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jueves, 23 de noviembre de 2023

El Satanismo y los Juegos de Satán


Definición

Definir es propiamente limitar. La palabra satanismo empleada o insinuada por nosotros tantas veces desde las primeras páginas de este libro puede tener varios sentidos. Podemos en efecto considerar a Satán bajo el aspecto de amo o príncipe de este mundo. Es el nombre que Jesucristo le da en tres ocasiones en el Evangelio. Pero acabamos justamente de tratar este punto de vista. ¿En qué medida está presente Satán en el universo nuestro? Hemos dicho que esto varía según las razas, los países, las civilizaciones, los regímenes políticos. El vocablo satanismo puede también significar la imitación de Satán por el pecado, y hemos recordado la frase de Gregorio el Grande según la cual todos los que cometen pecado, durante el tiempo que obedecen al pecado, son miembros del "cuerpo místico” de Satán. No nos incumbe conocer la cantidad de hombres que viven en "estado de gracia", es decir, que están sustraídos, hic et nunc, a la influencia de Satán. Pero tenemos el derecho de suponer que es mucho mayor de lo que pensamos, sobre todo si admitimos que los pecadores no son frecuentemente más que hombres que han dado un paso en falso, o han sufrido una caída, pero que no desean por tan poco permanecer bajo el poder de Satán.

Por fin, la palabra satanismo puede significar el culto rendido a Satán, no por un pecado ocasional y muy rápidamente lamentado y reparado, sino por una adhesión formal y voluntaria.

 

Dos formas de satanismo

Pero aquí, distinguimos inmediatamente dos formas de satanismo, bastante diferentes una de la otra; está el satanismo de los que no creen en Satán, como no creen en Dios, y que por consecuencia no rinden culto, propiamente dicho, a Satán, aunque toda su vida se desarrolle de acuerdo con los principios y las sugerencias de Satán.

 Para esta primera forma de satanismo es exacto decir la frase tan frecuentemente repetida y de la cual hemos indicado los límites: "¡La mejor astucia de Satán es la de hacer creer que no existe!" Papini cita a este respecto las palabras del filósofo Alain, en 1921:

"El diablo ha sufrido la misma suerte que todas las apariciones . . . La misma guerra, por lo que yo he visto, no ha hecho revivir ni un ápice al diablo y sus cuerpos." (1)

Pero es completamente inútil detenernos en esta primera forma de satanismo. Es puramente negativa. Se encuentra, además, sin la menor mala intención, hasta en excelentes cristianos que no saben que están en oposición con la ortodoxia y con el Evangelio.

Lo que debemos estudiar es el satanismo bajo sus formas activas. Hablamos en plural porque parece que existieron en el transcurso de los siglos, y sin duda siguen hasta en nuestros tiempos, por lo menos dos formas muy distintas de satanismo activo: el satanismo-religión y el satanismo-magia.

 

El satanismo-religión

En cuanto reflexionamos sobre el asunto no podemos dejar de llegar a esta comprobación asombrosa: ¡La historia del satanismo-religión se confunde con la historia de las religiones!

Esta conclusión es tan enorme que requiere una explicación.

La historia de las religiones está muy adelantada actualmente en sus investigaciones. No habla mucho en general de Satán. Los demonios no tienen en ella más que un lugar muy restringido. El historiador de las religiones se dedica a describir objetivamente las creencias religiosas de los pueblos, a nombrar a los dioses, a indicar los atributos de cada una de las divinidades adoradas por tal o cual grupo humano. Expone los ritos mediante los cuales se honraba a los dioses. No llega en principio a un juicio de valor. No hace metafísica y menos teología cristiana.

Pero ¿podemos evitar aquí de recurrir a esta última? Puesto que hablamos de Satán y de su presencia en el mundo, ¿no debemos colocarnos en el punto de vista cristiano, el único punto de vista según el cual Satán está exactamente situado donde se halla, efectivamente, en el cuadro general de los seres?

 ¿Qué dice, pues, el Evangelio? ¿Qué han dicho los Padres de la Iglesia? ¿Qué enseña la teología cristiana con respecto al tema de las religiones paganas?

El Evangelio, y nunca podríamos insistir bastante sobre esto, da a Satán ese título increíble y sin embargo necesariamente cierto, puesto que es Jesús en persona quien se lo da: ¡Príncipe de este mundo! ¿Cómo semejante título puede pertenecer a Satán, si las divinidades paganas no son lisa y llanamente demonios?

Los Padres de la Iglesia lo han comprendido así, unánimemente. Para ellos no existe la menor duda sobre este punto. Los dioses paganos son demonios. Los oráculos paganos, los de Dodona o de Delfos, y los otros que son menos célebres, son oráculos demoníacos, manifestaciones de satanismo.

La teología cristiana ha adoptado, naturalmente, este punto de vista. La descripción histórica de los paganismos antiguos o modernos no es para nosotros una diversión del espíritu, una curiosidad literaria cualquiera, sino la comprobación deplorable de la dominación de Satán entre los hombres.

¿Cómo ha podido hacerse esta toma de posesión de las adoraciones y de las imploraciones humanas por Satán y sus demonios? Parece haberse hecho insensiblemente, por un deslizamiento inconsciente, por una especie de realismo rudimentario. Los historiadores de las religiones, en efecto, admiten, en general, que en todas las religiones, la existencia de un Dios supremo, de un Dios soberano, todopoderoso y todo bondad, está reconocida, pero que estas mismas religiones relegan casi siempre a este Dios a una lejanía, y reservan los homenajes a todo un mundo de divinidades inferiores, buenas o malas, que se saben subordinadas al Dios soberano, pero que se consideran más próximas a nosotros, más mezcladas a nuestro destino, más útiles, por consiguiente, para invocar o para conjurar.

Finalmente, en buen número de paganismos, son las fuerzas malhechoras las que se considera más urgente conciliar y a las cuales se ofrecen sacrificios rituales.

Este "realismo" rudimentario, esta manera de recurrir, en cierto modo, a lo más urgente, parece haber sido el origen de todas las mitologías paganas, de todos los ritos paganos, y de sus mezclas ulteriores en sincretismos prácticos de los cuales el Partenón de Agripa nos da un indicio.

Lo que es indudable es que a los ojos de los judíos, y mucho más aún de los cristianos, todas las divinidades no podían ser más que demonios. De ahí la lucha heroica de parte de los judíos en tiempos de los Macabeos, sobre todo, y de parte de los cristianos durante todo el período de las persecuciones sangrientas. De ahí esta especie de horror sagrado que los cristianos sentían frente a lo que ellos llamaban los "ídolos", es decir, los vanos simulacros del culto demoníaco pagano.

Desde el punto de vista que adoptamos aquí es, pues, evidente que la historia de las religiones (si ponemos a un lado la única religión verdadera, la de los Patriarcas, luego la de Moisés y por fin la religión cristiana) no es otra cosa que la historia del satanismo. Y es sólo así que podemos comprender la expresión: Príncipe de este mundo, atribuida por Cristo a Satán.

Cuando comparamos la exigüidad del culto del verdadero Dios, de Yahweh primero, luego del Verbo encarnado, a la inmensidad del dominio de los falsos dioses, nos vemos obligados a reconocer que si Jesús es el verdadero Rey, tuvo mucha razón en decir: "Mi reino no es de este mundo."

Y comprendemos así la insistencia con la cual, en las ceremonias del bautismo cristiano, se multiplicaban — y todavía se multiplican — los exorcismos para expulsar al demonio. Dichos exorcismos se encuentran en innumerables ocasiones en la liturgia católica. Cuando un sacerdote "hace" agua bendita, pronuncia sobre la sal que va a mezclar con ella las palabras siguientes:

"Te exorcizo, sal creada por el Dios viviente . . ., para que te conviertas en sal exorcizada para la salvación de los creyentes; para que seas, para las almas y los cuerpos de todos los que te usarán, un elemento de bienestar; para que de todo lugar donde hayas sido repartida sea alejada, echada, toda ilusión, toda malicia y toda emboscada del Demonio engañador, así como todo espíritu, inmundo, conjurado por Aquel que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, y al mundo por el fuego. «¡Así sea!»"

Luego dice, igualmente, sobre el agua que va a bendecir:

"Te exorcizo, agua creada en el nombre de Dios, Padre todopoderoso . . ., para que te conviertas en agua exorcizada que aleje toda potencia enemiga; para que también seas capaz de alejar y desarraigar al Enemigo mismo, con sus ángeles apóstatas, por la virtud misma de ese mismo Jesucristo, Nuestro Señor . . ."

Y además:

"Oh Dios, que para salvación del género humano has mezclado la substancia del agua a tus más grandes misterios, atiende en tu misericordia nuestra invocación para que esta criatura que es tuya reciba de la gracia divina el poder de alejar los demonios.  

Por fin, en el día de la bendición de las aguas, en la magnífica liturgia del Sábado Santo, se repite entre otras cosas:

"Ordena, Señor, que todo espíritu impuro se retire de aquí: aleja de este elemento toda la malicia y todos los artificios del demonio.

"Que la potencia enemiga no se mezcle con estas aguas; que no ronde alrededor de ellas y no se deslice en ellas secretamente; para infestarlas y corromperlas. Que esta criatura santa esté a cubierto de todo ataque del Enemigo, purificada por la expulsión de toda malicia.  

¿Quién puede dudar que en estas fórmulas la fe de la Iglesia esté afirmada con ostentación?

Pero dirán, ésas no son más que frases, residuos de antiguas creencias que no constituyen quizás a los ojos de los hombres de nuestra época más que supersticiones. A lo cual contestamos con hechos. En todos los casos de posesión que hemos relatado, todos los testimonios de los exorcistas y los testigos de sus intervenciones son categóricos: no es posible asperjar a un poseso o una posesa con agua bendita sin que el espíritu maligno que está en ellos acuse recibo del ataque que se le está haciendo: "¡Me quemas! ¡Me quemas!", grita. Hay, pues, en el agua bendita una virtud actuante que hace anular las secretas acciones demoníacas. Y esto nos conduce a otro aspecto del satanismo.

 

El satanismo-magia

Se admite corrientemente que siempre hubo también un satanismo-magia, paralelo al satanismo-religión que hemos indicado brevemente. A decir verdad, no han faltado especialistas de la historia de las religiones y los cultos, que no hayan pensado y enseñado que la magia había, inclusive, precedido a la religión, que había sido la primera forma de ella, que todas las religiones paganas derivaban de la magia. Pero esta opinión parece cada día más descartada y merece serlo. Es muy poco probable que los hombres hayan empezado por la magia para derivar luego hacia la religión propiamente dicha.

 ¿Qué es, en efecto, la magia, en oposición con la religión?

En la religión, el hombre se inclina delante de una potencia superior, la adora, le implora, reconoce su propia debilidad y su impotencia. Admite su subordinación. En los pueblos actualmente más "primitivos", es decir menos evolucionados, que han seguido, pensamos nosotros, más cerca de los orígenes, tales como los pigmeos, esta actitud hacia la divinidad está todavía en vigor. La religión es hasta más pura que en los pueblos más avanzados.

En la magia el hombre se vanagloria de un poder misterioso. Lejos de inclinarse ante la divinidad, cree poder dominarla, inventa y utiliza fórmulas mediante las cuales estima que puede poner a su servicio las fuerzas superiores a las cuales se dirige. La mentalidad del mago —o del brujo, ese hermano gemelo del mago es más rústico— es muy diferente del hombre religioso. ¿Cómo ha podido llegar un hombre a esa mentalidad? Es para nosotros un misterio. La magia es mucho más satanista, creemos nosotros, que la idolatría. En la idolatría, hay un alma de verdad. Se equivocan sobre la naturaleza del objeto que veneran, no sobre la necesidad de una subordinación o de una imploración. ¡No dirigen esos homenajes al verdadero Dios, pero no se equivocan al pensar que esos homenajes son merecidos por Alguien!

En la magia, hay una especie de sacrilegio, un orgullo de poderío verdaderamente satánico. El mago da las órdenes. Sabe que a los dioses les llegará su turno, que harán pagar caro su sumisión pasajera, pero está orgulloso de obligarlos, de hacerse obedecer por lo menos un día, de tener, mientras las cosas vuelven a lo justo, un poder que lo hace temible ante sus semejantes y le otorga ventajas inmediatas.

La magia, sin duda, procede del mismo realismo grosero que la idolatría. Se ha adorado a las divinidades inferiores, es decir a los falsos dioses, en detrimento del único Dios reconocido por los "primitivos", porque esas divinidades estaban más cerca, eran más útiles de invocar y de conciliar, pero algunos han llevado aún más lejos este realismo, han pasado de la religión a la magia, de la sumisión a una especie de pacto implícito que les daba el derecho de dar órdenes a la misma divinidad. El paso de la religión a la magia es una deformación, pero es más natural que el paso de la magia a la religión. Si los hombres hubieran empezado por la magia, no vemos cómo hubieran ido para atrás, en cierto modo, hacia la religión, al implorar a los representantes de fuerzas que creían sometidas a su poder.

He ahí pues dos clases de satanismo bien definidas: el satanismo-religión y el satanismo-magia. En el primero, Satán es el "Príncipe de este mundo", porque el mundo entero se Inclina ante sus altares y le ofrece sacrificios; en el segundo, Satán parece consentir en obedecer a ciertos hombres, cuando emplean ciertas fórmulas o realizan ciertos ritos, pero no pierde nada con ello porque sabe que la magia o la brujería es un pagaré contra los que la practican, de suerte que su dominación sobre ellos será finalmente todavía más completa y absoluta que sobre cualquiera de sus otros adoradores.

 

El satanismo de nuestros días

¿Qué queda en nuestra época de este satanismo secular? Todo el mundo comprenderá que es imposible contestar esta pregunta.

El satanismo-religión, tal cual lo hemos definido, está en vías de desaparecer rápidamente. Los altares de los falsos dioses son cada día menos numerosos en el mundo. Esto no significa que la posesión de Satán se extienda menos, puesto que lo hemos mostrado activo en inmensos imperios. Pero ha cambiado de táctica. Ha debido adaptarse a la evolución general de la humanidad, de la cual no es el amo absoluto, por más que desempeña en ella un importantísimo papel.

La forma más reciente del satanismo es el marxismo ateo. Es satánico por cuanto niega a Dios y al Diablo, por cuanto niega el alma, por cuanto sólo conoce la materia como asimismo la vida presente, y porque mutila al hombre segándolo de su destino de inmortalidad. Satán no tiene qué hacer con el amor de los hombres y de los mismos demonios. Él es el odio. Su triunfo es la expansión del odio. Hoy en día la forma de odio más eficaz, más generalizada, es el marxismo ateo. Odio de clase, odio entre razas, entre los pueblos, odio por todas partes, bajo el disfraz de una preocupación por el proletariado que es totalmente material, así es el marxismo. El satanismo-religión, de este modo, logra extenderse mucho más, es mucho más activo, mucho más pernicioso de lo que ha sido jamás. Sus mentiras son más enormes, sus negaciones más radicales, sus excitaciones más homicidas de cómo se las ha conocido hasta ahora.

Todo el mundo está de acuerdo en que el marxismo es verdaderamente una religión, en el sentido que moviliza en el corazón de todos sus adherentes la totalidad de las fuerzas de celo, abnegación, sacrificio, que se encuentran en las efusiones religiosas.

Pero esta religión no puede ser denominada sino satánica, puesto que se opone radical y furiosamente a la fe en Dios.

Con todo, el satanismo-religión subsiste todavía, en estado de idolatría, en los pueblos que parecen, por lo demás, abiertos como cosa natural a la invasión próxima del marxismo-ateo ¡sin que conozcan para nada a Karl Marx!

 

Satanismo propiamente dicho

Aparte de este satanismo-religión, que es, o ateísmo marxista o animismo anticuado, existe un satanismo refinado y malsano, mucho menos extendido, mucho más oculto y difícil de descubrir y que es  una adoración voluntaria y razonada de Lucifer. No pretendemos tener datos precisos sobre este satanismo en nuestros días. Todo cuanto podemos decir es que se trata del satanismo de los ritos sacrílegos, de las blasfemias conscientes, de las adoraciones monstruosas, de las "misas negras", por ejemplo, es decir de las profanaciones sistemáticas y calculadas que "parodian" los homenajes rendidos a Dios por los creyentes más esclarecidos y más sinceros, para rendirle a Lucifer otros semejantes.

Tendremos una idea del satanismo de esta clase, releyendo una nota publicada en el Satán de los Estudios carmelitanos (pág. 639).

"No podemos explayarnos — dice esta nota — sobre todos los satanistas o seudosatanistas de nuestros días. La prensa inglesa del 2 de diciembre de 1947, anunció la muerte de «Sir» Aléister Crowley, el personaje «más inmundo y más perverso de Gran Bretaña» como lo calificó «Mr. Justice»."

Interrogado sobre su identidad, Crowley respondió: "¡Antes que Hitler fuera, YO SOY/" — Se advertirá esta "payasada" de las palabras del Evangelio—. Antes de dejar este mundo, dicho brujo septuagenario maldijo a su médico que le rehusaba, con mucha razón, la morfina, porque él la distribuía entre los jóvenes: "Puesto que debo morir sin morfina por causa suya, usted morirá en seguida después de mí." Lo cual ocurrió. El Daily Express del 2 de abril de 1948, anunció que los funerales del mago negro Crowley habían provocado las protestas del Consejo Municipal de Brighton. El Consejero, señor J. C. Sherrot, dijo: "El informe afirma que sobre su tumba fue practicado todo un rito de magia negra." Sobre la tumba, efectivamente, sus discípulos habían entonado cantos diabólicos: el "Himno a Pan" del mismo Crowley, el "Himno a Satán" de Carducci y las Colectas para la "misa gnóstica" compuestas por Crowley para su templo satánico de Londres.

Igualmente la prensa inglesa el 30 de marzo de 1948, dedicó necrologías importantes al famoso metapsíquico Harry Price, especialista en demonología. En un informe ratificado por la Universidad de Londres, Price declaró: "En todas las zonas de Londres, centenares de hombres y mujeres, de excelente formación intelectual y de condición social elevada, adoran al Diablo y le rinden un culto permanente. La magia negra, la brujería, la evocación diabólica, estas tres formas de «supersticiones medievales» son practicadas hoy en Londres en una escala y con una libertad de movimiento desconocidas en la Edad Media." Price fue el fundador y secretario a perpetuidad del Consejo para Investigaciones Psiquiátricas, de la Universidad de Londres.

"A. Frank-Duquesne nos señala, también, entre las curiosidades «demoníacas» actuales, el informe del profesor Paul Kosok, de la Universidad de Long-Island, publicado en los Anales del Museo Norteamericano de Historia Natural, referente a una exploración realizada en el Perú, en 1946. Los exploradores descubrieron, sobre quinientos kilómetros de tierra arenosa y desértica, una doble serie de dibujos, representando unos los signos del zodíaco, otros los pájaros, plantas, y sobre todo, serpientes policéfalas. En el centro del dibujo de la Serpiente, se halla una fosa inmensa que contiene esqueletos de hombres y animales, visiblemente sacrificados. Se le calcula a todo este conjunto dos mil años de existencia."

Si hemos reproducido esta importante nota por entero, es sobre todo en razón de las dos primeras paráfrasis y de lo que ellas nos han revelado de los "círculos satánicos" muy frecuentados en Londres, dirigidos por "satanistas" notorios tales como Crowley y Price. Pero, con toda evidencia, esto no nos da más que una vislumbre muy tenue del satanismo-religión luciferiana de nuestros días. No es solamente cuestión de Londres. Es probable que encontraríamos grupos análogos en todas las grandes ciudades del mundo.

De hecho, se nos asegura que en París existen actualmente más de diez mil personas — hombres y mujeres — que rinden un culto religioso y regular a Satán. Pero está en la naturaleza de las religiones de esta clase huir de toda luz, revestir el carácter más oculto, y desafiar toda estadística.

Pero los satanistas de los cuales acabamos de hablar no son solamente los jefes del culto luciferiano, también son calificados de magos o de brujos, y esto nos lleva a un examen sumario de la brujería de nuestra época.

 

El satanismo-magia actual

Aparte de los grandes magos-luciferianos que acabamos de nombrar y de los que podemos sospechar como ejerciendo su acción solapada en nuestras sociedades modernas, existen además en nuestras campiñas, en cantidad imposible de determinar, pero que tal vez sea mayor de lo que pensamos, "brujos" rurales, cuyos libros de cabecera son Los secretos del Gran Alberto, Los secretos del Pequeño Alberto, El Dragón Rojo. Los dos primeros de estos libros ocultos han recibido — cosa curiosa — su nombre de la reputación de San Alberto el Grande a quien se le atribuía el conocimiento de todos los secretos de la naturaleza. Hacer pasar abominables fórmulas mágicas bajo el patrocinio de un santo venerado es un ardid bien diabólico. Pero sabemos que más de un brujo de nuestros días, ya lo hemos subrayado, abusa de imágenes piadosas para realizar su fructífero oficio de engañador de multitudes.

Es curioso observar que, en nuestros capítulos anteriores, dedicados a los exorcismos más recientes, hemos encontrado casos de posesión debidos a sortilegios de brujería. Si creemos a los demonios conminados a hablar por nuestros exorcistas, han sido obligados por algún brujo a entrar en tal o cual persona. Estos mismos brujos, por medio de sortilegios repetidos, les impedían ceder a las órdenes formales del exorcismo o los forzaban a volver dentro de la persona a quien las oraciones del Ritual habían liberado por un tiempo.

Todo esto, a decir verdad, permanece muy oscuro para nosotros. Pero los exorcistas más calificados son categóricos sobre este punto.

Ocurre a veces que los tribunales mismos tengan que echar un vistazo furtivo sobre estas prácticas supersticiosas como en el caso de esa pobre mujer que, hace muy poco, mató a su marido porque lo creía hechizado o hechicero.

Pero la justicia humana, evidentemente, no tiene fuerzas para luchar contra esta clase de atentados, porque escapan, en general, a los testimonios humanos y es imposible administrarles la prueba jurídica.

Lo que parece indudable es que existen hombres y tal vez mujeres, que creen, obedeciendo a libros de magia increíbles, ponerse en contacto con Satán, concertar un pacto con él y obtener a este precio poderes excepcionales que les permitan ejercer un oficio lucrativo. La brujería forma parte de lo que podemos llamar el lado nocturno de la vida humana. Siempre existieron, para emplear el vocabulario de San Juan, las tinieblas frente a la luz. La magia habita en las tinieblas. Se oculta, huye de las miradas, no ignora que causa en cualquier ser normal una repugnancia invencible. Pero está orgullosa de lo que cree saber y sobre todo ¡de lo que cree poder!

 

Los juegos de Satán

Aparte del satanismo-religión y del satanismo-magia, existen todavía los "juegos de Satán".

En un discurso ardiente y célebre, San Pedro Crisólogo dijo un día a sus diocesanos de Ravena: "¡El que haya jugado con el Diablo, no podrá reinar con Cristo:"

Hablaba a cristianos, pero a los cuales "el juego con el Diablo" — en este caso los espectáculos inmorales del circo — tentaba a veces.

En nuestros días, como en el siglo V, un cristiano debe saber que no se debe jugar con el Diablo si no se quiere estar expuesto a "no reinar con Cristo". Pero los juegos del Diablo no son seguramente los mismos, en conjunto, que les que denunciaba Pedro Crisólogo. O, si son los mismos, ofrecen en nuestros días aspectos completamente nuevos.

Hemos hablado ya del cinematógrafo y no volveremos a tocar el tema. Tampoco hablaremos más del inmenso abuso de la novela, que es, para cantidad de nuestros contemporáneos, la lectura preferida, y cuyo poder de atracción parece estar en razón directa de la basura que se expone en ella.

Ningún cristiano puede poner en duda que la novela tal cual se escribe y triunfa ante nuestros ojos, con su "realismo" malsano y perverso, sea con demasiada frecuencia "satánica". ¿No es acaso una razón para repetir las palabras proféticas de San Pablo a su discípulo Timoteo?

"Llegará una época en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino, por el contrario, al capricho de sus pasiones y picándoles los oídos, se darán amos en cantidad y volverán el oído de la verdad para inclinarse hacia las fábulas"

¡Ad fabulas convertentur! Sabemos que la palabra latina con la cual se designa a la novela es precisamente ésa: fábula. ¡fábulas!

¡Cuántos de nuestros contemporáneos no buscan su filosofía, su manera de comprender la vida más que en las novelas que leen y enloquecen a menudo sus imaginaciones y sus sentidos!

 

Otros juegos

Hemos dicho lo que el santo cura de Ars pensaba y decía del espiritismo.

Mucho más cerca de nosotros, exactamente el 26 de noviembre de 1955, el padre Berger-Bergés, el exorcista ya nombrado por nosotros, hacía a una posesa las cuatro preguntas siguientes:

1º ¿El espiritismo es una ciencia o una mistificación? ¿Eres tú quien está en el espiritismo?

Respuesta: por un ademán indica lentamente con la mano ¡que es él!

2º ¿Las mesas giratorias? ¿Eres tú quien las hace girar?

Respuesta: sí, pero no estoy completamente solo; ¡son necesarias las personas alrededor de la mesa! ¡Estamos juntos!

3º En el espiritismo hay escritos firmados Marco Aurelio. ¿Quién firma Marco Aurelio? ¿Eres tú o alguno de los tuyos? . . . (Insisto firmemente, dice el padre Berger. . . No contesta, no quiere contestar, me dice, y finalmente me declara que no tiene permiso para contestar. Después de haber, sin embargo, esbozado un pequeño ademán que me pareció descubrir y que lo señalaba a él mismo, hace como alguien que contesta a escondidas ¡para que Dios no vea nada!. . .)

4º ¿Y las que leen las cartas? Quid?

Satán contesta: "¡Y bien! ¡Es necesario que las gentes se ganen la vida!" Y deja entender que los naipes también son uno de los medios por los cuales él halaga la estupidez humana.

Y esto nos invita a echar una rápida ojeada sobre este aspecto extraño de nuestro tiempo; recurrir a la adivinación, que nos retrotrae a las modalidades más infantiles de los paganismos antiguos.

 

La adivinación: cosa satánica

Es increíble la expansión actual de la práctica de la adivinación popular, bajo las formas más diversas. Se dan las cifras siguientes para los faquires, cartománticos, quirománticas, adivinas: seis mil declaradas a la policía en París solamente y sesenta mil en toda Francia, con una "cifra de negocios" evaluada en sesenta mil millones por lo menos. Sin duda los procedimientos antiguos, el examen de las entrañas de las víctimas, del vuelo de los pájaros, del murmullo del viento en los bosques o de los dibujos que trazan las aguas bullentes en una fuente, han desaparecido para siempre. Pero están los naipes, o el estudio de las líneas de la mano, la interpretación del residuo de las heces de café y otros muchos procedimientos, tan válidos los unos como los otros. Y está, como en la antigüedad, la astrología, que se considera la forma más erudita de discernir los destinos humanos. Existen todavía en nuestros días astrólogos. Y aseguran —no sin imprudencia — que tienen pruebas perentorias del valor de sus predicciones.

La verdad es que todas estas pretensiones son, no solamente vanas, sino rigurosamente absurdas. Son seguramente formas de la "mentira" de la cual el demonio tiene la secular especialidad. A los astrólogos, que podemos considerar como los más distinguidos de los adivinos, nos bastará oponer las palabras de un maestro de la astronomía científica, G. de Vaucouleurs. Hablando, al final de su gran obra La Astronomía, que es de 1948, de las influencias cósmicas sobre los seres vivientes, escribe: "No por cierto las ilusorias, a las cuales los astrólogos intentan colgar sus divagaciones seudocientíficas." Y un poco más lejos comprueba que la astronomía, en el pasado, ha quedado "estrechamente asociada a las supersticiones astrológicas hasta los comienzos de los tiempos modernos (y aún, ¡ay!, actualmente en muchos espíritus subevolucionados)", y con estos términos de desprecio indica bastante la posición de la ciencia de los astros frente a la adivinación astrológica, en la cual se distinguió otrora un Nostradamus, que conserva admiradores fanáticos hasta en nuestros días.

Si esto ocurre con la astrología ¿quién, pues, dará importancia ya, con respecto al porvenir humano, a los encuentros fortuitos de los naipes o a los lineamientos más o menos extraños de las heces del café?

Para un creyente, lo que torna evidente la "mentira" de la adivinación es la certidumbre de que sólo Dios conoce el porvenir. ¿Cómo lo conoce?" ¿Cómo lo que todavía no es, puede ser objeto de conocimiento para Dios, cuando la libertad humana está en juego? ¿Y cómo esta preciencia divina es compatible con nuestra libertad? Todo el mundo sabe que esto constituye uno de los problemas más difíciles de la metafísica general. Digamos con pocas palabras lo que nos parece la única solución pensable. Nuestro mundo no es el único posible. Existen infinidad de mundos posibles, todos diferentes unos a otros. Pero su posibilidad misma viene de que están llevados desde toda eternidad en la Mente del Creador. Y en esta Mente, es decir en el Verbo Divino, estos mundos se desarrollan idealmente al natural, con sus leyes y también con el juego eventual de las libertades creadas. Cuando Dios decreta que tal mundo será existente, es decir, será creado por El, con preferencia a otros, las condiciones de ese mundo no son cambiadas por eso, si no no sería el mundo deseado y visto por Dios. Los actos libres serán en él libres, y sin embargo Dios los habrá visto y los ve en el momento en que se producen. Es en este sentido que Dios conoce el porvenir. Pero como es el único que lleva eternamente los mundos en su mente, Él es evidentemente el único que conoce el porvenir. Querer predecir el porvenir, fuera de los casos milagrosos de profecías divinas, es pues necesariamente diabólico en el sentido en que es una usurpación a Dios. Se deduce que ningún poder de adivinación ha sido depositado en el juego de naipes, en las heces del café, en las líneas de la mano, en las líneas trazadas por la sal sobre la clara de huevo, como tampoco en las "conjunciones" de los planetas y las estrellas en el momento del nacimiento de un ser humano. Lo que se llama en astrología un fatum, y que antaño se llamaba un horóscopo, es pues superchería o superstición.

No sostendremos, ciertamente, que los miles de adivinos y adivinas que ejercen el oficio pretendidamente lucrativo de predecir el porvenir, en París y en todas las grandes ciudades de Francia, sean brujos o brujas vendidos a Satán.

Parecería que la mayor parte de ellos sólo piensan en practicar un oficio que da beneficios, sin pensar que ese oficio es inmoral y probablemente diabólico. Pero no por ello dejamos de tener el derecho de pensar que el demonio saca su provecho de estas aberraciones y que la adivinación bajo sus formas contemporáneas, como asimismo bajo sus formas antiguas, no es más que uno de los "juegos de Satán" en el seno de la humanidad. Y es pues una de las formas actuales del satanismo-magia, en lo que tiene de distinto del satanismo-religión.


(1) En una nota, Papini (obra cit., pág. 14) da la siguiente referencia: "Alain", Propósitos sobre la religión, París, Rieder, 1937, pág. 64.

Presencia de Satán en el mundo moderno

Monseñor Cristiani

miércoles, 22 de marzo de 2023

El Santo Cura de Ars y el Demonio

 


Un centenario notable 

En momentos en que la Iglesia Católica entera, y más particularmente la Iglesia de Francia, celebra el centenario de la muerte del santo cura de Ars, es natural que busquemos primeramente en su caso las pruebas de la presencia del Diablo en el mundo. Todos sus biógrafos, al contar su vida, han tenido que tratar este tema. En este año del centenario se cree que tal vez le serán consagrados por lo menos veinte volúmenes. La serie ha sido brillantemente iniciada por monseñor Fourrey, obispo de Belley, la diócesis de la cual depende la parroquia de Ars. Debemos nombrar entre los autores que han hablado de él o se preparan a hacerlo al abate Nodet, de Ars, uno de los conocedores más penetrantes de todo cuanto concierne al santo cura; al R. P. Ravier, a escritores de renombre como La Varende, Michel de Saint Pierre, sin olvidar a los maestros como monseñor Trochu, el autor de la vida del santo más reputada y de varios libros sobre él, o a Jean Fabréges, etc. Todos ellos nos dicen que es imposible hablar con alguna seriedad del cura de Ars sin nombrar al "Arpeo". Era el nombre que daba al Diablo. En el dialecto de la provincia y de la época este nombre designaba una horquilla con tres dientes. ¿Por qué había elegido el cura de Ars esta palabra para apodar al demonio? Sin duda porque Satán trata sin cesar de arrojar las almas al infierno como se empuja el estiércol con una horquilla de tres dientes. 

Es necesario antes de abordar el capítulo de las infestaciones diabólicas, presentar al cura de Ars. Su vida es harto conocida. Resumámosla brevemente hasta la entrada en escena del diablo. 

El santo cura había nacido en Dardílly, diócesis de Lyon y a ocho kilómetros de esta ciudad, el 8 de mayo de 1786, en el seno de un modesto hogar campesino. La Revolución no tardó en desencadenarse, en cerrar las iglesias, en perseguir a los sacerdotes fieles. Pero la fe vivía en el fondo de las almas cristianas a pesar de la tempestad. Jean-Marie Vianney — era éste su nombre pese a que se lo denomina generalmente con el nombre que ya es el suyo: el cura de Ars — recibía de sus padres y sobre todo de su piadosa madre las santas tradiciones cristianas. Era muy joven aún cuando decían sus prójimos: "Sabe muchas letanías, habría que hacer de Jean-Marie un sacerdote o un hermano." Y sin embargo, ¿cómo podrían pensar, entonces, que la religión parecía a punto de ser herida de muerte? 

Pero he ahí que todo renacerá. La paz religiosa será restablecida por Bonaparte. Los sacerdotes llamados "refractarios" que la ley perseguía hasta entonces con rigor, vuelven a desempeñar sus funciones. Las iglesias se abren. Las campanas tocan de nuevo a todo vuelo. Jean-Marie Vianney desea ser sacerdote. Pero su memoria es escasa e infiel. El latín le cuesta. La teología y sobre todo la filosofía más aún. El joven tiene una enorme dificultad para proseguir sus estudios. Trabaja, reza, persevera. Dios le da un maestro en la persona del abate Ballay, cura de Ecully, pero un maestro que se empeña, que interviene en su favor en el arzobispado y que obtine por fin que sea admitido en las órdenes. Sin duda es nada más que por su fervorosa piedad y no se le otorgan en seguida los poderes para confesar. ¡Y sin embargo Dios lo destina a convertirse en uno de los confesores que han oído más penitentes en el santo tribunal, durante todo ese siglo! 

Después de un laborioso vicariato en Ecully, fué nombrado cura ecónomo en Ars, una pequeña aldea de Dombes. Estamos en 1818. Jean-Marie Vianney trabajará en Ars hasta su muerte acaecida el 4 de agosto de 1859. ¡Tal es el sacerdote que vamos a ver en lucha con el Diablo! 

Pero es menester ante todo descartar la objeción que podría nacer en algunos espíritus y que provendría de las mismas dificultades que hemos señalado a propósito de sus estudios. ¡Pues bien! nos habla usted de un pobre sacerdote tampoco abierto a los vuelos intelectuales, que tuvieron que aceptarlo como cura solamente por causa de la escasez de ministros de Dios en esa época y únicamente porque sabia rezar muy bien el Rosario porque era muy fervoroso si este hombre viene a decirnos que el diablo se le aparece o que le atormenta o que manifiesta su presencia en forma sensible como haremos para creerlo? ¿Qué autoridad tendrá sobre nosotros esta ciencia que usted declara tan escasa? 

Tal es, en efecto, la objeción. Veremos que fue hecha al santo cura de Ars por sus propios colegas. Y veremos también la respuesta que los acontecimientos le dieron. Por fin tendremos que consultar la opinión de los médicos que lo vieron y pudieron juzgarlo. Ellos nos dirán si fue un ser más o menos tonto, víctima de su imaginación y de sus nervios. 

Por el momento, vamos directamente a los hechos. 

Primeros ataques 

El abate Vianney tenía treinta y dos años cuando llegó a Ars. La pequeña parroquia estaba muy abandonada, muy pobre, muy indiferente. El estaba devorado por el amor a su Dios y a las almas. Recurrió a la plegaria y al ayuno. Fue desde el primer día lo que iba a seguir siendo toda la vida, lo que la Iglesia dice de él en la oración de su aniversario: el hombre de la plegaria incansable y de la continua penitencia. ¿Y qué le pedía a Dios en sus oraciones incesantes y sus mortificaciones cotidianas?: la conversión de su parroquia. 

Si existen enemigos del alma que nosotros llamamos demonios, no pudieron ignorar por mucho tiempo estas grandes aspiraciones del joven sacerdote. Y no podían evitar el deseo de anular sus esfuerzos. Justamente el joven cura, desde sus primeros sermones en la iglesia, se había erigido contra los vicios y el desorden que manchaban su parroquia: el baile y la ebriedad. Era fatal que los intereses lesionados por sus palabras se sublevaran en contra de él. Los dueños de cabarets, los asiduos de las tabernas, los infaltables a los bailes, los profanadores del domingo, se sintieron amenazados en sus pasiones, sus costumbres, sus apetitos sensuales. En su parroquia, con todo, lo veían tan bueno, tan dulce, tan piadoso, tan fervoroso que lo consideraban ya como un santo. Pero los muchachos malvados del vecindario, extranjeros a la parroquia, no vacilaron en emplear contra él el arma de la más odiosa de las calumnias: tuvieron la audacia de atribuir su palidez, la flacura de su rostro, a secretas perversiones. Este hombre que vivía como un ángel, que castigaba su carne todos los días para domarla como a una esclava dócil, y para asociarse a la Cruz del Salvador, hicieron sobre él canciones innobles, le enviaron cartas anónimas, colgaron en su puerta carteles ignominiosos. 

"En esa época — escribe Catherine Lassagne, el testigo más asiduo y más seguro de sus virtudes — fue calumniado, despreciado. Iban a tocar la corneta debajo de su ventana..." 

Sin querer atribuirle sólo al demonio toda esta maniobra, cabe ver en esta campaña odiosa contra su reputación y su honor, un primer ataque del Diablo contra un aposto tan ardiente como era el joven cura. Y faltó poco para que este ataque fuera coronado por el éxito. Un testigo dirá, en efecto, en el proceso de beatificación: 

"Se sintió tan cansado de los viles rumores que se propagaban sobre él que quiso dejar su parroquia, y lo hubiese hecho si una persona que estaba cerca de él no lo hubiera convencido que su partida podía acreditar esos rumores infames." 

¿Qué debía hacer entonces? Abandonarse a Dios, seguir rezando y haciendo penitencia y rogar, en particular, por sus perseguidores. Así lo hizo y fué su primera victoria sobre Satán. 

Horrible tentación 

El Demonio no se dio, sin embargo, por vencido. Y en un nuevo ataque la emprendió directamente contra su adversario. Las mortificaciones mismas que éste se infligía tuvieron tal vez por resultado quebrantar su salud. Aunque de constitución robusta, como verdadero hijo de campesinos que era, tuvo que pasar en los primeros años de su ministerio en Ars una enfermedad bastante grave, debida sin duda a lo que él llamaba más tarde sus "locuras de juventud", es decir los ayunos y maceraciones que se imponía en su prebisterio aislado, bajo las únicas miradas de su Dios. Tuvo, en el transcurso de su enfermedad, pensamientos de desfallecimientos y desesperación. Se creyó muy cerca de la muerte. En varias ocasiones le pareció oír, en lo más profundo de sí mismo, una voz insolente que decía: "¡Ahora es cuando tendrás que caer en el infierno!" Todo esto se sabe por él mismo y por los testigos que han declarado en el proceso de beatificación, pero sobre todo por Catherine Lassagne, ya nombrada por nosotros. 

En el fondo de su corazón, no obstante, su fe era tan ardiente que gritó su confianza en Dios y que, por este medio, volvió a encontrar prontamente la paz interior que había estado a punto de perder. 

Hasta aquí nos vemos obligados a comprobar que el joven sacerdote está en la línea más pura del apostolado cristiano, que da pruebas de buen sentido, de cordura espiritual, de fuerza y de solidez mental. 

Calumnias, tentaciones: no salimos todavía de los métodos comunes, de los procedimientos ordinarios que caracterizan las intervenciones diabólicas en nuestros destinos humanos. Pero ahora llegamos a las infestaciones demoníacas que constituyen una cosa completamente distinta, como vamos a ver. 

Los juegos de Satán 

Va a producirse en la lucha de Satán contra el cura de Ars un crescendo notable. Parecería, pues, que le ocurre exactamente lo que le había sucedido muchos siglos antes al que llamamos "el santo hombre Job". Las tentaciones se convierten en infestaciones. El demonio ha obtenido de Dios, soberano Señor de nuestros destinos, el permiso para llegar más allá de los límites que le son comúnmente impuestos con respecto a nosotros — felizmente, por otra parte —. Admitamos que San Agustín haya podido hablar de "ese perro encadenado" que no puede morder. 

Pero la cadena, con el permiso divino, puede aflojarse un poco. La cosa comenzó para el abate Vianney durante el invierno de 1824 a 1825. Era cura de Ars desde hacía seis años y contaba treinta y ocho. Siempre los fenómenos extraños se producían durante la noche. Ruidos inquietantes le impedían dormir. Nada miedoso, creyó al principio que se trataba de vulgares roedores que desgarraban los cortinajes de su cama. Puso entonces a mano una horquilla para espantarlos. Fue inútil, cuanto más golpeaba las cortinas para atemorizar a las ratas, más ruidosos se tornaban los dientes roedores. Pero de día no quedaba ningún rastro de sus estragos en las cortinas. Ni un instante, sin embargo, pensó que tenía que vérselas con el diablo. De acuerdo con las palabras de un sacerdote, que más tarde le fue enviado como ayudante, el abate Toccanier: "No era un crédulo y no prestaba fe con facilidad a las cosas extraordinarias." 

No obstante, todo nos induce a creer que se trataba ya entonces de intervenciones demoníacas, como lo demostraron los acontecimientos ulteriores. 

Un autor, que tendremos oportunidad de citar largamente más adelante y que goza de autoridad en materia de mística diabólica, como asimismo de mística divina, el canónigo Saudreau, escribe con mucha claridad: 

"El demonio actúa sobre todos los hombres, tentándolos... Nadie escapa a sus ataques: son éstas sus operaciones comunes. En otros casos mucho más raros, los demonios muestran su presencia mediante vejaciones penosas, pero que son más aterradoras que peligrosas: hacen ruidos, se mueven, trasladan, hacen caer y a veces rompen ciertos objetos: es lo que se llama infestación." 

No es imposible que el canónigo Saudreau haya tenido presente al escribir estas líneas precisamente las experiencias del cura de Ars, pero no eran éstas las únicas, sin duda, que ocupaban su mente. 

Y Satán siempre, creemos nosotros, con el permiso de Dios, va a ir más lejos. 

Pronto, en efecto, en el silencio de las noches, el joven cura oyó que golpeaban a las puertas; gritos extraños cuyo eco resonaba en el presbiterio. El abate Vianney siguió sin pensar en el demonio y simplemente atribuyó a ladrones tentados por los bellísimos adornos y objetos preciosos ofrecidos a su iglesia por el vizconde de Ars que ya se hallaban almacenados en el granero. Se levantó, pues, bajó hasta el pequeño patio, revisó todo, buscó en los rincones y recovecos. Nada. ¡No había nada! Todavía no comprendió. Y decidió pedir ayuda a algunos fieles contra los asaltantes invisibles que lo amenazaban. 

El relato de un testigo 

El carretero de la aldea era entonces un fuerte muchacho de veintiocho años —estamos en 1826 — y vivirá lo bastante para declarar como testigo en el proceso de beatificación. Se llamaba André Verchére. Hay que dejarle la palabra y leer simplemente su declaración hecha bajo juramento, por primera vez el 4 de junio de 1864, cinco años después de la muerte del santo, y por segunda vez el 2 de octubre de 1876. 

"Desde hacía varios días — dice —, el padre Vianney oía en su presbiterio un ruido extraordinario. Una noche fue a verme y me dijo: —No sé si serán ladrones. . . ¿Querría usted venir a dormir en el presbiterio? 

"—Cómo no, señor cura, voy a cargar mi fusil. 

"Llegada la noche fui al presbisterio. Conversé al calor de la chimenea, con el señor cura, hasta las diez. «Vamos a acostarnos», dijo él por fin. Me cedió su cuarto y ocupó el contiguo. No me dormí. Alrededor de la una oí que sacudían con violencia el pestillo y el pomo de la puerta que da sobre el patio. Al mismo tiempo, contra la misma puerta, resonaban golpes de maza, en tanto que en el presbiterio se oía el ruido de truenos como si fuera el rodar de varios coches.

"Así mi fusil y me precipité hacia la ventana que abrí. Miré y no vi nada. La casa tembló alrededor de un cuarto de hora. Mis piernas hicieron otro tanto y me sentí mal durante ocho días. Cuando el ruido empezó, el señor cura había encendido una lámpara. Se acercó a mí. 

—¿Ha oído usted? —me preguntó. 

—Por supuesto que he oído, por eso me he levantado y tengo mi fusil. 

El presbiterio se movía como si la tierra temblara.

—¿Tiene miedo, entonces? —volvió a preguntarme el señor cura. 

—No — repuse —, no tengo miedo, pero siento que mis piernas se aflojan. ¡El presbiterio va a derrumbarse! . . .

—¿Qué cree usted que es? 

—¡Creo que es el Diablo!

"Cuando cesó todo el ruido volvimos a acostarnos. El señor cura regresó la noche siguiente a rogarme que volviera con él. Le contesté: 

—Señor cura, ¡ya he tenido bastante con lo de anoche!

" Este relato fue confirmado por el mismo cura de Ars que contaba, años más tarde, en la "Providencia" —institución de caridad fundada por él— cómo su primer guardián, en el presbiterio había tenido miedo: "El pobre Verchére —decía riendo— estaba todo tembloroso con su fusil.. . ¡No se acordaba más que lo tenía en la mano!" 

Otros testigos 

Con la retirada del carretero, el abate Vianney se dirigió al alcalde quien envió al presbiterio a dos guardias juntos: su propio hijo Antoine, fuerte muchachón de veintiséis años, y el jardinero del castillo de Ars, Jean Cotton, de veinticuatro. Todas las noches durante unos diez días pernoctaron en el presbiterio. Y éstas fueron sus declaraciones en el proceso de beatificación: 

"No oímos ningún ruido — informa Jean Cotton —. No ocurrió lo mismo con el señor cura que dormía en un departamento contiguo. Más de una vez su sueño fue perturbado y nos interpelaba diciendo: ¿Hijos, no oyen ustedes nada? Le contestábamos que ningún ruido llegaba a nuestros oídos. Con todo, en cierto momento, oí un ruido semejante al que produce la hoja de un cuchillo golpeando con rapidez un recipiente con agua... Habíamos dejado nuestros relojes cerca del espejo del cuarto. «Estoy muy asombrado — nos dijo el señor cura — porque los relojes de ustedes no se han roto.»" 

A pesar de todo el abate Vianney no se atrevía aún a pronunciarse sobre el origen y la naturaleza de los ruidos insólitos que oía. Pero por fin se hizo la luz plena en su espíritu como consecuencia de una nueva experiencia. 

Las calles se hallaban cubiertas de nieve. Era pleno invierno. Súbitamente, en el transcurso de la noche se oyen gritos en el patio del presbiterio. 

"Era —escribe Catherine Lassagne, que lo sabía por el mismo cura — como un ejército de austríacos o de cosacos que hablaban confusamente un idioma que él no comprendía." 

Baja, entonces, abre la puerta, mira la nieve inmaculada en la calle. ¡Ninguna huella de pasos! Entonces ¡todo este barullo, todos estos rumores de ejércitos que pasan, no eran más que imaginación! En todo caso, pensó, no hay nada de humano en todo esto. Pero si no era humano no podía tampoco ser hecho por "espíritus buenos". ¡Esta vez, había tenido miedo! Fue el presentimiento de un ataque infernal. Su convicción estaba hecha: 

"Pensé que era el demonio — decía más tarde a su obispo, monseñor Devie, que lo interrogaba —, porque tenía miedo: ¡Dios no da miedo!" 

Desde ese momento no creyó útil recurrir a protecciones humanas. Despachó a todos los guardianes y quedó solo frente al Adversario. 

El Arpeo 

Este Adversario — es el sentido, lo sabemos ya, de la palabra Diablo o Satán — él lo llamaba el Arpeo, y hemos dicho por qué. Cuando ya estuvo seguro de lo que se trataba adoptó una táctica muy sencilla y muy juiciosa. 

"Le pregunté varias veces — declaró su confesor, el abate Beau — cómo rechazaba estos ataques. Me contestaba: —Me vuelvo hacia Dios; hago la señal de la Cruz; dirijo algunas palabras de desprecio al demonio. Por lo demás he advertido que el ruido es más fuerte y los ataques más frecuentes cuando, al día siguiente, debe venir a verme un gran pecador." 

Esto fue para el humilde cura, que los pecadores iban a ver desde todos los puntos de la diócesis y aún mismo desde toda Francia y a veces del extranjero para confesarse con él, un gran descubrimiento y una maravillosa consolación. 

"Tenía miedo — decíale más tarde a un amigo fiel que declaró luego—, tenía miedo en los primeros tiempos; no sabía qué era; pero ahora estoy contento. Es una buena señal: la pesca del día siguiente es siempre excelente." 

Y otra vez: "El diablo me ha perturbado en grande esta noche; mañana tendremos a mucha gente . . . El Arpeo es muy tonto: me anuncia él mismo la llegada de los grandes pecadores. . . Está encolerizado: ¡tanto mejor!" 

Un ejemplo memorable 

Uno de los ejemplos más notables de estas infestaciones diabólicas es el que se produjo en ocasión de los ejercicios del jubileo, en diciembre de 1826, en Saint-Trivier-sur-Moignans. 

Esta pequeña ciudad se halla situada a una docena de kilómetros de Ars. Todos los sacerdotes de los alrededores se habían dado allí cita para el jubileo que debía, según se esperaba, atraer a muchas gentes y suscitar numerosas confesiones. 

El abate Vianney había salido de su casa mucho antes del alba. Mientras caminaba rezaba su rosario. Era su arma favorita contra Satán. Cosa inexplicable en este mes del año, cercano al invierno, alrededor de él se levantaban fulgores siniestros. El aire parecía en llamas. Veía arder los arbustos a los lados del camino. Pensó que sería Satán que, previendo los frutos de salvación que el jubileo iba a producir, intentaba espantarlo. Pero esto no le impidió proseguir su camino. 

Cuando llegó al presbiterio de Saint-Trivier, empezó sin tardanza la tarea que le era propia. Por la noche, cuando todo se hallaba en calma en el presbiterio, se oyeron ruidos inexplicables. Parecían provenir del cuarto del cura de Ars. Sus colegas, molestos por estos ruidos insólitos, fueron a quejársele. "Es el Arpeo — repuso él sencillamente—: ¡está enojado por todo el bien que se hace aquí!" 

Pero sus colegas no hicieron sino reírse de su seguridad: "Usted no come, no duerme —le dijeron—, le zumba la cabeza, ¡las ratas le corren por el cerebro! . . ." 

Y en los días siguientes las bromas arreciaron. Pero una noche que los reproches se hicieron más vehementes no dijo nada. Apenas se había acostado cuando se oyó el ruido como de un carruaje muy cargado que hacía temblar el presbiterio. Todos se levantaron aterrados. 

Mientras se preguntaban de dónde podía venir semejante barullo, se oyó en el cuarto del cura de Ars un escándalo tal que el cura del lugar, Benoit, exclamó: "¡Están asesinando al cura de Ars!" En seguida, todos se dirigieron a la habitación y abrieron la puerta. ¿Y qué vieron? El abate Vianney estaba tranquilamente acostado en su cama, pero manos desconocidas lo habían empujado hasta el centro del cuarto. En ese momento, se despertó para decirles tranquilamente: "Es el Arpeo el que me ha arrastrado hasta aquí y que ha hecho todo este estruendo . . . No es nada . . . siento no haberlos prevenido. Pero es buena señal: mañana habrá aquí un pez gordo." 

Se preguntaron de cual "pez" se trataría. 

Sus compañeros lo embromaron un poco temiendo lo que llamaban sus "alucinaciones". Sin embargo no se había equivocado. Lo vieron bien cuando un personaje de la región que todos sabían alejado de las prácticas religiosas, el caballero de Murs, entró en la iglesia y se dirigió directamente al confesionario del cura de Ars. Esta conversión hizo una impresión enorme en toda la provincia. Desde ese momento, uno de los críticos más agresivos con respecto al abate Vianney empezó a considerarlo como "un gran santo". 

Otras manifestaciones 

Las infestaciones de Satán siguieron produciéndose durante largos años. Ora el santo cura de Ars sufría solo los ataques. Ora el Demonio intentaba perturbar las almas de quienes lo rodeaban. Las directoras y las huérfanas de la "Providencia", esa magnífica institución fundada por el cura de Ars, oyeron, ciertas noches, ruidos extraños. O si no el demonio empleaba sus tretas con esa comunidad: 

"Cierto día — declaró más tarde en el proceso de beatificación Marie Filliat —, después de haber lavado la marmita, la había llenado de agua para hacer la sopa. Vi en el agua unos pedacitos de carne. Era día de abstinencia. Vacié bien la marmita, la lavé y volví a echarle agua. Cuando la sopa estuvo pronta para servirla vi que se habían mezclado pedacitos de carne. El señor cura cuando lo enteré me dijo: «Es el diablo quien ha hecho eso. Sirva igualmente la sopa.»" 

Como puede verse, el cura de Ars no se perturbaba. Su buen sentido permanecía inalterado y su confianza en Dios lo ponía fuera del alcance de Satán. Cierto día que le preguntaron si nunca tenía miedo respondió simplemente: "¡Uno se acostumbra a todo! . . . ¡El Arpeo y yo somos casi camaradas!" 

Esto no quiere decir, evidentemente, que hacía causa común con él. El 4 de diciembre de 1841, hizo la siguiente confidencia a las directoras de la "Providencia": "Oigan esto: anoche el demonio vino a mi cuarto mientras yo rezaba mi breviario, soplaba fuertemente y parecía vomitar no sé qué, trigo o maíz, sobre mis mejillas. Yo le dije: «¡Me voy allá (al orfelinato) a contarles cómo procedes, para que te desprecien!» Y él se calló inmediatamente." 

Otra vez, cuando el abate Vianney trataba de dormirse — ¡tenía tanta necesidad de reposo! —, el demonio, interesado en gastar lo más posible sus fuerzas, se puso a gritar: ¡Vianney, Vianney, te venceré te venceré! 

"¡No te tengo ningún miedo!" —replicó el santo hombre. 

Muestran en el presbiterio de Ars una cama que perteneció al abate Vianney y que fue quemada no se sabe cómo mientras él estaba en la iglesia. Cuando corrieron a decirle que su casa se incendiaba se limitó a dar su llave para que pudieran entrar a apagar el incendio. Pero agregó sin emoción visible: "¡Ese vil Arpeo! ¡No ha podido apoderarse del pájaro y ha quemado su jaula!" 

Con mucha frecuencia el Diablo injuriaba al abate Vianney, le profería amenazas, lanzaba gritos de animal. Lo apostrofaba en términos groseros: "¡Vianney, Vianney! . . . ¡Comedor de trufas! (llamaban así en la región a las papas). ¡Ah, no te has muerto todavía!. . . ¡No te me escaparás!" Y en seguida imitaba los gruñidos de un oso, los aullidos de un perro, sacudía las cortinas de la casa con furor, etc. 

Otras veces, según las declaraciones de Catherine Lassagne y del hermano Athanase, el demonio "imitaba el ruido de un martillo que clavara clavos en el piso o rodeara un barril con aros de hierro; tocaba el tambor sobre la mesa, sobre la chimenea, sobre la vasija de agua, o bien cantaba con una voz aguda y falsa, lo cual hacía decir al abate Vianney': "¡El Arpeo tiene una voz muy fea!" 

En el fondo todo esto era más grotesco y pueril que peligroso. Y es porque el demonio — felizmente — no tiene permiso para hacer todo. El abate Vianney había recibido de su Dios una tarea que cumplir. Si el demonio la tornaba más difícil privándolo de dormir, atacándolo por todas partes, también la tornaba más meritoria y más eficaz. Las infestaciones se volvían en suma contra el propio autor. Veremos que ocurre lo mismo en algunos casos de posesión. 

Existen en la actualidad "poseídos-víctimas" que han aceptado su prueba para estar asociados con la Cruz redentora, esa Cruz debió significar el triunfo de Satán y fue su más grande derrota. Pero todo esto se aclarará más adelante. 

No nos cabe duda que lo mismo ocurrió con el cura de Ars. Aceptó soportar todas las vejaciones del demonio por la salvación de las almas. Aprendió muy pronto, por su experiencia cotidiana, que estos combates con el demonio estaban ligados a la conversión de los grandes pecadores que Dios le mandaba de todas partes de Francia y aun del extranjero. 

Pero citemos todavía las manifestaciones más notables de Satán en esa vida del "modelo de los curas católicos", como ha podido llamársele con todo derecho. 

La serpiente 

Desde San Juan Evangelista, el Dragón o la Serpiente que tentó a Eva han estado identificados con Satán. No es, por tanto, asombroso que el demonio se muestre de nuevo, a veces, bajo la forma de una serpiente. Veremos un ejemplo de ello, en un capítulo ulterior, a propósito de la posesión diabólica de Claire-Germaine Cele, en Africa del Sur. Pero aquí citamos una página del más antiguo biógrafo del cura de Ars, el abate Monnin, relatando el testimonio de Catherine Lassagne, tan conocida por su abnegación con el santo cura: 

"Cierta noche — habla Catherine —, el señor cura había venido a casa nuestra para ver a un enfermo. Cuando regresé de la iglesia me dijo: «Le agradan las noticias; ¡pues bien! aquí tiene una bien fresca: escuche lo que me ocurrió esta mañana. Tenía algo sobre mi mesa; ¿sabe lo que es?» . . ." 

Aquí un paréntesis: quería hablar de su disciplina. Nunca había hablado de ello con Catherine, pero ella había hallado muchas veces, debajo de la cama, el terrible instrumento. Ella sabía bien que no estaba ahí para adorno. Con toda evidencia el santo sacerdote lo usaba, no sólo a menudo, sino todos los días. Pero ella jamás se lo había mencionado; ni él a ella. Cómo, entonces, esta vez pudo decirle: ¿Sabe lo que es? .. . De pronto, prosiguió: 

"—Empezó a moverse sobre mi mesa como una serpiente . . . Esto me asustó un poco. Usted sabe que tiene una cuerda en la punta: agarré esta cuerda; estaba tan dura como un pedazo de madera: la volví a poner sobre la mesa; empezó de nuevo a moverse, y así hasta tres veces. 

"—¿Tal vez usted hacía oscilar la mesa? — objetó una de las maestras presentes en la conversación. 

"—No —repuso el señor cura—, ¡ni la había tocado!" 

 Apariciones del Maligno 

También es el abate Monnin quien se pregunta si el Diablo se le apareció realmente al cura de Ars. Quiere decir una aparición visible, una aparición que no se notara solamente con el oído. Sabemos que en reiteradas ocasiones el demonio ha "soplado la cara" del santo, o que éste ha sentido sobre su rostro no se sabe qué de semejante al paso de una rata o de un topo. Pero ¿vio a Satán y bajo qué forma? A esta pregunta el abate Monnin contesta con dos hechos. 

El abate Vianney vio cierto día, a las tres de la madrugada, un enorme perro negro que tenía ojos fulgurantes, el pelo erizado y que rascaba la tierra en el lugar donde se había enterrado, pocas semanas antes, el cuerpo de un hombre que había muerto sin confesión. La vista de ese perro en semejante lugar lo asustó mucho. No tuvo dudas sobre su identidad. Convencido de que era el Diablo, corrió a refugiarse en su confesionario. Encontramos, añade el abate Monnin, algo muy semejante en la vida de santo Stanislas de Kotska, a quien el diablo se le apareció en el curso de una enfermedad, bajo la forma de un perro furioso, que parecía querer lanzarse sobre él, y que él rechazó por tres veces mediante la señal de la cruz. 

El abate Vianney contaba también que el Demonio se le había aparecido bajo la forma de murciélagos que andaban por su cuarto y revoloteaban alrededor de su cama. Eran tantos que cubrían las paredes. 

Con lo cual nos preguntamos, como el abate Monnin, por otra parte, si el santo cura de Ars era el único que oía, sentía o veía tantas cosas sospechosas. 

Testimonios 

A esto tenemos ya pronta una respuesta. Al principio de las infestaciones, el buen cura no sabía de qué se trataba. Había pedido y obtenido la intervención de algunos de sus fieles, un Verchére y otros más. Y todos oyeron al igual que él. Todos habían tenido miedo, mucho más que él. Y todos habían llegado a la conclusión, como él, que era imposible confundir con ruidos naturales lo que habían oído. Pero el abate Monnin cita además otros testimonios y nosotros los consignaremos de acuerdo con él, porque van a demostrarnos cabalmente el hecho capital de las infestaciones diabólicas en Ars, alrededor del santo Jean-Marie Vianney. 

En 1829, cuando estas "diabluras" duraban desde alrededor de cinco años atrás, llegó a Ars un joven sacerdote de la diócesis de Lyon, que era el hijo de la viuda Bibot quien había prestado tantos servicios al santo cura cuando éste se instaló en 1818. 

El abate Bibot, heredando la confianza de su madre en el abate Vianney, había ido junto a él para hacer allí un retiro espiritual. Fue, naturalmente, acogido con el mayor afecto por el cura de Ars que guardaba un profundo agradecimiento a la madre, y lo hospedó en el presbiterio. 

Ahora bien, poseemos un relato del abate Bibot sobre lo que ocurría entonces en el presbiterio perseguido del santo cura. Este relato fue registrado por el abate Renard, un amigo del abate Bibot, que lo interrogó en esta forma: 

—Usted duerme en el presbiterio. ¡Pues bien! va a darme noticias del diablo. ¿Es verdad que hace ruido? ¿Lo ha oído usted? 

—Sí — repuso el abate Bibot —. Lo oigo todas las noches. Tiene una voz aguda y salvaje, que imita el aullido de una fiera. Se agarra a las cortinas del señor cura y las sacude con violencia. Lo llama por su nombre; he oído muy claramente estas palabras: ¡Vianney! ¡Vianney! ¿Qué haces ahí? ¡Vete! ¡Vete! . . . 

—Ese ruido y esos gritos ¿deben de haberlo asustado? 

—No precisamente. No soy miedoso y por otra parte la presencia del abate Vianney me tranquiliza. Me recomiendo a mi ángel guardián y consigo dormirme. Pero tengo sinceramente lástima del pobre cura; no quisiera quedarme siempre con él. ¡Como no estoy aquí más que de paso me las arreglaré más o menos bien con la gracia de Dios! 

—¿Ha interrogado al señor cura sobre este asunto? 

—No. Lo he pensado varias veces, pero el temor de afligirlo me ha cerrado la boca. ¡Pobre cura! ¡Pobre santo hombre! ¿Cómo puede vivir en medio de ese barullo? . . 

He ahí un primer testimonio que tiene mucha fuerza. El abate Bibot ha oído. Ha tenido lástima del abate Vianney. Ha comprendido que él no tendría la fuerza de sufrir semejantes ataques constantemente repetidos. ¡Era pues algo muy real y muy torturante esta batalla continua que se libraba con el demonio! 

Pero hay otra cosa más que debemos retener del relato del abate Bibot, son las palabras que he estudiado: esas palabras repetidas por Satán en el oído del santo cura: 

—¡Vianney! ¡Vianney! ¿Qué haces ahí? ¡Vete! ¡Vete! . . 

Insistiremos sobre estas palabras un poco más adelante, pero desde ya podemos retener que constituyó ésta una de las formas de la persecución o infestación diabólica en la santa vida de ese confesor y convertidor infatigable que fué Jean-Marie Vianney. 

Otro testimonio 

Pero aquí tenemos, siempre en la biografía escrita por el abate Monnin, un segundo testimonio.  

En 1842 —por tanto trece años después de la visita del abate Bibot — llegó a Ars un penitente, pero que vacilaba aún en su resolución de confesarse con el santo cura de Ars. Se trataba de un antiguo militar convertido en gendarme, en el departamento del Ain. Se había, como todos los demás, levantado en plena noche para esperar a la puerta de la iglesia la llegada del confesor tan famoso que todos veneraban. 

Mientras tardaba en llegar, el hombre dio unos pasos alrededor de la iglesia, junto al presbiterio. Había sufrido recientemente aflicciones y le quedaba como una impresión a la vez de tristeza, de inquietud y de terror religioso, todo ello mal analizado, en el fondo de sí mismo. La verdad cristiana lo atraía y le daba miedo. Quería confesarse, pero se libraba aún un tremendo combate en su espíritu, alrededor de su decisión de convertirse . . . 

Fue en el transcurso de esta lucha que tantos otros han conocido, ya sea en Ars, ya sea en otra parte, que oyó súbitamente un ruido extraño que le pareció provenir de la ventana del presbiterio. 

"Escucha —escribe el abate Monnin— una voz fuerte, aguda y estridente, como debe ser la de los condenados; esa voz repite varias veces estas palabras que llegan claramente a sus oídos: «¡Vianney! ¡Vianney! ¡Ven pues! ¡Ven pues!» Este grito infernal lo hiela de horror. Se aleja presa de una extrema agitación. En ese momento, en el gran reloj del campanario suena la una. Pronto aparece el señor cura con una lámpara en la mano. Encuentra al hombre todavía presa de una viva emoción, lo tranquiliza, lo conduce hasta la iglesia y, antes de haberlo interrogado y haber oído la primera palabra de su historia lo deja atónito con éstas palabras: «Amigo mío, tiene usted penas; acaba de perder a su mujer como consecuencia de un parto. Pero tenga confianza; Dios vendrá en su a y u d a . . . Es menester primero poner orden en su conciencia; pondrá usted después más fácilmente orden en sus asuntos.» 

"—No traté de resistir — cuenta el gendarme — caí de rodillas, como un niño, y empecé mi confesión. En mi perturbación apenas podía ligar una idea con la otra, pero el buen cura me ayudó. Pronto había penetrado en el fondo de mi alma; me reveló cosas que no pudo haber conocido y que me asombraron más allá de toda expresión. No creía yo que se pudiera leer así en los corazones."

A propósito de este nuevo testimonio, no está, sin duda, fuera de lugar subrayar que uno de los rasgos que será menester destacar en el capítulo que deseamos consagrar a la posesión diabólica y a sus signos reveladores, es justamente el del conocimiento de hechos ocultos. Y en nuestros capítulos ulteriores, en varias ocasiones tendremos que dar ejemplos de este conocimiento de las conciencias por parte de Satán. 

¿Qué quiere decir? ¡No era por el demonio, ciertamente, que el santo cura de Ars poseía el don de leer en las almas! Lo que Satán conoce, podemos casi asegurarlo, surge de sus dones de espíritu angélico, aunque sea un ángel caído. En el abate Vianney, por el contrario, el conocimiento del secreto de las conciencias era el más admirable de los carismas, aquel por el cual conseguía los más grandes resultados para la conversión de los pecadores. La declaración del gendarme que acabamos de anotar no es más que un ejemplo entre miles. 

Testimonio del médico 

Estamos ahora en posición de rechazar las explicaciones demasiado sumarias según las cuales se trata de atribuir los hechos diabólicos consignados aquí a los ayunos excesivos del abate Vianney o a una tendencia en él a ver lo sobrenatural en todo lo que le acontecía. Sus colegas habían empezado por ahí. Pronto hicieron marcha atrás. Habían terminado, todos, por rendir homenaje a su serenidad robusta y sana, al realismo tranquilo de sus relatos sobre Satán. Efectivamente, él hablaba de todo ello sin hacerse rogar. A menudo, hacía bromas al respecto. Catherine Lassagne ha anotado muchas veces lo que les decía sobre este asunto a quienes lo rodeaban. Era también, lo hemos visto, una de sus réplicas al demonio: "¡Les diré lo que haces para que se burlen de ti! . . ." 

Pero no dejemos de oír sobre este tema lo que pensaban sus médicos. 

Quienes lo han conocido dijeron, todos, que era un hombre dotado de un perfecto equilibrio físico y moral. 

Cuando interrogaron a su médico habitual, M. J. B. Saunier, precisamente sobre las infestaciones, y como se atrevieron a pronunciar delante de él la palabra "alucinación", este respondió categóricamente: "Sólo tenemos una palabra que decir en lo tocante a las llamadas explicaciones psicológicas de los fenómenos de este tipo. Si es que estas explicaciones pueden ser admitidas cuando se trata de informar sobre hechos rodeados de circunstancias patológicas concomitantes, que descubren su naturaleza y que en general nunca dejan de producirse — estupidez, convulsiones, signos de demencia —, se torna imposible atribuirles la misma causa cuando se hallan unidos, como en el caso del señor Vianney, al cumplimiento regularísimo de todas las funciones del organismo, a esa serenidad de ideas, a esa delicadeza de percepción, a esa seguridad de juicio y de miras, a esa plenitud de posesión de sí mismo, al mantenimiento de esa salud milagrosa que no conocía casi desfallecimientos en medio de la incesante serie de tareas que absorbieron semejante existencia." 

Este médico tiene razón. Los dones sobrenaturales con que Dios honró al cura de Ars se hallaban injertados en cualidades de naturaleza que la historia comprueba sin esfuerzo. Más que ningún otro sacerdote de su diócesis, y quizá de su tiempo, tenía las aptitudes necesarias para ejercer con ventaja las funciones de exorcista. Su obispo, monseñor Devie, el que un di a dijo, para cerrarles la boca a ciertos críticos: "No sé si el cura de Ars es instruido, pero sé que es un iluminado", estaba tan convencido de ello que le había dado un permiso general para usar sus poderes de exorcista todas las veces que se le presentara la ocasión. Lo veremos actuar en otro capítulo de nuestro libro. 

Pero antes es necesario que continuemos nuestro estudio sobre los ataques del demonio en esta vida de un santo de nuestra época. 

La más grande de las tentaciones 

En el gran panegírico de san Jean-Marie Vianney que monseñor Fourrey, obispo de Belley, expuso en Nuestra Señora de París en el año del centenario, el 12 de abril de 1959, las infestaciones diabólicas estaban descritas en estos términos: 

"No me explayaré en evocar aquí los tormentos extraños que, repetidos a lo largo de treinta y cinco años, hubieran ineluctablemente paralizado el ministerio de cualquier otro sacerdote. En cuanto hubo discernido el origen diabólico de ellos, él se tranquilizó: el Señor que él servía era más fuerte que el Adversario. Llegó hasta regocijarse cuando los fenómenos nocturnos se hicieron particularmente aterradores: era para él la señal que al día siguiente grandes pecadores — «peces gordos», como el decía — llegarían hasta su confesionario, prisioneros de la gracia." 

Pero el elocuente prelado añadió en seguida, indicando el rasgo más importante, a su juicio, de las persecuciones demoníacas, en esta vida de un gran santo. 

"Deseo señalar — dijo el obispo — el juego más sutil del espíritu maligno, tratando de hundirlo en la desesperación, luego de separarlo — so pretexto de una más alta santidad —, de la función que la Iglesia le había encomendado. 

"La obsesión de la salvación de las almas que colmaba el corazón del cura de Ars iba a convertirse en la pasión santa de la cual — paradójicamente — el enemigo de todo lo bueno iba a servirse para cegarlo. Iba a encerrar al hombre de Dios en el drama íntimo más desgarrador que pueda concebirse. Al querer salvar las almas ¿no arriesgaba él, ignorante, incapaz, de conducirlas a la perdición y de condenarse junto con ellas? Su verdadero deber ¿no era hacerse a un lado ante un sacerdote de valor y ocultar en el retiro, la oración, la penitencia, su inmensa miseria? Pero he aquí el desgarramiento que hace presa de él: el jefe de la diócesis le ordena permanecer en su puesto, continuar en sus funciones, esa función superior a sus fuerzas que tiene miedo de traicionar." 

Nada más conmovedor que este drama. ¡El demonio ha atacado al santo por lo que podíamos llamar su "punto débil" y ese "punto débil" es en realidad su "punto fuerte!" ¡Es el sacerdote fiel, es el que ama, que desea servir! Pero es el que conoce su nada, que se humilla ante su Jesús. ¡Y el demonio entra en su juego, se apodera de esta humildad para llevarla a cierto exceso que, de una virtud muy grande haría el más temible de los peligros para el alma del santo! ¿Puede concebirse una maniobra más hábil ni más peligrosa para aquel contra el cual estaba dirigida? Agreguemos que lo que reforzaba al santo cura en sus designios de retiro, era su creencia, como lo han creído muchos santos sacerdotes antes que él, y aun mismo de su época, que conviene poner un poco de espacio entre el ejercicio del ministerio y la muerte para reparar en la penitencia, todas las insuficiencias de la acción en el transcurso de una vida. 

"El Maligno —prosigue monseñor Fourrey— trata de atrapar al cura de Ars en la única trampa en la cual puede caer. Lo empuja por un camino que no es el que Dios le ha trazado, poniendo en juego la angustia de conciencia en la cual se debate. 

"Escuchemos al hermano Athanase: «El servidor de Dios tenía muchas penas interiores. Estaba particularmente atormentado por el deseo de soledad: hablaba de ello con frecuencia. Era como una tentación que lo obsesionaba durante el día y más aún por la noche.» «Cuando no duermo a la noche — me decía —, mi espíritu viaja siempre: estoy en la Trapa, en la Cartuja; busco un rincón donde llorar mi pobre vida y hacer penitencia por mis pecados.» Decía también a menudo que no comprendía cómo, al ver sus miserias, no se entregaba a la desesperación. Tenía un terror muy grande de los juicios de Dios; cada vez que hablaba de esto temblaba; lloraba y decía que su mayor aprensión era la de caer en la desesperación en el momento de su muerte. Temía y llevaba con miedo su carga pastoral. No quería morir siendo cura. Fué este temor, lo confiesa, la causa de su segunda tentación de evasión. «Quise — me dijo— poner a Dios contra la espada y la pared, con el fin de hacerle ver que si muero en mi cargo de cura es muy a pesar mío y porque El lo quiere.»" 

Tal vez, por el contrario — diremos nosotros —, Dios deseaba, al aproximarse una época en que las vocaciones se tornarían más raras, mostrar por medio de ese ejemplo que un buen cura puede y debe morir en la brecha. En los tiempos del cura de Ars los sacerdotes no escaseaban tan cruelmente como en nuestros días. Lo cual explica un diálogo como el siguiente: 

"—Me iré de aquí. 

"—Monseñor no lo permitirá. 

"—Monseñor no se preocupa por mí: tiene bastantes curas; necesito mucho, algún tiempo para llorar mi pobre vida y prepararme a morir haciendo penitencia." 

Este diálogo lo mantuvo con Catherine Lassagne como lo había tenido con el hermano Athanase y ella lo transcribe con esta conclusión: "Por eso él trató de irse." 

Y, sin embargo, si creemos al abate Monnin que está tan al corriente de todos los detalles de esta vida, el santo de Ars reconocía que había intemperancia en este deseo de él y que el demonio se servía de ello para tentarlo. Y como sabemos que el grito iracundo del demonio: "¡Vianney! ¡Vianney! ¿qué haces ahí? ¡Vete! ¡Vete,!" se había hecho oír desde los primeros años de su ministerio —por lo menos desde 1829, según el testimonio del abate Bibot—, puede decirse que ésa fue la tentación dominante de su vida, que él le resistió valientemente, que estuvo casi por cederle en dos ocasiones, pero terminó por obedecer la voluntad de Dios y las órdenes de su obispo, tanto que murió en su puesto como lo deseaba su Jesús. 

"Sus huidas" — sigue diciendo monseñor Fourrey — no fueron de ninguna manera gestiones de rebelión. Al partir escribió al jefe de la diócesis: "Está usted seguro que volveré cuando usted lo quiera." Pero este modo de poner sobre aviso a la autoridad episcopal sobre su drama de conciencia le parecía el medio de obtener finalmente la liberación a la cual aspiraba. "Había creído, al huir, cumplir con la voluntad de Dios", ha asegurado Catherine Lassagne. 

"Sólo después del fracaso de la tentativa de 1853, él descubrió la maniobra del Maligno en sus sueños obsesionantes de soledad y de vida penitente, lejos de Ars . . ." 

Tal fue pues la más dura batalla del cura de Ars contra el Arpeo. Si el demonio le jugaba malas pasadas, dejándose ir a esas manifestaciones grotescas e irrisorias, sabía por otra parte revelarse un tentador singularmente hábil y penetrante. 

El cura de Ars y el espiritismo 

Nuestro estudio concerniente al "cura de Ars y el Diablo" no sería completo si no citáramos algunos rasgos precisos de él con respecto al espiritismo que consideró siempre como diabólico. Al conde Jules de Maubou, que tenía propiedades cerca de Villefranche, en Beaujolais, le agradaba ir a ver, durante su estada en la región, al santo hombre del cual era el penitente y amigo. Ahora bien, le había ocurrido, en medio de una sociedad distinguida en la cual se "divertían" en hacer mover y hablar las mesas, tomar parte en este juego por simple condescendencia con la moda. 

Dos días después se dirigió a Ars, vio al abate Vianney y, como de costumbre, se acercó sonriente a él tendiéndole la mano. 

Cuál no sería su estupor cuando el buen cura lo detuvo con un ademán antes que él hubiera podido dirigirle la palabra, para decirle con un tono triste y severo: 

"—¡Julio! ¡Anteayer ha tenido usted tratos con el diablo! ¡Venga a confesarse!" 

Ahora bien, el abate Vianney no podía saber por vías naturales lo que había pasado hacía dos días. Asombrado el joven conde se arrodilló dócilmente en el confesionario, y prometió que nunca más tomaría parte en un juego, el cual el hombre de Dios calificaba de diabólico. 

Poco tiempo después, cuando estuvo de regreso en París, se encontró de nuevo en un salón donde se jugaba a hacer moverse y hablar un velador. 

Lo invitan a participar; él rehusa. Insisten, pero se mantiene firme. Los asistentes ignoran su negativa. Las manos se unen alrededor del velador. El conde de Maubou se mantiene alejado y desde su rincón protesta interiormente contra el juego que se desarrolla sin su concurso. Contra todo lo esperado el velador no se mueve. El médium, es decir el que dirige el juego, se muestra muy sorprendido y termina por decir: "¡No comprendo nada! ¡Debe de haber aquí una fuerza superior que paraliza nuestra acción!" 

Y he aquí un segundo episodio en un todo semejante al primero. 

Un joven oficial, Charles de Montluisant, habiendo oído hablar de las maravillas de Ars, decidió ir hasta allí, por pura curiosidad. En el camino los oficiales convinieron en que cada uno de ellos haría una pregunta al cura de Ars. Sólo de Montluisant declaró que "no teniendo nada que decirle, ¡nada le diría!" 

Llegan, pues a Ars. De pronto, uno de los visitantes, queriendo hacerle una pequeña broma a su camarada y dirigiéndose al cura, le dice: 

"—Señor cura, este es Charles de Montluisant, un joven capitán de porvenir que desearía preguntarle algo." 

El capitán está atrapado. Siguiendo la broma de su compañero y no sabiendo qué decir, le hace simplemente esta pregunta: 

"—Pues bien, señor cura, estas historias de diablos que se cuentan con respecto a usted no son reales, ¿verdad? . . . ¡Es pura imaginación!" 

El cura, por toda respuesta fija su mirada penetrante en el oficial y dice, con voz breve y categórica: 

"—¡Ah, amigo mío! ¡Usted sabe algo al respecto! . . . ¡Sin lo que usted hizo no hubiera podido liberarse de él!" 

Respuesta enigmática y sin embargo llena de seguridad. Todos se miraron. Todos callaron y el joven capitán, ante el asombro de sus amigos, no contestó. 

Pero cuando estuvieron solos sus compañeros quisieron aclarar las cosas. O bien el cura había hablado al tuntún, sin decir nada preciso, o bien había querido decir algo, pero ¿qué? 

De Montluisant respondió que estando en París para sus estudios se había afiliado a un grupo filantrópico en apariencia pero que en realidad era una asociación espiritista. 

"Cierto día — les contó — al volver a mi cuarto tuve la impresión de no estar solo. Inquieto por esa sensación tan extraña, miro, busco por todas partes: nada. Al día siguiente la misma cosa . . . Y además me pareció que una mano invisible me apretaba la garganta . . . Yo tenía fe. Fui a buscar agua bendita a Saint-Germain- Auxerrois, mi parroquia. Asperjé el cuarto en sus rincones y recovecos. A partir de ese instante toda impresión de una presencia extranatural cesó. Y después no volví a poner los pies en casa de los espiritistas . . . No dudo que sea ése el incidente, ya lejano, al cual acaba de hacer alusión el cura de Ars."  

Los hechos que acabamos de relatar son para integrar el expediente del espiritismo, del cual tendremos ocasión de volver a hablar en otro capítulo. Pero cuando pensamos en las luces exclusivamente divinas por las cuales el santo cura de Ars se ha mostrado iluminado, a todo lo largo de su vida, en las numerosas experiencias que ha hecho por las innumerables confesiones que ha oído, es imposible no sentirse impresionados por la certidumbre categórica en extremo, que fue siempre la suya, del carácter demoníaco de la mayoría de las operaciones que constituye el espiritismo propiamente dicho. 

El cura de Ars veía y sabía cosas que nosotros no vemos ni sabemos. Su sentimiento sobre semejantes temas no es despreciable y es por ello que hemos creído necesario insistir, sin querer por eso resolver problemas tan complejos como son los de la metafísica. 

Balance y comparaciones 

Al término de este capítulo que nos ha puesto en presencia de rasgos tan particulares y, para nuestro espíritu moderno, tan extraños, no podríamos hacer nada mejor que establecer un balance por una parte y hacer algunas comparaciones por la otra. El balance vamos a pedírselo al demonio mismo y él nos explicará su encarnizamiento contra el cura de Ars. Las comparaciones que haremos a renglón seguido, con el abate Monnin, nos servirán para situar al santo hombre dentro de la serie de los grandes servidores de Dios del pasado.  

Si el diablo le tenía rencor a Jean-Marie Vianney, si trataba de desviarlo a cualquier precio de su tarea, ya sea gastando sus fuerzas por el insomnio, ya sea sumiéndolo con sutileza en angustias que le daban deseos de huir al desierto, es porque sabía bien toda la eficacia de su plegaria, de su maceración, de su ministerio junto a los pobres pecadores. Una mujer que mostraba señales de posesión y por boca de la cual Satán en persona parece haber hablado, le dijo cierto día delante de testigos: 

"—¡Cómo me haces sufrir! . . . Si hubiera tres como tú sobre la tierra mi reino sería destruido. . . ¡Me has robado más de ochenta mil almas!" 

En el momento en que estas palabras fueron pronunciadas el cura de Ars tenía en su parroquia a un misionero a quien había encargado que predicara a sus fieles. Volviéndose hacia él, le dijo, disminuyendo en tres cuartos la cifra que todos habían oído bien: "¿Oyó usted, señor misionero?; el demonio pretende que nosotros dos solos destruimos su imperio y que le hemos quitado veinte mil almas." 

Pero el demonio había dicho bien ochenta mil y no había hablado para nada del misionero, sino solamente del cura de Ars. Fue por un acto doble de humildad que el santo redujo el balance de sus victorias y asoció a él a su colega. 

No es necesario decir que el número citado en este caso por la mujer poseída que iba a ser curada por nuestro santo, no era el balance definitivo. Como lo dirá un día el mismo cura de Ars:, "¡Sólo Dios sabe todo el bien que se ha hecho aquí!" y al dícir esto mostraba su confesionario. Si todos sus penitentes no fueron convertidos, ni mucho menos, es indiscutible que para muchos de ellos, para la mayoría quizá, se trataba de un regreso a la fe o, por lo menos, a la práctica religiosa. 

Abordemos ahora las comparaciones. Cuando estudiamos de cerca la calidad espiritual del cura de Ars, no podríamos dejar de advertir la evidencia de que su amor prodigioso de la penitencia había sido extraído de los grandes ejemplos de los santos de antaño, pero más especialmente de los santos de la Tebaida y de los desiertos egipcios. Existen buenas pruebas de que el cura de Ars conocía las vidas de los eremitas y cenobitas de Egipto y que citaba con gusto episodios de esas vidas en sus famosos catecismos y en sus sermones. 

Y justamente es un rasgo de semejanza entre él y esos santos, que su maestro, el abate Balley, le había tantas veces elogiado, tratando de imitarlos delante de él, el hecho de que fuera gratificado con infestaciones diabólicas. Es imposible hablar de San Antonio el Grande, sobre todo, antepasado de la vida eremítica, sin recordar las infestaciones demoníacas con que fue perseguido. Los visitantes que llegaban hasta él, en la montaña desierta de Kolsim, casi nunca arribaban allí sin oír alrededor del santo, rompiendo el silencio de la inmensidad, una mezcla de ruidos confusos pero formidables, como un estruendo de armas y de caballos. Hubiérase dicho una ciudad sitiada por un ejército enemigo. Y eran los espíritus invisibles los que armaban toda esa batahola, como iba a hacerlo el Arpeo en Ars, muchos siglos más tarde. 

Otro célebre solitario, San Hilarión, no podía ponerse a rezar sin oír a su alrededor ladridos de perros, mugidos de toros, silbidos de serpientes u otros ruidos no menos extraños y aterradores. 

Alrededor de la celda de San Pacomio, el padre del cenobitismo, los diablos hacían tal batahola que hubiérase dicho que iban a echar por tierra y a destruir todo. 

Aparecían alrededor de la cabaña de San Abraham con un hacha en la mano, como para demolerla. 

Otras veces prendían fuego a su estera, lo mismo que iban a hacer con la cama del cura de Ars. 

Y, como lo dice el abate Monnin, podemos recorrer la vida de los santos. Hay pocos de ellos que no hayan estado en lucha abierta y a menudo ruidosa y memorable con Satán. Nombremos con el autor citado a San Benito, San Francisco de Asís, Juan de Dios, Vicente Ferrer, Pedro de Alcántara y entre las santas: Margarita de Cortone, Angela de Foligno, Rita de Cascia, Rosa de Lima y tantas otras. 


Presencia de Satán en el mundo moderno
Capitulo I
Monseñor Cristiani