domingo, 29 de septiembre de 2024

San Miguel Arcángel - 29 de Septiembre

 


San Miguel Arcángel, Primado entre los Príncipes del Cielo, os ofrezco mis alabanzas y devoción, porque Dios os ha creado tan excelente y tan perfecto y os ha dotado de un celo tan grande por su gloria y de una sumisión tan admirable a sus divinos decretos.


martes, 24 de septiembre de 2024

El Infierno de San Anselmo

 


"Yacen en las tinieblas exteriores. Pues, acordaos, el fuego del infierno no emite ninguna luz. Así como, al mandato de Dios, el fuego del horno Babilónico perdió su calor, pero no perdió su luz, así, al mando de Dios, el fuego del infierno, mientras retiene la intensidad de su calor, arde eternamente en las tinieblas. Es una tempestad de tinieblas que nunca más se acaba, de negras llamas y de negra humareda de azufre ardiendo, por entre de las cuales, los cuerpos están amontonados unos sobre los otros sin una brizna de aire. De todas las plagas con que la tierra de los faraones fue flagelada, una plaga sola, la de la tiniebla, fue llamada como horrible. ¿Cuál es entonces el nombre que debemos dar a las tinieblas del infierno, que han de durar no sólo por tres días, sino por toda la eternidad?

"El horror de esta estrecha y negra prisión es aumentado por su tremendo hedor activo. Toda la inmundicia del mundo, todos los amasijos de escorias del mundo, los desperdicios y basuras del mundo, nos fue dicho, correrán para allá como para una vasta y humeante cloaca cuando la terrible conflagración del último día haya purgado el mundo. El azufre también, que arde allá en tan prodigiosa cantidad, llena todo el infierno con su intolerable hedor, y los cuerpos de los condenados, ellos mismos, exhalan una peste tan pestilente que, como dice San Buenaventura, sólo uno de ellos bastaría para infectar todo el mundo. El propio aire de este mundo, ese elemento puro, se torna fétido e irrespirable cuando queda encerrado largo tiempo. Considerad, entonces, cual debe ser la fetidez del aire del infierno. Imaginad un cadáver fétido y pútrido yaciendo descompuesto y podrido en la sepultura, una materia putrefacta de corrupción líquida. Imaginad tal cadáver preso de las llamas, devorado por el fuego del azufre ardiente y emitiendo densos y horrendos humos de nauseante descomposición repugnante. Y a continuación imaginad ese hedor malsano multiplicado un millón y más, otro millón de millones sobre millones de carcasas fétidas comprimidas juntas en la tiniebla humeante, una enorme hoguera de podredumbre humana. Imaginad todo eso y tendréis una cierta idea del horror del hedor del infierno.

"Pero tal hedor no es en absoluto, horrible pensamiento es éste, el mayor tormento físico al cual los condenados están sujetos. El tormento del fuego es el mayor tormento al cual el demonio tiene siempre sujetas a sus criaturas. Colocad vuestro dedo por un momento en la llama de una vela y sentiréis el dolor del fuego. Pero nuestro fuego terreno fue creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la centella de la vida y para ayudarlo en las artes útiles, por el contrario, el fuego del infierno es de otra cualidad y fue creado por Dios para torturar y castigar al pecador sin arrepentimiento. Nuestro fuego terrestre, por otra parte, se consume más o menos rápidamente, conforme el objeto que ataca fuere más o menos combustible, al punto de que la ingeniosidad humana siempre se ha entregado a inventar preparados químicos para garantizar o frustrar su acción. Pero la sulfurosa brea que arde en el infierno es una sustancia que fue especialmente designada para arder para siempre e ininterrumpidamente con indecible furia. Aparte de eso, nuestro fuego terrestre destruye al mismo tiempo que arde, de manera que cuanto más intenso fuere, más corta será su duración, sin embargo, el fuego del infierno tiene la propiedad de preservar aquello que quema, y, aunque arda con increíble ferocidad, arderá para siempre.

"Nuestro fuego terrestre, no importa que intensidad o tamaño pueda tener, es siempre de una extensión limitada; pero el lago de fuego del infierno es ilimitado, no tiene playas ni fondo. Está documentado que el propio demonio, al serle hecha la pregunta por un soldado, fue obligado a confesar que si una montaña entera fuese lanzada dentro del océano ardiente del infierno, sería quemada en un instante, como un pedazo de cera. Y ese terrible fuego no aflige a los condenados solamente por fuera, pues cada alma perdida se transforma en un infierno dentro de si misma. El fuego sin límites se enraízaeterni en su misma esencia. ¡Oh! ¡Cuán terrible es la suerte de estos desgraciados seres! La sangre hierve y rehierve en las venas, los cerebros quedan hirviendo en los cráneos, el corazón en el pecho llameante y ardiente; los intestinos, una masa roja y caliente de pulpa ardiente; los ojos, cosa tan tierna, llameando como bolas fundidas.

"Aún así, cuanto os hablé de la fuerza, de la calidad y la infinitud de ese fuego, es como si fuese nada cuando lo comparamos con su intensidad, una intensidad que es justamente tenida como el instrumento escogido por el Designio divino para castigo del alma así como del cuerpo igualmente. Se trata de un fuego que procede directamente de la ira de Dios, trabajando no sólo por su propia actividad, sino como un instrumento de venganza divina. Así como las aguas del bautismo limpian tanto el alma como el cuerpo, así el fuego del castigo tortura el espíritu junto con la carne. Todos los sentidos de la carne son torturados, y todas las facultades del alma otro tanto: los ojos con impenetrables tinieblas; la nariz con fetideces nauseantes; los oídos con gritos, chillidos y blasfemias; el paladar con materia sórdida, corrupción leprosa, jugos sofocantes e innombrables; el tacto con aguijones y chuzos en brasa y crueles lenguas de llamas. Es a través de varios tormentos de los sentidos que el alma inmortal es torturada eternamente, en su esencia misma, en el medio de leguas y leguas de ardientes fuegos prendidos en los abismo por la majestad ofendida de Dios Omnipotente y soplados en una perenne y siempre creciente furia por el soplo de la ira de la Divinidad.

"Considerad finalmente que el tormento de esa prisión infernal está acrecentado por la compañía de los propios condenados. Las malas compañías sobre la tierra son tan nocivas que las plantas, como que por instinto, se apartan de la compañía, sea la que fuere, que les es mortal o funesta. En el infierno, todas las leyes están cambiadas. Allá no hay ningún pensamiento de familia, de patria, de lazos, de relaciones. El condenado maldice y grita uno contra el otro, y su tortura y rabia se intensifica por la presencia de los seres torturados y enfurecidos como él.

"Todo sentido de humanidad es olvidado. Los lamentos de los pecadores sufrientes llenan los más olvidados rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios, de odio por sus compañeros de suplicio y de maldiciones contra las almas que fueron sus compañeros en el pecado. Era costumbre, en los tiempos antiguos, castigar al parricida, al hombre que habia erguido su mano asesina contra el padre, arrastrándolo a las profundidades del mar en un saco dentro del cual también se colocaban un gallo, un burro y una serpiente. La intención de esos legisladores al inventar tal ley, la cual parece cruel en nuestros tiempos, era castigar al criminal con la compania de animales malignos y abominables. ¿Pero que es la furia de esas bestias estúpidas comparada con la furia de la execración que vomitan los labios abrasados y las gargantas inflamadas de los condenados en el infierno cuando contemplan en sus compañeros de miseria a aquellos mismos que los ayudaran e incitaran al pecado, aquellos cuyas palabras sembraran las primeras simientes del mal en el pensamiento y en la acción de sus espíritus, aquellos cuyas sugerencias insensatas los condujeran al pecado, aquellos cuyos ojos los tentaron y los desviaron del camino de la virtud? Se vuelven contra tales cómplices y los maldicen y odian. No tendrán nunca jamás socorro ni ayuda, ya es demasiado tarde para el arrepentimiento.

"Por último de todo, considerad el tremendo tormento de aquellas almas condenadas, las que tentaron y las que fueron tentadas, ahora juntas, y aún por encima, en la compañía de los demonios. Esos demonios afligirán a los condenados de dos maneras: con su presencia y con sus amonestaciones. No podemos tener una idea de cuan terribles son esos demonios. Santa Catalina de Siena una vez vio a un demonio y escribió que prefería caminar hasta el fin de su vida por un camino de carbones en brasa que tener que mirar de nuevo un único instante para tan horroroso monstruo. Tales demonios, que otrora fueron hermosos ángeles, se tornaron tan repelentes y feos como antes eran de hermosos. Escarnecen y se ríen de las almas pedidas que arrastraron a la ruina. Es con ellos que se hacen, en el infierno, las voces de la conciencia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué diste oído a las tentaciones de los amigos? ¿Por qué abandonaste tus prácticas piadosas y tus buenas acciones? ¿Por qué no evitaste las ocasiones de pecado? ¿Por qué no dejaste aquel mal compañero? ¿Por qué no desististe de aquel mal hábito, aquel hábito impuro? ¿Por qué no oíste los consejos de tu confesor? ¿Por que incluso después de iniciar la primera, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima vez, no te arrepentiste de tus malas obras y no volviste a Dios, que esperaba simplemente por tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora el tiempo del arrepentimiento se fue. ¡Tiempo existe, tiempo existió, pero tiempo ya no existirá más para ti! Tiempo hubo para pecar a escondidas, para satisfacerte en la pereza y en el orgullo, para ambicionar lo ilícito, para ceder a las instigaciones de tu baja naturaleza, para vivir como las bestias del campo, o aún peor de lo que las bestias del campo, porque ellas, por lo menos, no son sino brutos y no poseen una razón que las guíe, tiempo hubo, pero tiempo ya no habrá más. Dios te habló por intermedio de tantas voces... pero no quisiste oír. No quisiste aplastar ese orgullo y ese odio de tu corazón, no quisiste arrepentirte de aquellas acciones mal obradas, no quisiste obedecer los preceptos de la Santa Iglesia ni cumplir tus deberes religiosos, no quisiste abandonar aquellos pésimos compañeros, no quisiste evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de esos demoníacos atormentadores, palabras de sarcasmo y de reprobación, de odio y de aversión. ¡De aversión, sí! Pues incluso ellos, los mismos demonios, cuando pecaron, pecaron por medio de un pecado que era compatible con tan angélicas naturalezas: fue una rebelión del intelecto, y ellos, estos mismos demonios, tienen que apartarse asqueados y con enojo de tener que contemplar aquellos pecados innombrables con los cuales el hombre degradado ultraja y profana el templo del Espíritu Santo y se ultraja y desprecia a si mismo"

San Anselmo

sábado, 21 de septiembre de 2024

La Virgen María en ejemplos 6: El demonio disfrazado de mona

 


En las Crónicas de los Padres Capuchinos se narra que hubo en Venecia un abogado de fama que había llegado con enredos y engaños a ser hombre rico, sin verse de bueno en él otra cosa que la costumbre de rezar todos los días una oración a Nuestra Señora, la cual bastó, no obstante, para librarle de las penas eternas. 

Fue así que habiendo, por fortuna contraído amistad con un religioso ejemplar, llamado fray Mateo de Basso, logro que un día condescendiese a comer con él. Llegados a la casa, le dijo el abogado; “Padre, va a ver usted una cosa que no habrá visto nunca: tengo una mona tan hábil, que es una admiración, porque me sirve de criado, abriendo la puerta, fregando en la cocina, poniendo la mesa y haciendo todos los otros menesteres de la casa”. El capuchino contestó: “Cuidado no sea ese animal algo más que mona; hágala usted venir”. La llaman, la vuelven a llamar, la buscan por todos los rincones, y la mona no aparece. Finalmente, la encuentran en un cuarto bajo, escondida debajo de la cama, de donde no quería salir. “Vamos allá nosotros”, dijo el Padre. Fueron, y dijo el religioso: “Sal de aquí bestia infernal, y yo te mando, en nombre de Dios, digas quién eres”. 

A estas palabras habló la mona confesando que era el demonio, que esperaba que aquel hombre desalmado omitiese un día decir su oración a la Virgen para ahogarlo y llevar su alma al infierno, con licencia que para ello tenia de Dios. 


Al oír esto el abogado, sobrecogido y temblando, se echó a los pies del siervo de Dios, pidiéndole favor y consejo. El Padre le animó y mando al diablo irse al instante de aquella casa sin causar daño, y que sólo para señal dejase abierta una brecha en la pared. Apenas dicho esto, se oyó un estallido y se abrió en la pared un boquete que en mucho tiempo no se pudo tapar por más que se hizo, hasta que, por consejo del mismo Padre, se puso allí una imagen de bulto representando un ángel. El abogado se convirtió, y hasta la muerte se cree que perseveró el la mudanza de vida.

Las Glorias de María
San Alfonso María Ligorio

viernes, 20 de septiembre de 2024

Dr. David E. Martin solicita la destrucción total de la Organización Mundial de la Salud



El Dr. David E. Martin, en el Parlamento Europeo,  solicita la destrucción total de la
Organización Mundial de la Salud (0MS) por crímenes de lesa humanidad y bioterrorismo.
13 de Septiembre de 2023

jueves, 19 de septiembre de 2024

Nuestra Señora de la Salette - 19 de Septiembre



APARICION DE NUESTRA SEÑORA DE LA SALETTE

El 19 de septiembre de 1846, en La Salette, en los Alpes franceses, la Santísima Virgen se le apareció a dos pastorcitos, Maximino Giraud, que contaba a la sazón 9 años, y Melania Calvat, de 14 años de edad. Los dos niños eran ignorantes y provenientes de familias muy pobres. A ellos fue que la Reina de los Cielos escogió para desbordar Su Corazón doloroso y «anunciar una gran noticia.» Ese sábado, temprano, los dos niños cruzan las pendientes del monte susles-Baisses, cada uno llevando sus cuatro vacas. Maximino, además, su cabra y su perro Loulou. El sol resplandece sobre los pastos. A mitad de la jornada, el Ángelus suena allá abajo en el campanario de la iglesia de la aldea. Entonces los pastores conducen sus vacas a "la fuente de las bestias", una pequeña represa que forma el arroyuelo que baja por la quebrada del Seiza. Después las llevan hacia una pradera llamada "le chômoir", en las laderas del monte Gargas. Hace calor, las bestias se ponen a rumiar. 

Maximino y Melania suben un pequeño valle hasta la "fuente de los hombres". Junto a la fuente toman su frugal comida: pan con un trozo de queso de la región. Otros pequeños pastores que "guardan" más abajo se les unen y charlan entre ellos. Después de su partida, Maximino y Melania cruzan el arroyo y descienden unos pasos hasta dos bancos de piedras apiladas, cerca de la hondonada seca de una fuente agotada: "la pequeña fuente". Melania pone su pequeño talego en el suelo, y Maximino su blusa y merienda sobre una piedra.

Contrariamente a su costumbre, los dos niños se tumban sobre la hierba... y se duermen. Se está bien bajo el sol de este fin de verano, no hay una nube en el cielo. Al rumor del arroyo se añade además la calma y el silencio de la montaña, pasa el tiempo... 

¡Bruscamente, Melania se despierta y sacude a Maximino! "¡Mémin, Mémin, rápido, vamos a ver nuestras vacas... No sé dónde están!" Rápidamente suben la pendiente opuesta al Gargas. Al volverse, perciben todo el pastizal: sus vacas están allá, rumiando plácidamente. Los dos pastores se tranquilizan. Melania comienza a descender. A media pendiente, se queda inmóvil y asustada, deja caer su garrote: "¡Mémin, ven a ver, allá, una claridad!". 

Cerca de la pequeña fuente, sobre uno de los bancos de piedra... un globo de fuego: "Es como si el sol se hubiera caído allí". Pero el sol continúa brillando en un cielo sin nubes. Maximino acude gritando: "¿Dónde está? ¿Dónde está?" Melania señala con el dedo hacia el fondo del barranco donde ellos habían estado durmiendo. Maximino se acerca a ella, paralizada de miedo, y le dice: "¡Vamos, coge tu garrote! Yo tengo el mío y le daré un buen golpe si nos hace algo". La claridad se mueve, gira sobre sí misma. Les faltan palabras a los dos niños para indicar la impresión de vida que irradia este globo de fuego. En él una mujer aparece, sentada, la cara oculta entre sus manos, los codos apoyados sobre las rodillas, en una actitud de profunda tristeza. 

La Bella Señora se levanta. Ellos no han dicho una sola palabra. Ella les habla en francés: "¡Acercaos, hijos míos, no tengáis miedo, estoy aquí para contaros una gran noticia!" Entonces, descienden hacia ella. La miran, ella no cesa de llorar: "Parecía una madre a quien sus hijos habían pegado y se había refugiado en la montaña para llorar", la Bella Señora es de gran estatura y toda de luz. Está vestida como las mujeres de la región: vestido largo, un gran delantal a la cintura, pañuelo cruzado y anudado en la espalda, gorra de campesina. Rosas coronan su cabeza, bordean su pañuelo y adornan sus zapatos. En su frente una luz brilla como una diadema. Sobre sus hombros pesa una gran cadena. Una cadena más fina sostiene sobre su pecho un crucifijo deslumbrante, con un martillo a un lado y al otro unas tenazas.


"Ha llorado durante todo el tiempo que nos ha hablado". 

Juntos, o separados, los dos niños repiten las mismas palabras con ligeras variantes que no afectan al sentido. Y esto, cualesquiera que sean sus interlocutores: peregrinos o simples curiosos, personalidades civiles o eclesiásticas, investigadores o periodistas. Que sean favorables, lleven buenas intenciones o no, he aquí lo que ellos nos han trasmitido: 

"Acercaos, hijos míos, no tengáis miedo, estoy aquí para contaros una gran noticia". 

"La escuchamos, no pensamos en nada". 

"Si mi pueblo no quiere someterse, me veo obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo. Es tan fuerte y tan pesado que no puedo sostenerlo más". ¡Hace tanto tiempo que sufro por vosotros! Si quiero que mi Hijo no os abandone, estoy encargada de rogarle sin cesar por vosotros, y vosotros no hacéis caso. Por más que recéis, por más que hagáis, jamás podréis recompensar el dolor que he asumido por vosotros. Os he dado seis días para trabajar; me he reservado el séptimo, ¡y no se quiere conceder! Esto es lo que hace tan pesado el brazo de mi Hijo. Y también los que conducen los carros no saben jurar sin poner en medio el nombre de mi Hijo. Son las dos cosas que hacen tan pesado el brazo de mi Hijo. Si la cosecha se pierde, sólo es por vuestra culpa. Os lo hice ver el año pasado con las patatas, !y no hicisteis caso! Al contrario, cuando las encontrabais estropeadas, jurabais, metiendo en medio el nombre de mi Hijo. Van a seguir pudriéndose, y este año, por Navidad, no habrá más". La palabra "pommes de terre" (patatas) intriga a Melania. En el dialecto de la región se dice de otra forma ("là truffà"). La palabra "pommes" evoca para ella el fruto del manzano. Ella se vuelve a Maximino para pedirle una explicación. Pero la Señora se adelanta: "¿No comprendéis, hijos míos? Os lo voy a decir de otra manera". La Bella Señora repite en el dialecto de Corps desde "si la cosecha se pierde...", y ya prosigue todo su mensaje en este dialecto: "Si tenéis trigo, no debéis sembrarlo. Todo lo que sembréis, lo comerán los bichos, y lo que salga se quedará en polvo cuando se trille. Vendrá una gran hambre. Antes de que llegue el hambre, a los niños menores de siete años les dará un temblor y morirán en los brazos de las personas que los tengan. Los demás harán penitencia por el hambre. Las nueces saldrán vanas, las uvas se pudrirán". 

De repente, aunque la Bella Señora continúa hablando, sólo Maximino la oye, Melania la ve mover los labios, pero no oye nada. Unos instantes más tarde sucede lo contrario: Melania puede escucharla, mientras que Maximino no oye nada, y se entretiene haciendo girar su sombrero en una punta de su cayado mientras que con el otro extremo lanzaba pequeñas piedras. "¡Ninguna tocó los pies de la Bella Señora!", dirá algunos días más tarde. "Ella me contó algo diciéndome: No dirás esto ni esto. Después no entendí nada, y durante este tiempo, yo me entretenía". 

Así la Bella Señora habló en secreto a Maximino y luego a Melania, y de nuevo los dos juntos escuchan sus palabras: "Si se convierten, las piedras y las rocas se cambiarán en montones de trigo y las patatas se encontrarán sembradas por las tierras. ¿Hacéis bien vuestra oración, hijos míos?" 

"No muy bien, Señora", responden los dos niños. 

¡Ah! hijos míos, hay que hacerla bien, por la noche y por la mañana. Cuando no podáis más, rezad al menos un padrenuestro y un avemaría, pero cuando podáis, rezad más. Durante el verano no van a misa más que unas ancianas. Los demás trabajan el domingo, todo el verano. En invierno, cuando no saben qué hacer; no van a misa más que para burlarse de la religión. En Cuaresma van a la carnicería como perros. 

¿No habéis visto trigo estropeado, hijos míos?". 

"No, Señora", responden. 

Entonces ella se dirige a Maximino: "Pero tú, mi pequeño, tienes que haberlo visto una vez, en Coin, con tu padre. El dueño del campo dijo a tu padre que fuera a ver su trigo estropeado. Y fuisteis allá, tomasteis dos o tres espigas de trigo en vuestras manos las frotasteis, y todo se quedó en polvo. Después, al regresar; como a media hora de Corps, tu padre te dio un pedazo de pan, diciéndote: "¡Toma, hijo mío, come todavía pan este año que no sé quién lo comerá al año que viene si el trigo sigue así!" 

Maximino responde: "Ah sí, es verdad, Señora, ahora me acuerdo, lo había olvidado". 

Y la Bella Señora concluye, no en el dialecto, sino en francés: "Bien, hijos míos, hacedlo saber a todo mi pueblo". 

El 19 de septiembre de 1851, Mons. Filiberto de Bruillard, Obispo de Grenoble, publica finalmente su "carta pastoral". He aquí el párrafo esencial: "Juzgamos que la aparición de la Santísima Virgen a dos pastores, el 19 de septiembre de 1846, en una montaña de la cadena de los Alpes, situada en la parroquia de La Salette, del arciprestazgo de Corps, contiene en sí todas las características de la verdad, y que los fieles tienen fundamento para creerla indudable y cierta". 

La resonancia de esta carta pastoral es considerable. Numerosos obispos la hacen leer en las parroquias de sus diócesis. La prensa se hace eco en favor o en contra. Es traducida a numerosas lenguas y aparece notoriamente en el Osservatore Romano de 4 de junio de 1852. Cartas de felicitación afluyen al Obispo de Grenoble. 

La experiencia y el sentido pastoral de Filiberto de Bruillard no se detienen aquí. El 1 de mayo de 1852, publica una nueva carta pastoral anunciando la construcción de un santuario sobre la montaña de La Salette y la creación de un cuerpo de misioneros diocesanos que él denomina "los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette". Y añade: "La Santa Virgen se apareció en La Salette para el universo entero, ¿quién puede dudarlo?" El futuro iba a confirmar y sobrepasar estas expectativas, el relevo estaba asegurado, se puede decir que Maximino y Melania han cumplido su misión. 

El Santuario de Nuestra Señora de La Salette está situado en plena montaña, a 1800 mts. de altitud en los Alpes franceses. De la atención del Santuario y su hospedería es responsable la Asociación de Peregrinos de La Salette por encargo de la diócesis de Grenoble. Los Misioneros y las Hermanas de Nuestra Señora de La Salette aseguran la animación y el funcionamiento, ayudados por capellanes, sacerdotes religiosos o diocesanos, religiosas, laicos asociados y por empleados asalariados y voluntarios. 

El 19 de septiembre de 1855, Mons. Ginoulhiac, nuevo Obispo de Grenoble, resumía así la situación: "La misión de los pastores ha terminado, comienza la de la Iglesia.

Texto tomado de: misa_tridentina.t35.com/index


Santuario de Nuestra Señora de la Salette

domingo, 15 de septiembre de 2024

Nuestra Señora de los Dolores - 15 de Septiembre



El Papa Pío VII instituyó la fiesta de este día en memoria de los sufrimientos infligidos a la Iglesia y a su jefe visible por Napoleón I, y en acción de gracias a la Madre de Dios, cuya intercesión les había dado fin. El Evangelio de la Misa nos recuerda el momento más doloroso de la vida de María, así como su inquebrantable firmeza: junto a la cruz de Jesús está de pie María, su Madre. 


MEDITACIÓN 
LA VISTA DE LA CRUZ 
ES EL CONSUELO DEL CRISTIANO 

I. Nada hay más consolador para un cristiano que poner sus ojos en la cruz; ella es quien le enseña a sufrir todo, a ejemplo de Jesucristo. Esta cruz anima su fe, fortifica su esperanza y abrasa su corazón de amor divino. Los sufrimientos, las calumnias, la pobreza, las humillaciones parecen agradables a quien contempla a Jesucristo en la cruz. La vista de la serpiente de bronce sanaba a los israelitas en el desierto, y la vista de vuestra cruz, oh mi divino Maestro, calma nuestros dolores. No pienses en tus aflicciones ni en lo que sufres, sino en lo que ha sufrido Jesús (San Bernardo).

II. ¡Qué dulce debe ser para un cristiano, en el trance de la muerte, tomar entre sus manos el crucifijo y morir contemplándolo! ¡Qué gozo no tendré yo, entonces, si he imitado a mi Salvador crucificado, viendo que todos mis sufrimientos han pasado! ¡Qué confianza no tendré en la cruz y en la sangre que Jesucristo ha derramado por mi amor! ¡Qué dulce es morir besando la cruz! El que contempla a Jesús inmolado en la cruz, debe despreciar la muerte (San Cipriano).

III. Qué consuelo para los justos cuando vean la señal de la cruz en el cielo en el día del juicio, y qué dolor, en cambio, para los impíos que habrán sido sus enemigos. Penetra los sentimientos de unos y otros. Qué pesar para los malos por no haber querido, durante los breves instantes que han pasado en la tierra, llevar una cruz ligera que les hubiera procurado una gloria inmortal, y estar ahora obligados, en el infierno, a llevar una cruz agobiadora, sin esperanza de ver alguna vez el fin de sus sufrimientos. 

El amor a la cruz.
Orad por la conversión de los infieles. 

 ORACIÓN

Oh Dios, durante cuya Pasión, según la profecía de Simeón, una espada de dolor atravesó el alma dulcísima de la gloriosa Virgen y Madre, concédenos, al venerar sus dolores, que consigamos los bienaventurados efectos de vuestra Pasión. Vos que con el Padre y el Espíritu Santo vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén

Santoral de Juan Esteban Grosez, S.J.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Milagros del Escapulario 16 - Prodigio en la bahía de Cádiz, obrado por la Virgen del Carmen, mediante su bendito y milagroso Escapulario

 



El agraciado con la protección misericordiosa de la Virgen Santísima del Carmen, manifestada a través de su Santo Escapulario, fue un joven marinero, natural de Salamanca y domiciliado en la calle de Fontana número seis, el cual, habiendo ido en las Navidades del año 1948 a disfrutar de un permiso cerca de sus padres, quiso antes protegerse con el Santo Escapulario de María Santísima del Carmen. 

Se encaminó la tarde antes de partir, en unión de su prometida, al Carmen de Abajo, de Salamanca, para recibir ambos la gloriosa librea del Santo Escapulario, que les impuso el Rvdo. P. Fr. Manuel Ibáñez, Superior entonces de dicha residencia. Antes de despedirles les insistió el P. Superior: “Sé siempre muy devoto dela Santísima Virgen del Carmen. Ya sabes que es Patrona especial de los marineros. Si te pasara algo procura asirte con todo fervor a este áncora del Escapulario e invoca con gran fervor a nuestra Madre del Carmen, que Ella te salvará”.

Y así fue. A los cinco días ya estaba nuestro marino en aguas de Cádiz y a bordo del “Artabro”. La mar estaba revuelta y con fuerte marejada. Era, además, de noche y noche cerrada. El joven marinero tiene la desgracia de caer desde cubierta al agua, en uno de los fuertes vaivenes de la embarcación. Lucha con denuedo contra el oleaje embravecido. Forcejea por hacerse ver u oír del resto de la dotación. Todo en vano. En medio de su angustioso y mortal peligro sólo una cosa le infunde confianza en su salvación: el Escapulario que ha pocos días que lleva. 

Aclama insistentemente a la Virgen y besa con encendida y esperanzada fe su Escapulario, que de vez en vez lleva el oleaje y el viento hasta sus labios. Lleva diez horas luchando con la mar. Por fin, tras una lucha más que titánica contra los elementos, logra arribar a tierra, lanzado por una ola gigante, que él diría la impulsaba y dirigía la diestra de la Virgen Santísima para salvarle. 

Lo cuenta él mismo emocionado, en una carta sentidísima, a su anciana madre, que acude inmediatamente a la misma iglesia del Carmen de Abajo para dar fervientes acciones de gracias a la Virgen Santísima y rogar que también a ella se le imponga, como a su hijo del alma, el Santo Escapulario. 

Y para mayor gloria de nuestra madre del Carmen y aumento de la devoción a Ella y a su bendito Escapulario, lo transcribimos de la “Gaceta Regional de Salamanca”.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.
Editado en 1956

Juan Zaragoza en vivir con salud cuenta los planes de la agenda 2030

 

Juan Zaragoza. Junio 2023

miércoles, 4 de septiembre de 2024

La Virgen María en ejemplos 5: No explotaron las bombas




El 3 de agosto de 1936, el alférez de aviación, villa caballos, que luego murió en el frente, arrojó sobre la basílica del Pilar varias bombas, las cuales no explotaron, según él mismo cuenta:

“La cosa fue de este modo, El coronel Sandino recibió en Barcelona, donde yo prestaba entonces mis servicios, la confidencia de que dentro del Templo del Pilar se recogían durante la noche algunas centurias de Falange Española. Sandino es como mi padre espiritual. Tiene en mis condiciones de piloto una confianza absoluta. Me llamó aparte y me dijo: tienes que salir esta noche para un servicio especial. Vas a volar sobre Zaragoza a bombardear el Templo del Pilar… Me dispuse a cumplir lo ordenado. Preparé mi aparato y mandé equiparlo con seis bombas de cincuenta kilos cada una. Salí del aeródromo del Prat de Llobregat con tiempo magnífico. Desde nuestro frente de Aragón me habían enviado datos sobre las condiciones atmosféricas. Todo invitaba a elevarse, noche tranquila, visibilidad absoluta gracias a la luna llena, horizonte despejado…

Volé hasta Zaragoza sin la menor novedad. Estaba seguro de que mi llegada había de ser una gran sorpresa y de que nadie me aguardaba. Iba a bastante altura, pero una vez que me encontré sobre la ciudad, descendí tranquilamente y empecé a fijarme en las siluetas de la seo y del Pilar. Divisaba perfectamente los dos templos. No tuve, pues, inconveniente en colocarme encima del segundo. Los que me vieron debían creer por algunos signos del aparato que se trataba de un avión amigo. El caso es que llegué a descender hasta unos cincuenta metros sobre las bóvedas de la iglesia. Di una pequeña vuelta a fin de centrar bien mis blancos y, una vez que obtuve la seguridad del éxito, lancé cuatro bombas seguidas, una cayó al río, dos entraron en el Templo, lo vi perfectamente, la cuarta cayó delante de la puerta. Me eleve rápidamente a fin de evitar los efectos de la explosión y, cuando hube ganado altura, advertí que la explosión no llegaba. Mi asombro no tuvo límites. ¿Qué acontecía? Rondé el Pilar durante un par de minutos y nada. No estallaron las bombas. Me quedé perplejo. Estuve tentado de lanzar las dos que e quedaban en el aparato, pero mi extrañeza fue tan que preferí poner rumbo a Barcelona y averiguar la causa de lo ocurrido”.

¿No le pareció al coronel Sandino poco verosímil que pernoctasen las tropas en una iglesia? ¿Ni se acordaba que él mismo había sido bautizado en ese Santuario? Reconoce el aviador que por algunos signos debieron creer en Zaragoza que era avión amigo. Efectivamente, llevaba las luces encendidas y engañosamente pintada la bandera nacional. Después, los informes técnicos del Parque de Artillería confirmaban que la bombas llevaban espoleta, no les faltaba nada… nadie se explicaba por qué no explotaron… nadie, excepto Sta. María, la Reina y los ángeles “poderosos ejecutores de las órdenes divinas” (Salm. 102).

(P. José Luis de Urrutia, S. I. – Colección:
“Apariciones de la Virgen”) 

Máximas de San Pablo de la Cruz III

 


La Pasión de Jesucristo y la perfección cristiana.

I
El Divino Salvador ha dicho: Ego sum ostium. “Yo soy la puerta.” El que entra por esta puerta camina segura y derechamente a la eterna mansión de los Santos; esto es, el que medita de continuo la Pasión del Hijo de Dios llegará infaliblemente al Cielo.

II
Guardad en vuestro corazón un tierno y amoroso recuerdo de los sufrimientos del celestial esposo. Dejaos penetrar enteramente del amor con que los ha sufrido; y al contemplarle sumergido en dolor, compadeceos de sus penas. Cuanto más tierna fuere vuestra compasión hacia el afligido Jesús, tanto mayores serán vuestros adelantos en la cristiana perfección.

III
El camino más corto y seguro para llegar a la santidad del propio estado es el de perderse en el abismo sin fondo de los sufrimientos de Jesucristo. El Profeta llama a la Pasión del Salvador mar de amor y de dolor. En este vasto mar el alma pesca las preciosas perlas de las más sólidas y brillantes virtudes, y hace suyos los sufrimientos del sumo y amado Bien… El celestial Esposo enseñará al alma esta divina pesca, si ella permanece en la soledad interior, separada de las humanas afecciones, y desprendida de todo lo criado.

IV
Haced un ramillete de los sufrimientos del amabilísimo Jesús, y llevadle constantemente sobre vuestro pecho. Dejaos penetrar de los sufrimientos de este divino y soberano amor, y seréis magnánimos, serviréis notablemente al Señor, y practicaréis grandes virtudes, Dios será vuestra fuerza y os dará la victoria.

V
Llevad todos los días de vuestra vida el duelo en memoria de la muerte de Jesucristo; este es el medio de identificaros con sus sufrimientos, de abrasaros más y más en las llamas de su soberano amor, y de santificaros cada día más.

VI
Conservad siempre y en todas partes el piadoso recuerdo de la Pasión y muerte del adorable Hijo de Dios. Ofreceos vos mismo todos los días en holocausto a la infinita Bondad de Dios: este sacrificio debe hacerse en el fuego de la divina caridad, por medio de los sufrimientos del Salvador y la práctica de las virtudes, sobre todo, de la paciencia del dulcísimo Jesús.

VII
Adornaos, enhorabuena, con preciosos vestidos, llevad, si queréis, un collar de perlas preciosas y de ricos brillantes; mas, no olvidéis que vuestro dulce Jesús fue cargado de sogas y cadenas. Decid a vos mismo: Yo llevo perlas y preciosos adornos, y mi dulce Jesús ha sido cargado de sogas y cadenas en su Pasión. Estas piadosas reflexiones os estimularán a despreciar las vanidades del mundo y a adornar vuestra alma con las virtudes propias de vuestro estado y profesión.

VIII
Vivid interiormente en el seno de Dios: este es el camino más corto para perderos y abismaros en el Infinito, pasando por la puerta divina, que es Jesús Crucificado, y apropiándoos sus sufrimientos. El amor enseña todo, porque la Pasión con sus amargos dolores es la obra de un amor infinito.

IX
Tened siempre en la memoria la Pasión de Nuestro Señor, trabajad con todas vuestras fuerzas y con celo ardiente é incansable en insinuar a todos los que pudiereis la piadosa meditación de los sufrimientos de nuestro dulce Jesús.

X
Cuando meditamos la Pasión de Jesucristo, debemos, al verle sumergido en dolor, compadecernos de sus penas; y luego contemplarle con amor en tan lastimoso estado, y apropiarnos por amor y compasión los sufrimientos que embargan su tierno corazón y su alma santísima.

XI
Suponed que habéis caído en un profundo y caudaloso río, y que una persona caritativa se arroja a él para salvaros; ¿qué pensaríais de tal bondad? Contemplad al divino Jesús, abismado en un océano de dolores, para sacarnos del abismo eterno: consagradle, pues, todas vuestras afecciones.

XII
Figuraos que habéis caído en las manos de unos forajidos y que un hombre, por amor hacia vos, se pone entre ellos y vos, y recibe profundas heridas para salvaros la vida; ¿qué haríais en retorno de tan grande amor? ¿No es cierto que miraríais sus dolores como si fueran vuestros, que os apresuraríais a manifestarle vuestra compasión y a curarle las heridas? Ese hombre es el Hombre Dios; mirémosle todo cubierto de llagas y de heridas para darnos la vida y la salvación; compadezcámonos de sus dolores, y consagrémosle nuestro amor.

XIII
¿Cuál es el medio de identificaros por el amor con los sufrimientos del Salvador? Dios os lo hará comprender cuando le agrade; este es un trabajo todo divino; entre tanto persistid en el conocimiento de vuestra nada, en los dulces coloquios con el divino Esposo y en la práctica de las virtudes.

XIV
El alma, enteramente sumergida en el puro amor, sin imágenes, en una fe pura y sencilla, se encuentra en un instante, cuando Dios es servido, toda abismada en el océano amarguísimo de los dolores de Jesucristo; los abraza todos con una mirada de fe, sin comprenderlos; porque la Pasión del Salvador es una obra de amor, y el alma así perdida en Dios, que es todo caridad, todo amor, se hace en sí misma una mezcla de amor y de dolor; el espíritu se penetra todo, se sumerge en un amor doloroso y en un dolor amoroso. Es la obra de Dios.

XV
No tener nada, no poder nada, no saber nada, y Dios hará salir de esta nada la obra de su más grande gloria. El dulce Jesús creará profundas raíces en vuestro corazón, y entonces exclamaréis, abrasada en llamas de amor: ¡Sufrir o morir!... o bien: ¡Sufrir y no morir… ó todavía más: ¡Ni sufrir ni morir, sino una total trasformación en el agrado de Dios!

XVI
El amor tiene una virtud unitiva y hace suyos los sufrimientos del Amado. Si os sentís penetrado interior y exteriormente de los sufrimientos del divino Esposo, regocijaos; pero sabed que esta alegría solo se encuentra en el horno del amor divino; porque el fuego que penetra hasta la médula de los huesos trasforma al alma amante en Aquel a quien ella ama; y como el amor se une de una manera sublime al dolor, y el dolor al amor, resulta una mezcla amorosa y dolorosa, pero tan perfecta, que no se distingue el amor del dolor; cuanto más el alma amante goza en su dolor, tanto más halla felicidad en su amor doloroso.

XVII
Cuando se piensa en el viernes, hay cosas capaces de hacer agonizar y hasta morir al que ama verdaderamente. El viernes, ¿no es acaso el día en que mi dulce Jesús ha vertido toda su preciosísima sangre por mis pecados, y ha sufrido hasta inmolar por mi amor su santa vida en el madero infame de la Cruz?

XVIII
¡Dichosas las almas que viven penetradas de los sufrimientos de su divino Esposo, y los llevan constantemente grabados en su espíritu y en su corazón por un doloroso y amoroso recuerdo!
Alimentaos, almas generosas, del alimento del Salvador, esto es, de sus sufrimientos, y dormid bien, porque este alimento pide un descanso prolongado en la soledad interior.

XIX
Cuando estéis solo en vuestro aposento, tomad vuestro Crucifijo en la mano, besad sus llagas con amor y ternura, decidle que os hable, y escuchad las palabras de vida eterna que os diga al corazón; escuchad lo que os dicen las espinas, los azotes, los clavos, la sangre divina que corre derramada por la Cruz. ¡Oh, qué sermón tan elocuente!

XX
Por la Cruz el santo Amor perfecciona el alma amante que le ofrece un corazón ferviente y generoso. Dichoso el corazón que permanece unido a la Cruz entre los brazos del divino Crucificado, y que no arde sino en el fuego del amor.

XXI
Los padecimientos del divino Jesús han de ser los más preciosos adornos de nuestro corazón, así como son la prenda más tierna y expresiva de su infinito amor a nuestras almas.

XXII
Vivid enteramente abismada en el amor de Jesús; que sus llagas formen vuestras más puras delicias: tenedle compañía en el huerto de las Olivas, y coged las místicas flores de sus desfallecimientos, de sus vivos dolores, de sus mortales agonías y de las gotas de sangre que brotan de todos los poros de su virginal y abatido cuerpo.

XXIII
Que vuestra devoción sea un poderoso imán que atraiga dulcemente a todas las almas a nuestro Bien crucificado; pero, para eso es necesario que ella sea sólida, sin afectación, siempre igual, prudente, discreta y afable.

XXIV
Que la santísima Cruz de Jesucristo, nuestro Amor, permanezca siempre enarbolada en nuestro corazón. Que nuestro espíritu esté sobre este árbol de vida, y que produzca en seguida dignos frutos de penitencia por los méritos del verdadero Autor de la vida.

XXV
Vivid en la alegría y en la paz de la Divina Majestad. Vivid toda abismada en el santo amor; vivid por el santo amor y del santo amor. ¡Oh Cruz querida! Vos estáis llena de gracias.
¡Oh almas abrasadas en el Santo amor! Buscad un asilo como puras palomas, a la sombra del Amor Crucificado.

XXVI
No miréis los trabajos como una carga pesada, sino como un regalo del Amor Crucificado, nuestro Jesús este Rey de dolores y de angustias, y entonces todo os parecerá dulce y sabroso. ¡El corazón en lo alto! ¡El corazón en Dios!

XXVII
¡Ha crecido vuestra cruz! ¡Gracias, pues a nuestro verdadero Bien, que os tiene sobre la cruz! ¡Oh cruz muy amada! ¡Oh santa Cruz, árbol de la vida donde está suspendida la verdadera vida! Yo te saludo, yo te abrazo, yo te estrecho contra mi corazón. ¡Ah! he aquí los sentimientos que deben animarnos en las circunstancias dolorosas.


XXVIII
Tened vuestro corazón siempre despierto por el recuerdo de Dios, vuestro Amor y vuestro Bien; pero hacedlo con suavidad y sin esfuerzo. Cuando Dios inspire a vuestro corazón un sentimiento de amor y de compasión, deteneos y saboreadle como la abeja saborea la miel…
¡Ah! Cuando pienso que mi alma es el templo de Dios, que Dios está en mí, ¡Oh, cuánto se regocija mi alma! Toda aflicción me parece dulce y ligera…

XXIX
¡Almas enamoradas de Jesús Crucificado! Yo os convido al Calvario para asistir a los funerales de nuestro Amor Jesús. ¡Ah! ¡Ojala quedásemos una vez siquiera heridos por la divina caridad, hasta morir de amor y de dolor al pie del árbol santo, en donde muere nuestro verdadero Bien!

XXX
Los días de la Pasión son días en que lloran las mismas piedras. ¿Y qué? El sumo Sacerdote ha muerto en un palo ignominioso, ¿y no se llora? Preciso es haber perdido la fe.
¡Oh, Dios mío! ¡Qué tristeza ver la ruina eterna de tantas almas, por su descuido en aplicarse el fruto de la Santísima Pasión y muerte de vuestro caro Unigénito!

XXXI
Haced, como os he dicho, un ramillete de los sufrimientos de Jesús, y tenedle en el seno de vuestra alma esto es, haced continua memoria de la Pasión y muerte del Salvador de los hombres, y llegaréis segura e infaliblemente a la cumbre de la más alta santidad; pues la Pasión de Jesucristo es el camino más corto y más llano de la perfección cristiana.


San Pablo de la Cruz