis decir que no tenéis nada, a la primera tentación seréis derribados. Se refiere en la vida de San Antonio (ibid. Pág.52) que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía pre parados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido, que su cuerpo temblaba cual la hoja de un árbol, y dirigiéndose a Dios, le dijo: “¡Ay! Señor, ¿quién podrá escapar de tantos lazos?” Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan resistir a las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga la ocasión. Mas a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas”. Al verse tentado San Antonio, no hacía otra cosa que humillarse profundamente ante Dios, diciendo: “¡Ay, Señor, bien sabéis que no soy más que un miserable pecador!” Y al momento el demonio emprendía la fuga.

Cuando nos sintamos tentados, mantengámonos escondidos bajo el velo de la humildad y veremos cuán escasa sea la fuerza que el demonio tiene sobre nosotros. Leemos en la vida de San Macario que, habiendo un día salido de su celda en busca de hojas de palma, se le apareció el demonio con espantoso furor, amenazando herirle; mas viendo que le era imposible porque Dios no le había dado poder para ellos, exclamó: “¡Oh Macario, cuánto me haces sufrir! No tengo facultad para maltratarte, aunque cumpla más perfectamente que tú lo que tú practicas: pues tú ayunas algunos días, y yo no como nunca; tú pasas algunas noches en vela, yo no duermo nunca. Sólo hay una cosa en la cual ciertamente me aventajas”. San Macario le preguntó cuál era aquella cosa. –“Es la humildad”. El Santo se postro, la faz en tierra, pidió a Dios no le dejase sucumbir a la tentación, y al momento el demonio emprendió la fuga (Vida de los Padre del desierto, t. II. p. 358. S. Macario de Egipto). ¡Oh! ¡Cuán agradables nos hace a Dios esta virtud, y cuán poderosa es para ahuyentar el demonio! ¡Pero también cuán rara! Lo cual claramente se ve con sólo considerar el escaso número de cristianos que resisten al demonio cuando son tentados.

Y para desengañaros, para ver que no la habéis poseído nunca, fijaos sólo en un detalle bien sencillo. No, no son todas las palabras, todas las manifestaciones de desprecio de sí mismo lo que nos prueba que tenemos humildad. Voy a citaros ahora un ejemplo, el cual os probará lo poco que valen las palabras. Hallamos en la “Vida de los Padres del desierto” que, habiendo venido un solitario a visitar a San Serapio (ibid. p. 417), no quiso acompañarle en sus oraciones, porque, decía, he cometido tantos pecados que soy indigno de ello, ni me atrevo a respirar aquí donde vos estáis. Permanecería sentado en el suelo por no atreverse a ocupar el mismo asiento que San Serapio. Este Santo, siguiendo la costumbre entonces muy común, quiso lavarle los pies, y aún fue mayor la resistencia del solitario. Veis aquí una humildad que, según los humanos juicios tiene todas las apariencias de sincera; mas ahora vais también a ver en qué paró. San Serapio se limitó a decirle, a manera de aviso espiritual, que tal vez haría mejor permaneciendo en su soledad, trabajando para vivir, que no corriendo de celda en celda como un vagabundo. Ante este aviso, el solitario no supo ya disimular la falsedad de su virtud; se enojo en gran manera contra el Santo y se marchó. Al ver esto, le dijo aquél: “¡Ah! Hijo mío, ¡me decíais hace un momento que habíais cometido todos los crímenes imaginables, que no os atrevíais a rezar ni a comer conmigo, y ahora, por una sencilla advertencia que nada tiene de ofensiva, os dejáis llevar del enojo! Vamos, hijo mío, vuestra virtud y todas las buenas obras que practicáis, están desprovistas de la mejor de las cualidades, que es la humildad”.

Por este ejemplo podéis ver cuán rara es la verdadera humildad. ¡Ay! Cuánto abundan los que, mientras se los alaba, se los lisonjea, o a lo menos, se les manifiesta estimación, son todo fuego en sus prácticas de piedad, lo darían todo, se despojarían de todo; mas una leve reprensión, un gesto de indiferencia, llena de amargura su corazón, los atormenta, les arranca lágrimas de sus ojos, los pone de mal humor, los induce a mil juicios temerarios, pensando que son tratados injustamente, que no es este el trato que se da a los demás. ¡Ay! ¡Cuan rara es esta hermosa virtud entre los cristianos de nuestros días! ¡Cuántas virtudes tienen sólo la apariencia de tales, y a la primera prueba se vienen abajo!

Pero ¿en qué consiste la humildad? Vedlo aquí: ante todo os diré que hay dos clases de humildad, la interior y la exterior. La exterior consiste: 1.º en no alabarse del éxito de alguna acción por nosotros practicada, en no relatarla al primero que nos quiera oír; en no divulgar nuestros golpes audaces, los viajes que hicimos, nuestras mañas o habilidades, ni lo que de nosotros se dice favorable; 2.º, en ocultar el bien que podemos haber hecho, como son las limosnas, las oraciones, las penitencias, los favores hechos al prójimo, las gracias interiores de Dios recibidas; 3.º, en no complacernos en las alabanzas que se nos dirigen; para lo cual deberemos procurar cambiar de conversación, y bien deberemos dar a entender que el hablar de ello nos disgusta, o marcharnos, si nos es posible. 4. º Nunca deberemos hablar ni bien ni mal de nosotros mismos. Muchos tienen por costumbre hablar mal de sí mismos, para que se los alabe: esto es una falsa humildad a la que podemos llamar humildad con anzuelo. No habléis nunca de vosotros, contentaos con pensar que sois unos miserables, que es necesaria toda la caridad de un Dios para soportaros sobre la tierra. 5.º Nunca se debe disputar con los iguales; en todo cuanto no sea contrario a la conciencia, debemos siempre ceder; no hemos de figurarnos que nos asiste siempre el derecho; aunque lo tuviésemos, hemos de pensar al momento que también podríamos equivocarnos, como tantas veces ha sucedido; y, sobre todo, no hemos de tener la pertinacia de ser los últimos en hablar en la discusión, ya que ello revela un espíritu repleto de orgullo. 6.º Nunca hemos de mostrar tristeza cuando nos parece ser despreciados, ni tampoco ir a contar a los demás nuestras cuitas; esto daría a entender que estamos faltos de toda humildad, pues, de lo contrario, nunca nos sentiríamos bastante rebajados, ya que jamás se nos tratará cual nuestras culpas tienen merecido; lejos de entristecernos, debemos dar gracias a Dios, a semejanza del santo rey David, quien volvía bien por mal (Ps. VII, 5), pensando cuánto había él también despreciado a Dios con sus pecados. 7.º Debemos estar contentos al vernos despreciados, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, de quien se dijo que se “vería harto de oprobios” (Saturabitur opprobrris. Theren. III, 30), y el de los apóstoles, de quienes se ha escrito (Et illi quidem ibant gaudentes a conspectu concili, quoniam digni habiti sunt pro nomine Iesu contumcliam pati. Act. V, 41) “que experimentaban una grande alegría porque había sido hallados dignos de sufrir ignominia por amor de Jesucristo”; todo lo cual constituirá nuestra mayor dicha y nuestra más firme esperanza en la hora de la muerte. 8.º Cuando hemos cometido algo que pueda sernos echado en cara, no debemos excusar nuestra culpa; ni con rodeos, ni con mentiras, ni con el gesto debemos dar lugar a pensar que no lo cometimos nosotros. Aunque fuésemos acusados falsamente, mientras la gloria de Dios no sufra menoscabo, deberíamos callar. Ved lo que sucedió a aquella joven que fue conocida con el nombre de hermano Marín… ¡Ay! ¿Quién de nosotros se habría sometido a semejantes pruebas sin justificarse, cuando tan fácilmente podía hacerlo? 9. º Esta humildad consiste en practicar aquello que más nos desagrada, lo que los demás no quieren hacer, y en complacerse en vestir con sencillez.

En esto consiste, la humildad exterior. Más ¿en qué consiste la interior? Vedlo aquí. Consiste: 1. º, en sentir bajamente de sí mismo; en no aplaudirse jamás en lo íntimo de su corazón al ver coronadas por el éxito las acciones realizadas; en creerse siempre indigno e incapaz de toda buena obra, fundándose en las palabras del mismo Jesucristo cuando nos dice que sin El nada bueno podemos realizar (Ioan. XV, 5), pues ni tan sólo una palabra, como por ejemplo “Jesús”, podemos pronunciar sin el auxilio del Espíritu Santo (Nemo potest dicere, Dominus Iesus, nisi in Spiritu Sancto. I Cor. XII,3). 2.º Consiste en sentir satisfacción de que los demás conozcan nuestros defectos, a fin de tener ocasión de mantenernos en nuestra insignificancia; 3.º, en ver con gusto que los demás nos aventajen en riquezas, en talento, en virtud, o en cualquier otra cosa; en someternos a la voluntad o al juicio ajenos, siempre que ello no sea contra conciencia, Sí, la persona verdaderamente humilde debe semejar un muerto, que no se enoja por las injurias que se le infieren, ni se alegra de las alabanzas que se le tributan.

En esto consiste, poseer la humildad cristiana, la cual tan agradables nos hace a Dios y tan apreciables a los ojos del prójimo. Considerad ahora si la tenéis o no. Y si desgraciadamente no la poseéis, no os queda otro camino, para salvaros, que pedirla a Dios hasta obtenerla; ya que sin ella no entraríamos en el cielo. Leemos en la vida de San Elzear que, habiendo corrido el peligro de parecer engullido por el mar junto con todos los que se hallaban con él en el barco, pasado ya el peligro, Santa Delfina, su esposa, le preguntó si había tenido miedo. Y el Santo contestó: “Cuando me hallo en peligro semejante, me encomiendo a Dios junto con todos los que conmigo se hallan, y le pido que, si alguien debe morir, éste sea yo, como el más miserable y el más indigno de vivir” (V. Ribadeneyra, 27 septiembre, t. IX, p. 399). ¡Cuánta humildad!... San Bernardo estaba tan persuadido de su insignificancia, que, al entrar en una ciudad, se hincaba antes de hinojos, pidiendo a Dios que no castigase a la ciudad por causa de sus pecados; pues se creía capaz de atraer la maldición de Dios sobre aquel lugar (Se refiere lo mismo de Santo Domingo). ¡Cuánta humildad! ¡Un Santo tan grande cuya vida era una cadena de milagros! (Ejemplo: Rodríguez, tomo IV, págs. 483 y 365. Nota del Santo).

Es preciso, que, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo, vayan todas ellas acompañadas de la humildad (Ejemplo de la emperatriz que fue arrastrada por sus criados. Nota del Santo). Al orar, ¿poseéis aquella humildad que os hace consideraros como miserables e indignos de estar en la santa presencia de Dios? ¡Ah! Si fuese así, no haríais vuestras oraciones vistiéndoos o trabajando. No, no la tenéis. Si fueseis humildes, ¡con qué reverencia, con qué modestia, con qué santo temor estaríais en la Santa Misa! ¡Ah! No, no se os vería reír, conversar, volver la cabeza, pasear vuestra mirada por el templo, dormir, orar sin devoción, sin amor de Dios. Lejos de hallar largas las ceremonias y funciones, os sabría mal el término de ellas, pensaríais en la grandeza de la misericordia de Dios al sufriros entre los fieles, cuando por vuestros pecados merecéis estar entre los réprobos. Si tuvieseis esta virtud, al pedir a Dios alguna gracia, haríais como la Cananea, que se postró de hinojos ante el Salvador, en presencia de todo el mundo (Matth. XV, 25); como Magdalena, que besó los pies de Jesús en medio de una numerosa reunión (Luc. VII, 38). Si fueseis humildes, haríais como aquella mujer que hacía doce años que padecía flujo de sangre y acudió con tanta humildad a postrarse a los pies del Salvador, a fin de conseguir tocar el extremo de su manto (Marc. V, 25). ¡Si tuvieseis la humildad de un San Pablo, quien, aun después de ser arrebatado hasta el tercer cielo (II Cor. XII, 2), sólo se tenía por un aborto del infierno, el último de los apóstoles, indigno del nombre que llevaba!... (I Cor. XV, 8-9). ¡Oh Dios mío! ¡Cuán hermosa, pero cuán rara es esta virtud!... Si tuvieseis esta virtud, al confesaros, ¡ah! ¡Cuán lejos andaríais de ocultar vuestros pecados, de referirlos como una historia de pasatiempo y, sobre todo, de relatar los pecados de los demás! ¡Ah! ¿cuál sería vuestro temor al ver la magnitud de vuestros pecados, los ultrajes inferidos a Dios, y al ver, por otro lado, la caridad que muestra al perdonaros? ¡Dios mío! ¿no moriríais de dolor y de agradecimiento?... Si, después de haberos confesado, tuvieseis aquella humildad de que habla San Juan Clímaco (La escala Santa, grado quinto), el cual nos cuenta que, yendo a visitar un cierto monasterio, vio allí a unos religiosos tan humildes, tan humillados y tan mortificados, y que sentían de tal manera el peso de sus pecados, que el rumor de sus gritos, y las preces que elevaban a Dios Nuestro Señor eran capaces de conmover a corazones tan duros como la piedra. Algunos había que estaban enteramente cubiertos de llagas, de las cuales manaba un hedor insoportable; y tenían tan poco atendido su cuerpo, que no les quedaba sino la piel adherida al hueso. El monasterio resonaba con gritos los más desgarradores. “¡Ah, desgraciados de nosotros miserables! ¡Sin faltar a la justicia, oh Señor, podéis precipitarnos en los infiernos!” Otros exclamaban: “¡Ah! Señor, perdonadnos si es que nuestras almas son aún capaces de perdón!” Tenían siempre ante sus ojos la imagen de la muerte, y se decían unos a otros: “¿qué será de nosotros después de haber tenido la desgracia de ofender a un Dios tan bueno? ¿Podremos todavía abrigar alguna esperanza para el día de las venganzas?” Otros pedían ser arrojados al río para ser comidos de las bestias. Al ver el superior a San Juan Clímaco, le dijo: “¡Ah! Padre mío, ¿habéis visto a nuestros soldados?” Nos dice San Juan Clímaco que no pudo allí hablar ni rezar: pues los gritos de aquellos penitentes, tan profundamente humillados, le arrancaban lágrimas y sollozos sin que en manera alguna pudiera contenerse. ¿De dónde proviene, que nosotros, siendo mucho más culpables, carezcamos enteramente de humildad? ¡Ay! ¡Porque no nos conocemos!

II.–Sí, al cristiano que bien se conozca todo debe inclinarle a ser humilde, y especialmente estas tres cosas, a saber: la consideración de las grandezas de Dios, el anonadamiento de Jesucristo, y nuestra propia miseria.

1.º ¿Quién podrá, contemplar la grandeza de un Dios, sin anonadarse en su presencia, pensando que con una sola palabra ha creado el cielo de la nada, y que una sola mirada suya podría aniquilarlo? ¡Un Dios tan grande, cuyo poder no tiene límites, un Dios lleno de toda suerte de perfecciones, un Dios de una eternidad sin fin, con la magnitud de su justicia, con su providencia que tan sabiamente lo gobierna todo y que con tanta diligencia provee a todas nuestras necesidades! ¡Oh Dios mío! ¿no deberíamos temer, con mucho mayor razón que San Martín, que la tierra se abriese bajo nuestros pies por ser indignos de vivir? Ante esta consideración, ¿no haríais como aquella gran penitente de la cual se habla en la vida de San Pafnucio? (Vida de los Padres del desierto t. Iº, p. 212. San Pafnucio y Santa Thais) Aquel buen anciano, dice el autor de su vida, quedó en extremo sorprendido, cuando, al conversar con aquella pecadora, la oyó hablar de Dios. El santo abad le dijo: “¿Ya sabes que hay un Dios?” –“Sí, dijo ella; y aun más, sé que hay un reino de los cielos para aquellos que viven según sus mandamientos, y un infierno donde serán arrojados los malvados para abrasarse allí”. –“Sí conoces todo esto, ¿cómo te expones a abrasarte en el infierno, causando la perdición de tantas almas?” Al oír estas palabras, la pecadora conoció que era un hombre enviado de Dios, se arrojó a sus pies y, deshaciéndose en lágrimas: “Padre mío, le dijo, imponedme la penitencia que queráis, y yo la cumpliré”. El anciano la encerró en una celda y le dijo: “Mujer tan criminal como tú has sido, no merece pronunciar el santo nombre de Dios; te limitarás a volverte hacia el oriente, y dirás por toda oración: ¡Oh Vos que me creasteis, tened piedad de mí!” Esta era toda su oración. Santa Thais pasó tres años haciendo esta oración, derramando lágrimas y exhalando amargos sollozos noche y día. ¡Oh Dios mío! ¡cuánto nos hace profundizar en el propio conocimiento la humildad!

2.º Decimos que el anonadamiento de Jesucristo debe humillarnos aún más y más. “Cuando contemplo, nos dice San Agustín, a un Dios que, desde su encarnación hasta la cruz, no hizo otra cosa que llevar una vida de humillaciones e ignominias, un Dios desconocido en la tierra, ¿habré yo de sentir temor de humillarme? Un Dios busca la humillación, ¿y yo, gusano de la tierra, querré ensalzarme?¡Dios mío! Dignaos destruir este orgullo que tanto nos aparta de Vos.”

Lo tercero, que debe conducirnos más que a la humildad, es nuestra propia mísera. No tenemos más que mirarla algo de cerca, y hallaremos una infinidad de motivos de humillación. Nos dice el profeta Miqueas (Esta cita no es del profeta Miqueas): “En nosotros mismos llevamos el principio y los motivos de nuestra humillación. ¿No sabemos por ventura, dice, que nuestro origen es la nada, que antes de venir a la vida transcurrieron una infinidad de siglos, y que, por nosotros mismos, nunca habríamos podido salir de aquel espantoso e impenetrable abismo? ¿Podemos ignorar que, aun después de ser creados, conservamos una vehemente inclinación hacia la nada, siendo preciso que la mano poderosa de Aquel que de ella nos sacó, nos impida volver al caos, y que, si Dios dejase de mirarnos y sostenernos, seríamos borrados de la faz de la tierra con la misma rapidez que una brizna de paja es arrastrada por una tempestad furiosa?” ¿Qué es, pues, el hombre para envanecerse de su nacimiento y de sus demás cualidades? “¡Ay!, nos dice el santo varón Job, ¿qué es lo que somos? Inmundicia antes de nacer, miseria al venir al mundo, infección cuando salimos de él. Nacemos de mujer, nos dice (Job, XIV, 1), y vivimos breve tiempo; durante nuestra vida, por corta que sea, mucho hemos de llorar, y la muerte no tarda en herirnos”. –“Tal es nuestra herencia, nos dice San Gregorio, Papa; juzgad, según esto, si tenemos lugar a ensalzarnos por nada del mundo; así es que quien temerariamente se atreve a creer que es algo, resulta ser un insensato que jamás se conoció a sí mismo, puesto que, conociéndonos tal cual somos, sólo horror podemos sentir de nosotros mismos”

Pero no son menos los motivos que tenemos de humillarnos en el orden de la gracia. Por grandes talentos y dones que poseamos, hemos de pensar que todos nos vienen de la mano del Señor, que los da a quien le place, y, por consiguiente, no nos podemos alabar de ellos. Un concilio ha declarado que el hombre, lejos de ser el autor de su salvación, sólo es capaz de perderse, ya que de sí mismo sólo tiene el pecado y la mentira, San Agustín nos dice que toda nuestra ciencia consiste en saber que nada somos, y que todo cuanto tenemos, de Dios lo hemos recibido.

Finalmente, digo que debemos humillarnos considerando la gloria y la felicidad que esperamos en la otra vida, pues, de nosotros mismos, somos incapaces de merecerla. Siendo Dios tan magnánimo al concedérnosla, no hemos de confiar sino en su misericordia y en los infinitos méritos de Jesucristo su Hijo. Como hijos de Adán, sólo merecemos el infierno. ¡OH! ¡cuán caritativo es Dios al permitirnos tener esperanza de tantos y tan grandes bienes, a nosotros que nada hicimos para merecerlos!

¿Qué hemos de concluir de todo esto? Vedlo aquí, hijos míos: todos los días hemos de pedir a Dios la humildad cuantas veces nos sea posible;… quedemos bien persuadidos de que no hay virtud más agradable a Dios que la humildad, y de que con ella obtendremos todas las demás. Por muchos que sean los pecados que pesen sobre nuestra conciencia, estemos seguros de que con la humildad, Dios nos perdonará. Sí, cobremos afición a esa virtud tan hermosa; ella será la que nos unirá con Dios, la que nos hará vivir en paz con el prójimo, la que aligerará nuestras cruces, la que mantendrá nuestra esperanza de ver otro día a Dios. El mismo nos lo dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues ellos verán a Dios!” (Matth. V, 3). Esto es lo que os deseo.

San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)