Mostrando entradas con la etiqueta Judíos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Judíos. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de junio de 2024

La certeza del Reino de María - Padre Arminjon

 


Dada la crisis sin precedentes en la Iglesia Católica, hoy muchas personas están especulando si hemos llegado al final de los tiempos. En la obra El fin del mundo presente, muy elogiada por Santa Teresita de Lisieux en su autobiografía, el P. Arminjon establece los tres signos que las Escrituras nos dan para conocer el fin de los tiempos. Luego continúa analizando cuidadosamente el primer signo, el único que no es evidente. Él concluye que ni él ni los otros dos signos se han cumplido, y aún debemos ver un tiempo de gloria para la Iglesia en el futuro cuando el Evangelio se conozca y se practique de manera efectiva en todas partes.

Será el Reino de María, un tiempo de paz en el mundo en el que Cristo reinará nuevamente como Rey a través de María. Tal momento fue predicho por el gran San Luis María Grignion de Montfort, y Nuestra Señora misma lo confirmó en Fátima cuando anunció el triunfo de Su Corazón Inmaculado.

Lo que sigue es el texto del P. Arminjon.

Tres signos del fin de la historia

El primero de los eventos que presagia el fin de los tiempos es aquel al que el Salvador se refiere en Mateo 24:14, cuando dice: "Estas buenas nuevas del Reino se proclamarán en todo el mundo como un testimonio a todas las naciones. Solo después vendrá el fin".

La segunda de estas señales será la aparición del hombre de pecado, el Anticristo (2 Tesalonicenses 2: 2-4).

El tercero: la conversión de los judíos, que adorarán al Señor Jesús y lo reconocerán como el Mesías prometido (Romanos 11: 14-17). Hasta entonces, dice San Pablo, "ninguno os engañe de ninguna manera... como si el día del Señor estuviera cerca " (2 Ts 2, 2).

Es evidente que los últimos dos eventos, que San Pablo declara que marcarán el acercamiento de la gran tribulación, hasta ahora no se han cumplido. El Anticristo aún no ha aparecido, como lo mostraremos en el siguiente discurso. Además, los judíos, como nación, aún no se han desprendido del grueso velo que les impide aclamar como Dios a Aquel a quien crucificaron. Queda por determinar si, en la actualidad, el Evangelio ha sido predicado en toda la tierra y dado por testimonio a la totalidad de las naciones.

El Evangelio todavía necesita conquistar a muchos pueblos.

En este punto, los Padres y los Doctores están divididos. Algunos dicen que las palabras de Cristo deben ser interpretadas moralmente, y deben entenderse en el sentido de una predicación parcial y sumaria.

Para que se cumplan, es suficiente que los misioneros hayan iluminado un cierto número de mentes individuales en las diversas partes de la tierra habitada, y que la Cruz debería haberse levantado al menos una vez en cada ladera desierta y remota. Otros, más numerosos, como San Jerónimo y Beda, insisten en que las palabras del Hijo de Dios deben ser entendidas en el sentido más estricto y literal.

Cornelius a Lapide, el más docto de los intérpretes de los Libros Sagrados, expresa la opinión de que el fin de los tiempos no llegará hasta que el cristianismo no solo haya sido proclamado y propagado, sino establecido y organizado, y haya subsistido al nivel de un pública institución, entre hombres de todas las razas y nacionalidades.

Y esto de tal manera que, antes de que los siglos hayan transcurrido, no habrá una sola orilla bárbara, ni una isla perdida en el océano o cualquier lugar actualmente desconocido en los dos hemisferios donde el Evangelio no haya brillado en absoluto su esplendor, donde la Iglesia no se haya manifestado en su legislación, sus solemnidades y jerarquías, incluidos los obispos y el bajo Clero. En una palabra, en todas partes la gran profecía "Habrá un solo rebaño y un pastor "Se cumplirá por completo (Comentario sobre Mateo).

Nos inclinamos a esta última opinión. Está más en armonía con el testimonio de la Sagrada Escritura. Está más de acuerdo con la sabiduría y la misericordia de Dios, que no hace distinción entre los civilizados y el bárbaro, griegos y judíos, pero, deseando la salvación de todos los hombres, no excluye a ninguno de ellos de la luz y el don de la Redención. Finalmente, concuerda mejor con los modos de la Providencia, que muestra una solicitud igual para todos los pueblos y los llama a su vez al conocimiento de su ley, en el tiempo designado por sus decretos inmutables.

Basta echar un vistazo al mapa para reconocer que la ley evangélica está lejos de haber sido promulgada a todos los pueblos, y que innumerables multitudes en la actualidad permanecen sumidas en la oscuridad y no poseen la más mínima sombra de verdad revelada... ¡

Claramente, el Evangelio aún no ha sido predicado como un testimonio para todas las naciones. ¿Podemos siquiera decir que ha sido predicado con suficiente lustre, y de tal manera que no deja excusa a quienes se han negado a obedecerlo? En cada página de los anales de la Propagación de la Fe, encontramos esta tensión dolorosa que brota del corazón de los apóstoles: "Por lo tanto, pidan al dueño de la cosecha que envíe obreros a su mies".

Confirmación adicional en las Escrituras

Ahora, está escrito que, al final de los tiempos, el evangelio habrá sido dado como testimonio a todas las naciones. David clama: "Todos los pueblos, hasta los confines de la tierra, reconocerán al Señor y volverán a Él, porque el dominio le pertenece a Él y Él gobierna a las naciones " (Sal 22: 28-29).

Más allá, David continúa, "Que reine de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra. Sus enemigos se postrarán ante él, y sus enemigos lamerán el polvo. Los reyes de Tarsis y las islas ofrecerán regalos: los reyes de Arabia y Sheba traerán tributos "(Salmo 72: 8-10).

El Señor entonces le habla a la Iglesia a través de Isaías: "Agrande el espacio de su tienda de campaña, extienda sus paños de la tienda con moderación; alargue sus cuerdas y firme sus apuestas. Porque te extenderás a la derecha y a la izquierda; tus descendientes despojarán a las naciones y poblarán las ciudades desoladas "(Is 54, 2-3).

Estos textos son explícitos y precisos. Está claro por su testimonio que llegará un momento en que todas las herejías y cismas serán superados, y cuando la verdadera religión sea conocida y practicada en todos los lugares iluminados por el sol.

P. Charles Arminjon, El fin del mundo presente,
Sophia Institute Press, 2008, pp. 16-18
Publicado el 22 de diciembre de 2010.

Texto tomado de Tradition In Action 

jueves, 28 de marzo de 2024

Como Nuestro Salvador fue Crucificado en el monte calvario y las siete palabras que hablo en la Cruz - Venerable Madre Agreda

 


Como Nuestro Salvador fue Crucificado en el monte calvario y las siete palabras que hablo en la Cruz y le asistió su Madre Santísima. 

1375. Llegó nuestro verdadero y nuevo Isaac, Hijo del Eterno Padre, al monte del sacrificio, que fue el mismo donde precedió el ensayo y la figura en el hijo del Patriarca San Abrahán [Día 9 de octubre: Memoria sancti Abrahae, Patriárchae et ómnium credéntium Patris] (Gen 22, 9), y donde se ejecutó en el inocentísimo Cordero el rigor que se suspendió en el antiguo Isaac que le figuraba. Era el monte Calvario lugar inmundo y despreciado, como destinado para el castigo de los facinerosos y condenados, de cuyos cuerpos recibía mal olor y mayor ignominia. Llegó tan fatigado nuestro amantisimo Jesús, que parecía todo transformado en llagas y dolores, cruentado, herido y desfigurado. La virtud de la divinidad, que deificaba su santísima humanidad por la unión hipostática, le asistió, no para aliviar sus tormentos sino para confortarle en ellos, y que quedase su amor inmenso saciado en el modo conveniente, conservándole la vida, hasta que se le diese licencia a la muerte de quitársela en la cruz. Llegó también la dolorosa y afligida Madre llena de amargura a lo alto del Calvario, muy cerca de su Hijo corporalmente, pero en el espíritu y dolores estaba como fuera de sí, porque se transformaba toda en su amado y en lo que padecía. Estaban con ella San Juan Evangelista y las tres Marías, porque para esta sola y santa compañía había pedido y alcanzado del Altísimo este gran favor de hallarse tan vecinos y presentes al Salvador y su cruz. 

1376. Y como la prudentísima Madre conocía que se iban ejecutando los misterios de la Redención humana, cuando vio que trataban los ministros de desnudar al Señor para crucificarle, convirtió su espíritu al eterno Padre y oró de esta manera: Señor mío y Dios eterno, Padre sois de vuestro unigénito Hijo, que por la eterna generación Dios verdadero nació de Dios verdadero, que sois vos, y por la humana generación nació de mis entrañas, donde le di la naturaleza de hombre en que padece. Con mis pechos le di leche y sustenté, y como al mejor hijo que jamás pudo nacer de otra criatura le amo como Madre verdadera, y como Madre tengo derecho natural a su humanidad santísima en la persona que tiene, y nunca Vuestra Providencia se le niega a quien le tiene y pertenece. Ahora, pues, ofrezco este derecho de Madre y le pongo en Vuestras manos de nuevo, para que vuestro Hijo y mío sea sacrificado para la Redención del linaje humano. Recibid, Señor mío, mi aceptable ofrenda y sacrificio, pues no ofreciera tanto si yo misma fuera sacrificada y padeciera, no sólo porque mi Hijo es verdadero Dios y de Vuestra sustancia misma, sino también de parte de mi dolor y pena. Porque si yo muriera y se trocaran las suertes, para que su vida santísima se conservara, fuera para mí de grande alivio y satisfacción de mis deseos.—Esta oración de la gran Reina aceptó el Eterno Padre con inefable agrado y complacencia. Y no se le consintió al Patriarca San Abrahán más que la figura y ademán del sacrificio de su Hijo (Gen 22, 12), porque la ejecución y verdad la reservaba el Padre Eterno para su Unigénito. Ni tampoco a su madre Sara se le dio cuenta de aquella mística ceremonia, no sólo por la pronta obediencia de San Abrahán, sino también porque aun esto sólo no se fiaba del amor maternal de Sara, que acaso intentaría impedir el mandato del Señor, aunque era santa y justa. Pero no fue así con María santísima, que sin recelo le pudo fiar el Eterno Padre su voluntad eterna, porque con proporción cooperase en el sacrificio del Unigénito con la misma voluntad del Padre. 

1377. Acabó esta oración la invictísima Madre y conoció que los impíos ministros de la pasión intentaban dar al Señor la bebida del vino mirrado con hiel, que dicen San Mateo (Mt 27, 34) y San Marcos (Mc 15, 23). Para añadir este nuevo tormento a nuestro Salvador, tomaron ocasión los judíos de la costumbre que tenían de dar a los condenados a muerte una bebida de vino fuerte y aromático, con que se confortasen los espíritus vitales, para tolerar con más esfuerzo los tormentos del suplicio, derivando esta piedad de lo que Salomón dejó escrito en los Proverbios (Prov 31, 6): Dales sidra a los que están tristes y el vino a los que padecen amargura del corazón. Esta bebida, que en los demás ajusticiados podía ser algún socorro y alivio, pretendió la crueldad de los impíos judíos conmutar en mayor pena con nuestro Salvador (Am 2, 8), dándosela amarguísima y mezclada con hiel y que no tuviese en él otros efectos más que el tormento de la amargura. Conoció la divina Madre esta inhumanidad y con maternal compasión y lágrimas oró al Señor pidiéndole no la bebiese. Y Su Majestad, condescendió con la petición de su Madre, de manera que, sin negarse del todo a este nuevo dolor, gustó la poción amarga y no la bebió (Mt 37, 34). 

1378. Era ya la hora de sexta, que corresponde a la de mediodía, y los ministros de justicia, para crucificar desnudo al Salvador, le despojaron de la túnica inconsútil y vestiduras. Y como la túnica era cerrada y larga, desnudáronsela, para sacarla por la cabeza, sin quitarle la corona de espinas, y con la violencia que hicieron arrancaron la corona con la misma túnica con desmedida crueldad, porque le rasgaron de nuevo las heridas de su sagrada cabeza, y en algunas se quedaron las puntas de las espinas, que con ser tan duras y aceradas se rompieron con la fuerza que los verdugos arrebataron la túnica, llevando tras de sí la corona; la cual le volvieron a fijar en la cabeza con impiísima crueldad abriendo llagas sobre llagas. Renovaron junto con esto las de todo su cuerpo santísimo, porque en ellas estaba ya pegada la túnica, y el despegarla fue, como dice Santo Rey y Profeta David (Sal 68, 27), añadir de nuevo sobre el dolor de sus heridas. Cuatro veces desnudaron y vistieron en su pasión a nuestro bien y Señor: la primera, para azotarle en la columna; la segunda, para ponerle la púrpura afrentosa; la tercera, cuando se la quitaron y le volvieron a vestir de su túnica; la cuarta fue ésta del Calvario, para no volverle a vestir; y en ésta fue más atormentado, porque las heridas fueron más, y su humanidad santísima estaba debilitada, y en el monte Calvario más desabrigado y ofendido del viento, que también tuvo licencia este elemento para afligirle en su muerte la destemplanza del frío. 

1379. A todas estas penas se añadía el dolor de estar desnudo en presencia de su Madre santísima y de las devotas mujeres que la acompañaban y de la multitud de gente que allí estaba. Sólo reservó en su poder los paños interiores que su Madre santísima le había puesto debajo la túnica en Egipto, porque ni cuando le azotaron se los pudieron quitar los verdugos, como queda dicho, ni tampoco se los desnudaron para crucificarle, y así fue con ellos al sepulcro; y esto se me ha manifestado muchas veces (Cf. supra n. 1338). No obstante que, para morir Cristo nuestro bien en suma pobreza y sin llevar ni tener consigo cosa alguna de cuantas era Criador y verdadero Señor, por su voluntad muriera totalmente desnudo y sin aquellos paños, si no interviniera la voluntad y petición de su Madre santísima, que fue la que así lo pidió, y lo concedió Cristo nuestro Señor, porque satisfacía con este género de obediencia de hijo a la suma pobreza en que deseaba morir. Estaba la Santa Cruz tendida en tierra, y los verdugos prevenían lo demás necesario para crucificarle, como a los otros dos que juntamente habían de morir. Y en el ínterin que todo esto se disponía, nuestro Redentor y Maestro oró al Padre y dijo: 

1380. Eterno Padre y Señor Dios mío, a tu majestad incomprensible de infinita bondad y justicia ofrezco todo el ser humano y obras que en él por tu voluntad santísima he obrado, bajando de tu seno en esta carne pasible y mortal, para redimir en ella a mis hermanos los hombres. Ofrézcote, Señor, conmigo a mi amantísima Madre, su amor, sus obras perfectísimas, sus dolores, sus penas, sus cuidados y prudentísima solicitud en servirme, imitarme y acompañarme hasta la muerte. Ofrézcote la pequeña grey de mis Apóstoles, la Santa Iglesia y congregación de fieles, que ahora es y será hasta el fin del mundo, y con ella a todos los mortales hijos de Adán. Todo lo pongo en tus manos, como de su verdadero Dios y Señor Omnipotente; y cuanto es de mi parte por todos padezco y muero de voluntad, y con ella quiero que todos sean salvos, si todos me quisieren seguir y aprovecharse de mi Redención, para que de esclavos del demonio pasen a ser hijos tuyos y mis hermanos y coherederos por la gracia que les dejo merecida. Especialmente, Señor mío, te ofrezco los pobres, despreciados y afligidos, que son mis amigos y me siguieron por el camino de la cruz. Y quiero que los justos y predestinados estén escritos en tu memoria eterna. Suplícote, Padre mío, que detengas el castigo y levantes el azote de tu justicia con los hombres, no sean castigados como lo merecen sus culpas, y desde esta hora seas su Padre como lo eres mío. Suplicóte asimismo por los que con pío afecto asisten a mi muerte, para que sean ilustrados con tu divina luz, y por todos los que me persiguen, para que se conviertan a la verdad, y sobre todo te pido por la exaltación de tu inefable y santo nombre. 

1381. Esta oración y peticiones de nuestro Salvador Jesús conoció su santísima Madre, y la imitó y oró al Padre respectivamente como a ella le tocaba. Nunca olvidó ni omitió la prudentísima Virgen el cumplimiento de aquella palabra primera que oyó de la boca de su Hijo y Maestro recién nacido: Asimílate a mí, amiga mía (Cf. supra n.480). Y siempre se cumplió la promesa, que le hizo el mismo Señor, de que, en retorno del nuevo ser humano que dio al Verbo eterno en su virginal vientre, la daría su omnipotencia otro nuevo ser de gracia divina y eminente sobre todas las criaturas. Y a este beneficio pertenecía la ciencia y luz altísima con que conocía la gran Señora todas las operaciones de la humanidad santísima de su Hijo, sin que ninguna se le ocúltase ni la perdiese de vista. Y como las conoció, las imitó; de manera que siempre fue cuidadosa en atenderlas, profunda en penetrarlas, pronta en la ejecución y fuerte y muy intensa en las operaciones. Ni para esto la turbó el dolor, ni la impidió la congoja, ni la embarazó la persecución, ni la entibió la amargura de la pasión. Y si bien fue admirable en la gran Reina esta constancia, pero fuéralo menos si a la pasión y tormentos de su Hijo asistiera con los sentidos y dolor interior, al modo que los demás justos. Mas no sucedió así, porque fue única y singular en todo, que, como se ha dicho arriba (Cf. supra n. 1341), sintió en su virginal cuerpo los dolores que padecía Cristo nuestro bien en su persona interiores y exteriores. Y en cuanto a esta correspondencia, podemos decir que también la divina Madre fue azotada, coronada, escupida y abofeteada, y llevó la cruz a cuestas y fue clavada en ella, porque sintió todos estos tormentos y los demás en su purísimo cuerpo, aunque por diferente modo pero con suma similitud, para que en todo fuese la Madre retrato vivo de su Hijo. Y a más de la grandeza que debía corresponder en María santísima y su dignidad a la de Cristo, con toda la proporción posible que tuvo, encerró esta maravilla otro misterio, que fue satisfacer en algún modo al amor de Cristo y a la excelencia de su pasión y beneplácito quedando para todo esto copiada en alguna pura criatura, y ninguna tenía tanto derecho a este beneficio como su misma Madre. 

1382. Para señalar los barrenos de los clavos en la cruz, mandaron los verdugos con imperiosa soberbia al Criador del universo —¡oh temeridad formidable!— que se tendiese en ella, y el Maestro de la humildad obedeció sin resistencia. Pero ellos con inhumano y cruel instinto señalaron los agujeros, no iguales al sagrado cuerpo, sino más largos, para lo que después hicieron. Esta nueva impiedad conoció la Madre de la luz, y fue una de las mayores aflicciones que padeció su corazón castísimo en toda la Pasión, porque penetró los intentos depravados de aquellos ministros del pecado y previno el tormento que su Hijo santísimo había de padecer para clavarle en la cruz; pero no lo pudo remediar, porque el mismo Señor quería padecer también aquel trabajo por los hombres. Y cuando se levantó Su Majestad para que barrenasen la cruz, acudió la gran Señora y le tuvo de un brazo y le adoró y besó la mano con suma reverencia. Dieron lugar a esto los verdugos, porque juzgaron que a la vista de su Madre se afligiría más el Señor, y ningún dolor que le pudieran dar le perdonaron. Pero no entendieron el misterio, porque no tuvo Su Majestad en su pasión otra causa de mayor consuelo y gozo interior como ver a su Madre santísima y la hermosura de su alma y en ella el retrato de sí mismo y el entero logro del fruto de su pasión y muerte; y este gozo en algún modo confortó a Cristo nuestro bien en aquella hora.  




1383. Formados en la Santa Cruz los tres barrenos, mandaron los verdugos a Cristo Señor nuestro segunda vez que se tendiese sobre ella para clavarle. Y el sumo y poderoso Rey, como artífice de la paciencia, obedeció y se puso en la cruz, extendiendo los brazos sobre el feliz madero a la voluntad de los ministros de su muerte. Estaba Su Majestad tan desfallecido, desfigurado y exangüe, que, si en la impiedad ferocísima de aquellos hombres tuvieran algún lugar la natural razón y humanidad, no era posible que la crueldad hallara objeto en que obrar entre la mansedumbre, humildad, llagas y dolores del inocente Cordero. Pero no fue así, porque ya los judíos y ministros —¡oh juicios terribles y ocultísimos del Señor!— estaban transformados en el odio mortal y mala voluntad sugerida por los demonios y desnudos de los afectos de hombres sensibles y terrenos, y así obraban con indignación y furor diabólico. 

1384. Luego cogió la mano de Jesús nuestro Salvador uno de los verdugos, y asentándola sobre el agujero de la cruz, otro verdugo la clavó en él, penetrando a martilladas la palma del Señor con un clavo esquinado y grueso. Rompiéronse con él las venas y los nervios, y se quebraron y desconcertaron los huesos de aquella mano sagrada que fabricó los cielos y cuanto tiene ser. Para clavarle la otra mano no alcanzaba el brazo al agujero, porque los nervios se le habían encogido y de malicia le habían alargado el barreno, como arriba se dijo (Cf. supra n. 1382); y para remediar esta falta tomaron la misma cadena con que el mansísimo Señor había estado preso desde el huerto y, argollándole la muñeca con el un extremo donde tenía una argolla como esposas, tiraron con inaudita crueldad del otro extremo y ajustaron la mano con el barreno y la clavaron con otro clavo. Pasaron a los pies y, puesto el uno sobre el otro, amarrándolos con la misma cadena y tirando de ella con gran fuerza y crueldad, los clavaron juntos con el tercer clavo, algo más fuerte que los otros. Quedó aquel sagrado cuerpo, en quien estaba unida la divinidad, clavado y fijo en la Santa Cruz, y aquella fábrica de sus miembros, deificados y formados por el Espíritu Santo, tan disuelta y desencuadernada, que se le pudieron contar los huesos (Sal 21, 18), porque todos quedaron dislocados y señalados, fuera de su lugar natural; desencajáronse los del pecho y de los hombros y espaldas, y todos se movieron de su lugar, cediendo a la violenta crueldad de los verdugos. 

1385. No cabe en lengua ni discurso nuestro la ponderación de los dolores de nuestro Salvador Jesús en este tormento y lo mucho que padeció; sólo el día del juicio se conocerá más, para justificar su causa contra los réprobos y para que los Santos le alaben y glorifiquen dignamente. Pero ahora que la fe de esta verdad nos da licencia y nos obliga a extender el juicio —si es que le tenemos— pido, suplico y ruego a los hijos de la Santa Iglesia consideremos a solas cada uno tan venerable misterio; ponderémosle y pesémosle con todas sus circunstancias y hallaremos motivos eficaces para aborrecer al pecado y no volverle a cometer, como causa de tanto padecer el autor de la vida; ponderemos y miremos tan oprimido el espíritu de su Madre Virgen y rodeado de dolores su purísimo cuerpo, que por esta puerta de la luz entraremos a conocer el sol que nos alumbra el corazón. ¡Oh Reina y Señora de las virtudes! ¡Oh Madre verdadera del inmortal Rey de los siglos humanado! Verdad es, Señora mía, que la dureza de nuestros ingratos corazones nos hace ineptos y muy indignos de sentir Vuestros dolores, y de Vuestro Hijo santísimo nuestro Salvador, pero vénganos por Vuestra clemencia este bien que desmerecemos; purificad y apartad de nosotros tan pesada torpeza y grosería. Si nosotros somos la causa de tales penas, ¿qué razón hay y qué justicia es que se queden en Vos y en Vuestro amado? Pase el cáliz de los inocentes a que le beban los reos que le merecieron. Mas ¡ay de mí!, ¿dónde está el seso?, ¿dónde la sabiduría y la ciencia?, ¿dónde la lumbre de nuestros ojos?, ¿quién nos ha privado del sentido?, ¿quién nos ha robado el corazón sensible y humano? Cuando no hubiera recibido, Señor mío, el ser que tengo a Vuestra imagen y semejanza, cuando Vos no me dierais la vida y movimiento, cuando todos los elementos y criaturas, formadas por Vuestra mano para mi servicio, no me dieran noticia tan segura de Vuestro amor inmenso, el infinito exceso de haberos clavado en la cruz con tan inauditos dolores y tormentos me dejara satisfecha y presa con cadenas de compasión y agradecimiento, de amor y de confianza en vuestra inefable clemencia. Pero si no me despiertan tantas voces, si vuestro amor no me enciende, si vuestra pasión y tormentos no me mueven, si tales beneficios no me obligan, ¿qué fin esperaré de mi estulticia? 

1386. Fijado el Señor en la cruz, para que los clavos no soltasen al divino cuerpo, arbitraron los ministros de la justicia redoblarlos por la parte que traspasaban el sagrado madero, y para ejecutarlo comenzaron a levantar la cruz para volverla, cogiendo debajo contra la tierra al mismo Señor crucificado. Esta nueva crueldad alteró a todos los circunstantes y se levantó grande gritería en aquella turba movida de compasión, pero la dolorosa y compasiva Madre ocurrió a tan desmesurada impiedad y pidió al Eterno Padre no la permitiese como los verdugos la intentaban, y luego mandó a los Santos Ángeles acudiesen y sirviesen a su Criador con aquel obsequio, y todo se ejecutó como la gran Reina lo ordenó; porque volviendo los verdugos la cruz, para que el cuerpo clavado cayera el rostro contra la tierra, los Ángeles le sustentaron cerca del suelo, que estaba lleno de piedras e inmundicia, y con esto no tocó el Señor con su divino rostro en él ni en los guijarros. Y los ministros redoblaron las puntas de los clavos, sin haber conocido el misterio y maravilla, porque se les ocultó, y el cuerpo estuvo tan cerca de la tierra y la cruz tan fija sustentada de los Ángeles, que los judíos creyeron estaba en el duro suelo. 

1387. Luego arrimaron la cruz con el Crucificado divino al agujero donde se había de enarbolar. Y llegándose unos con los hombros y otros con alabardas y lanzas, levantaron al Señor en la cruz, fijándola en el hoyo que para esto habían abierto en el suelo. Y quedó nuestra verdadera salud y vida en el aire pendiente del sagrado madero, a vista de innumerable pueblo de diversas gentes y naciones. Y no quiero omitir otra crueldad, que he conocido usaron con Su Majestad cuando le levantaron, que con las lanzas e instrumentos de armas le hirieron, haciéndole debajo los brazos profundas heridas, porque le fijaron los hierros en la carne, para ayudar a levantarle en la cruz. Renovóse al espectáculo la vocería del pueblo con mayores gritos y confusión: los enemigos de Cristo blasfemaban, los compasivos se lamentaban, los extranjeros se admiraban; unos a otros se convidaban al espectáculo, otros no le podían mirar con el dolor; unos ponderaban el escarmiento en cabeza ajena, otros le llamaban justo; y toda esta variedad de juicios y palabras eran flechas para el corazón de la afligida Madre. Y el sagrado cuerpo derramaba mucha sangre de las heridas de los clavos, que con el peso y el golpe de la cruz se estremeció, y se rompieron de nuevo las llagas, quedando más patentes las fuentes a que nos convidó por Isaías (Is 12, 3), para que fuésemos a coger de ellas con alegría las aguas con que apagar la sed y lavar las manchas de nuestras culpas. Y nadie tiene excusa, si no se diere prisa llegando a beber en ellas, pues se venden sin conmutación de plata ni oro y se dan de balde sólo por la voluntad de recibirlas. 

1388. Crucificaron luego a los dos ladrones y fijaron sus cruces, la una a la mano derecha y la otra a la siniestra de nuestro Redentor, dándole el lugar de medio como a quien reputaban por principal malhechor. Y olvidándose los pontífices y fariseos de los dos facinerosos, convirtieron todo su furor contra el Impecable y Santo por naturaleza. Y moviendo las cabezas con escarnio y mofa, arrojaron piedras y polvo contra la cruz del Señor y contra su real persona, y decían: Ah, tú que destruyes el templo de Dios y en tres días lo reedificas, sálvate ahora a ti mismo; a otros hizo salvos y a sí mismo no se puede salvar.—Otros decían: Si éste es Hijo de Dios, descienda ahora de la cruz y le creeremos.—Los dos ladrones también entrambos se burlaban de Su Divina Majestad al principio, y decían: Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y a nosotros (Mt 27, 42-44).— Y estas blasfemias de los ladrones fueron para el Señor de tanto mayor sentimiento, cuanto a ellos estaba más próxima la muerte y perdían aquellos dolores con que morían y podían satisfacer en parte por sus delitos castigados por la justicia; como luego lo hizo el uno de ellos, aprovechando la ocasión más oportuna que tuvo pecador ninguno del mundo. 

1389. Cuando la gran Reina de los Ángeles María santísima conoció que los judíos, los que eran sus enemigos, con su obstinada envidia intentaban deshonrar más a Cristo crucificado, y que todos le blasfemaban y juzgaban por el pésimo de los hombres, y deseaban se borrase y olvidase su nombre de la tierra de los vivientes, como San Jeremías (Jer 11, 19) lo dejó profetizado, fue de nuevo enardecido su corazón fidelísimo en el celo de la honra de su Hijo y Dios verdadero. Y postrada ante su real persona crucificada, donde le estaba adorando, pidió al Eterno Padre volviese por la honra de su Unigénito con señales tan manifiestas que la perfidia quedase confusa y frustrada su maliciosa intención. Presentada esta petición al Padre, con el mismo celo y potestad de Reina del universo se convirtió a todas las criaturas irracionales de él y dijo: Insensibles criaturas, criadas por la mano del Todopoderoso, manifestad vosotras el sentimiento que por su muerte le niegan estultamente los hombres capaces de razón. Cielos, sol, luna, estrellas y planetas, detened vuestro curso, suspended vuestras influencias con los mortales. Elementos, alterad vuestra condición, y pierda la tierra su quietud, rómpanse las piedras y peñascos duros. Sepulcros y monumentos de los muertos, abrid vuestros ocultos senos para confusión de los vivos. Velo del templo místico y figurativo, divídete en dos partes y con tu rompimiento intima su castigo a los incrédulos y testifica la verdad, que ellos pretenden oscurecer, de la gloria de su Criador y Redentor. 

1390. En virtud de esta oración e imperio de María Madre de Jesús crucificado, tenía dispuesto la omnipotencia del Altísimo todo lo que sucedió en la muerte de su Unigénito. Ilustró Su Majestad y movió los corazones de muchos circunstantes al tiempo de las señales de la tierra, y a otros antes, para que confesaran al crucificado Jesús por santo, justo y verdadero Hijo de Dios, como lo hizo el centurión, y otros muchos que dicen los Evangelistas (Mt 27, 54; Lc 23, 48) se volvían del Calvario hiriendo sus pechos de dolor. Y no sólo le confesaron los que antes le habían oído y creído su doctrina, pero también otros muchos que ni le habían conocido, ni visto sus milagros. Por la misma oración fue inspirado Pilatos para que no mudase el título de la cruz, que ya le habían puesto sobre la cabeza del Señor en las tres lenguas, hebrea, griega y latina. Y aunque los judíos reclamaron al juez y le pidieron que no escribiese, Jesús Nazareno Rey de los judíos, sino que antes escribiese: Este dijo era Rey de los judíos, respondió Pilatos: Lo que está escrito será escrito, y no quiso mudarlo (Jn 19, 21-22). Todas las otras criaturas insensibles por voluntad divina obedecieron al imperio de María santísima, y de la hora de mediodía hasta las tres de la tarde, que era la de nona, cuando expiró el Salvador, hicieron el sentimiento y novedad que dicen los sagrados evangelistas (Lc 23, 45; Mt 27, 51-52): el sol escondió su luz, los planetas mudaron el influjo, los cielos y la luna sus movimientos, los elementos se turbaron, tembló la tierra y muchos montes se rompieron, quebrantáronse las piedras unas con otras, abrieron su seno los sepulcros, para que después salieran de ellos algunos difuntos vivos, y fue tan insólita y nueva la alteración de todo lo visible y elementar, que se sintió en todo el orbe. 

1391. Los soldados que crucificaron a Jesús nuestro Salvador, como ministros a quien tocaban los despojos del justiciado, trataron de dividir los vestidos del inocente Cordero. Y la capa o manto superior, que por divina dispensación la llevaron al Calvario, la hicieron partes —ésta era la que se desnudó en la cena para lavar los pies a los apóstoles— dividiéronla entre sí mismos (Jn 19, 23-24), que eran cuatro. Pero la túnica inconsútil no quisieron dividirla, ordenándolo así la Providencia del Señor con gran misterio, y echaron suertes sobre ella y la llevó a quien le tocó, cumpliéndose a la letra la profecía del Santo Rey David en el salmo 21 (Sal 21, 19). Los misterios de no romper esta túnica declaran los Santos y doctores; y uno de ellos fue significar cómo este hecho de los judíos, aunque rompieron con tormentos y heridas la humanidad santísima de Cristo nuestro bien, con que estaba cubierta la divinidad, pero a ésta no pudieron ofenderla con la pasión ni tocar en ella; y a quien tocare la suerte de justificarse por su participación, éste la poseerá y gozará por entero.  

1392. Y como el madero de la Santa Cruz era el trono de la majestad real de Cristo y la cátedra de donde quería enseñar la ciencia de la vida, estando ya Su Majestad levantado en ella y confirmando la doctrina con el ejemplo, dijo aquella palabra en que comprendió la suma de la caridad y perfección: Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Este principio de la caridad y amor fraternal se vinculó el divino Maestro, llamándole suyo propio (Jn 15, 12). Y en prueba de esta verdad que nos había enseñado, le practicó y ejecutó en la cruz, no sólo amando y perdonando a sus enemigos, pero disculpándolos con su misma ignorancia, cuando su malicia había llegado a lo supremo que pudo subir en los hombres, persiguiendo, crucificando y blasfemando de su mismo Dios y Redentor. Esto hizo la ingratitud humana después de tanta luz, doctrina y beneficios, y esto hizo nuestro Salvador Jesús con su ardentísima caridad, en retorno de los tormentos, de las espinas, clavos, cruz y blasfemias. ¡Oh amor incomprensible!, ¡oh suavidad inefable!, ¡oh paciencia nunca imaginada de los hombres, admirable a los Ángeles y temida de los demonios! Conoció algo de este sacramento el uno de los ladrones llamado Dimas y, obrando al mismo tiempo la intercesión y oración de Mana santísima, fue ilustrado interiormente para conocer a su Reparador y Maestro en esta primera palabra que habló en la cruz. Y movido con verdadero dolor y contrición de sus culpas, se convirtió a su compañero y le dijo: ¿Ni tú tampoco temes a Dios, que con estos blasfemos perseveras en la misma condición? Nosotros pagamos nuestro merecido, pero éste, que padece con nosotros, no ha cometido culpa alguna.—Y hablando luego a nuestro Salvador, le dijo: Señor, acuérdate de mí cuando llegares a tu reino (Lc 23, 40-42). 

1393. En este felicísimo ladrón y en el centurión, y en los demás que confesaron a Cristo en la cruz, se comenzaron a estrenar los efectos de la Redención. Pero el mejor afortunado fue Dimas, que mereció oír la segunda palabra que dijo el Señor: De verdad te digo, que hoy serás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43). ¡Oh bienaventurado ladrón, que tú solo alcanzaste para ti tal palabra deseada de todos los justos y santos de la tierra! No la pudieron oír los antiguos Patriarcas y Profetas, juzgándose por muy dichosos en bajar al limbo y esperar largos siglos el paraíso, que tú ganaste en un punto, en que mudaste felizmente el oficio. Acabas ahora de robar la hacienda ajena y terrena, y luego arrebatas el cielo de las manos de su dueño. Pero tú le robas de justicia, y él te le da de gracia, porque fuiste el último discípulo de su doctrina en su vida y el primero en practicarla después de haberla oído. Amaste y corregiste a tu hermano, confesaste a tu Criador, reprendiste a los que le blasfemaban, imitástele en padecer con paciencia, rogástele con humildad como a Redentor, para que en lo futuro no se acordase de tus miserias, y Él como glorificador premió de contado tus deseos, sin dilatar el galardón que te mereció a ti y a todos los mortales. 

1394. Justificado el buen ladrón volvió Jesús la amorosa vista a su afligida Madre, que con San Juan Evangelista estaba al pie de la cruz, y hablando con entrambos, dijo primero a su Madre: Mujer, ves ahí a tu hijo; y al Apóstol dijo también: Hijo, veis ahí a tu madre (Jn 19, 26-27) Llamóla Su Majestad mujer y no madre, porque este nombre era de regalo y dulzura y que sensiblemente le podía recrear el pronunciarle, y en su pasión no quiso admitir esta consolación exterior, conforme a lo que arriba se dijo (Cf. supra n. 960), por haber renunciado en ella todo consuelo y alivio. Y en aquella palabra mujer, tácitamente y en su aceptación dijo: Mujer bendita entre todas las mujeres, la más prudente entre los hijos de Adán, mujer fuerte y constante, nunca vencida de la culpa, fidelísima en amarme, indefectible en servirme y a quien las muchas aguas de mi pasión no pudieron extinguir ni contrastar. Yo me voy a mi Padre y no puedo desde hoy acompañarte; mi discípulo amado te asistirá y servirá como a madre y será tu hijo. Todo esto entendió la divina Reina. Y el Santo Apóstol en aquella hora la recibió por suya, siendo de nuevo ilustrado su entendimiento para conocer y apreciar la prenda mayor que la divinidad había criado después de la humanidad de Cristo nuestro Señor. Y con esta luz la veneró y sirvió en lo restante de la vida de nuestra gran Reina, como diré adelante (Cf. infra n. 1455; p.III n. 175, 369, etc.). Admitióle también Su Majestad por Hijo con humilde rendimiento y obediencia. Y desde entonces se la prometió, sin que los inmensos dolores de la pasión embarazasen su magnánimo y prudentísimo corazón, que siempre obraba lo sumo de la perfección y santidad, sin omitir acción alguna. 

1395. Llegábase ya la hora de nona del día, aunque por la obscuridad y turbación más parecía confusa noche, y nuestro Salvador Jesús habló la cuarta palabra desde la cruz en voz grande y clamorosa, que los circunstantes pudieron oír, y dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt 27, 46) Estas palabras, aunque las dijo el Señor en su lengua hebrea, no todos las entendieron. Y porque la primera dicción dice: Eli, Eli, pensaron algunos que llamaba a Elías; y otros burlando de su clamor decían: Veamos si vendrá Elías a librarlo ahora de nuestras manos.—Pero el misterio de estas palabras de Cristo nuestro bien fue tan profundo como escondido de los judíos y gentiles, y en ellas caben muchos sentidos que los doctores sagrados les han dado. Lo que a mí se me ha manifestado es que el desamparo de Cristo no fue que la divinidad se apartase de la humanidad santísima, disolviéndose la unión sustancial hipostática, ni cesando la visión beatífica de su alma, que entrambas uniones tuvo la humanidad con la divinidad desde el instante que por obra del Espíritu Santo fue concebido en el tálamo virginal y nunca dejó a lo que una vez se unió. Esta doctrina es la católica y verdadera, y también es cierto que la humanidad santísima fue desamparada de la divinidad en cuanto a no defenderla de la muerte y de los dolores de la pasión acerbísima. Pero no le desamparó del todo el Padre eterno en cuanto a volver por su honra, pues la testificó con el movimiento de todas las criaturas, que mostraron sentimiento en su muerte. Otro desamparo manifestó Cristo Salvador nuestro con esta querella, originada de su inmensa caridad con los hombres, y éste fue el de los réprobos y prescitos, y de éstos se dolió en la última hora, como en la oración del huerto, donde se entristeció su alma santísima hasta la muerte, como allí se dijo (Cf. supra n. 1210); porque ofreciéndose por todo el linaje humano tan copiosa y superabundante Redención, no sería eficaz en los condenados y se hallaría desamparado de ellos en la eterna felicidad para donde los crio y redimió, y como éste era decreto de la voluntad eterna del Padre, amorosa y dolorosamente se querelló y dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?, entendiendo de la compañía de los réprobos. 

1396. En mayor testificación de esto añadió luego el Señor la quinta palabra y dijo: Sed tengo (Jn 19, 28). Los dolores de la pasión y congojas pudieron causar en Cristo nuestro bien natural sed, pero no era tiempo entonces de manifestarla ni apagarla, ni Su Majestad hablara para esto sin más alto sacramento, sabiendo estaba tan inmediato a expirar. Sediento estaba de que los cautivos hijos de Adán no malograsen la libertad que les merecía y ofrecía, sediento, ansioso y deseoso de que le correspondieran todos con la fe y con el amor que le debían, de que admitiesen sus méritos y dolores, su gracia y amistad, que por ellos podían adquirir, y que no perdiesen su eterna felicidad que les dejaba por herencia, si la quisieran admitir y merecer; ésta era la sed de nuestro Salvador y Maestro. Y sola María santísima la conoció perfectamente entonces, y con íntimo afecto y caridad convidó y llamó en su interior a los pobres, a los afligidos, a los humildes, despreciados y abatidos, para que llegasen al Señor y mitigasen aquella sed en parte, pues no era posible en todo. Pero los verdugos, en testimonio de su infeliz dureza, ofrecieron al Señor con irrisión una esponja de vinagre y hiel sobre una caña y se la llegaron a la boca para que bebiese, cumpliendo la profecía del Santo Rey David, que dijo (Sal 68, 22): En mi sed me dieron a beber vinagre. Gustólo nuestro pacientísimo Jesús y tomó algún trago en misterio de lo que toleraba la condenación de los réprobos; pero a petición de su Madre santísima lo rehusó luego y lo dejó, porque la Madre de la gracia había de ser la puerta y medianera para los que se aprovechasen de la pasión y redención humana. 

1397. Luego con el mismo misterio pronunció el Salvador la sexta palabra: Consummatum est (Jn 19, 30). Ya está consumada esta obra de mi legacía del cielo y redención de los hombres y la obediencia con que me envió el Eterno Padre a padecer y morir por la salvación de los hombres; ya están cumplidas las Escrituras, profecías y figuras del Viejo Testamento, y el curso de la vida pasible y mortal que admití en el vientre virginal de mi Madre; ya queda en el mundo mi ejemplo, doctrina, sacramentos y remedios para la dolencia del pecado; ya queda satisfecha la justicia de mi Eterno Padre para la deuda de la posteridad de Adán; ya queda enriquecida mi Iglesia para el remedio de los pecados que los hombres cometieren; y toda la obra de mi venida al mundo queda en suma perfección, por la parte que me tocaba como su Reparador, y para la fábrica de la Iglesia triunfante queda puesto el seguro fundamento en la militante, sin que nadie le pueda alterar ni mudar. Todos estos misterios contienen aquellas palabras breves: Consummatum est. 

1398. Acabada y puesta la obra de la Redención humana en su última perfección, era consiguiente que, como el Verbo humanado por la vida mortal salió del Padre y vino al mundo, por la muerte de esta vida volviese al Padre con la inmortalidad. Para esto dijo Cristo nuestro Salvador la última y séptima palabra: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Exclamó y pronunció el Señor estas palabras en voz alta y sonora, que la oyeron los presentes, y para decirlas levantó los ojos al cielo, como quien hablaba con su Eterno Padre, y en el último acento le entregó su espíritu, volviendo a inclinar la cabeza. Con la virtud divina de estas últimas palabras fue arruinado y arrojado Lucifer con todos sus demonios en las profundas cavernas del infierno, donde quedaron todos apegados, como diré en el capítulo siguiente. La invencible Reina y Señora de las virtudes penetró altamente todos estos misterios sobre todas las criaturas, como Madre del Salvador y coadjutora de su pasión. Y para que en todo la participase, así como había sentido los dolores correspondientes a los tormentos de su Hijo santísimo, padeció y sintió, quedando viva, los dolores y tormentos que tuvo el Señor en el instante de la muerte. Y aunque ella no murió con efecto, pero fue porque milagrosamente, cuando se había de seguir la muerte, le conservó Dios la vida, siendo este milagro mayor que los demás con que fue confortada en todo el discurso de la pasión. Porque este último dolor fue más intenso y vivo, y todos cuantos han padecido los mártires y los hombres justiciados desde el principio del mundo no llegan a los que María santísima padeció y sufrió en la pasión. Perseveró la gran Señora al pie de la cruz hasta la tarde, que fue enterrado el sagrado cuerpo, como adelante diré, y en retorno de este último dolor en especial quedó la purísima Madre más espiritualizada en lo poco que su virginal cuerpo sentía del ser terreno. 

1399. Los Sagrados Evangelistas no escribieron otros sacramentos y misterios ocultos que obró Cristo nuestro Salvador en la cruz, ni los católicos tenemos de ellos más que las prudentes conjeturas que deducen de la infalible certeza de la fe. Pero entre los que se me han manifestado en esta Historia y en este lugar de la pasión, es una oración que hizo al Eterno Padre antes de hablar las siete palabras referidas por los Evangelistas. Y llamóla oración, porque fue hablando con el Eterno Padre, aunque es como última disposición y testamento que hizo como verdadero y sapientísimo Padre de la familia que le entregó el suyo, que fue todo el linaje humano. Y como la misma razón natural enseña que quien es cabeza de alguna familia y señor de muchos o pocos bienes, no sería prudente despensero, ni atento a su oficio o dignidad, si no declarase a la hora de la muerte la voluntad con que dispone de sus bienes y familia, para que los herederos y sucesores conozcan lo que a cada uno le toca sin litigio y después lo adquiera de justicia en herencia y posesión pacífica; por esta razón y para morir desocupados de lo terreno hacen los hombres del siglo sus testamentos. Y hasta los religiosos se desapropian porque en aquella hora pesa mucho lo terreno y sus cuidados, para que no se levante el espíritu a su Criador. Y aunque a nuestro Salvador no le pudieran embarazar éstas, porque ni las tenía, ni cuando las tuviera estorbaran su poder infinito, pero convenía que dispusiese en aquella hora de los tesoros espirituales y dones que había merecido para los hombres en el discurso de su peregrinación. 

1400. De estos bienes eternos hizo el Señor en la cruz su testamento, determinando a quién tocaba y quiénes habían de ser legítimos herederos y cuáles desheredados y las causas de lo uno y de lo otro, y todo lo hizo confiriéndolo con su Eterno Padre, como Señor supremo y justísimo Juez de todas las criaturas. Y porque en este testamento y disposición estaban resumidos los secretos de la predestinación de los santos y de la reprobación de los prescitos, fue testamento cerrado y oculto para los hombres, y sola María santísima lo entendió, porque a más de serle patentes todas las operaciones del alma santísima de Cristo, era su universal heredera, constituida por Señora de todo lo criado, y como coadjutora de la Redención, había de ser también como testamentaria, por cuyas manos, en que su Hijo puso todas las cosas, como el Padre en las del Hijo (Jn 13, 3), se ejecutase su voluntad y esta gran Señora distribuyese los tesoros adquiridos y debidos a su Hijo por ser quien es y por sus infinitos merecimientos. Esta inteligencia se me ha dado como parte de esta Historia, para que se declare más la dignidad de nuestra Reina y acudan los pecadores a ella como a depositaría de las riquezas que su Hijo y nuestro Redentor se hace cargo con su Eterno Padre; porque todos nuestros socorros se han de librar en María santísima y ella los ha de distribuir por sus piadosas y liberales manos. 

Testamento que hizo Cristo nuestro Salvador, orando a su Eterno Padre en la cruz. 

1401. Enarbolado el madero de la Cruz Santa en el monte Calvario con el Verbo humanado que estaba crucificado en ella, antes de hablar ninguna de las siete palabras, habló con su Eterno Padre interiormente y dijo: Padre mío y Dios eterno, yo te confieso y te engrandezco desde este árbol de mi cruz y te alabo con el sacrificio de mis dolores, pasión y muerte, porque con la unión hipostática de la naturaleza divina levantaste mi humanidad a la suprema dignidad de ser Cristo, Dios-hombre, ungido con tu misma divinidad. Confiésote por la plenitud de dones posibles de gracia y gloria que desde el instante de mi Encarnación comunicaste a mi humanidad, y porque para la eternidad desde aquel punto me diste el pleno dominio universal de todas las criaturas en el orden de gracia y de naturaleza, me hiciste Señor de los cielos y de los elementos, del sol, luna y estrellas, del fuego, del aire, de la tierra y de los mares y de todas las criaturas sensibles e insensibles que en ellos viven, de la disposición de los tiempos, de los días y las noches, dándome señorío y potestad sobre todo, a mi voluntad y disposición; y porque me hiciste Cabeza y Rey, Señor de todos los Ángeles y de los hombres, para que los gobierne y mande, para que premie a los buenos y castigue a los malos; y para todo me diste la potestad y llaves del abismo, desde el supremo cielo hasta el profundo de las cavernas infernales; y porque pusiste en mis manos la justificación eterna de los hombres, sus imperios, reinos y principados, a los grandes y pequeños, a los pobres y a los ricos; y de todos los que son capaces de tu gracia y gloria me hiciste Justificador, Redentor y Glorificador universal de todo el linaje humano, Señor de la muerte y de la vida, de todos los nacidos, de la Iglesia Santa y sus tesoros, de las Escrituras, misterios y sacramentos, auxilios, leyes y dones de la gracia; todo lo pusiste, Padre mío, en mis manos y lo subordinaste a mi voluntad y disposición, y por esto te alabo y engrandezco, te confieso y magnifico. 

1402. Ahora, Señor y Padre Eterno, cuando vuelvo de este mundo a tu diestra por medio de mi muerte de cruz, y con ella y mi pasión dejo cumplida la Redención de los hombres que me encomendaste, quiero, Dios mío, que la misma cruz sea el tribunal de nuestra justicia y misericordia; y estando clavado en ella quiero juzgar a los mismos por quien doy la vida, y justificando mi causa quiero dispensar y disponer de los tesoros de mi venida al mundo y de mi pasión y muerte, para que desde ahora quede establecido el galardón que a cada uno de los justos o réprobos le pertenece, conforme a sus obras con que me hubieren amado o aborrecido. A todos los mortales he buscado y llamado a mi amistad y gracia, y desde el instante que tomé carne humana, sin cesar he trabajado por ellos: he padecido molestias, fatigas, afrentas, ignominias, oprobios, azotes, corona de espinas, y padezco muerte acerbísima de cruz; he rogado por todos a tu inmensa piedad, he orado con vigilias, ayunado y peregrinado, enseñándoles el camino de la eterna vida; y cuanto es de mi parte y de mi voluntad, para todos la quiero, como para todos la he merecido, sin exceptuar ni excluir alguno, y para todos he puesto y fabricado la ley de gracia, y siempre la Iglesia, donde fueren salvos, será estable y permanente. 

1403. Pero con nuestra ciencia y previsión conocemos, Dios y Padre mío, que por la malicia y rebeldía de los hombres no todos quieren nuestra salvación eterna, ni valerse de nuestra misericordia y del camino que yo les he abierto con mi vida, obras y muerte, sino que quieren seguir sus pecados hasta la perdición. Justo eres, Señor y Padre mío, y rectísimos son tus juicios, y justo es que, pues me hiciste juez de los vivos y muertos, entre los buenos y malos, dé a los justos el premio de haberme servido y seguido y a los pecadores el castigo de su perversa obstinación, y aquéllos tengan parte conmigo de mis bienes y estos otros sean privados de mi herencia, pues ellos no la quisieron admitir. Ahora, pues, Eterno Padre mío, en tu nombre y mío, engrandeciéndote, dispongo por mi última voluntad humana, que es conforme a la tuya eterna y divina, y quiero que en primer lugar sea nombrada mi purísima Madre, que me dio el ser humano, porque la constituyo por mi heredera única y universal de todos los bienes de naturaleza, gracia y gloria, que son míos, para que ella sea Señora con dominio pleno de todos; y los que ella en sí puede recibir de la gracia, siendo pura criatura, todos se los concedo con efecto, y los de gloria se los prometo para su tiempo; y quiero que los Ángeles y los hombres sean suyos, y que en ellos tenga entero dominio y señorío, que todos la obedezcan y sirvan; y los demonios la teman y le estén sujetos, y lo mismo hagan todas las criaturas irracionales, los cielos, astros y planetas, los elementos, y todos los vivientes, aves, peces y animales que en ellos se contienen; de todo la hago Señora, para que todos la glorifiquen conmigo; y quiero asimismo que ella sea depositaría y dispensadora de todos los bienes que se encierran en los cielos y en la tierra; lo que ella ordenare y dispusiere en la Iglesia con mis hijos los hombres, será confirmado en el cielo por las tres divinas personas, y todo lo que pidiere para los mortales ahora, después y siempre, lo concederemos a su voluntad y disposición. 

1404. A los Ángeles que obedecieron tu voluntad santa y justa, declaro que les pertenece el supremo cielo por habitación propia y eterna, y en ella el gozo de la visión clara y fruición de nuestra divinidad; y quiero que la gocen en posesión interminable y en nuestra amistad y compañía; y les mando que reconozcan por su legítima Reina y Señora a mi Madre y la sirvan, acompañen y asistan, la lleven en sus manos en todo lugar y tiempo, obedeciendo a su imperio y a todo lo que les quisiere mandar y ordenar. A los demonios, como rebeldes a nuestra voluntad perfecta y santa, los arrojo y aparto de nuestra vista y compañía, de nuevo los condeno a nuestro aborrecimiento y privación eterna de nuestra amistad y gloria y de la vista de mi Madre y de los santos y justos mis amigos; y les determino y señalo por habitación sempiterna el lugar más distante de nuestro real trono, que serán para ellos las cavernas infernales, el centro de la tierra, con privación de luz y horror de sensibles tinieblas; y declaro que ésta es su parte y herencia elegida por su soberbia y obstinación, con que se levantaron contra el ser divino y sus órdenes; y en aquellos calabozos de oscuridad sean atormentados con eterno fuego inextinguible. 

1405. De toda la humana naturaleza con la plenitud de toda mi voluntad llamo y elijo y entresaco a todos los justos y predestinados que por mi gracia e imitación han de ser salvos, cumpliendo mi voluntad y obedeciendo a mi santa ley. A éstos en primer lugar, después de mi Madre purísima, los nombro por herederos de todas mis promesas y misterios, bendiciones y tesoros de mis sacramentos y secretos de mis Escrituras, como en ellas están encerrados; de mi humildad y mansedumbre de corazón; de las virtudes, fe, esperanza y caridad; de la prudencia, justicia, fortaleza y templanza; de mis divinos dones y favores; de mi cruz, trabajos, oprobios y desprecios, pobreza y desnudez. Esta sea su parte y su herencia en la vida presente y mortal, y porque ellos con el bien obrar la han de elegir, para que lo hagan y con alegría, se la señalo por prenda de mi amistad, porque yo la elegí para mí mismo. Y les ofrezco mi protección y defensa, mis inspiraciones santas, mis favores y auxilios poderosos, mis dones y justificación, según su disposición y amor; que para ellos seré padre, hermano y amigo, y ellos serán mis hijos, mis electos y carísimos, y como a tales hijos los nombro por herederos de todos mis merecimientos y tesoros, sin limitación alguna de mi parte. Y quiero que de mi Santa Iglesia y Sacramentos participen y reciban cuanto de ellos se dispusieren a recibir, y que puedan recuperar la gracia y bienes, si la perdieren, y volver a mi amistad, renovados y lavados ampliamente con mi sangre; y que para todo les valga la intercesión de mi Madre y de mis Santos, y que ella los reconozca por hijos y los ampare y tenga por suyos; que mis Ángeles los defiendan, los guíen, patrocinen y los traigan en las palmas para que no tropiecen, y si cayeren les den favor para levantarse. 

1406. Y quiero asimismo que estos mis justos y escogidos sean superiores en excelencia a los réprobos y a los demonios, y que los teman y se les sujeten mis enemigos, y que todas las criaturas racionales e irracionales los sirvan; que los cielos y planetas, los astros y sus influencias los conserven y den vida con sus influjos; la tierra y elementos y todos sus animales los sustenten; todas las criaturas que son mías y me sirven, sean suyas y les sirvan como a mis hijos y amigos; y sea su bendición en el rocío del cielo y grosura de la tierra. Quiero también tener con ellos mis delicias, comunicarles mis secretos, conversar íntimamente y vivir con ellos en la Iglesia militante debajo de las especies de pan y vino, en arras y prendas infalibles de la eterna felicidad y gloria que les prometo, y de ella les hago participantes y herederos, para que conmigo la gocen en el cielo en posesión perpetua y gozo inadmisible.

 1407. A los prescitos y reprobados, por su propia culpa, de nuestra voluntad [Dios quiere sinceramente que todos se salven y a todos da gracia suficiente], aunque fueron criados para otro más alto fin, les permito que su parte y herencia en esta vida mortal sea la concupiscencia de la carne y de los ojos y la soberbia con todos sus efectos, y que coman y sean saciados de la arena de la tierra, que son sus riquezas, y del humo y corrupción de la carne y sus deleites, de la vanidad y presunción mundana. Por adquirir esta posesión han trabajado y en esta diligencia emplearon su voluntad y sus sentidos, a ella convirtieron sus potencias y los dones y beneficios que les dimos, y ellos mismos han hecho voluntaria elección del engaño, aborreciendo la verdad que yo les enseñé en mi ley santa. Renunciaron la que yo escribí en sus mismos corazones y la que les inspiró mi gracia, despreciaron mi doctrina y beneficios, oyeron a mis enemigos y suyos propios, admitieron sus engaños, amaron la vanidad, obraron las injusticias, siguieron la ambición, deleitáronse en la venganza, persiguieron a los pobres, humillaron a los justos, baldonaron de los sencillos e inocentes, apetecieron su propia exaltación y desearon levantarse sobre los cedros del Líbano en la ley de la injusticia que guardaron. 

1408. Y porque todo esto lo hicieron contra la bondad de nuestra divinidad y permanecieron obstinados en su malicia, renunciando el derecho de hijos que yo les he adquirido, los desheredo de mi amistad y gloria; y como San Abrahán apartó de sí a los hijos de las esclavas con algunos dones y reservó su principal hacienda para Isaac, el hijo de la libre Sara, así yo desvío a los prescitos de mi herencia con los bienes transitorios y terrenos que ellos mismos escogieron y, apartándolos de nuestra compañía y de mi Madre y la de los Ángeles y Santos, los condeno a las eternas cárceles y fuego del infierno en compañía de Lucifer y sus demonios, a quien de voluntad sirvieron, y los privo por nuestra eternidad de la esperanza del remedio. Esta es, Padre mío, la sentencia que pronuncio como juez y cabeza de los hombres y los ángeles y el testamento que dispongo para mi muerte y efecto de la Redención humana, remunerando a cada uno lo que de justicia le pertenece, conforme a sus obras y al decreto de tu incomprensible sabiduría, con la equidad de tu rectísima justicia.—Hasta aquí habló Cristo Salvador nuestro en la Cruz con su Eterno Padre, y quedó este misterio y sacramento sellado y guardado en el corazón de María santísima, como testamento oculto y cerrado, para que por su intercesión y disposición a su tiempo y desde luego se ejecutase en la Iglesia, como hasta entonces se había comenzado a ejecutar por la ciencia y previsión divina, donde todo lo pasado y lo futuro está junto y presente. 

Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima. 

1409. Hija mía, procura con todo tu afecto no olvidar en tu vida la noticia de los misterios que en este capítulo te he manifestado. Yo, como tu Madre y Maestra, pediré al Señor que con su virtud divina imprima en tu corazón las especies que te he dado, para que permanezcan fijas y presentes en él, mientras vivieres. Con este beneficio quiero que perpetuamente tengas en tu memoria a Cristo crucificado, mi Hijo santísimo y Esposo tuyo, y nunca olvides los dolores de la Cruz y la doctrina que enseñó y practicó Su Majestad en ella. En este espejo has de componer tu hermosura, y en ella tendrás tu gloria interior, como la hija del príncipe (Sal 44, 14), para que atiendas, procedas y reines como esposa del supremo Rey. Y porque este honroso título te obliga a procurar con todo esfuerzo su imitación y proporción igual, en cuanto te es posible con su gracia, y éste ha de ser el fruto de mi doctrina, así quiero que desde hoy vivas crucificada con Cristo y te asimiles a tu ejemplar y dechado, quedando muerta a la vida terrena. Quiero que se consuman en ti los efectos de la primera culpa y sólo vivas a las operaciones y efectos de la virtud divina y renuncies todo lo que tienes heredado como hija del primer Adán, para que en ti se logre la herencia del segundo, que es Cristo Jesús, tu Redentor y Maestro. 

1410. Para ti ha de ser tu estado muy estrecha cruz donde estés clavada, y no ancha senda, con dispensaciones y explicaciones que la hagan espaciosa, dilatada y acomodada, y no segura ni perfecta. Este es el engaño de los hijos de Babilonia y de Adán, que procuran en sus obras buscar ensanches en la ley de Dios, cada uno en su estado, y recatean la salvación de sus almas, para comprar el cielo muy barato, o aventurarse a perderle, si les ha de costar el estrecharse y ajustarse al rigor de la divina ley y sus preceptos. De aquí nace el buscar doctrinas y opiniones que dilaten las sendas y caminos de la vida eterna, sin advertir que mi Hijo santísimo les enseñó que eran muy angostos (Mt 7, 14) y que Su Majestad fue por ellos, para que nadie imagine que puede ir por otros más espaciosos a la carne y a las inclinaciones viciadas por el pecado. Este peligro es mayor en los eclesiásticos y religiosos, que por su estado deben seguir a su divino Maestro y ajustarse a su vida y pobreza, y para esto eligieron el camino de la cruz, y quieren que la dignidad o la religión sea para comodidad temporal y aumento de mayores honras de su estimación y aplauso, que tuvieran en otro estado. Y para conseguirlo ensanchan la cruz que prometieron llevar, de manera que vivan en ella muy holgados y ajustados a la vida carnal, con opiniones y explicaciones engañosas. Y a su tiempo conocerán la verdad de aquella sentencia del Espíritu Santo, que dice: A cada uno le parece seguro su camino, pero el Señor tiene en su mano el peso de los corazones humanos (Prov 21, 2). 

1411. Tan lejos te quiero, hija mía, de este engaño, que has de vivir ajustada al rigor de tu profesión en lo más estrecho de ella, de manera que en esta cruz no te puedas extender ni ensanchar a una ni otra parte, como quien está clavada en ella con Cristo; y por el menor punto de tu profesión y perfección has de posponer todo lo temporal de tu comodidad. La mano derecha has de tener clavada con la obediencia, sin reservar movimiento, ni obra, ni palabra y pensamiento que no se gobierne en ti con esta virtud. No has de tener ademán que sea obra de tu propia voluntad, sino de la ajena, ni has de ser sabia contigo misma en cosa alguna (Prov 3, 7), sino ignorante y ciega, para que te guíen los superiores. El que promete —dice el Sabio (Prov 6, 1)— clavó su mano, y con sus palabras queda atado y preso. Tu mano clavaste con el voto de la obediencia, y con este acto quedaste sin libertad ni propiedad de querer o no querer. La mano siniestra tendrás clavada con el voto de la pobreza, sin reservar inclinación ni afecto a cosa alguna que suelen codiciar los ojos, porque en el uso y en el deseo has de seguir ajustadamente a Cristo pobre y desnudo en la cruz. Con el tercer voto, de la castidad, han de estar clavados tus pies, para que tus pasos y movimientos sean puros, castos y hermosos. Y para esto no has de consentir en tu presencia palabra que disuene de la pureza, ni admitir especie ni imagen en tus sentidos, mirar, ni tocar a criatura humana; tus ojos y todos tus sentidos han de estar consagrados a la castidad, sin dispensar de ellos más de para ponerlos en Jesús crucificado. El cuarto voto, de la clausura, guardarás segura en el costado y pecho de mi Hijo santísimo, donde yo te la señalo. Y para que esta doctrina te parezca suave y este camino menos estrecho, atiende y considera en tu pecho la imagen que has conocido de mi Hijo y Señor lleno de llagas, tormentos y dolores, y al fin clavado en la cruz, sin dejar en su sagrado cuerpo alguna parte que no estuviese herida y atormentada. Y Su Majestad y yo éramos más delicados y sensibles que todos los hijos de los hombres, y por ellos padecimos y sufrimos tan acerbos dolores, para que ellos se animasen a no recusar otros menores por su bien propio y eterno y por el amor que tanto les obligó; a que debían los mortales ser agradecidos, entregándose al camino de las espinas y abrojos y a llevar la cruz por imitar y seguir a Cristo y alcanzar la eterna felicidad, pues es el camino derecho para ella.

MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VI, Cap. 22

lunes, 28 de agosto de 2023

Palabras del Creador, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos - Santa Brígida





Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos. También sobre la ayuda enviada a sus amigos, que representan a toda la humanidad y sobre la dura condena de sus enemigos. 


Yo soy el Creador de todas las cosas. Nací del Padre antes de que existiera Lucifer. Existo inseparablemente en el Padre y el Padre en mí y hay un Espíritu en ambos. Por consiguiente, hay un Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo—y no tres dioses. Yo soy el que le hizo la promesa de la herencia eterna a Abraham y conduje a mi pueblo fuera de Egipto a través de Moisés. Yo soy el que habló a través de los profetas. El padre me puso en el vientre de la Virgen, sin separarse de mí, permaneciendo conmigo inseparablemente para que la humanidad, que ha abandonado a Dios, pueda retornar a Dios a través de mi amor. 

Ahora, sin embargo, en vuestra presencia, Corte Celestial, pese a que veis y sabéis todo de mi, por el bien del conocimiento y la instrucción de esta desposada mía, que no puede percibir lo espiritual sino es por medio de lo físico, yo declaro mi pesar ante vosotros en relación de los cinco hombres aquí presentes, por ser ellos ofensivos para mí de muchas maneras. 

De la misma forma que yo, en una ocasión, incluí a todo el pueblo israelita en el nombre de Israel en la Ley, ahora mediante estos cinco hombres me refiero a todos en el mundo. El primer hombre representa al líder de la Iglesia y sus sacerdotes; el segundo, a los laicos corruptos, el tercero a los judíos, el cuarto a los paganos y el quinto a mis amigos. En lo que a ti respecta, judío, he hecho una excepción con todos los judíos que son cristianos en secreto y que me sirven en caridad sincera, conforme a la fe y en sus trabajos perfectos en secreto. En relación a ti, pagano, he hecho una excepción con todos aquellos que con gusto caminarían por la senda de mis mandamientos si tan solo supieran cómo y si fueran instruidos, los que tratan de poner en práctica todo lo que pueden y de lo que son capaces. Éstos, no serán de ninguna manera sentenciados con vosotros. 

Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad: primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas. Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer. 

Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí, de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que, también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables. Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. Tú eres más abominable que los judíos. Ellos tan sólo crucificaron mi cuerpo, pero tú crucificaste y castigaste a las almas de mis elegidos para quienes tu maldad y trasgresión son más afiladas que una espada. 

Así, puesto que eres como Lucifer, más injusto que Pilatos, menos digno de misericordia que Judas y más abominable que los judíos, mi enfado contigo está justificado. El Señor dijo al segundo hombre, es decir, al que representa a los laicos: “Yo creé todas las cosas para tu uso. Tú me diste tu consentimiento a mí y Yo a ti. Tú me prometiste tu fe y me juraste que me servirías. Ahora, sin embargo, te has apartado de mí como alguien que no conoce a Dios. Te refieres a mis palabras como mentiras y a mis trabajos como carentes de sentido. Tú dices que mi voluntad y mis mandamientos son muy duros. Has violado la fe que prometiste. Has roto tu juramento y has abandonado mi Nombre. 

Te has disociado a ti mismo de la compañía de mis santos y te has integrado en la compañía de los demonios, haciéndote socio suyo. Tú no crees que ninguno merezca alabanza y honor salvo tú mismo. Consideras difícil todo lo que tiene que ver conmigo y lo que estás obligado a hacer por mí, mientras que las cosas que te gusta hacer son fáciles para ti. Es por esto que mi enfado contigo está justificado, porque tú has quebrado la fe que me prometiste en el bautismo y en adelante. Encima, me acusas de mentir sobre el amor que te he mostrado de palabra y de hecho. Dices que yo era un loco por sufrir”. 

Al tercer hombre, es decir al representante de los judíos, le dijo: “Yo comencé mi amoroso idilio contigo. Te elegí como mi pueblo, te libré de la esclavitud, te di Mi Ley, te conduje hasta la Tierra que les había prometido a tus padres y te envié profetas que te consolaran. Después, elegí una Virgen de entre vosotros y tomé de ella naturaleza humana. Mi disgusto contigo es que aún rehúsas creer en mí, diciendo: “Cristo no ha venido todavía sino que tiene que venir”. 

El Señor dijo al cuarto hombre, es decir a los paganos: “Yo te creé y te redimí para que fueras cristiano. Hice contigo todo el bien. Pero tú eres como alguien que está fuera de sus sentidos, porque no sabes lo que haces. Eres como un ciego, porque no sabes hacia dónde te diriges. Adoras a las criaturas en lugar de al Creador, a la falsedad en lugar de a la verdad. Te arrodillas ante las cosas que son inferiores a ti. Esta es la causa de mi disgusto en relación a ti”. Al quinto hombre le dijo: “¡Acércate más, amigo!” Y se dirigió directamente a la Corte Celestial: “Queridos amigos, este amigo mío representa a mis muchos amigos. Él es como un hombre cercado entre los corruptos y mantenido en un duro cautiverio. Cuando dice la verdad le arrojan piedras en la boca. Cuando hace algo bueno, le clavan una lanza en el pecho. ¡Ay, mis amigos y santos! ¿Cómo puedo soportar a esas personas y cuánto tiempo me mantendré con semejante desprecio?”. 

San Juan Bautista respondió: “Eres como un espejo inmaculado. Vemos y sabemos todas las cosas en ti como en un espejo, sin necesidad de palabras. Eres la dulzura incomparable en la que saboreamos todo lo bueno. Eres como la más afilada de las espadas y un Juez justo”. El Señor le respondió: “Amigo mío, lo que has dicho es cierto. Mis elegidos ven toda la bondad y justicia en mí. Aún los espíritus diabólicos lo hacen, aunque no en la luz sino en su propia conciencia. Como un hombre en prisión, que se aprendió las letras y aún las conoce cuando se encuentra en la oscuridad y no las ve, los demonios, pese a que no ven mi justicia a la luz de mi claridad, aún así, conocen y ven en su conciencia. Yo soy como una espada que corta en dos. Le doy a cada persona lo que él o ella merecen. Entonces, el Señor agregó, hablando al Bienaventurado Pedro: “Tú eres el fundador de la fe y de mi Iglesia. Mientras lo escucha mi Ejército, ¡declara la sentencia de estos cinco hombres!”. 

Pedro contestó: “¡Gloria y honor para Ti, Señor, por el amor que has demostrado a la tierra! ¡Que toda tu Corte te bendiga, porque Tú nos haces ver y saber en Ti todo lo que es y lo que será! Vemos y sabemos todo en Ti. Es verdaderamente justo que el primer hombre, el que se sienta en tu asiento mientras que realiza los hechos de Lucifer, vergonzosamente deba renunciar a ese asiento en el que presumió sentarse y compartir el castigo de Lucifer. La sentencia del segundo hombre es que aquél que haya abandonado la fe debe descender al infierno con la cabeza abajo y los pies arriba, por haberte despreciado a Ti, que deberías ser su cabeza y por haberse amado a sí mismo. 

La sentencia del tercero es que no verá Tu rostro y será condenado por su perversidad y avaricia, puesto que los que no creen no merecen contemplar la visión de Ti. La sentencia del cuarto es que debería ser encerrado y confinado en la oscuridad, como un hombre fuera de sus sentidos. La sentencia del quinto es que deberá serle enviada ayuda” Cuando el Señor oyó esto, respondió: “Prometo por Dios, el Padre, cuya voz oyó Juan el Bautista en el Jordán, que haré justicia a éstos cinco”. 

Después, el Señor continuó, diciendo al primero de los cinco hombres: “La espada de mi severidad atravesará tu cuerpo, entrando desde lo alto de tu cabeza y penetrando tan profunda y firmemente que nunca podrá ser sacada. Tu asiento se hundirá como una piedra pesada y no cesará hasta que alcance la parte más baja de las profundidades. Tus dedos, es decir, tus consejeros, arderán en un fuego sulfuroso e inextinguible. 

Tus brazos, es decir, tus vicarios, que debieran de haber conseguido el beneficio de las almas, pero que en su lugar consiguieron provechos mundanos y honores, serán sentenciados al castigo del que habla David: ‘Que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda, que los extraños le arrebaten su propiedad’. ¿Qué significa ‘su mujer’ sino el alma que ha sido separada de la gloria del Cielo y que quedará viuda de Dios? ‘Sus hijos’, es decir, las virtudes que aparentaron poseer y mi gente sencilla, aquellos que se les sometieron, serán apartados de ellos. Su rango y propiedad caerá en manos de otros, y ellos heredarán la eterna vergüenza en lugar de su rango privilegiado. 

Sus mitras se hundirán en el barro del infierno y ellos mismos nunca se levantarán de él. Por ello, lo mismo que el honor y el orgullo que alcanzaron sobre otros aquí en la tierra, se hundirán en el infierno tan profundamente, más que los demás, que les será imposible levantarse. Sus extremidades, o sea, todos los sacerdotes aduladores que les secunden, serán separados de ellos y aislados, igual que una pared que se derrumba, en la que no quedará piedra sobre piedra y el cemento ya no se adherirá a las piedras. La misericordia nunca les llegará, porque mi amor nunca les calentará ni les repondrá en la eterna Mansión Celestial. En su lugar, despojados de todo bien, serán eternamente atormentados junto a sus líderes. 

Al segundo hombre, Yo le digo: Dado que tú no quieres mantenerte en la fe que me prometiste ni manifestar amor hacia mí, te enviaré un animal que procederá del torrente impetuoso para devorarte. Y, lo mismo que un torrente siempre corre hacia abajo, así el animal te llevará a las partes más bajas del infierno. Tan imposible como es para ti viajar corriente arriba contra un torrente impetuoso, igual de difícil será para ti ascender desde el infierno. 

Al tercer hombre, le digo: ‘Ya que tú, judío, no quieres creer que Yo ya he venido, por ello, cuando vuelva para el segundo juicio, no me verás en mi gloria sino en tu conciencia, y comprobarás que todo lo que te dije era verdad. Entonces ahí quedará que seas castigado como mereces’. Al cuarto hombre, le digo: ‘Como no te has ocupado de creer ni has querido saber, tu propia oscuridad será tu luz y tu corazón será iluminado para que comprendas que mis juicios son verdaderos pero, sin embargo, tú no alcanzarás la luz’. 

Al quinto hombre, le digo: ‘Haré tres cosas por ti. Primero, te llenaré internamente de mi calor. Segundo, haré que tu boca sea más fuerte y más firme que cualquier piedra, de modo que las piedras que te arrojen serán rebotadas. Tercero, te armaré con mis armas, de forma que ninguna lanza te dañará sino que todo cederá ante ti como la cera frente al fuego. 

Por tanto, ¡hazte fuerte y resiste como un hombre! Como un soldado que, en la guerra, espera la ayuda de su Señor y lucha mientras le quedan fluidos de vida, así también tú, ¡mantente firme y lucha! El Señor, tu Dios, aquél a quien nadie puede resistir, te ayudará. Y, como vosotros sois pocos en número, os daré honor y os convertiré en muchos. Mirad, amigos míos, veis estas cosas y las reconocéis en Mí y, por ello, se mantienen ante mí’. Las palabras que ahora he pronunciado se cumplirán. Aquellos hombres nunca entrarán en mi Reino mientras yo sea el Rey, a menos que enmienden sus caminos. Porque el Cielo no será sino para aquellos que se humillan a sí mismos y hacen penitencia”. Entonces, toda la corte respondió: “¡Gloria a Ti, Señor Dios, que no tienes principio ni fin!”.

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capitulo 41