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miércoles, 24 de septiembre de 2025

Casos de Posesión Diabólica en los Siglos XIX y XX, por Monseñor Cristiani




En Ars 

En el presente capítulo vamos a agrupar cierto número de casos de posesión que se encuentran escalonados desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. 

Tomaremos a Ars, nuevamente, como nuestro punto de partida. Pero volvemos a encontrar allí al santo cura, no ya como sujeto a las infestaciones diabólicas, sino echando al demonio por la fuerza de sus exorcismos. 

He aquí, primeramente, un hecho que tuvo por testigo al herrero del pueblo, Jean Picard, el cual declaró en el proceso de beatificación. 

Una posesa había sido llevada a Ars por su propio marido. La mujer estaba furiosa y lanzaba gritos desarticulados. Imposible comprender nada de lo que decía. El cura de Ars, después de haberla examinado, comprendió que estaba bajo la influencia de la acción diabólica y declaró que era necesario llevarla al obispo de su diócesis. Súbitamente, la mujer recobró la palabra y fue para maldecir en los siguientes términos: 

"¡Bien! ¡Bien! ;La criatura volverá allá!. .. ]Ah, si yo tuviera el poder de Jesucristo los hundiría a todos en los infiernos! "—

Pues mira, conoces a Jesucristo — dijo en seguida el abate Vianney—. ¡Y bien! Llévenla al pie del altar mayor." 

Cuatro hombres se apoderaron de ella y pese a su resistencia la depositaron donde el cura había dicho. 

Extrayendo entonces su gran relicario que siempre llevaba en el bolsillo, el abate Vianney lo apoyó sobre la cabeza de la posesa, la cual cayó al suelo como si estuviera muerta. Al cabo de un instante se irguió sin ayuda y salió con paso rápido de la iglesia. Una hora más tarde regresó muy tranquila, tomó agua bendita para santiguarse y se arrodilló. Estaba completamente liberada. Se quedó en Ars con su marido durante tres días más, como ejemplo edificante para los peregrinos por su bondad y su piedad. 

¡La acción del cura de Ars había sido pues extraordinariamente eficaz! 

Lo mismo ocurrió en el caso siguiente: Se trataba esta vez también de una mujer, pero acompañada de su hijo. Ambos provenían de los alrededores de Clermont-Ferrand. Hacía cuarenta años que esta mujer sufría y se la creía poseída por el demonio. En Ars mismo, demostró en efecto síntomas muy claros. Se la vio bailar parte del día, cantando, cerca de la iglesia. Hasta ahí podría tratarse de un caso de simple demencia. Pero revelador fue que al darle de beber unas gotas de agua bendita se puso súbitamente furiosa y empezó a morder los muros de la iglesia. 

Un sacerdote extranjero que se hallaba presente tuvo piedad de ella. La condujo al camino por donde debía pasar el abate Vianney entre la curia y la iglesia. El santo apareció en efecto y dio a esta mujer, cuya boca estaba llena de sangre, una simple bendición. Inmediatamente la desgraciada se tranquilizó completamente ¡y las terribles crisis que sufría desde hacía tantos años no volvieron jamás! 

Un tercer caso provenía de la diócesis de Avignon. Una joven maestra que daba señales de posesión demoníaca, fue llevada por orden del obispo que había estudiado su caso personalmente, al cura de Ars. Iba acompañada de un vicario de la parroquia de San Pedro, de Avignon, y de la Superiora de las Franciscanas de Orange. Llegaron a Ars en la noche del 27 de diciembre de 18 57. Al día siguiente por la mañana la hicieron entrar en la sacristía, en el momento en que el santo cura revestía los ornamentos para celebrar la misa. Pero en seguida la posesa se puso a gritar, tratando de huir: 

 "—Hay demasiada gente aquí —exclamaba. 

 "—Hay demasiada gente —repuso el cura—; ¡pues bien! ¡Saldrán todos!" 

Y ante una señal de su mano se quedó solo frente a frente con Satán. Al principio sólo se oyó desde adentro de la iglesia un ruido confuso y violento. Luego el tono se elevó aún más. El vicario de Avignon, vigilante junto a la puerta, pudo desde ese momento captar el siguiente diálogo: 

"—¿Quieres entonces salir a todo trance? — decía el abate Vianney. 

"—¡Sí! "

—iY por qué? 

"—¡Porque estoy con un hombre que no quiero! 

"—¿No me quieres entonces? —preguntó el cura con tono irónico. 

"—No —gritó el espíritu infernal. Y este ¡No! estaba proferido en tono estridente y furioso." 

Pero casi en seguida la puerta volvió a abrirse. Todos pudieron ver a la joven maestra llorando de alegría y, en adelante recatada y modesta, con una expresión de agradecimiento en el rostro. ¡Estaba liberada! Pero de pronto un sentimiento de temor volvió a asaltarla y volviéndose hacia el abate Vianney le dijo: 

"—¡Tengo miedo que él regrese! 

"—No, hija mía — le contestó el santo hombre —, o no tan pronto." 

La joven pudo volver a su pueblo y a sus funciones de educación en la ciudad de Orange. ¡Y él no retornó! 

Otro ejemplo memorable de la acción del abate Vianney en sus encuentros con Satán: Era una tarde, el 23 de enero de 1840. Una mujer llegaba del Haute Loire, de los alrededores de Puy, acababa de arrodillarse en el confesionario del cura de Ars. Pero en el momento en que éste le urgía que empezara la confesión de sus pecados se oyó súbitamente una voz amarga y fuerte que exclamaba: 

"¡No he cometido más que un pecado y doy parte de este bello fruto a todos los que quieran compartirlo! Levanta la mano y absuélveme. ¡Ah, la levantas bien, algunas veces, para mí, porque estoy a menudo junto a ti en el confesonario!" 

Comprendiendo que tenía que vérselas con el demonio, pero queriendo estar seguro de ello, el abate Vianney le hizo en latín la pregunta del Ritual: 

"—Tu quis es? (¿Quién eres tú?) 

"—Magister Caput! (el Maestro en Jefe) —replicó el otro, luego continuando en francés exclamó: 

"—¡Ah, sapo negro, cuánto me haces sufrir! Siempre dices que quieres marcharte. ¿Por qué no lo haces?. .. ¡Hay sapos negros que me hacen sufrir menos que tú! 

"—Voy a escribirle a monseñor — respondió el cura — para hacerte salir. 

"—Sí, pero haré temblar tanto tu mano que no podrás escribirle... ¡No te escaparás, no creas! ¡He ganado a más fuertes que tú!. .. ¡Y todavía no estás muerto! Sin esta.. . (aquí una palabra grosera para designar a la Santísima Virgen), que está allí arriba, no te escaparías; pero ella te protege, con ese gran dragón (evidentemente San Miguel) que está en la puerta de tu iglesia. .. ¿Di, por qué te levantas tan temprano? Desobedeces a la túnica violeta (a tu obispo). ¿Por qué predicas con tanta sencillez? Eso te hace pasar por un ignorante. ¿Por qué no predicas en grande como en las ciudades?" 

Y las invectivas continuaron así todavía largo rato, contra varios obispos y varias categorías de sacerdotes. ¡Pero Satán tuvo que reconocer, a pesar suyo, que el cura de Ars era un verdadero servidor de Dios! 

Monseñor Trochu, que relata esta batalla, no dice cómo terminó, pero podemos suponer que terminó, como todas las otras, con la derrota de Satán. 

Es de notar que en este caso existe, a la vez, posesión de una mujer e infestación del santo cura por el Diablo. 

Citemos, por fin, la cura de una posesa por el abate Vianney en el extremo final de su vida. Era el 25 de julio de 1859. Debía acostarse al día siguiente para no volver a levantarse. Le llevaron no sin trabajo, hacia las ocho de la noche a "una mujer que pasaba por posesa". Su marido que estaba con ella entró con la mujer en el presbiterio. El abate Vianney se reunió con ellos. ¿Qué ocurrió? No se sabe con precisión, pero lo seguro es que la mujer fue liberada. Un buen número de testigos que se hallaban en la puerta del presbiterio la vieron salir de golpe, libre y contenta. Pero uno de ellos dijo: "Se oyó en el patio un ruido semejante al de las ramas de árbol violentamente quebradas. Esto hizo un ruido tan tremendo que los presentes se espantaron. Ahora bien, añade el señor Oriol en su declaración, ¡cuando yo entré en la curia después de la oración de la noche, vi que los saúcos estaban intactos!" 

Una vez más posesión e infestación se habían unido. 

Los posesos de Illfurth 

Salimos de Ars que acaba de darnos bastantes casos de posesión, llegados de distintas regiones de Francia. Y nos trasladaremos a Alsacia. El cura de Ars acababa de morir el 4 de agosto de 1859. Los hechos de posesión que vamos a recordar se desarrollan en Illfurth entre 1864 y 1869. Advirtamos que Illfurth está situado a siete kilómetros de Altkirch, en el confluente del 111 y del Largue, y sobre el canal del Rhóne al Rhin, distrito de Mulhouse. Era entonces un pueblo grande de 1.200 habitantes. 

Las víctimas del Demonio en esta localidad fueron dos hermanos, el uno Thiébaut Buerner, de nueve años, el otro Joseph, de siete solamente. Hacia fines del año 1864, presentaron el uno y el otro síntomas de una enfermedad que desconcertó a los médicos. En septiembre de 1865 aparecieron fenómenos completamente anormales. Los dos niños, por ejemplo, si se acostaban de espaldas podían volverse y revolverse como trompos vivientes, a una velocidad increíble. Pero esto no era todo: eran víctimas a veces de hambres insaciables. Sus vientres se les inflaban en forma desmesurada. Decían que tenían en el estómago como una bola y que un animal vivo se movía dentro de ellos de arriba abajo. 

Y todavía más que eso: a veces si estaban sentados en una silla, ésta se levantaba con ellos, movida por una mano inasible y permanecía en el aire sin razón aparente. Hemos visto más arriba, junto con Saudreau, que éstas son señales precursoras, reveladoras de la posesión. Estas señales tenían en Illfurth innumerables testigos, personas reposadas e instruidas, que no se dejaban llevar a creer, sin pruebas, extravagancias como las que nos informa la crónica. El señor Gruninger, cuya obra hemos citado largamente en el capítulo anterior, atestigua que entre los testigos de los hechos acaecidos en Illfurth se hallaba su propio padre y que éste ha informado muchas veces lo que pasaba. Por lo demás, se hablaba de ello en toda la región. 

Era imposible que en una diócesis tan esclarecida como la de Estrasburgo, no se les ocurriera muy pronto a algunos católicos y sacerdotes que podía existir ahí un caso de posesión. Se trató de poner la cosa en claro. Hubo ensayos de exorcismo al cabo de los cuales los demonios fueron conminados a dar sus nombres. 

Hemos anotado hace un instante las palabras sacramentales que pronunció el cura de Ars en un caso semejante: (Tu quis es? (¿Quién eres tú?)" Conminados a nombrarse, los espíritus infernales, al no encontrarse tal vez frente a una autoridad tan imponente como la del santo hombre de Ars, se negaron a hacerlo durante mucho tiempo. Por fin, sin embargo, se supo que habían por lo menos dos espíritus diabólicos en cada niño. El mayor, Thiébaut estaba atormentado por dos demonios que pretendían llamarse Ypés y Oribas. El más joven de los dos varones tenía en el cuerpo un demonio llamado Zolathiel, pero nunca se pudo llegar a saber el nombre del otro. 

Las señales reveladoras de la posesión indicadas en el Ritual Romano se verificaron en el caso de los dos chicos por cuanto hablaban los idiomas más diversos, o por lo menos contestaban las preguntas que se les hacían en latín, inglés, francés, alemán o en el dialecto local. Este conocimiento de los idiomas que nunca habían aprendido era ya un indicio concluyente. Otro indicio era la aversión insuperable por el agua bendita y en general por los objetos benditos. Tercer indicio: predicción de los acontecimientos que iban a ocurrir. Era inútil turnarse para interrogar a los dos jóvenes posesos. Estos daban pruebas de una ciencia muy impropia de su edad y de su instrucción al no dejar sin respuestas ninguna pregunta que se les hacía, inclusive sobre problemas difíciles o embarazosos. Esta ciencia no era evidente mente natural. Era, entonces, preternatural, pero todas las circunstancias tendían a probar que no era angélica, sino indiscutiblemente diabólica. 

Estos hechos fueron pronto conocidos en toda Alsacia. El rumor se extendió hasta París. El obispado de Estrasburgo, como era su obligación canónica, hizo iniciarse una investigación. Por su parte el subprefecto de Mulhouse, a pedido de la Prefectura del Alto Rin, daba la orden al brigadier de gendarmería Werner, de redactar un informe sobre los hechos. 

Werner se dirigió al lugar. Si tenía un prejuicio, era desfavorable. Estaba convencidísimo que en pleno siglo XIX la creencia en el Diablo era un infantilismo inadmisible. Pero no tardó en salir de su error cuando estuvo en el lugar. Ocurrían, decididamente, en Illfurth, cosas que estaban más allá de su entendimiento. 

La autoridad eclesiástica por su lado había llegado a la conclusión que se imponía desde hacía mucho tiempo, a saber, que el exorcismo debía practicarse en el caso de los dos niños. Entre tanto, éstos habían crecido. Se estaba, efectivamente, en 1869. Las "diabluras" duraban desde hacía casi cinco años. Thiébaut, el mayor de los dos posesos, contaba entonces catorce años y su hermano doce. 

La liberación iba a producirse en dos tiempos, es decir, los dos hermanos, uno después del otro. 

Liberación de Thiébaut 

Sobre el exorcismo que fue operado en el orfelinato de San Carlos, Schiltigheim, tenemos el relato de un libro muy reciente; el del cura de Eichhoffen, en Alsacia, padre Suter, y de Francois Gaquére, doctor en letras y en teología, canónigo de Arras, bajo el título: En lucha con Satán. Los posesos de Illfurth. (Ediciones Marie-Mediatrice en Gen val, Bélgica, 1957.) 

Recordemos primeramente el horror que el joven poseso manifestaba por las cosas sagradas y eso que pertenecía a una familia cristiana y había sido educado en la fe. 

"Para él — dice en esta obra — una iglesia era una porquería, el agua bendita una chanchada, los sacerdotes unas faldas negras, unos clerizontes, las hermanitas de caridad unas basuras, los católicos unos roñosos, los niños, unos perros cachorro." 

No cabe duda que es el demonio el que habla por su boca. Cuando manifiesta su presencia, el niño está como en éxtasis, postrado como un muerto. El chico, que es por lo demás apuesto aunque pálido y melancólico, tiene el aspecto de un desgraciado. 

En el orfelinato donde lo habían llevado se mostraba tranquilo y no hacía más que jugar en el patio y pasearse. Nunca había sabido francés, pero contestaba en un lenguaje implacable y respondía también en latín, si se le hablaba en este idioma, por más que él no empleaba nunca primero este último idioma que jamás había aprendido. Andaba libremente por todo, menos por la capilla. En cuanto se acercaba al santuario, aun cuando le vendaban los ojos para que no supiera dónde lo conducían, se endurecía, ladraba como un perro, rehusaba avanzar. Su rostro se tornaba horrible. Si se le asperjaba con agua bendita, se retorcía como un gusano que se aplasta y no volvía a serenarse más que cuando se le dejaba alejarse. El día elegido para el exorcismo era el 3 de octubre de 1869. Fue necesario llevar por la fuerza al chico hasta la capilla donde se le ató a un sillón mientras lo sujetaban además tres hombres: Schrantzer, Hausser y el jardinero, Andrés. Se hallaba sobre una alfombra, frente al comulga torio, con el rostro vuelto hacia el tabernáculo. Sus mejillas habían enrojecido como si tuviera fiebre. De sus labios salía una espuma que caía al piso. Se volvía y revolvía en todas direcciones, como si hubiera estado sobre una parrilla, y buscaba con los ojos la puerta. El exorcista era el padre Souquat, provisto de los poderes de monseñor Racss, obispo de Estrasburgo. En el primer momento tuvo una vacilación muy comprensible, cuando oyó de boca del niño, que conocía apenas, esta exclamación brutal pronunciada con voz ronca y violenta: 

"¡Déjate de jorobar! ¡Fuera de aquí, roñoso!" 

Desconcertado, casi desarmado, el exorcista, a quien rodeaban altas personalidades eclesiásticas y algunas religiosas, se dominó y empezó las letanías de los santos. Al oír las palabras: "¡Santa María, ruega por nosotros!" el diablo lanzó un grito aterrador: "¡Sal de la porquería, roñoso! —bramaba—. ¡No quiero!" Y repetía estas palabras en cada invocación de un santo. Había gritado más fuerte sobre todo cuando había oído: "¡Santos ángeles y arcángeles, rogad por nosotros!" Poco después, cuando el exorcista pronunció: "¡De los lazos del demonio, libéranos Señor!" se vio al poseso sacudirse y temblar todo entero. Empezó a lanzar aullidos, haciendo contorsiones frenéticas, ¡a tal punto que los tres hombres que lo sujetaban tenían dificultad en dominarlo! 

Las letanías terminaron, el padre se colocó frente al niño y siguió con las oraciones del Ritual. 

El poseso no cesaba de gritar: "¡Fuera de la porquería, roñoso!" Pero cuando el exorcista pronunció en latín las palabras Gloria Patri et Filio, etc., el diablo, por boca del desgraciado niño quien, natural mente, ignoraba el latín gritó: "No quiero!" Lo cual fue interpretado: "no quiero rendir gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo." Antes de leerle el Evangelio según San Juan, como está prescrito en el Ritual, el padre trazó sobre él la señal de la cruz, pero sucesiva mente sobre la frente, sobre la boca y sobre el corazón, lo cual provocó nuevos aullidos. El poseso hasta trató de morderle la mano. El padre Souquat entabló entonces el siguiente diálogo, en alemán: 

—¡Espíritu de las tinieblas, serpiente aplastada, yo, sacerdote del Señor, te ordeno, en nombre de Dios, que me digas quién eres! 

—¡Eso no te importa, roñoso, lo diré si quiero! . . . 

—Esa es la misma actitud y la palabra altivas que tuviste con el Todopoderoso, cuando te echó del Cielo. ¡Pero yo te lo repito, sal de aquí, Satán, sal de esta iglesia! ¡No es a la casa de Dios, sino a las Tinieblas adonde tú perteneces! 

—¡No! — gritó Satán —. ¡No quiero: no ha llegado aún mi hora! 

El exorcismo duraba ya tres horas. El sacerdote se hallaba agotado por el cansancio y empapado en sudor. Tuvo que suspender la ceremonia. En cuanto el niño hubo salido de la capilla se serenó. 

Por la noche hizo esta reflexión al abate Schrantzer, que había llevado esa tarde al exorcista en coche: 

—¡Ah, has hecho bien en deslizarle una medalla! 

—¿A quién? 

—¡Al cochero, pues! 

El abate había dado, efectivamente, una medalla de San Benito al cochero que los llevaba, pero Thiébaut no había podido, sin lugar a duda, ver ese gesto. El padre prosiguió: 

—¿Cómo sabes eso? ¿Qué hubieras hecho sin eso? 

—Hubiera volcado el coche con caballos y todo. ¡Yo galopaba al costado! ... 

—Oye, te hemos atormentado mucho: ¿sabes quién te bendijo? ... 

—Sí, claro que sí, ya ha echado a uno de nuestros señores ... 

En realidad el padre Souquat, bastantes años atrás, había echado al demonio de una casa. Pero ¿como podía saberlo el niño? 

Estos pequeños detalles confirmaron al padre Souquat en la convicción que ya tenía de que Thiébaut estaba realmente poseído. 

Se preparó en consecuencia la segunda sesión. 

El asalto supremo 

Al día siguiente, lunes 4 de octubre de 1869, a las dos de la tarde, en presencia de los mismos testigos, se inició de nuevo el exorcismo. 

Habían atado fuertemente al niño en el sillón rojo y le habían puesto una camisa de fuerza. El diablo no dejó por ello de manifestar su presencia. Súbitamente, en efecto, se vio al sillón con el niño elevarse por los aires, a pesar de los esfuerzos de tres fuertes muchachos que se aferraban a él para sujetarlo, y que fueron arrojados a derecha e izquierda. En el mismo momento, el poseso lanzaba horrendos rugidos y de su boca salían chorros de espuma. 

Consiguieron dominarlo, sin embargo, y el exorcismo empezó. Al cabo de dos horas, después de haber leído las letanías y acabado las oraciones del Ritual, el padre se levantó e interpeló de nuevo al demonio en estos términos: 

—Ahora, espíritu impuro, te ha llegado el momento. En nombre de la Iglesia Católica, en nombre de Dios, en mi nombre, sacerdote de Dios, te ordeno que me digas cuántos son. 

—¡Eso no te importa, roñoso! 

—¡Esa es justamente la palabra de orgullo que tú tienes y que dicen en el Infierno! ¡Perteneces al abismo y no a la luz! ¡Regresa a él, espíritu impuro! . . . 

—¡No quiero volver allí: quiero ir a otra parte! . . . 

—¡Pues bien, Satán! ¡Te ordeno que me digas cuántos son! . .. 
—Somos nada más que dos. 

—¿Cómo te llamas tú?" 

—Oribas. —¿Y el otro? 

—Ypés. 

—¡Pues bien, espíritus impuros, os lo ordeno, salid de la casa de Dios: nada tenéis que hacer aquí! ¡Espíritus de perdición, salid de aquí: os lo ordeno en el nombre del Santísimo Sacramento! . . . 

—¡No quiero! ¡Roñoso! ¡No tienes ningún poder: mi hora no ha llegado todavía! 

De nuevo el exorcista estaba empapado en sudor. Temblaba. Los presentes no estaban menos emocionados y hasta espantados. El padre Souquat volvió, no obstante, a la lucha. Tomando un crucifijo lo elevó delante del poseso, diciendo: 

—Miserable Satán, no te atreves a mirar de frente esta imagen y vuelves el rostro para no verla y desafías al sacerdote. ¡Te lo ordeno, sal de aquí y regresa al Infierno que te está reservado! .. . 

—¡No quiero —gritó el demonio—, no se está bien allá!... 

—Debiste obedecer a Dios, pero elegiste tu desgracia. Preferiste ser un espíritu de las tinieblas. Retírate de la luz y vete a las tinieblas que te han sido preparadas. 

—Mi hora no ha llegado todavía: ¡no iré! . . . 

Tomando entonces una vela bendecida por el Santo Padre, el exorcista insistió: 

—Orgulloso Satán, te pongo esta vela sobre la cabeza para indicarte el camino del Infierno. Esta es la luz de la Iglesia católica y tú eres el espíritu de las tinieblas. Sí, regresa al Infierno para reunirte allí con los compañeros a los cuales perteneces. 

—¡Me quedo aquí, porque se está bien, mientras que en el Infierno no se está bien! ... 

Para terminar, el padre tomó en sus manos una pequeña imagen de la Virgen María: 

—¿Ves a la Santísima Virgen? ¡Una vez más Ella va a aplastarte la cabeza! Ella va a marcarte y a imprimirte en el pecho los nombres de Jesús y María, para que te quemen eternamente ... Entonces ¿no quieres ceder? Te lo he ordenado en nombre de Jesús, en nombre de la Iglesia católica, en nombre de Su Santidad el Papa, en nombre del Santísimo Sacramento. ¡Permaneces sordo a la voz del sacerdote! ¡Pues bien, Satán! ¡Ahora, es la Madre de Dios quien te lo ordena! Ella te ordena que salgas de aquí. ¡Espíritu impuro, huye del rostro de la Inmaculada Concepción! ¡Ella te ordena que te marches! ... 

Mientras tanto todos los asistentes se pusieron a rezar el Memorare, en latín. 

Súbitamente, con una voz poderosa de bajo, el diablo exclamó: 

—¡Pues bien! ¡Me marcho!... 

Se vio entonces al pobre poseso enroscarse como un gusano que se aplasta. Se oyó un crujido sordo. El niño se aflojó, se inclinó y cayó sin conocimiento. ¡El demonio había partido! 

El espectáculo era impresionante para los testigos horrorizados. Habían visto un instante antes el rostro de Thiébaut enrojecido, amenazador, lleno de ira, y habían oído las respuestas arrogantes de Satán. 

Y luego el niño reposaba, en un sueño que duró una hora. Estaba liberado. Cuando le presentaron al Cristo, cuando lo asperjaron con el agua bendita no tuvo más reacción. Se dejó llevar lentamente a su cuarto. Al cabo de cierto tiempo se despertó, se frotó los ojos, se mostró asombradísimo al ver a su alrededor a tantas personas que no conocía. 

—¿Me reconoces? — le preguntó el abate Schrantzer que había hablado con él el día anterior. 

—¡No —repuso el niño—; no lo conozco! 

La madre se hallaba presente. Lanzó un grito de alegría. Su Thiébaut que había estado sordo por obra del demonio oía ya normal mente y estaba liberado. Todos los presentes alabaron a Dios por haber dado a su Iglesia un poder tan grande. La madre y el niño regresaron a Illfurth, con la esperanza de ver liberado pronto, a su vez, al segundo de los posesos. 

La liberación de Joseph 

Lo curioso era que al regresar a su casa Thiébaut no recordaba nada. Los cuatro años que acababa de vivir en estado de posesión se habían borrado de su memoria. No reconoció al cura, el muy piadoso abate Brey, a quien se comparaba con el cura de Ars y que tenía, como éste, decían, infestaciones diabólicas. No recordaba haber visto la nueva alcaldía. Había llevado de Estrasburgo medallas benditas que regaló a su hermano. Pero Joseph las arrojó al suelo diciéndole: 

—¡Guárdatelas! ¡Yo no las quiero! 

—¿No se ha vuelto loco? — observó Thiébaut a su madre. Esta se guardó bien de decirle que él también había pasado por ese estado. El niño no se acordaba de nada. 

El miércoles 6 de octubre de 1869, el joven poseso gritó de pronto: 

—Mis dos camaradas — comprendieron que se trataba de Oribas y de Ypés, los dos demonios echados de Thiébaut — son dos cobardes. Ahora soy el amo y el más fuerte. No me iré de aquí hasta dentro de seis años. Me río de los clerizontes. 

—¿Eres entonces tan fuerte? —le preguntó el alcalde, señor Tresch, excelente cristiano. 

—Ciertamente — repuso —, me gusta estar aquí donde me he instalado muy bien. Me establezco en un dulce nido y no lo dejo sino cuando me place . . . 

Sin demora, no obstante, el abate Brey había pedido al obispo la autorización para practicar el exorcismo. Mientras Thiébaut había vuelto a ser el niño bueno de antes; iba a la iglesia y al colegio, se confesaba y no se acordaba más de sus cuatro años de posesión, el estado de Joseph no cesaba de empeorar. Por fin llegó la autorización del obispado y el cura fijó para el 27 de octubre el exorcismo. Se guardó sin embargo el secreto para evitar la multitud. Era un domingo. Fueron convidados solamente algunos testigos y la ceremonia se desarrolló en la capilla del cementerio de Burnkirch, a un cuarto de hora de la aldea. Estaban presentes, con el alcalde, señor Tresch, los padres del niño, el maestro, el jefe de estación, la directora del colegio de niñas, el profesor Lachemann, los señores Spies y Martinot. 

A las seis de la mañana, cuando empezó la misa, el poseso se puso a golpear con el pie y a revolverse en todas direcciones. Hubo que atarle los brazos y las piernas. No habían terminado las oraciones al pie del altar cuando el niño logró desatarse y arrojar las correas, de un puntapié, sobre el oficiante. El señor Martinot lo tomó entonces fuertemente sobre sus rodillas. Se puso entonces a lanzar gritos des articulados gimiendo como un perrito, gruñendo como un marrano. Ante la sorpresa de los presentes, con todo, se quedó quieto desde el Sane tus hasta el final de la misa. 

Habiéndose quitado las vestiduras litúrgicas y vestido con sobrepelliz y la estola, el cura inició entonces el exorcismo. Llegado el diálogo ritual con el Demonio, el abate Brey le ordenó que dijese cuántos eran: 

—¡No necesitas saberlo! —repuso éste secamente. Y como el sacerdote volvía a insistir le espetó el nombre de Ypes, uno de los demonios que habían poseído a su hermano. 

Durante la lectura del Evangelio de San Juan, el poseso gritaba: 

—¡No me iré! . . . 

Y llovían las injurias contra el exorcista. Tres horas consecutivas continuó la lucha. Los presentes empezaban a cansarse, a descorazonarse. Pero el buen cura, agotado él también y empapado de sudor, los exhortaba a no cejar. Durante este tiempo el alcalde, señor Tresch, tenía al niño. Exhausto, se lo pasó al profesor Lachemann, y el Diablo exclamó: 

—¿También estás tú ahí, cara chata? .. . 

Mientras tanto el cura, arrodillado delante del altar, había rezado.

Bajando del altar dijo al niño: 

—¡Te conjuro, en nombre de la Inmaculada Virgen María de abandonar a ese niño! ... 

—¡Por qué tendrá que venir éste ahora —replicó Satán iracundo— con su Gran Dama! ¡Me veo obligado a partir!...

Ante estas palabras una emoción estremecida se desató entre los concurrentes. Todos comprendieron que iba a producirse la liberación y que era por obra de la Virgen María. El abate Brey reiteró la conminación: 

—¡Me voy —aulló el demonio—, me voy a una manada de cerdos! ... 

—¡Al Infierno! —ordenó el sacerdote. 

—Quiero ir a una manada de gansos — suplicó el diablo. 

—¡Al Infierno! —repitió el sacerdote que cada vez renovaba el conjuro ritual. 

—No conozco el camino — dijo Satán —. ¡Me voy a una manada de ovejas! .. . 

—¡Al Infierno!... 

—¡Ahora tengo que irme por fuerza! — exclamó el diablo... 
 
Con estas palabras el niño se volvió a derecha e izquierda aflojando los músculos, hinchó los carrillos y tuvo un último espasmo convulsivo, luego recayó, quedándose súbitamente silencioso e inerte. Lo desataron y sus brazos cayeron sin vida, su cabeza colgando hacia atrás. Pero esto duró sólo un instante. Se le vio estirarse como un hombre que se despierta, abrir los ojos que había tenido cerrados durante todo el exorcismo y se mostró muy sorprendido de verse en una capilla con tantas personas a su alrededor. 

Desde el principio el demonio había dicho: Si me veo obligado a partir, marcaré mi partida rompiendo algo." El rosario que le habían puesto al niño alrededor del cuello y el cordón de la pequeña cruz pectoral estaban hechos pedazos. Y sin embargo, con los pies y los brazos atados no era él quien había podido romperlos. 

La escena que acabamos de relatar había conmovido a todos. Se cantó el Te Deum, las letanías de la Virgen, el Salve Regina. Las voces estaban entrecortadas por sollozos. El abate Brey se sintió más de una vez como paralizado por la emoción y las lágrimas. 

¡Testimonio único en el mundo! Queda en el pueblo de Illfurth cerca de la plaza, en un jardín, sobre el solar de la casa de los dos posesos, destruida en la actualidad, un bello monumento que perpetúa el recuerdo de los hechos que acabamos de contar. Es una columna alta, salpicada de estrellas y que tiene en la cúspide la imagen de María Inmaculada. 

En el pedestal se lee, en latín, la frase siguiente que traducimos: 

En recuerdo perpetuo de la liberación de los dos posesos, Théobald y Joseph Burner, obtenida por la intercesión de la Bienaventurada María Inmaculada, el año del Señor 1869, 

Levantado en 1872, por suscripción, este monumento es cuidadosamente mantenido en la actualidad. 

El caso de Héléne Poirier 

Antes de abordar en este capítulo el caso notable de la embrujada de Plaisance, citaremos todavía muy brevemente algunos otros casos y en primer lugar el de Héléne Poirier. Esta persona, excelente por otra parte, soportó pruebas aterradoras. Murió a la edad de ochenta años, en 1914. Sus desventuras demoníacas han sido conta das en detalle por el canónigo Champault, en un libro intitulado Una posesa contemporánea (1834-1914) (París, Téqui). El autor del libro disponía de una documentación precisa y completa. Dirigía entonces una institución en Gien (Loiret) y había sido él mismo testigo ocular de una buena parte de los hechos que relata. Además tenía en su poder el expediente voluminoso de dos curas que se habían sucedido en la parroquia de Coullons, a la que pertenecía la posesa. Y por añadidura el canónigo Champault tuvo a su servicio a esta persona durante varios años y no la perdió de vista hasta su muerte. 

¿Quién era, pues, Héléne Poirier? Una excelente muchacha del campo que ejercía la profesión de lencera. No sabríamos decir por qué esta honesta mujer fue sometida, con el permiso de Dios, a una serie de vejaciones diabólicas. Fue sucesivamente obsesionada y poseída. Sabemos que estos dos vocablos indican diferentes grados de manifestaciones diabólicas. Si podemos atribuir a esta clase de hechos una finalidad y sin la cual Dios no podría permitirla, es probable que la Providencia entiende mostrarnos de este modo los terribles peligros a los cuales estaríamos expuestos si los demonios tuvieran el campo libre. Sabemos que no tienen permiso de hacer todo lo que quieren. Felizmente para nosotros, los pobres humanos. 

Pero volvamos a Héléne Poirier. Su vida está, por decirlo así, tejida de pesadas bromas demoníacas, de vejaciones, de golpes, de traslaciones, etc., etc. 

Fue literalmente poseída, durante seis años, y por lo menos dos veces. Las dos veces fue sometida al exorcismo. En los intervalos, recaía en obsesiones más o menos violentas. Fue, en cierto sentido, víctima del demonio y mártir de su crueldad durante la mayor parte de su existencia. 

En ella se verificó, por lo demás, lo que el abate Saudreau nos enseñó; a saber, que el coraje y la paciencia de los posesos pueden trocarse para ellos en fuente de gracias eminentes. 

En la segunda parte de su vida, en efecto, Héléne Poirier fue favorecida, paralelamente con los ataques del Demonio, por consolaciones maravillosas, intervenciones de su ángel guardián, visiones de la Santísima Virgen y del mismo Jesucristo. 

Para darnos una idea de la violencia de las persecuciones inferna les, en el caso de ella, estamos frente a hechos innumerables de los cuales damos una muestra. 

Cuando vivía con su madre, en la más extrema pobreza, Héléne recibía de su enemigo invisible, ante los ojos de su madre impotente, cachetadas, puñetazos, puntapiés, y hasta sufría tentativas de estrangulación. Y no eran éstas ilusiones ni imaginación porque sus brazos, su rostro, sus piernas mostraban a veces, durante semanas, los rastros del mal tratamiento que le infligían. 

El Diablo se mostraba a ella bajo las formas más horribles. La aplastaba con su peso, la arrojaba al suelo — esto un número in calculable de veces —, le soplaba en la cara. 

Las traslaciones fueron muchas: consistían en que Héléne se veía asida del cabello, siempre por una fuerza invisible, arrastrada por la habitación donde se encontraba, levantada del piso y finalmente arrojada, media estrangulada, sobre su cama. Cierta vez, hasta llegó súbitamente a ser asida por la cabeza y llevada por encima de las casas vecinas en un recorrido de cuarenta metros. 

Por la noche, le ocurría con frecuencia lo que hemos visto a propósito del cura de Ars: un espíritu infernal sacudía rudamente los cortinajes de su cama, hacía deslizarse las varillas de una punta a la otra en ambos sentidos y esto durante horas. Héléne pedía auxilio. Llegaban las gentes. Hubo hasta veinte testigos ante los ojos de quienes las cortinas del lecho sufrían los fenómenos indicados. Y los nombres de estos testigos están citados, para que no tengamos duda alguna sobre la realidad de los hechos. 

 iSi Héléne Poirier ha sabido santificarse a través de tanta miseria, más de uno de nosotros suplicará a Dios de no conducirlo a la santidad por este camino aterrador y bárbaro! 

Otros dos casos de posesión 

En el libro que consagró a los posesos de Illfurth, el canónigo Frangois Gaquére relata también, con muchos menos detalles, el caso de otros dos posesos, acontecido en fecha un poco más reciente. Nos limitamos a indicarlos brevemente. 

Primeramente se trata de una joven africana de raza cafre, Claire Germaine Céle, de Natal, África del Sur, de diecisiete años y que fue poseída dos veces y dos veces liberada, la primera mediante el exorcismo del 10 de septiembre de 1906, y la segunda por el 24 de abril de 1907. Esta joven indígena, bautizada en la cuna, había sido educada por las religiosas de la Misión. La familia estaba desunida por los malos entendidos. Se desarrollaban frecuentes querellas. La joven, de salud muy delicada, se mostraba muy lunática. Después de la primera comunión no tardó en abandonar la práctica de los sacramentos. Sus ojos se iluminaban con un brillo sombrío. Por las noches se agitaba; se la oía gritar como demente: "¡Estoy perdida! ¡He hecho una confesión y una comunión sacrílegas! ¡Voy a ahorcarme! . . Cierto día entregó al padre Erasme, misionero, una nota en la cual le decía ¡que estaba vendida al diablo! El 20 de agosto de 1906 se mostró más atormentada que de costumbre. Rechinaba los dientes, ladraba como perro, pedía auxilio. 

—Hermana —clamaba—, ¡haz venir al padre Erasme! Quiero confesarme y decirlo todo. Pero pronto, porque el demonio quiere matarme. Me domina. No tengo nada bendito y he perdido todas mis medallas. . . 

Hasta ahí podía creerse en simples crisis de demencia. Pero varios síntomas muy definidos demostraron que se trataba, por cierto, de una posesión. Germaine tenía horror por todos los objetos benditos y los rechazaba diciendo que la quemaban. Conocía cosas lejanas y secretas. Comprendía todos los idiomas que se le hablaban y repetía en latín largas fórmulas del Ritual, y hasta corregía los errores de los demás en esta recitación. El demonio que la habitaba era muy charlatán y se dedicaba a revelar la conducta íntima y los pecados secretos de los presentes, lo cual hacía huir a la mayoría. Ante las invocaciones de Jesús y María entraba en furor. Con res pecto a la pobre posesa mostraba la más cruel diversidad de acción. Ora la levantaba por los aires, sin que fuerza alguna pudiera retenerla, ora hinchaba su pecho o su vientre, ora su cabeza cobraba una apariencia monstruosa, sus mejillas se inflaban como globos, su cuello se alargaba y un bocio espantoso aparecía. Bajo la piel se le formaba una bolilla que circulaba a través de todos sus miembros. Otras veces se arrastraba por el suelo a modo de serpiente, sacando velozmente la lengua. Y sin embargo bastaba con una aspersión de agua bendita o una bendición de algún sacerdote para hacer cesar todas estas vejaciones. En total el espectáculo de esta posesión y de sus manifestaciones tuvo, para muchos espectadores, el efecto más eficaz. Se produjeron conversiones y la piedad creció en muchas personas. Los exorcismos que por dos veces liberaron a la desgraciada, demostraron el poder de las oraciones de la Iglesia. El supremo exorcismo fue realizado por el obispo en persona, monseñor Henri Delalle. Su prueba se terminó, pues, como la de los niños de Illfurth, que tampoco volvieron a ser atormentados, pero que murieron jóvenes también: el mayor, Thiébaut, a los dieciséis y el segundo, Joseph, en 1882, a los veinticinco años. 

Las posesas de Phat-Diem 

El segundo caso de posesión relatado por el canónigo Gaquére fue un fenómeno colectivo. Los hechos han sido consignados en el exce lente Bulletin de la Société des Missions etrangéres de Varis (Boletín de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París), publicado en Hong Kong, en el transcurso de los años 1949-1950. El autor de los artículos era monseñor de Cooman, actualmente vicario apostólico de Thanhoa. Las posesiones en cuestión habían ocurrido, en 1924-25, en Phat-Diem, en la provincia de Nonh-Binh, en Tonkín. 

La primera víctima fue una novicia joven del convento de las "Amantes de la Croix", una congregación indígena. La cosa se inició con ruidos violentos, golpes asestados a la novicia por una mano invisible, piedras y palos arrojados no sólo a Marie Dien, la novicia en cuestión, sino sobre las personas que acudían en su ayuda. 

¿De dónde podía provenir tal persecución?' No siempre puede saberse en los casos de posesión. Daremos más adelante ejemplos en los que el origen de la posesión se hace ver con evidencia: interven ción de brujos que tienen un pacto con el Demonio. En el caso de Germaine Cele, que acabamos de resumir, se trataba de comuniones sacrílegas. En el de los dos posesos de Illfurth, se había hecho la conjetura de la intervención de una mujer sospechosa de brujería que había hecho comer una manzana a los niños. En el de Marie Dien, ha bía un joven de veinte años llamado Minh que había hecho un peregrinaje a una famosa pagoda pagana, la de Dén-Song, para pedir a los "genios" la mano de la joven. El 22 de septiembre de 1924, el diablo, al mismo tiempo que golpeaba a Marie Dien en el rostro y la boca, le dijo:

—¡Ya va la tercera vez que vienen a la pagoda para pedir tu mano! ¡Terminaré por hacerte mía! 

Las persecuciones más extrañas se produjeron, en efecto, durante cerca de dos años, sembrando el terror entre las novicias: ruidos horribles, cantidad de proyectiles que venían de no se sabía dónde, tales como piedras, pedazos de maderos, papas, botellas vacías, o si no chillidos de pájaros, relinchos de caballos, cornetas de autos, portazos, risas sarcásticas o sollozos desgarradores, estallidos de truenos, en una palabra, todo lo que ya hemos visto en Ars en las infestaciones a las cuales fue sometido el abate Vianney. 

Pero lo más grave fue que otras novicias sufrieron ataques a su vez. Fue en el convento como un contagio estrambótico. Las novicias se trepaban sobre los "aréquiers", especie de palmeras de tronco fino que se elevan hasta ocho o diez metros de altura. Para contrarrestar esta manía hubo que colocar pequeños crucifijos en los troncos de los árboles. Hubo huidas tan inconscientes que las novicias no se acordaban, a renglón seguido, de nada. Pero la presencia del demonio se manifestó claramente por el conocimiento de los idiomas y de secretos imposibles de ser penetrados en forma explicable. Finalmente se decidió realizar los exorcismos. No eran menos de catorce posesas, lo cual hace pensar en el caso histórico de las Ursulines de Loudon, en el siglo XVII. La batalla fué larga y dura. El diablo partía, pero volvía en forma más aterradora. La perseverancia de los exorcistas lo venció por fin. En el mes de diciembre de 1925 el noviciado de Phat-Diem encontró de nuevo la paz definitivamente. En 1949, cuando relataba estos hechos, monseñor de Cooman comprobó que una paz bienhechora y el fervor más notable reinaban ininterrumpi damente en el convento de las "Amantes de Ja Croix". Tres de las antiguas posesas habían sido excelentes superioras del convento. Marie Dien misma, la primera perseguida, había ejercido después a la perfección las funciones de maestra de novicias en el convento de Thanhoa, y murió allí con los más altos sentimientos de piedad, el 6 de agosto de 1944. Estas religiosas, actualmente en número de trescientas profesas, se refugiaron, en su mayor parte, en el Vietnam del Sur donde continúan su admirable apostolado.

Presencia de Satán en el mundo moderno
Monseñor Cristiani
Capitulo V 

domingo, 31 de agosto de 2025

La embrujada de Plaisance, por Monseñor Cristani




Una extraña historia 

La embrujada de Plaisance De Francia pasamos a Italia y estamos esta vez en pleno siglo xx. Un caso curiosísimo se ofrece a nosotros en la región de Plaisance. Para guiarnos tenemos un librito de Alberto Vecchi, intitulado Interviú ta col diavolo (Entrevista con el diablo). 

Una noche de mayo, en 1920, un buen hermano franciscano, Pier-Paolo Veronesi, trabajaba en la sacristía de la iglesia del convento de S. Maria di Campagne, en Plaisance, cuando una mujer se presentó a pedirle una bendición. Deseaba que se la diera en el altar de la Virgen. El hermano se prestó en seguida a este deseo, que le pareció inspirado de piedad mariana. Pero se sorprendió un poco cuan do la mujer, cuyo rostro estaba marcado por una profunda tristeza, le pidió permiso para hablarle un instante en la sacristía. El hermano creyó que tenía alguna pena, alguna prueba dolorosa, pero no pudo negarle los pocos minutos de conversación que ella le solicitaba. 

Con voz sofocada primero, luego a medida que hablaba, con algo más de seguridad, la mujer hizo entonces las confidencias más asombrosas. ¿Qué decía? A ciertas horas, una fuerza desconocida se apoderaba de ella, hacía mover todo su cuerpo a pesar suyo. Entonces ella, sin quererlo, empezaba a bailar horas enteras hasta caer en el agotamiento. Cantaba arias de ópera que nunca había oído, tenía conferencias frente a un auditorio imaginario, en un idioma desconocido. A menudo, experimentaba la necesidad irresistible de romper con los dientes todo lo que le caía en mano. Desgarraba y hacía trizas con ira toda la ropa blanca de su marido. Otras veces como si fuera una gacela, y con gran terror de las personas presentes, saltaba de silla en silla, se subía a la mesa, rugía, aullaba, maullaba, hasta el punto de que los que la oían se creían en una jaula de bestias feroces. Además, hablaba a veces de cosas lejanas y desconocidas, y se verificaba luego que había dicho la verdad. Después de escenas terroríficas en casa de ella, cuando se desplomaba por la fatiga, su cuerpo quedaba durante días enteramente negro e hinchado, al punto de inspirar piedad a todos cuantos la veían. 

Ultimo indicio: cuando se encontraba en estado crítico, sabía poco después que sus padres, aunque residían muy lejos, habían sido incomodados ellos también como si un fluido misterioso hubiera pa sado de ella hasta ellos. 

 —¡Créame, padre, que mi vida se ha tornado un infierno! Tengo dos niños y pese a esto no pienso más que en la muerte que sería para mí la liberación. 

El padre no podía creer todo este relato. 

Pero como era capellán del asilo de psiquiatría, llegó simplemente a la conclusión de que tenía enfrente a una persona con el cerebro algo enfermo. Se limitó a hacerle algunas preguntas: 

—¿Todo esto es completamente exacto? 

—Sí; innumerables testigos pueden atestiguarlo. 

—¿Y esto ocurre desde hace mucho tiempo? 

—Desde hace siete años. 

—IY qué le han dicho los médicos? 

—He consultado a todos los médicos de Plaisance, los que conocía, y todos ellos me han dicho con palabras más o menos claras que mi caso era un caso de histerismo. 

Ante estas palabras el padre se sintió aliviado. Era justamente lo que él mismo había pensado. 

—Entonces — le dijo—, ¿sabe usted de lo qué se trata? 

—No, porque siento que no soy ni una histérica ni una loca. 

—¿Y entonces? —Entonces —repuso la mujer— al ver que no podía recibir ninguna ayuda de los hombres, sentí la necesidad de refugiarme en Dios. He ido, a pesar de muchas repugnancias, a todas las iglesias del pueblo para rezar y para que me dieran la bendición. Cada vez que me han dado la bendición me he sentido mejor durante algunos días. Pero he ido tantas veces que tengo miedo que me consideren loca y no me atrevo a hacerlo más. Pero escúcheme lo que me ocurrió.

"Me dijeron que había en las colinas un sacerdote de la parroquia cuyas bendiciones eran particularmente eficaces. Quise ir junto a él. Cierto domingo, después de almorzar, con un coche y un caballo que la comuna de San Giorgio me habían prestado, me dirigía hacia allí con mi marido y varios de mis parientes. El caballo, excelente para el trote, devoraba la distancia. De pronto, se detuvo y no quiso adelantar. Se le castigó en vano hasta hacerle salir sangre. ¡Se estancaba, se debatía, pero no avanzaba un paso! Entonces, sin saber lo que me pasaba, salté del coche sin dejarme retener por mis acompañantes y me puse a volar — es la palabra que conviene — a cerca de medio metro sobre el suelo, a través de los campos y subí así la colina hasta el campanario de la parroquia donde íbamos. Los fieles salían de la bendición de la tarde. Todos me vieron subir hacia la iglesia, aullando y gesticulando: los perros ladraban, las gallinas se dispersaban, y yo llegué entonces al lugar. Todos se apartaron, y yo con la cabeza gacha y el cuerpo horizontal, entré por la puerta en tornada de la iglesia y me tiré cuan larga soy al pie del altar mayor sobre el cual había un cuadro de San Expedito. El cura, seguido por los demás, corrió y al ver lo que ocurría me bendijo. Volví entonces en mí y durante días me encontré mejor... 

Todo este relato no hizo más que confirmar las sospechas del padre Pier-Paolo. 

—Son ésos — dijo con tono incierto — fenómenos muy extraños; sí, muy extraños. 

Luego despidió a su interlocutora, diciéndole: 

—Escúcheme, puesto que la bendición la alivia, venga sin miedo cuando quiera. Si yo no estoy aquí, siempre habrá alguno de mis colegas para bendecirla. 


Escena reveladora 

Pasaron varios días. La mujer volvió para hacerse bendecir. Pero mientras el hermano Pier-Paolo le da la bendición en el altar de la Virgen, la mujer se pone, apoyada contra una columna cerca del coro a ulular con la boca cerrada, como lo hace un perro cuando sueña. Luego con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en la columna, las manos juntas, entona un canto prodigioso. Canta con una voz apasionada, rica, deslumbrante, ;que hace correr a todos los niños de la vecindad para oírla! Y cuando ha terminado habla en lengua des conocida, sin cambiar de postura; parece debatirse contra una potencia invisible, y llega a pronunciar insultos, con furor, como los de una loca en el paroxismo de la cólera. 

En ese preciso instante, otro sacerdote cruzaba por la iglesia: el padre Apollinaire Focaccia. Y pudo oír primero el canto, luego las imprecaciones en idioma desconocido. Por la noche dijo a su colega:

—¿Ha observado usted a esta mujer? 

—Sí; ¿por qué? 

—¿No le ha impresionado a usted? 

—Para decirle la verdad, no. Como capellán de las locas, estoy un poco acostumbrado ... 

—¡Ah! Pero ¡cuidado! ¡Para mí esta mujer está poseída! 

—No exageremos — repuso el hermano Pier-Paolo —. No hay que meter al diablo en todo, por cualquier cosa, como lo hacen las gentes del pueblo, cuando se trata de cosas explicables, naturalmente. Y además ¡lo que no se explica hoy la ciencia humana lo explicará mañana sin duda! . .. 

—No estoy de acuerdo con usted —repuso el padre Apollinaire —. Piénselo bien. ¿Cómo quiere que esta mujer pueda hablar un idioma desconocido? Se mueve, con toda evidencia, en un mundo misterioso y ¡ese mundo es el demonio! .. .

—Padre Apollinaire, venga entonces conmigo al asilo de psiquiatría y le haré ver casos muy interesantes que la ciencia no ha podido llegar a explicarse del todo. 

—Iré encantado, pero dígame. ¿Ha visto un caso que se parezca en algo a éste? 

—¡Francamente no! 

—Entonces tenemos el derecho de admitir, a título de hipótesis, y sin ofender a la ciencia, la posibilidad de una intervención diabólica. Esta persona parece muy normal. Pero hay en ella una personalidad muy distinta a la de ella. Ha oído usted cómo canta. ¡Ninguna cantante entre las más famosas de nuestro siglo haría otro tanto! ¿Y qué decir de esas injurias extrañas proferidas en idioma aún más extraño? No; no me quitará usted la idea de que esta mujer está poseída. Es cierto que no estamos ya en la Edad Media. Se veían por todas partes, entonces, sortilegios y diabluras. Pero no debemos pretender saber más que los Evangelios, más que Jesús, que San Pablo y San Pedro, que han hablado del Diablo como de un ser muy real. San Pablo en la Epístola a los Efesios dice que los demonios están "en el aire". El fenómeno de la posesión es conocido desde la más remota antigüedad. La Iglesia ha instituido una Orden de exorcistas y no es por nada. El diablo, según nuestros misioneros en países paganos, está muy activo entre los pueblos que permanecen en las tinieblas del paganismo. No hay duda alguna que puede también actuar en el seno de nuestros pueblos bautizados, pero de los cuales una parte ha renegado de la fe de bautismo . .. 

Largamente todavía el padre Apollinaire desarrolló su pensamiento. El hermano Pier-Paolo estaba un poco vacilante pero no convencido del todo.

—Todo lo que dice usted, amado padre, es muy cierto, pero no discuto la doctrina, discuto solamente el hecho y dudo que esta mujer esté realmente poseída.


En casa del obispo 

La mañana siguiente, el padre Pier-Paolo, presa de algún escrú pulo, después de la discusión de la víspera, se presentó en casa de su obizpo, monseñor Pellizzari, y le expuso en detalle todos los hechos que acabamos de relatar. 

Después de un buen rato de reflexión el obispo dijo simplemente:

—¡Amado hermano, proceda al exorcismo! 

—Excelencia —replicó rápidamente el padre—, ¿cree verdaderamente necesario el hacerlo? 

—Sí — repuso el obispo sin vacilación. 

—¿Y soy yo quién debe hacerlo?

—Sí, usted. 

—¿No podría encargarse esto a algún otro? 

—O usted o monseñor Mosconi, el vicario general, pero sería mejor que fuese usted porque conoce a la persona. 

—Discúlpeme, Excelencia — observó el padre —, pero si mal no recuerdo, he oído decir que el Diablo, durante el exorcismo se yergue contra el que lo hace e inventa toda clase de cosas desagradables sobre él. Si esta mujer está realmente poseída...

— Pero ¿quién puede dar fe a los decires del Diablo? ¿No sabe usted que el Demonio es el padre de la mentira? ... 

Finalmente, el padre Pier-Paolo tuvo que inclinarse ante la voluntad del obispo. De regreso del obispado estaba bastante afligido. Le parecía una aventura terrible tener que afrontar al Demonio. Era un excelente religioso pero algo timorato y temía entrar en una lucha en la cual le costaría predominar. Pero la orden del obispo era formal. Se sometió, rezó, durmió poco, y se puso en el deber de cumplir la misión que le había sido confiada. Por la mañana fue a ver al doctor Lupi, director del asilo de psiquiatría, a quien expuso en detalle lo que le ocurría; el médico, muy interesado por su relato, le pidió asistir a los exorcismos, que era justamente lo que el padre quería proponerle. 


Primer exorcismo 

El primer exorcismo tuvo efecto el 21 de mayo de 1920, a las catorce. Se efectuó en una sala del primer piso, arriba de la capilla. La posesa llegó en compañía del marido, de su madre, de un amigo de la familia y de dos jovencitas. El padre estaba ayudado por un colega encargado de anotar todo lo que iba a ocurrir, el padre Giustino, y por el doctor Lupi, director del asilo. 

Arrodillados delante de un pequeño altar, los dos padres rezaron primeramente, como lo ordena el Ritual, las letanías de los santos.

La posesa, sentada en un sillón de junco, se estiraba como una fiera salvaje que sale de su sueño. Súbitamente, se oyeron en latín las primeras palabras del exorcismo: 

Exorcizo te, inmundissime spiritus, omne pbantasma, omms leglo . .. 

Ante estas palabras, la posesa, agarrándose con ambas manos las puntas de los pies, se elevó del suelo, en un salto de rara elegancia, luego cayó verticalmente y se estiró como una gacela y quedó de pie en medio de la sala. Su cuerpo se había transformado por completo. Su rostro era horroroso; empezó a lanzar injurias contra el exorcista, gritándole con voz tonante y sin acentos femeninos: 

—Pero ¿quién eres tú, entonces, que te atreves a venir a combatir conmigo? ¿No sabes que soy Isabó y que tengo las alas largas y los puños robustos? 

Luego salió de boca de la posesa una tirada de insultos contra el exorcista. 

Anonadado, sorprendido, casi desconcertado, el padre se sintió un instante reducido al silencio. Pero cobró en seguida coraje, sin saber cómo, y exclamó con fuerte firmeza: 

—Yo, sacerdote de Cristo, te ordeno a ti, seas quien seas, y te ordeno en nombre de los misterios de la Encarnación, de la Pasión y de la Resurrección de Jesucristo, por su Ascensión a los Cielos, por su venida en el Juicio Final, de permanecer tranquilo y no dañar a ninguno de los que están aquí y de obedecer todo lo que yo te ordeno .. . 

Luego se trabó el siguiente diálogo ante la emoción general: 

—En nombre de Dios, ¿quién eres?

—¡Isabó! —gritó la mujer, cuyo rostro se había enrojecido y los ojos parecían lanzar llamas. 

—¿Qué significa esa palabra Isabó? 

En lugar de contestar la mujer se mordió los brazos y las manos y trató de atrapar la vestidura del exorcista. No obstante dijo por fin: 

—Este nombre significa que está tan bien "embrujado", que no se le puede resistir. 

—¿Qué poder tienes? 

—El que me dan. 

—¿Qué poder te dan? 

—¡Tantas fuerzas! . . . 

—¿De quién recibes esas fuerzas? 

—¡De la persona que sabe conjurarme! . . . 

—Pero ¿qué italiano hablas entonces? 

—No soy italiano — aulló la mujer o mejor dicho el espíritu que la poseía, con tono despectivo y lanzando nuevas injurias, lo cual iba a renovarse muchas veces durante los exorcismos. 

—¿De dónde vienes? —prosiguió el padre, sin conmoverse. 

—Pero ¡me das órdenes como si fuera tu esclavo! ...

—Dime de dónde vienes. 

—¡No! 

—¡En nombre de Dios, de ese Dios que conoces bien, dime de dónde vienes! 

Al oír el nombre de Dios, la mujer había vuelto el rostro, como un toro que hubiera recibido un palo en el hocico, y permaneció un instante inmóvil, negándose a contestar. 

Los presentes estaban jadeantes frente a esta escena impresionante. 

—En nombre de Dios — prosiguió el sacerdote —, por Su sangre, por Su muerte, dime de dónde vienes.

—De los desiertos lejanos. 

—¿Estás solo o tienes compañeros? 

—Tengo compañeros. 

—¿Cuántos?' 

Después de un instante de tergiversación, el demonio respondió: siete, y dio nombres tan extraños como el suyo propio. 

—¿Por qué entraste en este cuerpo? 

—Por un violento amor no compartido. 

—¿No compartido por quién? 

—¡Eres un imbécil! —¡Contesta! ¿Quién no ha respondido a ese amor? 

—¡Este cuerpo! — aulló la mujer, dándose un fuerte golpe en el pecho. 

—¿Y por qué no le has correspondido? Con una voz orgullosa, altanera, desdeñosa, la mujer dijo: 

—¡Porque no era justo! 

—Entonces ¿este cuerpo se convirtió en tu víctima? 

Como toda respuesta a estas palabras del padre Pier-Paolo, la posesa dejó oír una risa horripilante, pero con la boca cerrada y los labios estirados como hocico de animal, lo cual hizo correr por todos los presentes un relámpago de espanto. 

—¿Cuándo entraste en este cuerpo? 

Ante esta pregunta y después de muchas contorsiones la res puesta fue: 

—En 1913, el 23 de abril, a las cinco de la tarde . . . 

Las apremiantes preguntas del exorcista obligaron a la mujer a confesar que ese día, en efecto, un espíritu extraño, como consecuencia de un maleficio lanzado por un brujo, había entrado en ella por medio de un bocado de cerdo salado rociado con un vaso de vino blanco... 

En el curso del mismo exorcismo el padre preguntó si era verdad que el demonio había invadido también al resto de la familia, y la respuesta fué afirmativa. 

—¡Caso de telepatía! —observó el padre. 

—¡Imbécil! —replicó el demonio.  

Pero cuando el exorcista lo intimó a salir del cuerpo que poseía, Isabó aulló: — ¡no! 

—¡Vete! —gritaba el padre. 

—¡Jamás! —¡Te ordeno que te vayas! 

—¡No me voy: soy Isabó! 

Y en una violenta crisis de rebelión la posesa se deshizo de los asistentes, con las manos tendidas y los ojos llameantes, se arrojó sobre el sacerdote, agarró sus vestiduras, desgarró su estola, haciéndola pedazos con gritos de fiera: 

—¡Tardaron siete días —gritaba el demonio— para hacerme entrar en este cuerpo y tú quieres hacerme salir en un sólo exor cismo! . .. 

El momento era crítico. El médico, impasible, tenía los ojos fijos sobre la posesa. El sacerdote la bendijo con el agua santa y como si la hubieran quemado con carbones ardientes, se arrojó al suelo encogiéndose y retorciéndose. 

—¿Cuándo te irás? —insistió la voz del padre. 

—¿Cómo hacer —repuso el espíritu con un tono de profunda tristeza— cuando, mientras tú trabajas para hacerme salir, otros están trabajando para que me quede? 

—¡Sal! —exclamó el exorcista, posando la extremidad de su estola sobre el hombro de la mujer. 

Al contacto de la estola, saltó como una gacela, y como enloquecida de terror, se puso a gritar:

—¡Quitadme este peso! —y huyó. 

—¡Detente! — gritó el padre. Pero la mujer siguió corriendo y gritando: 

—¡Quitadme este peso! ¡Quitadme este peso! 

La escena duró algún tiempo. El demonio había declarado que no saldría sino vomitando el bocado de cerdo salado que había constituido el sortilegio. Pero en vano llevaron una palangana para que la mujer lo hiciera. Varias veces pareció vomitar algo y no eran jamás los alimentos ingeridos en la última comida. 

A la pregunta: ¿cuáles son las palabras que te hacen sufrir más, espíritu inmundo?", después de muchas negativas y ante la conminación del exorcista, el demonio terminó por responder con terror, en medio de un silencio general: 

—Sane tus! Sanctus! Sanctus! 

Y, de hecho, se pudo observar en los exorcismos siguientes que estas tres palabras que llamamos en la liturgia la trisagion producían sobre el demonio un efecto de aniquilamiento. 

Mientras que el demonio las pronunciaba mezclaba a ellas aullidos que llenaban de espanto a todos los presentes. El mismo doctor Lupi estaba de pie, pálido y tembloroso.

Este primer exorcismo habia durado hasta la noche. La pobre posesa parecía exhausta y el hermano Pier-Paolo no se mostraba me nos agotado. Hizo al demonio una última conminación: la de no hacer ningún daño ni a la posesa ni a su familia. Este, después de haber prometido, lanzó una mirada amenazadora y disimulada al sacerdote, luego pareció seguir con los ojos sobre los muros de la sala, como a una cabalgata de espectros invisibles, fue sacudido por un espasmo y cesó toda manifestación. La mujer pareció salir de un profundo sueño. Estaba pálida, pero normal. Sin duda acusaba una profunda fatiga, pero no se acordaba de nada. 

La sesión había terminado. 

—¡Y bien!, hermano Pier-Paolo —dijo el padre Apollinaire—, ¿cuál fue el resultado?' 

—Esta mujer está realmente poseída — repuso el padre. Esta vez ya no podía dudarlo. Pero estaba asustado del poder del adversario. 

—;Es increíble —decía— hasta qué punto el espíritu del mal es capaz de resistir a los medios de acción que tenemos contra él! 

Y con la cabeza gacha regresó a su celda, con la esperanza de encontrar allí un poco del reposo que le hacía tanta falta. 

Su compañero, el padre Giustino, había tomado nota de todo cuanto había ocurrido y es de la versión taquigráfica suya de donde hemos extraído lo contado, de acuerdo con el texto de Alberto Vecchi. 


Comprobaciones 

Tendríamos que seguir paso a paso a este excelente guía para dar cuenta de todas las batallas que fue menester librar todavía, desde el 21 de mayo, fecha del primer exorcismo, hasta el 23 de junio, fecha del último. En el intervalo no hubo menos de trece sesiones. Relataremos más adelante la liberación de la infortunada posesa. Pero debemos insistir sobre las comprobaciones hechas en el trayecto, mediante los interrogatorios que permitían las sesiones de exorcismo. 

En primer lugar, había en este caso de posesión un maleficio inicial, lanzado por un brujo de la región. La acción malsana de los maleficios no podía fácilmente, pues, ponerse en duda. La brujería es un hecho. ¡Y es un hecho aún actualmente en nuestras campiñas como en las de Italia y sin duda en otras partes! 

De hecho, se había sabido en el curso de los exorcismos que existían siete brujos en la región de Plaisance solamente. 

En segundo lugar se comprobó, por las confesiones del Demonio, que en la brujería existe como una especie de Ritual diabólico, en virtud del cual ciertas formas mágicas, con el permiso de Dios, tienen el poder de actuar sobre los diablos, de obligarlos a obedecer, y hacerlos entrar en tal o cual persona y tomar posesión de ella. Hay ahí todo un aspecto poco conocido de la realidad infernal.  

En tercer lugar, para resistir a los ataques del demonio, tenemos medios eficaces, que son sobre todo la oración, los sacramentos, la invocación de los ángeles, de los santos, la protección de la Virgen María, etc. 

En el capítulo siguiente, veremos el inmenso poder que Dios se ha dignado dar a la Virgen Inmaculada. Y ya por la experiencia tan concluyente de Antoine Gay, hemos aprendido de la misma boca de un demonio, que María es, en toda la fuerza del vocablo, nuestra Madre del Cielo ¡y esta palabra lo dice todo! 

Por fin, parece que los nombres bajo los cuales los demonios se embozan son completamente arbitrarios. 

Si creemos a Isabó, son, por lo menos en el caso de la embrujada de Plaisance, los brujos de la región los que habían dado a los siete demonios que estaban dentro de ella, los nombres más o menos exóticos que tenían. Además de Isabó, sabemos los nombres de Erzelai'de, Eslender, etc. 

Y estos diversos demonios eran todos diferentes los unos de los otros; más aún, parecen haber sido poco simpáticos los unos con los otros. 

Lo impresionante son los estragos y los males de la posesión cuan do se desata dentro de una persona humana. Vamos a recoger sobre este punto las confidencias del marido de la posesa de Plaisance. 


Las quejas de un marido 

Un día que el padre Pier-Paolo se preparaba a un exorcismo y que el padre Giustino se ocupaba de llenar la pila de agua bendita que tanto iban a necesitar, el marido de la posesa lanzó esta exclamación: 

—¡Esperemos que este asunto se termine pronto! ...

—Comprendo —repuso el padre—, ¡debe haber pasado horas emocionantes! 

—¿Horas emocionantes? Horas terribles, querido hermano. Podría contarle mil episodios, pero le puedo citar por lo menos algunos. Cantidad de veces, por la noche, al volver de mi trabajo, encontraba el fuego apagado y toda la casa revuelta. Mi mujer silbaba, maullaba, rugía, bailaba sobre una silla, sobre una mesa, sobre cualquier mueble. Otras veces, la encontraba dedicada a desgarrar con rabia los trajes, la ropa. Entonces, cuando me veía, me gritaba enfurecida "¡Dame algo para romper! ¡Rápido! ¡Tengo necesidad de romper, de arruinar, de destruir!" Y al decir esto trabajaba con las uñas y los dientes de manera furibunda .. . 

—A ese paso — interrumpió el padre Pier-Paolo — su ropa debe estar reducida al mínimo ... . 

—¡No me queda nada! ¡Ella lo ha destruido todo! Hace poco no tenía más que dos camisas, la puesta y la que estaba lavándose. Ahora, para estar más seguro, dejo todo lo que tengo en casa de los vecinos. Pero el drama de mi mujer no termina ahí. Otras veces la encontraba debajo de la mesa, toda encogida, la cabeza metida en los hombros, como un animal atrapado en una trampa, y los músculos tendidos como para afrontar a un enemigo y sofocarlo. Yo la llamaba: "¡Thérése!" Ella me contestaba con una voz ronca: "¡Yo soy Isabó, y yo soy el que manda!" Al principio creí que era una broma: "¡Thérése, te estoy hablando a ti!" La misma voz sombría contestaba: "¡Yo soy Isabó y yo soy el que lleva los pantalones!" 

"Entonces salía de abajo de la mesa, y se lanzaba sobre mí con los puños por delante como para pegarme en la cara. Y naturalmente, junto con esto cantidad de injurias. Una noche que estaba más can sado y más asqueado que de costumbre, proferí un grueso insulto contra ese Isabó, pero mi mujer se lanzó sobre mí como un gato encole rizado y me agarró por el cuello. Tuve mucho trabajo para deshacerme de ella. ¡Hubiérase dicho que sus fuerzas se habían centuplicado! ... 

—Y qué hacía usted cuando encontraba a su mujer en ese estado?

—Dejaba caer al suelo mis herramientas de trabajo —repuso el marido con desaliento —, comía un pedazo de pan y trataba de ayudar a esta pobre mujer hasta las once de la noche, a veces hasta mediano che, hasta que la veía recobrar su buen sentido.

—¿Y los niños? 

—Al principio tenían miedo y gritaban, pero pronto se acostumbraron, como ocurre con los chicos. Si era por la mañana corrían a la calle a divertirse, y si era a la noche se decían "mamá se pone a bailar, vamos a acostarnos". Y se iban. 

—¿Y usted no tenía ya esperanza de ver acabarse todo eso? 

—Ninguna esperanza. Los médicos nos daban siempre las mismas respuestas y no sabían qué decirnos. Yo había llegado a un punto tal de desaliento que tenía miedo de perder la cabeza y de hacer alguna barbaridad. 

—Pero ahora — insinuó el padre — hemos reemplazado las recetas de los médicos por la autoridad de la Iglesia, nuestra Madre, ¡y podemos estar seguros del resultado final! 

—Sí padre. ¡Ahora me siento completamente tranquilo y seguro! 

¿No era ya muy hermoso haber devuelto la esperanza a este excelente hombre? Pero sus quejas tan legítimas nos hacen medir la extensión del peligro que podríamos correr sin la protección divina, que mantiene a los demonios a distancia de la inmensa mayoría de los hombres, no permitiéndoles, como tendremos oportunidad de decirlo, más que la "tentación", fenómeno espiritual al cual nadie escapa. 


El duodécimo exorcismo 

Hemos llegado al 21 de junio. Es el día del duodécimo exorcismo. Tres días antes, el Demonio ha declarado que no se iría antes del 23 de junio, a las cinco de la tarde. Pero ya estaba muy debilitado. Desde los comienzos del décimo segundo exorcismo se tuvo la prueba evidente de ello. La posesa, durante las letanías de los santos y las otras oraciones preparatorias, no actuaba ya como las otras veces. En lugar de estirarse como una fiera que se prepara a saltar, en lugar de lanzar miradas siniestras a los ayudantes y sobre todo al exorcista, se que daba sentada, con la cabeza gacha, la barbilla sobre el pecho, las manos aferradas a los brazos de su sillón, en una actitud de debilidad, de vergüenza y de remordimiento. 

Con las primeras palabras que le fueron dirigidas por el exorcista se levantó lentamente, luego se acostó dolorosamente sobre el colchón que estaba posado delante de ella, endureció todos sus miembros y, con los ojos cerrados, esperó. Todos los presentes contemplaban con emoción ese pobre cuerpo reducido casi al estado de cadáver y esperaban algún salto repentino, como había ocurrido tantas veces, o contorsiones, o gritos, aullidos, capaces de helar la sangre de quienes los oían. El exorcista, sin mucha confianza, echó una mirada al crucifijo posado sobre el altarcito, otra a la pila de agua bendita, para asegurarse que todo estaba pronto para un ataque imprevisto del demonio. Luego hizo las conminaciones comunes: 

—Te ordeno que no te muevas y que contestes solamente a mis preguntas. ¿Has comprendido?

¡Ninguna respuesta! 

—Contéstame, ¿has comprendido? 

Misma falta de respuesta. 

—¿No puedes o no quieres contestarme? Siempre el mismo silencio. 

El padre se sintió confundido. ¿Cómo forzar al demonio mudo a hablar?' Tuvo una idea. 

—¡Si no puedes hablar, levanta un dedo; si no quieres, levanta dos! Ante esta orden formal, en medio del silencio de todos, se vio a la posesa levantar lentamente y como con grande esfuerzo un solo dedo. No podía contestar. 

Los testigos de la escena se hallaban profundamente impresionados. El espectáculo de esta criatura, que el demonio había tornado a veces tan violenta, tan autoritaria e imperiosa, y que ahora se mostraba tan cansada, humillada, tan impotente y con una expresión de abatimiento tan profundo, eran de esos que no se pueden olvidar. 

El diálogo siguió todavía largo rato, entre el exorcista y la poses¿ que respondía siempre levantando un dedo o a veces dos. Finalmente el padre ordenó: 

—¡Levántate! ¡Y devuelve! Con esta palabra aludía a que el maleficio había sido un bocadillo comido hacía siete años y que ella debía vomitar para ser liberada del sortilegio. Muchas veces ya, el padre había dado esta orden: ¡devuelve!

En varias ocasiones la mujer había vomitado algunos bocados que nunca eran alimentos de su última comida. Pero el bocadillo embrujado no había sido echado aún. 

Todavía esta vez la mujer se levantó lentamente, lentamente: se colocó delante de la palangana y trató de obedecer, pero en vano. El padre recurrió entonces al trisagion, cuyo poder hemos explicado Sane tus! Sanctus! Sanctus!, dijeron junto con él todos los presentes. 

La posesa obedeció y lanzó todavía algo, pero el bocadillo pérfido no salió. Y fué imposible obtener otra cosa de ella. 


El gran día 

Por fin llegó el gran día. Isabó había dicho: el 23 de junio de 1920. Estaba por verse si era verdad. El doctor Lupi era el más curioso de todos por saber lo que iba a pasar. Todo el mundo fue puntual a la experiencia suprema. El doctor Lupi, más nervioso que de costumbre, golpeaba el piso con su bastón. Las oraciones preparatorias se rezaron con más fervor que otras veces. En la sala de los exorcismos, la posesa avanzo dificultosamente, más pálida, más cansada, más avergonzada que nunca. Se dejó caer en su sillón, con la cabeza inclinada, en la posición de un condenado a muerte sobre la silla eléctrica. Con las primeras palabras del exorcismo, se tendió sobre el colchón, toda tensa, con los ojos cerrados. El doctor Lupi prestaba toda su atención y no deseaba perder ni un detalle de la experiencia. 

—En nombre de Dios — exclamó el exorcista —, te ordeno que me obedezcas en todo lo que te mande. ¿Has comprendido? 

Silencio. 

—Te lo ordeno en nombre de Dios, de la Virgen . . . Siempre silencio. 

—¡Si has comprendido levanta un brazo, si no los dos! 

Lentamente y como sin fuerzas, la posesa levantó un brazo. 

El conmovedor diálogo continuó. Se supo que uno de los demonios que había salido la víspera para atormentar a una tercera persona, la había dejado. Se supo también que todos los otros miembros de la familia que habían estado más o menos obsesionados, desde ese momento quedaban liberados. 

Hubo todavía discusiones entre Isabó y el padre, en la cuestión de saber si todos los demonios se irían juntos. 

Con lamentables espasmos, con los dos codos apoyados en las sillas vecinas, quiso hacerlo. Esfuerzo inútil; no salió nada.

—Digamos el Sanctus — instó el padre. 

Al oír estas palabras ella logró lanzar algo, pero todavía poco. Su cabeza parecía desplomarse. Hubo que sostenerla, tanto parecía estar a punto de morir. 

El exorcista en este momento consulta su reloj: 

—Son las cuatro y treinta y cinco — dice—. ¡Con toda la autoridad que me viene de Dios te ordeno, espíritu inmundo, que salgas inmediatamente de este cuerpo; si sales en seguida te envío al desierto, al centro del Sahara, si no te mando de vuelta al infierno!

Ante estas palabras todos los presentes temblaron. La hora era trágica. ¡No hay nada que Satán tema tanto como ser devuelto al infierno! Esto nos sugiere un aspecto mal conocido del destino de los demonios. En el Evangelio ya los demonios preferían irse a una piara de cerdos que ser devueltos al "abismo". 

En Plaisance, pues, todos los presentes estaban en tensión. Cada uno de los testigos oía las palpitaciones de su corazón y retenía la respiración. 

Se vio entonces a la obsesa, ante la orden perentoria del sacerdote, echar lentamente hacia atrás su cuero cabelludo que recayó sobre la espalda como una inmensa peluca que la recubría por debajo de la nuca. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su aspecto era idiotizado y trastornado. Los músculos de su rostro colgaban y su labio inferior parecía inerte, extendido hacia la barbilla. No había ya nada humano en esa faz desfigurada, esos ojos brillantes de lágrimas, esa boca entreabierta, esos pómulos cadavéricos. Todos los que la vieron entonces aseguran que no pudieron dejar de llorar con ella. 

Se oyó por fin una voz lúgubre, sofocada, vacilante, que decía con un ronquido: 

—¡Yo me ... voy!... 

Entonces la cabeza de la mujer cayó sobre la palangana y salieron de su boca una enorme cantidad de cosas innominables. 

—¡Vete! ¡Vete! —gritó el exorcista en el colmo de la alegría. 

Y en el mismo momento, la obsesa no sintió más sobre ella el peso aplastante de la estola, ni la imposición de las manos. Repentinamente, con una voz fresca, joven, feliz, exclamó: 

—¡Estoy curada! 

Y su mirada iba de uno al otro de los testigos de la escena victoriosa con una sonrisa de triunfo. 

—Y el bocadillo del cual hablaba Isabó? —preguntó el padre Pier-Paolo. 

—El bocadillo está sin duda en la palangana — respondió el doctor, que se levantó, se acercó al recipiente y revolvió el contenido con su bastón—. ¡Miren! —dijo. Y al mismo tiempo su bastón levantaba de golpe todo lo que la mujer había devuelto, como si aquello hubiera sido una tela. ¡De hecho, se vio desplegarse ante los ojos de los testigos estupefactos, como un velo bellísimo, todo irisado con los colores del arco iris! 

Y una vez levantado ese velo, en el fondo del recipiente vieron el famoso bocadillo tantas veces descripto, en el curso de los exorcismos, por el demonio. Era un bocadillo de cerdo salado, del grosor de una pequeña nuez, con siete cuernos. 


Conclusión 

El espíritu había cumplido su promesa. El mismo doctor tan incrédulo al principio estaba ya convencido. Había allí una prueba perentoria, decisiva. 

La posesa, ya curada, lloraba suavemente, pero sus lágrimas eran lágrimas de gozo. Todos los presentes, además, tenían los ojos llenos de lágrimas. El doctor se ocupaba todavía en revolver la palangana. Los hermanos fijaban los ojos sobre el Cristo vencedor. 

El exorcista convidó a todos los testigos a inclinarse delante del altar. La señora liberada del demonio ofrecía a Dios sollozos convulsivos. Salía de la más aterradora de las pruebas. Su error inicial había sido sin duda el de ir a consultar a un brujo que se hacía pasar por curandero, y que se había enamorado de ella. Porque ella había rechazado sus avances, el hombre le había echado un maleficio ¡y acabamos de ver lo que había resultado de ello! Cosa muy curiosa, en el capítulo siguiente vamos a encontrarnos con casi exactamente el mismo caso, pero en otra región completamente distinta y cerca de treinta años más tarde. 

En Plaisance, la historia de este exorcismo ha quedado presente en la memoria de todos los contemporáneos. El obispo que lo había ordenado murió repentinamente poco después. ¿Sería una venganza de Satán? Hubo algunos otros hechos todavía que lo hicieron suponer, pero esta misma venganza era una confesión de impotencia. El obispo había cumplido con su deber. La muerte misma no podía despojarlo de ese mérito.


Presencia de Satán en el mundo moderno

Monseñor Cristiani

Capitulo VI