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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Las Virtudes de San Pablo de la Cruz: Lirio entre espinas

 


En carne regalada, con dificultad crece el blanquísimo lirio de la pureza. En cambio, en: la carne rota y macerada por la mortificación, de la ascesis cristiana crece y se desarrolla fresco y rozagante, perfumando de suavísimos aromas la vida del asceta.

La pureza, ciertamente, es un don de Dios; pero don que se ofrece únicamente a las alma, valientes y esforzadas que no rehúsan la cruz y aceptan las aristas hirientes de la mortificación.

Pablo de la Cruz, modelo de mortificación cristiana, lo es, igualmente. de pureza y virginidad. Toda su vida está embalsamada por exquisito y suavísimo perfume de pureza angelical. Y esta pureza, conquistada, o mejor, sostenida a punta de lanza, no vaya a creerse sea efecto de temperamento frío o sin pasiones. 

Pablo es ardiente, de imaginación, viva, y siente arder la sangre en sus venas. Los biógrafos lo clasifican entre los temperamentos sanguíneos, propenso, por tanto, a la sensualidad y al regalo de la carne. Pablo, sin embargo, sabe dominar sus tendencias y guardar la virginal pureza en medio de los peligros del mundo y de las instigaciones de livianas mujerzuelas que pretenden, osadamente, derribar la virtud del joven.

Las batallas que el Siervo de Dios sostiene, sobre todo, en los años de la mocedad, para conservar intacta la pureza del alma, sirven para que ésta se acrisole y afiance más en su corazón.

El mismo, aleccionado por la experiencia, escribirá a un alma dirigida:

—Sabed que los lirios plantados entre la, espinas se vuelven más blancos y fragantes que en tierra libre; quiere esto decir que la santa virginidad se torna más pura, más cándida, más fragante a los ojos de Dios entre las espinas de los combates y de las tentaciones más horribles."

Joven aún, se consagra a Dios por el voto de castidad. El mundo le sonríe y halaga. Ventajoso matrimonio, propuesto y aconsejado por un tío suyo sacerdote, puede devolver a la familia Danei la opulencia perdida. Pero el joven, seguidor de Cristo, renuncia a todo: al amor y a la pingüe herencia para vivir consagrado a su Dios por el voto de castidad.

De joven es de muy buen parecer. Su belleza, sus modales elegantes y su porte distinguido atraen las miradas de algunas jóvenes, no muy recatadas, las cuales, con sus artes femeninas tratan de cautivar el corazón del inocente joven.

Orando un día en la Iglesia parroquial de Castellazo es instigado al pecado por una joven desenvuelta. Pablo, a fin de no llamar la atención ni dar ocasión de escándalo, se retira de aquel lugar, y alejado de la joven frívola y casquivana, prosigue su oración.

Otra vez, en la soledad del campo, es solicitado por una liviana mujer, a la que pone en fuga blandiendo nudosa rama que ha desgajado de un árbol.

Como guarda de la castidad es la modestia, Pablo observa siempre, y en todas partes, un porte recogido y una modestia en los ojos angelical. Su semblante y sus ojos recatados inspiran respeto y amor a la pureza. Ojos bellísimos, virginales, los suyos, jamás se posan en el rostro de ninguna mujer. Cuando, por necesidad, trata con alguna, emplea rigurosa modestia teniendo los ojos fijos en tierra.

La Marquesa de las Minas, dama española de extraordinaria belleza, mujer, según el mundo, la más hermosa de España, es penitenta de Pablo de la Cruz. La amistad que une a éste con el esposo de la dama española es íntima y entrañable. Pero Pablo jamás fija su vista en el rostro de la Marquesa. Invitado, más de una vez, a merendar con ella en su casa, jamás acepta la invitación, únicamente por no exponerse al peligro de dirigirle alguna mirada, aunque no fuera más que por educación y urbanidad. El siervo de Dios la conoce tan sólo por el timbre de la voz.

Cuando camina solo o acompañado, por la ciudad o por el campo, guarda la misma modestia.

"Un Siervo de Dios, cuando camina, dice él, contempla tan sólo el espacio de tierra que basta para su sepultura; y va siempre recogido en Dios y en compañía de Jesús."

Tal máxima es norma inflexible de su conducta. Y si, acaso, alguno muestra extrañeza de la rigurosa modestia que guarda al andar.. el Santo replica:

—Como voy descalzo, necesito mirar dónde pongo los pies.

Antes de mirar el rostro de, una mujer, hubiera preferido le arrancaran los ojos.

Un día camina solo por senda solitaria. En un trigal, que se balancea suavemente al compás de la brisa, se oyen coros de voces y de risas femeninas. Pablo, sin levantar la vista prosigue su camino. Luego, al referir el hecho, dirá a sus religiosos:

—Antes que mirarlas hubiera preferido que el verdugo cortara mi cabeza.

Tanta cautela y reserva a muchos parecerán exageradas. Pero Pablo, adiestrado por la experiencia, justifica su rígida modestia con estos términos

—Cayeron varones encanecidos que por su virtud merecían ser llamados Columnas de la Iglesia, ¿y confiaremos nosotros? He recorrido muchos estados, ciudades, villas, pueblos y aldeas, y he tratado con toda suerte de personas, y siempre fui cauteloso, amaestrado por las tristes y lamentables caídas que en esta materia recuerdo han ocurrido.

El siervo de Dios, sencillo como la paloma. es también prudente como la serpiente. Por eso emplea tanta cautela a fin de no ser sorprendido.

En la misión de Ischia, la señora de la casa donde se hospeda el Santo, quiere tratar a solas con él de cosas espirituales. La señora, ya anciana, suplica a Pablo le acompañe a su habitación. El siervo de Dios rehúsa. La señora insiste:

—Si soy tan vieja, y usted, Padre, más viejo que yo.

—No importa, no importa: yo no puedo, si no estoy a la vista de mi compañero o de otra persona virtuosa.

En otra ocasión la dueña de la casa, ante el tumulto de la gente que espera a Pablo, cierra la puerta para hablar a solas con él.

—Por favor, señora, abra la puerta. Yo no acostumbro hablar con señoras a puertas cerradas.

—Pero si con usted puede hablarse sin ninguna sospecha.

—No, señora. Usted podrá hablar, pero yo no. Le ruego que, por favor, abra la puerta.

Y la señora, ante las insistencias del siervo de Dios, tiene que abrir la puerta, que permanece abierta hasta que la espiritual entrevista ha terminado.

Con las penitentes que dirige habitualmente observa el mismo rigor y el mismo alejamiento. A la dulce Inés Grazi prohíbe le bese la mano, o le dé señal de afecto que pueda parecer, aunque lejanamente, ofensa de la virtud angélica.

"Conviene vivir alerta y no fiarse de sí mismo; suele repetir con harta frecuencia. Nadie está seguro en este mundo. De ciertas personas conviene estar alejado lo más posible. Yo, aunque viejo, no me fío, no me fío."


Un día, hallándose enfermo en el convento de los Santos Juan y Pablo, recibe la visita del Príncipe Gonzaga. El Santo muestra gran alegría al recibirlo. Mas, sin paliativos ni preámbulos de ninguna especie, le exhorta a imitar las virtudes del santo que lleva su mismo apellido y es el más esclarecido personaje de su noble linaje.

Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis...

—Pero, P. Pablo, no querrá que yo le imite en abandonar el mundo y hacerme Jesuita...; replica el Príncipe con burlona sonrisa.

—En eso, no, Sr. Príncipe; pero sí en la pureza de su vida. Veo que Vuecencia es un gran caballero. Mas, bien sabe que en el mundo se tienden muchos lazos a la virtud, sobre todo, en las conversaciones. Yo quisiera que Vuecencia, a ejemplo de San Luis, fuera cauteloso y, todos los días, dedicara algún rato a la oración.

—También yo quisiera, responde el Príncipe bromeando, que los Sacerdotes y Clérigos trataran como los del mundo con más libertad a las mujeres. Yo, si he de serle franco, le diré que no soy tentado. Y el no serlo obedece, según creo, a la familiaridad con que las trato. Para no ser tentados, sería de desear que los Sacerdotes y Clérigos trataran un poco más a las señoras, pues son más tentados los que viven lejos de ellas.

Pablo, al oír tal lenguaje y tales consejos en un Príncipe, descendiente de la familia Gonzaga, se indigna :

—Ignora, acaso, Vuecencia, lo que afirma el Espíritu Santo: Quien ama el peligro, perecerá en él? Sé que Vuecencia ha estudiado; mas, con todo, conviene que yo le explique el sentido de las Sagradas Escrituras.

—Sí, P. Pablo; he estudiado; y opino que algo más que usted.

—No lo dudo; pero conviene que yo, como Sacerdote, haga hoy el oficio de Maestro.

Y el P. Pablo aduce textos y más textos de las Divinas Escrituras para convencer de su error al Príncipe Gonzaga. Este, sin embargo, no se apea de su opinión. El Siervo de Dios, encendido en santa cólera, objeta:

—¿Es católico o hereje Vuecencia? Porque si mantiene tales principios, merece ser denunciado al Santo Oficio; y yo mismo, de no estar enfermo y en cama, iría personalmente a denunciarlo.

El Príncipe Gonzaga, confuso y avergonzado, se despide con sonrisa amable y un tanto picaresca del Siervo de Dios. Salido que hubo de la celda del Santo, éste, que había penetrado y escrutado los repliegues más íntimos de la conciencia del Príncipe, exclama:

—¡ Vaya con el Sr. Caballero! Había venido a insultarme, y el Señor me ha inspirado lo que debía decirle.

Es natural que alma tan enamorada de la pureza aconseje a todos la virtud angélica.

A sus religiosos recomienda la soledad y el espíritu de oración para que, alejados de los peligros y asechanzas del mundo, puedan más fácilmente conservar la pureza del alma.

A los muchachos inculca huir de las malas compañías y evitar toda conversación lasciva o peligrosa.

A las jóvenes y señoras exhorta vivamente a vestir según las normas de la modestia cristiana.

—Si no vais modestas —les dice— os haréis responsables ante Dios de los graves daños que causéis a las almas con vuestras inmodestias.

Los consejos del Santo producen su efecto. Toda joven o señora que con él se dirige, se distingue por su honestidad y recato en el vestir. Los soldados de la guarnición de Orbetello, al verlas, suelen decir:

—Estas son las penitentes del P. Pablo.

Si alguna se presenta no muy recatada, con los brazos al aire, o con escote, aunque no muy exagerado, ante el siervo de Dios, éste adopta un semblante severo y clava sus ojos en tierra para demostrar el disgusto que le produce la ofensa inferida a la honestidad cristiana.

Puro como un ángel, Pablo quiere que todos lo sean también y que todo, en su derredor, respire pureza y aromas de cielo. El vicio deshonesto le repugna tanto, que llega a sentir hasta hedor insoportable cuando topa o se encuentra ante almas manchadas con tal vicio.

En cambio, su persona, su hábito, y los objetos de su uso exhalan con frecuencia aromas celestiales. La misma habitación que ocupa en la casa de los bienhechores, o la celda de su convento quedan, no pocas veces, impregnadas de una fragancia suavísima.

Es el perfume de su castidad, la fragancia de su virginidad que, milagrosamente, trascienden de su persona y se comunican a los objetos como señal prodigiosa de su virtud angélica.

P. Juan de la Cruz, C.P.

domingo, 19 de noviembre de 2023

La Castidad - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar

 



LA CASTIDAD I

1.° La virtud blanca. — Es la virtud de la belleza..., de la blancura del alma. — Todas las virtudes son ornamento riquísimo del alma..., pero ninguna la adorna con tanta gracia y hermosura como ésta... «¡Oh, qué hermosa, dice el Espíritu Santo, es la generación casta y pura, llena toda ella de claridad...; qué apreciada es delante de Dios y de los hombres!»

Flores muy bellas de aroma encantador son las demás virtudes..., pero la castidad es la azucena de las mismas..., el lirio que recrea y enamora al mismo Dios. — Así lo canta la Iglesia en sus himnos, cuando dice que «Dios anda siempre entre lirios»... — También ha reservado una bienaventuranza especial para ella: «Bienaventurados los limpios de corazón»... Y es que aunque todo pecado..., toda falta, es una mancha del alma..., parece que ninguna la mancha como la impureza...; ésta es, el pecado feo..., sucio..., vergonzoso, más que ninguno otro pecado. — Es el más aborrecido de Dios..., el que más ofende los ojos purísimos e inmaculados de nuestra Madre.

Para él reservó Dios sus mayores castigos, aún aquí en la tierra: diluvios de agua y de fuego, no dudó en enviar al mundo para purificarle de este vicio repugnante y abominable. — He ahí por qué el demonio, en su afán de vengarse de Dios, es el pecado que más procura que cometan las almas... y es, sin duda, el que más almas lleva al infierno.

La castidad es la virtud más delicada...; cualquier hálito de carne la empaña y marchita.

Es cierto que no se pierde esta virtud solo por sentir la tentación..., aunque sea ésta muy fuerte..., muy repugnante..., muy pesada. — Muchísimos santos, a pesar de su santidad, pasaron por la humillación de sentir estas tentaciones y no dejaron, por eso, de ser grandes santos... Se peca y se pierde la castidad, cuando se consiente libre y voluntariamente en cualquier cosa, por pequeña que sea... y aunque sea por poco tiempo. — Fíjate bien, aunque te parezca poca cosa...; si es impura, ya es pecado..., pues no existe, en este punto, la llamada «parvedad de materia» o materia leve... ¡Qué delicadísima es!... Todo cuidado y mimo es muy poco siempre...; nunca creas que en esto puedes pecar por exageración... Las almas más puras, como la de un San Luis Gonzaga, fueron las más exageradas en esta materia... ¿Cuál sería, pues, la delicadeza exageradísima de tu Madre querida, si tanto fue lo que Ella amó a esta flor bellísima?...

2.° La virtud clara. — Es la virtud de la luz... El alma casta, está envuelta en la claridad de la luz divina... Por eso, «los limpios de corazón son los únicos que ven y verán a Dios»... Luz para el entendimiento..., luz para el alma y el corazón... Los pensamientos puros son diáfanos..., claros más que la luz... Los amores puros, son los amores sinceros y verdaderos..., los únicos que merecen este nombre..., nunca se rebaja tanto el amor como cuando se asienta en la impureza... Eso ya no es amor..., es una pasión baja, llena de egoísmos groseros y de concupiscencias animales.

Es luz para nuestro entendimiento, puesto que la impureza es ceguera y oscuridad de espíritu, que priva al hombre del conocimiento:

a) De sí mismo..., esto es, de su dignidad..., de lo que es..., de lo que debe de ser..., de lo que se debe a sí mismo... Si al cometer el pecado se acordara el hombre de lo que es y de lo que va a ser después, no lo cometería. — San Pablo le llama (hombre animal», esto es, hombre carnal, incapaz de percibir las cosas de Dios. — San Bernardo dice, que en los demás pecados, por ejemplo, de avaricia..., de soberbia, etc., peca el hombre..., pero en este pecado, peca el animal..., porque esa pasión es tan baja y rastrera, que le pone al nivel de las bestias. ¡Qué ceguera de sí mismo!

b) Pero también priva al hombre del conocimiento del pecado que comete..., pues se le conoce cuando no se ha cometido...; entonces es cuando se tiene miedo..., asco..., repugnancia a este pecado. — Pero cuando se le comete, este conocimiento se debilita..., se pierde el miedo y la vergüenza y se llega al escándalo..., al endurecimiento del corazón..., al cinismo desvergonzado.

e) En fin, priva al hombre del conocimiento de Dios. — La impiedad y la incredulidad y la misma apostasía, son casi siempre efectos de la impureza. — La idea de Dios, es algo que turba el placer del hombre carnal y para mejor entregarse a su pecado, reniega de Dios y se aparta de El... Esto hizo Salomón..., Lutero... y tantos otros.

3.° La virtud noble. — Toda nuestra nobleza y dignidad depende de nuestra parte espiritual..., pero ésta es la que cae vencida por la carne…, por la materia en todo pecado carnal. — Hay en nosotros una continua lucha entre el espíritu y la carne...; el primero aspira a subir hacia arriba..., hacia Dios, que es su modelo, ya que el alma es imagen suya...; la carne tiende a bajar..., a arrastrarse por el lodo y la tierra de donde brotó... He aquí la lucha constante que se sostiene en nuestro interior. — Si el espíritu sube, ha de ser triunfando de la carne...; ésta es la virtud de la pureza... Si se deja arrastrar por aquélla y es vencido por la carne, tenemos el pecado impuro.

De suerte que la pureza es el resultado de una victoria... y la impureza de una vergonzosa derrota. — Por eso es la virtud noble..., digna..., valiente..., propia también de los valientes...; es la virtud por excelencia viril..., enérgica..., que no admite la más pequeña claudicación o transigencia.

4.° La virtud de María. — Es, ciertamente, la más querida..., más buscada..., mejor custodiada por la Santísima Virgen. — María es toda blancura, sin mancha posible, pero menos aún mancha carnal... Concebida blanca, persevera en su blancura inmaculada hasta el fin de su vida. — María es la Reina de la luz..., que no tiene menguantes, como la luna..., ni ocasos, como el sol..., sino siempre luz..., toda luz, sin mezcla de sombra de ninguna clase.

Todas las almas, aún las más santas tuvieron alguna mancha..., alguna sombra... María es el único espejo purísimo de la luz indeficiente y eterna de Dios... ¿Cuál sería el conocimiento que tendría con esa luz, de Sí misma..., del pecado..., de Dios?... ¿Qué extraño que tanto ame a la pureza, si es la virtud de la claridad y de la luz?... ¿No ves cómo el impuro gusta de la oscuridad y de las tinieblas?... Ese es su ambiente...: oscuridad de infierno.

Por último, contempla a María acrisolando su pureza, no con luchas ni pruebas..., pues Dios no quiso que sintiera el aguijón de la concupiscencia..., pero trabajando..., vigilando..., orando..., mortificándose como si la sintiera y como si tuviera miedo de perder su virtud... ¡Qué energía tan simpática la suya para guardar y conservar aquella joya inmaculada!... ¿Por qué no eres tú así?


LA CASTIDAD II

1.° La flor virginal. — Todo lo dicho de la blancura..., de la claridad y brillo... y de la nobleza y dignidad de la castidad, se ha de decir, sobre todo de la castidad virginal..., que es el grado más perfecto y más excelso a donde puede llegar esta virtud...; es el grado máximo que eligió la Santísima Virgen para su castidad. — Tanto más meritoria aparece la virginidad, cuanto es más libre y voluntaria en el hombre.

La castidad es obligatoria en todos los estados de vida que elijamos... Hemos de ser castos necesariamente en pensamientos..., deseos..., palabras y acciones...; a esto se reduce el fiel y exacto cumplimiento del sexto precepto de la ley de Dios. — Pero la virginidad es una virtud voluntaria..., a nadie obliga..., sino que libre y espontáneamente la abraza el que quiere.

Gracia muy grande de Dios es ésta, que supone una luz especial para que con ella se conozca la hermosura..., la belleza divina de la virginidad y así conociéndola no se pueda menos de enamorar de ella... y recibirla, no como una carga pesada, sino como un don excelentísimo que Dios concede... ¡Dichosas las almas que han recibido esta luz! — Si el mundo todo la recibiera... y conociera lo que encierra la virginidad, no habría nadie que la desechara. — Es, por tanto, el tesoro escondido del Evangelio, que el que lo encuentra, da todo lo que tiene por comprar su posesión y por no perderlo nunca.

San Pablo dice «que no tiene recibido de Dios mandato para imponer la virginidad, pero que la aconseja como el estado mejor»... Y da la razón. «El que no tiene mujer, dice, únicamente le preocupan las cosas de Dios y cómo ha de agradarle...; al contrario, el que se casa, ha de afanarse por las cosas de la tierra y se halla como dividido su corazón»... «Del mismo modo, sigue diciendo, la mujer que quiere ser virgen, sólo piensa en Dios para ser santa en cuerpo y alma..., más la casada, piensa en las cosas del mundo y en cómo ha de agradar a su marido...; todo esto os lo digo para vuestro provecho..., no para echaros un lazo y engañaros, sino para exhortaros a lo más laudable y hermoso y a lo que da más facilidades para servir a Dios sin embarazo alguno.»

Y después de repetir estas ideas de diversas maneras, corno para sellarlas con toda la autoridad, termina diciendo: «Y estoy cierto que todo esto que digo, me lo inspira el Espíritu de Dios.» — Y así es, sólo Dios puede inspirar y dar a conocer la belleza incomparable de la virginidad...

2.° La flor angélica. — Virtud y flor angélica se llama a la castidad, pero singularmente estas palabras convienen a la virginidad..., porque esta virtud hace al alma virgen, semejante a los ángeles, ya que de tal modo dignifica y ennoblece al que la posee, que transforma..., eleva y espiritualiza su carne de tal manera, que la hace vivir como si su alma no estuviera encerrada en el cuerpo grosero y material..., como si fuera espíritu puro, cual los ángeles.

Muchos Santos Padres comparan a las almas vírgenes con los ángeles, y prefieren a aquéllas, antes que a éstos. — San Ambrosio, dice: «Los ángeles viven sin carne..., las almas vírgenes triunfan de la carne.» — San Pedro Crisólogo, añade: «Es más hermoso conquistar la gloria angélica, que recibirla por naturaleza...; la virginidad conquista en la lucha, y después de muchos esfuerzos, lo que los ángeles de Dios han recibido naturalmente.»

San Bernardo, exclama: «El alma virgen y el ángel, sólo se diferencian en que la virginidad del ángel es más dichosa, pero la del alma virgen es más valerosa y meritoria...» En fin, San Jerónimo escribe: «Apenas entró el Hijo de Dios en la tierra, se constituyó una nueva familia, nunca vista ni conocida hasta entonces: la familia de las vírgenes, para que Él, que en el Cielo era adorado por ángeles, lo fuera también por estos otros ángeles en la tierra...»

He aquí por qué esta virtud hace al hombre tan amable y querido para los ángeles...; porque los ángeles, como todos los seres, aman a sus semejantes... y así no pueden menos de amar a los que tienen esa carne angelizada, y que viven como ángeles en la misma naturaleza corpórea y material. — Por esta misma razón, la belleza de esta flor es perenne y eterna..., como es la de los ángeles..., pues no fundándose en razones canales y materiales que son corruptibles..., carece de principio de corrupción...; y así, cuando todo en la tierra se deshace y se desmorona... y se deteriora con el tiempo, que todo lo consume..., la carne virginal, aunque parezca que con la muerte también se deshace y corrompe, pero conserva como germen la incorrupción moral y física... y un como derecho a la inmortalidad. — Esta es la hermosísima y purísima generación de las almas vírgenes… Parece que es como una nueva generación, distinta de las demás, que conserva dichosamente, en el mundo, el recuerdo de aquel estado de inocencia y pureza, en que fue creado el hombre por Dios, en el Paraíso.

3.° La flor de María. — Ésta es, por antonomasia, la flor predilecta de nuestra querida Madre…, de tal suerte, que esa virtud es la que la denomina con el nombre de la Virgen. — Fíjate bien en ese nombre y la fuerza que tiene al llamar así a María… No la llamamos «la humilde..., ni la obediente»…, etcétera, aunque fue todo eso y modelo acabadísimo de todas las virtudes...; en cambio, se la dice la «Virgen» y parece que ya está dicho todo con llamarla de esa manera.

Por de pronto, Ella no quiere otro título mejor que ése... y hubiera dejado el grandioso de Madre de Dios si fuera incompatible con el de su virginidad. — Ni en las tiendas de los Patriarcas, ni en el seno del pueblo de Dios, se conocía esta virtud... La esperanza de engendrar al Mesías, apartaba a todas las hijas de Israel de apreciar la virginidad... María no encuentra ni un solo modelo de este género en los libros santos, y es que Dios quería que el modelo fuera Ella... y así, con su abnegación sublime, renuncia a la posibilidad de ser Madre de Dios, con tal de seguir la inspiración divina que la inclina a la vida virginal. — Es decir, que en cierto modo renuncia a Dios mismo, para ser más agradable a Dios... ¡Qué extraño que ante este sublime ejemplo, miles de almas hayan querido formar en este ejército blanco, en el que María tremola la bandera purísima de la virginidad! — Sólo estas almas virginales son y serán eternamente las hermosas azucenas que, sin doblar su tallo, y siempre mirando al Cielo, enamoran a Dios... y le obligan a comunicarse con ellas de un modo más íntimo..., más amoroso..., más divino.

No es posible amar a María sin inundarse el corazón en los resplandores y aromas de su castísima y purísima virginidad. — Es Ella el principio de la virginidad... La mirada de María..., el trato y conversación con María, engendra virginidad..., la respira por doquier..., la derrama por todas partes..., como el lirio su fragancia... ¿Por qué no poner tú en la virginidad tu ideal? — Efectivamente, es un gran ideal..., magnífico ideal..., el ideal de María..., el ideal de Dios... Pues bien, el ideal vale más que la vida. — Todo debes sacrificarlo ante él..., todo dirigirlo y encaminarlo para sostener..., conservar..., defender ese ideal tan grande, que llevas en vaso de barro y que se puede quebrar...

 

LA CASTIDAD III

 I.° El lirio entre espinas. — Así se llama esta virtud, y con razón, pues sólo entre las espinas de la mortificación, que la guardan y la defienden puede crecer y desarrollarse. — No olvides que hemos dicho que es una flor delicadísima y muy mimosa...; cualquier cosita la puede marchitar…, que hay enemigos en todas partes dispuestos a presentar batalla, para hacernos caer...; que donde menos quizá lo pensamos, allí nos acecha el ladrón dispuesto a arrebatarnos esa joya, en cuanto pueda y aprovechar cualquier descuido...; en fin que el cofre que la guarda es de barro quebradizo y un golpe sólo puede saltarle y romperle.

Por eso, la castidad requiere un sacrificio constante..., en muchos casos equivaldrá a un verdadero martirio por lo duro..., por lo constante del sacrificio. — San Ignacio mártir, dice: «Que se debe apreciar y estimar a las almas vírgenes como a verdaderos sacerdotes de Cristo, que en su corazón y en su cuerpo, ofrecen sin cesar verdaderos holocaustos al Señor.» — Sólo Cristo podía hacer esta maravilla...; que la debilidad humana obtuviera este glorioso triunfo del espíritu sobre la carne. Sólo Él lo ha hecho... Gloria suya es la castidad..., la pureza..., la virginidad. — Fuera de Cristo..., fuera de la Iglesia, no se da esta flor. — Por eso, llegó a decir San Atanasio, que era «la virginidad una nota característica de la Iglesia verdadera»..., pues en ella y exclusivamente en ella se da este heroísmo.

Mas por eso mismo que es un heroísmo..., un sacrificio constante..., un holocausto total y perfecto de nuestro cuerpo y de nuestra alma al Señor, por eso requiere valor..., cuidado..., vigilancia..., en fin, la práctica y ejecución de los medios indispensables para triunfar en esta lucha. — También la Santísima Virgen es un modelo en esto... Ni un solo descuido, como ya se ha indicado; se portó siempre en la guarda de esta virtud como si tuviera miedo.... como si hubiera estado rodeada de grandes tentaciones y de ocasiones peligrosas..., y es que ama tanto a esta virtud, que nunca creyó hacía bastante para conservar la blancura del lirio de la castidad. — Mira, pues, a tu Madre...; recorre estos medios indispensables y medítalos despacito uno por uno.

2.° Medios negativos. — Son los que más bien podemos llamar preventivos... — ¡Cuánto mejor es prevenir que curar! — Pero, sobre todo, ¡cuánta verdad es esto en materia de castidad! — Hay caídas tan mortales, que parecen irremediables sin una gracia muy grande de Dios... y que después exigen una muy difícil reparación:

a) Lo primero, pues, es huir..., evitar las ocasiones...; esta fuga no es vergonzosa..., no es de cobardes, sino de prudentes y avisados. — Imprudencia y locura es acercarse al fuego y no quererse quemar...; necedad inexplicable sería pasar junto a un león dormido y despertarle... ¿Quién sabe lo que pasaría después? — El Espíritu y Santo lo advierte con toda claridad: «Amar el peligro es perecer en él»... San Jerónimo, exclama: «¿Quién jamás durmió tranquilo junto a una víbora?»... Acuérdate de que no es la salud, sino la enfermedad la que se contagia... Por tanto, hay que huir del contagio..., hay que desconfiar de todo, muy prudentemente...

b) No transigir con nada que se relacione con esta materia... No andes bordeando el precipicio, ni viendo hasta dónde puedes llegar y hasta dónde no..., que es materia resbaladiza y es muy difícil, puesto ya en el resbaladero, detenerse y decir: «de aquí no paso». — Todas las grandes caídas vinieron por pequeños resbalones..., por descuidos insignificantes. — Hasta los paganos antiguos decían: principiis obsta... Da mucha importancia a los comienzos..., no transijas con un principio aunque parezca pequeño, de enfermedad...

c) Puede figurar entre estos medios negativos, la mortificación y penitencia, pues su fin no es tanto castigar y reparar el daño cometido, como el de prevenirlo, quitando fuerzas a la carne y a los sentidos y así hacer que la tentación no encuentre terreno apto para su desarrollo... San Carlos Borromeo, dice: «Sin la guarda de los sentidos y las maceraciones corporales, nadie logrará el don de la castidad.» — Todos los santos obraron como San Pablo, castigando su cuerpo duramente y sometiendo, como San Jerónimo, a fuerza de ayunos, su carne para que no se rebelara. — La mejor garantía y seguridad de la castidad, es la mortificación... Como alguien ha dicho, es amarga como la quinina, pero fortalece y tonifica como ella. — Mortificar es matar, pero no los principios vitales que nos sostienen, sino los gérmenes de enfermedad y de muerte. Ama la mortificación, que es madre de pureza

3.° Medios positivos. — a) La oración es, sin duda, el primero y más principal... Por eso Cristo tanto insistió en ella para que no cayéramos en tentación. — La oración nos pone en contacto con Dios, todo pureza...; nos acerca a las cosas del Cielo y nos aparta de la tierra... Además, nos alcanza de Dios los auxilios necesarios para combatir y para triunfar. — La oración es necesaria para todo..., para toda clase de virtudes..., para impetrar todo género de gracias, pero mucho más indispensable lo es para esta virtud. — Dice Cristo en el Evangelio: «Hay algunos géneros de tentaciones que sólo con la oración y el ayuno se pueden vencer.»...

b) Los Santos Sacramentos..., la Penitencia para lavarnos y purificarnos..., blanquearnos..., es el Sacramento de la limpieza..., de la pureza. — Pero aún más, si a ésta se le añade la Comunión... Comunión, esto es, unión común, en una misma vida con Cristo... ¡Qué extraño que la Comunión sea fuente de castidad y de virginidad! — El Inmaculado..., el Hijo de la Inmaculada..., el que se apacienta entre lirios y azucenas..., el Esposo de las almas vírgenes, hecho pan blanco para engendrar blancura de virginidad. — Es imposible comulgar bien, y no ser puro..., casto..., virgen...

c) Ejercitarse en otras virtudes, como la humildad, tan unida a la castidad, que, según San Francisco de Sales, «no es fácil ser casto sin ser humilde», y según otros santos dicen, que «Dios a veces castiga al soberbio, dejándole caer en la humillante impureza»... Asimismo, es muy importante la laboriosidad, pues en el campo de la ociosidad es donde mejor se da la impureza.

d) Por último, la devoción verdadera a la Santísima Virgen..., pero devoción de imitación... Mira cómo apreciaba Ella su pureza..., cómo la cuidaba con la vida retirada y silenciosa, sin aparecer en público más que cuando la caridad o el servicio de Dios lo exigían así...; cómo la conservaba con su vida de laboriosidad, evitando toda ociosidad y sustentándose con el trabajo de sus manos..., con la mortificación de sus sentidos, de su lengua, de sus ojos, de sus oídos, recogiéndolos con el más esmerado recato y la más pudorosa modestia..., con su oración continua, de suerte que jamás perdió la presencia de Dios... ni dejó de sumergirse y anegarse un momento en la fuente divina de pureza. — Mírala..., examínala muy despacio hasta saber de memoria todo lo que hacía por su pureza virginal — Invócala..., llamándola con frecuencia..., especialmente en las ocasiones..., en los peligros..., acude a Ella instintivamente y dile, con el corazón, mil veces: «Mírame con compasión..., ¡¡no me dejes, Madre mía!!»


Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)

domingo, 4 de septiembre de 2022

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - APARICIÓN DE SANTO DOMINGO SAVIO



 APARICIÓN DE SANTO DOMINGO SAVIO 

SUEÑO 103.—AÑO DE 1876.
(M. B. Tomo XII. págs. 586-595) 

La noche del 22 de diciembre fue memorable en los anales del Oratorio. Se anticiparon un poco las oraciones de la noche. En la sala de visitas de los estudiantes se congregaron también los artesanos y todo el personal de la casa. El día antes, San Juan Bosco había prometido a todos contarles un sueño, pero ocupaciones urgentes le impidieron cumplir su promesa. Es, pues, de imaginar la expectación general. Subió a su cátedra, siendo recibido con entusiastas aplausos, como sucedía siempre que daba las buenas noches a toda la comunidad con aquella solemnidad. Apenas indicó que iba a comenzar a hablar se hizo un silencio profundo. 

La noche que pasé en Lanzo —comenzó diciendo— al llegar la hora del descanso mi imaginación se sintió completamente absorbida por el siguiente sueño. Se trata de un sueño que no tiene relación alguna con los demás. Les he contado ya uno bastante parecido a este durante los ejercicios espirituales, pero o porque no estabais presentes todos vosotros, o porque difiere bastante de aquél, he decidido contarles este. Hay en él cosas muy extrañas. Pero vosotros sabéis que a mis hijos yo siempre les hablo con el corazón abierto; para vosotros yo no tengo secretos. Hagan de él el caso que quieran, pero, como dice el apóstol San Pablo: quod bonum est tenete; si encuentran en este sueño algo que pueda servir de provecho para sus almas, no lo desperdicien. El que no quiera creer en él, que no crea, esto nada importa; pero que ninguno ponga en ridículo las cosas que les voy a decir. Les ruego una vez más que no cuenten lo que les voy a narrar a nadie que no sea de la casa y que mucho menos lo comuniquen por escrito fuera de aquí. A los sueños se les puede dar la importancia que los sueños se merecen y los que no conocen nuestras cosas íntimas, podrían pronunciar un juicio erróneo y dar a las cosas unos apelativos que no les corresponden. No sabéis que sois mis hijos y que yo os digo todo cuanto sé y a veces incluso lo que no sé. (Risas generales). Pero lo que un padre manifiesta a sus hijos para su bien, debe quedar entre padre e hijos y nada más. Y, además, por otra razón. Por lo común, si el sueño se cuenta a los de fuera, o se tergiversan los hechos o se expone lo que menos interesa y de esto se origina siempre algún daño y el mundo despreciaría lo que no debe ser despreciado. 

Es necesario sepáis que ordinariamente los sueños se tienen durmiendo. Ahora bien, la noche del seis de diciembre, mientras estaba en mi habitación sin saber positivamente si estaba leyendo o paseando por la misma, o si estaba en el lecho, comencé a soñar... 

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De pronto me pareció encontrarme sobre una pequeña prominencia de terreno, al borde de una inmensa llanura cuyos confines no se llegaban a alcanzar con la vista. Aquella planicie se perdía en la inmensidad; era azulada como el mar en plena calma, aunque lo que yo contemplaba no era agua precisamente. 

Parecía como un terso cristal luciente. Bajo mis pies, detrás de mí y a los lados, veía una región a la manera de una playa a orillas del océano. 

Anchos y enormes paseos dividían la llanura en bastísimos jardines de inenarrable belleza, todos repartidos en bosquecillos, prados y parterres de flores, de formas y colores variados. Ninguna de nuestras plantas puede darnos una idea de aquellas otras, aunque guardaban con ellas alguna semejanza. Las hierbas, las flores, los árboles, las frutas eran vistosísimas y de bellísimo aspecto. Las hojas eran de oro, los troncos y ramas de diamante y lo restante hacia juego con esta, riqueza. Imposible contar las diferentes especies, y cada especie y cada flor resplandecía con luz propia. En medio de aquellos jardines y en toda la extensión de la llanura contemplaba yo innumerables edificios de un orden, belleza y armonía, de tal magnificencia y de tan extraordinarias proporciones que para la construcción de uno solo de ellos parecía que no habrían bastado todos los tesoros de la tierra. Al contemplar aquello me decía yo a mí mismo: 

—Si mis jóvenes tuvieran una sola de estas casas, ¡oh, cómo gozarían!, ¡qué felices serían!, ¡con cuánto gusto vivirían en ellas! 

Y así pensaba con sólo ver aquellos palacios por fuera.  

¡Cuál no debería ser su magnificencia interior! 

Mientras contemplaba extasiado tan estupendas maravillas y el ornato de aquellos jardines, hirió mis oídos una música dulcísima y de tan grata armonía que no les podría dar una idea de ella. En su comparación, nada tienen que ver las de Cagliero y Dogliani. Eran cien mil instrumentos que producían cada uno un sonido distinto del otro, mientras todos los sonidos posibles difundían por el aire su sonoridad. A estos se les unían los coros de los cantores. 

Vi entonces una multitud de gentes dispersas por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría. Quién tocaba, quién cantaba. Cada voz, cada nota hacía el efecto de mil instrumentos reunidos, todos diversos entre sí. Al mismo tiempo se oían los diversos grados de la escala armónica, desde el más alto al más bajo que se puede imaginar, pero todos en perfecto acorde. ¡Ah! Para describir esta armonía no bastan las comparaciones humanas. 

En el rostro de aquellos felices moradores del jardín se veía que los cantores no sólo experimentaban extraordinario placer en cantar, sino que al mismo tiempo sentían un inmenso gozo al oír cantar a los demás. Y cuanto más cantaba uno, más se le encendía el deseo de cantar, cuanto más escuchaba, más deseaba escuchar. Su canto era éste: 

Salus, honor, gloria Deo Patri Omnipotentil... Auctor saeculi, qui erat, qui est, qui venturus est judicare vivos et mortuos in saecula saeculorum. 

Mientras escuchaba atónito estas celestes armonías vi aparecer una multitud de jóvenes, muchos de los cuales habían estado en el Oratorio y en algunos otros colegios; a muchos, por consiguiente, los conocía, aunque la mayor parte me era desconocida. Aquella muchedumbre incontable se dirigía hacia mí. A su cabeza venía Domingo Savio, y detrás de él Don Alasonatti, Don Chiala, Don Giulitto y muchos, muchos otros sacerdotes y clérigos, cada uno de ellos al frente de una sección de niños. Entonces me pregunté a mí mismo: —¿Duermo o estoy despierto? 

Y daba palmadas y me tocaba el pecho para cerciorarme de que era realidad cuanto veía. 

Al llegar toda aquella turba delante de mí, se detuvo a una distancia de unos ocho o diez pasos. Entonces brilló un relámpago de luz más viva, cesó la música y siguió un profundo silencio. Aquellos jóvenes estaban inundados de una grandísima alegría que se reflejaba en sus ojos y sus rostros eran como un trasunto de la paz interior que reinaba en sus espíritus. Me miraban con una dulce sonrisa en sus labios y parecía como si quisieran hablar, pero permanecieron en silencio. 


Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima cuajada de diamantes y toda ella tejida de oro. Ceñía su cintura con una amplia faja roja recamada de tal modo de piedras preciosas que las unas casi tocaban a las otras, entrelazándose en un dibujo tan maravilloso que ofrecían una belleza tal de colorido que yo, al contemplarla, me sentía lleno de admiración. Le pendía del cuello un collar de peregrinas flores, no naturales, las hojas parecían de diamantes unidas entre sí sobre tallos de oro y así todo lo demás. Estas flores refulgían con una luz sobrehumana más viva que la del sol, que en aquel instante brillaba en todo su esplendor primaveral, proyectando sus rayos sobre aquel rostro cándido y rubicundo de una manera indescriptible e iluminándolo de tal forma que no era posible distinguir cada uno de sus rasgos. Llevaba sobre la cabeza, Domingo Savio, una corona de rosas; le caía sobre los hombros en ondulantes bucles la hermosa cabellera, dándole un aire tan bello, tan amable, tan encantador, que parecía... parecía ¡un ángel! 

No menos resplandecientes de luz estaban los que le acompañaban. Vestían todos de diversa manera, pero siempre bellísima; más o menos rica; quién de una forma, quién de otra, y cada una de aquellas vestiduras tenía un significado que nadie sabría comprender. Pero todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja igual a la que llevaba Domingo Savio. 

Yo seguía contemplando absorto todo aquello y pensaba: 

—¿Qué significa esto?... ¿Cómo he venido a parar a este sitio? 

Y no sabía explicarme dónde me encontraba. 

Fuera de mí, tembloroso por la reverencia que aquello me inspiraba, no me atrevía a decir palabra. También los demás continuaban silenciosos. 

Finalmente, Domingo Savio despegó los labios para decir: — ¿Por qué estás aquí mudo y como anonadado? ¿No eres el hombre que en otro tiempo de nada se amedrentaba? ¿Que arrostraba intrépido las calumnias, las persecuciones, las maquinaciones de los enemigos, y las angustias y los peligros de toda suerte? ¿Dónde está tu valor? ¿Por qué no hablas? 

Y contesté a duras penas, balbuceando las palabras: 

—Yo no sé qué decir... Pero, ¿no eres tú Domingo Savio? 

—Sí, lo soy, ¿ya no me reconoces? 

—¿Y cómo te encuentras aquí?—, añadí confuso. 

Domingo Savio entonces, afectuosamente me dijo: 

—He venido para hablar contigo. ¡Cuántas veces hemos conversado juntos en la tierra! ¿No recuerdas cuánto me amabas, cuántas pruebas de estima y de afecto me diste? ¿Y yo no correspondí acaso a tus desvelos? ¡Qué grande confianza puse en ti! ¿Por qué, pues, temes? ¡Ea! Pregúntame algo. 

Entonces, cobrando un poco de ánimo, le dije: 

—Es que... no sé dónde me encuentro, por eso estoy temblando. 

—Estás en una mansión de felicidad— me respondió Domingo Savio—, en donde se gozan todas las dichas, todas las delicias. —¿Es este, pues, el premio de los justos? —No, por cierto. Aquí no se gozan los bienes eternos, sino sólo, aunque en grado sumo, los temporales. 

—Entonces, ¿todas éstas son cosas naturales? —Sí; aunque embellecidas por el poder de Dios. —¡Y a mi que me parecía que esto era el Paraíso!—, exclamé. —¡No, no, no!, —repuso Domingo Savio—. No hay ojo mortal que pueda ver las bellezas eternas. 

—¿Y estas músicas —seguí preguntando— son las armonías de que gozáis en el Paraíso? 

—¡No, no, ya te he dicho que no! —¿Son armonías naturales? 

—Sí, son sonidos naturales perfeccionados por la omnipotencia de Dios. 

—Y esta luz que sobrepuja a la luz del sol ¿es luz sobrenatural? ¿Es luz del Paraíso? 

—Es luz natural aunque reavivada y perfeccionada por la omnipotencia divina. 

—¿Y no se podría ver un poco de luz sobrenatural? 

— Nadie puede gozar de ella hasta que no llegue a ver a Dios sicut est. El más ínfimo rayo de esa luz quitaría al instante la vida a un hombre, porque no hay fuerzas humanas que la puedan resistir. —¿No puede haber una luz natural más hermosa que esta? —¡Si supieras! Si vieras solamente un rayo de sol, llevado a un grado superior a este, quedarías fuera de ti. 

—¿Y no se puede ver al menos una partícula de esa luz que dices? 

—Sí que se puede ver y tendrás la prueba de lo que digo. Abre los ojos. 

—Ya los tengo abierto— contesté. 

—Pues fíjate bien y mira allá al fondo de ese mar de cristal. Tendí la vista y al mismo tiempo apareció de improviso, en el cielo y a una distancia inmensa, una fugaz centella de luz, sutilísima como un hilo, pero tan brillante, tan penetrante que di un grito que despertó a Don Lemoyne, aquí presente, que dormía en una habitación próxima a la mía. Aquel destello de luz era cien millones de veces más clara que la del sol y su fulgor bastaría para iluminar el universo entero. 

Un instante después abrí los ojos y pregunté a Domingo Savio: 

—¿Qué es esto? ¿Tal vez un rayo divino? Domingo Savio contestó: 

—No es luz sobrenatural, si bien, comparada con la terrestre, le supera mucho en fulgor. No es más que la luz natural elevada a un mayor esplendor por la omnipotencia divina. Y aunque imaginaras una inmensa zona de luz semejante a la centellita que acabas de ver al fondo de esta llanura, rodeando todo el universo, no por eso llegarías a formarte una idea de los esplendores del Paraíso. 

—Y Vosotros, ¿qué gozáis en el Paraíso? 

—¡Ah! Es imposible el querértelo explicar; lo que se goza en el Paraíso no hay mortal alguno que pueda saberlo mientras no abandone esta vida y se reúna con su Creador. Lo único que se puede decir es que se goza de Dios; y esto es todo. 

Entretanto, recobrado ya plenamente de mi primer aturdimiento, contemplaba absorto la hermosura de Domingo Savio cuando le pregunté en el tono de la mayor confianza: 

—¿Por qué llevas ese vestido tan blanco y reluciente? 

Calló Domingo, sin dar muestras de querer contestar a mi pregunta y el coro comenzó a cantar armoniosamente acompañado de todos los instrumentos: 

Ipsi habuerunt lumbos praecinctos et dealbaverunt stolas suas in sanguine Agni. 

Cuando cesó el canto volví a preguntar: 

—¿Y por qué llevas a la cintura esa faja de color rojo? Tampoco esta vez quiso Domingo Savio responder a mi pregunta y mientras hacía un gesto como de rehusar la contestación, Don Alasonatti cantó solo: 

—Vírgenes enim sunt, et sequuntur Agnum, quocumque fuerit. 

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal. 

Yo, entretanto, atraído por aquellos cantos y al contemplar todas aquellas falanges de jóvenes celestiales que seguían a Domingo Savio, pregunté a éste: 

—¿Y quiénes son ésos que te siguen? 

Y dirigiéndome a ellos les dije:

—¿Cómo es que tienen ese aspecto tan refulgente? 

Domingo Savio continuó callado mientras todos aquellos jóvenes comenzaron a cantar: 

—Hi sunt sicut Angelí Dei in coelo. 

Por mi parte me di cuenta de que Domingo gozaba de cierta preeminencia entre los demás, que se mantenían a respetuosa distancia detrás de él, como a unos diez pasos; por eso le dije: 

—Dime, Domingo, siendo tú el más joven de los que veo aquí y de los que han muerto en nuestras casas, ¿por qué vas delante de ellos y les precedes? ¿Por qué eres tú quien hablas, mientras ellos callan? 

—Yo soy el más viejo de todos—me contestó. 

—No—le repliqué—, muchos te aventajan en edad. 

—Yo soy el más antiguo del Oratorio—replicó Domingo—porque he sido el primero en dejar el mundo para ir a la otra vida. Además: Legatione Dei fungor. 
Esta respuesta me indicaba el motivo de la visión. Domingo Savio hacía las veces del embajador de Dios. 

—Entonces —le dije— hablemos de lo que en este instante más me importa. 

—Sí y pregúntame pronto lo que deseas saber. Las horas pasan y se podría acabar el tiempo que se me ha concedido para hablarte y después no me verías más. 

—Según parece ¿tienes algún asunto de importancia que comunicarme? 

—¿Qué puedo decirte yo, mísera criatura?, —dijo humildemente Domingo Savio—. He recibido de lo alto la misión de hablarte y por eso he venido. 

—Entonces —exclamé— háblame del pasado, del presente y del porvenir de nuestro Oratorio. Háblame de mis queridos hijos, háblame de mi Congregación. 

—Respecto a ésta tendría muchas que comunicarte, 

—Cuéntame, pues, lo que sabes: el pasado... 

—El pasado recae todo sobré ti. 

—¿He cometido alguna falta? 

—En cuanto al pasado te he de decir que tu Congregación ha hecho ya mucho bien. ¿Ves allá abajo aquel número incontable de jóvenes? 

—Sí que los veo. ¡Cuántos son! ¡Qué felicidad se refleja! en sus rostros! 

—Observa lo que está escrito a la entrada del jardín. 

—Ya lo veo. Dice: «Jardín Salesiano». 

—Pues bien—prosiguió Domingo—; todos ésos han sido Salesianos o fueron educados por ti o han sido salvados por ti, o por tus sacerdotes o clérigos o por otros que encaminaste por la vía de la vocación. Cuéntalos si puedes. Su número, empero, sería cien millones de veces mayor si mayor hubiera sido tu fe y confianza en el Señor. 

Lancé un suspiro, sin saber qué responder al escuchar semejante reproche; sin embargo, me dije para mis adentros: En lo sucesivo procuraré tener más fe y más confianza en la Providencia. Después añadí: 

—¿Y el presente, qué me dices del presente? 

Domingo Savio me presentó un magnífico ramillete que tenía en la mano. Había en él rosas, violetas, girasoles, gencianas, lirios, siemprevivas, y entre las flores, espigas de trigo. Me lo ofreció diciéndome: 

—¡Mira! 

—Ya veo, pero no entiendo lo que me quieres decir. 

—Entrega este ramillete a tus hijos, para que puedan ofrecérselo al Señor cuando llegue el momento; procura que todos lo tengan, que a ninguno le falte ni se lo deje arrebatar. Ten la seguridad de que si lo conservan, esto será suficiente para que se sientan felices. 

—Pero ¿qué significa este ramillete de flores? 

—Consulta la Teología; ella te lo dirá y te dará la explicación.

—La Teología la he estudiado, pero no sabría encontrar en ella el significado del ramo que me ofreces. 

—Pues estás obligado a saber todo esto. 

—Vamos; calma mi ansiedad; explícamelo. 

—¿Ves estas flores? Representan las virtudes que más agradan al Señor. 

—¿Y cuáles son? 

—La rosa es símbolo de la caridad; la violeta, de la humildad; el girasol, de la obediencia; la genciana, de la penitencia y de la mortificación; las espigas, de la Comunión frecuente; el lirio simboliza la bella virtud de la cual está escrito: Erunt sicut Angelí Dei in cáelo: la castidad. La siempreviva quiere indicar que estas virtudes han de ser perennes, simbolizando la perseverancia. 

Bien, Domingo, tú que durante tu vida practicaste todas estas virtudes, dime: ¿qué fue lo que más te consoló a la hora de la muerte? 

—¿Qué crees tú que pudo ser?:—, contestó Domingo Savio. 

—¿Fue tal vez el haber conservado la bella virtud de la pureza? 

—No, eso solo, no. 

—¿Quizás la tranquilidad de conciencia? 

—Cosa buena es esa, pero no la mejor. 

—¿Acaso fue la esperanza del Paraíso? 

—Tampoco. 

—Pues ¿qué entonces? ¿El haber hecho muchas buenas obras? 

—¡No,no! 

—¿Cuál fue, pues, tu mayor consuelo en aquella última hora?—, le insistí confuso y suplicante, al ver que no lograba adivinarlo. 

—Lo que más me confortó en el trance de la muerte fue la asistencia de la potente y bondadosa Madre de Dios. Dilo a tus hijos; que no se olviden de invocarla en todos los momentos de la vida. Pero... habla pronto, si quieres que te responda. 

—En cuanto al porvenir, ¿qué me dices? 

—Que el año venidero de 1877 tendrás que sufrir un gran dolor, seis hijos de los que te son más queridos serán llamados por Dios a la eternidad. Pero consuélate, pues han de ser trasplantados del erial de este mundo a los jardines del Paraíso. No temas: serán coronados. El Señor te ayudará y te mandará otros hijos igualmente buenos. 

—¡Paciencia!, —exclamé—. ¿Y por lo que se refiere a la Congregación? 

—Por lo que respecta a la Congregación has de saber que Dios le prepara grandes acontecimientos. El año venidero surgirá para ella una aurora de gloria tan espléndida que iluminará cual relámpago los cuatro ángulos del orbe, de Oriente al Ocaso y del Mediodía al Septentrión: una gran gloria le está reservada. Tú debes procurar que el carro en el que va el Señor no sea por los tuyos apartado de sus directrices ni de su sendero. Si tus sacerdotes lo conducen bien y saben hacerse dignos de la alta misión que se les ha confiado, el porvenir será espléndido e infinitas las personas que se salvarán, a condición empero de que tus hijos sean devotos de la Santísima Virgen y conserven la virtud de la castidad, que tan grata es a los ojos de Dios, cuantos viven en tu casa. 

—Ahora desearía que me dijeses algo sobre la Iglesia en general. 

—Los destinos de la Iglesia están en manos del Creador. Lo que ha determinado en sus infinitos decretos, no lo puedo revelar. Tales arcanos se los reserva El exclusivamente para sí y de ellos no participa ninguno de los espíritus creados. 

—¿Y Pío IX? 

—Lo único que puedo decirte es que el Pastor de la Iglesia tendrá que sostener aún duras batallas sobre esta tierra. Pocas son las que le quedan por vencer. Dentro de poco será arrebatado de su trono y el Señor le dará la merecida merced. Lo demás ya es sabido de todos: la Iglesia no puede perecer... ¿Tienes aún algo más que preguntar? 

—Y de mí, ¿qué me dices de mí? 

—¡Oh, si supieras por cuántas vicisitudes tendrás todavía que pasar! Pero date prisa, pues apenas me queda tiempo para hablar contigo—. Entonces extendí anhelante las manos para tocar a aquel mi querido hijo, pero sus manos parecían inmateriales y nada pude asir. 

—¿Qué haces, loquillo?—, me dijo Domingo sonriendo. —Es que temo que te vayas —exclamé—. ¿No estás aquí con el cuerpo? 

—Con el cuerpo no; lo recobraré un día. —¿Y qué es, pues, este tu parecido? Yo veo en ti la fisonomía de Domingo Savio. —

Mira: cuando por permisión divina se les aparece algún alma separada del cuerpo, presenta a su vista la forma exterior del cuerpo al que en vida estuvo unido con todos sus rasgos exteriores, si bien grandemente embellecidos y así los conserva mientras con él no vuelva a reunirse en el día del juicio universal. Entonces se lo llevara consigo al Paraíso. Por eso te parece que tengo manos, pies y cabeza; en cambio no puedes tocarme porque soy espíritu puro. Esta es sólo una forma externa por la que me puedes conocer. 

Comprendo —contesté—; pero escucha. Una palabra más. ¿Mis jóvenes están todos en el recto camino de la salvación? Dime alguna cosa para que pueda dirigirlos con acierto.

—Los hijos que la Divina Providencia te ha confiado pueden dividirse en tres clases. ¿Ves estas tres listas? Y me entregó una. —¡Examínala! 

Observé la primera; estaba encabezada por la palabra: Invulnerati y contenía los nombres de aquellos a quienes el demonio no había podido herir: los que no habían mancillado su inocencia con culpa alguna. Eran muchos y los vi a todos. A muchos de ellos los conocía, a otros no los había visto nunca y seguramente vendrán al Oratorio en años sucesivos. Marchaban rectamente por un estrecho sendero, a pesar de que eran el blanco de las flechas, sablazos y lanzadas que por todas partes les llovían. Dichas armas formaban como un seto a ambos lados del camino y los hostigaban y molestaban sin herirlos. Entonces Domingo me dio la segunda lista, cuyo título era: Vulnerati, esto es, los que habían estado en desgracia de Dios; pero una vez puestos en pie, ya se habían curado de sus heridas arrepintiéndose y confesándose. Eran más numerosos que los primeros y habían sido heridos en el sendero de su vida por los enemigos que le asediaban durante el viaje. Leí la lista y los vi a todos. Muchos marchaban encorvados y desalentados. 

Domingo tenía aun en la mano la tercera lista. Era su epígrafe. Lassati in via iniquitatis y contenía los nombres de los que estaban en desgracia de Dios. Estaba yo impaciente por conocer aquel secreto; por lo que extendí la mano, pero Domingo me interrumpió con presteza: 

—No; aguarda un momento y escucha. Si abres esta hoja saldrá dé ella un hedor tal, que ni tú ni yo lo podríamos resistir. Los ángeles tienen que retirarse asqueados y horrorizados, y el mismo Espíritu Santo siente náuseas ante la horrible hediondez del pecado. 

—¿Y cómo puede ser eso —le interrumpí— siendo Dios y los ángeles impasibles? ¿Cómo pueden sentir el hedor de la materia? 

—Sí; porque cuanto mejores y más puras son las criaturas, tanto más se asemejan a los espíritus celestiales; y por el contrario, cuanto peor y más deshonesto y soez es uno, tanto más se aleja de Dios y de sus Ángeles, quienes a su vez se apartan del pecador convertido en objeto de náusea y de repulsión. 

Entonces me dio la tercera lista. 

—Tómala —me dijo—, ábrela y aprovéchate de ella en bien de tus hijos; pero no te olvides del ramillete que te he dado: que todos los tengan y conserven. 

Dicho esto y después de entregarme la lista, retiróse en medio de sus compañeros como en actitud de marcha. 

Abrí entonces la lista; no vi nombre alguno, pero al instante se me presentaron de golpe todos los individuos en ella escritos, como si en realidad estuviera contemplando sus personas. ¡Con cuánta amargura los observé! A la mayor parte de ellos los conocía; pertenecen al Oratorio y a otros Colegios. ¡Cuántos de ellos parecen buenos, e incluso los mejores de entre los compañeros, y, sin embargo, no lo son! Mas apenas abrí la lista, esparcióse en derredor de mí un hedor tan insoportable, que al punto me vi aquejado de acerbísimos dolores de cabeza y de unas ansias tales de vomitar que creía morirme. 

Entretanto oscurecióse el aire; desapareció la visión y nada más vi de tan hermoso espectáculo; al mismo tiempo un rayo iluminó la estancia y un trueno retumbó en el espacio, tan fuerte y terrible que me desperté sobresaltado. 

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Aquel hedor penetró en las paredes, infiltrándose en mis vestidos, de tal forma que muchos días después aún parecía percibir aquella pestilencia. Ahora mismo, con sólo recordarlo, me vienen náuseas, me siento como ahogado y se me revuelve el estómago. 

En Lanzo, donde me encontraba, comencé a preguntar a unos y a otros; hablé con varios y pude cerciorarme de que el sueño no me había engañado. 

Es, pues, una gracia del Señor, que me ha dado a conocer el estado del alma de cada uno de vosotros; pero de esto me guardaré de decir nada en público. Ahora no me queda más que augurarles buenas noches. 

El ver en el sueño —continúa Don Lemoyne— que eran considerados como malos ciertos jóvenes que pasaban en la casa por los mejores, hizo sospechar a Juan Don Bosco que se trataba de una ilusión. He aquí el motivo por el cual había llamado precedentemente a algunos ad audiendum verbum: quería asegurarse bien sobre la naturaleza del sueño. Por el mismo motivo retrasó en quince días su relato. Cuando tuvo la seguridad de que la cosa procedía de lo alto, habló. El tiempo vendría a confirmar la realidad de otras muchas cosas que vio en el mismo y que llegaron a cumplirse. 

La primera predicción, la más importante, se refería al número de sus queridos hijos que morirían en 1877, divididos en dos grupos: seis más dos. En la actualidad los registros del Oratorio ofrecen la cruz, señal tradicional de defunción junto a los nombres de seis jóvenes y de dos clérigos. Estaba al frente de la comisaría de seguridad pública en el distrito Dora un señor que tenía algunos conocidos en el Oratorio. Este tal oyó el sueño y le impresionó el vaticinio de las ocho muertes. Estuvo atento todo el 1877, para comprobar la realidad del mismo. Al enterarse del último caso de muerte, que tuvo lugar precisamente el último día del año dijo adiós al mundo, se hizo salesiano y trabajó mucho no sólo en Italia, sino también en América. Fue Don Ángel Piccono de imperecedera memoria. 

La segunda predicción anunciaba una aurora esplendorosa para la Sociedad Salesiana en 1877, que iluminaría los cuatro ángulos del mundo; en efecto, aquel año apareció en el horizonte de la Iglesia la Asociación de los Cooperadores Salesianos y comenzó a publicarse el Boletín Salesiano, dos instituciones que debían llevar de un extremo a otro de la tierra el conocimiento y la práctica del espíritu de San Juan Don Bosco. 

La tercera predicción se refería al fin próximo del Papa Pío IX, que, en efecto, murió catorce meses después del sueño. 

La última predicción fue muy amarga para el siervo de Dios: "¡Oh, si supieses cuántas dificultades tienes aún que vencer!" 

Y en efecto, en el resto de su vida, que duró aún once años y dos meses, luchas y fatigas y sacrificios se sucedieron sin tregua hasta el fin de su existencia.


Los Sueños de San Juan Bosco