domingo, 28 de julio de 2024

Engaños que el enemigo sugiere al pecador - San Alfonso María de Ligorio

 


PUNTO 1

Imaginemos que un joven, reo de pecados graves, se ha confesado y recuperado la divina gracia. El demonio nuevamente le tienta para que reincida en sus pecados. Resiste aún el joven; mas pronto vacila por los engaños que el enemigo le sugiere. “¡Oh hermano mío! –le diré–, ¿qué quieres hacer? ¿Deseas perder por una vil satisfacción esa excelsa gracia de Dios, que has reconquistado, y cuyo valor excede al del mundo entero? ¿Vas a firmar tú mismo tu sentencia de muerte eterna, condenándote a padecer para siempre en el infierno?” “No –me responderá–, no quiero condenarme, sino salvar mi alma. Aunque hiciere ese pecado, le confesaré luego...” Ved el primer engaño del tentador. ¡Confesarse después! ¡Pero entre tanto se pierde el alma!

Dime: si tuvieses en la mano una hermosa joya de altísimo precio, ¿la arrojarías al río, diciendo: mañana la buscaré con cuidado y espero encontrarla? Pues en tu mano tienes esa joya riquísima de tu alma, que Jesucristo compró con su Sangre; la arrojas voluntariamente al infierno, pues al pecar quedas condenado, y dices que la recobrarás por la confesión.

Pero ¿y si no la recobras? Para recuperarla es menester verdadero arrepentimiento, que es un don de Dios, y Dios puede no concedértelo. ¿Y si llega la muerte y te arrebata el tiempo de confesarte?

Aseguras que no dejarás pasar ni una semana sin confesar tus culpas. ¿Y quién ha ofrecido darte esa semana? Dices que te confesarás mañana. ¿Y quién te promete ese día? El día de mañana –dice San Agustín– no te le ha prometido Dios; tal vez te le concederá, tal vez no, como acaeció a muchos, que fueron sanos de noche a dormir en sus camas y amanecieron muertos. ¡A cuántos, en el acto mismo de pecar, hizo morir el Señor, y los mandó al infierno! Y si hiciese lo propio contigo, ¿cómo podrías remediar tu eterna perdición?

Persuádete, pues, de que con ese engaño de decir “después me confesaré”, el demonio ha llevado al infierno millares y millares de almas. Porque difícilmente se hallará pecador tan desesperado que quiera condenarse a sí mismo. Todos, al pecar, pecan con esperanza de reconciliarse después con Dios. Por eso tantos infelices se han condenado y hecho imposible su remedio.

Quizá digas que no podrás resistir a la tentación que se te ofrece. Este es el segundo engaño que te sugiere el enemigo, haciéndote creer que no tienes fuerza para combatir y vencer tus pasiones. En primer lugar, menester es que sepas que, como dice el Apóstol (2 Co. 10, 13): Dios es fiel y no permite que seamos tentados con violencia superior a nuestro poder.

Además, si ahora no confías en resistir, ¿cómo tienes esperanza de lograrlo después, cuando el enemigo no cese de inducirte a nuevos pecados y sea para ti más fuerte que antes y tú más débil? Si piensas que no puedes ahora extinguir esa llama, ¿cómo crees que la apagarás luego, cuando sea mucho más violenta?... Afirmas que Dios te ayudará. Mas su auxilio poderoso te le da ya ahora; ¿por qué no quieres valerte de él para resistir? ¿Esperas, acaso, que Dios ha de aumentarte su auxilio y su gracia cuando tú hayas acrecentado tus culpas?

Y si deseas mayor socorro y fuerzas, ¿por qué no se los pides a Dios? ¿Dudas, tal vez, de la fidelidad del Señor, que prometió conceder lo que se le pidiere? (Mt. 7, 7). Dios no olvida sus promesas. Acude a Él y te dará la fuerza que necesitas para resistir a la tentación. Dios, como nos dice el Concilio de Trento, no manda cosas imposibles.

Al dar el precepto, quiere que hagamos lo que pudiéremos, con el auxilio actual que nos comunica; y si este auxilio no nos bastare para resistir, nos exhorta a que se lo pidamos mayor, que pidiéndole como se debe, nos lo concederá (Ses. 6, c. 13).


PUNTO 2

Dices que el Señor es Dios de misericordia. Aquí se oculta el tercer engaño, comunísimo entre los pecadores, y por el cual no pocos se condenan. Escribe un sabio autor que más almas envía al infierno la misericordia que la justicia de Dios, porque los pecadores, confiando temerariamente en aquélla, no dejan de pecar, y se pierden.

El Señor es Dios de misericordia, ¿quién lo niega? Y sin embargo, ¡a cuántas almas manda Dios cada día a penas eternas! Es, en verdad, misericordioso, pero también es justo; y por ello se ve obligado a castigar a quien le ofende. Usa de misericordia con los que le temen (Sal. 102, 11-13).

Pero en los que le desprecian y abusan de la clemencia divina para más ofenderle, tiene que responder sólo la justicia de Dios. Y con grave motivo, porque el Señor perdona el pecado, mas no puede perdonar la voluntad de pecar.

El que peca –dice San Agustín– pensando en que se arrepentirá después de haber pecado, no es penitente, sino que hace burla y menosprecio de Dios. Además, el Apóstol nos advierte (Ga. 6, 7) que de Dios nadie se burla; ¿y qué irrisión mayor habría que ofenderle cómo y cuándo quisiéramos, y luego aspirar a la gloria?

“Pero así como Dios fue tan misericordioso conmigo en mi vida pasada, espero que lo será también en lo venidero”. Este es el cuarto engaño. De modo que porque el Señor se ha compadecido de ti hasta ahora, ¿habrá de ser siempre clemente y no te castigará jamás?... Antes bien, cuanto mayor haya sido su clemencia, tanto más debes temer que no vuelva a perdonarte, y que te castigue con rigor apenas le ofendas de nuevo. “No digáis –exclama el Eclesiástico (5, 4)– he pecado, y no he recibido castigo, porque el Altísimo, aunque es paciente, nos da lo que merecemos”.

Cuando llega su misericordia al límite que para cada pecador tiene determinado, entonces le castiga por todas las culpas que el ingrato cometió. Y la pena será tanto más dura cuanto más largo hubiere sido el tiempo en que Dios esperó al culpado, dice san Gregorio.

Si vieras, pues, hermano mío, que, a pesar de tus frecuentes ofensas a Dios, aún no has sido castigado, debes decir: “Señor, grande es mi gratitud, porque me habéis librado del infierno, que tantas veces merecí”. Considera que muchos pecadores, por culpas harto menos graves que las tuyas, se han condenado irremisiblemente, y trata además de satisfacer por tus pecados con el ejercicio de la paciencia y de otras buenas obras.

La benevolencia con que Dios te ha tratado debe animarte no sólo a dejar de ofenderle, sino a servirle y amarle siempre, ya que contigo mostró inmensa misericordia, a otros muchos negada.


PUNTO 3

“Aún soy joven... Dios se compadece de la juventud, y más tarde me entregaré a Él”. Consideremos este quinto engaño. Eres joven: ¿mas no sabes que Dios no cuenta los años, sino los pecados de cada hombre?... ¿Cuántos has cometido?... Muchos ancianos habrá que no hayan hecho ni la décima parte de los que tú hiciste. ¿Ignoras que el Señor tiene determinados el número y medida de las culpas que a cada pecador ha de perdonar?

“El Señor –dice la Escritura (2 Mac. 6, 14)– sufre con paciencia para castigar a las naciones en el colmo de sus pecados cuando viniere el día del juicio”. Lo cual significa que el Señor es paciente y sufre y espera hasta cierto límite; mas no bien se colma la medida de los pecados que a cada hombre quiere perdonar, cesa el perdón y se ejecuta el castigo, enviando de improviso la muerte al pecador en el estado de condenación en que éste se halle, o abandonándole a su pecado, que es pena peor que la misma muerte (Is., 5).

Si tenéis una tierra de labor y la cercáis con setos, y a pesar de haberla cultivado muchos años y de haber hecho en ella gastos considerables, veis que, con todo eso, no os da fruto alguno, ¿qué haréis?... Le arrancaréis el cercado y la dejaréis abandonada.

Temed que Dios no haga eso mismo con vosotros. Si seguís pecando, iréis perdiendo el remordimiento de conciencia; no pensaréis en la eternidad ni en vuestra alma; perderéis casi del todo la luz que nos guía, acabaréis por perder todo temor... Pues ya con eso quitada está la cerca que os defendía. Ya llegó el abandono de Dios.

Examinemos, en fin, el último engaño. Dices: “Verdad es que por ese pecado perderé la gracia de Dios y quedaré condenado al infierno. Puede, pues, suceder que me condeno; mas también puede acaecer que luego me confiese y me salve...”. Concedo que así pudiera ser. Quizá te salves. No soy profeta, y no me es dado asegurar con certidumbre que después de ese nuevo pecado no habrá ya para ti perdón de Dios.

Mas no me negarás que si con tantas gracias como el Señor te ha concedido todavía vuelves a ofenderle, es sumamente fácil que para siempre te pierdas. Así lo patentiza la Sagrada Escritura (Ecl. 3, 27): “El corazón obstinado mal se hallará en sus postrimerías”. “Los que proceden malignamente serán exterminados” (Sal. 36, 9). “El que siembra pecados, recogerá, al fin, penas y tormentos” (Gal. 6, 8). “Os llamé –dice Dios (Pr. 1, 24-26)– y me rechazasteis... Yo también me reiré en vuestra muerte”. “Mía es la venganza, y Yo les daré el pago a su tiempo” (Dt. 32, 35).

Así habla de los pecadores obstinados la Sagrada Escritura, y así lo exigen la razón y la justicia. Y, sin embargo, dices que, a pesar de todo, quizá te salvarás. Repetiré que no es imposible; pero ¿no es tremenda locura confiar la eterna salvación a un quizá, y a un quizá tan poco probable? ¿Es negocio éste de tan corto valer, que podemos ponerle en tan grave riesgo?


PREPARACION PARA LA MUERTE
San Alfonso María de Ligorio

martes, 23 de julio de 2024

La Virgen María en ejemplos 4: María socorre a San Francisco de Sales




Tenía el santo unos diecisiete años y se encontraba en París dedicado al estudio y entregado al santo amor de Dios, disfrutando de dulces delicias de cielo. Mas el Señor, para probarlo y estrecharlo más a su amor, permitió que el demonio le obsesionase con la tentación de que todo lo que hacía era perdido porque en los divinos decretos estaba reprobado. La oscuridad y aridez en que Dios quiso dejarlo al mismo tiempo, porque se encontraba insensible a los pensamientos más dulces sobre la divina bondad, hicieron que la tentación tomara más fuerza para afligir el corazón del santo joven, hasta el punto de que por esos temores y desolaciones perdió el apetito, el sueño, el color y la alegría, de modo que daba lástima a todos los que lo veían. 

Mientras duraba aquella terrible tempestad, el santo joven no sabía concebir otros pensamientos ni proferir otras palabras que no fueran de desconfianza y de dolor. “¿Con que –decía– estaré privado de la gracia de Dios, que en lo pasado se me ha mostrado tan amante y suave? ¡Oh amor, oh belleza a quien he consagrado todos mis afectos! ¿Ya no gozaré más de tus consolaciones? ¡Oh Virgen Madre de Dios, la más hermosa de todas las hijas de Jerusalén! ¿Es que no te he de ver en el paraíso? Ah Señor, ¿es que no he de ver tu rostro? Al menos no permitas que yo vaya a blasfemar y maldecirte en el infierno”. Estos eran los tiernos sentimientos de aquel corazón afligido y enamorado de Dios y de la Virgen.

La tentación duró un mes, pero al fin el Señor se dignó librarlo por medio de María santísima, la consoladora del mundo, a la que el santo había consagrado su virginidad y en la que afirmaba tener puesta toda su confianza.

Entre tanto, una tarde, yendo hacia casa, vio una tablilla pegada al muro. La leyó, y era la siguiente oración: “Acordaos, piadosísima María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a ti se haya visto por ti desamparado”. Postrado junto al altar de la Madre de Dios rezó con afecto aquella oración, le renovó su voto de castidad y prometió rezarle todos los días un rosario. Y luego añadió: “Reina mía, sé mi abogada ante tu divino Hijo, al que no me atrevo a recurrir. Madre mía, si yo, infeliz, en la otra vida no puedo amar a mi Señor que es tan digno de ser amado, al menos consígueme que te ame en este mundo inmensamente. Esta es la gracia que te pido y de ti la espero”. Así rezó a la Virgen y se abandonó por completo en brazos de la divina misericordia, resignado completamente a la voluntad de Dios. Pero apenas había concluido su oración, en un instante la Virgen le libró de la tentación. Recuperó del todo la paz del alma y la salud corporal y siguió viviendo devotísimo de María, cuyas alabanzas y misericordias no cesó de anunciar en predicaciones y libros toda la vida.  

Las Glorias de María
San Alfonso María Ligorio

Se abren diligencias contra el «graciosillo» de la Cadena Ser, Quequé

 

Héctor de Miguel 'Quequé'


22/07/2024 Con todo el revuelo que se ha montado este lunes con la citación judicial a Pedro Sánchez para declarar como testigo en el ‘Caso Begoña’, donde está imputada su esposa por los «presuntos» delitos de corrupción en los negocios y tráfico de influencias (aunque presumiblemente se le acumularán más), esta noticia ha pasado prácticamente desapercibida pero merece la pena que conozca.

Hace unas semanas el pseudohumorista Héctor de Miguel, más conocido como Quequé, realizó unas lamentables declaraciones en un programa de la cadena Ser, cadena amiga del régimen sanchista del que recibe buenos pesebres. Resulta que este individuo animó al público a llenar de dinamita la Cruz del Valle de los Caídos para volarla por los aires y si es en domingo mejor, «para que vaya más gente». Animado por las risas y los aplausos de una decena de mononeuronales que se encontraban en el estudio, el «poca-gracia» continuó diciendo que después recogerían todos los pedacitos que salgan de la Cruz para llevarlos a las iglesias, monasterios e incluso La Catedral de la Almudena.  El vídeo lo pueden ver en este enlace de eldiestro.tv

Ante tal provocación, la Asociación ‘Abogados Cristianos’ presentó una querella contra el presentador en un juzgado de instrucción de Madrid acusándolo de «un delito de provocación a la discriminación, al odio y a la violencia recogido en el artículo 510.1 a) del Código Penal.»

La presidente de la citada asociación aseguraba que «es indignante e intolerable. La justicia tiene que actuar. No es la primera vez que este presentador hace declaraciones similares, y no puede quedar impune porque estos ataques contra los católicos cada vez van a más”.

Este lunes la propia asociación ha anunciado que la justicia ha abierto diligencias contra el presentador por animar a dinamitar la cruz del Valle y tirar piedras a sacerdotes. La juez le citará a declarar y solicita a la cadena Ser la grabación del programa y verifique el perfil del mismo en redes sociales.


Esperemos que este tipejo prepotente, que se cree superior al resto de los mortales, que va de sobrado y se las da de graciosillo – aunque que no tiene ni un ápice de gracia-, se lleve una buena lección.

Esta no será la primera vez que este elemento pase por un juzgado. Hace poco más de tres meses ya fue condenado a pagar 42.000 euros al periodista Alfonso Rojo por intromisión ilegítima en su honor. El locutor de la Ser participaba junto con David Broncano (al que ahora Televisión Espantosa ha fichado con un polémico contrato multimillonario que pagaremos todos) en un programa de esa cadena subvencionada y durante un tiempo usó a Rojo como centro de todas sus mofas con calificativos que la justicia terminó condenando por intromisión ilegítima al honor, condena que se extendió también a la cadena Ser por permitirlo y participar de los beneficios económicos derivados de la divulgación de los programas.

 Fuente: El Diestro

martes, 16 de julio de 2024

Milagros del Escapulario 15 - Se libra Pedro Limón de la presencia de Lucifer mediante el Santo Escapulario

 


En Gibraleón, villa de la provincia de Huelva, vivía cierto sujeto llamado Pedro Limón, hombre de carácter irascible y colérico, el cual había contraído el mal hábito de perjurar, barbotar y maldecir a todas horas. Le Sucedió que un día, cuando regresaba del monte con su jumentillo cargado de leña, le sorprendió la noche antes de que llegase al pueblo, y, por ser tiempo de invierno y la noche lluviosa, se despistó la caballería y, tropezando, vino a caer en un lodazal, Viéndose solo en tal aprieto y caída con la carga la cabalgadura, montó en cólera y comenzó a votar, jurar y maldecir, ofreciéndola a todos los diablos, mientras descargaba sobre el vil jumentillo una lluvia de palos. Todo fue en vano y sin remedio, pues se hallaba tan hundida y atascada en el cieno que no había fuerzas humanas para poderla sacar a buen sendero. El pobre hombre, ciego de cólera y fuera de sí, por verse impotente para salir de tan apurado trance, se daba a los demonios, y en una de sus imprecaciones llamándoles exclamó: “¿No habrá algún diablo de cuantos tiene el infierno que venga y me ayude a levantar esta mala bestia?” Apenas proferida esta exclamación vio luego, junto a sí, un hombre bien portado que le dijo: “Limón, ¿qué es lo que de mí quieres?” Cuando Limón se oyó nombrar, entre admirado y medroso preguntó: “¿Quién eres tú, buen amigo?” “Yo soy quien tú tantas veces has llamado para que viniese en tu ayuda; a eso he venido, y te ayudaré y haré por ti cuando me pidas, con sola una cosa que tú hagas en mi obsequio, y es que te quites ese Escapulario del Carmen que llevas al cuello, 

Cuando Pedro Limón escuchó lo que le pedía, con el vello erizado temblando de miedo, cual un azogado, echo mano de su Escapulario y, mostrándoselo al demonio, a quien desde luego había conocido, le dijo: “¡Voto a Dios que no me lo quitaré por todo lo del mundo!” Y vuelto a la Madre de Dios, lleno de terror y espanto, la invocaba de todo corazón, llamándola en su ayuda, mientras besaba con fervor su bendito Escapulario y lo ponía delante de sus ojos.

El demonio, viendo no le podía interrumpir en sus plegarias y súplicas a la Virgen Santísima, a la que no cesaba de invocar, le dejó y desapareció de súbito. Entonces pedro, ayudando a levantar al jumento, pero dejando allí la carga, corrió despavorido hacia el pueblo y, antes de llegar a su casa, se fue al convento del Carmen, llamando con fuertes aldabonazos a la puerta. 

Conducido a la presencia del Prior, que lo era a la sazón el Rvdo. P. Mtro. Fr. Luis Velázquez, le dijo que traía un suceso de la otra vida. El Prior, como viese al buen hombre, a quien mucho conocía, despavorido, tembloroso y convulso, llamó a otros varios sacerdotes de la comunidad, ordenándole les dijese lo que traía. El, entonces, serenándose un poco, narró minuciosamente, delante de ellos, cuanto le había sucedido, sin omitir un detalle; alabando todos a Dios y a nuestra Santísima Madre, por el favor de haberles dado tal prenda y con tal virtud y eficacia contra el poder de los ardides y astucias del demonio. 

Se dio entero crédito por los Padres a cuanto les había referido Limón, por las circunstancias que en él se vieron y por lo que después se vio en su persona, pues fue tal la mudanza de su vida que se le tuvo en el pueblo por persona de notable virtud, y como tal acabó sus días, mostrándose fervorosísimo cofrade de la Virgen, haciendo cuantiosas limosnas y dejando una fundación perpetua de la misa sabatina. 

Luego, al día siguiente del suceso, se divulgó éste por todo el pueblo de Gibraleón y su comarca, por lo cual, así como por la mudanza de vida de Pedro, muchísimos sujetos indiferentes, así de la villa como de los pueblos circunvecinos, vistieron devotamente el Santo Escapulario de la Virgen, acrecentándose mucho la devoción y estima en que le tuvieron, como lo testificaban las solemnes festividades con que se honraba a nuestra Santísima Madre en dicho pueblo durante todo el tiempo que allí subsistió nuestro convento. 

Aconteció el susodicho hecho el día 29 de diciembre de 1611, siendo prior del convento del Carmen de Gibraleón el Reverendo P. Fr. Luis Velázquez de Godoy y secretario Fray Gregorio Delgado.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.
Editado en 1956

Nuestra Señora del Carmen - 16 de Julio



ORACIÓN A LA VIRGEN DEL CARMEN 

¡Oh Virgen Santísima Inmaculada, belleza y esplendor del Carmen! Vos, que miráis con ojos de particular bondad al que viste vuestro bendito Escapulario, miradme benignamente y cubridme con el manto de vuestra maternal protección. Fortaleced mi flaqueza con vuestro poder, iluminad las tinieblas de mi entendimiento con vuestra sabiduría, aumentad en mí la fe, la esperanza y la caridad. Adornad mi alma con tales Gracias y virtudes que sea siempre amada de vuestro divino Hijo y de Vos. Asistidme en vida, consoladme cuando muera con vuestra amabilísima presencia, y presentadme a la augustísima Trinidad como hijo y siervo devoto vuestro, para alabaros eternamente y bendecidos en el Paraíso. Amén.


miércoles, 10 de julio de 2024

La Virgen María en ejemplos 3 - Sacrílega acción

 



Vivía en los Pirineos un médico conocido con el nombre de fabas. Un día vio llegar un hombre que tenía en la pierna una llaga causada por arma de fuego. La herida, presentaba un carácter especial y era un hervidero de gusanos. El médico se propuso cicatrizarla, o por lo menos hacer que desaparecieran los gusanos; pero ninguna medicina produjo efecto; hasta que un día el enfermo le dijo: 

-Doctor, dejémonos de remedios, no se canse más, pues yo moriré con esta terrible incomodidad.  

-Efectivamente, respondió el médico; aquí hay algo de extraordinario. Nunca he visto cosa semejante, a pesar de que soy viejo y muchísimos casos sorprendentes han pasado por mis manos. 

-¿Dónde recibió usted esta herida? 

-Ya le he dicho que en la guerra; aunque siempre he callado el por qué no sanaré, ahora quiero que lo sepa. 

Tenía yo veinte años, cuando me forzaron a incorporarme al ejército. De nuestro pueblo salimos tres jóvenes: Tomás, Francisco y yo. Los tres estábamos imbuidos en las ideas de aquella época, y así éramos incrédulos o más bien impíos como tres mozalbetes que se precian de seguir la moda. Habíamos recorrido alegremente el camino y estábamos ya para llegar al término de nuestro viaje, cuando al pasar frente a una iglesia de un pueblo de la montaña, divisamos una estatua de la Santísima Virgen, tan venerada por los fieles, que, a pesar de la revolución y de los revolucionarios, había permanecido incólume sobre su pedestal. A uno de mis camaradas, Tomás, se le ocurrió el infame pensamiento de burlarse de la superstición de los vecinos, haciendo a la imagen blanco de sus tiros, como para ejercitarse en el manejo del fusil. Francisco acogió la sacrílega propuesta entre burlas y risas impías. Yo medio vacilante y temiendo ser menos audaz que mis compañeros, procuré disuadirles de una acción que me llenaba de horror. 

Me acordaba entonces de mi madre, pero mis razones fueron inútiles; sólo conseguí que se burlaran de mí. 

Tomás cargó su fusil, apuntó, y la bala fue a clavarse en la frente de la imagen. Apuntó a su vez Francisco y el proyectil dio en el pecho de la misma. 

¡Ahora te toca a ti!, me dijeron. No me atreví a resistir. 

Apunté temblando, cerré involuntariamente los ojos y la bala fue a estrellarse… 

¿En la pierna? Preguntó el médico. 

-Sí, en la pierna, un poco más arriba de la rodilla, precisamente donde tengo la herida. Ya ve usted que no curaré… Después de esta donosa hazaña, acordamos continuar el viaje. 

Más una anciana, testigo de nuestra infamia, como inspirada por luz profética, nos dijo: 

“Vais a la guerra, pero entended que la nefanda acción que acabáis de cometer será fatal para vosotros.” 

Tomás la amenazó. Yo estaba pesaroso de nuestra fechoría. 

Francisco, menos conmovido que yo, no estaba sin embargo para gloriarse de ella. 

Estorbamos de nuestro compañero se dejase llevar de su encono contra la anciana, y acabamos penosamente la jornada, no sin haber reñido entre nosotros muchas veces. Aquella misma tarde nos incorporamos al regimiento, y pocos días después nos hallábamos frente al enemigo. 

Confieso que yo iba a la batalla sin entusiasmo, y que pensaba en la imagen de la Virgen más de lo que hubiera deseado. Sin embargo, todo salió bien. Conseguimos notables ventajas sobre el enemigo, distinguiéndose Tomás por su denuedo. 

La batalla había concluido, cuando de lo alto de una roca salió un tiro que pareció bajado del cielo. Tomás giró sobre sí mismo y cayó rígido de bruces en tierra. 

La bala se había clavado en la frente entre los dos ojos, en el mismo lugar en que él había herido a la sagrada imagen. 

Francisco y yo, nos miramos sin decir palabra. Durante toda la noche no pudimos dormir. Yo esperaba que Francisco me hablase para aconsejarle que rezase, pero guardó silencio. 

A la mañana siguiente volvimos a la batalla. Francisco me dio la mano y me dijo: -“¡Hoy me toca a mí!” Dichoso tú que tuviste mala puntería. 

El infeliz sacrílego no se engañó. Salió un tiro de un hoyo, y Francisco cae con el pecho atravesado. ¡Oh doctor que muerte aquélla! Revolviéndose en un charco de sangre, pedía a grandes voces un sacerdote, pero los que estaban junto a él se encogieron de hombros y lo dejaron expirar. 

Yo quedé aterrado; y en la persuasión de que no tardaría en tener la triste suerte que mis compañeros y así resolví confesar mi sacrilegio. Pero pasaron los días y se disiparon mis temores y mis buenos propósitos. 

Dieron la orden de vuelta a casa, y cuando estábamos cerca del pueblo de la imagen, he aquí que por un accidente inexplicable se le dispara el fusil a uno de los soldados y la bala fue a clavarse aquí donde usted ve. 

Así se cumplió la profecía de la anciana. Mis dos compañeros habían muerto, y yo regresaba herido. 

La herida no pareció ser grave, pero cuál no sería mi espanto cuando vi que en la llaga se engendraban estos gusanos inagotables que han desconcertado su ciencia. Hace ya veinte años que vengo padeciendo esta herida, ensayando mil remedios, todos ineficaces. 

Si logro llegar al fin de la vida como es debido, es decir cristiano y penitente, lo debo a esta horrible llaga. No desconfío de la misericordia de Dios, y espero morir en su amistad por intercesión de Aquella a quien tan vilmente ultrajé.”

Lourdes - Fátima

Mel Gibson carta abierta al Arzobispo Carlo María Viganò 8 Julio 2024






lunes, 8 de julio de 2024

Milagros del Escapulario 14 - Luis XIII y el Escapulario

 



Era a principios del siglo XVII, cuando ocupaba el trono de Francia Luis XIII. A pesar del carácter bondadoso del Monarca y de las altas dotes de gobierno de su ministro el Cardenal Richelieu, las guerras civiles y las discordias religiosas, en las que tomaron parte activa los protestantes, tenían divididos los ánimos y en continua rebelión las más florecientes ciudades de la Francia. 

Una de ellas era Montpeller que, declarándose enemiga de la Autoridad real, hallaba dispuesta a defenderse hasta el último extremo. 

El rey Luis XIII, al frente de un numeroso ejército, se presentó muy luego ante los muros de la ciudad, para obligarla con la fuerza de sus armas a reconocer su autoridad soberana. 

Ninguna de las proposiciones de paz que el Monarca presentó a los sediciosos para que se rindieran fueron atendidas, por lo cual se hizo necesario tomar la plaza. Apenas la artillería sitiadora logró abrir brecha en las murallas de la ciudad, un puñado de valientes del ejército real se lanzó con temerario arrojo, intentando forzar la entrada, pero fueron recibidos a arcabuzazos por los sitiados. 

Uno sólo de aquellos héroes logró penetrar en la ciudad, a pesar de haber recibido un disparo de arcabuz en el pecho. 

A la vista de aquel valiente, que se defendía de innumerables enemigos con una serenidad y un valor admirables, el entusiasmo del ejército sitiador llegó al colmo, y precipitándose en la brecha logró penetrar en el interior de la ciudad.

La batalla en las calles se hizo encarnizada y sangrienta, hasta que, por fin, la victoria se inclinó a favor del ejército real, entrando Luis triunfante en Montpeller. 

Uno de los primeros actos del Monarca fue mandar que trajeran a su presencia a aquel heroico soldado que logró penetrar el primero en la plaza. A los pocos momentos el círculo de nobles que acompañaban al Rey se abrió para dar paso a un humilde soldado de gallarda presencia y simpático continente. 

-Eres un héroe y quiero recompensarte- dijo el Rey, poniéndole, familiarmente, su mano sobre el hombro.

-¡Señor!, agradezco el honor que V.M. me dispensa- contestó, resueltamente, el soldado-; pero no es mío todo el mérito. Si V.M. me ha visto penetrar el primero en la plaza y me contempla de pie, ileso, a pesar de haber recibido un balazo en el pecho, es porque ignoráis que cubre mi pecho una cota invulnerable. 

Esto diciendo, se desabrocho su casaca y descubrió su pecho, en el que pendía el Santo Escapulario de la Virgen del Carmen. 

Los circunstantes quedaron asombrados contemplando la bala que debiera haberle destrozado el corazón, detenida y achatada como por respeto ante la santa imagen de la Virgen que estaba grabada en la superficie anterior del Escapulario. 

Testigo de aquella maravilla el mismo Rey, hizo desde entonces voto de vestir para siempre aquel bendito Escudo protector, aquella Santa Cota, y recomendarla a todos sus súbditos para que en adelante les preservara de todos los peligros. 

Pocos días después el pecho del Rey ostentaba públicamente el Escapulario y en el pendón nacional se veía grabada la imagen de la Virgen del Carmen.


REFLEXIÓN GRATULATORIA

¡Oh Soberana y Celestial María! ¿Es por ventura vuestro Santo Escapulario roca? ¿Es acaso inexpugnable muro? Más que inexpugnable muro y muchísimo más que infrangible y firmísima roca lo contempla mi devoción, porque el muro a golpes repetidos se aplana, y la roca si no la derriba lo fuerte del golpe, al menos la resquebraja y la horada; mas vuestro bendito Escapulario resplandece con firmeza tan singular, que ni el golpe le mella por lo terrible, ni por repetir le vence, para que alabemos en él y por él vuestro excelso poder y os demos las más rendidas acciones de gracias. Amén. Ave María y Gloria.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O. C.
Editado en 1956

lunes, 1 de julio de 2024

Fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo - 1 de Julio



Oh Sangre Preciosísima de Vida Eterna, 
 precio y rescate de todo el Universo 
 bebida y purificación de nuestras almas, 
 que defiendes continuamente la causa de 
 los hombres ante el Trono de la Suprema 
 Misericordia! Os adoro profundamente, 
 y quisiera desagraviaros, hasta donde 
 me sea posible, de las injurias y ultrajes 
 que recibís continuamente de las criaturas 
 humanas; y especialmente de aquellas que 
se atreven temerariamente a blasfemar de Vos. 

Y ¿quién no bendecirá esta Preciosa Sangre 
 de infinito valor? ¿Quién no se sentirá lleno 
 de amor para con Nuestro Señor Jesucristo 
 que la derramó? ¿Qué sería de mí si no hubiese 
 sido rescatado por esta Divina Sangre? 
 ¿Quién os sacó hasta la última gota de las 
 venas, mi Señor? ¡Ah! el Amor fue ciertamente. 
 ¡Oh Amor inmenso, que nos has dado 
 este bálsamo saludable! 

¡Oh bálsamo inestimable emanado de la 
 fuente de un Amor inmenso! haced que todos 
 los corazones y todas las lenguas puedan 
 alabaros, encomiaros y daros gracias ahora 
 y siempre y hasta el día de la Eternidad. Amén. 

 (300 días de indulgencia, concedida por el Papa Pío VII, 18 de Octubre de 1815)